Restauración e Historia de la Iglesia
26 Una tierra santa y consagrada

“Una tierra santa y consagrada”, capítulo 26 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815–1846, 2018

Capítulo 26: “Una tierra santa y consagrada”

Capítulo 26

Saints: The Standard of Truth

Una tierra santa y consagrada

El invierno de 1838 fue largo y frío. A medida que las familias de José y de Sidney viajaron hacia el oeste, Oliver Cowdery caminó arduamente a través del norte de Misuri, enfrentándose a lluvia y nieve a fin de buscar sitios para nuevas estacas de Sion. La tierra era una de las mejores que había visto, y evaluaba docenas de lugares donde los santos podían ir a establecer poblados y molinos. Sin embargo, tenía poco para comer en el desierto escasamente poblado y nada más que tierra húmeda para dormir por la noche.

Cuando regresó a Far West, tres semanas más tarde, estaba exhausto físicamente1. A medida que recuperó su salud, se enteró de que Thomas Marsh, David Patten y el sumo consejo estaban investigándolo a él y a la presidencia de la Iglesia de Misuri, —David Whitmer, John Whitmer y William Phelps— por un mal proceder2.

Los cargos se basaban en su manejo de la tierra en el área. Hacía algún tiempo, John y William habían vendido propiedades de la Iglesia en Far West y retuvieron las ganancias para sí, y el asunto nunca se resolvió. Además, Oliver, John y William habían vendido recientemente parte de su tierra en el condado de Jackson. Aunque tenían el derecho legal para vender la tierra del condado de Jackson, que era de su propiedad personal, esta había sido consagrada al Señor, y una revelación les había prohibido venderla. Los tres hombres no solo habían quebrantado un convenio sagrado, habían demostrado falta de fe en Sion.

Oliver compareció ante el sumo consejo de Misuri e insistió en que, ya que él y los demás habían pagado por la tierra del condado de Jackson con su propio dinero, podían venderla según les pareciese. En privado, cuestionó los motivos de algunos de los miembros del consejo. Desconfiaba de hombres como Thomas Marsh y otros que parecían procurar estatus y autoridad. Oliver sospechaba que de alguna manera habían hecho que José estuviera en su contra, lo que añadió más tensión a su ya atribulada amistad con el Profeta3.

“Mi alma está enferma al ver su lucha para obtener poder —dijo en confidencia a su hermano—. Vine a este país para disfrutar de paz. Si no puedo [tenerla], iré a donde pueda hacerlo”.

Ya que Oliver era parte de la Primera Presidencia, estaba fuera de la jurisdicción del sumo consejo y retuvo su llamamiento. Sin embargo, David, John y William, fueron destituidos de sus cargos4.

Cuatro días después, Oliver se reunió con los tres hombres y con otras varias personas que estaban ansiosas por apartarse de la Iglesia. Muchos de ellos simpatizaban con Warren Parrish y su nueva iglesia en Kirtland. Al igual que Warren, estaban resueltos a oponerse al Profeta5.

Día tras día, a medida que los santos esperaban el regreso de José a Far West, el desdén de Oliver respecto a los líderes de la Iglesia creció. Dudaba que comprendieran la razón por la que actuaba de la manera que lo hacía. “Por el irracional e ignorante —se burló—, no esperamos ser reconocidos o aprobados”6.

Todavía tenía fe en el Libro de Mormón y en la restauración del Evangelio, y no podía olvidar o negar las sagradas experiencias que había compartido con el Profeta. Habían sido hermanos y los mejores amigos, compañeros siervos de Jesucristo.

Aunque ahora esos días eran un recuerdo lejano7.


Después de que Jennetta Richards regresó a su casa en Walkerfold, Inglaterra, sus padres, John y Ellin Richards, escucharon con interés respecto a Heber Kimball y al bautismo de ella. Su padre sacó una pluma y un papel y escribió una breve carta al misionero, invitándolo a predicar en su capilla.

“Se espera que esté aquí el próximo domingo —escribió—. Aunque no nos conocemos, espero que no seamos desconocidos para nuestro Redentor bendito”.

Heber llegó el sábado siguiente y el reverendo lo recibió amablemente. “Entiendo que usted es el ministro que recién llegó de los Estados Unidos —dijo—. Que Dios lo bendiga”. Llevó a Heber a su casa y le ofreció algo de comer.

La familia se reunió con Heber hasta entrada la noche8. Al ver Jennetta que los hombres se llegaban a conocer, notó que las diferencias eran evidentes. Su padre tenía setenta y dos años de edad y había predicado desde el púlpito en Walkerfold durante más de cuarenta años. Era un hombre de baja estatura que usaba una peluca marrón y leía griego y latín9. Heber, por el contrario, era alto, corpulento y calvo. Todavía no cumplía cuarenta años y tenía poca educación y refinamiento social.

Sin embargo, se hicieron amigos rápidamente. A la mañana siguiente, los dos hombres caminaron juntos hasta la capilla de Walkerfold. Al saber que un misionero estadounidense iba a predicar, más personas de lo habitual habían llegado a la reunión, y la pequeña capilla estaba totalmente llena. Después de que el reverendo comenzó la reunión con el himno y la oración, invitó a Heber a predicar.

Heber subió al estrado y habló a la congregación usando el vocabulario de un hombre común. Habló acerca de la importancia de la fe en Jesucristo y del arrepentimiento sincero. Dijo que una persona tenía que ser bautizada por inmersión y recibir el don del Espíritu Santo por alguien que tuviera la debida autoridad de Dios.

Al igual que los conversos en Canadá un año antes, la gente en Walkerfold respondió de inmediato al mensaje que correspondía a su comprensión de la Biblia. Esa tarde, más personas vinieron a la capilla para escuchar predicar a Heber nuevamente. Cuando terminó, la congregación estaba llorando y el padre de Jennetta lo invitó a predicar al día siguiente.

Pronto Jennetta no era la única creyente en Walkerfold. Después del sermón del lunes de Heber, la gente de la congregación le suplicó que predicara nuevamente el miércoles. Al final de la semana, había bautizado a seis miembros de la congregación, y el pueblo de Walkerfold suplicaba escuchar más10.


El 14 de marzo de 1838, José, Emma y sus tres hijos llegaron a Far West, después de casi dos meses de camino. Ansiosos por dar la bienvenida al Profeta a Sion, los santos recibieron a la familia con una alegre recepción. Sus palabras amistosas y abrazos amables fueron un buen cambio de la disensión y la hostilidad que José había dejado en Kirtland. Los santos que se reunieron en torno a él tenían un espíritu de unidad y amor que abundaba entre ellos11.

José quería un nuevo comienzo en Misuri. Los santos de Kirtland y de las ramas de la Iglesia en el este de Estados Unidos y Canadá llegarían pronto. Para alojarlos, la Iglesia necesitaba establecer estacas de Sion en las que pudieran reunirse en paz y tener la oportunidad de prosperar.

Oliver ya había explorado la región a fin de encontrar nuevos lugares de recogimiento, y su informe era prometedor. Sin embargo, José sabía que tenía que abordar la creciente disensión en Far West antes de que los santos pudieran comenzar con cualquier nuevo asentamiento. Le apesadumbraba ver a amigos como Oliver alejarse de la Iglesia, pero no podía permitir que la discordia floreciera en Misuri, como había ocurrido en Kirtland.

José confió en el liderazgo de Thomas Marsh y del sumo consejo para [mantener] la paz relativa en Far West. Desde que destituyó a William Phelps y a John Whitmer de sus cargos, el sumo consejo había excomulgado a ambos hombres, y José había aprobado su decisión. Ahora creía que era tiempo de abordar la apostasía de Oliver12.

El 12 de abril, Edward Partridge convocó al consejo del obispo para revisar la condición de Oliver en la Iglesia. Su conducta desafiante era bien conocida. Había dejado de asistir a sus reuniones de la Iglesia, ignoraba el consejo de otros líderes de la Iglesia y escribía cartas insultando a Thomas y al sumo consejo. También se le acusaba de vender sus tierras en el condado de Jackson, lo que era contrario a la revelación, de acusar falsamente a José de adulterio y de abandonar la causa de Dios13.

Oliver decidió no asistir a la audiencia, pero envió una carta para el obispo Partridge a fin de que se leyera en su defensa. En la carta, Oliver no negó la venta de sus tierras en el condado de Jackson ni su oposición a los líderes de la Iglesia. Más bien, insistió una vez más en que tenía el derecho legal para vender las tierras, sin importar cualquier revelación, convenio o mandamiento. También renunció a su condición de miembro de la Iglesia14.

Durante el resto del día, el consejo revisó la evidencia y escuchó a varios santos testificar en cuanto a las acciones de Oliver. José se puso de pie, habló de su anterior confianza en Oliver y explicó su relación con Fanny Alger en respuesta a las acusaciones de Oliver15.

Después de escuchar más testimonios, el consejo analizó el caso de Oliver. Como él, ellos atesoraban los principios del albedrío personal y la libertad. Aun así, por casi una década, el Señor también había instado a los santos a que fueran unidos, haciendo a un lado deseos individuales para consagrar lo que tenían a fin de edificar el reino de Dios.

Oliver se había apartado de esos principios y en vez de seguirlos confió en su propio juicio, tratando con desdén a la Iglesia, a sus líderes y a los mandamientos del Señor. Después de repasar las acusaciones una vez más, el obispo Partridge y su consejo tomaron la dolorosa decisión de separar a Oliver de la Iglesia16.


En el valle del río Ribble en Inglaterra, la primavera puso fin al intenso frío del invierno17. Al viajar a través de los verdes pastizales cerca de un pueblo próximo a Walkerfold, Willard Richards arrancó una pequeña flor blanca de entre los setos que delimitaban el camino18. Estaba en una gira por las ramas de la Iglesia en el área y esa tarde planeaba escuchar predicar a Heber Kimball y a Orson Hyde en una reunión a ocho kilómetros de distancia.

Desde su llegada a Inglaterra ocho meses antes, Willard y sus compañeros habían bautizado a más de mil personas en las aldeas y los pueblos a través del valle. Muchos de los nuevos santos eran jóvenes obreros de la clase trabajadora que fueron atraídos por el mensaje de esperanza y paz que encontraron en el evangelio de Jesucristo. Los modales sencillos de Heber los hicieron sentir tranquilidad y pronto ganó su confianza19.

Con mayor educación que la de Heber y formación académica en medicina, Willard carecía del encanto de su compañero misionero, quien en ocasiones tenía que recordar a Willard que debía mantener su mensaje simple y enfocarse en los primeros principios del Evangelio. Aun así, Willard había establecido una rama fuerte de la Iglesia al sur de Preston, cerca de la ciudad de Manchester, a pesar de la oposición. Muchas de las personas que había bautizado trabajaban largas horas en las fábricas donde el aire era malo y se les pagaba una suma insignificante. Al oír el Evangelio restaurado, sintieron el Espíritu y encontraron gozo en su promesa de que el día de la venida del Señor estaba cerca20.

Al llegar al hogar de un miembro de la Iglesia, Willard entró a la cocina y colgó la flor blanca justo antes de que dos jovencitas entraran en la habitación. Él descubrió que una de ellas era Jennetta Richards.

Había oído respecto a Jennetta. Aunque compartían el mismo apellido, no tenían ningún parentesco. Después de que ella se unió a la Iglesia, Heber le había escrito a Willard respecto a Jennetta. “Bauticé a tu esposa el día de hoy”, le dijo.

Willard tenía treinta y tres años, era mucho mayor a la mayoría de los hombres solteros en la Iglesia. No sabía lo que Heber le había dicho a Jennetta acerca de él—en caso de haberle dicho algo.

Dado que las jóvenes se dirigían a la misma reunión a la que él iba, Willard caminó con ellas, lo que les dio suficiente tiempo para hablar.

“Richards es un buen apellido —dijo Willard mientras caminaban—. No quisiera cambiarlo nunca”. Luego agregó con valentía: “¿Usted quisiera cambiarlo, Jennetta?”.

“No, no lo creo —respondió—. Y creo que nunca lo haré”21.

Willard conoció más a Jennetta después de eso. Ambos estuvieron en Preston unas semanas más tarde, cuando Heber y Orson anunciaron que regresarían a los Estados Unidos.

Mientras se preparaban para partir, los apóstoles llevaron a cabo una conferencia durante todo un día en un edificio grande en donde se reunían con frecuencia los santos de Preston22. Entre la predicación y el canto de los himnos, los misioneros confirmaron a cuarenta personas, bendijeron a más de cien niños y ordenaron a varios hombres al sacerdocio.

Antes de despedirse de los santos, Heber y Orson apartaron a Joseph Fielding como el nuevo presidente de la misión y llamaron a Willard y a un joven empleado de una fábrica, llamado William Clayton, para ser sus consejeros. Entonces estrecharon la mano de la nueva presidencia en señal de unidad entre los santos de Inglaterra y de Estados Unidos23.


Esa primavera, el Profeta tuvo una revelación en Far West. “Levantaos y brillad —el Señor dijo a los santos—, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones”. Proclamó que el nombre de la Iglesia debería ser La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y afirmó que Far West era una tierra santa y consagrada.

“… Es mi voluntad que se edifique la ciudad de Far West rápidamente mediante el recogimiento de mis santos —declaró—, y que también se designen otros lugares como estacas en las regiones inmediatas”. Mandó que los santos construyeran un templo en Far West, señalando el 4 de julio de 1838 como el día para edificar sus cimientos24.

No mucho tiempo después, José y varios hombres viajaron al condado de Daviess, al norte del condado de Caldwell, para visitar un asentamiento de los miembros de la Iglesia en un lugar llamado Spring Hill. José esperaba que el área fuera un lugar de reunión adecuado para los santos que llegaran a Misuri25.

Aunque el condado de Caldwell se habían creado especialmente para los Santos de los Últimos Días, el gobierno ya había tasado la mayor parte de la tierra, hecho que la hacía muy costosa para que los santos más pobres pudieran adquirirla. En el condado de Daviess, sin embargo, grandes extensiones de territorio deshabitado aún no habían sido parcelados. Los miembros de la Iglesia podían establecerse en ese lugar de manera gratuita, y para el momento en el que el gobierno parcelara el área, ya habrían trabajado la tierra y adquirido suficiente dinero para comprarla26.

No obstante, había algo de riesgo en llevar a los santos al condado vecino. Con la creencia de que los santos habían prometido únicamente establecerse en el condado de Caldwell, algunos hombres del condado de Daviess habían advertido a los santos en el área que se mantuvieran alejados; pero dado que las leyes no restringían a los santos de establecerse allí, las protestas pronto terminaron27.

Al viajar hacia el norte, José se maravilló ante la belleza de la tierra que lo rodeaba. Por lo que podía ver, el condado de Daviess ofrecía libertad ilimitada y proporcionaba todo lo que los santos necesitaban para establecer nuevos asentamientos.

Aunque la pradera tenía pocos árboles, parecía tener bastantes animales de caza. José vio pavos silvestres, gallinas, ciervos y caribúes. Arroyos y ríos mantenían la tierra fértil y rica. El río Grand, el más grande en el condado, era lo suficientemente amplio y profundo para permitir que un barco de vapor pasara por él, lo que podía hacer que los viajes y el comercio fueran más fáciles para los santos que se congregaran.

Para continuar, José y sus compañeros llevaron sus caballos a lo largo de los bancos del río por dieciséis kilómetros hasta que llegaron a Spring Hill. El asentamiento más pequeño se encontraba en la base de un acantilado con vista a un amplio valle verde. Lyman Wight, el líder de la avanzada, se ganaba la vida conduciendo un transbordador que cruzaba el río Grand28.

Los hombres subieron al acantilado e instalaron un campamento, después cabalgaron de regreso al transbordador. José dijo que quería reclamar el área para los santos y edificar una ciudad cerca del río. El Señor le reveló que ese era el valle de Adán-ondi-Ahmán, donde Adán, el primer hombre, había bendecido a sus hijos antes de morir29. José explicó que en ese valle, Adán vendría a visitar a su pueblo cuando el Salvador volviera a la tierra, como fue predicho por el profeta Daniel30.

El asentamiento era todo lo que José había esperado que fuera. El 28 de junio de 1838, en una arboleda cercana a la casa de Lyman, [José] organizó una nueva estaca de Sion en el terreno sagrado; e invitó a los santos a congregarse31.