Restauración e Historia de la Iglesia
33 Oh Dios, ¿en dónde estás?

“Oh Dios, ¿en dónde estás?”, capítulo 33 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815–1846 (2018)

Capítulo 33: “Oh Dios, ¿en dónde estás?”

Capítulo 33

Saints: The Standard of Truth

Oh Dios, ¿en dónde estás?

Los días parecían interminables para los prisioneros de la cárcel de Liberty. Durante los primeros meses que estuvieron encarcelados, a menudo recibían visitas de familiares y amigos que les llevaban palabras de aliento, ropa y comida. No obstante, hacia finales del invierno, la cantidad de cartas y de visitas amistosas a la cárcel habían disminuido enormemente conforme los santos huían a Illinois, lo cual dejaba a los prisioneros con sentimientos de aislamiento aun mayores1.

En enero de 1839, intentaron apelar las acusaciones ante un juez del condado, pero solo se liberó a Sidney Rigdon, quien se hallaba gravemente enfermo, y bajo fianza. El resto —José, Hyrum, Lyman Wight, Alexander McRae y Caleb Baldwin— regresaron al calabozo en espera del juicio, que tendría lugar en la primavera [boreal]2.

La vida en la cárcel consumió a José; había hostigadores que se asomaban por las ventanas enrejadas para mirarlo con expresiones burlonas en el rostro o gritarle obscenidades. Con frecuencia, tanto él como los demás prisioneros no tenían más que una pequeña hogaza de pan de maíz para comer. El heno que habían utilizado a manera de colchones desde diciembre se hallaba aplanado y ya no era para nada cómodo. Si encendían una fogata para tratar de evitar el frío, el calabozo se inundaba de humo y se ahogaban3.

El día de comparecer en el juicio se acercaba pronto y cada uno de aquellos hombres sabía que había una gran posibilidad de que los condenara un tribunal tendencioso y se les ejecutase. Intentaron escapar en más de una ocasión, pero los guardias los atraparon todas las veces4.

Desde que había recibido su llamamiento divino, José había seguido adelante y había afrontado la oposición, esforzándose por obedecer al Señor y congregar a los santos. Aun así, y por mucho que la Iglesia hubiera prosperado con los años, ahora parecía hallarse al borde del colapso.

Los populachos habían expulsado a los santos de Sion, en el condado de Jackson; las disensiones internas habían dividido la iglesia en Kirtland y habían dejado el templo en manos de los acreedores; y ahora, tras una terrible guerra con sus vecinos, los santos estaban dispersados a lo largo de la costa oriental del río Mississippi, desalentados y sin techo.

Ojalá el pueblo de Misuri los hubiese dejado en paz, pensaba José, hubiera habido calma y tranquilidad en el estado. Los santos eran buenas personas que amaban a Dios; no merecían que se les arrastrara fuera de sus hogares, se les golpeara y se les abandonara en espera de la muerte5.

La injusticia enfurecía a José. En el Antiguo Testamento, Jehová a menudo rescataba a Su pueblo del peligro al derrotar a los enemigos de este con la fuerza de Su brazo.Pero ahora, cuando se había amenazado a los santos con el exterminio, Él no había intervenido.

¿Por qué?

¿Por qué el amoroso Padre Celestial permitía que tantos hombres, mujeres y niños inocentes sufrieran, mientras quienes los expulsaban de sus casas, robaban sus tierras y ejercían una violencia inexpresable contra ellos, se libraban y no recibían castigo? ¿Por qué permitía que Sus siervos fieles descendieran a una cárcel infernal, lejos de sus seres queridos? ¿Cuál era el propósito de abandonar a los santos en el preciso momento en que más los necesitaban?

“Oh Dios, ¿en dónde estás? —exclamó José—. ¿Hasta cuándo se detendrá tu mano?”6.


Mientras José se debatía ante el Señor, los Apóstoles en Quincy tenían una importante decisión que tomar que tenía un potencial peligro de muerte. El año anterior, el Señor les había mandado que se reunieran en el solar del Templo de Far West el 26 de abril de 1839, donde debían seguir poniendo los cimientos del templo, y luego habían de partir a otra misión en Inglaterra. A poco más de un mes antes de la fecha señalada, Brigham Young insistió en que los Apóstoles debían regresar a Far West y cumplir con el mandamiento del Señor al pie de la letra.

Varios líderes de la Iglesia en Quincy creían que ya no era necesario que los Apóstoles obedecieran la revelación y consideraban que era una necedad volver a un lugar donde los populachos habían jurado matar a los santos. Con seguridad, concluyeron ellos, el Señor no esperaría que arriesgaran la vida al viajar cientos de kilómetros en territorio enemigo de ida y vuelta cuando se les necesitaba tanto en Illinois7.

Además, su Cuórum estaba desorganizado; Thomas Marsh y Orson Hyde se hallaban en estado de apostasía, Parley Pratt estaba en la cárcel, y Heber Kimball y John Page todavía estaban en Misuri. Los Apóstoles llamados más recientemente, Wilford Woodruff, Willard Richards y George A. Smith (un primo de José), ni siquiera habían sido ordenados aún, y Willard estaba predicando el Evangelio en Inglaterra8.

Sin embargo, Brigham opinaba que reunirse en Far West, como el Señor había mandado, se hallaba dentro de sus posibilidades y que debían intentar hacerlo.

Además, quería que los Apóstoles que estaban en Quincy fueran unánimes en la decisión. Para emprender el viaje, tendrían que dejar sus familias en un momento en que el futuro de la Iglesia era incierto. Si se capturaba o asesinaba a los Apóstoles, sus esposas e hijos tendrían que afrontar solos las pruebas venideras.

Sabiendo lo que estaba en juego, Orson Pratt, John Taylor, Wilford Woodruff y George A. Smith acordaron hacer todo lo que hiciera falta para obedecer el mandato del Señor.

“El Señor Dios ha hablado —dijo Brigham después que tomaron la decisión—. Nuestro deber es obedecer y dejar los acontecimientos en Sus manos”9.


Mientras, en la cárcel de Liberty, la preocupación por los santos y los agravios cometidos contra ellos carcomía a José. Por la noche del 19 de marzo, recibió cartas de Emma, de su hermano Don Carlos y del obispo Partridge10. Las cartas los animaron un poco tanto a él como a los demás prisioneros, aunque no podía olvidar que estaba atrapado en un calabozo sucio mientras los santos se hallaban dispersos y necesitaban ayuda.

El día posterior a la llegada de las cartas, José comenzó a escribir algunas epístolas a los santos, desahogando el alma como jamás lo había hecho por escrito; las dictó a un compañero de celda, quien actuó de amanuense. El Profeta intentó alentar a los santos en su desesperanza.

“Toda clase de iniquidad y crueldad que se haya infligido sobre nosotros —les aseguró—, solo obrará en aras de entrelazar nuestros corazones y sellarlos juntos con amor”11.

Sin embargo, no podía pasar por alto los meses de persecución que los habían conducido a su condición desesperada. Censuró al gobernador Boggs, a la milicia y a quienes habían hecho daño a los santos. “Permite que tu enojo se encienda en contra de nuestros enemigos —clamó al Señor en oración—, y en el furor de tu corazón, vénganos de nuestras injurias con tu espada”12.

No obstante, José sabía que sus enemigos no eran los únicos culpables. Algunos santos, incluso algunos líderes de la Iglesia, habían tratado de encubrir sus pecados, satisfacer su orgullo y ambición, y usar la fuerza para compelir a otras personas a obedecerlos. Habían abusado de su poder y posición entre los santos.

José dijo mediante inspiración: “Hemos aprendido, por tristes experiencias, que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad, como ellos suponen, es comenzar inmediatamente a ejercer injusto dominio”13.

Los santos rectos habían de actuar conforme a principios más elevados. “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio —declaró el Señor—, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero”. Quienes intentaron hacerlo de otro modo perdieron el Espíritu y la autoridad de bendecir la vida de otras personas mediante el sacerdocio14.

Aun así, José clamó a favor de los santos inocentes. “Oh Señor, ¿hasta cuándo sufrirán estas injurias y opresiones ilícitas, antes que tu corazón se ablande y tus entrañas se llenen de compasión por ellos?”, imploró15.

“Hijo mío, paz a tu alma —respondió el Señor—. Tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento; y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos”16.

El Señor aseguró a José que no lo había olvidado. “Si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien”, dijo el Señor a José.

El Salvador recordó a José que los santos no podrían sufrir más de lo que Él había sufrido. Él los amaba y podía terminar con su dolor, pero en vez de hacerlo, escogió sufrir aflicciones con ellos al cargar sus penas y pesares como parte de Su sacrificio expiatorio. Tal sufrimiento lo llenó de misericordia y le dio el poder de socorrer y refinar a todos los que acudan a Él durante las pruebas. El Señor instó a José a sobrellevarlo y le prometió que jamás lo abandonaría.

“Tus días son conocidos y tus años no serán acortados —lo tranquilizó el Señor—. No temas, pues, lo que pueda hacer el hombre, porque Dios estará contigo para siempre jamás”17.


Mientras el Señor hablaba palabras de paz a José en la cárcel, Heber Kimball y otros santos de Misuri instaban incansablemente a la Corte Suprema del Estado a liberar al Profeta. Los jueces parecían favorables a las apelaciones de Heber, e incluso algunos cuestionaron la licitud del encarcelamiento de José; si bien, en última instancia, se rehusaron a intervenir en el caso18.

Desalentado, Heber regresó a Liberty para informar a José Smith al respecto. Los guardias no le permitieron ingresar al calabozo, de modo que se puso de pie del lado externo de la ventana de la cárcel y llamó a sus amigos. Lo había intentado tanto como podía, dijo, pero no había marcado ninguna diferencia.

“Sé de buen ánimo —le contestó José—, y haz que se marchen todos los santos tan rápidamente como sea posible”19.

Heber se infiltró en Far West algunos días después, atento a los peligros que aún asechaban en la zona. Aparte de un puñado de líderes y algunas familias, la ciudad estaba vacía. La familia de Heber había partido dos meses antes y este no había sabido de ella desde entonces. Al pensar en ella, en los prisioneros, y en quienes habían sufrido y muerto a manos de los populachos, se sintió abatido y solitario. Al igual que José, anhelaba que terminara el sufrimiento.

Mientras Heber pensaba en la desdichada situación de aquellos y en su fracaso al no lograr la libertad de José, sintió que lo invadían el amor y la gratitud del Señor. Puso una hoja de papel sobre su rodilla y escribió las impresiones que recibió.

“Recuerda que siempre estoy contigo, aun hasta el fin —oyó que decía el Señor—. Mi Espíritu estará en tu corazón para enseñarte las cosas apacibles del reino”.

El Señor le dijo que no se preocupara por su familia. “Los alimentaré, los vestiré y les brindaré amigos —prometió—. La paz será sobre ellos para siempre si eres fiel y vas a predicar Mi evangelio a las naciones de la tierra”20.

Cuando Heber acabó de escribir, su corazón y su mente estaban en calma.


Después que el Señor le hubo hablado en el sombrío y desdichado calabozo, José ya no temía que Dios lo hubiera abandonado a él y a la Iglesia. En algunas cartas dirigidas a Edward Partridge y los santos, testificó osadamente sobre la obra de los últimos días. “El infierno podrá derramar su furia como la ardiente lava del monte Vesubio —declaró—, “pero el ‘mormonismo’ continuará”. Estaba seguro de ello.

“El ‘mormonismo’ es la verdad —exclamó—. Dios es su autor. Él es nuestro escudo, de Él hemos recibido nuestro origen; fue por Su voz que fuimos llamados a una dispensación de Su evangelio al principio del cumplimiento de los tiempos”21.

Instó a los santos a elaborar una lista oficial de las injusticias que habían padecido en Misuri a fin de que pudieran entregarla al presidente de los Estados Unidos y a otros funcionarios gubernamentales para su investigación. José creía que el deber de los santos era procurar indemnizaciones legales por las pérdidas.

Él les aconsejó: “Hagamos con buen ánimo cuanta cosa esté a nuestro alcance; y entonces podremos permanecer tranquilos, con la más completa seguridad, para ver la salvación de Dios y que se revele su brazo”22.

Pocos días después de que José enviara las cartas, él y sus compañeros de prisión dejaron la cárcel para comparecer ante un gran jurado en Gallatin. Antes de partir, José escribió una carta a Emma. “Quiero ver al pequeño Frederick, a Joseph, a Julia y a Alexander —escribió—. Diles que papá los ama con amor perfecto y que está haciendo todo lo posible por huir de la chusma a fin de poder volver a ellos”23.

Cuando los prisioneros llegaron a Gallatin, algunos de los abogados que estaban en la sala se hallaban bebiendo, mientras una multitud de hombres perezosos holgazaneaba en el exterior y trataba de ver algo a través de las ventanas. El juez que estaba en el estrado había oficiado de fiscal en contra de los santos en la audiencia de estos de noviembre24.

Con la convicción de que tendrían una audiencia justa en el condado de Daviess, José y los demás prisioneros pidieron un cambio de jurisdicción. Se concedió la solicitud y los prisioneros partieron a un juzgado de otro condado, con un alguacil y cuatro guardias nuevos25.

Los guardias fueron benévolos con ellos y los trataron de manera humana durante el viaje a la nueva jurisdicción26. En Gallatin, José se había ganado su respeto al vencer al más fuerte de ellos en una caballeresca competencia de lucha libre27. La opinión pública en cuanto a los santos también estaba cambiando. A algunos habitantes de Misuri comenzaba a disgustarles la orden de exterminio del gobernador y deseaban tan solo dejar de lado todo el asunto y librarse de los prisioneros28.

Al día siguiente de salir del condado de Daviess, se detuvieron en un apeadero y los prisioneros compraron whisky a los guardias. Más tarde, aquella noche, el alguacil se acercó a sus custodiados y les dijo: “Beberé un buen trago de grog y me iré a dormir, y ustedes podrán hacer lo que les dicte su parecer”.

Mientras el alguacil y tres de los guardias se emborrachaban, José y sus amigos ensillaron dos caballos con la ayuda del guardia restante y se encaminaron hacia el este, durante la noche29.


Dos días después, al tiempo que José y los demás prisioneros huían para ponerse a salvo, cinco de los Apóstoles partieron en la dirección opuesta para cruzar el Mississippi hacia Far West. Brigham Young, Wilford Woodruff y Orson Pratt iban en un carruaje, mientras que John Taylor y George A. Smith lo hacían en otro con Alpheus Cutler, que había sido el capataz de los constructores del templo.

Cruzaron rápidamente las planicies, ansiosos por llegar a Far West el día señalado. Por el camino, hallaron al apóstol John Page, quien se dirigía al este tras salir de Misuri con su familia, y lo persuadieron a unírseles30.

Tras siete días de camino, los Apóstoles entraron en Far West al amparo de la luna del 25 de abril. Ya había crecido la hierba en sus abandonadas calles, y reinaba el silencio. Heber Kimball, que había regresado a Far West tras enterarse del escape de José, salió de su escondite y les dio la bienvenida al pueblo.

Los hombres se reunieron durante algunas horas. Luego, conforme rayaba la aurora en el horizonte del oriente, cabalgaron silenciosamente hasta la plaza principal y caminaron con los pocos santos que quedaban en la ciudad hasta el solar del templo. Allí cantaron un himno y Alpheus hizo rodar una gran piedra hasta la esquina sudeste del solar, en cumplimiento del mandamiento del Señor de recomenzar la colocación de los cimientos del templo31.

Wilford se sentó sobre la piedra mientras los Apóstoles formaron un círculo alrededor de él; colocaron las manos sobre su cabeza, y Brigham lo ordenó al apostolado. Al terminar, George ocupó el lugar de Wilford sobre la piedra y también se lo ordenó a él.

Viendo que habían hecho todo lo que podían hacer, los Apóstoles inclinaron la cabeza y se turnaron para orar en la luz matinal. Cuando finalizaron, cantaron “Adam–ondi–Ahman” [Adán–ondi–Ahmán], un himno que expresa el anhelo de la segunda venida de Jesucristo y del día en que la paz de Sion se extenderá desde las praderas de Misuri devastadas por la guerra y llenará el mundo.

Luego Alpheus rodó la piedra hasta el lugar donde la había hallado, dejando así los cimientos en las manos del Señor hasta el día en que Él prepare una vía para que los santos vuelvan a Sion32.

Al día siguiente, los Apóstoles viajaron unos cincuenta y dos kilómetros para alcanzar a las últimas familias que luchaban por salir de Misuri. Esperaban partir pronto a Gran Bretaña; no obstante, primero quisieron reunirse con sus seres queridos en Illinois y establecerlos en el nuevo sitio de recogimiento, doquiera que estuviese33.


Más o menos en ese momento, atracó un transbordador en Quincy, del cual desembarcaron varios pasajeros de aspecto harapiento. Uno de ellos —un hombre pálido y delgado— llevaba un sombrero de ala ancha y una chaqueta azul con el cuello doblado hacia arriba para disimular su rostro sin afeitar. Llevaba los pantalones andrajosos y metidos dentro de sus desgastadas botas34.

Dimick Huntington, un exalguacil de los santos de Far West, observó cómo el desaliñado extraño ascendía las orillas del río. A Dimick le llamó la atención algo familiar en el rostro del hombre y en su forma de andar. No obstante, no pudo precisar el porqué hasta que pudo verlo mejor.

“¿Es usted, hermano José?”, exclamó.

José levantó las manos para acallar a su amigo; “¡Shhh! —dijo con cautela—. ¿Dónde está mi familia?”35

Desde su fuga, José y los demás prisioneros se habían mantenido en alerta y habían huido por los caminos secundarios de Misuri hacia el río Mississippi y hacia la libertad que los aguardaba en la otra ribera, más allá del alcance de las autoridades de Misuri36.

Dimick, aún sorprendido de ver al Profeta, explicó que Emma y los niños vivían a seis kilómetros de la ciudad.

“Lléveme donde mi familia tan rápido como pueda”, dijo José.

Dimick y José cabalgaron hasta la casa de Cleveland tomando calles secundarias que cruzaban el poblado a fin de evitar que los vieran. Cuando llegaron, José desmontó y se dirigió a la casa.

Emma apareció en la puerta y lo reconoció de inmediato; salió corriendo y lo abrazó a mitad de camino, antes de la entrada37.