Historia de la Iglesia
22 Como brasas de fuego viviente
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“Como brasas de fuego viviente”, capítulo 22 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2019

Capítulo 22: “Como brasas de fuego viviente”

Capítulo 22

Como brasas de fuego viviente

Estaba anocheciendo sobre Washington D.C., el 5 de junio de 1863, cuando T. B. H. Stenhouse se reunió con el presidente Abraham Lincoln. Stenhouse, un editor de Escocia de treinta y nueve años, era un Santo de los Últimos Días muy respetado a ambos lados del Atlántico.

De joven, había servido misiones en Inglaterra, Italia y Suiza. Más tarde, fue líder de los misioneros en el este de los Estados Unidos y escribió artículos para el New York Herald y Deseret News. Él y su esposa, Fanny, eran muy queridos entre los santos de Salt Lake City, y a menudo los presentaban a los visitantes distinguidos que llegaban al valle1.

Al reunirse con Lincoln, Stenhouse quería evaluar cuán dispuesto estaba el presidente a permitir que los santos se gobernaran a sí mismos. Pocas personas en Utah esperaban que Lincoln aplicara la nueva ley antibigamia. Para condenar a un miembro de la Iglesia por bigamia, los fiscales tendrían que demostrar que se había celebrado un matrimonio plural, tarea casi imposible, dado que los matrimonios se efectuaban en privado en la Casa de Investiduras y los funcionarios públicos no tenían acceso a sus registros. Es más, era poco probable que los fiscales de Utah condenaran a alguien por bigamia mientras los miembros de la Iglesia formaran parte de los jurados2.

Sin embargo, muchos santos estaban enojados por los hombres que Lincoln había nombrado para gobernarlos en Utah. Cuando Alfred Cumming renunció en 1861, tras haber reemplazado a Brigham Young como gobernador en 1858, él ya se había hecho amigo de los santos. El gobernador que Lincoln seleccionó para reemplazarlo, John Dawson, perdió rápidamente el favor de los santos cuando intentó detener la petición para obtener la condición de estado en 18623. El hombre que Lincoln designó a continuación, Stephen Harding, era originario de Palmyra, Nueva York, y había conocido a José Smith en su juventud. A pesar de esta conexión, Harding ofendió rápidamente a los santos cuando intentó darle fuerza a la ley antibigamia al proponer leyes que impidieran que los miembros de la Iglesia formaran parte de los jurados4.

El presidente escuchó a Stenhouse. Bromeó sobre no recordar el nombre del gobernador Harding y expresó su esperanza de que los funcionarios que había enviado a Utah se comportaran mejor.

Aun así, la Guerra Civil de Estados Unidos había entrado en su tercer año sangriento, y el rostro de Lincoln lucía arrugado y agobiado. Tratando de cambiar el rumbo de la guerra, recientemente había emitido una proclamación que liberaba a los esclavos en todos los estados del sur y permitía a los negros unirse al Ejército de los Estados Unidos. Sin embargo, el ejército del Sur acababa de derrotar a las fuerzas federales en una batalla grande y costosa a unos cien kilómetros al sudoeste de Washington, ocasionándole problemas más importantes que resolver que las disputas entre los santos y los funcionarios del gobierno5.

“En mis días de juventud”, le dijo Lincoln a Stenhouse, “estaba arando una parcela de tierra recién despejada y mientras lo hacía me encontré con un gran tronco. No podía arar sobre él, porque era demasiado alto, y era tan pesado que no podía correrlo y tan húmedo que no podía quemarlo. Me quedé parado y lo miré y lo estudié, y finalmente decidí arar alrededor de él”6.

“Usted regrese”, continuó el presidente, “y dígale a Brigham Young que si él me deja en paz, yo lo dejaré en paz”7.

No mucho después, Lincoln destituyó al gobernador Harding y designó a un político más moderado para que ocupara su lugar8.


El siguiente mes de enero, Alma Smith, de treinta y tres años, recibió una carta de la isla de Lanai. La breve carta urgente estaba firmada por seis miembros de la Iglesia en Hawái. Entre ellos se encontraba Solomona, un élder que había sido apartado como líder de la Iglesia en Lanai cuando Alma y todos los demás misioneros de Utah abandonaron Hawái en 18589.

Alma leyó la carta, traduciendo cuidadosamente las palabras hawaianas al inglés. “El asunto sobre el que deseamos escribirle”, decía, “tiene que ver con nuestro profeta que vive aquí, Walter M. Gibson. ¿Es verdad que él es nuestro líder?”10.

No era una sorpresa el que Walter Gibson estuviera en Lanai; pero la palabra “profeta” era alarmante. La Primera Presidencia había enviado al conocido aventurero en una ambiciosa misión a Japón y otras naciones de Asia en el océano Pacífico en 1861. Poco tiempo después, este les notificó que él y su hija, Talula, se habían establecido con los santos en Lanai11.

Desde entonces, Walter había mantenido informado a Brigham Young acerca del prometedor crecimiento de la misión y sobre el asentamiento de Lanai. Un informe de 1862 de un periódico hawaiano, reimpreso en Deseret News, no tenía más que elogios por el trabajo de Walter entre los santos de Hawái12. Sin embargo, ¿por qué los santos de allí lo llamaban su profeta? Walter era un misionero, nada más.

Alma continuó leyendo. La carta decía que Walter rechazaba la autoridad de Brigham Young y que había establecido su propia forma de sacerdocio en la isla. “Ha ordenado un cuórum de doce apóstoles, también un cuórum de setentas, varios obispos y sumos sacerdotes”, escribían Solomona y los otros santos. “Los certificados de las ordenaciones solo podían obtenerse mediante el pago de dinero, y si no se pagaba el monto, el candidato no era ordenado”13.

La forma como Walter administraba las tierras de la Iglesia también era preocupante. Con donaciones de los santos hawaianos, había comprado un terreno a su nombre que ahora reclamaba como suyo. “Gibson dice que esa tierra no es para la Iglesia, y que los hermanos no tienen ningún derecho o título sobre ella”, informaron los santos de Hawái. “Le pertenece solo a él”.

Los santos instaban a Alma a que le mostrara la carta a Brigham Young. “Estamos muy sorprendidos con este extranjero”, escribieron. “Desconfiamos mucho de él”14.

Alma le llevó la carta a Brigham, quien se la leyó al Cuórum de los Doce el 17 de enero de 1864. Los Apóstoles acordaron que tenían que tomar medidas inmediatas. Walter se había erigido como profeta, había malversado tierras de la Iglesia y oprimía a los santos hawaianos.

“Quiero que dos de los Doce se lleven a varios de los jóvenes hermanos que han estado allí antes”, dijo Brigham, “y vayan a las islas y pongan las capillas en orden”15.

Eligió a los apóstoles Ezra Benson y Lorenzo Snow para dirigir la misión. Luego le pidió a Alma Smith y a otros dos exmisioneros que sirvieron en Hawái, Joseph F. Smith y William Cluff, que fueran a ayudarles16.

“Hagan lo que sea necesario”, les encargó17.


En la mañana del 31 de marzo de 1864, una goleta que llevaba a los dos apóstoles y a los tres misioneros ancló en el puerto exterior de Lahaina, Maui, en las islas de Hawái. Mientras Joseph F. Smith permanecía en cubierta con el equipaje del grupo, echaron un bote pequeño al agua y Ezra Benson, Lorenzo Snow, William Cluff, Alma Smith y el capitán del barco lo abordaron y se dirigieron a la costa.

En la distancia, más cerca de la playa, grandes olas se alzaban peligrosamente sobre el arrecife. Habiendo entrado y salido por ese puerto muchas veces como misionero, William Cluff se preocupó de que las aguas parecían estar demasiado agitadas para ir en bote, pero el capitán le aseguró que no había nada que temer si se mantenían en su curso.

Momentos después, una enorme ola golpeó el bote, levantando su extremo posterior fuera del agua. El bote aceleró rápidamente hacia el arrecife, donde lo golpeó otra ola que levantó su parte posterior tan alto que los remos ya no tocaban el agua. Cuando la ola rompió, el bote giró y se volcó, hundiendo a los hombres en el agitado oleaje18.

Por un momento, no hubo señales de los pasajeros. Entonces William, Ezra y Alma salieron a la superficie, boqueando en busca de aire y nadaron hasta el bote volcado. Los hombres miraron a su alrededor buscando a Lorenzo y al capitán, pero no estaban a la vista.

Algunos hawaianos vieron el accidente desde la costa e inmediatamente acudieron al rescate. Mientras algunos rescatistas sacaban a William, Ezra y Alma fuera del agua, otros se zambulleron a buscar a los dos hombres desaparecidos. Los buzos rápidamente encontraron al capitán tendido en el fondo del mar, pero todavía no había señales de Lorenzo.

De repente, William vio a un hombre hawaiano nadando hacia el bote, arrastrando el cuerpo de Lorenzo tras él. Dieron vuelta al bote y William y Alma sacaron al apóstol del agua y lo colocaron boca abajo sobre sus rodillas. Su cuerpo estaba frío y rígido; no estaba respirando.

Cuando llegaron a la orilla, William y Alma llevaron a Lorenzo a la playa, lo acostaron sobre el lado curvo de un barril y lo hicieron rodar hacia adelante y hacia atrás hasta que le salió el agua por la boca. Luego le frotaron los brazos y el pecho con un aceite que olía fuerte y lo hicieron rodar sobre el barril una vez más para asegurarse de que toda el agua hubiera salido. Lorenzo todavía no mostraba señales de vida.

“Hemos hecho todo lo que se puede hacer”, dijo uno de los hombres de la costa que los habían ayudado. “Es imposible salvar a su amigo”.

Ni William ni Alma estaban dispuestos a creer que Dios había llevado a Lorenzo hasta Hawái solo para dejarlo morir. De pequeño, el mismo Alma casi había muerto cuando un populacho atacó a su familia en Hawn’s Mill, Misuri. El populacho había matado a su padre y a su hermano y le había disparado en la cadera, destruyendo totalmente la articulación. Casi se había desangrado hasta morir en la herrería llena de humo donde yacía herido, pero su madre había clamado a Dios por ayuda y el Espíritu le mostró cómo curar su herida19.

Actuando por fe, William y Alma intentaron una vez más revivir a Lorenzo. Por la mente de William cruzó el pensamiento de que debía colocar su boca sobre la de Lorenzo y soplar tan fuerte como pudiera dentro de los pulmones del apóstol. Sopló alternadamente, una y otra vez, hasta que oyó un leve jadeo en la garganta de Lorenzo. El sonido lo animó, y volvió a soplar hasta que el jadeo se convirtió en un gemido.

“¿Cuál es el problema?”, susurró Lorenzo al fin.

“Te has ahogado”, dijo William. Le preguntó al apóstol si lo reconocía.

“Sí, hermano William, sabía que no me abandonarías”, respondió. “¿Están todos los hermanos a salvo?”.

“Hermano Snow”, dijo William, “estamos todos a salvo”20.


El domingo siguiente, Joseph F. Smith acompañó a sus compañeros en el viaje al asentamiento de la Iglesia en Lanai. Cuando llegaron, algunos santos hawaianos reconocieron a los antiguos misioneros y les dieron la bienvenida con expresiones de amor21.

Walter se encontró con los apóstoles y los misioneros en la puerta de su gran casa con techo de paja. No los estaba esperando, y su mirada era ansiosa e inquisitiva. Les estrechó la mano con frialdad y los presentó a su hija, Talula, que tenía unos veinte años. Luego los hizo pasar a su casa y sirvió un gran desayuno con batatas, carne de cabra hervida y otros alimentos. Todo el tiempo su actitud fue distante y formal22.

Después del desayuno, Walter llevó a los hombres a su reunión del sábado con los santos hawaianos. Un “obispo supremo”, con vestimenta muy elaborada, hizo sonar una campana para reunir a la congregación. A medida que los santos entraban, quince o veinte hombres jóvenes con guirnaldas de flores y hojas verdes se sentaron en un banco al frente del centro de reuniones. Luego, diecisiete niños y diecisiete niñas, cada uno de ellos vestido con un uniforme, se sentaron cerca de una mesa donde el obispo estaba sentado con los hombres que Walter había apartado como apóstoles.

Cuando Walter entró en la sala, la congregación se puso de pie y se inclinó reverentemente mientras él pasaba junto a ellos y se sentaba a la cabecera de la mesa. Después de la primera oración, se levantó y reconoció a los cinco visitantes de Utah. “No sé para qué han venido”, dijo, “pero tal vez nos lo dirán”.

“Esto diré”, agregó. “He venido aquí entre ustedes, les compré tierras, y aquí permaneceré inamovible, ¡y en esto no cederé!”23.

Durante los dos días siguientes, los apóstoles se reunieron en privado con Walter. Se enteraron de que sus fechorías iban mucho más allá de vender las ordenaciones del sacerdocio24. Era tan extraño que no se podía creer.

Cuando Walter llegó a Lanai, vio la oportunidad de comenzar con el vasto imperio del Pacífico que hacía mucho tiempo soñaba con establecer25. Persuadió a los santos hawaianos a que le donaran su ganado y sus propiedades personales para poder comprar tierras en la isla26. Inspirando a los santos con su sueño de un imperio, organizó una milicia en la isla y entrenó a sus miembros para invadir otras islas. También envió misioneros a Samoa y a otras islas polinesias para preparar esas tierras para su gobierno.

La gente no tardó en tratarlo como a un rey. Nadie entraba en su casa para hablar con él a menos que lo hiciera sobre las manos y de rodillas. Para inspirar asombro, él designó una gran roca ahuecada cercana a su casa como la piedra angular de un templo. Colocó un Libro de Mormón y otros documentos en la roca, la cubrió con maleza y les advirtió a los santos que serían castigados si se acercaban.

Cuando los apóstoles y los misioneros terminaron su investigación, Ezra Benson y Lorenzo Snow reunieron a todos los santos para hablar del futuro de Walter como líder. Con Joseph actuando como traductor, Ezra condenó la toma de tierras de la Iglesia por parte de Walter y los abusos de la autoridad del sacerdocio.

“Es nuestro deber suspenderlo”, declaró Ezra, “y si no cambia lo que está haciendo y se arrepiente, tendremos que excomulgarlo de la Iglesia”27.

Walter le susurró algo a Talula, y ella rápidamente buscó una pila de papeles adornados con sellos y cintas. “Caballeros, aquí está mi autoridad”, dijo, señalando tres firmas al final de una página. “No podrán evitar reconocer los nombres de Brigham Young y sus dos consejeros aquí”.

Lorenzo leyó el documento. Era una simple licencia misional para predicar el Evangelio a las islas del mar. “Este documento no lo designa para presidir la Misión Hawaiana”, dijo Lorenzo. “Usted ha asumido esa autoridad”28.

“Yo he visto al presidente Young”, dijo Walter. “Puso sus manos sobre mí y me bendijo, y Dios Todopoderoso derramó poderosamente Su Espíritu sobre mí, antes de que lo viera, cuando estuve en esa prisión, y me reveló que tenía una obra grande y poderosa que realizar”.

Walter habló rápidamente, suplicando fervientemente a los hawaianos que estaban en la habitación. “Soy su patriarca”, dijo él. “Estos hombres han venido a tomar la tierra de ustedes y llevarse sus ganancias. ¿Es eso amor? ¿Quién los ama? ¿No soy yo? Entonces, ¿quiénes son mis hijos y mis amigos? ¡Que se pongan de pie!”.

Joseph F. Smith observó a la congregación. Las palabras de Walter los habían conmovido y casi todos se pusieron de pie. La tristeza llenó el corazón de Joseph y ensombreció sus esperanzas en cuanto al asentamiento29.


Walter fue extrañamente amable con los cinco hombres después de la reunión. Cuando decidieron irse de la isla la noche siguiente, él les ofreció caballos para ir a la playa y que utilizaran su bote personal y una tripulación para que los llevaran de regreso a Maui. También le entregó a Ezra Benson un lindo bastón y $9,75 dólares estadounidenses, que era todo el dinero que tenía en su bolsillo. Sin embargo, se negó rotundamente a entregar su licencia para predicar o la tierra que les había quitado a los santos30.

Después de dejar Lanai, Ezra Benson y Lorenzo Snow regresaron a Utah, dejando a Joseph F. Smith para presidir la Misión Hawaiana. Como los misioneros no podían recuperar legalmente la tierra que Walter les había quitado a los santos, decidieron reavivar la fe en las otras islas. Joseph asignó a Alma Smith para que trabajara en Maui y la Isla Grande de Hawái mientras él trabajaba en Oahu y William Cluff en Kauai31.

Algunos santos se lamentaron de haber apoyado a Walter. Jonathan Napela, quien había ayudado a George Q. Cannon a traducir el Libro de Mormón, había servido como presidente de los doce apóstoles de Walter durante los últimos dos años, pero se sintió engañado cuando se dio cuenta de que Walter nunca había tenido la autoridad para ordenarlo a ese oficio32.

Napela comenzó a reunirse con los santos en Maui. La mayoría de ellos estaban desilusionados con Walter. Él había vendido la mayoría de sus centros de reuniones y les había prohibido adorar juntos, predicar el Evangelio, leer las Escrituras y orar en familia. Como resultado, estaban espiritualmente débiles y desanimados por todo lo que Walter les había quitado33.

Alma también pasó gran parte de su tiempo recorriendo el pedregoso terreno de montaña para visitar a los santos dispersos. A comienzos del verano, pudo ver que la influencia de Walter estaba disminuyendo. Más santos se estaban yendo de Lanai, y llegaban a Maui a menudo con poco más que la ropa que llevaban puesta. Sin embargo, el tiempo que habían pasado con Walter había desgastado su fe y pocos miembros de la Iglesia guardaban sus convenios bautismales cuando regresaron.

“No podemos ver que el Evangelio les haya beneficiado siquiera un ápice, ¡porque ninguno de ellos lo ha vivido!”, se quejó Joseph en un informe a Brigham Young. “Con nuestros ejemplos constantemente ante ellos y nuestras enseñanzas resonando en sus oídos sería de esperar que algunos mejoren, pero no es así”34.

Brigham aconsejó a Joseph y a los otros misioneros estadounidenses que regresaran a casa si el Espíritu los inspiraba a hacerlo. Él creía que los santos hawaianos eran, en última instancia, responsables de su propio crecimiento espiritual. “Me parece que ustedes podrán dejar los asuntos de la misión en manos de los hermanos nativos”, le escribió a Joseph y a los demás misioneros. Los santos hawaianos habían recibido el Evangelio y el sacerdocio muchos años antes y tenían todos los recursos necesarios para dirigir la Iglesia por sí mismos35.

Para cuando el consejo de Brigham llegó a Hawái, la actitud de Joseph hacia los santos hawaianos se había suavizado. “No sentimos deseos de abandonar la misión”, le escribió a Brigham. Sin embargo, lo que sí quería era disminuir la cantidad de misioneros estadounidenses en las islas y llamar a varios élderes hawaianos para presidir las diversas islas de la misión.

Joseph anunció el cambio en octubre y llamó a hawaianos a los puestos de liderazgo en una conferencia de toda la misión realizada en Honolulú. Después de Joseph, habló Kaloa, un élder hawaiano, quien testificó de su determinación de servir en la Iglesia. “Yo era un niño cuando estos hermanos vinieron por primera vez a las islas”, dijo. “Ahora soy un hombre. Ya no seamos niños, sino hombres de fe y buenas obras”.

Napela entonces se levantó e instó a los santos a ser rectos. “Fuimos engañados y nos dejamos llevar por las astutas palabras de Gibson y, por lo tanto, hemos quebrantado los sagrados convenios que habíamos hecho”, dijo. “Pero ahora nos hemos desengañado; por lo tanto, renovemos nuestros convenios y seamos fieles”.

Kanahunahupu, otro élder hawaiano, también testificó. “Las palabras que se han pronunciado hoy”, dijo, “son como brasas de fuego viviente”36.


Al final de la conferencia, Joseph F. Smith y William Cluff anunciaron que pronto regresarían a Utah. Unas semanas más tarde, Brigham le notificó a Joseph que tenía la intención de llamar a Francis Hammond, el antiguo líder de misión de Joseph en Hawái, para reemplazarlo37.

Desde que habían perdido el asentamiento de Lanai, Joseph y los otros misioneros habían estado buscando un nuevo lugar para reunir a los santos. En el verano, habían encontrado un lugar en la Isla Grande de Hawái que parecía prometedor, pero el costo era más alto de lo que los santos de Hawái podían pagar.

Además, después del fracaso del asentamiento de Lanai, muchos santos se mostraban reacios a arriesgar más dinero en otro lugar de recogimiento. Las familias querían el nuevo asentamiento en su isla y cerca de su hogar38.

Sin embargo, después de la conferencia de otoño, Brigham Young autorizó a los líderes de la misión a comprar tierras con dinero de la Iglesia39. Indecisos sobre la extensión de tierra en la Isla Grande, Joseph y William continuaron buscando posibles lugares de recogimiento para recomendarle a Francis mientras recorrían las ramas de Kauai y Oahu por última vez.

Un día en Oahu, mientras Joseph y William visitaban una pequeña rama cercana a una plantación llamada Laie, William salió a caminar solo. La plantación estaba situada en un terreno de dos mil cuatrocientas hectáreas ubicado en la base de altas montañas boscosas a lo largo de la costa noreste de la isla. A diferencia del asentamiento de Lanai, Laie tenía buen acceso al agua.

Sintiéndose deprimido y algo solitario, William se arrodilló en un área de matorrales para orar. Cuando se levantó, sintiéndose todavía desanimado, encontró un camino que serpenteaba a través de parcelas de hierba y densa vegetación. Lo recorrió por cierta distancia cuando, para su sorpresa, tuvo una visión de Brigham Young caminando por el sendero.

William lo saludó como si realmente estuviera allí y se sentaron en el pasto. Brigham comentó sobre la belleza de la plantación, el rico suelo, las verdes montañas y las olas que rompían suavemente en la playa. “Este es un lugar de lo más encantador”, dijo él al final. “Hermano William, este es el lugar que queremos adquirir como sede de esta misión”.

Acto seguido, William se encontró solo, maravillado y asombrado; sintiéndose seguro de haber encontrado el lugar de recogimiento adecuado para los santos hawaianos40.