Historia de la Iglesia
25 La dignidad de nuestro llamamiento
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“La dignidad de nuestro llamamiento”, capítulo 25 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2020

Capítulo 25: “La dignidad de nuestro llamamiento”

Capítulo 25

La dignidad de nuestro llamamiento

El 30 de octubre de 1869, cinco días después de reunirse con el sumo consejo, Elias Harrison y William Godbe publicaron declaraciones en Utah Magazine en las que negaban los cargos de apostasía en su contra. Acusaron a los líderes de la Iglesia de tiranía y se quejaron de que los santos no eran libres de pensar o actuar por sí mismos. Convencidos de que los espíritus les habían hablado en sesiones espiritistas, ambos hombres creían que habían sido llamados a reformar la Iglesia y estaban decididos a seguir publicando su revista y conseguir que los santos se solidarizaran con su causa.

“Desde los valles de nuestras montañas aún se portará un estandarte con un credo más amplio, un cristianismo más noble, una fe más pura de lo que la tierra jamás haya visto”, prometió Elias1.

Aunque advirtió a los santos que no leyeran Utah Magazine, Brigham Young no hizo ningún esfuerzo por clausurar la publicación2. Durante sus casi cuatro décadas en la Iglesia, había visto movimientos opositores ir y venir sin éxito duradero. Mientras Elias y William hacían campaña contra él, Brigham partió de Salt Lake City para recorrer los asentamientos en los valles de Utah y Sanpete.

Mientras viajaba hacia el sur, Brigham vio ciudades prósperas donde alguna vez hubo pequeños fuertes y chozas de adobe. Algunos santos operaban talleres y fábricas para producir bienes. Aunque ninguna ciudad era completamente autosuficiente, algunas de ellas tenían tiendas cooperativas en funcionamiento3.

Cada vez que Brigham visitaba un asentamiento, los santos exhibían lo mejor que tenían para él y a veces le ofrecían exquisitos banquetes. Él aceptaba esas comidas con cortesía, pero prefería comidas más sencillas que requirieran menos trabajo de quienes las preparaban. Años antes, cuando cenaba con los santos en su misión en Inglaterra, Brigham no tenía más que una simple taza y una navaja de bolsillo y usaba una rebanada de pan como plato. Solo les tomaba cinco minutos limpiar después de la comida, dándoles a los santos más tiempo para estar juntos y conversar.

Sin embargo, a medida que viajaba hacia el sur a través de Utah, notó que muchas mujeres faltaban a las reuniones de la Iglesia porque estaban ocupadas preparando comidas muy elaboradas o limpiando después de estas4. También lamentó que muchos hombres y mujeres adinerados de la Iglesia hubieran desarrollado estilos de vida extravagantes, en ocasiones a expensas de su bienestar espiritual. Brigham deseaba que todos los santos, él mismo incluido, moderaran o simplificaran sus estilos de vida.

“Los hábitos ociosos y la extravagancia derrochadora de los hombres son ridículos en nuestra comunidad”, declaró.

En la Escuela de los Profetas, Brigham había aconsejado a los hombres que no siguieran las modas del mundo sino que desarrollaran sus propios estilos, confeccionados con telas fabricadas en el territorio. En otras ocasiones, alentó a las mujeres a abstenerse de hacer vestidos adornados con materiales caros de los estados del este y a usar, en lugar de eso, tejidos producidos en el territorio. Para él, la extravagancia a menudo generaba competitividad entre los santos y le quitaba tiempo a su desarrollo espiritual. Sintió que era un signo de mundanidad, que era incompatible con el espíritu cooperativista de Sion5.

Brigham aún albergaba esa preocupación cuando su grupo llegó a Gunnison, un poblado en el extremo sur del valle de Sanpete. Allí habló con Mary Isabella Horne, una residente de Salt Lake City que estaba visitando a su hijo en esa ciudad. Mary Isabella era conocida por ser una líder decidida y fiel de las mujeres Santos de los Últimos Días. Al igual que Brigham, había sido miembro de la Iglesia desde la década de 1830 y había sobrellevado su porción de privaciones por el Evangelio. Ahora era la presidenta de la Sociedad de Socorro del Barrio 14 de Salt Lake City6.

“Hermana Horne, voy a darle una misión, la cual comenzará cuando regrese a su hogar: la misión de enseñar la moderación entre las esposas e hijas de Israel”, le dijo Brigham. “No es correcto que dediquen tanto tiempo a la preparación de sus alimentos y al adorno de sus cuerpos, y desatiendan su educación espiritual”.

Mary Isabella se mostró reacia a asumir esa responsabilidad. Enseñar la moderación significaba alentar a las mujeres a simplificar su trabajo y su nivel de vida; pero las mujeres a menudo hallaban propósito, satisfacción y valor al preparar comidas finas y hacer ropa hermosa para ellas y sus familias. Al desafiarlas a simplificar su trabajo, Mary Isabella les estaría pidiendo que cambiaran la manera como se veían a sí mismas y sus contribuciones a la comunidad7.

Sin embargo, Brigham la instó a aceptar la misión, creyendo que esto daría a las mujeres más oportunidades de crecer espiritualmente. “Llame a las hermanas de la Sociedad de Socorro y pídales que comiencen una reforma en la alimentación y los quehaceres domésticos”, le dijo. “Deseo inspirar una sociedad cuyos miembros acepten tener un desayuno ligero y agradable por la mañana, para ellos y sus hijos, sin cocinar cuarenta tipos diferentes de alimentos”.

Aunque todavía no estaba segura de cómo llevar a cabo tal misión, Mary Isabella aceptó el llamamiento8.


En esa época, James Crockett viajó a Kirtland, Ohio, con su primo William Homer. James no era Santo de los Últimos Días, pero William acababa de terminar una misión en Europa y planeaba visitar el antiguo lugar de reunión de los santos antes de regresar a su hogar en Utah. Kirtland estaba a menos de ciento sesenta kilómetros de la casa de James y los primos decidieron hacer el viaje juntos.

En Kirtland, William quería visitar a Martin Harris, uno de los Tres Testigos del Libro de Mormón, que ahora trabajaba como el autoproclamado cuidador del templo de Kirtland. El hijo de Martin se había casado con la hermana de William y este esperaba persuadir al anciano a reunirse con su familia en el territorio de Utah.

Sin embargo, la relación de Martin con la Iglesia era tensa. Después del colapso de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland, ocurrida hacía más de treinta años, Martin se había puesto en contra de José Smith y anduvo sin rumbo de un grupo de ex Santos de los Últimos Días a otro. Cuando su esposa, Caroline, emigró con sus hijos a Utah en la década de 1850, él se negó a ir con ellos.

Al llegar a Kirtland, James y William visitaron a Martin en su cabaña. Él era un hombre pequeño, vestido humildemente, de rostro delgado y curtido y en sus ojos había una mirada de disconformidad. William se presentó como un misionero de Utah y como cuñado del hijo de Martin.

“Uno de esos ‘mormones’ brighamitas, ¿verdad?”, gruñó Martin9.

William intentó darle a Martin noticias sobre su familia en Utah, pero el anciano no pareció escucharlo. En cambio, dijo: “Quieres ver el templo, ¿verdad?”.

“Si podemos”, dijo William.

Martin recogió una llave y condujo a James y a William al templo. El exterior del edificio estaba en buenas condiciones. El revestimiento en las paredes exteriores todavía estaba intacto y el edificio tenía un techo nuevo y algunas ventanas nuevas. En el interior, sin embargo, James vio que el revestimiento se caía del techo y las paredes, y que parte de la carpintería estaba manchada y deteriorada.

Caminando de una habitación a otra, Martin testificó de los sagrados eventos que habían ocurrido en el templo, pero después de un rato se cansó y se detuvieron para descansar.

“¿Todavía cree que el Libro de Mormón es verdadero y que José Smith fue un profeta?”, le preguntó William a Martin.

El anciano pareció cobrar vida. “Yo vi las planchas. Yo vi al ángel. Oí la voz de Dios”, declaró, con su voz vibrando de sinceridad y convicción. “Bien podría dudar de mi propia existencia tanto como dudar de la autenticidad divina del Libro de Mormón o del llamamiento divino de José Smith”.

El testimonio electrizó el cuarto. Aunque James llegó a Kirtland siendo incrédulo, estaba emocionado por lo que escuchaba. En un instante, Martin pareció transformarse de un anciano amargado a un hombre de nobles convicciones, inspirado por Dios y dotado de conocimiento.

William le preguntó a Martin cómo podía dar un testimonio tan poderoso después de haber abandonado la Iglesia.

“Nunca abandoné la Iglesia”, dijo Martin. “La Iglesia me abandonó a mí”.

“¿No le gustaría volver a ver a su familia?”, preguntó William. “El presidente Young estaría muy contento de proporcionarle los medios para llevarlo a Utah”.

Martin se burló. “Él no haría nada que fuera correcto”.

“Envíele un mensaje por medio de mí”, dijo William.

Martin analizó la propuesta. “Tú, ve y habla con Brigham Young”, le dijo. “Dile que me gustaría visitar Utah, a mi familia, a mis hijos. Me complacería aceptar la ayuda de la Iglesia, pero no quiero ningún favor personal”.

William accedió a entregar el mensaje y Martin se despidió de sus visitantes. Cuando los primos salieron del edificio, James colocó las manos sobre los hombros de William y lo miró directamente a los ojos.

“Hay algo dentro de mí que me dice que el anciano dijo la verdad”, manifestó. “Sé que el Libro de Mormón es verdadero”10.


Mientras William Homer regresaba al territorio de Utah con el mensaje de Martin, los legisladores en Washington D.C. proponían nuevas leyes para fortalecer la Ley de Antibigamia de Morrill de 1862. En diciembre de 1869, el senador Aaron Cragin propuso un proyecto de ley que, entre otras cosas, les negaría a los santos su derecho a un juicio por jurado en los casos de poligamia. Más tarde ese mes, el diputado Shelby Cullom presentó otro proyecto de ley que multaría, encarcelaría y negaría la ciudadanía a los Santos de los Últimos Días que practicaran el matrimonio plural11.

El 6 de enero de 1870, tres días después de que una copia del proyecto Cullom llegara al territorio de Utah, Sarah Kimball y las mujeres de la Sociedad de Socorro del Barrio 15 de Salt Lake City se reunieron en el segundo piso de su salón de la Sociedad de Socorro para planear una protesta contra la legislación que se proponía. Ellas creían que las leyes antipoligamia violaban la libertad religiosa, atentaban contra sus conciencias y buscaban degradar a los santos.

“Seríamos indignas de los nombres que llevamos y de la sangre en nuestras venas”, dijo ella, “si permaneciéramos en silencio mientras se presenta un proyecto de ley tan infame ante la Cámara”12.

Las mujeres redactaron resoluciones para usar su influencia moral con el fin de detener los proyectos de ley. Expresaron su protesta contra los hombres que presentaron la legislación ante el Congreso y resolvieron solicitar al gobernador de Utah el derecho de las mujeres a votar en el territorio. También se acordó que enviarían a dos mujeres representantes a Washington D.C. para presionar a favor de los santos.

Una hora después del comienzo de la reunión, Eliza Snow llegó al salón para brindar su apoyo. Ella creía que las miembros de la Sociedad de Socorro tenían la responsabilidad ante sí mismas y sus familias de defender la Iglesia y su forma de vida. Con demasiada frecuencia, los críticos de la Iglesia utilizaban periódicos populares, caricaturas políticas, novelas y discursos para retratar a las mujeres de la Iglesia como víctimas pobres y oprimidas del matrimonio plural. “Debemos elevarnos en la dignidad de nuestro llamamiento y hablar por nosotras mismas”, les dijo a las mujeres13.

El clima estuvo frío y nevado la semana siguiente, pero el 13 de enero más de tres mil mujeres desafiaron los elementos y se reunieron en el antiguo tabernáculo de adobe de Salt Lake City para una “Gran reunión de protesta”, con el fin de protestar contra los proyectos de ley de Cragin y Cullom. Sarah Kimball presidió la reunión. Aparte de un puñado de reporteros, no había hombres presentes.

Una vez iniciada la reunión, Sarah se acercó al púlpito. Aunque las mujeres de toda la nación habían hablado públicamente sobre cuestiones políticas, especialmente sobre el sufragio femenino y la abolición de la esclavitud, hacer esto aún era una acción controvertida. Sin embargo, Sarah estaba decidida a dar a las mujeres Santo de los Últimos Días una voz pública. “¿Hemos transgredido alguna ley de los Estados Unidos?”, voceó ante la asamblea.

“¡No!”, exclamaron las mujeres.

“Entonces, ¿por qué estamos aquí hoy?”, preguntó Sarah. “Nos han expulsado de un lugar a otro, y ¿por qué? Simplemente por creer y practicar los consejos de Dios como se encuentran en el Evangelio del cielo”14.

Un comité de varias presidentas de la Sociedad de Socorro, entre ellas Mary Isabella Horne, Rachel Grant y Margaret Smoot, presentaron una declaración formal de protesta contra los proyectos de ley antipoligamia. “Ejercemos unidas todo poder moral y todo derecho que heredamos como hijas de ciudadanos estadounidenses”, declararon, “para evitar la aprobación de tales proyectos de ley, sabiendo que inevitablemente colocarían un estigma sobre nuestro gobierno republicano al poner en peligro la libertad y la vida de sus ciudadanos más leales y pacíficos”15.

Otras mujeres hablaron enérgicamente en la reunión. Amanda Smith describió cómo su esposo e hijo habían sido asesinados y otro hijo había sido herido en la masacre de Hawn’s Mill, tres décadas atrás. “¡Defendamos la verdad aun cuando muramos por ello!”, exclamó mientras el tabernáculo estallaba en aplausos.

Phebe Woodruff repudió a los Estados Unidos por negarles la libertad religiosa a los santos. “Si los gobernantes de nuestra nación tanto llegan a apartarse del espíritu y de la letra de nuestra gloriosa Constitución como para privar a nuestros profetas, apóstoles y élderes de la ciudadanía y los encarcelan por obedecer esta ley”, declaró, “que nos concedan esta, nuestra última solicitud: que hagan sus prisiones lo suficientemente grandes como para albergar a sus esposas, porque adonde ellos vayan, iremos nosotras también”.

Eliza Snow fue la última en hablar. “Mi deseo es que, como madres y hermanas en Israel, defendamos la verdad y la rectitud y sostengamos a quienes la predican”, dijo. “Seamos más enérgicas para mejorar nuestra mente y desarrollar esa fuerza de carácter moral que no puede ser superada sobre la faz de la tierra”16.


En los días que siguieron, los periódicos de todo el país publicaron informes completos sobre la Gran reunión de protesta17. Poco después, Deseret News hizo un informe de los discursos pronunciados en otras reuniones de protesta realizadas en asentamientos de todo el territorio. Dado que los proyectos de ley de Cragin y Cullom caracterizaban al matrimonio plural como una especie de esclavitud, muchas mujeres que hablaron en estas reuniones enfatizaron su derecho a casarse con el hombre que ellas eligieran18.

Mientras tanto, en reuniones de la legislatura territorial, Joseph F. Smith y otros miembros de la Cámara de Representantes de Utah estaban considerando el asunto de los derechos al voto de las mujeres del territorio19. Estados Unidos estaba en el proceso de otorgar el voto a todos los ciudadanos varones, incluso a los hombres anteriormente esclavizados. Sin embargo, en todo el país, solo el territorio de Wyoming permitía que las mujeres votaran, a pesar de existir un creciente movimiento nacional para dar el voto a todos los ciudadanos mayores de veintiún años20.

Varios meses antes, algunos legisladores estadounidenses habían propuesto otorgar derechos al voto a las mujeres de Utah, seguros de que votarían para prohibir el matrimonio plural. Muchos santos en el territorio, hombres y mujeres, sin embargo, apoyaron el sufragio femenino precisamente porque confiaban en que esto fortalecería la capacidad de los santos de promulgar leyes que preservaran la libertad religiosa en su propia comunidad21.

El 29 de enero de 1870, Joseph asistió a una reunión de la Escuela de los Profetas de Salt Lake City en la que Orson Pratt, Apóstol como él y uno de los principales líderes de la legislatura territorial, expresó su apoyo al sufragio femenino. Varios días después, la legislatura votó por unanimidad aprobando el proyecto de ley. Joseph entonces envió una copia oficial del proyecto de ley al gobernador en funciones, quien lo convirtió en ley22.

Si bien una nueva ley que otorgaba a las mujeres el derecho al voto fue motivo de celebración, hizo poco por calmar las inquietudes de los santos sobre los proyectos de ley antipoligamia que se estaban considerando en Washington y que el Congreso podía aprobar ya fuera que los votantes de Utah los apoyaran o no23.

A esa ansiedad se sumaba la creciente oposición a la Iglesia desde dentro del territorio. Los primos de Joseph, Alexander y David, habían partido de Utah unos meses antes, habiendo sido su misión menos exitosa de lo que ellos habían esperado24; pero William Godbe y Elias Harrison habían organizado recientemente a sus seguidores en la “Iglesia de Sion” y se habían autoproclamado los precursores de un “Nuevo Movimiento” para reformar la Iglesia y el sacerdocio25. También fundaron un periódico, Mormon Tribune, y formaron una alianza con los comerciantes de la ciudad para organizar el “Partido Liberal” a fin de combatir el dominio político de los santos en el territorio26.

En medio de esa resistencia, Joseph y otros apóstoles continuaron sosteniendo el liderazgo de Brigham Young. “Si Dios tiene alguna revelación para darle al hombre”, testificó Wilford Woodruff a la Escuela de los Profetas, “no me la dará a mí ni a Billy Godbe, sino que vendrá a través del presidente Young. Él hablará por medio de Su portavoz”27.

Algunos hombres renunciaron a su membresía de la Escuela [de los Profetas] para unirse al Nuevo Movimiento y otros, entre ellos el otrora incondicional misionero T. B. H. Stenhouse, comenzaban a vacilar28.

El 23 de marzo, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó el proyecto de ley de Cullom y lo envió al Senado para su aprobación. Tres días más tarde, al llegar las alarmantes noticias a Salt Lake City, algunos hombres de la Escuela de los Profetas temieron que el conflicto con los Estados Unidos fuera inminente.

George Q. Cannon los instó a ser precavidos. “El espíritu de lucha parece brotar fácilmente cuando las circunstancias lo provocan”, dijo. “Mantengamos la boca cerrada y no nos impliquemos hablando imprudentemente”.

Daniel Wells, consejero de la Primera Presidencia, creía que era prudente el prepararse en silencio para una lucha, pero se preguntó en voz alta si los santos no habían traído esa oposición sobre sí mismos al no vivir los principios de la cooperación. “¿Cuántos, incluso de esta escuela, están hoy comerciando con nuestros enemigos declarados en esta ciudad y sustentándolos, en lugar de sostener a los siervos de Dios en sus consejos?”, preguntó. “Arrepintámonos y hagámoslo mejor”29.

Joseph F. Smith se hizo eco de estas palabras en una carta a su hermana Martha Ann: “No tendría ninguna duda en mi mente si no fuera por el hecho de que no creo que como pueblo hayamos vivido tan cerca de Dios como deberíamos haberlo hecho”, escribió. “Puede que el Señor tenga un castigo preparado para nosotros por este motivo”30.


Cuando Mary Isabella Horne regresó a Salt Lake City, reclutó a Eliza Snow y a Margaret Smoot para que le ayudaran con su nueva misión de moderación. Invitó a unas doce presidentas de la Sociedad de Socorro a su casa y les pidió a Eliza y Margaret que trabajaran con Sarah Kimball para redactar los principios rectores de la Sociedad Cooperativa de Mujeres por la Moderación. Según las indicaciones, crearían una sociedad para ayudar a las mujeres de la Iglesia a simplificar las comidas y las modas, lo que a su vez les permitiría tener más tiempo para centrarse en el crecimiento espiritual e intelectual.

Mary Isabella creía que la moderación debía colocar a todas las mujeres en una misma posición social en toda la Iglesia. Algunas mujeres titubeaban en hacerse amigas de sus vecinas más adineradas, sintiéndose avergonzadas por no servir platos y comidas elaboradas. Mary Isabella quería que las mujeres se sintieran libres de socializar y de aprender unas de otras. Ella creía que cualquier mesa servida con pulcritud y con alimentos saludables era respetable, sin importar cuán poco atractiva y simple pareciera31.

A medida que la moderación se arraigó entre las mujeres de la Iglesia, Susie, la hija de catorce años de edad de Brigham Young, notó que las esposas de su padre se vestían de manera más sencilla y preparaban comidas menos laboriosas, pero a ella y a sus hermanas les encantaba usar vestidos adornados con elegantes cintas, botones, lazos y encajes que compraban en la tienda32.

Una noche de mayo de 1870, después de las oraciones familiares, su padre habló con algunas de sus hijas en la Casa del León acerca del inicio de una asociación por la moderación. “Me gustaría que establecieran su propia moda”, dijo Brigham. “Retírense de todo lo que es malo y sin valor, y mejoren en todo lo que es bueno y hermoso. No para ser desdichadas, sino para vivir de modo que puedan ser verdaderamente felices en esta vida y en la venidera”33.

En los días que siguieron, Eliza instruyó a las mujeres jóvenes sobre los principios de la moderación y les pidió que quitaran los adornos innecesarios de su ropa. El resultado fue cualquier cosa menos elegante. Donde antes había cintas y lazos, ahora había zonas de tela sin decolorar. Si se suponía que la moderación las haría verse diferentes del resto del mundo, estaban teniendo éxito34.

Aun así, Susie y sus hermanas entendieron que la moderación, al igual que la cooperación, debía dar a los santos un nuevo modelo de vida, liberándolos de los caprichos y las modas que los distraían, a fin de que pudieran vivir los mandamientos con todo su corazón35.

Pocos días después de reunirse con su padre, algunas de las hermanas de Susie organizaron el Primer Departamento de Mujeres Jóvenes de la Asociación Cooperativa de Mujeres por la Moderación. Siendo bienvenidas las mujeres jóvenes casadas y solteras por igual, decidieron vestirse modestamente, apoyarse y sostenerse mutuamente en buenas obras y ser buenos ejemplos para el mundo. Ella Empey, una de las hermanas casadas de Susie, fue elegida como presidenta, y Susie fue presentada al día siguiente como la reportera general de la sociedad36.

“Por cuanto la Iglesia de Jesucristo es comparada a una ciudad asentada sobre una colina para ser un faro de luz para todas las naciones”, resolvieron, “es nuestro deber ser ejemplos a los demás, en lugar de tratar de tomar a ellos como modelos”37.