Instituto
Capítulo 22: Doctrina y Convenios 59–62
anterior siguiente


Capítulo 22

Doctrina y Convenios 59–62

Introducción y cronología

El domingo 7 de agosto de 1831, el profeta José Smith recibió la revelación que se encuentra en Doctrina y Convenios 59 mientras se encontraba en el condado de Jackson, Misuri. En esa revelación, el Señor estableció Sus expectativas acerca de los santos que acababan de llegar a Sion, incluso la observancia apropiada del día de reposo. El Señor también confirmó que quienes guarden Sus mandamientos recibirán bendiciones temporales y espirituales.

El día siguiente, José Smith y varios élderes se prepararon para salir de Independence, Misuri, y regresar a Ohio. En la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 60, el Señor indicó a los élderes que predicaran el Evangelio mientras viajaban. Al tercer día de su viaje, la compañía afrontó peligro en el río Misuri. Durante los siguientes dos días, el 12 y el 13 de agosto, el Profeta recibió dos revelaciones que se encuentran en Doctrina y Convenios 61 y 62 y que contienen palabras de instrucción, amonestación, consuelo y ánimo.

2–3 de agosto de 1831

Se dedica un terreno en el condado de Jackson, Misuri, para el establecimiento de Sion, y se dedica un solar para el templo en Independence, Misuri.

4 de agosto de 1831

Se lleva a cabo una conferencia de la Iglesia en el condado de Jackson, Misuri.

7 de agosto de 1831

Después de enfermar durante el viaje de Ohio a Misuri con los santos de Colesville, Polly Knight, esposa de Joseph Knight Sr., fallece en el condado de Jackson, Misuri.

7 de agosto de 1831

Se recibe Doctrina y Convenios 59.

8 de agosto de 1831

Se recibe Doctrina y Convenios 60.

9 de agosto de 1831

José Smith y diez élderes salen de Misuri hacia Kirtland, Ohio, viajando por el río Misuri.

12–13 de agosto de 1831

Se reciben Doctrina y Convenios 6162.

27 de agosto de 1831

José Smith llega a Kirtland, Ohio.

Doctrina y Convenios 59: Antecedentes históricos adicionales

El domingo 7 de agosto de 1831, el profeta José Smith asistió al funeral de Polly Knight, la esposa de Joseph Knight Sr. y la primera miembro de la Iglesia que falleció en Sion. Polly era miembro de la Rama Colesville y había salido de Ohio decidida a ver la tierra de Sion. A pesar del decaimiento de su salud, “no consintió en dejar de viajar”, recordó su hijo Newel. “Su único, o su mayor deseo, era poner los pies en la tierra de Sion y que la sepultaran en esa tierra… El Señor le concedió el deseo de su corazón y vivió lo suficiente para pisar esa tierra” (“Newel Knight’s Journal”, en Scraps of Biography: Tenth Book of the Faith Promoting Series, 1883, pág. 70; véase también History of the Church, tomo I, pág. 199, nota al pie de la página). El mismo día del funeral de Polly Knight, José Smith recibió la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 59, en la cual se prometen bendiciones eternas a los santos fieles de Sion.

Durante el verano de 1831, a medida que los miembros de la Iglesia se establecían en el condado de Jackson, Misuri, se encontraron con una comunidad de la Frontera cuya conducta contrastaba enormemente con las leyes y las normas del Evangelio. El juego, la ebriedad y la violencia eran algo común entre los habitantes, algunos de los cuales habían ido a la frontera de Misuri para evadir la justicia de la ley. Entre ellos también se notaba claramente un completo desapego por el día de reposo, lo cual observaron no solo los santos sino otros viajeros que llegaban a Misuri. Un misionero protestante observó: “La observancia del día de reposo cristiano parece ser desconocida en este lugar. Es un día para comerciar, divertirse, beber, jugar y participar en conducta anticristiana general” (en T. Edgar Lyon, “Independence, Missouri, and the Mormons, 1827–1833”, BYU Studies, tomo XIII, nro. 1, 1972, pág. 16). Un viajero que pasaba por el oeste de Misuri en 1833 observó que “la única indicación de que era domingo [era] la cantidad inusual de juego, de alboroto y de personas en las tabernas” (Edward Ellsworth, en John Treat Irving Jr., Indian Sketches: Taken during an Expedition to the Pawnee Tribes (1833), editado por John Francis McDermott, nueva edición, 1955, pág. XXII). En ese ambiente, el Señor detalló normas de conducta para los santos que se congregaban en Sion.

Imagen

Doctrina y Convenios 59

El Señor enseña a los santos sobre el día de reposo y promete bendiciones terrenales y eternas a los fieles

Doctrina y Convenios 59:1–4. “… coronados… con mandamientos no pocos”

Imagen

Los fieles que mueran “descansarán de todos sus trabajos” y serán coronados en el cielo (D. y C. 59:2).

El Señor prometió bendiciones eternas a los santos que obedecieran Su evangelio y que fueran a la tierra de Sion con la mira puesta únicamente en Su gloria. También prometió coronar, o recompensar, a Sus santos fieles “con mandamientos no pocos, y con revelaciones a su tiempo” (D. y C. 59:4). El élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó que los mandamientos del Señor son bendiciones:

“Los mandamientos son una bendición… porque nuestro Padre Celestial nos los ha dado a fin de ayudarnos a crecer y cultivar las cualidades que debemos tener si hemos de obtener la vida eterna y morar con Él. Al guardar Sus mandamientos, nos hacemos merecedores de Sus bendiciones…

“Deberíamos regocijarnos en los mandamientos de Dios y reconocerlos como dones valiosos de un Padre amoroso a Sus hijos” (“The Blessings of Commandments”, devocional de la Universidad Brigham Young, 10 de septiembre de 1974, págs. 2, 4, speeches.byu.edu).

Doctrina y Convenios 59:5–8. “Amarás al Señor tu Dios”

Después de explicar que los fieles serán coronados con bendiciones, mandamientos y revelaciones, el Señor recalcó varios mandamientos a los santos, comenzando con el de amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) explicó que el mandamiento de amar a Dios abarca todos los aspectos de nuestra vida:

“Amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerza lo cubre todo y requiere todo nuestro esfuerzo. No es un empeño apático. Es el compromiso total de nuestro mismo ser —física, mental, emocional y espiritualmente— de amar al Señor.

“La extensión, la profundidad y la intensidad de dicho amor por Dios abarca todos los aspectos de nuestra vida. Nuestros deseos, ya sean espirituales o temporales, deben estar arraigados en el amor por el Señor; nuestros pensamientos y afectos deben centrarse en el Señor…

“Debemos poner a Dios en el lugar de preeminencia, sobre todo lo demás de nuestra vida. Él debe estar primero, tal como lo declara en el primero de Sus Diez Mandamientos: ‘No tendrás dioses ajenos delante de mí’ (Éxodo 20:3).

“Cuando damos a Dios el lugar de preferencia, todos los demás aspectos de nuestra vida pasan a tener la posición que les corresponde o… dejan de tener valor. Nuestro amor por el Señor dirigirá nuestros afectos, la forma en que empleemos nuestro tiempo, los intereses que tengamos y el orden de prioridad que demos a las cosas” (“El Señor en primer lugar”, Liahona, julio de 1988, págs. 4–5).

Cuando amamos a Dios con todo el corazón, deseamos de forma natural obedecer Sus mandamientos, servirle y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (véase D. y C. 59:6). Si realmente amamos a Dios y a nuestro prójimo, no desearemos pecar en contra de los demás por medio del robo, de cometer adulterio, de asesinar o de hacer “ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). Si amamos a Dios, reconoceremos Su mano en nuestra vida y le daremos gracias “en todas las cosas” (D. y C. 59:7) y alegremente le ofreceremos un corazón quebrantado o arrepentido, y un espíritu contrito u obediente (véase D. y C. 59:8).

Doctrina y Convenios 59:8. “Ofrecerás un sacrificio… de un corazón quebrantado y un espíritu contrito”

Después de Su muerte y resurrección, el Salvador dijo a los nefitas que ya no debían ofrecerle sacrificios de sangre, sino que ahora debían ofrecer el sacrificio de un corazón quebrantado y un espíritu contrito (véase 3 Nefi 9:19–20). El Señor reiteró ese nuevo sacrificio en varias ocasiones en revelaciones modernas, incluso en revelaciones a los santos que procuraban establecer Sion (véase D. y C. 59:8; véanse también D. y C. 20:37; 56:17–18; 97:8).

Tener un corazón quebrantado y un espíritu contrito significa que somos humildes y sumisos a la voluntad de Dios; quiere decir que sentimos pesar por el pecado y que deseamos sinceramente arrepentirnos y vivir en armonía con el plan de Dios. El élder Bruce D. Porter (1952–2016), de los Setenta, explicó cómo la vida del Salvador ejemplificó lo que eso significa:

“¿Qué son un corazón quebrantado y un espíritu contrito? ¿Y por qué se consideran un sacrificio?

“Como en todas las cosas, la vida del Salvador nos ofrece el ejemplo perfecto: A pesar de que Jesús de Nazaret era sin pecado, vivió con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tal como lo demuestra por medio de Su sumisión a la voluntad del Padre. ‘Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió’ (Juan 6:38). Dijo a Sus discípulos: ‘… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón’ (Mateo 11:29); y cuando llegó la hora de hacer el sacrificio final que formaba parte de la Expiación, Cristo no rehusó beber la amarga copa, sino que se sometió totalmente a la voluntad de Su Padre.

“La sumisión perfecta del Salvador al Eterno Padre es el ejemplo ideal de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. El ejemplo de Cristo nos enseña que un corazón quebrantado es un atributo eterno y divino. Cuando nuestro corazón está quebrantado, somos plenamente receptivos al Espíritu de Dios y reconocemos nuestra dependencia de Él para todo lo que poseemos y lo que somos. Tal sacrificio implica renunciar al orgullo en todas sus formas. Así como un alfarero experto modela el barro con las manos, el Maestro puede moldear y darle forma con Sus manos a los de corazón quebrantado” (véase “Un corazón quebrantado y un espíritu contrito”, Liahona, noviembre de 2007, págs. 31–32).

El élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, sugirió una forma en que podemos ofrecer ese sacrificio al Señor:

“… puedes brindar al Señor la ofrenda de tu corazón quebrantado o arrepentido y tu espíritu contrito u obediente. En realidad, es la ofrenda de ti mismo, de lo que eres y de lo que estás llegando a ser.

“¿Hay algo en ti o en tu vida que sea impuro o indigno? Cuando logres deshacerte de ello, será una ofrenda para el Salvador. ¿Careces de un buen hábito o de una buena cualidad? Si lo adoptas y lo haces parte de tu carácter, le estarás haciendo una ofrenda al Señor” (“Cuando te hayas convertido”, Liahona, mayo de 2004, pág. 12).

Doctrina y Convenios 59:9–15. “… para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo”

Durante las últimas horas que el Salvador pasó en la vida terrenal, pidió al Padre en oración que no “quit[ara] del mundo” a Sus discípulos, sino que los “guard[ara] del mal” (Juan 17:15). Casi dos mil años después, Sus santos en Misuri se encontraban entre personas profanas y sin ley, y el Señor prometió que podían permanecer sin mancha del pecado y la injusticia del mundo si lo adoraban y honraban “en [Su] día santo” (D. y C. 59:9).

El élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó en qué forma el honrar el día de reposo nos ayuda a mantenernos sin mancha del mundo: “… honrar el día de reposo es una forma de rectitud que bendecirá y fortalecerá a la familia, nos conectará con nuestro Creador y aumentará la felicidad. El día de reposo nos puede ayudar a separarnos de lo frívolo, lo inapropiado y lo inmoral; nos permite estar en el mundo, pero sin ser del mundo” (“Organizar el barco al estilo Bristol: Sean dignos de entrar en el templo, en las buenas y en las malas épocas”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 42).

Doctrina y Convenios 59:9. “… ofrecerás tus sacramentos en mi día santo”

El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó que “un sacramento podría ser cualquiera de varios expresiones, actos u ordenanzas que nos unen a Dios y a Sus poderes ilimitados” (“Of Souls, Symbols, and Sacraments”, en Jeffrey R. Holland y Patricia T. Holland, On Earth As It Is in Heaven, 1989, pág. 193). Entre los actos que nos acercan a Dios y nos llenan de Su poder se encuentran el orar, cantar himnos, dar y recibir bendiciones del sacerdocio, compartir testimonios, estudiar las Escrituras, prestar servicio y renovar convenios al participar de la Santa Cena.

Imagen

Al participar en la ordenanza de la Santa Cena y adorar en el día de reposo, obtenemos fortaleza contra la tentación y el pecado.

Doctrina y Convenios 59:10. ¿Por qué el Señor nos manda que descansemos de nuestras obras?

El Señor ha designado el día de reposo como un día de descanso de los rigores de nuestras labores diarias. Es un día de renovación tanto espiritual como física. El presidente James E. Faust (1920–2007), de la Primera Presidencia, recalcó algunas de las bendiciones de descansar de nuestras obras en el día de reposo: “Después de toda una vida de observación, es evidente para mí que el granjero que guarda el día de reposo parece hacer más en su granja que lo que haría si trabajara los siete días de la semana. El mecánico podrá lograr terminar más y mejores trabajos en seis días que en siete. El doctor, el abogado, el dentista y el científico podrán lograr más si tratan de descansar el día de reposo que si tratan de utilizar cada día de la semana para su trabajo profesional. Deseo aconsejar a todos los estudiantes que, si les es posible, ordenen sus horarios para que no tengan que estudiar en el día de reposo. Si los estudiantes y otros que buscan conocimiento hacen esto, su cerebro será más ágil y el Espíritu infinito los guiará a las verdades que desean aprender. Esto se debe a que Dios ha santificado Su día y lo ha bendecido como convenio perpetuo de fidelidad (véase Éxodo 31:16)” (véase “El día del Señor”, Liahona, enero de 1992, págs. 38–39).

Es importante recordar que el mandamiento del Señor de descansar de las labores temporales en el día de reposo no es una invitación a ser ocioso. En Doctrina y Convenios 59:9–13, el Señor indicó a los santos lo que debían hacer en el día de reposo. El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) enseñó: “El día de reposo es un día santo en el cual deben hacerse cosas dignas y santas. El abstenerse del trabajo y de la recreación es importante, pero no lo es todo. El día de reposo requiere pensamientos y hechos constructivos, y si simplemente se holgazanea sin hacer nada ese día, este se quebranta” (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 188).

Doctrina y Convenios 59:10. “… rendir tus devociones al Altísimo”

El rendir nuestras devociones al Más Alto Dios es recordar, adorar y servir al Señor con todo nuestro corazón. Las devociones que rendimos al Señor en Su santo día son un reflejo de nuestro afecto y reverencia por Él, así como de nuestra fe en Él. El presidente Russell M. Nelson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

“¿Cómo santificamos el día de reposo? En mi juventud estudiaba las listas que otras personas habían recopilado de lo que se podía y lo que no se podía hacer en el día de reposo. No fue sino hasta más adelante que aprendí de las Escrituras que mi conducta y mi actitud en el día de reposo constituían una señal entre mi Padre Celestial y yo. Con ese entendimiento, ya no necesité más listas de lo que se podía y no se podía hacer. Cuando tenía que tomar una decisión en cuanto a si una actividad era o no era apropiada para el día de reposo, simplemente me preguntaba a mí mismo: ‘¿Qué señal quiero darle a Dios?’. Esa pregunta hizo que mis opciones respecto al día de reposo fueran bien claras…

“¿Cómo pueden asegurarse de que su comportamiento en el día de reposo les traiga gozo y regocijo? Además de ir a la Iglesia, participar de la Santa Cena y ser diligentes en sus llamamientos, ¿qué otras actividades ayudarían a que el día de reposo fuera una delicia para ustedes? ¿Qué señal le darán al Señor para mostrarle el amor que sienten por Él?” (“El día de reposo es una delicia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 130).

Doctrina y Convenios 59:12. “… confesando tus pecados… ante el Señor”

El día de reposo es un día para reflexionar y ser introspectivo, y para reconocer nuestros pecados ante el Señor. El élder L. Tom Perry (1922–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

“Reconocemos que todos nosotros cometemos errores. Cada uno de nosotros tiene necesidad de confesar nuestros pecados y errores a nuestro Padre Celestial, y a otros a quienes hayamos ofendido, y de abandonarlos. El día de reposo nos proporciona una invaluable oportunidad de ofrecer estos, nuestros sacramentos, al Señor…

“El élder Melvin J. Ballard ha sugerido que: ‘Queremos que todo Santo de los Últimos Días venga a la mesa sacramental porque es el lugar para examinar e inspeccionar nuestro yo íntimo, para saber cómo rectificar nuestro curso y corregir nuestra vida poniéndonos en armonía con las enseñanzas de la Iglesia y con nuestros hermanos y hermanas’ [en Bryant S. Hinckley, Sermons and Missionary Services of Melvin Joseph Ballard, 1949, pág. 150]” (“El día de reposo y la Santa Cena” , Liahona, mayo de 2011, pág. 8).

Imagen

El Señor es misericordioso con aquellos que “confiesan [sus pecados] con corazones humildes” (D. y C. 61:2).

Doctrina y Convenios 59:13–14. “… a fin de que tus ayunos sean perfectos”

En el día de reposo debemos dedicar nuestro corazón completamente al Señor. El Señor manda que incluso debemos preparar nuestros alimentos “con sencillez de corazón” (D. y C. 59:13), con nuestros deseos y pensamientos centrados en las cosas de Dios. Conforme nos dedicamos completamente al Señor, nuestros ayunos llegan a ser perfectos.

El día de reposo mismo es un ayuno: un ayuno de las obras temporales y las preocupaciones del mundo. De la misma manera que nos abstenemos de comer y beber cuando ayunamos, nos refrenamos de nuestros propios placeres en el día de reposo a fin de adorar y servir al Señor más plenamente. El presidente Russell M. Nelson enseñó: “El no buscar nuestra ‘propia voluntad’ [Isaías 58:13] en el día de reposo requiere autodisciplina y tal vez tengan que dejar de hacer algo que les guste; pero si escogen deleitarse en Jehová, no se permitirán tratarlo como otro día cualquiera” (“El día de reposo es una delicia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 132).

Doctrina y Convenios 59:16–21. “… aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas”

El Señor promete las bendiciones de la tierra a quienes santifiquen Su día de reposo, y “complace a Dios haber dado todas estas cosas al hombre” (D. y C. 59:20). Sin embargo, ofendemos o causamos desagrado a Dios cuando no reconocemos Su mano en todo lo que nos ha dado ni le expresamos nuestra gratitud. El presidente Dieter F. Uchtdorf, de la Primera Presidencia, explicó la importancia de reconocer la mano del Señor en todas las cosas:

“… ¿no tenemos razón para estar llenos de gratitud, a pesar de las circunstancias en las que nos encontremos?…

“¡Qué bendecidos somos si reconocemos la mano de Dios en el maravilloso tapiz de la vida! La gratitud a nuestro Padre Celestial ensancha nuestra percepción y aclara nuestra vista; inspira humildad y fomenta la compasión hacia nuestro prójimo y hacia todas las creaciones de Dios. La gratitud es un elemento que promueve todos los atributos cristianos. El corazón agradecido es el padre de todas las virtudes” (“Agradecidos en cualquier circunstancia”, Liahona, mayo de 2014, pág. 77).

Doctrina y Convenios 59:23. “… paz en este mundo”

El Señor promete “paz en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero” a quienes hagan obras justas (D. y C. 59:23). El élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó el tipo de paz que es resultado de la obediencia recta a los mandamientos del Señor:

“Aunque esperamos y rogamos con fervor que haya paz universal, es en forma individual y como familia que logramos el tipo de paz que se promete como recompensa a la rectitud. Esa paz es el don prometido mediante la misión y el sacrificio expiatorio del Salvador…

“La paz a la que me refiero no es solo una tranquilidad temporal; es una profunda felicidad y satisfacción espiritual perdurables.

“El presidente Heber J. Grant describió la paz del Salvador de esta manera: ‘Su paz calmará nuestro sufrimiento, sanará nuestros corazones quebrantados, quitará los sentimientos de odio que alberguemos en nuestro interior y creará en nosotros un amor por nuestros semejantes que nos llenará el alma de serenidad y felicidad’ [Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Heber J. Grant, 2002, pág. 244]” (“Paz personal: La recompensa a la rectitud”, Liahona, mayo de 2013, pág. 33).

Doctrina y Convenios 60: Antecedentes históricos adicionales

Durante la primera semana de agosto de 1831, los élderes que viajaron a Misuri asistieron a una conferencia de la Iglesia y participaron en la dedicación de la tierra de Sion como el lugar en el que se edificaría el templo. Una vez que completaron su obra, muchos de los élderes deseaban regresar a Kirtland, Ohio (véase The Joseph Smith Papers, Documents, Volume 2: July 1831–January 1833, pág. 35). Los élderes preguntaron al profeta José Smith lo que debían hacer, y él recibió la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 60.

Doctrina y Convenios 60

El Señor manda a los élderes predicar el Evangelio mientras viajan de regreso a Ohio

Doctrina y Convenios 60:2. “… esconden el talento que les he dado”

El Señor amonestó a los élderes que no cumplieron con su responsabilidad de predicar el Evangelio. Haciendo referencia a Su parábola de los Talentos (véase Mateo 25:14–30), el Señor dijo: “… esconden el talento que les he dado, a causa del temor de los hombres” (D. y C. 60:2). En esa revelación, “el talento” se refiere al conocimiento y el testimonio del Evangelio restaurado. Esos dones espirituales van acompañados de la obligación de compartir el conocimiento y el testimonio que uno tiene con los demás.

El profeta José Smith (1805–1844) enseñó que nuestro “mayor y más importante deber es predicar el Evangelio” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 350). El presidente Dieter F. Uchtdorf explicó formas en las que podemos cumplir con esa responsabilidad:

“Mis queridos jóvenes amigos, tal vez la amonestación del Señor de ‘abrir su boca’ [D. y C. 60.2] hoy incluya ¡‘usar las manos’ para crear blogs o mandar mensajes de texto del Evangelio a todo el mundo! Pero por favor recuerden, todo en el momento oportuno y en el debido lugar.

“… con la bendición de la tecnología moderna podemos expresar agradecimiento y regocijo por el gran plan que Dios tiene para Sus hijos, de modo que se escuche no solo en nuestro lugar de trabajo sino en todo el mundo. A veces una sola frase de testimonio puede desencadenar acontecimientos que influyen en la vida de alguien por la eternidad.

“La forma más efectiva de predicar el Evangelio es por medio del ejemplo. Si vivimos de acuerdo con nuestras creencias, la gente lo notará. Si recibimos la imagen de Cristo en nuestros rostros, si sentimos gozo y paz en el mundo, la gente querrá saber el porqué. Uno de los sermones más grandiosos que se haya pronunciado sobre la obra misional es este sencillo pensamiento atribuido a San Francisco de Asís: ‘Predica el Evangelio todo el tiempo y, si es necesario, utiliza las palabras’ [en William Fay y Linda Evans Shepherd, Share Jesus without Fear, 1999, pág. 22]” (“A la espera en el camino a Damasco”, Liahona, mayo de 2011, págs. 76–77).

Doctrina y Convenios 60:8. “… las congregaciones de los impíos”

La frase “congregaciones de los impíos” tal como se utiliza en Doctrina y Convenios 60:8 y en otras revelaciones (véanse también D. y C. 61:33; 62:5) no significa necesariamente que todas las personas en esos lugares eran culpables de gran iniquidad; más bien, la frase probablemente se refiere a personas que no tenían un conocimiento o un entendimiento del evangelio restaurado de Jesucristo. Sin el conocimiento de los principios del Evangelio y de las ordenanzas de salvación, vivían fuera del convenio de Dios. Por esa razón, el Señor llamó a misioneros para que predicaran el Evangelio a las congregaciones o comunidades, y a invitarlas a arrepentirse y recibir las ordenanzas de salvación.

Doctrina y Convenios 60:13–14. “No desperdiciarás tu tiempo”

El Señor mandó a los élderes predicar el Evangelio mientras viajaban de regreso a Ohio y les advirtió: “No desperdiciarás tu tiempo” (D. y C. 60:13). El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ilustró algunas de las formas en que desperdiciamos nuestro tiempo, así como los peligros de hacerlo:

“Una de las formas en que Satanás reduce nuestra eficacia y debilita nuestra fuerza espiritual es instándonos a que dediquemos largos periodos de tiempo a hacer cosas que tienen muy poca importancia. Estoy hablando de cosas tales como sentarse por horas sin fin a ver televisión o videos, a jugar videojuegos noche tras noche, a navegar por internet o a dedicar grandes cantidades de tiempo a deportes, juegos u otras actividades recreativas.

“No me malinterpreten… Los juegos, deportes y actividades recreativas, e incluso la televisión pueden ayudar a relajarse y a rejuvenecerse, especialmente en ocasiones en que tienen mucho estrés o están demasiado ocupados. Necesitan actividades que los ayuden a relajarse y descansar la mente…

“Pero me refiero a permitir que haya un desequilibrio…

“Un efecto devastador de desperdiciar nuestro tiempo es que nos desvía de concentrarnos en lo que más importa. Demasiadas personas están dispuestas a sentarse cómodas y dejar que la vida pase. Lleva tiempo cultivar los atributos que les ayudarán a ser personas bien equilibradas…

“De modo que, céntrense lo más que puedan en las cosas de la vida que los llevarán de regreso a la presencia de Dios, manteniendo todas las cosas en su debida proporción” (“Be Strong in the Lord”, Ensign, julio de 2004, págs. 13–14).

Doctrina y Convenios 61: Antecedentes históricos adicionales

El 9 de agosto de 1831, el profeta José Smith y diez élderes partieron de Independence, Misuri, en canoas y se dirigieron a St. Louis por el río Misuri. Fue difícil navegar el río debido a los muchos árboles caídos que estaban sumergidos en el río. Durante los primeros días del viaje surgió un conflicto en el grupo y los sentimientos de discordia permanecieron por un tiempo. Al tercer día del viaje, un árbol sumergido casi produjo el vuelco de la canoa en la que José Smith y Sidney Rigdon se encontraban. A instancias del Profeta, el grupo acampó en las orillas del río Misuri en un lugar llamado el recodo de McIlwaine. Una vez que salieron del río para acampar, William W. Phelps vio a plena luz del día “al Destructor, con sus poderes más aterradores, cabalgando sobre las aguas” (Manuscript History of the Church, tomo A-1, página 142, josephsmithpapers.org). Esa noche, los integrantes del grupo hablaron sobre sus dificultades, resolvieron los sentimientos de contención y se perdonaron unos a otros. A la mañana siguiente, el Profeta recibió la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 61.

Imagen

El profeta José Smith y otras personas acamparon en algún lugar cerca de esta ubicación, conocida como el recodo de McIlwaine, junto al río Misuri, mientras viajaban por las aguas a St. Louis, Misuri, en agosto de 1831.

Doctrina y Convenios 61

El Señor advierte y guía a José Smith y a los élderes que viajan a Ohio

Doctrina y Convenios 61:3. “… viaj[ando] con prisa sobre las aguas, mientras los habitantes de ambos lados perecen en la incredulidad”

Cuando los élderes viajaron “con prisa sobre las aguas” del río Misuri, no pudieron predicar el Evangelio a las personas que vivían a ambos lados del río y que estaban “pere[ciendo] en la incredulidad” (D. y C. 61:3). De manera similar, en ocasiones, quizá desatendamos las necesidades de quienes nos rodean porque estamos tan ocupados viajando “con prisa” por la vida. El presidente Thomas S. Monson enseñó:

“¿Cuántas veces se han sentido conmovidos al ver las necesidades de otras personas? ¿Cuántas veces han tenido la intención de ser la persona que ofrece ayuda? Sin embargo, cuántas veces se ha interpuesto el diario vivir, y han dejado que la ayuda la den otros, pensando que ‘seguramente alguien se encargará de esa necesidad’.

“Nos encontramos tan ocupados en la vida cotidiana; no obstante, si diésemos un paso atrás y mirásemos bien lo que estamos haciendo, quizás nos daríamos cuenta de que nos hallamos sumidos en cosas que carecen de importancia. En otras palabras, muchas veces pasamos casi todo el tiempo atareados con cosas que en el gran plan de la vida no tienen demasiada relevancia, y descuidamos lo que es más importante” (“¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 85).

Doctrina y Convenios 61:4–19. “… en los postreros días, maldije las aguas”

Las palabras del Señor en Doctrina y Convenios 61:4–19 no prohíben a los Santos de los Últimos Días viajar en el agua ni nadar. Al describir la maldición de las aguas en los últimos días, el Señor pudo haberse referido a los pasajes del libro de Apocalipsis en los que el apóstol Juan describió la destrucción que tendrá lugar en las aguas antes de la segunda venida de Jesucristo (véanse Apocalipsis 8:8–11; 16:2–6). En Doctrina y Convenios 61, el Señor se refiere específicamente al peligro en “estas aguas”, queriendo decir el río Misuri (véase D. y C. 61:5, 18). Cuando se dio esa revelación, los peligros en el río Misuri se referían a los accidentes debido a dificultades para navegar las aguas, así como el contraer cólera, una enfermedad que se disemina con mayor frecuencia por medio del agua contaminada (véase “The Way of Journeying for the Saints of Christ”, Evening and Morning Star, diciembre de 1832, pág. 105).

Doctrina y Convenios 62: Antecedentes históricos adicionales

El 13 de agosto de 1831, el profeta José Smith y los élderes que viajaban con él a Kirtland, Ohio, se encontraron con Hyrum Smith, John Murdock, Harvey Whitlock y David Whitmer en Chariton, Misuri. Esos élderes todavía no habían llegado a Independence, Misuri, en parte porque habían estado predicando el Evangelio por el camino, y en parte porque la enfermedad de John Murdock había retrasado el viaje. Más adelante José Smith recordó que “tras los saludos gozosos con los que los hermanos se recibieron”, se le dio la revelación que está registrada en Doctrina y Convenios 62 (en Manuscript History of the Church, tomo A-1, página 145, josephsmithpapers.org).

Doctrina y Convenios 62

El Señor encomia la fidelidad de un grupo de élderes que viaja hacia Independence, Misuri

Doctrina y Convenios 62:3. “… benditos sois, porque el testimonio que habéis dado se ha escrito en el cielo”

El Señor encomió a los élderes que todavía no habían ido a Sion por los fieles testimonios que habían compartido durante su viaje. A diferencia de algunos de los élderes que viajaron con el profeta José Smith, a quienes el Señor reprendió por no predicar el Evangelio (véase D. y C. 60:2–3), este grupo de misioneros proclamó con diligencia y éxito el Evangelio y edificó la Iglesia durante su viaje a Sion. Entre esos fieles misioneros se encontraban Levi Hancock, Zebedee Coltrin, Simeon Carter y Solomon Hancock, quienes bautizaron a más de cien personas por el camino (véase The Joseph Smith Papers, Documents, Volume 2: July 1831–January 1833, editado por Matthew C. Godfrey y otros, 2013, pág. 46). El Señor bendijo la fidelidad de esos misioneros y dijo que su testimonio estaba “escrito en el cielo para que lo vean los ángeles” (D. y C. 62:3). Aun más, el Señor declaró que los pecados de esos misioneros estaban perdonados.

Imagen

El Señor se complace con los que abren la boca y comparten el testimonio que Él les ha dado (véase D. y C. 62:3).

Aun cuando el perdón se obtiene mediante la expiación de Jesucristo a medida que nos arrepentimos y vivimos de conformidad con Sus mandamientos, el proclamar el Evangelio y ayudar a los demás a venir al Salvador nos permite recibir la remisión de nuestros pecados. El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) enseñó: “El Señor nos ha dicho que nuestros pecados serán perdonados más fácilmente si traemos almas a Cristo y con determinación continuamos dando nuestro testimonio al mundo; y seguramente cada uno de nosotros busca ayuda adicional para ser perdonados de nuestros pecados” (véase “Me seréis testigos”, Liahona, noviembre de 1977, pág. 3).

Doctrina y Convenios 62:5–8. “… juicio y las indicaciones del Espíritu”

En diversas ocasiones varios grupos de élderes habían preguntado en cuanto a la forma en que debían viajar, qué ruta tomar, qué tipo de transporte utilizar o si debían viajar todos juntos o de dos en dos. En todos esos casos, el Salvador declaró: “… me es igual” (D. y C. 60:5; 61:22; 62:5).

En relación a esa respuesta, el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

“Tal vez nos sorprenda esa declaración del Señor de que le es igual lo que hagamos en esas cosas. Claramente, el Señor no les decía a esos misioneros que no le importaba lo que ellos hicieran, sino que recalcaba la importancia de poner en primer término lo más importante y concentrarse en las cosas debidas… Debían ejercer la fe, usar el buen juicio, actuar de acuerdo con la guía del Espíritu y determinar la mejor forma de viajar a su asignación. Lo esencial era la obra que se les había llamado a realizar; la manera de llegar era importante pero no era esencial…

“Los juicios más difíciles que hacemos pocas veces son entre el bien y el mal o entre alternativas atractivas y no atractivas. Usualmente, las decisiones más difíciles son entre el bien y el bien. En este episodio de las Escrituras [refiriéndose a D. y C. 62:7–9], los caballos, las mulas y los carruajes podrían haber sido opciones igualmente eficaces para el viaje de los misioneros. De manera similar, ustedes y yo podríamos percibir en diferentes momentos de nuestra vida más de una oportunidad u opción aceptable que podríamos decidir seguir. Debemos recordar este modelo de las Escrituras al tomar decisiones importantes. Si ponemos lo más importante en primer término en nuestra vida, como ser un discípulo dedicado, honrar los convenios y guardar los mandamientos, entonces seremos bendecidos con inspiración y buen juicio al avanzar por el sendero que nos conduce de regreso al hogar celestial” (véase “Una reserva de agua viva”, devocional de la Universidad Brigham Young, 4 de febrero de 2007, págs. 4–5, speeches.byu.edu).

El élder Dallin H. Oaks explicó por qué nuestro Padre Celestial deja muchas decisiones a nuestro propio juicio:

“El deseo de que el Señor nos guíe es un punto fuerte, pero debe estar unido a la comprensión de que nuestro Padre Celestial deja muchas de las decisiones a nuestro criterio personal. El hecho de tomar decisiones es una de las formas de progresar que hemos de experimentar aquí en la tierra…

“Debemos estudiar el asunto en nuestra mente, valiéndonos de los poderes de razonamiento que el Creador nos ha dado. Luego, debemos orar pidiendo guía y, si la recibimos, tomar las medidas necesarias para seguirla. Si no la recibimos, debemos actuar basándonos en nuestro mejor criterio” (véase “Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina”, Liahona, mayo de 1995, pág. 15).