Historia de la Iglesia
33 Hasta que pase la tormenta
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“Hasta que pase la tormenta”, capítulo 33 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2020

Capítulo 33: “Hasta que pase la tormenta”

Capítulo 33

Hasta que pase la tormenta

Saints V2 illustration - Steam Ship

En la víspera del día de Navidad de 1882, el jefe maorí Hare Teimana estaba de pie al borde de un acantilado que está a un lado de su aldea, cerca de Cambridge, Nueva Zelanda. Observaba cómo un hombre venía ascendiendo resueltamente por el acantilado. Sin embargo, ¿para qué escalaba este forastero hasta la villa cuando podía llegar fácilmente por el camino? ¿Y por qué tenía tanta prisa por llegar a la cima? ¿Tendría algo importante que decir?

Mientras Hare observaba cómo ascendía el forastero, se dio cuenta de que lo conocía. Una noche, unos meses antes, el apóstol Pedro, vestido de blanco, se había aparecido en la habitación de Hare. Le comunicó a Hare que vendría un hombre a traer al pueblo maorí el mismo evangelio que Jesucristo había predicado cuando estuvo en la tierra. Pedro le dijo que Hare conocería a ese hombre cuando lo viera1.

Misioneros protestantes y católicos habían convertido a la mayoría de los maoríes al cristianismo en la década de 1850, por ello Hare estaba familiarizado con la misión de Pedro en la antigua Iglesia de Cristo. Él creía también en la realidad de las visiones y revelaciones. Los maoríes acudían a sus matakite, o videntes, para recibir guía directamente de Dios. Aun después de su conversión al cristianismo, algunos matakite, jefes de tribus y patriarcas de familia continuaron viendo visiones y recibiendo guía divina para su pueblo2.

De hecho, el año anterior, los líderes maoríes habían preguntado a Pāora Te Pōtangaroa, un matakite muy reverenciado, a cuál iglesia debían unirse los maoríes. Luego de ayunar y orar durante tres días, Pāora les dijo que la iglesia a la que debían unirse aún no había llegado y les dijo que esta vendría en algún momento de 1882 o 18833.

Al reconocer al hombre en el acantilado como la persona de la que Pedro habló en la visión, Hare estaba ansioso por escuchar lo que tenía que decir. Cuando el hombre llegó hasta la aldea, estaba exhausto, y Hare tuvo que esperar a que recobrara el aliento. Cuando el hombre habló finalmente, lo hizo en maorí. Dijo que su nombre era William McDonnel y que era misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Le entregó a Hare algunos folletos religiosos y testificó que contenían el mismo evangelio que Cristo había enseñado durante Su ministerio. También habló de cómo Cristo había comisionado a Pedro la proclamación de Su evangelio después de Su ascensión4.

El interés de Hare se había despertado, pero William estaba ansioso por reunirse con sus dos compañeros misionales, que habían tomado el camino hasta la aldea. Cuando William quiso partir, Hare lo sujetó del cuello de su chaqueta. “Deténgase aquí y dígame todo en cuanto al Evangelio”, le exigió.

William comenzó a decir todo lo que él sabía, mientras que Hare continuaba sujetándolo firmemente. Pasaron quince minutos y William divisó a sus compañeros, el presidente de misión William Bromley y Thomas Cox, que habían llegado a la aldea por el camino. Él agitó el sombrero en el aire para llamar su atención y Hare finalmente soltó su chaqueta. Entonces, los hombres hablaron con Hare, valiéndose de William como traductor, y le expresaron su deseo de reunirse con los maoríes de esa región.

Hare los invitó a regresar más tarde ese mismo día. “Pueden hacer la reunión en mi casa”, les dijo5.


Esa noche, William McDonnel se sentó con el presidente Bromley y Thomas Cox en la casa de Hare Teimana. William era irlandés de nacimiento, pero se había mudado a Nueva Zelanda luego de que un capitán de barco le comentara que era un buen país. Posteriormente vivió varios años entre los maoríes y aprendió su idioma. Luego se mudó a la ciudad de Auckland, Nueva Zelanda, donde se casó en 1874 y unos años después se unió a la Iglesia6.

Aunque se había llamado a misioneros a predicar en Nueva Zelanda y la vecina Australia desde principios de la década de 1850, la Iglesia en Nueva Zelanda era pequeña. En las tres décadas transcurridas, al menos 130 miembros habían emigrado para congregarse en el valle del Lago Salado, lo que redujo el tamaño de las ramas en Nueva Zelanda al igual que en los otros países.

La mayoría de los miembros eran inmigrantes europeos como William; pero, poco después del bautismo de William, llegó el presidente Bromley a Nueva Zelanda con la comisión que le dio Joseph F. Smith, el nuevo Segundo Consejero en la Primera Presidencia, de llevar el Evangelio al pueblo maorí7. El presidente Bromley oró para saber a cuáles personas debía enviar y había sentido que William era uno de esos hombres. Seis meses después, William bautizó al primer maorí que recibió la ordenanza en Nueva Zelanda, un hombre llamado Ngataki8.

Sentados ahora con mujeres y hombres maoríes en la casa de Hare, los misioneros cumplieron el mandato que les dio Joseph F. Smith. El presidente Bromley leía un pasaje de la Biblia en inglés y William ubicaba el pasaje en la Biblia maorí y se lo daba a alguien para que lo leyera. El grupo escuchó atentamente el mensaje y William dijo al grupo que él volvería la noche siguiente.

Antes de que los misioneros partieran, Hare llevó a William para que viera a su hija, Mary. Ella había estado enferma desde hacía varias semanas y los médicos dijeron que era solo cuestión de tiempo para que ella falleciera. William acababa de enseñar que los élderes con el sacerdocio de Dios podían administrar bendiciones de salud y Hare se preguntaba si ellos podían bendecir a su hija.

El aspecto de la joven era como si se fuera a morir de un momento a otro. William, el presidente Bromley y Thomas se arrodillaron junto a ella y colocaron las manos sobre su cabeza. Un buen espíritu llenó la habitación y Thomas la bendijo para que viviera.

Esa noche, William no podía dormir. Él tenía fe en que Mary podía sanar, pero ¿y si esa no era la voluntad de Dios? ¿De qué modo afectaría la fe de Hare y de los otros maoríes si ella moría?

Poco después de amanecer, William se dirigió a la casa de Hare. Vio a la distancia a una mujer de la aldea que venía hacia él. Cuando llegó hasta él, lo abrazó levantándolo en el aire. Luego, lo llevó de la mano y fue halando de él hasta la casa de Hare.

“¿Cómo está la joven?”, preguntó William.

“¡Muy bien!”, contestó la mujer.

Cuando William entró en la vivienda, halló a Mary sentada en la cama mirando la habitación. Él estrechó la mano de la joven y le pidió a la madre que le diera de comer fresas9.

Esa noche, Hare y su esposa, Pare, recibieron el bautismo, junto con otra persona de la aldea. El grupo se abrió camino hasta el río Waikato; William se adentró en la corriente, levantó su brazo en escuadra y sumergió a cada uno de ellos en el agua. Posteriormente, regresó a su casa en Auckland mientras que Thomas Cox y su esposa, Hannah, continuaron ministrando a los maoríes en Cambridge.

Dos meses después, el 25 de febrero de 1883, se organizó la primera rama maorí de la Iglesia10.


Luego de ser bautizada, Anna Widtsoe estaba ansiosa por atender al llamado del Señor de congregarse en Sion. Anthon Skanchy, uno de los misioneros que le había enseñado el Evangelio, le escribía a menudo para alentarla a ella y a sus hijos a que vinieran a Utah para estar con él y con otros santos escandinavos. Él entendía el deseo de ella de salir de Noruega, porque él había llegado como inmigrante a Logan, Utah, donde los santos estaban terminando de edificar un templo similar en tamaño y apariencia al de Manti.

“Todo va a obrar juntamente para el bien de ustedes”, le aseguró él en una carta. “Ni usted ni sus pequeños serán olvidados”11.

Aun cuando sentía muchas ansias por mudarse a Utah, ella sabía que iba a extrañar su tierra natal. Su finado esposo yacía enterrado allí y ella se preocupaba mucho por los otros miembros de la Iglesia en su localidad. Con frecuencia, cuando los santos europeos dejaban sus ramas para marchar a Sion, dejaban vacantes en el liderazgo local de la Iglesia que dificultaban que las pequeñas congregaciones prosperaran. Anna era consejera en la Sociedad de Socorro de su rama y si ella decidía irse a Utah, el pequeño grupo de mujeres iba a notar su ausencia.

Además, debía pensar en sus dos hijos varones. John, de once años, y Osborne, de cinco, eran unos chicos inteligentes y bien educados. En Utah, ellos tendrían que aprender un nuevo idioma y adaptarse a una nueva cultura, lo que los colocaría por detrás de otros niños de su edad. ¿Y cómo iba a poder mantenerlos? Desde que se había bautizado, el negocio de costura de Anna había prosperado. Si ella se iba de Noruega, perdería la pensión de su marido y tendría que volver a establecer su negocio en un nuevo lugar12.

Anna había vuelto a tener tratos con Hans, un antiguo pretendiente, que parecía interesado en revivir su romance. Él no era miembro de la Iglesia, pero parecía apoyarla en su religión. No obstante, Anna no albergaba muchas esperanzas de que él se uniera a los santos, ya que parecía más interesado en objetivos mundanales que en buscar el reino de Dios13.

Al meditar sobre estas cosas, Anna entendió que permanecer en Noruega la frenaría a ella y a sus hijos. El gobierno noruego no reconocía la Iglesia ni la consideraba cristiana. Los populachos acosaban a los misioneros y los ministros criticaban con frecuencia a la Iglesia en sermones y panfletos. Apartando a su hermana menor, Petroline, quien se había interesado en la Iglesia, la propia familia de Anna la había rechazado luego que ella se uniera a los santos.

En el otoño de 1883, Anna decidió partir de Noruega. “Viajaré a casa, a Utah, tan pronto como pueda”, le escribió a Petroline en septiembre. “Si no somos capaces de dejarlo todo, aun nuestras vidas si son requeridas, entonces no somos discípulos”14.

El dinero era un impedimento, sin embargo. Su familia nunca iba a ayudarla a marcharse y Anna no sabía cómo iba a pagar el costo para emigrar. Entonces, dos misioneros que ya habían regresado y un santo noruego le dieron algo de dinero. Hans también le dio algo de dinero para el viaje y la Iglesia le permitió utilizar algo de sus diezmos para ayudarse a comprar los pasajes.

En la última reunión con la Sociedad de Socorro, Anna expresó lo feliz que se sentía de que el Reino de Dios de nuevo se hallara sobre la tierra, y de que ella tenga la oportunidad de ayudar a edificarlo. Conforme escuchaba los testimonios de las hermanas de la Sociedad de Socorro, deseó que todas ellas, Anna inclusive, pudieran siempre vivir de tal forma que el Espíritu de Dios estuviera con ellas y las iluminara.

En octubre de 1883, Anna, John y Osborne abordaron un barco en Oslo con rumbo a Inglaterra. En tierra, sus amigos, los santos noruegos, los despedían con pañuelos. La costa majestuosa de Noruega nunca le había parecido tan hermosa. A su entender, ella nunca más la volvería a ver15.


A comienzos del verano de 1884, Ida Hunt Udall prestaba servicio como presidenta de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de las Mujeres Jóvenes de la Estaca Arizona Este, una posición que requería que ella cuidara y enseñara a las mujeres jóvenes de Snowflake, St. Johns y otros asentamientos de la región. Aunque no podía visitar a cada asociación de la estaca muy a menudo, ella hallaba gozo cuando se reunían todas para las conferencias trimestrales16.

Desde su matrimonio con David Udall, Ida se había mudado de vuelta a St. Johns, donde los santos enfrentaban una fuerte oposición. El pueblo estaba controlado por unos ciudadanos poderosos que no querían que los santos se establecieran en el condado. El grupo, que era conocido como el Ring, acosaba a los miembros de la Iglesia y trataba de impedir que votaran. También editaban un periódico que animaba a sus lectores a aterrorizar a los santos.

“¿Cómo se deshicieron de los mormones en Misuri e Illinois?”, se preguntaba en un artículo. “Usando pistolas y sogas”17.

No obstante, Ida se sentía en paz en casa, con David y Ella. Por un tiempo, a Ella le había costado acostumbrarse al nuevo estatus de Ida en la casa, pero las dos mujeres se habían compenetrado bastante y se habían ayudado mutuamente a través de enfermedades y desafíos cotidianos. Desde que se unió a la familia, Ida había asistido a Ella en los partos de sus dos hijas: Erma y Mary. Ida, por su parte, aún no tenía hijos.

El 10 de julio de 1884, cinco días después del nacimiento de Mary, Ida estaba recogiendo la cena cuando llegó el cuñado de David, Ammon Tenney. Lo habían acusado de poligamia y habían citado a su esposa, Eliza, la hermana de David, a que testificara en su contra. En lugar de someterse a la ley y actuar como testigo clave en el juicio contra su esposo, Eliza había decidido ocultarse de los alguaciles18.

“La próxima que citen podrías ser tú”, advirtió Ammon a Ida. Como obispo de St. Johns —y un conocido polígamo— su esposo sería uno de los objetivos principales para llevar a juicio. Si un alguacil con una citación detenía a Ida, ella podía ser obligada a testificar en contra de David ante la corte. Bajo la ley Edmunds, él podría ser multado con 300 dólares y sentenciado a seis meses de prisión por cohabitación ilegal y el castigo por poligamia era aún más severo. Si lo declaraban culpable, David podía ser multado con 500 dólares y sentenciado a cinco años de prisión19.

Ida pensó primeramente en Ella, que se estaba recuperando del nacimiento de su hija. Ida no quería abandonarla, ya que Ella aún necesitaba ayuda, pero permanecer en la casa solo expondría a la familia a un peligro mayor.

Ida rápidamente se puso un chal sobre la cabeza y salió silenciosamente de la casa. Eliza y otras mujeres se ocultaban de los alguaciles en la casa de un vecino; Ida se unió al grupo. La mayoría de las mujeres habían dejado hijos atrás, sin otra alternativa que confiar sus pequeñitos al cuidado de otros.

Día tras día, vigilaban atentamente el camino y si un forastero se acercaba a la casa, se ocultaban rápidamente debajo de una cama o detrás de unas cortinas.

Ida llevaba seis días en la casa del vecino, cuando un amigo se ofreció a transportar en secreto a todas las mujeres hasta Snowflake. Antes de abandonar el pueblo, Ida volvió a su casa y empacó rápidamente algunos objetos para el viaje. Al despedirse de Ella y los niños con un beso, tuvo la impresión de que pasarían muchos días antes de que los volviera a ver20.

Poco después de su llegada, Ida habló a la organización de mujeres jóvenes del barrio Snowflake, teniendo aún fresco en la mente su terrible experiencia en St. Johns. “Quienes sufren persecución por causa del Evangelio experimentan una paz y una alegría que difícilmente podrían esperar”, testificó ella. “No podemos esperar estar cómodos en esta Iglesia sin tribulaciones. Sin duda, nuestras vidas se verán expuestas al peligro”21.


Para fines de ese verano, varios santos en el Territorio de Utah habían sido arrestados debido a la ley Edmunds, pero ninguno había sido enjuiciado ni encarcelado. Entre los santos que fueron detenidos estaba Rudger Clawson, quien había sido testigo del asesinato de su compañero misional, Joseph Standing, cinco años atrás. Rudger estaba casado con dos mujeres, Florence Dinwoody y Lydia Spencer. Cuando lo arrestaron, Lydia se escondió, lo que dejó a la fiscalía sin un testigo clave22.

El juicio de Rudger comenzó en octubre. En la audiencia, los testigos Santos de los Últimos Días, incluyendo el presidente John Taylor, trataron de colaborar lo menos posible con la corte. Cuando los fiscales preguntaron al profeta dónde se podrían conseguir los registros de matrimonio, sus respuestas fueron muy vagas.

“Si usted quisiera verlos”, le preguntó un abogado, “¿hay algún modo de averiguar dónde están?”.

“Podría averiguarlo, preguntando”, dijo el presidente Taylor.

“¿Sería usted tan amable como para hacerlo?”, preguntó el abogado.

“Bueno”, dijo el profeta con humor, “no soy tan amable como para hacerlo”. La sala estalló en risas23.

Luego de escuchar testimonios similares durante una semana, las doce personas del jurado no pudieron llegar a una decisión en el caso, por lo que el juez suspendió la audiencia. Sin embargo, esa misma noche, un alguacil adjunto logró ubicar a Lydia Clawson y la citó a testificar en la corte contra Rudger.

Pronto comenzaría un nuevo juicio. Luego de escuchar los testimonios de varios testigos que habían comparecido en el juicio anterior, el abogado de la acusación llamó a Lydia al banquillo de los testigos. Tenía una apariencia pálida, pero firme. Cuando el secretario de la corte quiso tomarle el juramento, ella se rehusó a hacerlo24.

“¿No sabe usted que es malo para usted el no prestar juramento?”, le preguntó el juez a Lydia.

“Puede ser”, replicó ella.

“Usted podría ir a la cárcel”, le advirtió el juez.

“Eso va a depender de usted”, dijo Lydia.

“Usted está asumiendo una responsabilidad temeraria al pretender desafiar al Gobierno”, dijo el juez. Él entonces la puso bajo custodia del alguacil y suspendió la sesión.

Esa noche, luego de ser trasladada a la penitenciaría del estado, Lydia recibió un mensaje de Rudger. Él le rogaba que testificara en su contra. Ella estaba embarazada y, si se rehusaba a cooperar con el tribunal, podría terminar dando a luz a su bebé en una prisión federal, a cientos de kilómetros del hogar y la familia25.

A la mañana siguiente, el oficial acompañó a Lydia al tribunal, que estaba repleto de personas, donde los fiscales nuevamente llamaron a Lydia al banquillo de los testigos. Esta vez, ella no se resistió cuando el secretario le tomó el juramento. Entonces el abogado acusador le preguntó si estaba casada.

Casi con un susurro, ella respondió que lo estaba.

“¿Con quién?”, insistió el abogado.

“Rudger Clawson”, dijo ella.

A los miembros del jurado les tomó menos de veinte minutos dar el veredicto de culpable —el primero bajo la ley Edmunds26. Nueve días después, Rudger compareció ante el juez para recibir sentencia. Antes de dar su sentencia, el juez le preguntó a Rudger si tenía algo que decir.

“Lamento mucho que las leyes de mi país tengan que entrometerse con las leyes de Dios”, dijo Rudger, “pero cada vez que eso suceda, invariablemente elegiré las de Dios”.

El juez se reclinó hacia atrás en su silla. Él estaba preparado para ser indulgente con Rudger, pero la actitud desafiante del joven lo hizo cambiar de opinión. Con una mirada solemne, sentenció a Rudger a cuatro años de prisión y lo multó con 500 dólares por poligamia y 300 dólares por cohabitación ilegal.

La corte estaba en silencio. Un alguacil sacó a Rudger de la sala, le permitió decir adiós a amigos y familiares, y luego lo llevó a la penitenciaría. Rudger pasó su primera noche en prisión confinado con alrededor de cincuenta de los reclusos más empedernidos del territorio27.


Ese invierno, los oficiales continuaron actuando por todo el Territorio de Utah, acosando a los santos en sus hogares, con la esperanza de poder sorprender a familias plurales desprevenidas. Día y noche, padres y madres observaban horrorizados cómo agentes de la ley registraban sus casas y sacaban a los niños de las camas. Algunos alguaciles entraban por las ventanas o amenazaban con tirar abajo las puertas. Si ellos encontraban a una esposa plural, podían arrestarla si ella se rehusaba a testificar contra su esposo.

Por más que John Taylor deseaba alentar a los santos a seguir viviendo su religión, él veía que las familias eran separadas y se sentía responsable de su bienestar28. Él deliberó en consejo con los líderes de la Iglesia sobre la idea de desplazar a los santos fuera de los Estados Unidos para evitar que fuesen arrestados y procurar una mayor libertad29.

En enero de 1885, él y Joseph F. Smith partieron de Salt Lake City junto con algunos Apóstoles y amigos de confianza para visitar a los santos en el Territorio de Arizona justo al norte de México. Muchos santos de allí vivían atemorizados y algunos ya habían huido a México para escapar de los alguaciles30.

Ansiosos de ver por ellos mismos si otros santos más podrían hallar refugio en ese país, John, Joseph y sus compañeros cruzaron la frontera y entraron en México. Allí localizaron algunos sitios promisorios que contaban con suficiente agua para sostener los asentamientos31. Cuando la compañía regresó a Arizona unos días después, John y sus compañeros deliberaron sobre qué hacer a continuación.

Al final, decidieron comprar tierras y establecer asentamientos en el estado mexicano de Chihuahua. John pidió que algunos hombres comenzaran a recaudar dinero. Luego, él y otros continuaron en tren hasta San Francisco32. Una vez allí, John recibió un telegrama urgente de George Q. Cannon. Los enemigos en casa estaban activos, advirtió George, y se había concebido un plan para arrestar a la Primera Presidencia.

Varios hombres instaron a John a que permaneciera en California hasta que pasara el peligro. Sin estar seguro de lo que debía hacer, el profeta oró para pedir guía. Luego, anunció que él regresaba a Salt Lake City y que enviaría a Joseph F. Smith a cumplir otra misión en Hawái. Algunos hombres protestaron, seguros de que John y los otros serían arrestados si regresaban a casa; pero John no tenía dudas en su mente: su lugar era en Utah.

John llegó a casa unos días después y convocó a un consejo especial de líderes de la Iglesia. Les habló de su plan de comprar tierras en México y les manifestó su intención de evitar ser arrestado pasando a la clandestinidad. Él había aconsejado a los miembros que hicieran cuanto estuviera en su poder, salvo recurrir a la violencia, para evitar la persecución. Ahora, él haría eso mismo33.

Ese domingo, John habló públicamente a los santos en el tabernáculo, a pesar de las amenazas de arresto. Le recordó a la congregación que ya habían enfrentado oposición antes. “Súbanse el cuello de sus abrigos y abotónenselo bien hasta arriba, y mantengan el frío afuera hasta que pase la tormenta”, les aconsejó. “Esta tormenta pasará como ha sucedido con otras”34.

Habiendo alentado a los santos lo mejor que pudo, John abandonó el tabernáculo, se subió a un carruaje y se adentró en la oscuridad de la noche35.