Historia de la Iglesia
28 Hasta la venida del Hijo del Hombre
anterior siguiente

“Hasta la venida del Hijo del Hombre”, capítulo 28 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2020

Capítulo 28: “Hasta la venida del Hijo del Hombre”

Capítulo 28

Hasta la venida del Hijo del Hombre

El 19 de junio de 1875, Brigham Young partió de Salt Lake City para visitar los asentamientos de la región del centro de Utah1. Acababa de cumplir setenta y cuatro años y viajar se le hacía más difícil. Cada vez que se movía, le dolían las articulaciones debido a la artritis. No obstante, el visitar las colonias lo acercaba más a los santos y establecía una sana distancia entre él y las recientes dificultades legales de la Iglesia.

Después de que George Reynolds fue imputado por bigamia, el Ministro de Justicia de los Estados Unidos, William Carey, había roto su promesa a los líderes de la Iglesia y también imputó a George Q. Cannon de bigamia. Más tarde, se desestimó el caso de George Q. Cannon, pero Reynolds fue juzgado, condenado, multado en $300 dólares estadounidenses y sentenciado a un año de prisión. Sin embargo, la corte suprema territorial revocó la condena de Reynolds después de que sus abogados argumentaron con éxito, que había sido acusado por un jurado indagatorio formado ilegalmente. Ahora que Reynolds era libre, los fiscales prometieron llevarlo a juicio nuevamente2.

Además, la esposa plural de Brigham, Ann Eliza Young, que se había separado de él, últimamente había aunado fuerzas con los detractores de la Iglesia para presentar una demanda de divorcio contra el profeta. Cuando exigió más de 200 000 dólares estadounidenses por concepto de manutención y otros reclamos, los abogados de Brigham rechazaron la demanda al considerarla exorbitante. Asimismo, argumentaron que Ann Eliza no podía divorciarse de Brigham en un tribunal, ya que los Estados Unidos no reconocían el matrimonio plural como legal. No obstante, el juez James McKean dictó sentencia a favor de Ann Eliza y envió a Brigham a la cárcel durante una noche, cuando él, por consejo de sus abogados, se negó a pagar hasta después de haber apelado el fallo en un tribunal superior.

Los periódicos de todo el país reconocieron las acciones del juez como un ardid sensacionalista para avergonzar a Brigham y criticaron y ridiculizaron a McKean por ello. Unos días más tarde, el presidente de los Estados Unidos lo reemplazó por otro juez y Brigham procedió a pagar 3000 dólares estadounidenses a Ann Eliza por costas judiciales3.

Dos días después de partir de Salt Lake City, Brigham y su grupo se reunieron con la Sociedad de Socorro en Moroni, una pequeña localidad del valle de Sanpete. Eliza Snow y Mary Isabella Horne, que viajaban con el grupo, alentaron a las mujeres a continuar la labor cooperativa y a ser autosuficientes en las cuestiones económicas. Mary Isabella las instó a poner el reino de Dios en primer lugar en sus vidas. “Debemos trabajar por aquello que esperamos recibir”, dijo.

Luego Eliza habló acerca de la educación religiosa. Algunas familias del valle de Sanpete enviaban a sus hijos a una escuela recientemente abierta que dirigía un misionero de otra religión y a los líderes de la Iglesia les preocupaba que sus clases contradijeran lo que los niños aprendían de sus padres y de la Iglesia.

“Sion debe ser el lugar donde educar a los hijos de Sion”, dijo Eliza a las mujeres. “Dejen que los niños comprendan que su religión es lo más importante para ustedes”4.

En otras colonias de Sanpete, Brigham alentó a los santos a adoptar un sistema económico más cooperativista. Dos años antes, una depresión económica a nivel nacional había perjudicado la economía de Utah. Sin embargo, varias tiendas e industrias cooperativas del territorio habían resistido la crisis económica, lo cual había aumentado la creencia de Brigham en la cooperación.

Desde entonces, había exhortado a los santos a vivir como el antiguo pueblo de Enoc, que estaban unidos en corazón y voluntad, y no tenían pobres entre ellos5. El sistema, conocido como la Orden Unida de Enoc, recordaba la revelación del Señor sobre la ley de consagración. Los miembros de la orden debían proveer el uno para el otro como una familia, y contribuían liberalmente con mano de obra y bienes personales a fin de promover industrias caseras y mejorar la economía local.

Muchos santos ya habían organizado órdenes unidas en sus comunidades; aunque las órdenes diferían unas de otras en su estructura, compartían los valores de la cooperación económica, la autosuficiencia y la sencillez6.

Al reunirse con los santos de Sanpete, el apóstol Erastus Snow habló sobre la forma en que la Orden Unida había bendecido a los miembros de la región sur de Utah. “Hay una propensión en nosotros a trabajar de una manera egoísta que tiende a exaltar a unos pocos a expensas de los muchos que son pobres”, observó. “Esto es un mal de por sí”.

Brigham añadió más tarde ese día: “La Orden Unida es aprender qué hacer con los bienes que tenemos y emplearnos a nosotros mismos para el logro de los designios de Dios”7.

Antes de terminar su gira por Sanpete, Brigham habló con los líderes locales de la Iglesia: “Podemos edificar templos menos costosos que el de Salt Lake aquí”, les dijo. “¿Creen que pueden asumir la responsabilidad de construir un templo ustedes mismos?”.

Cada hombre presente en la sala levantó la mano para manifestar su apoyo y acordaron que el profeta debía seleccionar el lugar. Brigham había visitado varias ubicaciones posibles, y anunció su decisión al día siguiente.

“Diré que mi inspiración se halla enteramente en la estribación de la montaña que apunta hacia Manti”, dijo8.


Cuando Brigham regresó de la región del centro de Utah, un hombre llamado Melitón Trejo estaba en Salt Lake City traduciendo el Libro de Mormón al español. Melitón, que era un soldado veterano de España, había venido a la ciudad desde las Filipinas, a fines del verano de 1874. Llegó vestido con uniforme militar y su apariencia rápidamente había captado la atención de los transeúntes.

Melitón llegó al territorio con algo de conocimiento sobre la Iglesia; había escuchado acerca de los santos en las Montañas Rocosas y quería visitarlos algún día. Una noche, en las Filipinas, después de orar para pedir guía, se le había inspirado en un sueño a realizar el viaje. Pidió la baja del ejército, cosió todo el dinero que tenía a la parte interior de su chaleco y tomó un buque hacia San Francisco.

Una vez que llegó a Salt Lake City, Melitón conoció a un hombre de habla hispana que le presentó a Brigham Young y a otros líderes de la Iglesia9. Brigham había solicitado recientemente a dos hombres, Daniel Jones y Henry Brizzee, que se prepararan para ir a una misión a México. Brigham creía que algunos de los descendientes de los pueblos del Libro de Mormón vivían allí y ansiaba hacerles llegar el Evangelio. No obstante, también sabía que Parley Pratt había intentado llevar el Evangelio a Latinoamérica en 1851 y que la tarea había sido infructuosa, en parte, porque el Libro de Mormón no se hallaba disponible en español10.

Como parte de la preparación de Daniel y Henry, Brigham les había pedido que estudiaran el idioma y que, con el tiempo, tradujeran el libro de Mormón. Ambos sabían algo de español, pero la idea de traducir un libro de Escrituras era intimidante y ninguno de ellos creía tener experiencia suficiente con el idioma. Necesitaban un hispanohablante de lengua materna que pudiese ayudarlos.

Daniel y Henry consideraron la llegada de Melitón como una dádiva divina. Le enseñaron el Evangelio y Melitón aceptó el bautismo de todo corazón11. Luego, Daniel invitó a Melitón a residir con él durante el invierno para trabajar en la traducción.

Melitón dedicó varios meses a traducir el texto sagrado; cuando se agotó el dinero, Daniel recibió permiso de Brigham Young para pedir donativos a los santos. Más de cuatrocientas personas donaron dinero para sostener a Melitón y pagar por la impresión.

Tras revisar la traducción, Daniel hizo arreglos para que se publicaran cien páginas de fragmentos de la traducción con el título Trozos selectos del Libro de Mormón12. Sin embargo, Brigham quería que Daniel se asegurara de que la traducción fuera precisa, de modo que Daniel acordó releer la traducción con Melitón. Daniel pidió a Dios que, conforme leyeran, lo ayudara a encontrar cualquier error que hubiese en su labor. Cada vez que sentía que había algún problema en el texto, pedía ayuda a Melitón; entonces, este estudiaba la traducción minuciosamente y buscaba la corrección necesaria. Daniel sentía que el Señor guiaba su labor.

Poco después de que se imprimiera Trozos selectos, se llamó a Daniel y a otros misioneros a ir a México. No se asignó a Melitón ir con ellos, aunque él tenía esperanzas de que los esfuerzos de los misioneros dieran frutos13.

Los misioneros partieron en el otoño de 1875; antes de marcharse, Daniel y los demás cargaron con cuidado 1500 ejemplares de Trozos selectos sobre el lomo de mulas de carga. Después se pusieron en marcha por el camino de tierra, ansiosos por presentar el Libro de Mormón al pueblo de México14.


Más o menos en aquel momento, Salt Lake City estaba conmocionada ante las noticias de una inminente visita del presidente Ulysses Grant. Ningún presidente de los Estados Unidos había visitado el territorio jamás y rápidamente se conformó una delegación de funcionarios territoriales, dignatarios de la ciudad y ciudadanos particulares para darle la bienvenida. Se invitó a Brigham Young a sumarse a la delegación, así como a John Taylor y Joseph F. Smith15.

Grant llegó al territorio en octubre y Brigham se reunió con él y con Julia, su esposa, a bordo de un tren en Ogden. Brigham pudo saludar al grupo brevemente antes que el presidente se excusara para visitar el vagón panorámico del tren.

“Estoy ansioso por ver el paisaje agreste”, explicó Grant.

Después de que el presidente se marchó, Julia dijo: “Ignoro cómo dirigirme a usted, Sr. Young”.

“A veces me llaman ‘gobernador’; a veces, ‘presidente’; y otras veces, ‘general Young’”, respondió él. Había recibido aquel último grado años antes, como oficial de la Legión de Nauvoo.

“Como estoy acostumbrada a los grados militares, utilizaré el último”, dijo Julia. Su esposo, que era un héroe de la Guerra Civil de Estados Unidos, había sido oficial del ejército durante gran parte de su vida.

“Bueno, señora, ahora tendrán la oportunidad de ver a este pobre, despreciado y aborrecido pueblo”, agregó Brigham.

“Oh, no, general Young”, respondió Julia. “Al contrario, su pueblo merece todo el respeto y toda la admiración por su tesón, su perseverancia y su fe”. Y enseguida añadió: “Solo existe una objeción para con su pueblo y para con usted, general”.

Julia no necesitaba expresar su objeción; su esposo era un acérrimo opositor del matrimonio plural. “Pues sin ella no tendríamos la población que tenemos”, dijo Brigham.

“Eso está prohibido por las leyes del país y el fuerte brazo del gobierno lo hubiera eliminado por completo hace mucho tiempo si no fuera por la caridad para con los jóvenes y los inocentes que inevitablemente sufrirían”, replicó Julia.

Antes de que Brigham pudiera responder, un oficial del Estado Mayor lo invitó a sumarse al presidente en el vagón panorámico y Brigham se marchó de la presencia de la Primera Dama.

Más adelante, tras llegar a Salt Lake City, Brigham se despidió de los Grant, expresándoles que esperaba que disfrutaran la visita. De la estación ferroviaria, los Grant luego emprendieron un recorrido por la ciudad con George Emery, el gobernador del territorio. Conforme el carruaje se acercaba a la Manzana del Templo, vieron hileras de niños vestidos de blanco a lo largo de las calles con sus maestros de la Escuela Dominical; a medida que pasaban los Grant, los niños arrojaban flores a la calle y cantaban a los visitantes.

Impresionado, el presidente Grant preguntó: “¿De quiénes son esos niños?”.

“Son niños mormones”, dijo el gobernador.

El presidente permaneció en silencio durante varios segundos. Todo lo que había oído sobre los santos lo había llevado a creer que eran un pueblo deteriorado. Sin embargo, la apariencia y la conducta de aquellos niños sugería otra cosa.

“He sido engañado”, murmuró16.


Aquel invierno, Samuel Chambers se puso de pie para dar testimonio en una reunión del cuórum de diáconos de la Estaca Salt Lake. Al igual que los hombres sentados a su alrededor, él era un hombre de mediana edad. “Vine aquí por mi religión”, les dijo Samuel. “Vendí todo lo que tenía y he venido aquí para ayudar a edificar el reino de Dios”.

Samuel había sido miembro de la Iglesia durante más de treinta años. Tras haber nacido en la esclavitud en la región sur de los Estados Unidos, se había bautizado a los trece años de edad, después de que un misionero le enseñara el Evangelio. Debido a que estaba bajo el yugo de la esclavitud, Samuel no podía sumarse al resto de los santos en Nauvoo. Había tenido poco contacto con la Iglesia en los años posteriores, aunque mantuvo la fe mediante la influencia del Espíritu Santo.

Cuando terminó la Guerra Civil y se liberó a las personas que estaban esclavizadas en los Estados Unidos, él y Amanda, su esposa, no tenían dinero para mudarse a Utah. Trabajaron durante cinco años y ahorraron hasta el último centavo que pudieron antes de poder realizar el viaje. Llegaron a Utah en abril de 1870 con Peter, el hijo de Samuel. El hermano y la cuñada de Amanda, llamados Edward y Susan Leggroan, también se mudaron a Utah con sus tres hijos17.

Las familias Chambers y Leggroan se establecieron en casas lindantes la una con la otra en el Barrio Salt Lake City 1. Richard y Johanna Provis, una pareja multirracial de Sudáfrica, también vivían en el barrio. Los Leggroan se unieron a la Iglesia en 1873 y poco después, ellos y los Chambers se mudaron al Barrio 8, donde además residían Jane Manning James y Frank Perkins —esposo de esta— así como algunos otros santos de raza negra18.

En dichos barrios, los santos negros y los blancos adoraban juntos. Aunque la Iglesia no extendía la ordenación al sacerdocio a los santos de raza negra en esa época, Samuel prestaba servicio como ayudante no ordenado del cuórum de diáconos y compartía su testimonio cada mes en las reuniones del cuórum. Amanda participaba con Jane en la Sociedad de Socorro. Pagaban los diezmos y ofrendas, y asistían a las reuniones de la Iglesia con regularidad. Cuando llegó la exhortación a realizar donativos para el Templo de St. George, Samuel donó cinco dólares, y Jane y Frank, 50 centavos de dólar cada uno.

Samuel y Amanda, junto con varios otros santos de raza negra, también habían participado recientemente en bautismos por los muertos en la Casa de Investiduras. Samuel y Amanda se bautizaron a favor de más de veinticuatro amigos y parientes; Edward Leggroan se bautizó a favor del primer marido de su esposa; Jane Manning James se bautizó a favor de una amiga de la infancia19.

Samuel atesoraba su condición de miembro de la Iglesia y la oportunidad de dar testimonio al cuórum de diáconos. “Si no doy testimonio, ¿cómo sabrán ustedes lo que siento o lo que ustedes sienten?”, decía. “Pero si me pongo de pie y hablo, sé que tengo un amigo, y si los oigo hablar como yo hablo, sé que somos uno”20.


A finales de la tarde del 5 de abril de 1876, una atronadora explosión resonó en el aire primaveral de Salt Lake City. Una gigantesca bola de fuego se elevó desde el cerro del norte, donde había depósitos de piedra que almacenaban pólvora negra. Algo había encendido los explosivos y se había destruido el arsenal.

En la escuela del Barrio 20, donde Karl Maeser dictaba clases, la explosión había derribado parte del cielorraso de yeso, que se estrelló en el piso. Ya que se había programado que Karl diera una disertación en la escuela esa noche, este supo de inmediato que tenía que hablar con el obispo en cuanto a los daños21.

Karl halló al obispo reunido con Brigham Young en la oficina del profeta; informó sobre los vastos daños producidos a la escuela y les dijo que no podrían continuar las clases hasta que esta se reparara.

“Eso es totalmente correcto, hermano Maeser”, dijo Brigham; “tengo otra misión para usted”22.

A Karl se le fue el alma al suelo. Tan solo habían pasado unos pocos años desde que había regresado de una misión en Alemania y Suiza. Su trabajo estable en la escuela del Barrio 20 había sido una bendición para su familia. Estaban establecidos cómodamente en Salt Lake City y se sentían como en casa23.

Sin embargo, Brigham no quería que viajara lejos. Al igual que Eliza Snow, Brigham y otros líderes de la Iglesia estaban preocupados por formar académicamente a la nueva generación de jóvenes, cuya fe no había sido puesta a prueba por las primeras persecuciones contra la Iglesia ni se había afirmado mediante experiencias de conversión e inmigración24.

Brigham no se oponía al conocimiento secular ni a las universidades. Algunos de sus hijos incluso habían asistido a universidades del este de los Estados Unidos. Sin embargo, le inquietaba que a los santos jóvenes de Utah los instruyeran personas que criticaban al extremo el Evangelio restaurado. La Universidad de Deseret, que se fundó en 1850, recibía alumnos de otras iglesias y no enseñaba las creencias de los Santos de los Últimos Días como parte del curso de estudio. Brigham quería que los jóvenes de la Iglesia tuvieran oportunidades educativas que fortalecieran su fe y los ayudaran a crear una sociedad semejante a Sion25.

De hecho, para lograr esos fines, había fundado hacía poco tiempo una escuela en Provo denominada Academia Brigham Young; su primer período lectivo acababa de terminar y ahora invitaba a Karl a encargarse de ella.

Karl no respondió a la invitación de Brigham de inmediato. Sin embargo, dos semanas después, tras haber aceptado la asignación, Karl visitó al profeta. “Estoy a punto de partir a Provo, hermano Young, para comenzar mi labor en la academia”, dijo. “¿Tiene alguna instrucción?”.

“Hermano Maeser, quiero que recuerde que no debe enseñar ni siquiera el alfabeto ni las tablas de multiplicación sin el Espíritu de Dios”, replicó Brigham26.


Más adelante ese mismo año, cada barrio de Salt Lake City organizó una fiesta para recaudar dinero a fin de terminar el Templo de St. George. Al saber que Heber Grant, de veinte años, era un joven confiable y con muchos amigos, Edwin Woolley, el obispo del Barrio 13, le pidió que organizara la fiesta del barrio. “Quiero que hagas que sea un éxito”, indicó a Heber.

El año anterior se había llamado a Heber como consejero de la presidencia de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de los Hombres Jóvenes de su barrio, que era una nueva organización formada en 1875, después de que Brigham Young pidiera a los barrios que organizaran a sus hombres jóvenes tal y como habían organizado a sus mujeres jóvenes. Como líder de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de los Hombres Jóvenes, Heber tenía la responsabilidad de ayudar a los jovencitos a cultivar sus talentos y fortalecer su testimonio del Evangelio27.

Heber tenía inquietudes en cuanto al pedido del obispo Woolley. “Yo haré mi máximo esfuerzo”, dijo, “pero debe garantizarme que, si no se recauda lo bastante para cubrir los gastos, usted aportará la diferencia”.

Heber explicó que los jóvenes querían ir a bailes donde pudieran bailar vals. Aquella danza popular consistía en que la pareja se tomara el uno al otro estrechamente mientras giraban por la pista de baile formando un gran círculo. Aunque algunas personas consideraban que el vals era menos apropiado que la cuadrilla, que era un baile más tradicional, se sabía que Brigham Young permitía tres valses por fiesta. Sin embargo, el obispo Woolley desaprobaba el vals y lo había prohibido en las fiestas del Barrio 1328.

“Está bien; pueden tocar tres valses”, dijo el obispo Woolley.

“Hay algo más”, continuó Heber. Sin una buena banda para el baile, se le dificultaría vender los boletos. “Usted no permite que la Banda de Cuadrillas de Olsen toque en el barrio porque el flautista se ha emborrachado en una ocasión”, dijo al obispo. “Hay solo una orquesta de cuerdas de primera calidad y es de la de Olsen”.

Con renuencia, el obispo también accedió a permitir que Heber contratara la banda. “He permitido que este joven tenga todo lo que ha pedido”, dijo mientras se alejaba; “lo reprenderé en público si no logra que el baile sea un éxito”.

Heber procuró la ayuda de Eddie, hijo del obispo, para ayudar a vender boletos y preparar el edificio del barrio para la fiesta. Quitaron las mesas de un salón grande, colocaron alfombras prestadas en el piso y colgaron pinturas de Brigham Young y de otros líderes de la Iglesia en las paredes. Luego buscaron la ayuda de varios hombres jóvenes para que promovieran el baile en sus lugares de trabajo.

El día del baile, Heber se sentó a la puerta con la lista alfabética de todos los que habían comprado boletos. No se permitía el ingreso de nadie que no hubiese pagado un dólar y medio por el boleto. Entonces apareció Brigham Young… sin boleto.

“Entiendo que esto es a beneficio del Templo de St. George”, dijo, y entregó diez dólares. “¿Es suficiente para mi boleto?”.

“Y sobra”, dijo Heber, sin saber si debía dar el cambio al profeta.

Aquella noche, Heber contaba el dinero mientras Brigham contaba los valses. El barrio recaudó más de ochenta dólares, más de lo que cualquier otro barrio había recaudado para el templo y los jóvenes bailaron sus tres valses.

No obstante, antes de que terminara la fiesta, Heber susurró al líder de la banda que tocara una cuadrilla de estilo vals, es decir, un vals que contenía elementos del clásico baile de cuatro parejas en formación cuadrada.

Al comenzar a tocar banda, Heber se sentó junto a Brigham para oír lo que este diría cuando viera el cuarto vals. Tal como era de esperarse, en cuanto los jóvenes comenzaron a bailar, Brigham dijo: “Están bailando un vals”.

“No. Cuando bailan vals, hacen un círculo por todo el salón”, explicó Heber. “Esto es cuadrilla”.

Brigham miró a Heber y rio. “Oh, muchachos, muchachos”, dijo29.


Poco después del baile del Barrio 13, Brigham se dirigió al sur con Wilford Woodruff a fin de dedicar algunas partes del Templo de St. George. Aunque el templo no se finalizaría hasta la primavera, algunas salas de ordenanzas estaban listas para utilizarse30. En el Templo de Nauvoo y en la Casa de Investiduras, los santos habían efectuado solo investiduras personales; después de que se dedicara el Templo de St. George, efectuarían investiduras a favor de los muertos por primera vez31.

Conforme se acercaban al asentamiento, Brigham pudo distinguir el templo con facilidad. Desde cierta distancia, se asemejaba al Templo de Nauvoo, aunque de cerca su exterior era más sencillo. Tenía filas de altas ventanas y contrafuertes sin ornamentar para sostener sus altos muros blancos. Una torre abovedada se elevaba por encima de una serie de almenas semejantes a las de una fortaleza que rodeaban el techo32.

El día de Año Nuevo de 1877, más de mil doscientas personas colmaron el sótano del templo para la dedicación del bautisterio33. Tras subir al peldaño superior de la pila bautismal, Wilford Woodruff pidió la atención de los santos. “Comprendo que esta asamblea no pueda ponerse de rodillas debido a la multitud, pero sí puede inclinar la cabeza y el corazón a Dios”, dijo.

Después de que Wilford hubo ofrecido la oración dedicatoria, la congregación subió las escaleras a un salón de asambleas. Últimamente, la artritis de Brigham había hecho que le fuera casi imposible caminar, de modo que tres hombres lo llevaron hasta el salón. Erastus Snow dedicó el salón y los tres hombres subieron a Brigham a una planta superior a fin de dedicar una sala de sellamientos.

Cuando Brigham regresó al salón de asambleas, se esforzó por mantenerse de pie ante el púlpito. Mientras se sostenía con un bastón de nogal, dijo: “No siento que pueda permitirme retirarme de esta casa sin ejercer mis fuerzas; la fuerza de mis pulmones, de mi estómago y de mis órganos del habla”.

Brigham quería que los santos se dedicaran a redimir a los muertos. “Cuando pienso en este tema, desearía con la voz de siete truenos despertar a la gente”, declaró. “¿Pueden nuestros antepasados ser salvos sin nosotros? No. ¿Podemos nosotros ser salvos sin ellos? No. Y si no nos despertamos y cesamos de ansiar las cosas de esta tierra, descubriremos que nosotros, como individuos, descenderemos al infierno”.

Brigham lamentó que muchos santos buscaran cosas mundanas. “Suponiendo que despertáramos en cuanto a esto, a saber, la salvación de la familia humana, esta casa estaría colmada, como esperamos que lo esté, desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche”, dijo.

Al concluir su sermón, Brigham alzó el bastón en el aire. “No sé si las personas están satisfechas con los servicios de dedicación del templo o no”, afirmó. “Yo no estoy muy satisfecho y nunca espero estarlo hasta que el diablo sea azotado y expulsado de la faz de la tierra”.

Mientras hablaba, Brigham golpeó el púlpito vigorosamente con el bastón, dejando abolladuras en la madera.

“Si daño el púlpito, algunos de estos buenos obreros pueden repararlo de nuevo”34.


El 9 de enero, Wilford Woodruff entró en la pila bautismal del templo con Susie, hija de Brigham, que ahora tenía dieciocho años y estaba casada con un joven llamado Alma Dunford. Valiéndose de una muleta y un bastón, Brigham se paró y actuó como testigo mientras Wilford bautizaba a Susie por una amiga de ella fallecida, lo cual fue el primer bautismo a favor de los muertos en el Templo de St. George. Posteriormente, Wilford y Brigham colocaron las manos sobre la cabeza de Susie y la confirmaron a favor de la persona fallecida.

Dos días después, Wilford y Brigham supervisaron las primeras investiduras por los muertos que se han efectuado dentro de un templo. Luego, Wilford se dedicó casi todos los días a efectuar la obra del templo. Empezó a vestir un traje blanco; esta fue la primera vez que alguien usó prendas blancas en vez de ropa de vestir normal como parte de las ceremonias del templo. Lucy, la madre de Susie, quien también se dedicaba de igual manera a la obra del templo, usaba un vestido blanco a modo de ejemplo para las mujeres35.

Mientras Wilford trabajaba en el templo, Brigham le solicitó a este y a otros líderes de la Iglesia que pusieran por escrito la ceremonia de la investidura y las demás ordenanzas del templo. Desde la época de José Smith, las palabras de las ordenanzas se habían preservado solamente de forma oral. Ahora que las ordenanzas se efectuarían lejos de la sede de la Iglesia, Brigham quería que las ceremonias estuviesen escritas para garantizar que ocurrieran del mismo modo en cada templo36.

Al estandarizar las ordenanzas, Brigham se hallaba cumpliendo una comisión que le había dado José Smith tras las primeras investiduras en Nauvoo. “Esto no está bien organizado, pero hemos hecho lo mejor que pudimos dadas las circunstancias”, José le había dicho por entonces. “Quisiera que usted se ocupara de este asunto, y organizara y sistematizara todas estas ceremonias”37.

Wilford y otras personas trabajaron durante semanas en la asignación; después de escribir las ceremonias, se las leyeron a Brigham, quien las aceptaba o corregía según el Espíritu lo indicaba. Cuando finalizaron, Brigham dijo a Wilford: “Ahora tiene ante usted un ejemplo para llevar a cabo las investiduras en todos los templos hasta la venida del Hijo del Hombre”38.