Restauración e Historia de la Iglesia
22 Pon a prueba al Señor

“Pon a prueba al Señor”, capítulo 22 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815 – 1846, 2018

Capítulo 22: “Pon a prueba al Señor”

Capítulo 22

Pon a prueba al Señor

Después de la dedicación del templo, José se deleitaba en la esperanza y buena voluntad que moraban en Kirtland1. Los santos fueron testigos de un derramamiento de dones espirituales durante la primavera de 1836. Muchos vieron huestes de ángeles, vestidos de un blanco radiante, de pie en el techo del templo, y algunas personas se preguntaban si el Milenio había comenzado2.

José podía ver evidencia de las bendiciones del Señor en todas partes. Cuando se mudó a Kirtland cinco años antes, la Iglesia estaba desorganizada e ingobernable. Desde entonces, los Santos habían aceptado la palabra del Señor más plenamente y habían transformado una simple aldea en una fuerte estaca de Sion. El templo era un testimonio de lo que podían lograr cuando seguían a Dios y trabajaban juntos.

Aunque José se regocijaba del éxito en Kirtland, no podía olvidar a los Santos en Misuri, que todavía se encontraban refugiados en pequeñas comunidades a las afueras del condado de Jackson, a lo largo del Río Misuri. Él y sus consejeros confiaban en la promesa del Señor de redimir a Sion después de que los élderes recibieran la investidura de poder. Sin embargo, nadie sabía cómo y cuándo el Señor llevar a cabo su promesa.

Dirigiendo su atención hacia Sion, los líderes de la Iglesia ayunaron y oraron para saber la voluntad del Señor3. Entonces José recordó la revelación en la que el Señor había pedido a los Santos comprar todas las tierras dentro y alrededor del condado de Jackson4. Los Santos ya habían comenzado a comprar algunas tierras en el condado de Clay, pero como siempre, el problema era encontrar el dinero para realizar más compras.

A inicios de abril, José se reunió con los miembros de la imprenta de la Iglesia para analizar las finanzas de la Iglesia. Los hombres creían que necesitaban contribuir todos sus recursos a la redención de Sion y recomendaban que José y Oliver se encargaran de campañas para la recaudación de fondos para comprar más tierras en Misuri5.

Desafortunadamente, la Iglesia estaba endeudada con decenas de miles de dólares por la construcción del templo y por la compra previa de tierras y además, el dinero aún era escaso en Kirtland, incluso con los misioneros recolectando donaciones. Gran parte de la riqueza de los Santos eran sus tierras, lo que significaba que pocas personas podían hacer donaciones monetarias. Y sin dinero en efectivo, había poco que la Iglesia pudiera hacer para salir de la deuda o comprar más tierras en Sion6.

Una vez más, José tuvo que encontrar alguna manera de financiar la obra del Señor.


A trescientos veintidós kilómetros al norte, Parley Pratt se encontraba en las afueras de un pueblo llamado Hamilton, en el sur de Canadá. Se dirigía hacia Toronto, una de las ciudades más grandes de la provincia, para servir su primera misión después de haber recibido la investidura de poder. No tenía dinero, ni amigos en el área, ni idea de cómo lograr lo que el Señor le había mandado hacer.

Unas semanas antes, mientras los Doce y los Setenta partían de Kirtland para predicar el Evangelio, Parley había planeado quedarse en casa con su familia. Tal como muchos Santos en Kirtland, estaba colmado de deudas tras comprar tierras en la región y construir una casa a crédito. Parley también estaba preocupado por su esposa, Thankful, quien estaba enferma y necesitaba de su cuidado. Aunque ansiaba predicar, hacer una misión parecía imposible7.

Pero Heber Kimball había ido a su casa a darle una bendición como su amigo y compañero en el apostolado. “Sigue adelante en el ministerio, sin dudar en nada —dijo Heber—. No pienses en tus deudas, ni en las necesidades de la vida, pues el Señor te proveerá con los medios suficientes para todas las cosas”.

Hablando por inspiración, Heber le dijo a Parley que fuera a Toronto, prometiéndole que encontraría personas listas para recibir la plenitud del Evangelio. Dijo que Parley establecería los cimientos para una misión a Inglaterra y encontraría alivio a sus deudas. “Aún tendrás riquezas, plata y oro —profetizó Heber—, hasta que aborrezcas contarlas”.

También habló de Thankful. “Tu esposa será sanada desde este momento —, prometió—, y te dará a luz un hijo”8.

La bendición fue maravillosa, pero sus promesas parecían imposibles. Parley había experimentado mucho éxito en el campo misional, pero Toronto era nuevo y desconocido para él. Nunca había ganado mucho dinero en su vida, y era poco probable que recibiera suficiente dinero en la misión para pagar sus deudas.

Las promesas hechas a Thankful eran las más improbables de todas. Tenía casi cuarenta años y se hallaba frecuentemente enferma y débil. Después de diez años de matrimonio, ella y Parley no habían tenido hijos9.

Pero con fe en las promesas del Señor, Parley se dirigió al noreste, viajando por carreta a través de caminos lodosos. Cuando llegó a las cataratas del Niágara y cruzó a Canadá, siguió a pie hasta llegar a Hamilton. El pensar en casa y en la inmensidad de su misión enseguida lo abrumaba, y ansiaba saber cómo se suponía que debía ejercer fe en una bendición cuando sus promesas parecían estar tan fuera del alcance.

“Pon a prueba al Señor —le susurró repentinamente el Espíritu—, y verás si hay algo difícil para Él”10.


Mientras tanto, en Misuri, Emily Partridge de 12 años se sintió aliviada al ver que la primavera volvía al condado de Clay. Con su padre en Kirtland para la dedicación del templo, ella y el resto de su familia compartían una cabaña de madera de un solo cuarto con la familia de Margaret y John Corrill, el consejero de su padre en el obispado. La cabaña se había usado como un establo antes de que las dos familias se mudaran, pero su padre y el hermano Corrill habían limpiado el estiércol que tapizaba el piso y lograron hacer de ella un lugar habitable. Había una gran chimenea, y las familias pasaron el frío invierno acurrucados alrededor del calor que producía11.

Esa primavera, el padre de Emily regresó a Misuri para reasumir sus deberes como obispo. Él y otros líderes de la Iglesia habían recibido la investidura de poder en Kirtland y parecían tener esperanzas en cuanto al futuro de Sion12.

Conforme se calentaba el clima, Emily se preparaba para regresar a la escuela. Poco tiempo después de que los Santos llegaron al condado de Clay, establecieron una escuela en una cabaña cerca de un huerto de árboles frutales. A Emily le encantaba jugar con sus amigos en el huerto y comer la fruta que caía de las ramas de los árboles. Cuando Emily y sus amigos no estaban estudiando, hacían casas con las ramas y usaban enredaderas como cuerdas para saltar13.

La mayoría de los compañeros de clase de Emily pertenecían a la Iglesia, sin embargo, algunos eran hijos de los antiguos pobladores de la región. Ellos generalmente vestían mejor que Emily y que los otros niños pobres, y algunos se burlaban de la ropa deshilachada de estos pequeños Santos. Pero por lo general, todos se llevaban bastante bien, a pesar de sus diferencias.

No sucedía lo mismo en el caso de sus padres. A medida que más Santos se mudaban al condado de Clay y compraban grandes extensiones de tierra, los antiguos pobladores empezaban a sentirse incómodos e impacientes. Inicialmente dieron la bienvenida a los Santos al condado, ofreciéndoles refugio hasta que pudieran regresar a sus hogares al otro lado del río. Nadie esperaba que los miembros de la Iglesia establecieran un hogar permanente en el condado de Clay14.

Al principio, la tensión que existía entre los Santos y sus vecinos afectaba muy poco la rutina diaria de la escuela de Emily15. Pero a medida que transcurría la primavera y sus vecinos se volvían más hostiles, Emily y su familia temían que la pesadilla del condado de Jackson se repitiera, y que de nuevo quedaran sin un hogar.


Al continuar con su viaje al norte, Parley pidió al Señor que le ayudara a llegar a su destino. Poco tiempo después, conoció a un hombre que le dio diez dólares y una carta de presentación para un hombre en Toronto llamado John Taylor. Parley utilizó el dinero para comprar un pasaje por barco de vapor a la ciudad y llegó al hogar de la familia Taylor poco después.

John y Leonora Taylor eran una pareja joven de Inglaterra. Al conversar con ellos, Parley descubrió que pertenecían a un grupo de cristianos de la región que rechazaba cualquier doctrina que no pudiera ser respaldada por la Biblia. Recientemente habían estado orando y ayunando para que Dios les enviara un mensajero de Su Iglesia verdadera.

Parley les habló del Evangelio restaurado, pero ellos mostraron poco interés. A la mañana siguiente, dejó su bolso en el hogar de la familia Taylor y se presentó con los ministros de la ciudad, con la esperanza de que ellos le permitieran predicar a sus congregaciones. Después, Parley se reunió con las autoridades de la ciudad para ver si le permitirían organizar una reunión en el juzgado o algún otro lugar público. Todos rechazaron su petición.

Desalentado, Parley se apartó a un bosque cercano para orar. Y después volvió al hogar de la familia Taylor para recoger su bolso. Al partir, John lo detuvo y le habló de su amor por la Biblia16. “Señor Pratt —le dijo—, si tiene principios de cualquier tipo para presentar, desearía, si puede, que los respalde con ese registro”.

“Eso es algo que creo poder hacer”, dijo Parley. Le preguntó a John si él creía en profetas y apóstoles.

“Sí, —respondió John—, porque la Biblia me enseña tales cosas”.

“Enseñamos sobre el bautismo en el nombre de Jesucristo para la remisión de pecados, —dijo Parley—, y en la imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo”.

“¿Y qué hay entonces de José Smith, del Libro de Mormón y de algunas de sus revelaciones modernas?”, preguntó John.

Parley testificó que José Smith era un hombre honesto y un profeta de Dios. “En cuanto al Libro de Mormón —dijo—, puedo testificar tan fervientemente a favor de ese libro como usted puede hacerlo sobre la autenticidad de la Biblia”17.

Mientras hablaban, Parley y John escucharon a Leonora charlar con una vecina, Isabella Walton, en otro cuarto. “Aquí hay un hombre de los Estados Unidos que dice que el Señor lo envió a la ciudad para predicar el Evangelio —le dijo Leonora a Isabella—. Me pesa hacerlo partir”.

“Dile al extranjero que es bienvenido en mi casa —dijo Isabella—. Tengo un cuarto y una cama extras, y suficiente comida”. También tenía un lugar donde podía predicar a sus amigos y familiares esa noche. “Siento por el Espíritu que es un hombre enviado del Señor con un mensaje que nos hará bien a todos”, comentó18.


Después de su conversación con Parley, John Taylor comenzó a leer el Libro de Mormón y a comparar sus enseñanzas con la Biblia. Había estudiado doctrinas de otras iglesias anteriormente, pero encontró algo muy convincente en el Libro de Mormón y en los principios que Parley le enseñó. Todo era claro y consistente con la palabra de Dios.

Pronto, John presentó a Parley con sus amigos. “Aquí se encuentra un hombre que viene en respuesta a nuestras oraciones —anunció—, y él dice que el Señor ha establecido la iglesia verdadera”.

“¿Te convertirás en un mormón?”, alguien le preguntó.

“No lo sé —respondió John—. Voy a investigar y a orar para que me ayude el Señor. Si hay verdad en esto, lo aceptaré, y si hay error, no quiero tener nada que ver con ello”19.

Poco tiempo después, él y Parley viajaron a un pueblo agrícola cercano donde vivían familiares de Isabella Walton. Joseph Fielding, amigo de John, también vivía ahí con sus hermanas, Mercy y Mary. Ellos también eran de Inglaterra y tenían opiniones religiosas similares a las de los Taylor.

Mientras John y Parley se dirigían al hogar de la familia Fielding, vieron a Mercy y Mary correr a la casa de unos vecinos. Su hermano salió y los recibió fríamente. Dijo que deseaba que no hubieran venido. Sus hermanas, y muchas otras personas en el pueblo, no querían escucharlos predicar.

“¿Por qué se oponen al mormonismo?”, preguntó Parley.

“No lo sé —respondió Joseph—. El nombre suena despreciable”. Dijo que no estaban buscando nuevas revelaciones ni cualquier doctrina que contradijera las enseñanzas de la Biblia.

“Ah —dijo Parley—, si eso es todo, pronto eliminaremos sus prejuicios”. Le dijo a Joseph que llamara a sus hermanas de regreso a la casa. Sabía que había una reunión religiosa en el pueblo esa tarde y quería predicar en ella.

“Cenaremos con ustedes y luego todos iremos juntos a la reunión —dijo Parley—. Si tú y tus hermanas están de acuerdo con esto, aceptaré predicar el antiguo Evangelio de la Biblia y omitiré todas las nuevas revelaciones que estén en contra”20.

Esa tarde Joseph, Mercy y Mary Fielding se sentaron en un cuarto lleno de personas y quedaron cautivados por el sermón de Parley. Nada de lo que dijo sobre el Evangelio restaurado o el Libro de Mormón contradecía las enseñanzas de la Biblia.

Poco tiempo después, Parley bautizó a las familias Taylor, Fielding y a suficientes personas en la región para organizar una rama. Las promesas del Señor en la bendición de Heber habían empezado a cumplirse, y Parley estaba ansioso por regresar a su hogar con Thankful. Se acercaba la fecha para pagar sus deudas, y todavía tenía que reunir el dinero para pagarlas.

Al partir a Kirtland, estrechó las manos de sus nuevos amigos. Uno por uno puso dinero en sus manos, hasta alcanzar cientos de dólares. Era suficiente para pagar sus deudas más urgentes21.


Cuando Parley llegó a Kirtland, vio que Thankful se encontraba sana, el cumplimiento de otra de las promesas del Señor. Después de haber pagado algunas deudas, Parley recolectó folletos y copias del Libro de Mormón y regresó a Canadá para continuar con su misión, esta vez llevando a su esposa22. El viaje agotó a Thankful, y cuando los Santos en Canadá vieron lo débil que estaba, dudaron que estuviera lo suficientemente fuerte para dar a luz al hijo prometido en la bendición dada a Parley. Sin embargo, poco después Parley y Thankful estaban esperando a su primer hijo23.

Mientras los Pratt se encontraban fuera, sus amigos Caroline y Jonathan Crosby rentaron su casa en Kirtland. Los Crosby eran una pareja joven que se había mudado a Kirtland algunos meses antes de la dedicación del templo. A menudo se reunían con amigos para adorar, cantar himnos, o comer juntos24.

Con el templo terminado, más Santos se estaban mudando a Kirtland. Había suficiente tierra en la región, pero estaba mayormente sin cultivar. Los Santos se apresuraban para construir más casas, usualmente a crédito ya que no había mucho dinero en la comunidad. Pero no podían construir lo suficientemente rápido para hospedar a las nuevas personas que llegaban, así que las familias que ya estaban establecidas solían abrir las puertas de sus hogares a estas personas o les rentaban cuartos que tenían de sobra.

Como las viviendas en el pueblo eran escasas, John Boynton, uno de los apóstoles, se dirigió a los Crosby para ver si le rentarían la casa de los Pratt a su familia. Les ofreció más de lo que ellos pagaban a los Pratt25.

Era una oferta generosa, y Caroline sabía que ella y Jonathan podrían usar ese dinero para ayudarles a pagar la casa que estaban construyendo. Pero disfrutaban mucho vivir solos, y Caroline estaba ahora embarazada con su primer hijo. Si salían de la casa de los Pratt, tendrían que mudarse con su vecina, la anciana Sabre Granger, que solo tenía un cuarto en su pequeña cabaña.

Jonathan le pidió a Caroline que tomara la decisión de mudarse. Caroline no quería dejar la comodidad y el espacio del hogar de los Pratt, y estaba renuente en cuanto a mudarse con la hermana Granger. El dinero no le preocupaba tanto, sin importar cuánto ella y Jonathan lo pudieran necesitar.

Pero saber que estarían ayudando a la numerosa familia Boynton a reunirse en Kirtland valía el pequeño sacrificio que Caroline tenía que hacer. Después de varios días, le dijo a Jonathan que estaba dispuesta a mudarse26.


A finales de Junio, William Phelps y otros líderes de la Iglesia en el condado de Clay escribieron al profeta para hacerle saber que las autoridades locales habían convocado a los líderes de la Iglesia al juzgado, donde hablarían del futuro de los Santos en su condado. Las autoridades hablaron con calma y amabilidad, pero sus palabras no dieron cabida para llegar a un acuerdo.

Dado que los Santos no podían regresar al condado de Jackson, las autoridades recomendaron que buscaran un nuevo lugar para vivir en donde pudieran estar solos. Los líderes de la Iglesia en el condado de Clay acordaron irse en lugar de arriesgarse a otra violenta expulsión27.

Las noticias destrozaron las esperanzas que tenía José de regresar al condado de Jackson ese año, pero no podía culpar a los Santos en Misuri por lo sucedido. “Ustedes están más familiarizados que nosotros con las circunstancias —respondió—, y claramente han sido dirigidos sabiamente en sus decisiones, con respecto a partir del condado”28.

La necesidad de hallar un nuevo lugar para los Santos en Misuri puso mayor presión en José para recaudar dinero para comprar tierras. Decidió abrir una tienda de la Iglesia cerca de Kirtland y pidió prestado más dinero para comprar bienes para vender allí29. La tienda tuvo algo de éxito, pero muchos Santos, sabiendo que José no les negaría el crédito en la tienda, se aprovechaban de su bondad y confianza. Varios de ellos también insistían en intercambiar artículos por lo que necesitaban, lo cual complicaba obtener ganancias monetarias sobre los bienes30.

A finales de julio, ni la tienda ni cualquier otro intento de los líderes de la Iglesia había ayudado a aliviar las deudas de la Iglesia. Desesperado, José partió de Kirtland con Sidney, Hyrum y Oliver hacia Salem, una ciudad en la costa este, después de escuchar de un miembro de la Iglesia que creía saber dónde encontrar una provisión de dinero escondido. Cuando llegaron a la ciudad no encontraron dinero proveniente de esa pista, y José se dirigió al Señor para obtener guía31.

“Yo, el Señor vuestro Dios, no estoy disgustado con vuestro viaje hasta acá, no obstante vuestras imprudencias”, fue la respuesta. “No os preocupéis por vuestras deudas, porque os daré el poder para pagarlas. No os inquietéis tocante a Sion, porque obraré misericordiosamente con ella”32.

Los hombres regresaron a Kirtland alrededor de un mes después, aún preocupados por la situación financiera de la Iglesia. Pero José y sus consejeros propusieron un nuevo proyecto ese otoño que podría recaudar el dinero que necesitaban para Sion.