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Capítulo 24: Doctrina y Convenios 64–65


Capítulo 24

Doctrina y Convenios 64–65

Introducción y cronología

El 27 de agosto de 1831, el profeta José Smith y un grupo de élderes regresaron a Ohio de su viaje a Sion, o sea, Independence, Misuri. Durante el viaje a Misuri y de regreso, algunos de los élderes tuvieron desacuerdos entre sí, pero la mayoría de ellos resolvieron sus sentimientos de contención. El 11 de septiembre, el Profeta recibió la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 64; en ella, el Señor mandó a los miembros de la Iglesia perdonarse unos a otros y les enseñó sobre los sacrificios que Él requiere de los santos en los últimos días.

En septiembre de 1831, José Smith y su familia se mudaron de Kirtland a Hiram, Ohio, a unos 50 kilómetros al sureste de Kirtland. El 30 de octubre de 1831, José recibió la revelación que se encuentra en Doctrina y Convenios 65, en la cual el Señor enseñó que el Evangelio llegará a toda nación en preparación para la Segunda Venida, y que los santos deben orar por el crecimiento del Reino de Dios.

1 de septiembre de 1831

Ezra Booth e Isaac Morley regresan a Ohio de su misión a Misuri.

Septiembre–diciembre de 1831

Ezra Booth escribe una serie de cartas en las que critica a José Smith y a la Iglesia, y las publica en el periódico Ohio Star.

11 de septiembre de 1831

Se recibe Doctrina y Convenios 64.

12 de septiembre de 1831

José y Emma Smith se mudan a Hiram, Ohio.

30 de octubre de 1831

Se recibe Doctrina y Convenios 65.

Doctrina y Convenios 64: Antecedentes históricos adicionales

Ezra Booth había sido predicador metodista antes de unirse a la Iglesia en 1831. Cuando el Señor mandó a los líderes de la Iglesia y a otras personas que fueran a Misuri en el verano de 1831, Ezra Booth e Isaac Morley, su compañero de misión, se encontraban entre los élderes que fueron llamados por el Señor a caminar a Misuri “predicando… la palabra por el camino” (D. y C. 52:23). Ezra consideró que eso no era justo cuando se enteró de que el profeta José Smith y otros líderes de la Iglesia viajarían a Misuri por barco y por diligencia (carruaje). Al llegar a Misuri, varios de los élderes, incluso Ezra Booth, se desilusionaron con la apariencia de los terrenos y con la falta de conversos en Independence, un poblado a orillas de la civilización. Ezra también sentía que José Smith no se comportaba como profeta porque tenía un “espíritu de ligereza y falta de seriedad, un temperamento que se irritaba fácilmente, así como una propensión habitual a bromear” (en The Joseph Smith Papers, Documents, Volume 2: July 1831–January 1833, editado por Matthew C. Godfrey y otros, 2013, pág. 60, nota 332). En oposición a la revelación que se había dado a los élderes (véase D. y C. 60:8), Ezra Booth e Isaac Morley regresaron rápidamente a Ohio por barco y diligencia en vez de predicar el Evangelio por el camino.

Después de llegar a Ohio, Ezra Booth se opuso abiertamente al profeta José Smith y a la Iglesia. Los líderes de la Iglesia tomaron medidas contra Ezra Booth el 6 de septiembre de 1831, y revocaron su autoridad para predicar el Evangelio. Al poco tiempo, Ezra comenzó a escribir una serie de cartas en las que criticaba al Profeta y a la Iglesia, las cuales se publicaron en el periódico Ohio Star. También durante ese tiempo, en respuesta al mandato del Señor, varios hermanos en Ohio se estaban preparando para mudarse a Misuri. El 11 de septiembre de 1831, José Smith recibió la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 64, y al día siguiente el Profeta y su familia se mudaron de Kirtland a Hiram, Ohio.

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Doctrina y Convenios 64:1–19

El Señor nos asegura en cuanto a Su disposición de perdonarnos y nos manda que nos perdonemos unos a otros

Doctrina y Convenios 64:1–7. “… yo, el Señor, perdono los pecados de aquellos que los confiesan ante mí y piden perdón”

Algunos de los hermanos que viajaron a Misuri y de regreso fueron culpables de criticar y de discutir. El Señor les mostró gran compasión y misericordia al perdonarlos de sus pecados. El profeta José Smith fue uno de los que habían pecado y fue perdonado; sin embargo, el Señor aclaró que los que habían criticado al Profeta lo habían hecho “sin causa” (D. y C. 64:6). El Señor declaró que Él perdona los pecados de “aquellos que los confiesan ante [Él] y piden perdón” (D. y C. 64:7).

El élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó que la confesión es necesaria a fin de obtener el perdón: “Siempre debes confesar tus pecados al Señor; pero si son graves, como la inmoralidad, debes confesarlos también al obispo o presidente de estaca. Entiende que la confesión en sí no es arrepentimiento; es un paso esencial, pero no es de por sí suficiente. El confesar solo los pecados más leves no te ayudará a resolver los más graves que queden encubiertos; para lograr el perdón, es fundamental que confieses al Señor y, si es necesario, a Su juez del sacerdocio, todo lo que hayas hecho. Recuerda estas palabras: ‘El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona alcanzará misericordia’ [Proverbios 28:13]” (véase “Busquemos el perdón”, Liahona, julio de 1995, pág. 86).

Doctrina y Convenios 64:7. ¿Qué significa pecar de muerte?

El Señor prometió que “perdon[ará] los pecados de aquellos que los confies[en] ante [Él] y pid[an] perdón, si no han pecado de muerte” (D. y C. 64:7; cursiva agregada). El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó: “Los que se apartan de la luz y la verdad del Evangelio; que se entregan a Satanás; que se alistan en su causa, apoyándola y sosteniéndola; y que, por lo tanto, llegan a ser sus hijos; cuando siguen ese curso pecan de muerte. Para ellos no hay arrepentimiento, ni perdón ni esperanza alguna de salvación de ningún tipo. Como hijos de Satanás, son hijos de perdición” (Mormon Doctrine, 2ª edición, 1966, pág. 737; véanse también Mateo 12:31–32; Hebreos 10:26–27; 1 Juan 5:16–17; Alma 5:41–42).

Es importante notar que un hijo de perdición no es lo mismo que un miembro de la Iglesia que alguna vez tuvo un testimonio activo de la verdad y que posteriormente se apartó de la actividad y dejó de vivir los principios del Evangelio. Los hijos de perdición cometen el pecado imperdonable de negar el Espíritu Santo. Debido a que se vuelven completamente contra Dios y rehúsan ser redimidos mediante el sacrificio de Jesucristo, para ellos es “como si no se hubiera hecho ninguna redención” (Mosíah 16:5). Puesto que los hijos de perdición no pueden ser redimidos de la muerte espiritual, o segunda muerte, su pecado es un pecado “de muerte” (D. y C. 64:7).

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¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

El Señor amonestó a Sus discípulos en Jerusalén porque “no se perdonaron unos a otros en su corazón” (D. y C. 64:8).

Doctrina y Convenios 64:8–11. “… debéis perdonaros los unos a los otros”

A los líderes de la Iglesia y a los élderes que habían recibido el perdón del Señor se les indicó que otorgaran el perdón personal a los demás. El Señor explicó que durante Su ministerio terrenal, Sus discípulos “buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón” (D. y C. 64:8). Una demostración exterior de perdón no es suficiente; el Señor requiere “el corazón de los hijos de los hombres” (D. y C. 64:22). El presidente Dieter F. Uchtdorf, de la Primera Presidencia, explicó por qué el otorgar el perdón es crucial para nuestro crecimiento espiritual:

“… otorgar el perdón es un requisito esencial para recibir el perdón.

“Para nuestro propio bien, debemos tener la valentía moral de perdonar y de pedir perdón. El alma nunca es más noble ni más valiente que cuando perdona, lo que incluye perdonarnos a nosotros mismos.

“Por mandamiento divino, cada uno de nosotros está obligado a otorgar el perdón y la misericordia, y a perdonarnos los unos a los otros. En nuestras familias, en nuestros matrimonios, en nuestros barrios y estacas, en nuestras comunidades y en nuestros países existe una gran necesidad de ese atributo cristiano.

“Recibiremos la dicha del perdón en nuestra propia vida cuando estemos dispuestos a otorgar libremente esa dicha a los demás. Perdonar de palabra no es suficiente; debemos eliminar de nuestro corazón y de nuestra mente los sentimientos y los pensamientos de amargura y dejar que la luz y el amor de Cristo entren en ellos. Como resultado, el Espíritu del Señor llenará nuestra alma con el gozo que acompaña la divina paz de conciencia (véase Mosíah 4:2–3)” (“El punto de retorno seguro”, Liahona, mayo de 2007, pág. 101).

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El profeta José Smith perdonó libremente a los que lo perjudicaron.

Doctrina y Convenios 64:15–16. Ezra Booth e Isaac Morley

El Señor había asignado a Ezra Booth y a Isaac Morley que viajaran a Misuri y de regreso como compañeros de misión. Debían viajar a pie, “predicando… la palabra por el camino” (D. y C. 52:23; véase también D. y C. 42:6–8). Lo hicieron a regañadientes en su viaje a Misuri, pero evitaron hacerlo en el viaje de regreso a Ohio. Mediante Doctrina y Convenios 64:15–16 aprendemos que Ezra Booth e Isaac Morley renunciaron a las bendiciones del Espíritu porque “no guardaron la ley, ni tampoco el mandamiento” y porque “buscaron lo malo en su corazón”.

Parece ser que Isaac Morley se arrepintió rápidamente, porque el Señor declaró que había sido perdonado (véase D. y C. 64:16). Isaac posteriormente obedeció el mandamiento del Señor de vender su granja (véanse D. y C. 63:38–39; 64:20), y luego se mudó con su familia a Misuri, donde prestó servicio como consejero del obispo Edward Partridge. Sin embargo, Ezra Booth no se arrepintió, sino que continuó permitiendo que sus dudas y opiniones críticas lo llevaran por el camino hacia la apostasía completa.

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Ezra Booth renunció a sus creencias y publicó una serie de cartas en el periódico Ohio Star en las que criticaba al profeta José Smith y a la Iglesia.

Doctrina y Convenios 64:20–43

El Señor da los requisitos para el establecimiento de Sion

Doctrina y Convenios 64:21–22. “… retener una firme posesión en la tierra de Kirtland por… cinco años”

Aun cuando se mandó a algunos de los santos mudarse a Misuri, otros, como Frederick G. Williams, habían de permanecer en Kirtland, Ohio. El Señor prometió que Kirtland sería “una firme posesión” de la Iglesia por lo menos durante cinco años más (D. y C. 64:21). Esa promesa se cumplió, y durante ese periodo se construyó y dedicó el Templo de Kirtland, las llaves del sacerdocio fueron restauradas por mensajeros celestiales al profeta José Smith y a Oliver Cowdery, y un gran derramamiento de bendiciones espirituales fueron dadas a los santos. No obstante, en 1837 surgieron problemas entre los miembros de la Iglesia en Kirtland y muchos apostataron. José Smith se fue de Kirtland en enero de 1838 y se dirigió a Misuri, y la mayoría de los fieles santos que permanecieron en Kirtland habían partido para julio de 1838.

Doctrina y Convenios 64:23–25. “… trabajaréis mientras dure lo que es llamado hoy”

El Señor utilizó la palabra hoy para referirse al periodo comprendido entre cuando se recibió Doctrina y Convenios 64 y la Segunda Venida (véase D. y C. 64:23). Desde la perspectiva del Señor, hoy se refiere a “esta vida”, el tiempo en el que debemos “ejecutar [nuestra] obra” y “preparar[nos] para comparecer ante Dios” (Alma 34:32; véase también Alma 34:31, 33–35). En Doctrina y Convenios 64:24, la palabra mañana se refiere al tiempo de la destrucción de los inicuos y la segunda venida de Jesucristo.

El presidente Henry B. Eyring, de la Primera Presidencia, enseñó sobre la importancia de servir al Señor “este día”:

“En las Escrituras está claro el peligro de postergar; eso es, que podríamos descubrir que se nos ha acabado el tiempo. Dios, quien nos da cada día como un tesoro, requerirá que le rindamos cuentas. Nosotros lloraremos, y Él [también] llorará, si hemos tenido la intención de arrepentirnos y de servirle en los mañanas que nunca llegaron o en los ayeres con los que hemos soñado, cuando ya haya pasado la oportunidad de actuar. El ‘hoy’ es un don preciado de Dios. El pensamiento: ‘Algún día lo haré’, puede robarnos las oportunidades de esta vida y las bendiciones de la eternidad…

“Es difícil saber cuándo hemos hecho lo suficiente para que la Expiación cambie nuestra naturaleza y así seamos dignos de la vida eterna; no sabemos por cuántos días tendremos que servir a fin de que nos sobrevenga ese poderoso cambio. Pero sabemos que tendremos suficientes días si no los malgastamos…

“Para los que están desanimados por sus circunstancias y, por lo tanto, se sienten tentados a pensar que hoy no pueden servir al Señor, les hago dos promesas. Por más difíciles que hoy les parezcan las cosas, serán mejores al día siguiente si eligen servir al Señor hoy mismo de todo corazón…

“La otra promesa que les hago es que al elegir hoy servirle a Él, sentirán Su amor y llegarán a amarle más” (véase “Este día”, Liahona, mayo de 2007, págs. 89–91).

Doctrina y Convenios 64:23–24. “… el que es diezmado no será quemado en su venida”

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En el último día, los inicuos serán quemados como rastrojo si no obedecen los mandamientos del Señor (véase D. y C. 64:23–24).

Las instrucciones dadas a Newel K. Whitney, Sidney Gilbert, Isaac Morley, Frederick G. Williams y otras personas en la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 64, incluyen detalles en cuanto a su propiedad personal y su obra para ayudar a edificar el Reino de Dios. La palabra diezmo en Doctrina y Convenios 64:23 se refiere a todas las contribuciones de los santos a la Iglesia, en particular bajo la ley de consagración, y no a un porcentaje de sus ganancias. El Señor prometió que quienes obedecieran las leyes de sacrificio y consagración escaparían la quema que destruiría a los impenitentes en el último día. Nuestra comprensión actual de la ley del diezmo se aclaró en 1838, cuando el Señor dio la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 119.

Si deseas más información acerca del diezmo, consulta los comentarios sobre Doctrina y Convenios 119:1–4 en este manual.

Doctrina y Convenios 64:26–30. Sidney Gilbert y Newel K. Whitney

Sidney Gilbert y Newel K. Whitney eran socios, y se les llamó a servir “en la obra del Señor” como “agentes” comerciales (D. y C. 64:29). Sus tiendas en Independence, Misuri, y en Kirtland, Ohio, con el tiempo llegaron a funcionar como los almacenes del Señor, operando bajo los principios de la ley de consagración (véase D. y C. 78:3). El Señor advirtió a Sidney y a Newel que no se endeudaran con sus enemigos (véase D. y C. 64:27).

El presidente Thomas S. Monson recordó a todos los que están en la obra del Señor que sean dignos: “Tenemos la tarea de ser ejemplos apropiados. Nos sentimos fortalecidos por la verdad de que la fuerza más grande en el mundo hoy día es el poder de Dios que se manifiesta por medio del hombre. Si nos encontramos haciendo las cosas del Señor… tenemos derecho a recibir Su ayuda. Nunca olviden esa verdad. Naturalmente, esa ayuda divina se basa en nuestra dignidad. Todos debemos preguntarnos: ¿Tengo manos limpias? ¿Es puro mi corazón? ¿Soy un siervo digno del Señor?” (véase “Ejemplos de rectitud”, Liahona, mayo de 2008, pág. 65).

Doctrina y Convenios 64:31–33. “… de las cosas pequeñas proceden las grandes”

Es probable que el profeta José Smith y otros líderes de la Iglesia se sintieron abrumados con los desafíos que afrontaron para satisfacer las necesidades de una Iglesia en crecimiento en Ohio y para edificar Sion en Misuri. Algunos miembros, como Ezra Booth, estaban preocupados porque el establecimiento de Sion no había ocurrido tan rápidamente como habían anticipado; sin embargo, el Señor prometió que todo lo que había declarado previamente finalmente ocurriría (véase D. y C. 64:31). Para alentar a los agotados santos, el Señor les ayudó a ver que estaban “poniendo los cimientos de una gran obra” (D. y C. 64:33). Esa perspectiva divina probablemente ayudó a los santos a seguir adelante con renovada confianza y energía.

No es algo fuera de lo común desanimarse con respecto a nuestras habilidades y oportunidades personales de ayudar a edificar el Reino de Dios. El élder Bruce D. Porter (1956–2016), de los Setenta, observó:

“No tenemos que ser llamados a servir lejos del hogar ni tenemos que tener un cargo prominente en la Iglesia ni en el mundo para edificar el Reino del Señor. Lo edificamos en nuestro propio corazón cuando cultivamos el Espíritu de Dios en nuestra vida. Lo edificamos dentro de nuestra familia al inculcar la fe en nuestros hijos, y lo edificamos por medio de la organización de la Iglesia a medida que magnificamos nuestros llamamientos y compartimos el Evangelio con nuestros vecinos y amigos.

“Mientras nuestros misioneros laboran en campos listos para la siega, otras personas trabajan en casa fortaleciendo el Reino en sus barrios y en las comunidades donde residen. Desde sus inicios, la Iglesia del Señor se ha estado edificando por medio de gente común y corriente que magnificó sus llamamientos en forma humilde y devota. No importa a qué oficio seamos llamados, solo que actuemos ‘con toda diligencia’ (D. y C. 107:99). En las palabras de la revelación moderna: ‘Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes’ (D. y C. 64:33)” (véase “La edificación del reino”, Liahona, julio de 2001, págs. 97–98).

Doctrina y Convenios 64:34–36. “… el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta”

El Señor requiere que Su pueblo obedezca Su ley de buena voluntad a fin de recibir una herencia en la tierra de Sion en este mundo o en el venidero (véanse D. y C. 38:17–20; 58:44; 63:20, 49; 64:34; 88:17–20). Aquellos que hayan sido recogidos en el Evangelio y que hayan obtenido una herencia en la tierra de Sion en esta vida, pero que posteriormente quebranten el convenio que hicieron con Dios y sean “rebeldes”, “serán expulsados” de la tierra de su herencia, es decir, “serán desarraigados” (D. y C. 64:35–36; véase también Deuteronomio 28:63–64). El Señor recordó a los santos que quienes sirvan a Dios con “el corazón y una mente bien dispuesta” disfrutarán las bendiciones de Sion en los últimos días (D. y C. 64:34).

El élder Donald L. Hallstrom, de la presidencia de los Setenta, explicó la importancia de servir a Dios con “el corazón y una mente bien dispuesta”:

“Si amamos al Señor con todo el corazón, estamos dispuestos a darle todo lo que poseemos. El élder Neal A. Maxwell (1926–2004) dijo: ‘El sometimiento de nuestra voluntad es la única cosa exclusivamente personal que tenemos para colocar sobre el altar de Dios… Todo lo demás que le damos… es en realidad lo que Él nos ha dado o prestado. Pero cuando nos sometemos, dejando que nuestra voluntad sea absorbida en la voluntad de Dios, entonces verdaderamente le estamos dando algo a Él” [‘Sharing Insights from My Life’, en Brigham Young University 1998–99 Speeches, 1999, pág. 4]…

“El tener ‘una mente bien dispuesta’ [D. y C. 64:34] connota el ofrecer nuestro mejor esfuerzo y nuestras mejores ideas, y buscar la sabiduría de Dios; sugiere que el estudio al que dediquemos toda una vida debe ser de lo que es de naturaleza eterna; significa que debe haber una relación inseparable entre escuchar la palabra de Dios y obedecerla.

“El apóstol Santiago dijo: ‘… sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores’ (Santiago 1:22).

“Algunos de nosotros ‘oímos’ de forma selectiva y ‘hacemos’ cuando es conveniente; pero para quienes dan el corazón y la mente al Señor, no importa si la carga es ligera o pesada. Demostramos un corazón y una mente consagrados al obedecer de forma constante los mandamientos de Dios, independientemente de cuán difíciles sean las circunstancias” (“The Heart and a Willing Mind”, Ensign, junio de 2011, págs. 31–32).

Doctrina y Convenios 64:35–36. “… los rebeldes no son de la sangre de Efraín”

Efraín era el nieto de Jacob, un profeta del Antiguo Testamento a quien se le cambió el nombre y se lo llamó Israel. Efraín recibió la bendición de la primogenitura (véase Génesis 48:20). La frase “sangre de Efraín” (D. y C. 64:36) se refiere a quienes (1) son descendientes literales de Efraín, así como a (2) los que no son de la casa de Israel, pero que, mediante el bautismo en la Iglesia restaurada, son adoptados en la tribu de Efraín. Se considera que solo los miembros de la Iglesia creyentes y obedientes son de la sangre de Efraín; los rebeldes, aun cuando sean descendientes literales de Efraín, no recibirán una herencia en Sion (véase D. y C. 64:35–36).

El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972) explicó la importancia de la primogenitura de Efraín y la responsabilidad que tienen los descendientes de Efraín de bendecir a los demás en los últimos días: “Es esencial en esta dispensación que Efraín ocupe su lugar a la cabeza, ejerciendo la primogenitura en Israel que le fue dada por revelación directa. Por tanto, Efraín debe ser recogido primero a fin de preparar el camino, mediante el Evangelio y el sacerdocio, para el resto de las tribus de Israel cuando llegue la ocasión en que han de ser congregadas en Sion” (véase Doctrina de Salvación, compilado por Bruce R. McConkie, 1979, tomo III, pág. 237).

Doctrina y Convenios 65: Antecedentes históricos adicionales

José y Emma Smith estaban viviendo en la propiedad de Isaac Morley cuando el Señor mandó a Isaac vender su granja (véanse D. y C. 63:65; 64:20). El 12 de septiembre de 1831, el profeta José Smith trasladó a su familia a Hiram, Ohio —donde muchos nuevos miembros de la Iglesia vivían—, para vivir con John y Alice (Elsa) Johnson y su familia. El domingo 30 de octubre de 1831 se llevó a cabo un servicio de la Iglesia en la casa de los Johnson, y ese mismo día el Profeta recibió la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 65.

El profeta José Smith había completado la traducción inspirada de los primeros capítulos de Mateo más de seis meses antes de que se recibiera esa revelación; no obstante, William E. McLellin escribió que esa revelación se refería al tema de Mateo 6:10, donde el Señor pide en oración: “Venga tu reino” (véase The Joseph Smith Papers, Documents, Volume 2: July 1831–January 1833, pág. 92).

Doctrina y Convenios 65

El Señor declara que el Evangelio llenará toda la tierra

Doctrina y Convenios 65:2. “Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre en la tierra”

El 15 de marzo de 1832, el Señor declaró que al profeta José Smith se le habían “dado las llaves del reino” (D. y C. 81:2). A esas llaves también se las conoce como las “llaves de la iglesia” (D. y C. 42:69) y constan del poder y la autoridad para presidir y gobernar los asuntos de la Iglesia del Señor en la tierra. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó sobre la importancia de las llaves del Reino de Dios:

“Ahora les diré unas cuantas palabras acerca del sacerdocio y las llaves que el Señor ha conferido sobre nosotros en esta última dispensación del Evangelio.

“Poseemos el Santo Sacerdocio de Melquisedec, que es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre en la tierra para actuar en todas las cosas para la salvación de los hombres.

“También poseemos las llaves del Reino de Dios sobre la tierra, el cual es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

“Esas llaves son el derecho de presidir; son el poder y la autoridad para gobernar y dirigir todos los asuntos del Señor sobre la tierra. Aquellos que las poseen tienen el poder para gobernar y controlar la manera en que todos los demás pueden servir en el sacerdocio. Todos nosotros podemos poseer el sacerdocio, pero únicamente podemos usarlo tal como es autorizado y dirigido por aquellos que poseen las llaves.

“Este sacerdocio y estas llaves fueron conferidas a José Smith y a Oliver Cowdery por Pedro, Santiago y Juan, y por Moisés, Elías el Profeta y otros de los antiguos profetas. Se han dado a cada hombre que ha sido apartado como miembro del Consejo de los Doce; pero siendo que son el derecho de presidir, únicamente pueden ser ejercidas en su plenitud por el Apóstol de Dios de mayor antigüedad en la tierra, que es el Presidente de la Iglesia.

“Ahora permítanme decir, muy clara y enfáticamente, que tenemos el Santo Sacerdocio y que las llaves del Reino de Dios están aquí. Se encuentran únicamente en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (véase “Las llaves eternas y el derecho de presidir”, Liahona, marzo de 1973, pág. 18).

Doctrina y Convenios 65:2. “… hasta que llene toda la tierra”

Daniel 2, en el Antiguo Testamento, contiene el relato de un sueño que el rey Nabucodonosor pidió a Daniel el profeta que interpretara. La revelación que se encuentra en Doctrina y Convenios 65 indica que el sueño del rey Nabucodonosor era una profecía sobre el crecimiento y el destino del Reino de Dios en los últimos días.

En abril de 1834, Wilford Woodruff participó en una reunión del sacerdocio en Kirtland, Ohio, en la que el profeta José Smith profetizó sobre el destino del Reino de Dios. Un tiempo después, el presidente Woodruff habló sobre lo que ocurrió durante esa reunión: “El Profeta llamó a todos los que poseían el sacerdocio para que se reunieran en una pequeña cabaña que servía de escuela. Era una casa muy chica, tal vez de poco más de cuatro metros cuadrados, pero en ella se reunió todo el sacerdocio de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que se encontraba en el pueblo de Kirtland… Cuando nos reunimos, el Profeta pidió a los élderes de Israel que se encontraban con él que dieran testimonio de esta obra… Cuando concluyeron, el Profeta dijo: ‘Hermanos, he sido grandemente elevado e instruido con sus testimonios esta noche, pero quiero decirles ante el Señor que, concerniente al destino de esta Iglesia y este reino, ustedes no saben más de lo que sabe un bebé en brazos de su madre. No lo comprenden’. Quedé muy sorprendido. Y agregó: ‘Lo que ven aquí esta noche no es más que un grupo muy pequeño del sacerdocio, pero esta Iglesia llenará el norte y el sur de América; llenará el mundo’” (véase en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 144–145).

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El Reino de Dios crece a medida que el Evangelio rueda “hasta que llene toda la tierra” (D. y C. 65:2).

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) describió la forma en que la profecía de Daniel concerniente al Evangelio sigue cumpliéndose:

“La Iglesia se ha convertido en una gran familia diseminada por toda la tierra… [El] Señor está cumpliendo Su promesa de que Su evangelio sería como la piedra cortada del monte, no con mano, que rodaría hasta llenar toda la tierra, como se le manifestó a Daniel en una visión (véanse Daniel 2:31–45; D. y C. 65:2). Está ocurriendo un gran milagro ante nuestros ojos…

“Cuando se organizó la Iglesia en 1830, solo había seis miembros y unos cuantos creyentes, y todos vivían en un pueblo prácticamente desconocido. Hoy hemos llegado a ser la cuarta o quinta iglesia más grande de Norteamérica, con congregaciones en todas las ciudades importantes. Hoy en día las estacas de Sion florecen en todos los estados de los Estados Unidos, en todas las provincias de Canadá, en todos los estados de México, en todas las naciones de Centroamérica y en toda Sudamérica.

“Hay congregaciones en todas las Islas Británicas y Europa, donde miles de personas se han unido a la Iglesia con el pasar de los años. Esta obra ha llegado a las naciones Bálticas y hasta Bulgaria y Albania, así como a otros sectores de esa parte del mundo. Se extiende por toda la vasta región de Rusia, llega hasta Mongolia y hasta las naciones de Asia y las islas del Pacífico, Australia, Nueva Zelanda, India e Indonesia; y está floreciendo en muchas naciones de África…

“Y este es apenas el comienzo; esta obra continuará creciendo y prosperando y se extenderá por toda la tierra” (véase “La piedra cortada del monte”, Liahona, noviembre de 2007, págs. 83–84).

Doctrina y Convenios 65:3. “… disponed la cena del Cordero, aparejad para el Esposo”

Las referencias del Señor a “la cena del Cordero” y al “Esposo” (D. y C. 65:3) son alusiones a las imágenes que utilizan el Señor y Sus apóstoles en el Nuevo Testamento (véanse Mateo 22:2–14; 25:1–13; Apocalipsis 19:7–9). Jesucristo es el Cordero de Dios y el Esposo (novio), y la Iglesia es Su novia (véase Apocalipsis 19:7–9). En el momento de la Segunda Venida, los santos justos se regocijarán. La gozosa reunión entre el Señor y Su pueblo se simboliza en la fiesta de celebración de matrimonio. En cumplimiento con la invitación del Señor de prepararse y alistarse para la llegada del Esposo (novio) y para la cena del matrimonio del Cordero, los santos deben buscar a los justos en los cuatro extremos de la tierra e invitarlos a arrepentirse y ser bautizados. Los que presten oído a la invitación y hagan convenios con el Señor y los guarden, serán ataviados “de lino fino, limpio y resplandeciente, porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:8), y esas personas tendrán el gozo de recibir al Señor y regocijarse con Él en Su venida.

Doctrina y Convenios 65:6. El Reino de Dios y el reino de los cielos

La petición u oración que se encuentra en Doctrina y Convenios 65:6 ilustra la importante conexión entre la Iglesia de Dios en la tierra y la divina organización de los cielos. El élder James E. Talmage (1862–1933), del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó:

“El Reino de Dios es la Iglesia establecida por autoridad divina sobre la tierra; esta institución no pretende ningún dominio temporal sobre las naciones; su cetro de poder es el del Santo Sacerdocio, que se ha de emplear para predicar el Evangelio y administrar sus ordenanzas para la salvación de todo el género humano, los vivos así como los muertos. El Reino de los Cielos es el divinamente ordenado sistema de gobierno y dominio en todas las cosas, temporales así como espirituales; y solo cuando venga a reinar su verdadero Gobernante, el Rey de reyes, Jesús el Cristo, se establecerá este régimen sobre la tierra…

“El Reino de Dios se ha establecido entre los hombres a fin de prepararlos para el Reino de los Cielos que ha de venir; y los dos se fundirán en uno durante el bendito reinado de Cristo el Rey” (véase Jesús el Cristo, 1975, págs. 824–825).