Restauración e Historia de la Iglesia
28 Intentamos por suficiente tiempo

“Intentamos por suficiente tiempo”, capítulo 28 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815–1846, 2018

Capítulo 28: “Intentamos por suficiente tiempo”

Capítulo 28

Standing on a Barrel

Intentamos por suficiente tiempo

El 6 de agosto de 1838 fue el día de las elecciones en Misuri. Esa mañana, John Butler cabalgó al pueblo de Gallatin, la sede del gobierno del condado de Daviess, para votar1.

John había sido miembro de la Iglesia por pocos años. Él y su esposa, Caroline, se habían mudado ese verano a un pequeño asentamiento cerca de Adán-ondi-Ahmán. Era capitán en la milicia local y un danita2.

Fundada solo un año antes, Gallatin era poco más que un conjunto de casas y tabernas. Cuando John llegó a la plaza del pueblo, encontró que estaba repleta de hombres de todo el condado. El lugar de la votación se había establecido en una casa pequeña a la orilla de la plaza3. Al acercarse los hombres para votar, los candidatos se mezclaron con la multitud4.

John se unió a un pequeño grupo de santos que permaneció apartado del grupo principal. Los problemas de actitud en el condado de Daviess nunca había favorecido a los santos. Después de que José estableció una estaca en Adán-ondi-Ahmán, el lugar floreció y más de doscientas casas se edificaron. Los santos ahora podían influir en el voto del condado, y eso enfureció a muchos otros colonos. Para evitar problemas, John y sus amigos hicieron planes para votar juntos y regresar con rapidez a casa5.

Cuando John se acercó al lugar de la votación, William Peniston, un candidato para representante del estado, subió a un barril de whisky para dar un discurso. William había intentado obtener el voto de los santos a inicios de ese año, pero cuando se enteró de que la mayoría de ellos favorecían al otro candidato, se dedicó a atacarlos verbalmente.

“Los líderes mormones son un grupo de ladrones de caballos, mentirosos y falsificadores”, vociferó William a los hombres que estaban reunidos, lo que hizo aumentar la inquietud de John. No faltaba mucho para que William hiciera que la multitud se pusiera en contra de él y de sus amigos. La mayoría de los hombres ya estaban molestos con ellos, y muchos habían estado bebiendo whisky desde que las casillas abrieron.

William advirtió a los votantes que los santos robarían sus propiedades y sobrepasarían su voto6. Dijo que no pertenecían al condado y que no tenían el derecho de tener parte en la elección. “Dirigí a un populacho para que los sacaran del condado de Clay —alardeó, dirigiéndose a John y a los demás santos—, y no haré nada para que no los ataquen ahora”7.

Pasaron más whisky entre la multitud. John escuchó a algunos hombres maldecir a los santos. Comenzó a retroceder. Medía más de un metro ochenta de estatura y era corpulento, pero había llegado a Gallatin a votar, no a pelear8.

De repente, un hombre entre la multitud trató de golpear a uno de los miembros de la Iglesia. Otro de los santos salió en su defensa, pero la multitud lo golpeó. Un tercer miembro de la Iglesia tomó un pedazo de madera de una pila y golpeó al atacante en la cabeza. El hombre cayó cerca de los pies de John. Los hombres de ambos grupos tomaron palos y sacaron cuchillos y látigos9.

Los santos estaban sobrepasados en número, cuatro a uno, pero John tenía la determinación de proteger a sus compañeros miembros de la Iglesia y a sus líderes. Al ver una pila de maderos para cercas, tomó una pieza gruesa de roble y se apresuró hacia la pelea. “Sí, danitas —exclamó—, ¡aquí hay un trabajo para nosotros!”.

Golpeó con el madero a los hombres que atacaban a los santos, midiendo cada golpe para derribar a sus oponentes, no para matarlos. Sus amigos también pelearon, improvisando armas con palos y piedras. Derribaron a cualquiera que se enfrentó contra ellos, terminando con la pelea después de dos minutos10.

Tratando de recuperar el aliento John miró a través de la plaza del pueblo. Los hombres heridos yacían sin moverse en el piso. Otros estaban escabulléndose. William Peniston había bajado del barril de whisky y había huido a un cerro cercano.

Un hombre de la multitud se acercó a John y dijo que los santos ahora podían votar. “Baje ese madero —le dijo—. No hay necesidad de usarlo”11.

John sujetó el madero de la cerca con más fuerza. Deseaba votar, pero sabía que sería atacado si entraba en la pequeña casa y trataba de votar sin estar armado. En vez de eso, se dio la vuelta y comenzó a caminar alejándose.

“Debemos tomarte como prisionero”, dijo otro hombre. Argumentó que algunos de los hombres que John había derribado posiblemente habían muerto.

“Soy un hombre respetuoso de la ley —dijo John—, pero no tengo la intención de ser juzgado por un populacho”. Montó su caballo y partió del pueblo12.


Al día siguiente, John cabalgó a Far West y le dijo a José acerca de la pelea. Los informes de muertos en Gallatin se propagaron rápidamente por el norte de Misuri, y los populachos se prepararon para atacar a los santos. Con el temor de que John fuera el blanco de las represalias, José le preguntó si ya había mudado a su familia fuera del condado de Daviess.

—No, —dijo John.

—Entonces ve y hazlo inmediatamente —le dijo José—, y no duermas otra noche ahí.

—Pero no me gusta ser cobarde —contestó John.

—Ve y haz conforme te digo —dijo José13.

John salió inmediatamente hacia su casa, y José cabalgó al poco tiempo con un grupo de voluntarios armados para defender a los santos del condado de Daviess. Cuando llegaron a Adán-ondi-Ahmán, se enteraron de que no había habido muertos en ninguno de los bandos de la pelea en Gallatin. Aliviado, José y su compañía pasaron la noche con Lyman Wight.

A la mañana siguiente, Lyman y un grupo armado de santos cabalgaron a la casa de Adam Black, el juez local de paz. Los rumores afirmaban que Adam estaba reuniendo a un populacho para que fueran tras los santos. Lyman quería que firmara una declaración en la que dijera que garantizaría un trato justo para los santos en el condado de Daviess, pero Adam se negó.

Más tarde ese día, José y más de cien santos regresaron a la cabaña de Adam. Sampson Avard, un líder de los danitas en Far West, llevó a tres de sus hombres dentro de la casa y trató de forzar al juez de paz para que firmara la declaración. Adam se negó nuevamente, y demandó ver a José. En ese momento el Profeta se unió a las negociaciones y resolvió el asunto pacíficamente, acordando que el juez escribiera y firmara su propia declaración14.

Sin embargo, la paz no duró mucho tiempo. Poco después de la reunión, Adam demandó que José y Lyman fueran arrestados por rodear su cabaña acompañados de fuerzas armadas y por intimidarlo. José evitó ser arrestado al pedir ser juzgado en el condado de Caldwell, en el que residía, y no en el condado de Daviess, en el que muchos de los ciudadanos estaban molestos con los santos15.

Mientras tanto, las personas a lo largo del norte de Misuri organizaron reuniones para analizar las noticias de Gallatin y el creciente número de santos que se establecían entre ellos. Pequeñas bandas criminales vandalizaron los hogares y los graneros de los miembros de la Iglesia en el condado de Daviess, teniendo como objetivo los asentamientos cercanos de miembros de la Iglesia16.

Para calmar la tensión, José regresó al condado de Daviess a principios de septiembre a fin de responder ante los cargos que había en contra de él. Durante la audiencia, Adam admitió que José no lo había forzado a firmar la declaración. Aun así, el juez ordenó que el Profeta regresara en dos meses para ser juzgado17.

Los santos tenían algunos aliados en el gobierno de Misuri, y pronto la milicia del estado se reunió para dispersar a grupos de justicieros, pero las personas del condado de Daviess y sus cercanías aún seguían dispuestas a expulsar a los santos de sus fronteras.

“Los que persiguen a la Iglesia —escribió José a un amigo—, no están apaciguados en Misuri”18.


El último día de agosto, Phebe y Wilford Woodruff cabalgaron juntos a lo largo de una playa de arena blanca no lejos de la casa de los padres de ella en Maine. Había marea baja. Las olas del océano Atlántico chocaban con la costa. A la distancia, no lejos del horizonte, las embarcaciones pasaban en silencio, mientras sus pesadas velas de lona ondulaban con la brisa. Un grupo de aves volaron en círculo sobre su cabeza y se posaron sobre el agua.

Phebe detuvo su caballo y recogió caracoles marinos que estaban esparcidos por la arena. Deseaba llevarlos como recuerdo cuando ella y Wilford se mudaran al oeste a Sion. Phebe había vivido cerca del mar la mayor parte de su vida y los caracoles marinos eran una parte del paisaje de su hogar19.

Desde que había sido llamado al Cuórum de los Doce, Wilford había estado ansioso de llegar a Misuri. Su visita reciente a las islas Fox había durado solamente como para animar al pequeño grupo de santos para que fueran con él y con Phebe a Sion. Regresó a tierra firme desilusionado. Algunos de los miembros de la rama habían accedido a ir con ellos. Otras personas —incluyendo a Justus y Betsy Eames, los primeros que bautizó en las islas— se quedarían.

“Verán el sinsentido de su decisión cuando sea demasiado tarde”, dijo Wilford20.

No obstante, Phebe tampoco estaba tan entusiasmada por ir. Le había gustado mucho vivir nuevamente con sus padres. Su casa era cómoda, cálida y conocida. Si se quedaba en Maine, nunca estaría lejos de su familia y amigos21. Misuri, en cambio, se encontraba a dos mil cuatrocientos kilómetros de distancia. Si partía, posiblemente no volvería a ver a su familia. ¿Estaba lista para hacer ese sacrificio?

Phebe estaba segura respecto a sus sentimientos hacia Wilford. Él comprendía que ella sintiera ansiedad al dejar a su familia, pero no compartía su apego hacia el hogar paterno. Él sabía, así como ella, que Sion era un lugar de seguridad y protección.

“Iré a la tierra de Sion o a cualquier sitio que Dios me mande —escribió en su diario—, así tenga que renunciar a cuantos padres, madres, hermanos y hermanas se puedan interponer entre Maine y Misuri; y subsistiré con hierbas cocidas en el camino”22.

Durante el mes de septiembre, Phebe y Wilford esperaron a que la rama de las islas Fox viniera a tierra firme para comenzar el viaje hacia el oeste. No obstante, con el paso de cada día, Wilford se impacientaba al ver que los miembros de la rama no aparecían. El año se acercaba a sus últimos meses. Entre más retrasaban el viaje, mayores eran las posibilidades de que se enfrentaran al mal clima en el camino.

Había otras razones que hacían que Phebe titubeara aún más para partir. Su hija, Sarah Emma, había comenzado a tener una tos severa, y Phebe se preguntaba si era prudente llevarla a un viaje tan largo en el clima frío23. Entonces, apareció en el periódico local un exagerado informe de la riña del día de la elección en el lejano condado de Daviess. Las noticias sorprendieron a todos.

“No será bueno que vayan —dijeron los vecinos a Phebe y a Wilford—. Los matarán”24.

Pocos días después, cerca de cincuenta santos llegaron desde las islas Fox, listos para viajar a Sion. Phebe sabía que era hora de partir, para que Wilford se reuniera con los Doce en Misuri, pero sentía un fuerte lazo con el hogar y la familia. El camino a Misuri sería difícil, y la salud de Sarah Emma todavía era frágil. No había garantía de que estarían a salvo de los populachos una vez que llegaran a su nuevo hogar.

Aun así, Phebe creía en el recogimiento. Ya antes había dejado su hogar paterno para seguir al Señor y estaba dispuesta a hacerlo nuevamente. Cuando se despidió de sus padres, se sintió como Rut, del Antiguo Testamento, al abandonar el hogar y la familia por su fe.

Aunque le resultó difícil partir, ella puso su confianza en Dios y subió al carromato25.


A fines de septiembre, Charles Hales, de veintiún años, llegó con una compañía canadiense de santos a De Witt, Misuri. Como uno de los miles que respondían al llamado de congregarse en Sion, había dejado Toronto junto con sus padres y hermanos a inicios de ese año. De Witt se encontraba a ciento trece kilómetros al sureste de Far West y brindaba a las caravanas de carromatos un lugar para descansar y reabastecerse antes de continuar hacia el condado de Caldwell26.

Sin embargo, cuando Charles llegó, el pueblo estaba bajo sitio. Cerca de cuatrocientos santos vivían en De Witt, y los vecinos del lugar y los alrededores, los presionaban para que se fueran del área, insistiendo en que salieran antes del 1 de octubre o se enfrentaran a la expulsión. George Hinkle, el líder de los santos en De Witt, se negaba a irse. Decía que los santos se iban a quedar e iban a luchar por su derecho a vivir ahí27.

Había rumores que alimentaban la tensión en De Witt de que los danitas estaban preparándose para enfrentar a la gente de Misuri. Muchos ciudadanos habían comenzado a movilizarse en contra de los santos y ahora acampaban a las afueras de De Witt, listos para atacar el lugar en cualquier momento. Los santos habían enviado una solicitud al gobernador de Misuri, Lilburn Boggs, pidiendo protección28.

La mayoría de los santos canadienses avanzaron hasta Far West, ansiosos por evitar el conflicto, pero George pidió a Charles que se quedara a defender De Witt contra los populachos. Como granjero y músico, Charles estaba más acostumbrado al arado o al trombón que a un arma. Sin embargo, George necesitaba hombres para levantar fortificaciones alrededor de De Witt y prepararse para la batalla29.

El 2 de octubre, el día posterior a la fecha límite para abandonar el asentamiento, el populacho comenzó a dispararles. Al principio, los santos no regresaron el fuego, pero después de dos días, Charles y unas dos docenas de santos tomaron sus posiciones a lo largo de las fortificaciones y regresaron el fuego, hiriendo a un hombre.

El populacho avanzó contra las fortificaciones, lo que hizo que Charles y los demás salieran en desbandada a buscar cubrirse en algunas casas de troncos cercanas30. El populacho bloqueó los caminos que entraban a De Witt lo que dejó a los santos sin abastecimiento de alimentos y de otros artículos.

Dos noches después, el 6 de octubre, José y Hyrum Smith se escabulleron hacia el pueblo junto con Lyman Wight y un pequeño grupo de hombres armados. Encontraron a los santos casi sin alimentos y otras provisiones. A menos que el sitio terminara pronto, el hambre y la enfermedad iban a debilitar a los santos antes de que el populacho tuviera que hacer otro disparo31.

Lyman estaba listo para defender De Witt hasta el final, pero después de que José vio lo desesperante de la situación, deseó negociar una solución pacífica32. Estaba seguro de que si alguna persona de Misuri moría en el sitio, los populachos bajarían al pueblo y destruirían a los santos.

Por intermedio de un amigo de Misuri, José envió una petición al gobernador Boggs, solicitando su ayuda. El mensajero regresó cuatro días después con noticias de que el gobernador no defendería a los santos en contra de los ataques. Boggs insistía en que el conflicto era entre ellos y el populacho.

“Deberán arreglarlo entre ellos”, dijo33.

Con los enemigos reuniéndose en casi cada condado cercano, y los santos sin recibir ayuda confiable de la milicia del estado, José sabía que el sitio debía terminar. Él detestaba ceder ante el populacho, pero los santos en De Witt estaban exhaustos y desesperados y estaban sobrepasados en número. Defender más tiempo el asentamiento podría ser un error fatal. Con renuencia, decidió que era momento de abandonar De Witt y retirarse a Far West.

En la mañana del 11 de octubre, los santos llevaron consigo las pocas posesiones que pudieron transportar en carromatos y comenzaron a viajar a través de la pradera34. Charles quería ir con ellos, pero otro santo canadiense, que no estaba listo para partir le pidió que se quedara y lo ayudara. Charles accedió, esperando que él y su amigo pudieran alcanzar al resto de los santos pronto.

Sin embargo, cuando finalmente lograron dejar el pueblo, su amigo se volvió cuando su caballo no resistió. Ya que no estaba dispuesto a permanecer más tiempo en territorio hostil, Charles partió solo y a pie por la pradera que le era poco familiar. Se dirigió hacia el noroeste, en dirección del condado de Caldwell, con solo una vaga idea del lugar al que se dirigía35.


El 15 de octubre, pocos días después de que los santos de De Witt llegaran a Far West, José llamó a cada hombre en el pueblo. Cientos de santos se habían retirado a Far West, tratando de huir de las actividades del populacho a lo largo del norte de Misuri. Muchos de ellos vivían en ese momento en carromatos o tiendas dispersas por todo el pueblo. El clima se había vuelto frío y los santos no tenían espacio y estaban decaídos36.

José podía ver que la situación se estaba saliendo de control con rapidez. Recibía informes de que sus enemigos se estaban reuniendo en todas direcciones. Cuando los populachos los habían atacado en los condados de Jackson y Clay, los santos habían tratado de soportarlo con mansedumbre, manteniéndose alejados de los conflictos y confiando en los abogados y jueces para que restauraran sus derechos, pero, ¿a dónde los había llevado eso? Él estaba cansado del maltrato, y deseaba tomar una postura más arriesgada en contra de sus enemigos. Se habían acabado las opciones para los santos.

“Hemos intentado lo suficiente —exclamó José a los hombres que se encontraban en torno a él—. ¿Quién es tan ingenuo como para clamar, ‘¡la ley, la ley!’ cuando siempre se aplica en contra de nosotros y nunca a nuestro favor?”.

La experiencia de años de tierras robadas y crímenes sin castigo contra los santos lo habían dejado con poca confianza en los políticos y los abogados, y la falta de disposición del gobernador para ayudar a los santos solo reforzaba ese punto de vista. “Tomaremos nuestros asuntos en nuestras manos y los administraremos nosotros mismos —dijo José—. Hemos enviado peticiones al gobernador, y él no hace nada por nosotros. Hemos intentado con la milicia del condado, y no hace nada”.

Él creía que el estado mismo no era mejor que un populacho. “Hemos cedido ante el populacho en De Witt —dijo—, y ahora ellos se están preparando para atacar Daviess”. Se rehusó a aceptar que le quitaran algo más a los santos37.

Se defenderían a sí mismos, declaró el Profeta, o morirían en el intento38.