Restauración e Historia de la Iglesia
23 Toda trampa

“Toda trampa”, capítulo 23 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815 – 1846, 2018

Capítulo 23: “Toda trampa”

Capítulo 23

Saints: The Standard of Truth

Toda trampa

Jonathan Crosby trabajaba en su nuevo hogar en Kirtland durante el otoño de 1836. Para noviembre había terminado de poner las paredes y el techo, pero la casa aún se encontraba con un piso sin terminar y sin ventanas o puertas. Con la pronta llegada del bebé, Caroline le había estado pidiendo que terminara la casa lo más pronto posible. Todo estaba bien con la dueña de la casa donde vivían, la hermana Granger, pero Caroline estaba ansiosa por mudarse de un lugar tan reducido a su propia casa1.

Mientras que Jonathan trabajaba fervientemente para hacer que la casa fuera habitable antes de la llegada del bebé, los líderes de la Iglesia anunciaron sus planes para comenzar la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland, un banco de pueblo diseñado para impulsar la economía en dificultades de Kirtland y recaudar dinero para la Iglesia. Al igual que otros bancos pequeños en los Estados Unidos, otorgaría préstamos a los prestatarios para que pudieran comprar propiedades y bienes, lo que ayudaría a la economía local a crecer. A medida que los prestatarios pagaran estos préstamos con intereses, el banco obtendría un beneficio2.

Los préstamos se emitirían en forma de notas bancarias respaldadas por la reserva limitada de monedas de plata y oro de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland. Para aumentar esta reserva de dinero fuerte, el banco vendería acciones a los inversionistas, quienes se habrían comprometido a realizar pagos en sus acciones a lo largo del tiempo3.

A principios de noviembre, la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland tenía más de treinta accionistas, incluidos José y Sidney, que invirtieron gran parte de su propio dinero en el banco4. Los accionistas eligieron a Sidney como presidente de la institución y a José como cajero, haciéndolo responsable de las cuentas del banco5.

Con los planes para el banco en marcha, Oliver fue al este a comprar materiales para imprimir notas bancarias, y Orson Hyde fue a solicitar una carta estatutaria de la legislatura estatal para que pudieran operar el banco legalmente. Mientras tanto, José instó a todos los Santos a invertir en la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland, citando Escrituras del Antiguo Testamento que pedían a los antiguos israelitas que trajeran su oro y plata al Señor6.

José sintió que Dios aprobaba sus esfuerzos, y prometió que todo estaría bien si los Santos guardaban los mandamientos del Señor7. Confiando en la palabra del Profeta, más Santos invirtieron en la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland, aunque otros fueron más cautelosos sobre la compra de acciones en una institución nueva. Los Crosby pensaron en comprar acciones, pero el alto costo de construir su casa no les había dejado dinero extra8.

A principios de diciembre, Jonathan finalmente había instalado ventanas y puertas para la casa, y él y Caroline se mudaron allí. El interior todavía no estaba terminado, pero tenían una buena cocina para mantenerse calientes y alimentados. Jonathan también había cavado un pozo cerca, del cual podían obtener agua fácilmente.

Caroline estaba feliz de tener su propia casa, y el 19 de diciembre, dio a luz a un varón sano mientras una gran tormenta de nieve se agitaba afuera9.


El invierno envolvía a Kirtland, y en enero de 1837, la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland abrió sus puertas10. El primer día, José emitió notas bancarias, recién salidas de la imprenta, con el nombre de la institución y su firma en el frente11. A medida que los Santos obtenían préstamos, a menudo utilizando sus tierras como garantía, las notas comenzaron a circular por Kirtland y otros lugares12.

Phebe Carter, quien se había mudado recientemente a Kirtland desde el noreste de los Estados Unidos, no invirtió en la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland ni solicitó un préstamo. Pero se quedó para beneficiarse de la prosperidad que se auguraba. Tenía casi treinta años, no estaba casada, y no tenía familia en Kirtland de quien depender para recibir apoyo. Al igual que otras mujeres en su situación, tenía pocas opciones de empleo, pero podía ganar un ingreso moderado como costurera y maestra, como lo había hecho antes de mudarse a Ohio13. Si la economía de Kirtland mejoraba, más personas tendrían dinero para gastar en ropa nueva y educación.

Sin embargo, para Phebe, la decisión de ir a Kirtland había sido espiritual, no económica. Sus padres se habían opuesto a su bautismo, y después de anunciar sus planes de reunirse con los Santos, su madre protestó. Le dijo: “Phebe, ¿volverás conmigo si descubres que el mormonismo es falso?”

“Sí madre, lo haré”, prometió Phebe14.

Pero sabía que había encontrado el evangelio restaurado de Jesucristo. Meses después de llegar a Kirtland, Joseph Smith, padre, le había dado una bendición patriarcal la cual le aseguraba grandes recompensas en la tierra y en el cielo. “Ten consuelo, pues tus dificultades han terminado —le dijo el Señor—. Tendrás larga vida y verás días buenos”15.

La bendición confirmó los sentimientos que tenía Phebe cuando se fue de casa. Siendo la situación demasiado triste para decir adiós en persona, escribió una carta y la dejó en la mesa de la familia. “No se preocupen por su hija —decía—. Sé que el Señor me cuidará y me dará según su voluntad”16.

Phebe tenía fe en las promesas de su bendición patriarcal, donde se le decía que sería la madre de muchos hijos y que se casaría con un hombre con sabiduría, conocimiento y comprensión17. Pero hasta ahora, Phebe no tenía expectativas matrimoniales, y sabía que era mayor que la mayoría de las mujeres que se casaban y comenzaban a tener hijos.

Una tarde de enero de 1837, Phebe estaba visitando amigos cuando conoció a un hombre de cabello oscuro y ojos azul claro. Era por pocos días mayor que ella y había regresado recientemente a Kirtland después de marchar con el Campamento de Israel y servir una misión en el sur de los Estados Unidos.

Se enteró que se llamaba Wilford Woodruff18.


A lo largo del invierno, los Santos en Kirtland seguían pidiendo prestado grandes cantidades de dinero para comprar bienes y propiedades. Los empleadores en ocasiones pagaban a sus trabajadores con notas bancarias, que podían ser utilizadas como moneda o canjeadas por dinero fuerte en la oficina de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland19.

Poco después de que la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland abriera sus puertas, un hombre llamado Grandison Newell comenzó a acumular notas bancarias. Siendo un antiguo residente de un pueblo cercano, Grandison odiaba a José y a los Santos. Había gozado de una presencia muy significativa en el condado hasta que los Santos llegaron, y ahora frecuentemente buscaba maneras legales o de otra forma, de perjudicarlos20.

Si los miembros de la Iglesia le pedían trabajo, él rechazaba contratarlos. Si los misioneros predicaban cerca de su hogar, organizaba un grupo de hombres para que les arrojaran huevos. Cuando el doctor Philastus Hurlbut comenzó a recopilar declaraciones difamatorias en contra de José, Grandison ayudó a financiar su trabajo21.

Los Santos seguían reuniéndose en la región a pesar de sus esfuerzos22.

La apertura de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland dio a Grandison un nuevo punto de ataque. La legislatura estatal rechazó darle una carta estatutaria a Orson Hyde, preocupados por el creciente número de bancos en Ohio. Sin esta aprobación, la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland no podía ser llamada un banco, pero aún podía aceptar depósitos y dar préstamos. Su éxito dependía de que los accionistas hicieran los pagos por sus acciones para que la institución pudiera mantener sus reservas. Pero pocos accionistas tenían suficiente dinero fuerte para hacerlo, y Grandison sospechaba que las reservas de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland eran muy pequeñas para sustentarse por mucho tiempo23.

Esperando que el negocio fracasara si suficientes personas canjeaban notas por monedas de oro o plata, Grandison viajó por los alrededores comprando notas de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland24. Después llevó su gran cantidad de notas a la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland y exigió dinero en efectivo a cambio. Si los directivos no lo canjeaban, amenazó con presentar cargos25.

Sintiéndose acorralados, José y los directivos de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland no tenían otra opción más que canjear las notas y orar por más inversionistas.


Aunque tenía poco dinero, Wilford Woodruff compró veinte acciones de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland26. Su buen amigo, Warren Parrish, era el secretario de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland. Wilford había viajado hacia el oeste con Warren y su esposa, Betsy, como parte del Campamento de Israel. Tras la muerte de Betsy por el brote de cólera, Warren y Wilford sirvieron una misión juntos antes de que Warren regresara a Kirtland y se convirtiera en el escriba y hombre de confianza de José27.

Desde su misión, Wilford se había mudado de un lugar a otro, a menudo viviendo de la bondad de amigos como Warren. Pero después de conocer a Phebe Carter, comenzó a pensar en el matrimonio, y el invertir en la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland era una manera en la que se podía establecer financieramente antes de formar una familia.

Sin embargo, a finales de enero, la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland estaba en crisis. Mientras Grandison Newell intentaba acabar con sus reservas, los periódicos de la región publicaban artículos que emitían dudas sobre su legitimidad. Al igual que otros en el condado, algunos Santos habían especulado en tierras y bienes, esperando hacerse ricos sin hacer mucho esfuerzo. Otros descuidaron hacer los pagos requeridos por sus acciones. Al poco tiempo, muchos trabajadores y negocios en Kirtland y sus alrededores dejaron de aceptar notas de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland28.

Temiendo el fracaso, José y Sidney cerraron temporalmente la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland y viajaron a otra ciudad para intentar asociarse con un banco ya establecido29. Pero el mal comienzo de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland había hecho tambalear la fe de muchos Santos, llevándolos a cuestionar el liderazgo espiritual del Profeta que había fomentado la inversión30.

En el pasado, el Señor había revelado Escrituras a través de José, lo que permitió a las personas ejercer fe en él como profeta de Dios. Pero cuando las declaraciones de José con respecto a la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland no se cumplieron, y sus inversiones comenzaron a desvanecerse, muchos Santos se molestaron y criticaron a José.

Wilford continuó confiando en que la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland tendría éxito. Después de que el Profeta se asoció con otro banco, regresó a Kirtland y respondió a las quejas de sus críticos31. Más tarde, en la conferencia general de la Iglesia, José explicó a los Santos por qué la Iglesia pedía prestamos de dinero y establecía instituciones como la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland.

Les recordó que los Santos habían comenzado la obra de los últimos días, siendo pobres y desahuciados; pero el Señor les había mandado sacrificar su tiempo y sus talentos para congregarse en Sion y para la construcción de un templo. Tales esfuerzos eran costosos pero esenciales para la salvación de los hijos de Dios32. Para sacar adelante la obra del Señor, los líderes de la Iglesia tenían que encontrar una manera para financiarla.

Aun así, José lamentaba cuánto debían a los acreedores. “Sin duda alguna, estamos endeudados con ellos —admitió— pero tan solo tienen que llegar nuestros hermanos del extranjero con su dinero”. Creía que si los Santos se reunían en Kirtland y consagraban sus propiedades al Señor, ayudarían mucho a aliviar la carga de la deuda de la Iglesia33.

Mientras José hablaba, Wilford sintió el poder de sus palabras. “Oh, que pudieran ser escritas en nuestros corazones como con una pluma de hierro —pensó—, para que permanezcan por siempre y las practiquemos en nuestras vidas”. Se preguntó cómo alguien podía escuchar las palabras del Profeta y aun así dudar de que había sido llamado por Dios34.

Pero las dudas persistían. Para mediados de abril, la economía de Kirtland empeoraba mientras una crisis financiera agobiaba a la nación. Varios años de préstamos excesivos habían debilitado a los bancos en Inglaterra y Estados Unidos, causando gran miedo de un colapso económico. Los bancos exigían pagos de inmediato por las deudas, y algunos dejaron de dar préstamos por completo. El pánico comenzó a propagarse de pueblo en pueblo mientras los bancos cerraban, los negocios fracasaban y el desempleo se disparaba35.

En este entorno, una institución con dificultades como la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland tenía pocas posibilidades. No había mucho que José pudiera hacer para arreglar la situación, sin embargo, a muchos les resultaba más fácil culparlo que al pánico económico de la nación.

Al poco tiempo, los acreedores comenzaron a acosar constantemente a José y Sidney. Un hombre los demandó por una deuda pendiente, y Grandison Newell presentó cargos criminales falsos en contra de José, alegando que el Profeta estaba conspirando contra él. Cada día que pasaba, crecía la preocupación del Profeta de ser arrestado o asesinado36.

Wilford y Phebe estaban comprometidos, y le habían pedido a José que los casara. Sin embargo, en el día de su boda, no lo encontraban por ningún lado, y como consecuencia Frederick Williams condujo la ceremonia37


Poco después de la desaparición repentina de José, Emma recibió una carta de él, asegurándole que estaba a salvo38. Él y Sidney habían escapado de Kirtland, distanciándose de aquellos que deseaban lastimarlos. Su ubicación era secreta, pero Newel Whitney y Hyrum sabían cómo contactarlos y los aconsejaban a la distancia39.

Emma entendía los peligros a los que José se enfrentaba. Cuando llegó su carta, algunos hombres, posiblemente amigos de Grandison Newell, examinaron el matasellos para saber dónde estaba. Otros espiaban su tienda, que aún seguía en dificultades.

Aunque se mantenía optimista, Emma se preocupaba por sus hijos. Frederick, su hijo de un año, era muy pequeño para entender lo que sucedía, pero Julia de seis años y José de cuatro años se angustiaron al saber que su padre no volvería pronto a casa40.

Emma sabía que tenía que confiar en el Señor, especialmente ahora que muchos en Kirtland recurrían a las dudas y la incredulidad. “Si no tuviera más confianza en el Señor que la de algunos que podría nombrar, entonces ciertamente sería un caso triste”, le escribió Emma a José a finales de abril. “Pero aun así creo que si nos humillamos y somos tan fieles como podamos, seremos librados de toda trampa que se nos presente”41.

Aun así, se preocupaba de que los acreedores de José se aprovecharan de su ausencia y tomaran cualquier propiedad o dinero que pudieran. “Me es imposible hacer algo —lamentaba—, mientras todos tengan mucho mayor derecho que yo de todo lo que es tuyo”.

Emma estaba lista para que José regresara a casa. Había pocas personas en las que confiaba ahora, y estaba renuente de darle a quien fuera cualquier cosa que no ayudara a pagar las deudas de José. Y para empeorar el asunto, temía que sus hijos hubieran sido expuestos al sarampión.

“Me gustaría que fuese posible para ti estar en casa cuando están enfermos —ella escribió—. Debes acordarte de ellos, pues cada uno te recuerda”42.


En medio de este alboroto, Parley y Thankful volvieron a Kirtland para el nacimiento de su bebé. Tal como Heber había profetizado, Thankful dio a luz a un bebé, a quien nombraron Parley. Pero sufrió mucho durante el parto, y horas después murió. Incapaz de cuidar a su hijo recién nacido solo, Parley lo dejó al cuidado de una mujer que podía amamantarlo y regresó a Canadá. Allí comenzó a planear una misión a Inglaterra con la ayuda de Santos como Joseph Fielding, quien había estado escribiendo a sus amigos y familiares al otro lado del océano para contarles sobre el Evangelio restaurado43.

Después de terminar su misión en Canadá, Parley regresó a Ohio y se casó con una joven viuda en Kirtland llamada Mary Ann Frost. También recibió una carta de Thomas Marsh, el presidente del Cuórum de los Doce, instándolo a posponer su misión a Inglaterra hasta que los apóstoles se pudieran reunir como cuórum en Kirtland ese verano44.

Mientras Parley esperaba a que los otros apóstoles se congregaran, José y Sidney regresaron a Kirtland e intentaron resolver sus deudas y aliviar tensiones entre los Santos45.

Unos días después, Sidney visitó a Parley y le dijo que venía a cobrar una deuda vencida. Anteriormente, José le había prestado $2,000 a Parley para comprar tierras en Kirtland. Para aliviar sus propias deudas, José había vendido la deuda de Parley a la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland, y ahora Sidney le estaba cobrando el dinero.

Parley le dijo a Sidney que no tenía $2,000 pero ofreció regresar la tierra como forma de pago. Sidney le dijo que tendría que dar su casa al igual que la tierra para satisfacer la deuda46.

Parley estaba indignado. Cuando José le vendió la tierra inicialmente, le dijo a Parley que no se vería perjudicado en el acuerdo. ¿Y dónde quedaba la bendición de Heber Kimball prometiéndole innumerables riquezas y libertad de deudas? Ahora Parley sentía que José y Sidney le estaban quitando todo lo que tenía. Si perdía su tierra y hogar, ¿qué harían él y su familia?47.

Al día siguiente, Parley envió a José una carta expresando su enojo. “Estoy profundamente convencido de que toda esta escena de especulación en la que nos hemos involucrado es del diablo —escribió—, la cual ha dado lugar a mentir, engañar, y tomar provecho del prójimo”. Parley le dijo a José que aún creía en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios, pero que estaba perturbado por las acciones del Profeta.

Exigía que José se arrepintiera y aceptara la tierra como pago de la deuda. De otra manera, tendría que tomar acción legal.

“Me veré en la dolorosa necesidad de presentar cargos en tu contra —advirtió—, por extorsión, codicia, y aprovecharte de tu hermano”48.


El 28 de mayo, unos días después de que Parley enviara su carta a José, Wilford Woodruff fue al templo para una reunión dominical. Mientras la inconformidad aumentaba en Kirtland, Wilford permaneció como uno de los aliados más fieles de José. Pero Warren Parrish, quien había trabajado junto a José por años, había comenzado a criticar al Profeta por su papel en la crisis financiera y rápidamente se estaba convirtiendo en un líder de los disidentes.

Wilford oraba para que el espíritu de contención en la Iglesia se disipara49. Pero él no iba a permanecer por mucho tiempo en Kirtland para ayudar. Recientemente, había sentido la impresión de llevar el Evangelio a las Islas Fox, cerca de la costa del estado noreste de Maine, cerca del hogar de los padres de Phebe. Esperaba que en el camino, tuviera la oportunidad de enseñar el Evangelio a sus propios padres y a su hermana menor. Phebe lo alcanzaría para reunirse con la familia de él y llevarlo más al norte para encontrarse con la suya50.

Aunque estaba ansioso por estar con su familia, Wilford no podía evitar preocuparse por José y por el estado en el que se encontraba la Iglesia en Kirtland. Cuando se sentó en el templo, vio a José en el púlpito. Ante tanta oposición, el Profeta se veía abatido. Había perdido miles de dólares en el fracaso de la Sociedad de Seguridad Financiera de Kirtland, mucho más que cualquier otra persona51. Y, a diferencia de muchos otros, no había abandonado la institución cuando comenzó a quebrar.

Contemplando la congregación, José se defendió en contra de sus críticos, hablando en el nombre del Señor.

Mientras Wilford escuchaba, podía ver el poder y el Espíritu de Dios reposar sobre José. También lo sintió descender sobre Sidney y otros mientras tomaban el estrado y testificaban de la integridad de José52. Pero antes de terminar la reunión, Warren se paró y acusó a José en frente de la congregación.

El corazón de Wilford se sumió en la tristeza mientras escuchaba la diatriba. “Ay Warren”, se lamentó53.