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Los Santos de los Últimos Días valoran la organización y el orden que proporciona el buen gobierno y creen en ser ciudadanos responsables de las naciones y comunidades a las que pertenecen. El civismo hace referencia a la obligación de los miembros de la Iglesia de cumplir con sus deberes hacia sus naciones y comunidades de manera legal.

Reseña

Los Santos de los Últimos Días valoran la organización y el orden que proporciona el buen gobierno y creen en ser ciudadanos responsables de las naciones y comunidades a las que pertenecen. El civismo hace referencia a la obligación de los miembros de la Iglesia de cumplir con sus deberes para con sus naciones y comunidades de manera legal y coherente con “sus derechos inherentes e inalienables” (Doctrina y Convenios 134:5).

Los gobiernos y sus ciudadanos

“Dios instituyó los gobiernos para el beneficio del hombre, y […] él hace a los hombres responsables de sus hechos con relación a dichos gobiernos, tanto en la formulación de leyes como en la administración de estas, para el bien y la protección de la sociedad” (Doctrina y Convenios 134:1). Los gobiernos son responsables de promulgar y mantener leyes invioladas que “garanticen a cada individuo el libre ejercicio de la conciencia, el derecho de tener y administrar propiedades y la protección de la vida” (Doctrina y Convenios 134:2). Con respecto a la libertad de religión, los gobiernos son responsables de no prescribir “reglas de adoración para sujetar la conciencia de los hombres, ni de dictar fórmulas para la devoción pública o privada […] [o] suprimir la libertad del alma” (Doctrina y Convenios 134:4). Ciertamente, los Santos de los Últimos Días creen que los gobiernos tienen “el derecho y la obligación de instituir leyes para la protección de todo ciudadano en el libre ejercicio de su creencia religiosa” (Doctrina y Convenios 134:7).

Cuando los gobernantes y los gobiernos han cumplido con su responsabilidad de proteger estos derechos básicos, el Señor los ha bendecido. Sin embargo, Él ha advertido repetidamente contra la maldad que surge cuando los líderes no protegen estos derechos (véanse 1 Samuel 8:5–9; Mosíah 29:16–17). Los gobiernos que tratan sus asuntos según la “voz del pueblo” otorgan una mayor protección a los derechos de sus ciudadanos, ya que “no es cosa común que la voz del pueblo desee algo que sea contrario a lo que es justo” (Mosíah 29:26). Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, creía en la voz del pueblo y decía: “Es infrecuente que el sentimiento público decida inmoral o imprudentemente, y la persona que difiera de él debería desconfiar de su propia opinión y examinarla”1. Los miembros de la Iglesia que son ciudadanos de las naciones que tratan sus “asuntos según la voz del pueblo” tienen una responsabilidad especialmente importante y sagrada como ciudadanos de alzar su voz por las causas buenas y correctas, entre ellas las libertades fundamentales de conciencia y religión.

Valores morales y civismo

Los miembros de la Iglesia procuran vivir de acuerdo con los valores morales enseñados por Jesucristo y sus siervos, y ser una influencia que fomente valores morales sólidos en la sociedad y el gobierno2. John Adams, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, declaró: “Nuestra Constitución se creó únicamente para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro tipo de pueblo”3. La libertad está inextricablemente ligada a nuestra moral, y los creyentes e instituciones religiosas son esenciales para preservar la moralidad4.

Ninguna nación pasada o presente puede preservar los derechos básicos y la seguridad de su pueblo sin una base moral. El presidente Thomas S. Monson observó: “Comportamientos que antes se consideraban inapropiados e inmorales ahora no solo se toleran sino que incluso, muchísimas personas los consideran aceptables”5. “La brújula moral de las masas”, proclamó, “gradualmente ha cambiado al punto de aceptar ‘prácticamente cualquier cosa’”6. Las elecciones morales personales afectan a la sociedad en la que vivimos. El élder Jeffrey R. Holland dijo: “El plan del Padre y el don de Su Hijo Amado dotan de una manera optimista a los humanos tanto de la capacidad como de la responsabilidad de tomar decisiones con la esperanza […] y la creencia de que un pueblo libre utilizará su libertad para elegir el bien en vez del mal, lo correcto en vez de lo incorrecto, la virtud en vez del vicio”7.

El civismo requiere participación

Para vivir como pueblo libre en seguridad y paz, debemos informarnos y participar. “La […] felicidad de cualquier comunidad”, declaró el profeta José Smith, “va de la mano con el conocimiento que posee el pueblo”8. A medida que los miembros de la Iglesia estudien en oración los asuntos y decisiones que afrontan las comunidades y naciones de hoy, podrán discernir y comprender cómo aplicar principios eternos a los asuntos que están debatiendo los políticos y los funcionarios públicos.

Se alienta a los Santos de los Últimos Días a que se informen y participen en actividades cívicas y políticas, “a participar activamente en causas encomiables para mejorar sus comunidades y hacer de ellas lugares sanos en los cuales vivir y criar a la familia”9 de acuerdo con las leyes de sus respectivos gobiernos. Siempre que sea posible, esto abarca la obligación especial de buscar y apoyar a dirigentes que sean honrados, buenos y sabios (véase Doctrina y Convenios 98:10). Asimismo, “[s]e anima a los miembros de la Iglesia a considerar la posibilidad de servir en cargos públicos electos o designados del gobierno local y nacional” y a que “apoyen medidas que fortalezcan la estructura moral de la sociedad, en particular aquellas que tengan como fin mantener y fortalecer a la familia como su unidad fundamental”10.

Además, el interés por el bien común puede inspirar a los miembros de la Iglesia a participar en diversas actividades que mejoren las comunidades y naciones en las que viven11. El Salvador “anduvo haciendo bienes” en las poblaciones de Judea, Samaria y Galilea (véase Hechos 10:38); cuidó de los pobres y los necesitados (véase Marcos 1:32–34); consoló a los que estaban de duelo y a los discapacitados (véanse Mateo 9:27–31; 15:29–31); asistió a eventos sociales y ceremonias religiosas (véanse Marcos 2:13–17; Juan 2:1–11, 23); socializó con personas de diferentes razas y culturas y les mostró respeto (véase Juan 4:4–42); se relacionó con dignatarios y la clase noble, así como con los que habían sido excluidos de la sociedad (véanse Mateo 8:1–4; Juan 4:46–54). Hoy en día, un ciudadano activo que se interesa puede servir en un banco de alimentos local, donar sangre u organizar reuniones y actividades en el vecindario. Los actos sencillos de atención y servicio a los vecinos o comunidades, como el voluntariado en labores de limpieza o el servicio en hospitales, hogares de ancianos o centros de convalecencia hacen de la comunidad un mejor lugar para vivir. Todos los que puedan deberían ejercer el derecho de voto en las elecciones nacionales y locales y seguir el consejo del apóstol Pablo de pedir en oración sabiduría para los líderes cívicos y de orar “por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:1–2).

El élder Quentin L. Cook enseñó: “Será difícil cambiar la sociedad en general, pero debemos trabajar para mejorar la cultura moral que nos rodea. Los Santos de los Últimos Días en todos los países deben ser buenos ciudadanos, participar en asuntos cívicos, informarse sobre asuntos políticos y legales, y votar”12. El presidente Thomas S. Monson nos ha alentado a todos a que seamos “buenos ciudadanos de las naciones donde vivimos y buenos vecinos en nuestras comunidades, sirviendo a las personas de otras religiones al igual que a las de la nuestra”, y a que seamos “hombres y mujeres de honestidad e integridad en todo lo que hagamos”13.

Temas relacionados

Escrituras

Referencias de las Escrituras

Recursos para el estudio de las Escrituras

  • Guía para el Estudio de las Escrituras, “Gobierno

Mensajes de líderes de la Iglesia

Mensajes adicionales: Gobierno; Libertad religiosa

Videos

“Extracto: Preservar el albedrío y proteger la libertad religiosa”

Recursos de aprendizaje

Revistas de la Iglesia

Defender la libertad religiosa”, Liahona, enero de 2016

En favor de la libertad religiosa”, Liahona, julio de 2016

Notas

  1. Thomas Jefferson, en H. W. Brands, Andrew Jackson: His Life and Times, 2005, págs. 114–115.

  2. Véase Mosíah 29:38, donde la voz del pueblo se convierte en soberana y acepta responder por sus propios pecados.

  3. John Adams, “Message from John Adams to the Officers of the First Brigade of the Third Division of the Militia of Massachusetts”, 11 de octubre de 1798.

  4. George Washington escribió: “Seamos muy cautos en permitirnos suponer que la moralidad se pueda mantener sin la religión” (“The Address of General Washington to the People of the United States on His Declining of the Presidency of the United States”, American Daily Advertiser, 19 de septiembre de 1796).

  5. Thomas S. Monson, “Permaneced en lugares santos”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 82.

  6. Thomas S. Monson, “El poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2011, pág. 66.

  7. Jeffrey R. Holland, “Faith, Family, and Religious Freedom”, discurso pronunciado en la J. Reuben Clark Law Society Conference, en Washington, D.C., el 15 de febrero de 2013.

  8. José Smith, Times and Seasons, 15 de agosto de 1842, pág. 889.

  9. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 21.1.29.

  10. Véase Manual 2, 21.1.29.

  11. Benjamin Franklin, por ejemplo, era un hombre de mentalidad cívica. Su extraordinario interés por el bien común le llevó a inventar muchas cosas beneficiosas para su comunidad, como una biblioteca, un cuerpo de bomberos, un grupo de vigilancia del vecindario, un hospital, una milicia y una universidad (véase Walter Isaacson, Benjamin Franklin: An American Life, 2003, pág. 102).

  12. Quentin L. Cook, “Lamentaciones de Jeremías: Cuidaos del cautiverio”, Liahona, noviembre de 2013, págs. 90–91.

  13. Thomas S. Monson, “Hasta que volvamos a vernos”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 106.