Historia de la Iglesia
37 Al trono de la gracia
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“Al trono de la gracia”, capítulo 37 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2020

Capítulo 37: “Al trono de la gracia”

Capítulo 37

Al trono de la gracia

Wilford Woodruff y George Q. Cannon llegaron al Templo de Manti en medio de la noche del 15 de mayo de 1888. Habían salido de Salt Lake City unos días antes, viajando después del anochecer para evitar a los alguaciles. La última etapa del trayecto fue un viaje de unos sesenta y cinco kilómetros en carruaje a través del peligroso terreno escarpado. Conduciendo en la oscuridad, el cochero se había salido del camino dos veces, por poco enviando a los Apóstoles a estrellarse montaña abajo1.

Wilford había venido al valle de Sanpete para dedicar el tercer templo de Utah. Ya que aparecer en eventos públicos pondría en peligro a George y a otros líderes de la Iglesia, Wilford había decidido dedicar el templo en una pequeña ceremonia privada. Más tarde, los santos llevarían a cabo una dedicación pública sin él para quienes tuvieran una recomendación especial de su obispo o presidente de estaca2.

La belleza del nuevo templo era imponente. Construido con piedra caliza de color crema de las montañas cercanas, se levantaba sobre una colina con vistas a un océano de campos de trigo. El interior del templo estaba adornado con molduras de madera delicadamente talladas y coloridos murales, y dos magníficas escaleras de caracol se erguían como suspendidas en el aire, sin un solo pilar de apoyo3.

Terminar el templo fue un suceso feliz en un momento difícil para Wilford. La desunión dentro del Cuórum de los Doce continuó amenazando su capacidad de dirigir la Iglesia de manera eficaz. Habían pasado ocho meses desde la muerte de John Taylor y algunos de los Apóstoles de menor antigüedad todavía encontraban faltas en George. Wilford estaba listo para organizar la Primera Presidencia, pero no podía hacerlo mientras el Cuórum no estuviera en armonía.

Los Apóstoles habían logrado algún progreso en el proceso de resolver el conflicto dentro del Cuórum. En marzo, Wilford los había reunido varias veces para tratar de conciliar sus diferencias. Durante una reunión, él les recordó a los miembros del Cuórum que debían conducirse con humildad y amor. Con mansedumbre, confesó su propia falta de hablar con demasiada severidad en ocasiones y esto dio pie a que cada Apóstol confesara sus pecados y pidiera perdón a los demás. A pesar de eso, algunos miembros aún no estaban dispuestos a apoyar la conformación de una nueva Primera Presidencia4.

La Ley Edmunds-Tucker también continuaba amenazando a la Iglesia. Con el poder para confiscar propiedades de la Iglesia valoradas en más de 50 000 dólares, los funcionarios federales habían tomado el control de la oficina de diezmos de la Iglesia, la oficina del presidente y la manzana del templo, que incluía el Templo de Salt Lake todavía sin terminar. Luego, el Gobierno había ofrecido alquilarles la Manzana del Templo por un arancel de cortesía de un dólar por mes. A Wilford le parecía insultante tal ofrecimiento, pero lo aceptó para permitir que continuara la construcción del templo5.

La nueva ley también había puesto la supervisión de las escuelas públicas de Utah en manos de una comisión federal y los Apóstoles temían que los educadores Santos de los Últimos Días fueran dejados de lado cuando se buscara ocupar cargos docentes. Tiempo antes, ese mismo año, George había sugerido que se establecieran más academias de la Iglesia a fin de emplear a esos instructores y enseñar los principios del Evangelio a los alumnos. Wilford y los Apóstoles habían apoyado el plan por unanimidad y el 8 de abril anunciaron la organización de una mesa directiva de educación para regir el nuevo sistema6.

Con estos asuntos cerniéndose sobre la Iglesia, Wilford dedicó el Templo de Manti el 17 de mayo de 1888. En el salón celestial, se arrodilló ante un altar y ofreció una oración, agradeciendo a Dios por la maravillosa bendición de tener otro templo en Sion.

“Tú has visto la labor de Tus santos en la construcción de esta casa. Sus motivos y sus esfuerzos son conocidos por Ti”, oró. “Este día la presentamos a Ti, oh Señor nuestro Dios, como el fruto de los diezmos y las ofrendas voluntarias de Tu pueblo”.

Ese día, después de la dedicación, Wilford recibió un informe de que el alguacil federal Frank Dyer exigía que la Iglesia entregara todas sus propiedades en Logan, entre ellas la casa del diezmo, el tabernáculo y el templo. Wilford registró una oración simple en su diario, en la que le pedía a Dios que protegiera los templos de quienes deseaban profanarlos7.

La semana siguiente, el apóstol Lorenzo Snow presidió la dedicación pública del Templo de Manti. Antes de que comenzara la primera sesión, muchos santos en el salón de asambleas del templo oyeron voces angelicales cantando por toda la sala. En otros momentos, los santos vieron halos o manifestaciones brillantes de luz alrededor de los discursantes. Algunas personas informaron haber visto a José Smith, Brigham Young, John Taylor y otros personajes. Mientras Lorenzo leía la oración dedicatoria, alguien en la congregación oyó una voz que decía: “Aleluya, aleluya, alabado sea el Señor”.

Para los santos, estas manifestaciones espirituales eran signos del atento cuidado de Dios. “Estas [manifestaciones] consuelan al pueblo”, escribió un testigo del derramamiento del Espíritu, “siendo una evidencia de que en los momentos más grises, el Señor está con ellos”8.


Hallándose aún en su misión en Hawái, Susa y Jacob Gates estaban empezando a pensar en lo que harían cuando regresaran a Utah. Un día a principios de 1888, Jacob dijo: “Su[sa], me gustaría que pudieras obtener un puesto en el Exponent como editora asociada”. Susa ya había publicado artículos en Woman’s Exponent bajo el seudónimo de “Homespun” y Jacob tenía gran confianza en su talento para escribir.

Susa deseaba usar sus escritos para ayudar a la Iglesia. Eliza Snow la había animado una vez a “nunca escribir una línea o una palabra que no tenga por objeto ayudar y beneficiar a este reino” y Susa intentaba seguir ese consejo. Últimamente había comenzado a pensar en escribir artículos en defensa de la Iglesia para publicaciones del este de los Estados Unidos, pero nunca antes había considerado trabajar como editora9.

La verdad era que le costaba encontrar tiempo para escribir. Se levantaba a las seis casi todas las mañanas, atendía a tres niños y se ocupaba de las tareas interminables del manejo de una casa10. Apenas había pasado un año desde la muerte de sus pequeños hijos, Jay y Karl, y todavía lidiaba con la pérdida, deseando a veces poder dejar Laie solo para evitar que sus pensamientos regresaran a las dos sepulturas en la ladera sobre su casa. Todavía se sentía angustiada cada vez que alguno de sus hijos tosía11. ¿Era ahora el momento adecuado para asumir más responsabilidades?

Sin embargo, una vez que la idea de trabajar para el Exponent se plantó en la mente de Susa, rápidamente echó raíces. Le escribió a Zina Young y describió su deseo de transformar Woman’s Exponent en una publicación mensual impresa en papel fino, similar a las revistas populares para mujeres de esa época.

“Toda mi alma aspira a la edificación de este reino. Trabajaría mucho para ayudar a mis hermanas”, escribió. “La tarea sería una obra de amor, porque sabes que amo escribir”12.

Al mismo tiempo, envió una carta a Emmeline Wells, la editora del periódico, y a otras personas a quienes respetaba, pidiéndoles consejo. Romania Pratt, una de las pocas médicas del territorio y escritora habitual de Woman’s Exponent, fue la primera en responder.

“Mi querida joven y talentosa amiga”, escribió ella, “no creo que vayas a estar en la mejor situación como miembro o asociada del Exponent”. A Emmeline le gustaba manejar el periódico a su manera, explicó Romania, y no acogería con agrado la participación de Susa. En cambio, Romania sugirió que Susa comenzara una nueva publicación para las mujeres jóvenes de la Iglesia13.

A Susa le encantó la idea y le escribió a su amigo Joseph F. Smith al respecto. Él respondió poco tiempo después, mostrando su pleno apoyo. Él imaginaba una publicación escrita y producida en su totalidad por mujeres Santos de los Últimos Días y alentó a Susa a buscar “consejeras buenas y sensatas” para que le ayudaran.

“A nadie que sea capaz se le debe negar el privilegio de dar lo mejor de sí”, escribió él. “Nuestra comunidad es diferente de cualquier otra. Nuestra prosperidad radica en nuestra propia unión, cooperación y esfuerzo mutuo. No hay nadie que sea independiente”14.

Por recomendación de Joseph, Susa escribió a Wilford Woodruff y a la presidencia de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de las Mujeres Jóvenes en busca del apoyo de ellos para la revista. Wilford le respondió con su aprobación unos meses después. La presidencia de la A.M.M.M.J. también le dio su apoyo.

“Bueno, está en manos del Señor”, escribió Susa en su diario. Tan pronto como regresara a los Estados Unidos, trataría de que su revista se convirtiese en realidad15.


En el otoño de 1888, George Q. Cannon decidió que lo mejor para él y para la Iglesia era que él fuera a prisión. En los meses previos a la muerte de John Taylor, el Señor había revelado que George debía volver a ocultarse con el profeta para ayudar a administrar la Iglesia. Ahora que John había fallecido y el liderazgo de la Iglesia estaba en manos de los Doce, George ya no tenía el deber de permanecer oculto16.

Wilford Woodruff también creía que los santos debían mejorar su relación con el Gobierno de Estados Unidos para poder obtener la categoría de estado para Utah. Bajo un Gobierno estatal, los santos podrían hacer uso de su voto mayoritario para elegir líderes que protegieran sus libertades religiosas. Si Utah se convertía en estado, la Ley Edmunds-Tucker ya no tendría poder para dañar a la Iglesia dado que tenía vigencia solamente en los territorios17. Sin embargo, era poco probable que el Congreso de los Estados Unidos le otorgara a Utah la condición de estado mientras un Apóstol prominente fuera prófugo de la justicia.

Cuando supo que el procurador de los Estados Unidos estaba dispuesto a recomendar una sentencia benévola, George comenzó a considerar de qué manera podría beneficiar a los santos el que él se entregara, puesto que ello podía servir como ofrenda de paz para los legisladores de Washington. También esperaba que sus acciones pudieran fortalecer la resolución de otros hombres de enfrentar cargos similares18.

El 17 de septiembre se declaró culpable de dos cargos de cohabitación ilegal, consciente de que quizás tuviera que pasar casi un año en la cárcel. El presidente de la Corte Suprema, de quien se rumoreaba que era más moderado en sus tratos con los santos que los jueces anteriores, le dictó una condena relativamente corta de 175 días tras las rejas19.

George quiso comenzar su condena en la cárcel lo antes posible, por lo que el mismo día en que fue sentenciado fue transportado a la penitenciaría territorial de Utah. La deteriorada prisión se encontraba en una colina de Salt Lake City20. Normalmente, cuando entraban nuevos prisioneros al patio, a los presos les gustaba molestarlos gritando: “¡Pescado fresco!”. Sin embargo, cuando entró George, nadie gritó; en lugar de eso, los hombres dieron vueltas a su alrededor, sorprendidos y curiosos de ver a un Apóstol en prisión.

Adentro, George encontró tres niveles de celdas pequeñas. El director de la prisión le dio una celda en el nivel superior y le dijo que podía quedarse adentro sin cerrar con llave las pesadas puertas de hierro. Sin embargo, George no esperaba un tratamiento especial. Vestía el mismo uniforme de prisión a rayas blancas y negras y cumplía las mismas reglas que el resto de los reclusos21.

Después de un corto tiempo en prisión, George organizó una clase sobre la Biblia. Más de sesenta hombres asistieron a la primera reunión dominical, entre ellos varios que no eran Santos de los Últimos Días. Los prisioneros leyeron y analizaron los primeros cinco capítulos de Mateo. “El espíritu más encantador predominó”, escribió George en su diario22.

Semana tras semana, George descubrió que su tiempo en prisión era más feliz de lo que había esperado. Durante los días de visita, dirigía asuntos de la Iglesia y se reunía con otros Apóstoles, entre ellos Heber Grant, cuyo corazón comenzaba a ablandarse hacia él. También recibía visitas de amigos y familiares, y pasaba mucho tiempo aconsejando a otros reclusos.

“Mi celda se ha parecido a un lugar celestial”, escribió George en su diario. “Siento que ángeles han estado allí”23.


Mientras George Q. Cannon cumplía su condena en prisión, Joseph F. Smith viajaba a Washington D. C. para ayudar al abogado de la Iglesia, Franklin S. Richards, a hacer campaña a favor de obtener la condición de estado para Utah24. Siendo todavía fugitivo, Joseph se preguntaba a veces si no debía seguir el ejemplo de George y entregarse a las autoridades; pero Wilford Woodruff le había asignado a Joseph la supervisión de la actividad política de la Iglesia en Washington y Joseph creía que el único camino para lograr la libertad religiosa duradera para los santos era o bien lograr la categoría de estado o bien un acto de intervención divina25.

En Washington, Joseph era libre de moverse por la ciudad, aunque tenía cuidado de evitar los salones del Congreso, donde alguien podría reconocerlo. Pasó varios días ayudando a Franklin a preparar un discurso que este pronunciaría ante el comité que recomendaría en última instancia si el Congreso debía votar a favor o en contra de la condición de estado para Utah. Luego, unas horas antes del discurso, bendijo a Franklin para que un buen espíritu lo acompañara26.

Durante el discurso, Franklin dio a entender que el matrimonio plural era una práctica en disminución. A menudo, dijo él, los casos de poligamia que el Gobierno llevaba a juicio eran contra hombres mayores que habían contraído matrimonio plural años antes. Franklin también argumentó que los residentes de Utah, una gran mayoría de los cuales no practicaban el matrimonio plural, debían tener la libertad de elegir a sus propios funcionarios bajo un Gobierno estatal27.

Después de algunos días de deliberaciones, el comité decidió no hacer ninguna recomendación al Congreso. Joseph se sintió decepcionado, pero tenía tan buena opinión del discurso de Franklin que envió copias de este a más de tres mil legisladores y personas prominentes de todo el país.

No mucho después, sin embargo, recibió un telegrama en el que se le informaba que George Peters, el procurador de Estados Unidos para Utah, estaba planeando citar a miembros de la familia de Joseph para que testificaran en contra de este ante un gran jurado28.

Joseph lo consideró un acto de traición. Unos meses antes, Peters había extorsionado a la Iglesia para que esta le pagara 5000 dólares con la promesa de que sería indulgente en futuros juicios contra Santos de los Últimos Días. Aunque en ese tiempo en los Estados Unidos a menudo se compraban y vendían favores políticos, todo su ser se había indignado ante la idea de pagarle a Peters. Sin embargo, después de analizar el asunto con Wilford, Joseph había decidido que someterse al chantaje podía ayudar a proteger a los santos29.

Joseph respondió el telegrama de inmediato, dando instrucciones en cuanto a dónde podían esconderse sus esposas e hijos, pero se sintió inquieto durante el resto del día. “Ruego a Dios que proteja a mi familia de las despiadadas garras del enemigo cruel e intolerante”, escribió en su diario30.


Durante el invierno de 1888 a 1889, el Cuórum de los Doce aún no había podido llegar a un acuerdo sobre la conformación de una nueva Primera Presidencia. Los alguaciles federales, mientras tanto, continuaron arrestando a los líderes de la Iglesia. En diciembre, el apóstol Francis Lyman se entregó a las autoridades, uniéndose a George Q. Cannon en prisión. Como Presidente de los Doce, Wilford Woodruff se vio obligado a dirigir la Iglesia con cada vez menos Apóstoles a su lado31.

Wilford pasó parte de su tiempo trabajando en su granja, escribiendo cartas y firmando recomendaciones para los santos que deseaban asistir a los templos de Logan, Manti o St. George32. En febrero de 1889, George Q. Cannon fue liberado después de haber cumplido cinco meses en prisión. Wilford los invitó a él y a varios amigos a su oficina al día siguiente para celebrar. Unos miembros del Coro del Tabernáculo acarrearon un órgano hasta allí y luego cantaron himnos. Después, algunos santos hawaianos que habían emigrado a Utah cantaron tres canciones, dos de las cuales se habían compuesto para la ocasión. Uno de los hombres, Kanaka, tenía más de noventa años; George lo había bautizado en su misión en Hawái a principios de la década de 1850.

Esa noche, Wilford se reunió con la familia Cannon para una cena en la que sirvieron pavo. “Tu padre tiene el cerebro más grande y la mejor mente que cualquier hombre en el reino”, le dijo a uno de los hijos de George. Ahora que George había sido liberado de la prisión, Wilford esperaba que todos los Apóstoles pudieran reconocer su bondad y avanzar juntos para liderar la Iglesia33.


Después de que Zina Young regresó a Salt Lake City desde Cardston, sintió todo el peso de su nueva responsabilidad como Presidenta General de la Sociedad de Socorro. Ahora estaba a la cabeza de más de veintidós mil mujeres de cientos de barrios y ramas de todo el mundo. Además de servir como líder espiritual, ella supervisaba varias instituciones, tales como el Hospital Deseret y diversos bienes, entre ellos más de treinta y dos mil fanegas de grano almacenadas.

Zina había seleccionado a dos líderes experimentadas de la Sociedad de Socorro, Jane Richards y Bathsheba Smith, para que la apoyaran como consejeras, pero las exigencias del llamamiento todavía se sentían agobiantes. Su hija, Zina Presendia, le recordó sobre otra persona que podía ayudar. “Ve a ver a la querida tía Em”, le escribió ella. “Es una mandamás de nacimiento”34.

Zina Presendia se refería a Emmeline Wells, quien se desempeñaba como secretaria de la Sociedad de Socorro, una función que la ponía a cargo de las comunicaciones, las transacciones comerciales y la organización de las visitas a las Sociedades de Socorro de todo el territorio. Las obligaciones de Emmeline como editora de Woman’s Exponent ya la mantenían extremadamente ocupada35. Aun así, aceptó de buen grado ayudar a Zina con sus nuevas responsabilidades.

“Evidentemente, mi trabajo será más extenso en el futuro de lo que lo ha sido”, escribió Emmeline en su diario. “Las responsabilidades llegan en rápida sucesión y en grandes cantidades sobre las mujeres de Sion”36.

Tanto Zina como Emmeline creían firmemente que las mujeres tenían derecho a votar, un derecho que la Ley Edmunds-Tucker les había quitado. En el invierno de 1889, Zina y Emmeline se reunieron con Wilford Woodruff y otros líderes de la Iglesia para hablar sobre la conformación de una asociación de sufragio femenino para Utah. Wilford y otros miembros del Cuórum de los Doce dieron su pleno apoyo37.

Pronto, las reuniones sobre el sufragio femenino comenzaron a realizarse después de las reuniones regulares de la Sociedad de Socorro en los barrios de todo Utah y Idaho. Emmeline a menudo publicaba informes de estas reuniones en Woman’s Exponent. Mientras tanto, Zina solicitó al Gobierno de los Estados Unidos que les devolviera el “derecho de sufragio otorgado por Dios” a las mujeres de Utah. “Poco a poco estaremos facultadas para hacer un gran bien al mundo”, dijo ella. También declaró su compromiso de trabajar con mujeres fuera de la Iglesia. “Esperamos extender nuestras manos a las mujeres de Estados Unidos de América”, dijo, “y decir que somos una con ustedes en esta gran lucha”38.

A medida que crecía la Sociedad de Socorro, a Zina le preocupaba que las estacas individuales se estuvieran desconectando de las líderes generales de la Sociedad de Socorro y entre sí. Su solución fue invitar a las Sociedades de Socorro de las estacas alejadas a que vinieran a Salt Lake City para una conferencia. La Asociación de Mejoramiento Mutuo de los Hombres Jóvenes había efectuado conferencias similares con éxito39.

La primera conferencia general de la Sociedad de Socorro se programó para el 6 de abril de 1889, para que coincidiera con la conferencia general. Esa noche, Zina se puso de pie en el Salón de Asambleas de la Manzana del Templo frente a mujeres que habían venido a congregarse en Sion provenientes de muchas naciones. En los últimos cuarenta años, más de ochenta mil Santos de los Últimos Días habían emigrado a Estados Unidos desde el otro lado del océano. La mayoría había venido del Reino Unido, pero muchos otros provenían de Escandinavia y de las regiones de habla alemana de Europa. Otros más habían llegado desde Australia, Nueva Zelanda y otras islas del Pacífico.

Zina alentó a la variada congregación a que se visitaran mutuamente en sus reuniones y llegaran a conocerse entre sí. “Ello fomentará la unidad y la armonía, promoverá la confianza y fortalecerá los lazos que nos unen”, prometió, “porque hay más diferencias en nuestra forma de hablar que en las motivaciones de nuestro corazón”.

“Hermanas, seamos como una gran legión y defendamos lo correcto”, agregó. “No duden de la bondad de Dios ni de la veracidad de la obra a la que estamos consagradas”40.


El primer viernes de abril de 1889, Wilford Woodruff convocó a los Apóstoles. Habían pasado casi dos años desde la muerte de John Taylor y Wilford había esperado pacientemente a que el Cuórum hallara la unidad. Él había guiado, como lo indicaban las revelaciones, con gentileza y mansedumbre, con longanimidad y amor sincero. Ahora, el día antes de que comenzara la conferencia general de abril, sintió que había llegado el momento de reorganizar la Primera Presidencia.

Durante los meses anteriores se había desarrollado un consenso creciente entre los Apóstoles de que lo mejor para la Iglesia era conformar una Primera Presidencia y de que Wilford era el elegido del Señor para dirigirlos, sin importar a quiénes eligiera como sus consejeros. Wilford incluso había escrito a Francis Lyman, que estaba en prisión, y había recibido su apoyo41.

Ahora, acordaron por unanimidad conformar una nueva Primera Presidencia. A continuación, Wilford propuso a George Q. Cannon como su primer consejero y a Joseph F. Smith como su segundo consejero.

“Solo puedo aceptar este nombramiento sabiendo que es la voluntad del Señor”, dijo George, “y de que es con la sincera y plena aprobación de mis hermanos”.

“He orado sobre este asunto”, le aseguró Wilford, “y sé que es la disposición y la voluntad del Señor”.

A pesar de tener preocupaciones persistentes acerca de George, Moses Thatcher votó a favor. “Cuando vote por él, lo haré libremente y trataré de sostenerlo con todas mis fuerzas”, dijo él. Heber Grant también expresó su apoyo a la elección del presidente Woodruff con solo leves reservas.

El resto de los Apóstoles sostuvo a la nueva Presidencia de todo corazón y Wilford se alegró de que el Cuórum finalmente se hubiera unido. “Nunca he visto un momento en el que la Iglesia necesitara los servicios de los Doce más que hoy”, dijo él42.

El domingo, miles de santos ingresaron al tabernáculo para la sesión de la tarde de la conferencia general. En esa asamblea solemne, los miembros de la Iglesia tuvieron la oportunidad de sostener a su nueva Primera Presidencia. Cuando se leyeron los nombres de Wilford y sus consejeros, un mar de manos se alzó en apoyo43.

“Tengo un gran deseo de que, como pueblo, podamos estar unidos de corazón, que podamos tener fe en las revelaciones de Dios y tener esperanza en aquellas cosas que nos han sido prometidas”, dijo Wilford a los santos más tarde en la reunión. Luego dio testimonio de Jesucristo.

“Con mansedumbre y humildad de corazón, Él trabajó fielmente mientras moró en la carne para llevar a cabo la voluntad de Su Padre”, dijo. “Indaguen la historia de Jesucristo, el Salvador del mundo, desde el pesebre hasta la cruz, pasando por sufrimientos, mezclados con sangre, hasta el trono de la gracia y allí hay un ejemplo para los élderes de Israel, un ejemplo para todos los que siguen al Señor Jesucristo”44.