Restauración e Historia de la Iglesia
32 “Yo lo sacaré de tinieblas a luz”

“Yo lo sacaré de tinieblas a luz”, capítulo 32 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815–1846 (2018)

Capítulo 32: “Yo lo sacaré de tinieblas a luz”

Capítulo 32

Commerce: Saints: The Standard of Truth

“Yo lo sacaré de tinieblas a luz”

Hacia mediados de noviembre de 1838, los santos de Far West sufrían hambre y las inclemencias del clima. La milicia de Misuri había destruido casas y agotado la mayoría de las provisiones de alimentos de la ciudad. Los cultivos que quedaban en el campo estaban congelados1.

El general John Clark, que reemplazaba al general Lucas como comandante de las fuerzas de Misuri desplegadas en Far West, no era más compasivo con los santos que su antecesor2. Los acusaba de ser los agresores y desobedecer la ley. “Ustedes han ocasionado que les sobrevengan estas dificultades por ser rebeldes y no sujetarse a las leyes”, les dijo.

Puesto que ya casi llegaba el invierno, el general Clark accedió a permitir que los santos permanecieran en Far West hasta la primavera; no obstante, los exhortó a que partieran tras la llegada de esta. Además, les advirtió: “Nunca más se organicen con obispos y presidentes, no sea que despierten los celos de la gente y queden sujetos a las mismas calamidades que les han sobrevenido ahora3.

Las condiciones en Hawn’s Mill eran todavía peores; el día posterior a la masacre, el populacho ordenó a los santos que salieran del estado o se les asesinaría. Amanda Smith y otros sobrevivientes querían irse, pero la turba les había robado caballos, ropa, alimentos y otros artículos que ellos necesitaban para realizar el largo viaje. Muchos de los heridos, como Alma, el hijo de Amanda, no estaban en condiciones de trasladarse a tanta distancia4.

Las mujeres del asentamiento efectuaron reuniones de oración y pidieron al Señor que sanara a sus heridos. Cuando los miembros del populacho se enteraron de dichas reuniones, amenazaron con arrasar el asentamiento si las mujeres continuaban haciéndolas. Tras ello, las mujeres oraban con discreción e intentaban angustiosamente no llamar la atención mientras se preparaban para partir.

Después de un tiempo, Amanda mudó a su familia de la tienda de campaña a una cabaña5. Aunque seguía afligida por su esposo e hijo asesinados, tenía cuatro hijos pequeños que cuidar ella sola. Le preocupaba quedarse demasiado tiempo en Hawn’s Mill mientras se recuperaba su hijo; no obstante, aun cuando ella y sus hijos pudieran partir, ¿adónde irían?

Aquella era la pregunta que se planteaban los santos de toda la región norte de Misuri, puesto que temían que la milicia ejecutara la orden de exterminio del gobernador si no partían al llegar la primavera. Pero sin líderes que los guiaran, no tenían idea alguna de cómo realizar el viaje de salida de Misuri, ni de adónde congregarse después de hacerlo6.


Mientras los santos se preparaban para dejar Far West, Phebe Woodruff se hallaba en cama en una posada del camino, en la región occidental de Ohio, ya que padecía de fuertes dolores de cabeza y de fiebre. Ella y Wilford habían viajado en dirección oeste durante dos meses con los santos de las islas Fox, vadeando en la nieve y la lluvia para llegar a Sion. Muchos de los niños habían enfermado, incluso Sarah Emma, su hija7. Dos familias ya habían abandonado la compañía, convencidas de que no podrían llegar a Sion ese invierno8.

Antes de detenerse en la posada, Phebe había empeorado mucho con cada sacudida violenta que daba el carromato al avanzar por el accidentado camino9. Un día, después de que casi había dejado de respirar, Wilford había detenido la compañía para que se recuperase.

Phebe estaba segura de que estaba agonizando. Wilford la bendijo e intentó todo para aliviar su sufrimiento, pero la fiebre empeoró. Finalmente, ella llamó a Wilford a su lado, le testificó del evangelio de Jesucristo y lo instó a tener fe en medio de las pruebas. Al día siguiente, dejó de respirar por completo y sintió que su espíritu abandonaba su cuerpo10.

Phebe observó mientras Wilford bajaba la mirada para contemplar el cuerpo sin vida, y vio que dos ángeles entraban en el cuarto. Uno de ellos le dijo que tenía que tomar una decisión; podía ir con ellos a descansar en el mundo de los espíritus, o regresar a la vida y sobrellevar las pruebas venideras.

Phebe sabía que si se quedaba, el camino no sería sencillo. ¿Deseaba regresar a su agobiada vida con un futuro incierto? Vio el semblante de Wilford y de Sarah Emma, y se decidió rápidamente.

“Sí —dijo—, ¡lo haré!”.

Al mismo tiempo que Phebe tomó la decisión, la fe de Wilford se vio renovada; la ungió con aceite consagrado, colocó las manos sobre su cabeza y reprendió el poder de la muerte. Al finalizar, Phebe respiraba de nuevo. Abrió los ojos y vio cómo los dos ángeles salían del cuarto11.


En Misuri, José, Hyrum y los demás prisioneros que estaban en la cárcel de Liberty se acurrucaban juntos, en un intento por mantenerse calientes. Gran parte del húmedo y pequeño calabozo se hallaba bajo tierra, rodeado de muros de piedra y maderos de 1,20 m de espesor. Dos ventanas pequeñas cerca del cielorraso permitían el ingreso de algo de luz, pero no contribuían mucho a eliminar el rancio hedor de la mazmorra. Algunas pilas de paja sucia que se hallaban en el piso de piedra hacían las veces de camas de los prisioneros, y cuando estos estaban tan desesperados como para comer la repugnante comida que les daban, los alimentos en ocasiones les causaban vómitos12.

Emma visitó a José a principios de diciembre y le transmitió novedades sobre los santos de Far West13. Cuando José oyó en cuanto sus sufrimientos, se indignó más con quienes lo habían traicionado. Dictó una carta para los santos en la que criticaba la traición de esos hombres y los instaba a perseverar.

“Sion sobrevivirá, aunque parezca estar muerta —les aseguró—. El propio Dios de paz estará con ustedes y preparará una vía para que escapen del adversario de sus almas”14.

En febrero de 1839, la esposa de Hyrum, Mary, y la hermana de esta, Mercy, visitaron a los prisioneros junto con el hijo recién nacido de Hyrum, Joseph F. Smith. Mary no había visto a Hyrum desde antes de dar a luz, en noviembre. El parto y un fuerte resfriado la habían dejado demasiado débil como para viajar hasta Liberty. No obstante, Hyrum le había pedido que viniera; además, Mary ignoraba si tendría otra oportunidad de verlo15.

Ya en la cárcel, el guardia abrió la trampilla y las mujeres bajaron al calabozo para permanecer aquella noche con los prisioneros. Luego cerró la puerta del techo y la aseguró con un pesado candado16.

Nadie durmió mucho esa noche. El ver a José, a Hyrum y a los demás prisioneros demacrados, delgados y sucios en su estrecho lugar de morada dejó atónitas a las mujeres17. Hyrum tomó en brazos a su hijo recién nacido y habló en voz baja con Mary. Tanto él como los demás prisioneros estaban nerviosos; el carcelero y los guardias siempre estaban en alerta, puesto que se hallaban seguros de que José y Hyrum conspiraban para escapar.

A la mañana siguiente, Mary y Mercy se despidieron de los prisioneros y subieron para salir de la mazmorra. Mientras los guardias las escoltaban a la salida, las bisagras de la trampilla chirriaron conforme esta se cerró de un portazo18.


Durante ese invierno, en Far West, Brigham Young y Heber Kimball recibieron una carta de José. “La administración de los asuntos de la Iglesia recae sobre ustedes, es decir, los Doce”, dijo José. Les indicó que designaran Presidente del Cuórum al de mayor edad de los primeros Apóstoles, en reemplazo de Thomas Marsh19. David Patten era el mayor, pero había fallecido después de que le dispararan en Crooked River, lo que significaba que Brigham, que en ese momento tenía treinta y siete años, habría de dirigir a los santos en su partida de Misuri.

Brigham ya había solicitado la ayuda del sumo consejo de Misuri para mantener el orden en la Iglesia y tomar decisiones en ausencia de José20. Sin embargo, restaba más por hacer.

El general Clark había dado tiempo a los santos para abandonar el estado en la primavera, pero ya había populachos armados que recorrían a caballo la ciudad y prometían matar a cualquiera que estuviese allí para fines de febrero. Aterrados, muchos de los santos que tenían los recursos habían partido tan pronto como les había sido posible, dejando que los pobres se las ingeniaran solos21.

El 29 de enero, Brigham instó a los santos de Far West a concertar un convenio para ayudarse mutuamente a evacuar el estado. Les dijo: “Jamás dejaremos a los pobres hasta que estén fuera del alcance de la orden de exterminio”.

Para garantizar que se atendiera a todos los santos, Brigham y los demás líderes de Far West formaron un comité de siete hombres para que dirigiese la evacuación22. El comité recaudó donativos y artículos para los pobres, e hizo una minuciosa evaluación de las necesidades de los santos. Varios hombres exploraron los caminos para cruzar el estado, prefiriendo en su mayoría los que ya estaban bien establecidos y evitando las zonas hostiles a los santos. Todas las rutas escogidas confluían en el río Mississippi, en la frontera oriental del estado, a 260 km de distancia.

Así pues, determinaron que el éxodo para partir de Misuri comenzaría de inmediato23.


A principios de febrero, Emma dejó Far West con sus cuatro hijos: Julia, de ocho años; Joseph III, de seis; Frederick, de dos; y Alexander, de siete meses de edad24. Casi todas las pertenencias de ella y José habían sido robadas o abandonadas en Far West, de modo que viajó con algunos amigos que proveyeron un carromato y caballos para la travesía. También llevó consigo importantes documentos de José25.

La familia viajó a lo largo de las tierras congeladas de Misuri durante más de una semana. Por el camino, murió uno de sus caballos. Al llegar al Mississippi, descubrieron que el crudísimo invierno había creado una capa de hielo a lo ancho del amplio río. No era posible que ningún transbordador navegara, pero el hielo era apenas lo bastante grueso como para que el grupo lo cruzase a pie.

Con Frederick y Alexander en brazos, Emma posó los pies en el hielo; el pequeño Joseph se asió de un lado de su falda, mientras Julia se aferró fuertemente del otro. Los tres anduvieron con cuidado la senda resbalosa, hasta que, por fin, alcanzaron la distante orilla opuesta26.

Al estar a salvo, fuera de Misuri, Emma halló que las personas de la cercana ciudad de Quincy, Illinois, eran más bondadosas de lo que había esperado; estas ayudaron a los santos a cruzar el río congelado, les donaron alimentos y ropa, y proporcionaron techo y empleo a quienes más padecían necesidades27.

“Aún estoy viva y sigo dispuesta a padecer más, si es la voluntad del buen cielo que así sea, por causa de ti”, escribió Emma a su esposo poco después de su llegada. Los hijos también estaban bien, con la salvedad de que Frederick se hallaba enfermo.

“Nadie salvo Dios conoce los pensamientos de mi mente y los sentimientos de mi corazón al dejar nuestro hogar y casa, y casi todo lo que poseíamos, a excepción de nuestros hijitos, y emprender el viaje para salir del estado de Misuri, dejándote encerrado en esa cárcel solitaria”, manifestó Emma.

Aún así, confiaba en la justicia divina y esperaba ver días mejores. “Si Dios no recuerda nuestros sufrimientos y venga nuestros agravios sobre la cabeza de los culpables, entonces estoy equivocada”, escribió28.


Mientras los santos huían de Misuri, la herida de Alma Smith impedía que su familia abandonara Hawn’s Mill. Amanda cuidaba a su hijo y continuaba confiando en que el Señor le sanaría la cadera.

“¿Crees que el Señor puede hacerlo, mamá?”, le preguntó Alma cierto día.

“Sí —hijo mío—, respondió. Él me lo ha mostrado todo en una visión”29.

Con el tiempo, los del populacho cercano al asentamiento se tornaron más hostiles y fijaron una fecha límite para que partieran los santos. Cuando llegó el día indicado, la cadera de Alma aún no había cicatrizado y Amanda se negó a partir. Temerosa, pero con grandes deseos de orar en voz alta, se ocultó tras un fardo de cañas de maíz y rogó fortaleza y ayuda al Señor. Al terminar la oración, le habló una voz y le repitió un verso de un himno que le era familiar:

Al alma que anhele la paz que hay en mí,

no quiero, no puedo dejar en error;

yo lo sacaré de tinieblas a luz,

y siempre guardarlo, y siempre guardarlo, y siempre guardarlo con grande amor30.

Aquellas palabras fortalecieron a Amanda, que sintió como si nada pudiera hacerle daño31. Poco después, mientras recogía agua en un arroyo, oyó que sus hijos gritaban en la casa. Aterrorizada, se apresuró hasta la puerta, solo para ver que Alma corría por la sala.

“¡He sanado, mami, he sanado!”, exclamó. Se había formado un cartílago flexible en el lugar de la cadera, lo que le permitía caminar.

Ahora que Alma podía hacer el viaje, Amanda empacó todo lo de su familia, fue a la casa del hombre de Misuri que le había robado el caballo y le exigió el animal. Este le dijo que se lo devolvería si pagaba cinco dólares como indemnización por haberlo alimentado.

Amanda lo ignoró, entró en el jardín, tomó su caballo y partió hacia Illinois con sus hijos32.


Puesto que cada día más santos dejaban Far West, a Drusilla Hendricks le preocupaba que ella y su familia quedaran solos. Isaac Leany, otro santo —que había recibido cuatro disparos en Hawn’s Mill— le aseguró que ellos no la abandonarían. No obstante, Drusilla ignoraba cómo realizaría el viaje su esposo.

James aún estaba paralizado debido a la lesión en el cuello que le habían infligido en Crooked River. Cuando terminó la batalla, Drusilla lo había encontrado tendido entre los demás hombres heridos, en la casa de un vecino. Aunque estaba sobrecogida de pesar, había recobrado la compostura y había llevado a James a casa, donde probó varios tratamientos para que recuperara la sensibilidad en los miembros; sin embargo, nada parecía de ayuda.

En las semanas posteriores a la capitulación de Far West, Drusilla vendió las tierras y trabajó para obtener dinero a fin de trasladarse al este. Aunque ganó lo suficiente para comprar algunas provisiones y un pequeño carromato, no bastó para una yunta de animales de tiro.

Sin medios para movilizar el carromato, Drusilla sabía que quedarían varados en Misuri. James había recobrado algo de movimiento en los hombros y las piernas tras recibir una bendición del sacerdocio, pero no podía caminar mucho; para llevarlo a salvo afuera del estado, necesitaban una yunta de animales.

Al acercarse la fecha límite de evacuación, Drusilla se inquietaba más. Comenzó a recibir amenazas del populacho en las que le advertían que irían a matar a su esposo.

Una noche, mientras Drusilla amamantaba al bebé en la cama, junto a James, oyó que un perro ladraba afuera. “¡Mamá! —gritó William, su hijo mayor—; ¡Vienen los del populacho!”. Algunos momentos después, escucharon que alguien tocaba la puerta.

Drusilla preguntó quiénes eran. Oyó una voz desde el exterior que le dijo que no era de su incumbencia y amenazó con echar la puerta abajo, si ella no la abría. Drusilla mandó a uno de sus hijos que abriera la puerta, y pronto la sala se llenó de hombres armados que llevaban barba y bigotes falsos para ocultar su identidad.

“Levántate”, ordenaron a Drusilla.

Temiendo que mataran a James si ella se apartaba de su lado, no se movió. Un hombre tomó una vela de una mesa cercana y comenzó a revisar la casa. Los del populacho dijeron que buscaban a un danita en la zona.

Revisaron bajo la cama y detrás de la casa; luego le quitaron las mantas a James e intentaron interrogarlo, pero estaba muy débil como para hablar tanto. Con aquella luz tenue, se lo veía frágil y pálido.

Los del populacho pidieron agua y Drusilla les dijo de dónde tomarla. Mientras bebían, los hombres cargaron las pistolas. “Está todo listo”, dijo uno de ellos.

Drusilla observó cómo ponían el dedo en el gatillo de las armas; los hombres se pusieron de pie y ella se preparó para los disparos. No obstante, permanecieron en la sala durante un minuto y después salieron y se alejaron a caballo.

Poco tiempo después, un médico se apiadó de James y aconsejó a Drusilla en cuanto a cómo ayudarlo. Poco a poco, James se fortaleció, y su amigo Isaac, además, consiguió una yunta de animales para la familia.

Era todo lo que necesitaban para salir de Misuri para siempre33.


Cuando Wilford y Phebe Woodruff llegaron a Illinois con la rama de las islas Fox, se enteraron de la expulsión de los santos de Misuri. A mediados de marzo, conforme más miembros de la Iglesia se establecían en Quincy, la familia Woodruff se encaminó hacia el vivaz poblado ribereño a fin de congregarse con los santos y reunirse con los líderes de la Iglesia34.

Edward Partridge, que había padecido durante semanas en una cárcel de Misuri antes que se lo liberara, ayudaba a dirigir la Iglesia en Quincy, a pesar de su mala salud. Mientras tanto, Heber y otros líderes mayores aún estaban dirigiendo la evacuación de Misuri35.

Wilford y Phebe hallaron que Emma y sus hijos vivían en casa de Sarah y John Cleveland, un juez local. Además, vieron que los padres y hermanos del Profeta ahora vivían en Quincy y sus alrededores, al igual que Brigham y Mary Ann Young, y John y Leonora Taylor36.

Al día siguiente, Brigham anunció que el comité de evacuación de Far West necesitaba dinero y yuntas de animales para ayudar a que cincuenta familias pobres salieran de Misuri. A pesar de que los santos de Quincy también eran pobres, les pidió que ayudaran caritativamente a quienes estaban en una situación económica peor. En respuesta, los santos donaron cincuenta dólares y varias yuntas de animales37.

Wilford fue a orillas del río Mississippi al día siguiente a visitar un campamento de miembros de la Iglesia recién llegados. El clima era frío y lluvioso, y los refugiados se hallaban acurrucados en el lodo, cansados y hambrientos38. Aunque el pueblo de Quincy había sido muy bondadoso, Wilford sabía que los santos pronto necesitarían su propio lugar.

Por fortuna, el obispo Partridge y otras personas habían hablado con un hombre llamado Isaac Galland, que quería venderles algunas tierras pantanosas junto a un recodo del río, al norte de Quincy. No era ni por asomo la tierra en la que fluía leche y miel que ellos imaginaban para Sion, pero era fácil de obtener y podría ofrecer un nuevo lugar de recogimiento para los santos39.