Restauración e Historia de la Iglesia
15 Lugares santos

“Lugares santos”, capítulo 15 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815 – 1846, 2018

Capítulo 15: “Lugares santos”

Capítulo 15

Pipes in Fire

lugares santos

En agosto de 1832, Phebe Peck observó con orgullo cómo tres de sus hijos se bautizaban cerca de su casa en Misuri. Estaban entre los once niños que se bautizaron en Sion ese día. Junto con los hijos de Lydia y Edward Partridge y de Sally y William Phelps, pertenecían a la primera generación de jóvenes santos que crecían en una tierra que el Señor había apartado como santa.

Phebe y sus hijos se habían mudado a Sion con los santos de Colesville, un año antes. El difunto esposo de Phebe, Benjamin, era el hermano de Polly Knight, por lo que Phebe formaba parte del círculo familiar de los Knight. Pero ella aún extrañaba a su propia familia y sus amigos de Nueva York que no se habían unido a la Iglesia.

Poco después del bautismo de sus hijos, les escribió a dos de sus viejas amigas acerca de Sion: “No considerarías el venir aquí como una privación —le dijo a su amiga Anna—, porque el Señor está revelando los misterios del reino de los cielos a Sus hijos”1.

Hacía poco, William Phelps había publicado la visión del cielo de José y Sidney en The Evening and the Morning Star, y Phebe compartió con Anna su promesa de que aquellos que se bautizaran y se mantuvieran valientes en el testimonio de Cristo disfrutarían del más alto grado de gloria y la plenitud de las bendiciones de Dios.

Con tal promesa en mente, Phebe instó a otra amiga, Patty, a escuchar el mensaje del Evangelio: “Si pudieras ver y creer como yo —escribió—, se abriría la vía y vendrías a esta tierra, nos veríamos una a la otra y nos regocijaríamos en las cosas de Dios”.

Phebe testificó de la visión revelada recientemente por el Profeta y de la paz que le había traído, y alentó a Patty a leer sus palabras si alguna vez tenía la oportunidad.

“Espero que las leas cuidadosamente y con el corazón lleno de oración —le dijo a su amiga—, porque estas cosas son dignas de atención, y deseo que puedas indagar sobre ellas”2.


Ese otoño, José viajó con Newel Whitney a la ciudad de Nueva York para predicar el Evangelio y hacer compras para la Firma Unida. El Señor había llamado a Newel para que advirtiera a las personas en las grandes ciudades acerca de las calamidades que vendrían en los últimos días. José lo acompañó para ayudar a cumplir el mandamiento del Señor3.

Recientemente, el Profeta había sentido una urgencia creciente por predicar el Evangelio y establecer el lugar de recogimiento de los santos. Poco antes de dejar Kirtland, recibió una revelación que indicaba que los poseedores del sacerdocio tenían la responsabilidad de predicar el Evangelio y de guiar a los fieles a la seguridad de Sion y del templo, donde el Señor prometía visitarlos con Su gloria.

El sacerdocio, por lo tanto, traía aparejado el deber de administrar las ordenanzas a aquellos que aceptaban a Cristo y Su evangelio. Únicamente a través de esas ordenanzas, enseñaba el Señor, podrían Sus hijos estar listos para recibir Su poder y regresar a Su presencia4.

Sin embargo, al partir en su viaje, José tenía motivos para preocuparse acerca del esfuerzo por edificar Sion en Misuri. La Iglesia estaba prosperando en Ohio, a pesar de la oposición de los que habían dejado la Iglesia, pero la Iglesia en Misuri luchaba por mantener el orden a medida que más personas se mudaban a la región sin permiso. Con las tensiones entre él y algunos de los líderes de Sion aún sin resolver, debía hacerse algo para unificar a la Iglesia.

Al llegar a la ciudad de Nueva York, José se quedó asombrado por su tamaño. Edificios altos se alzaban sobre calles estrechas que se extendían por kilómetros. Dondequiera que miraba, había tiendas con productos costosos, grandes casas y edificios de oficinas, y bancos donde hombres adinerados realizaban negocios. Personas de muchas etnias, ocupaciones y clases pasaban de prisa a su lado, aparentemente indiferentes a los que los rodeaban5.

Él y Newel se hospedaron en un hotel de cuatro pisos cerca de los almacenes donde Newel esperaba hacer sus compras para la Firma Unida. José encontró tediosa la tarea de seleccionar los productos y se sintió desanimado por el orgullo y la maldad que veía en la ciudad, por lo que a menudo regresaba al hotel para leer, meditar y orar. Pronto se puso nostálgico. Emma estaba llegando al final de otro embarazo difícil y anhelaba estar con ella y con su hija.

“Mis memorias del hogar, de Emma y de Julia, acuden a mi mente como una inundación —escribió—, y sentí el deseo de estar con ellas un momento”.

A veces, José dejaba el hotel para explorar y predicar. La ciudad de Nueva York tenía una población de más de doscientas mil personas y José sintió que el Señor estaba complacido con la maravillosa arquitectura y los extraordinarios inventos de sus habitantes. Sin embargo, nadie parecía glorificar a Dios por las cosas maravillosas que había a su alrededor ni interesarse por el Evangelio restaurado de Jesucristo.

Sin inmutarse, José continuó compartiendo su mensaje. “Estoy decidido a elevar mi voz —le escribió a Emma—, y dejar el asunto a Dios, quien todo lo tiene en Sus manos”6.


Un mes después, habiendo regresado José y Newel a Ohio, Brigham Young, de treinta y un años, llegó a Kirtland con su hermano mayor, Joseph, y su mejor amigo, Heber Kimball. Eran conversos recientes del centro del estado de Nueva York, no lejos de donde José Smith había crecido. Brigham había querido conocer al Profeta desde que oyó por primera vez sobre el Libro de Mormón. Ahora que estaba en Kirtland, planeaba estrechar la mano de José, mirarlo a los ojos y conocer su corazón. Brigham había estado predicando del Libro de Mormón desde su bautismo, pero sabía poco sobre el hombre que lo tradujo.

José y Emma vivían ahora en un apartamento que estaba sobre la tienda de los Whitney en Kirtland pero, cuando los tres hombres llegaron allí, el Profeta estaba cortando leña en un bosque a un kilómetro y medio de distancia. Fueron enseguida hacia ese lugar, sin saber qué encontrarían cuando llegaran allí.

Adentrándose en el bosque, Brigham y los demás llegaron a un claro donde José estaba partiendo troncos. Era más alto que Brigham y estaba vestido con ropa sencilla de trabajo. Por la manera hábil con que José movía su hacha, Brigham pudo ver que no era ajeno al trabajo manual.

Brigham se le acercó y se presentó. José dejó su hacha en el suelo y estrechó la mano de Brigham. “Me alegra verlo”, le dijo.

Mientras hablaban, Brigham se ofreció a cortar leña mientras su hermano y Heber ayudaban a cargarla en un carro. El Profeta parecía alegre, trabajador y amigable. Al igual que Brigham, provenía de una familia humilde, pero no era tosco como lo eran algunos trabajadores. Brigham supo de inmediato que él era un profeta de Dios7.

Después de un rato, José invitó a los hombres a comer con ellos en su casa. Al llegar, les presentó a Emma, que yacía en la cama, acunando a un sano bebé. El bebé había nacido hacía pocos días, y solo unas horas antes de que José y Newel regresaran de Nueva York. Emma y José lo habían llamado Joseph Smith III8

. Después de la comida, José llevó a cabo una pequeña reunión e invitó a Brigham a orar. Al inclinar la cabeza, Brigham sintió que el Espíritu lo inducía a hablar en un idioma desconocido. Las personas en la sala se alarmaron. Durante el último año, habían visto a muchas personas imitar los dones del Espíritu comportándose como salvajes. Lo que Brigham hizo era diferente.

“Hermanos, nunca me opondré a nada que provenga del Señor —dijo José, percibiendo su incomodidad—. Esa lengua es de Dios”.

José habló entonces en el mismo idioma, declarando que era el lenguaje que Adán había hablado en el Jardín de Edén y alentó a los santos a procurar el don de lenguas, como lo había hecho Pablo en el Nuevo Testamento, para el beneficio de los hijos de Dios9.


Brigham partió de Kirtland una semana más tarde, en tanto que un apacible invierno se hacía presente en el pequeño poblado. Sin embargo, unos días antes de Navidad, un periódico local publicó informes de que los líderes del gobierno del estado de Carolina del Sur estaban oponiendo resistencia contra los impuestos a los productos importados y amenazando con declararse independientes de los Estados Unidos. Algunas personas estaban pidiendo entrar en guerra10.

Al leer José los informes sobre la crisis, reflexionó acerca de la iniquidad y la destrucción que, según la Biblia, precederían a la segunda venida del Salvador11. El mundo entero gemía bajo la servidumbre del pecado, le había dicho el Señor recientemente, y Dios pronto visitaría a los malvados con Su ira, destruyendo los reinos de la tierra y haciendo temblar los cielos12.

Después de orar para saber más acerca de esas calamidades, el día de Navidad José recibió una revelación. El Señor le dijo que llegaría el momento en que Carolina del Sur y otros estados del sur se rebelarían contra el resto de la nación. Los estados rebeldes pedirían ayuda a otros países y las personas esclavizadas se levantarían contra sus amos. La guerra y los desastres naturales se derramarían sobre todas las naciones, esparciendo la miseria y la muerte por toda la tierra.

La revelación fue un duro recordatorio de que los santos ya no podían retrasar la construcción de Sion y el templo. Debían prepararse ahora si esperaban evitar la devastación venidera.

“Permaneced en lugares santos —los instó el Señor—, y no seáis movidos, hasta que venga el día del Señor”13.


Dos días después de recibir la revelación sobre la guerra, José se reunió con líderes de la Iglesia en la tienda de Newel Whitney. Él creía que los santos de Misuri se estaban volviendo más críticos de su liderazgo. Si no se arrepentían y restablecían la armonía en la Iglesia, temía que perdieran sus herencias en Sion y perdieran la oportunidad de construir el templo14.

Después de dar inicio a la reunión, José les pidió a los líderes de la Iglesia que oraran para conocer la voluntad del Señor en cuanto a edificar Sion. Los hombres inclinaron la cabeza y oraron, cada uno expresando su voluntad de guardar los mandamientos de Dios. Entonces, José recibió una revelación mientras Frederick Williams, su nuevo escriba, la anotaba15.

Era un mensaje de paz para los miembros de la Iglesia, instándolos a ser santos. “Santificaos —mandaba el Señor—, para que vuestras mentes se enfoquen únicamente en Dios”. Para su sorpresa, Él les mandaba construir un templo en Kirtland y prepararse para recibir Su gloria.

“Organizaos —decía el Señor—; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios”.

Asimismo, el Señor les aconsejaba que pusieran en marcha una escuela. “Y por cuanto no todos tienen fe —declaró—, buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”16.

José envió una copia de la revelación a William Phelps en Misuri, llamándola una “hoja de olivo” y “el mensaje de paz del Señor” a los santos de Kirtland. Les advirtió a los santos de Sion que, si no se santificaban como el Señor lo indicaba, Él escogería a otras personas para construir Su templo.

“Escuchen la voz de advertencia de Dios, no sea que Sion caiga —suplicó José—. Los hermanos de Kirtland oran en beneficio de ustedes incesantemente porque, conociendo los terrores del Señor, temen grandemente por ustedes”17.


El 22 de enero de 1833, José y los santos de Kirtland pusieron en marcha la Escuela de los Profetas en la tienda de la familia Whitney. Uno de los secretarios de José, Orson Hyde, fue designado para enseñar la clase. Al igual que José y muchos de los otros alumnos, Orson había pasado la mayor parte de su niñez trabajando en lugar de asistir a la escuela. Él era huérfano y su tutor le había permitido asistir a la escuela solamente en el invierno, después de la cosecha y antes de la siguiente siembra. Sin embargo, Orson tenía buena memoria y aprendía rápidamente, y había asistido a una academia cercana cuando ya era adulto18.

En la Escuela de los Profetas, Orson les enseñaba a los hombres lecciones espirituales además de historia, gramática y aritmética, tal como el Señor había mandado19. Los que asistían a sus clases no eran meramente alumnos. Se llamaban unos a otros hermanos e hicieron un compromiso mediante un convenio de hermandad20. Estudiaban juntos, hacían análisis y oraban en grupo21.

Un día, José invitó a Orson y a otras personas de la clase a quitarse los zapatos. Siguiendo el ejemplo de Cristo, José se arrodilló ante cada uno de ellos y les lavó los pies.

Cuando terminó, dijo: “Como yo hice, así haced vosotros”. Les pidió que se prestaran servicio unos a otros y se mantuvieran limpios de los pecados del mundo22.


Cuando la Escuela de los Profetas estaba en sesión, Emma observaba a los alumnos llegar y subir las escaleras hasta la habitación estrecha y atestada donde se reunían. Algunos hombres llegaban a la escuela recién lavados y vestidos con esmero por respeto a la naturaleza sagrada de la escuela. Algunos también se salteaban el desayuno para poder asistir a la reunión en ayunas23.

Después de que la clase terminaba y los hombres se iban hasta otro día, Emma, junto con algunas jóvenes mujeres contratadas para ayudar, limpiaban el aula. Dado que los hombres fumaban pipas y mascaban tabaco durante las clases, cuando se iban, la habitación quedaba llena de humo y las tablas del suelo, cubiertas de escupitajos de tabaco. Emma fregaba con todas sus fuerzas pero las manchas de tabaco permanecían en el piso24.

Ella se quejó con José por el desastre. José normalmente no usaba tabaco, pero no le importaba si otros hombres lo hacían. Sin embargo, las quejas de Emma le hicieron cuestionarse si el uso del tabaco era apropiado a los ojos del Señor.

Emma no estaba sola en sus preocupaciones. Los reformadores en los Estados Unidos y en otros países del mundo pensaban que fumar y mascar tabaco, así como beber alcohol, eran hábitos inmundos. Pero algunos médicos creían que el tabaco podía curar una serie de dolencias. Se hacían afirmaciones similares sobre el consumo de alcohol y de bebidas calientes como el café y el té, que las personas bebían sin restricciones25.

Cuando José le llevó el asunto al Señor, recibió una revelación, una “Palabra de Sabiduría para el beneficio de los santos en los últimos días”26. En ella, el Señor le advertía a Su pueblo en contra del consumo de alcohol, declarando que el licor destilado era para el lavamiento de sus cuerpos mientras que el vino era para ocasiones como la Santa Cena. También les advirtió en contra del tabaco y las bebidas calientes.

El Señor hizo hincapié en una dieta saludable, alentando a los santos a comer granos, hierbas y frutas y a consumir carne limitadamente. Prometió bendiciones de salud, conocimiento y fortaleza para aquellos que eligieran obedecer27.

La revelación se había declarado no como mandamiento sino como advertencia. A muchas personas les resultaría difícil renunciar al uso de estas poderosas sustancias, y José no insistió en el cumplimiento estricto. Siguió bebiendo alcohol de vez en cuando, y él y Emma a veces bebían café y té28.

Aun así, después de que José leyó las palabras a la Escuela de los Profetas, los hombres en la habitación arrojaron al fuego sus pipas y sus tabletas de tabaco de mascar para mostrar su voluntad de obedecer el consejo del Señor29.


La primera sesión de la Escuela de los Profetas cerró en marzo y sus miembros se dispersaron para servir misiones o llevar a cabo otras asignaciones30. Los líderes de la Iglesia de Kirtland, mientras tanto, trabajaron para comprar una fábrica de ladrillos y recaudar fondos para construir el templo.31.

Alrededor de esta época, José recibió una carta de Misuri. Después de leer la revelación “hoja de olivo”, Edward y otras personas habían instado a los santos a arrepentirse y reconciliarse con la Iglesia en Kirtland. Sus esfuerzos dieron fruto y ahora le pedían a José que los perdonara32.

Listo para dejar atrás el conflicto, José buscó maneras de cumplir los mandamientos del Señor para Sion. En junio, oró con Sidney Rigdon y Frederick Williams para aprender cómo construir un templo. Mientras oraban, tuvieron una visión del templo y examinaron su exterior, observando la estructura de sus ventanas, techo y torre. Entonces, el templo pareció moverse sobre ellos y se encontraron dentro de él, inspeccionando sus salones internos33.

Después de su visión, los hombres trazaron los planos para construir templos en Kirtland y en Independence. Por fuera, los edificios se verían como grandes iglesias, pero por dentro tendrían dos espaciosos salones de asambleas, uno en el piso superior y otro en el inferior, donde los santos podrían reunirse y aprender34.

A continuación, José se centró en ayudar a los santos de Sion a establecer su ciudad, que se había más que duplicado desde su última visita35. Con la ayuda de Frederick y Sidney, trazó los planos para una ciudad de 2,5 kilómetros cuadrados. Calles largas y rectas cruzaban el mapa, formando una cuadrícula, con casas de ladrillo y piedra ubicadas en lotes alargados con arboledas en el frente y espacio para jardín en el fondo.

La tierra debía dividirse en lotes de un quinto de hectárea cada uno, tanto para los ricos como para los pobres. Los granjeros vivirían en la ciudad y trabajarían en los campos en las afueras de esta. En el centro de la ciudad se encontraban el templo y otros edificios sagrados destinados a la adoración, la educación, la administración y el cuidado de los pobres. En cada edificio público debían inscribirse las palabras “Santidad al Señor”36.

La ciudad podría dar cabida a quince mil personas, lo que la haría mucho más pequeña que la ciudad de Nueva York, pero aún así, sería una de las ciudades más grandes del país. Una vez que la ciudad estuviera llena, el diseño podría repetirse una y otra vez, hasta que todos los santos tuvieran una herencia en Sion. “Diseñen otra de la misma manera —indicó José—, y llenen así el mundo en estos últimos días”37.

En junio de 1833, José, Sidney y Frederick enviaron el proyecto de la ciudad desde Kirtland hasta Independence, junto con instrucciones detalladas sobre cómo construir el templo.

“Hemos comenzado la construcción de la Casa del Señor en este lugar, y avanza rápidamente —informaron en una carta que acompañaba los proyectos—. Día y noche, oramos por la salvación de Sion”38.