Historia de la Iglesia
20 La señal presagiada
anterior siguiente

“La señal presagiada”, capítulo 20 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2019

Capítulo 20: “La señal presagiada”

Capítulo 20

La señal presagiada

En el verano de 1858, alrededor de la época en la que el ejército pasó por Salt Lake City, un maestro de escuela llamado Karl Maeser recibió una oferta halagadora de parte de la familia de John Tyler, expresidente de los Estados Unidos. Durante meses, Karl había estado enseñando lecciones de música a los hijos de John y Julia Tyler en una espaciosa plantación en el sur de los Estados Unidos. Karl, un inmigrante alemán, había impresionado a los Tyler con su buena educación, sus modales caballerosos y su humor sutil. Ahora le ofrecían pagarle un salario para que viviera cerca de ellos y continuara enseñando a sus hijos1.

Tan generosa oferta era casi imposible de rechazar. Una crisis financiera había paralizado la economía poco después de que Karl y su esposa, Anna, llegaran de Alemania. Decenas de miles de personas habían perdido sus empleos en las ciudades de Estados Unidos, Canadá y Europa. Por algún tiempo, a Karl y a Anna les había resultado difícil encontrar trabajo para poder tener comida en la mesa. El enseñar a los niños de la familia Tyler había dado cierta estabilidad económica a los Maeser, quienes además tenían un hijo de tres años, Reinhard2.

Sin embargo, Karl no tenía la intención de aceptar la oferta de los Tyler. Una vez le había dicho a Julia Tyler que todo lo que él necesitaba para ser feliz era una casita y una huerta para su familia. Lo que no le había dicho era que él y Anna eran Santos de los Últimos Días que habían llegado a los Estados Unidos para congregarse en Sion. Una de las razones por las que Karl había buscado trabajo en el sur, aparte de para proveer para su familia, era para ganar suficiente dinero como para migrar hacia el oeste3.

Karl había escuchado por primera vez acerca de la Iglesia cuando vivía en Alemania. Después de leer un libro que atacaba la Iglesia y su mensaje, se puso en contacto con los líderes de la Misión Europea. El apóstol Franklin Richards y un misionero llamado William Budge pronto llegaron a Alemania y enseñaron el Evangelio a su familia. Karl y Anna lo aceptaron enseguida.

Debido a que unirse a la Iglesia no era legalmente permitido en Alemania, Franklin había bautizado al maestro de escuela por la noche. Cuando Karl salió del agua, levantó las manos hacia el cielo y oró: “Padre, si lo que acabo de hacer es agradable para Ti, dame un testimonio y cualquier cosa que requieras de mis manos, la haré”4.

Karl no sabía inglés en ese momento, por lo que él y Franklin habían hablado por medio de un intérprete; pero mientras caminaban de regreso a la ciudad, de repente Karl y Franklin comenzaron a entenderse, como si ambos estuvieran hablando el mismo idioma. Esa manifestación del don de lenguas fue el testimonio que Karl había buscado y tomó la determinación de permanecer fiel a su palabra, sin importar el costo5.

Ahora, tres años después, todavía estaba esforzándose por cumplir la promesa que había hecho en el momento de su bautismo. Decidido a ir a Sion, Karl rechazó la oferta de los Tyler y se mudó con su familia a Filadelfia, una gran ciudad en el noreste de Estados Unidos, donde pronto fue llamado a presidir una pequeña rama de la Iglesia6.

Antes de la reciente crisis en Utah, estas ramas del este del país habían desempeñado un papel fundamental para apoyar la obra misional y la emigración, defender a la Iglesia contra los críticos y buscar influir en el gobierno a favor de la Iglesia; pero después del llamado que hizo Brigham Young a los misioneros para que volvieran a casa y a los santos del este para que fueran al oeste, muchas de las ramas del este carecían de miembros y de fondos suficientes como para llevar a cabo esas actividades7.

Ser Santo de los Últimos Días podía ser un desafío en el este. La reputación de la Iglesia en la región se había deteriorado rápidamente en la última década. Muchas personas continuaban creyendo que los santos eran rebeldes y antipatrióticos. Un líder de la Iglesia recibió una amenaza de muerte en la ciudad de Nueva York y algunos santos fueron cubiertos de brea y plumas debido a sus creencias. Otros mantenían su condición de miembros de la Iglesia en secreto para evitar una mayor persecución8.

En Filadelfia, Anna ganó dinero como costurera y ama de llaves, mientras que Karl ministraba a los miembros de la rama, asistía a las conferencias regionales de la Iglesia y ayudaba a planificar la próxima temporada de emigración. Ellos hacían lo que podían para fortalecer a su pequeña rama9; pero para que la Iglesia prosperara allí y en todo el mundo, los santos debían oponerse a la gran cantidad de ideas falsas y malentendidos que había sobre ellos.

Necesitaban que más misioneros regresaran al campo y continuaran la obra de salvación.


A principios de septiembre de 1858, George Q. Cannon publicaba Deseret News desde una ciudad del centro de Utah llamada Fillmore. El periódico normalmente tenía su sede en Salt Lake City, pero cuando los santos se trasladaron al sur a comienzos de ese año, George y su familia embalaron el pesado equipo de impresión y lo transportaron unos 240 kilómetros hasta Fillmore10.

Ahora que era seguro regresar a Salt Lake City, George decidió llevar la operación de la imprenta de nuevo al norte. El 9 de septiembre, él y su hermano menor, David, cargaron el equipo de impresión en carromatos y regresaron a la ciudad con la familia de George, que estaba creciendo. George y Elizabeth tenían ahora un hijo de un año, John, y otro bebé en camino. George también se había casado con una segunda esposa, Sarah Jane Jenne, y ella también estaba esperando un bebé.

Cuatro días después de dejar Fillmore, los Cannon se detuvieron a descansar en una ciudad a unos 115 kilómetros de Salt Lake City. Mientras George estaba desenganchando sus tiros de caballos, un hombre en un carruaje tirado por mulas condujo hasta su lado. Era un mensajero de Brigham Young y había estado buscando a George desde la noche anterior. Dijo que Brigham había esperado que George ya estuviera en la ciudad. La Iglesia estaba enviando misioneros nuevamente y una compañía de élderes estaba esperando para irse con George a su misión al este de los Estados Unidos.

George estaba confundido. ¿Qué misión al este? Al cabo de media hora, él y Elizabeth prepararon una maleta pequeña y se apresuraron a ir a Salt Lake City con John, mientras que David lo siguió poco después con Sarah Jane y el equipo de impresión. George llegó a la ciudad a las cinco de la mañana siguiente y fue a la oficina de Brigham inmediatamente después del desayuno. Brigham lo saludó y le preguntó: “¿Estás listo?”.

“Lo estoy”, dijo George.

Brigham se volvió hacia uno de los hombres que estaba a su lado. “Te dije que sería así”, dijo. Un secretario le entregó instrucciones a George para su misión11.

Una vez más, la legislatura territorial de Utah iba a enviar una petición al Congreso de los Estados Unidos para solicitar la condición de estado y el derecho a elegir o designar a todos los funcionarios del gobierno local. Sabiendo que introducir una nueva petición sería infructuoso si la opinión pública sobre la Iglesia seguía siendo mala, Brigham quería que George fuera a una misión especial a fin de presidir a los santos del este, publicar artículos de prensa positivos sobre la Iglesia y mejorar la reputación de esta en todo el país12.

George sintió la pesada carga de su misión de inmediato. Debía irse al día siguiente, dándole apenas tiempo para ayudar a su familia a instalarse en el valle. Sin embargo, él creía que el Señor proveería una manera de llevar a cabo Su voluntad. Las experiencias de George en Hawái y California lo habían preparado para una misión de esa magnitud y responsabilidad; y sabía que sus hermanos y otros parientes, entre ellos sus tíos Leonora y John Taylor, podrían ayudar a sus esposas e hijos.

Brigham bendijo a George y lo apartó como misionero. Luego, George bendijo a Elizabeth y a John y los encomendó, al igual que a Sarah Jane, al cuidado del Señor; Sarah aún venía de viaje hacia el norte. A la tarde siguiente, él y un pequeño grupo de misioneros se dirigieron hacia el este a través de las Montañas Rocosas13.


Entre tanto, en el fuerte Ephraim en el valle de Sanpete, Augusta Dorius Stevens finalmente tenía consigo a la mayor parte de su familia. Sus cuñadas, Elen y Karen, habían venido con el padre de Augusta, Nicolai, hasta el fuerte Ephraim cuando los santos se trasladaron al sur. Los hermanos mayores de Augusta, Carl y Johan, llegaron poco después, luego de haber sido relevados de las tareas de guardia en Salt Lake City. Su hermana menor, Rebekke, también vivía en el pueblo. Solo su madre, Ane Sophie, seguía en Dinamarca, y sin querer unirse a la Iglesia14.

Desde que se había casado con Henry Stevens cuatro años antes, Augusta se había ocupado de la familia y había cuidado de la primera esposa de Henry, Mary Ann, que estaba enferma y a quien ella quería mucho15. A los diecinueve años, Augusta también se convirtió en la primera presidenta de la Sociedad de Socorro del fuerte Ephraim. Además de atender a los enfermos y a quienes sufrían, ella y sus hermanas de la Sociedad de Socorro tejían telas, hacían colchas, proporcionaban alimentos y un techo a los necesitados y cuidaban de los huérfanos. Cuando fallecía alguien de la ciudad, lavaban y vestían a la persona fallecida, hacían ropa para el entierro, consolaban a los que estaban de duelo y preservaban el cuerpo antes del funeral con hielo del río San Pitch16.

Poco antes de que la familia Dorius se reuniera, Augusta dio a luz a un niño llamado Jason, el cual murió durante una epidemia antes de cumplir un año. A pesar de su dolor, Augusta había encontrado un hogar y, ciertamente, consuelo dentro de la gran comunidad de santos escandinavos del valle de Sanpete, quienes se apoyaban en las costumbres, tradiciones e idiomas que compartían para poder soportar las pruebas de su nuevo hogar. Mientras estaban en sus misiones, sus hermanos habían enseñado y bautizado a muchos de esos santos, lo que sin duda fortaleció sus vínculos con ellos.

Cuando Carl y Johan llegaron al fuerte Ephraim en 1858, intentaron sembrar cultivos por primera vez, pero los saltamontes destruyeron los cultivos. Colonos más experimentados como Augusta y Henry habían enfrentado desafíos similares al cultivar en el valle de Sanpete. Los primeros santos que llegaron a la región afrontaron varios años de heladas devastadoras y plagas de insectos; para sobrevivir, vivían juntos en dos fuertes, trabajaban en un campo comunitario y compartían el agua de riego. Cuando finalmente llegó una buena cosecha, llenaron sus graneros y almacenaron otros alimentos17.

En el verano de 1859, la vida de Augusta cambió cuando Brigham Young llamó a varias familias de Sanpete para que fueran a establecerse cerca del antiguo asentamiento de Spring Town, donde Augusta había vivido por un tiempo cuando recién llegó al valle. Augusta y Henry se mudaron allí poco tiempo después. Los hombres hicieron la planificación para una ciudad y destinaron 260 hectáreas a la agricultura. El terreno cultivable se dividió después en lotes de 2 y 4 hectáreas que se repartieron entre las familias. Pronto surgieron casas, cabañas y un centro de reuniones construido con troncos que embellecieron el nuevo asentamiento. Con tantos daneses viviendo en la zona, los residentes lo apodaron Little Denmark [Pequeña Dinamarca]18.

Después de establecerse en Spring Town, Henry comenzó a construir un molino. Ese invierno, mientras cortaba y acarreaba madera en las montañas, contrajo un terrible resfrío que pronto provocó una tos persistente. La tos se convirtió en asma, lo que hizo que a Henry le resultara difícil trabajar. No había médicos en el pueblo, así que Augusta probó todos los remedios que pudo encontrar para que Henry pudiera respirar mejor, pero nada sirvió19.

Aproximadamente un año después de que Augusta y Henry se mudaran a Spring Town, la Primera Presidencia llamó a los hermanos de Augusta, Johan y Carl, a regresar a Escandinavia como misioneros. Como ninguno de los hermanos tenía los medios para viajar, los santos del fuerte Ephraim y de Spring Town les proporcionaron un carromato, un caballo y una mula20.


En el verano de 1860, pocos meses después de que los hermanos Dorius comenzaran sus misiones, George Q. Cannon fue llamado a volver a casa de su misión en el este21. Durante los últimos dos años, él y Thomas Kane, el viejo aliado de los santos, habían publicado varios artículos positivos sobre la Iglesia en los periódicos y habían influido en el gobierno a favor de la Iglesia. Trabajando en estrecha colaboración con Karl Maeser y otros líderes de la Iglesia, George también había fortalecido a los santos en Nueva York, Boston, Filadelfia y otras ramas del este22.

Sin embargo, la opinión pública se mantenía firme en contra de la Iglesia. Un nuevo partido político, los republicanos, se había formado recientemente para poner fin a la esclavitud y la poligamia, denunciando esas prácticas como “vestigios gemelos de la barbarie”23. Los republicanos vinculaban las dos prácticas porque suponían erróneamente que las mujeres eran obligadas a contraer matrimonio plural, sin tener forma de escapar. Sin embargo, de los dos problemas, la esclavitud estaba causando una mayor división en la nación, lo que llevó a muchas personas, George entre ellas, a predecir una calamidad nacional.

“Ningún hombre que ama la libertad y las instituciones autónomas y liberales puede ser testigo de estas cosas sin sentir que la gloria de nuestra nación se está desvaneciendo rápidamente”, escribió George en una carta a Brigham Young. “La destrucción del gobierno de los Estados Unidos es inevitable; solo será una cuestión de tiempo”24.

Durante su misión, George también recibió una carta de Brigham sobre una decisión reciente de la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce. En una reunión de octubre de 1859, Brigham había propuesto llamar a un nuevo apóstol para reemplazar a Parley Pratt, y pidió recomendaciones a los Doce. “Cualquier hombre que sea fiel tendrá la inteligencia suficiente para magnificar su llamamiento”, dijo Brigham a los Doce.

“Me gustaría saber sobre qué principio deben seleccionarse los hombres”, dijo Orson Pratt, el hermano menor de Parley.

“Si se me sugiriera un hombre de buen juicio innato, que no poseyera más condiciones que la fidelidad y la humildad suficientes para buscar todo su conocimiento del Señor y que confiara en Él para obtener su fortaleza”, respondió Brigham, “lo preferiría a él antes que a los eruditos y talentosos”.

“Si el Señor designara a un niño de doce años, él es la persona a quien todos estaríamos dispuestos a sostener”, dijo Orson. “Pero si se me permitiera usar mi propio juicio para elegir, escogería a un hombre de experiencia que hubiera sido probado en muchos lugares, fiel y diligente, y un hombre de talento que pudiera defender a la Iglesia en cualquier posición en la que pudiera hallarse”.

Brigham escuchó mientras los apóstoles recomendaban a varios hombres para el puesto. “Propongo a George Q. Cannon para ser uno de los Doce”, dijo luego. “Él es modesto, pero no creo que permita que la modestia ahogue su obligación de cumplir con su deber”25.

El llamamiento de George se anunció en la conferencia general de primavera, mientras George se preparaba para regresar a casa. Él aceptó su nombramiento siendo consciente de su propia debilidad e indignidad. “Temblé de miedo y pavor”, le escribió el hombre de treinta y tres años a Brigham, poco después de enterarse del llamamiento, “y de gozo al pensar en la bondad y el favor del Señor hacia mí y el amor y la confianza de mis hermanos”26.

Unos meses más tarde, mientras viajaba a casa, George se adelantó a varias compañías de carromatos y dos compañías de carros de mano que él había organizado con los santos de las ramas del este, Europa y Sudáfrica27.

Consciente de la tragedia de los carros de mano de 1856, George envió con buen criterio la última compañía de carros de mano por delante de varias caravanas de carromatos. “Me he esforzado por tomar todas las medidas posibles para evitar cualquier contratiempo”, le informó a Brigham, “y sinceramente confío en que, con la bendición del Señor, todos llegarán a salvo a sus destinos”28.


Entre los santos que viajaban al oeste con George esa temporada se encontraba el patriarca de la Iglesia, John Smith. John había ido al este a finales de 1859 para intentar una vez más ayudar a su hermana Lovina y a su familia a congregarse en Utah. Mientras esperaban que comenzara la temporada de emigración, Lovina y él visitaron a sus parientes Smith en Nauvoo, entre ellos, a su tía Emma y a sus hijos29.

Emma llevaba una vida tranquila en Nauvoo. Todavía vivía en el Mesón de Nauvoo y era dueña de una antigua propiedad de la Iglesia que José le había dado antes de su muerte en 1844. Él le había cedido la tierra de buena fe, pero después algunos de sus acreedores exigieron que se vendiera esa propiedad para pagar lo que se les debía, creyendo que los había engañado. No pudieron probar sus acusaciones. El asunto se resolvió en 1852 cuando un juez federal decretó que todas las tierras que José había tenido como fideicomiso de la Iglesia que superaran las 4 hectáreas podían venderse para saldar sus deudas. Por ser su viuda, Emma recibió una sexta parte de las ganancias de la venta, las cuales utilizó para volver a comprar parte de la tierra para mantener a su familia30.

John y Lovina encontraron a sus parientes en buen estado de salud pero divididos en asuntos de religión. Su prima Julia se había casado con un católico y se había convertido a la religión de su esposo. Sin embargo, los cuatro hijos de José y Emma todavía se consideraban Santos de los Últimos Días, aunque rechazaban algunos de los principios que su padre había enseñado en Nauvoo, en particular el matrimonio plural31.

Esto no fue una sorpresa para John. Aunque Emma sabía que su esposo había enseñado y practicado el matrimonio plural en privado, su hijo Joseph Smith III creía que Brigham Young había presentado el principio a los santos después de la muerte del profeta José. Antes de partir de Nauvoo con su familia en 1848, John había intentado convencer a Joseph III de que fuera al oeste con él a fin de continuar la obra de sus padres. Joseph III se había negado rotundamente.

“Si con esto quieres decir que debo apoyar las uniones conyugales espirituales y las demás instituciones que se han establecido desde su muerte”, le había respondido Joseph III, “seguramente seré tu adversario más empedernido”32.

Durante muchos años, Joseph III había mostrado poco interés en dirigir una iglesia, pero el 6 de abril de 1860, después de la visita de John y Lovina, Joseph III y Emma asistieron a una conferencia de una “Nueva Organización” de santos que habían rechazado el liderazgo de Brigham Young y habían permanecido en el medio oeste. Durante esa reunión, Joseph III había aceptado el liderazgo de la Nueva Organización y se había distanciado de los santos de Utah al condenar el matrimonio plural33.

Unos meses más tarde, John partió rumbo al oeste con Lovina y su familia. En su compañía viajaban Karl y Anna Maeser. No estando acostumbrado a los viajes en carromatos, el joven maestro de escuela hizo todo lo posible para conducir una yunta de bueyes, pero terminó contratando a un conductor para que hiciera el trabajo por él. La tos ferina afectó a los niños de la compañía durante parte del viaje, pero el viaje transcurrió sin incidentes la mayor parte del tiempo34.

El 17 de agosto, a unos 260 kilómetros de Salt Lake City, Hyrum Walker, el hijo de Lovina de 14 años, se disparó accidentalmente en el brazo. Con la esperanza de salvar la vida de su sobrino, si no su brazo, John rápidamente puso a otro hombre a cargo de la compañía, colocó a Hyrum en un carro de mulas y se apresuró a llevarlo a él y a Lovina hasta el valle.

El carro de mulas llegó a Salt Lake City nueve días después y un médico pudo curar el brazo de Hyrum. Con su sobrino a salvo, John regresó a su compañía y los dirigió hasta llegar a la ciudad el 1 de septiembre35.


El 4 de noviembre de 1860, Wilford Woodruff daba nuevamente la bienvenida a Salt Lake City a un hombre llamado Walter Gibson. Walter era un viajero del mundo y aventurero. Cuando era joven, había viajado a México y Sudamérica, había navegado por los océanos y había escapado de una prisión holandesa en la isla de Java36.

Según Walter, cuando estaba en la prisión, había escuchado una voz que lo animaba a establecer un poderoso reino en el Pacífico. Durante años, había buscado un pueblo que lo ayudara en esta misión, pero no había podido encontrar el grupo adecuado hasta que oyó hablar de los Santos de los Últimos Días. En mayo de 1859, le había escrito a Brigham Young y le había propuesto un plan para congregar a la Iglesia en las islas del Pacífico. Poco después, viajó a Salt Lake City con sus tres hijos y se unió a la Iglesia en enero de 186037.

Wilford se había hecho amigo de Walter ese invierno; asistía a menudo a las conferencias que él daba sobre sus viajes y se reunía con él en ocasiones sociales38. Brigham no tenía ningún interés en la propuesta de Walter para un nuevo sitio de recogimiento, pero había reconocido el potencial del nuevo converso39. Walter parecía tener muchos conocimientos, se expresaba bien y estaba ansioso por servir en la Iglesia. En abril de 1860, la Primera Presidencia lo llamó a servir una breve misión en el este, la cual Walter aceptó con entusiasmo40.

Ahora, seis meses después, Walter había regresado a Utah con noticias emocionantes. Mientras estaba en la ciudad de Nueva York, le había hablado acerca de los santos a un funcionario de la embajada japonesa y había recibido una invitación para ir a Japón. Creyendo que podía establecer una buena relación con los japoneses, Walter quería aceptar la invitación y preparar el camino para la obra misional en esa tierra. Desde allí, pensaba él, el Evangelio restaurado podría extenderse a Siam y a otros países de la región.

“Seré gobernado, como se me ha instruido, completamente por el Espíritu de Dios”, dijo a los santos en una reunión el 18 de noviembre. “Siento que estaré a gusto con todas las naciones de los hijos de la familia humana”41.

La perspectiva de enviar a Walter a Asia entusiasmó a Wilford. “El Señor abrió la puerta ante él de una manera maravillosa”, anotó en su diario42.

Brigham estuvo de acuerdo. “El hermano Gibson nos va a dejar ahora para ir a una misión”, dijo a los santos en la reunión. “Hasta donde puedo saber, él vino aquí porque el Señor lo guio hasta aquí”43.

Al día siguiente, Heber Kimball y Brigham pusieron las manos sobre la cabeza de Walter. “En la medida en que permitas que tu mira esté puesta únicamente en la gloria de Dios e invoques Su nombre, y busques Su sabiduría, y procures ser humilde y manso ante el Señor, y solo busques el bien y el bienestar de los hijos del hombre”, declaró Heber, “serás bendecido poderosamente, y reunirás a la casa de Israel y llevarás a muchos al arrepentimiento, y bautizarás y confirmarás sobre ellos el Espíritu Santo”44.

Walter y su hija, Talula, partieron hacia el Pacífico dos días después45.


Un mes después de la partida de Walter, Carolina del Sur, uno de los estados del sur de Estados Unidos, se retiró de la nación, temiendo que la reciente elección de Abraham Lincoln a la presidencia de los Estados Unidos alteraría el equilibrio de poder económico y político en el país y llevaría al cese de la esclavitud. Wilford Woodruff reconoció de inmediato el alarmante acontecimiento como el cumplimiento de una revelación que José Smith había recibido veintiocho años antes. El día de Navidad de 1832, el Señor le había advertido al Profeta que pronto comenzaría una rebelión en Carolina del Sur y que terminaría en la muerte y la miseria de muchas personas46.

“Y así, con la espada y por el derramamiento de sangre se han de lamentar los habitantes de la tierra”, había declarado el Señor; “y con hambre, plagas, terremotos, truenos del cielo, y también con violentos e intensos relámpagos, se hará sentir a los habitantes de la tierra la ira, la indignación y la mano disciplinaria de un Dios Omnipotente, hasta que la consumación decretada haya destruido por completo a todas las naciones”47.

“Debemos prepararnos para una época terrible en los Estados Unidos”, escribió Wilford en su diario el 1 de enero de 1861. “Se ha visto la señal presagiada y nuestra nación está condenada a la destrucción”48.