Historia de la Iglesia
17 Esta gente se está reformando
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“Esta gente se está reformando”, capítulo 17 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2019

Capítulo 17: “Esta gente se está reformando”

Capítulo 17

Esta gente se está reformando

Era el invierno de 1856–1857, y mientras el valle del Lago Salado se cubría de nieve y hielo, en la Isla Grande de Hawái, Joseph F. Smith continuaba su labor misional. Al igual que George Q. Cannon, él había aprendido rápidamente el idioma hawaiano y había llegado a ser un líder en la misión. Ahora, casi tres años después de haber recibido su llamamiento, tenía dieciocho años y estaba ansioso por continuar sirviendo al Señor1.

“No siento que haya cumplido con mi misión todavía”, escribió a su hermana Martha Ann, “y no quiero ir a casa hasta entonces”2.

Poco tiempo después, Joseph recibió una carta de su hermano, John, que se hallaba en Utah. “La Navidad pasó y el día de Año Nuevo pronto le siguió”, informaba John. “No hubo ningún entusiasmo”. Aunque los santos normalmente disfrutaban de grandes bailes y fiestas durante los días festivos, los líderes de la Iglesia habían desalentado tales festejos ese año. La reformación moral que Jedediah Grant había iniciado el otoño anterior todavía estaba en marcha y ese tipo de celebraciones se consideraron inapropiadas.

“Nos hemos olvidado y nos hemos ido a dormir, hemos dejado de lado nuestra religión y nos hemos ido a entretener con cosas temporales”, le explicaba John. Había sido llamado recientemente como Patriarca Presidente de la Iglesia, oficio que habían poseído su padre y su abuelo. John, de veinticuatro años, apoyaba plenamente la reformación, aunque su inmensa timidez lo refrenaba de unirse a otros líderes para predicar en público3.

Otras cartas de casa le describían la reformación a Joseph. Desde septiembre, los líderes de la Iglesia habían estado bautizando nuevamente a los santos penitentes en cualquier estanque cercano, incluso si tenían que romper el hielo para hacerlo4. Además, la Primera Presidencia había dado instrucciones a los obispos de suspender la administración de la Santa Cena en sus barrios hasta que más santos volvieran a bautizarse y demostraran su disposición a guardar sus convenios5.

Mercy Thompson, la tía de Joseph, creía que la reformación estaba teniendo un efecto positivo en ella y en los santos. “Me asombran los tratos del Señor hacia mí”, le escribió a Joseph. “Siento que el Señor ha cumplido con creces las promesas que me hizo”6.

A fin de promover la rectitud, los líderes de la Iglesia exhortaron a los santos a que confesaran sus pecados públicamente en las reuniones de barrio. En una carta a Joseph, Mercy escribió acerca de Allen Huntington, uno de los jóvenes que había ayudado a llevar a los emigrantes de los carros de mano a través del río Sweetwater. Allen siempre había sido un joven rebelde, pero poco después del rescate de los carros de mano, se puso de pie en el Barrio Sugar House, reconoció sus pecados del pasado y habló sobre cómo el rescate había cambiado su corazón.

“Había visto tanto del poder de Dios que se regocijaba mientras viajaba para encontrarse con las compañías en el camino y traerlas hasta aquí”, le contó Mercy. “Exhortó a sus jóvenes amigos a que se apartaran de sus insensateces y procuraran edificar el reino de Dios. Su madre lloraba de alegría. Su padre se puso de pie y declaró que era el momento más feliz que había vivido jamás”7.

Algunos hombres también fueron llamados como “misioneros de hogar” para visitar a las familias de la Iglesia. Durante esas visitas, los misioneros hacían una serie de preguntas formales para saber en qué medida los miembros de la familia guardaban los Diez Mandamientos, se amaban unos a otros y al prójimo, y participaban en los servicios de adoración con los miembros de su barrio8.

Al tiempo que fomentaban una mayor rectitud, los líderes de la Iglesia pidieron a más hombres y mujeres que practicaran el matrimonio plural. Poco después de que comenzara la reformación, Brigham Young instó a John Smith a casarse con una segunda esposa. La idea de que John se casara con otra mujer preocupó enormemente a su esposa, Hellen; pero si el Señor deseaba que ella y John obedecieran el principio, Hellen prefería que la ceremonia de matrimonio se efectuara lo antes posible. Tal vez, vivir el principio sería más fácil después.

John se casó con una mujer llamada Melissa Lemmon. “Fue una prueba para mí, pero gracias al Señor la ceremonia de matrimonio ya se ha terminado”, le escribió Hellen a Joseph, que estaba en Hawái. “El Señor va a probar a Su pueblo en todas las cosas y creo que esa es la mayor prueba; pero le ruego a mi Padre Celestial que me brinde sabiduría y fortaleza mental para superar todas las pruebas a medida que vayan llegando”9.

Joseph también se enteró de más cosas sobre la reformación por las cartas de su hermana, Martha Ann. “Me he bautizado y estoy empezando a vivir mi religión”, escribió ella en febrero. “Estoy empezando a ver mis faltas y a enmendar mis caminos”. Después de meses de peleas con Hellen, Martha Ann finalmente hizo las paces con su cuñada10.

“Esta gente se está reformando y me trata bien ahora”, le dijo Martha Ann a Joseph. “Todos somos buenos amigos”11.

Como muchos jóvenes de su barrio se estaban casando, Martha Ann se preguntaba si era hora de que ella se casara también. Estaba secretamente enamorada de William Harris, el hijastro del obispo Abraham Smoot. “Me tiembla la mano cuando digo amor, pero lo es, sí lo es”, le confió a Joseph. “Es un buen joven y se ha ganado mis afectos”.

Ella le suplicó a su hermano que guardara el secreto. “No digas nada al respecto en ninguna de tus cartas, excepto en la mía”, le escribió, “y dime qué piensas de ello”.

Sin embargo, William pronto se iría a una misión en Europa, lo cual Martha Ann consideraba una dolorosa prueba. “Lo estoy superando ahora; es decir, me estoy esforzando por superarlo”, se lamentaba en su carta. “Supongo que todo está bien”12.


Para la primavera de 1857, Brigham Young y otros líderes de la Iglesia estaban complacidos con la reformación de los santos y restablecieron la Santa Cena en toda la Iglesia. Brigham decía una y otra vez que los santos eran un “pueblo bendecido por Dios”13.

Sin embargo, habían surgido algunos problemas durante la reformación. Los líderes habían hablado con dureza de los apóstatas y de las personas de la localidad que no eran miembros de la Iglesia. Sintiéndose intimidados, algunas personas abandonaron el territorio. Los obispos, los misioneros de hogar y los miembros de la Iglesia también tuvieron conflictos en ocasiones cuando las visitas frecuentes y las confesiones públicas resultaron embarazosas, inquietantes o intimidatorias. Con el tiempo, los líderes de la Iglesia comenzaron a fomentar que las entrevistas y las confesiones se hicieran en privado14.

Los líderes de la Iglesia habitualmente usaban un lenguaje moderado y edificante en sus sermones, con el fin de alentar a los santos a mejorar. Sin embargo, el Libro de Mormón proporcionaba ejemplos claros de cómo la predicación enérgica podía inspirar a las personas a reformarse, y los líderes de la Iglesia a menudo habían utilizado un lenguaje extremo ese invierno para llamar a los santos al arrepentimiento. A veces, Brigham y otros líderes incluso habían recurrido a pasajes del Antiguo Testamento para enseñar que ciertos pecados graves podían ser perdonados solo a través del derramamiento de la sangre del pecador15.

Tales enseñanzas traían a la memoria las expresiones sobre el fuego y el azufre del infierno que usaban los predicadores protestantes del resurgimiento religioso, quienes trataban de atemorizar a los pecadores para que se reformaran16. Brigham comprendió que algunas veces dejaba que sus ardientes sermones llegaran demasiado lejos, siendo que él no tenía la intención de que las personas fueran condenadas a muerte por sus pecados17.

Un día, Brigham recibió una carta de Isaac Haight, el presidente de estaca de Cedar City, que hablaba acerca de un hombre que había confesado haber cometido un pecado sexual con su prometida después de haber recibido su investidura. Después de eso, el hombre se había casado con la mujer y había dicho que haría cualquier cosa para ofrecer una restitución por su pecado, incluso si eso significaba que se derramara su sangre.

“¿Me dirá qué debo decirle?”, preguntaba Isaac.

“Dígale al joven que vaya y no vuelva a pecar, que se arrepienta de todos sus pecados y que se bautice por los mismos”, respondió Brigham18. En medio de las duras amonestaciones de la reformación, él a menudo aconsejaba a los líderes que ayudaran a los pecadores a arrepentirse y a buscar misericordia. Tanto la predicación enérgica de Brigham como sus consejos de extender misericordia tenían la intención de ayudar a los santos a arrepentirse y acercarse más al Señor19.


Al ir terminando su temporada de reformación, los santos volvieron a sentirse frustrados con los funcionarios designados por el gobierno federal para el gobierno del territorio. A principios de 1857, la legislatura de Utah solicitó a James Buchanan, el nuevo presidente electo de los Estados Unidos, que les concediera mayor libertad para nombrar a sus propios líderes gubernamentales.

“Nos resistiremos a cualquier intento por parte de los funcionarios del gobierno de desdeñar nuestras leyes territoriales”, advirtieron, “o de imponernos aquellas que son inaplicables y por derecho no vigentes en este territorio”20.

Mientras tanto, los funcionarios del gobierno local estaban igualmente frustrados por el desdén que mostraban los santos por los forasteros, la intimidación hacia los líderes designados por el gobierno federal y la falta de separación de la Iglesia y el estado en el gobierno territorial. En marzo, algunos funcionarios renunciaron a sus nombramientos y regresaron al este con historias de los matrimonios plurales de los santos y del gobierno aparentemente antidemocrático, al igual que lo habían hecho Perry Brocchus y otros más unos años antes.

A principios de ese verano, después de que se descongeló la nieve de las llanuras y las rutas de correo se volvieron a abrir, los santos se enteraron de que su petición, redactada con firmeza, y algunos informes de su trato hacia los exfuncionarios territoriales habían alarmado y enfurecido grandemente al presidente Buchanan y a sus asesores. El presidente consideraba que las acciones de los santos eran de desacato y nombró nuevos hombres para los cargos vacantes en Utah21. Mientras tanto, los periódicos y los políticos del este le exigieron que hiciera uso de la acción militar para destituir a Brigham como gobernador, sofocar la rebelión que según los rumores protagonizaban los santos y asegurarse de que los nuevos funcionarios federales estuvieran establecidos en sus cargos y fueran protegidos.

Para sus críticos, el plan parecía excesivo y costoso, pero pronto se esparcieron rumores de que el presidente tenía la intención de llevarlo a cabo. Buchanan consideraba que era su deber establecer una autoridad federal en Utah. En esa época, los Estados Unidos experimentaban tensiones significativas con respecto al tema de la esclavitud y muchas personas temían que los propietarios de esclavos de los estados del sur algún día pudieran formar su propio país. Enviar un ejército a Utah podía disuadir a otras regiones de desafiar al gobierno federal22.

Con su mandato como gobernador por terminar, Brigham ahora pensaba que el presidente trataría de nombrar a un forastero para reemplazarlo. El cambio no afectaría su posición ante los santos, pero disminuiría su capacidad de ayudarlos en el aspecto político. Si el presidente lo destituía de su cargo y enviaba un ejército para imponer el cambio, los santos tendrían pocas esperanzas de mantener un gobierno autónomo. Estarían sujetos nuevamente a los caprichos de hombres que despreciaban el reino de Dios23.

Aproximadamente un mes después haber oído los rumores de las intenciones de Buchanan, Brigham se enteró de que el apóstol Parley Pratt había sido asesinado. Su asesino, Hector McLean, era el esposo del cual Eleanor McLean, una de las esposas plurales de Parley, se había separado. Eleanor se había unido a la Iglesia en California, después de años de soportar el maltrato físico y el alcoholismo de Hector. Hector había culpado a Parley de que Eleanor lo hubiera dejado y envió a sus hijos a vivir con algunos parientes en el sur de los Estados Unidos. Eleanor intentó reunirse con sus hijos y Parley la siguió poco después para ayudarla. Sin embargo, en mayo de 1857, Hector le siguió el rastro a Parley y lo mató brutalmente24.

El asesinato de Parley conmocionó a Brigham y a los santos. Durante más de veinticinco años, Parley había sido un destacado escritor y misionero Santo de los Últimos Días. Su folleto A Voice of Warning [Una voz de amonestación] había ayudado a traer innumerables personas a la Iglesia. La pérdida de su servicio incansable y su incomparable voz afligió profundamente a los santos.

Sin embargo, los editores de periódicos de todo el país celebraron el asesinato de Parley. Para ellos, Hector McLean había matado con justicia al hombre que había destruido su hogar. Un periódico incluso recomendó que el presidente Buchanan designara a Hector como el nuevo gobernador de Utah25.

Al igual que los que habían perseguido a los santos en Misuri e Illinois, el asesino de Parley nunca fue llevado ante la justicia26.


Mientras aumentaban las tensiones entre los santos y el gobierno de los Estados Unidos, Martha Ann Smith se preparaba para despedirse de William Harris, quien pronto se iría a la Misión Europea. Martha Ann esperaba casarse con William cuando este regresara a casa. El día en que él se reunió con la Primera Presidencia para ser apartado para su misión, ella ayudó a la madre de él, Emily Smoot, a preparar sus pertenencias para el viaje.

Mientras trabajaban, William irrumpió en la habitación. “Busca tu cofia, Martha, y ven conmigo”, le dijo. Mientras apartaba a William, Brigham Young había sugerido que este llevara a Martha Ann a la ciudad y se casara con ella antes de partir hacia Europa.

Sorprendida, Martha Ann se volvió hacia Emily. “¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?”, preguntó.

“Cariño”, dijo Emily, “ponte el vestido de percal y ve con él”.

Martha Ann rápidamente se puso su vestido de percal y se subió a la carreta junto a William. Se casaron en la Casa de Investiduras y Martha Ann se mudó a la casa de William y la familia Smoot. Dos días después, William cargó sus pertenencias en un carro de mano y abandonó el valle junto con una compañía de otros setenta misioneros27.

Cuando los misioneros llegaron a la ciudad de Nueva York varias semanas después, William se asombró de la hostilidad que muchas personas sentían hacia los santos. “Oímos de todo tipo de abusos sobre los mormones y las autoridades de la Iglesia”, le escribió a Joseph F. Smith, su nuevo cuñado. “El tema de conversación es Utah, Utah en todos los periódicos que se ven. Dicen que van a enviar a alguien como gobernador para Utah además de tropas, y él impondrá la ley de los Estados Unidos, pondrá a las mujeres en libertad y, si el viejo Young se resiste, lo colgarán del cuello”28.


El 24 de julio de 1857, en el décimo aniversario de la llegada de los santos al valle, la familia Smoot se unió a Brigham Young y a otros dos mil santos para hacer un picnic en un lago de montaña al este de Salt Lake City. Algunas bandas de instrumentos de viento de varios asentamientos tocaron mientras los santos pasaban la mañana pescando, bailando y conversando entre ellos. Desde la copa de dos árboles altos flameaban banderas estadounidenses. A lo largo de la mañana, los santos dispararon cañones, observaron el entrenamiento de la milicia del territorio y escucharon discursos.

Sin embargo, alrededor del mediodía, Abraham Smoot y Porter Rockwell entraron en el campamento, interrumpiendo las festividades. Abraham acababa de regresar de un viaje por asuntos de la Iglesia al este de los Estados Unidos. En el camino, había visto carromatos de suministros viajando hacia el oeste para abastecer a un ejército de mil quinientos soldados que el presidente estaba enviando oficialmente a Utah con un nuevo gobernador. El gobierno también había detenido el servicio de correo hacia el territorio de Utah, cortando de hecho la comunicación entre los santos y el este29.

Al día siguiente, Brigham y los santos regresaron a la ciudad a fin de prepararse para la invasión. El 1 de agosto, Daniel Wells, el comandante de la milicia territorial, ordenó a sus oficiales que prepararan a todos los centros de población para la guerra. Los santos debían almacenar provisiones, sin dejar que nada se desperdiciara. Les prohibió vender granos y otros bienes a las caravanas de carromatos que iban a California. Si el ejército sitiaba los valles, los santos necesitarían cada pequeña porción de sus suministros para sobrevivir30.

Brigham también solicitó que los presidentes de misión y los líderes de las ramas y asentamientos alejados enviaran a los misioneros y a otros santos de vuelta a su hogar en Utah.

“Releve a los élderes que han estado trabajando allí durante un período largo de tiempo”, instruyó a George Q. Cannon, quien ahora presidía la Misión del Pacífico en San Francisco. “Anime a regresar a tantos de nuestros jóvenes como sea posible, ya que sus padres están sumamente ansiosos por verlos”31.

Brigham había oído rumores de que el general William Harney, un hombre conocido por su crueldad, era quien conducía el ejército hacia Utah. Aunque Harney afirmaba no sentir hostilidad hacia la mayoría de los santos, aparentemente estaba decidido a castigar a Brigham y a otros líderes de la Iglesia32.

“El que me cuelguen con o sin juicio”, especuló Brigham, “aún no se ha decidido”33.


Mientras los santos de Salt Lake City y sus alrededores se preparaban para la invasión, George A. Smith visitó los asentamientos del sur del territorio para advertirles sobre el ejército que se aproximaba. El 8 de agosto llegó a Parowan, un poblado que él había ayudado a establecer seis años antes. Los santos de allí lo amaban y confiaban en él34.

Las noticias sobre el ejército ya habían llegado a la localidad y todos estaban nerviosos. Temían que tropas adicionales provenientes de California invadieran primero el sur de Utah, atacando los asentamientos más débiles antes de dirigirse hacia el norte. Los asentamientos de escasos recursos como Parowan, que apenas tenían lo suficiente para su supervivencia, no podrían oponer resistencia al ejército35.

A George le preocupaba la seguridad de su familia y amigos en la zona. El ejército tenía la intención de librar una guerra de exterminio contra la Iglesia, les dijo él. Para asegurar su supervivencia, instó a los santos de Parowan a que le entregaran el excedente de sus granos a su obispo para que lo almacenara para los tiempos inciertos que se avecinaban. También debían usar toda su lana para hacer ropa36.

Al día siguiente, George habló de forma más contundente. En el este se odiaba a la Iglesia, afirmó. Si los santos no confiaban en Dios, el ejército los dividiría en dos y los conquistaría fácilmente.

“Cuiden sus provisiones, porque las necesitaremos”, instruyó. Sabía que los santos se verían tentados a ayudar y alimentar a los soldados cuando llegaran, ya fuera por bondad o por un deseo de obtener ganancias a expensas de ellos.

“¿Les venderán grano o forraje?”, preguntó George. “Maldigo al hombre que vierta aceite y agua sobre sus cabezas”37.