Restauración e Historia de la Iglesia
30 Luchen cual ángeles

“Luchen cual ángeles”, capítulo 30 de Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días, tomo I, El estandarte de la verdad, 1815–1846 (2018)

Capítulo 30: “Luchen cual ángeles”

Capítulo 30

Saints: The Standard of Truth

Luchen cual ángeles

La tarde del 30 de octubre de 1838 era fresca y agradable en Hawn’s Mill, un pequeño poblado del condado de Caldwell. Los niños jugaban bajo un cielo despejado a orillas del arroyo Shoal. Las mujeres lavaban ropa en el río y preparaban la comida. Algunos hombres estaban en el campo cosechando los cultivos para el invierno, mientras otros trabajaban en los molinos que se hallaban a lo largo del río1.

Amanda Smith se hallaba sentada en una tienda de campaña, mientras sus hijas, Alvira y Ortencia, jugaban a poca distancia; su esposo, Warren, estaba en el taller del herrero con sus tres hijitos varones, Willard, Sardius y Alma2.

La familia Smith solo se hallaba de paso en Hawn’s Mill; pertenecían a la compañía de santos pobres que habían dejado Kirtland durante aquel verano [boreal]. La travesía de la familia se había demorado debido a un problema tras otro, lo cual los había obligado a separarse de los demás. La mayor parte de la compañía ya había llegado a Far West, y Amanda y Warren estaban ansiosos por retomar el viaje3.

Mientras Amanda descansaba en la tienda, vio señales de movimientos afuera y permaneció quieta y en silencio. Un grupo de hombres armados y con el rostro pintado de oscuro avanzaban sobre el asentamiento4.

Tal como a otros santos del lugar, a Amanda le habían preocupado los ataques del populacho. Antes de detenerse en Hawn’s Mill, los de su pequeña compañía habían sufrido la agresión de algunos hombres que habían irrumpido en los carromatos, les habían confiscado las armas y los habían dejado bajo custodia durante tres días antes de liberarlos5.

Cuando la compañía llegó a Hawn’s Mill, los líderes locales les habían asegurado que el poblado era un sitio seguro. David Evans, el líder de los santos del lugar, había concertado una tregua con los vecinos, quienes dijeron que deseaban vivir en paz con ellos. No obstante, como precaución, había colocado guardias alrededor del asentamiento.

Ahora el peligro se cernía sobre los santos de Hawn’s Mill. Amanda tomó sus niñitas y corrió al bosque que estaba junto al estanque del molino. Oyó el tronar de disparos de armas de fuego detrás de ella y el silbido de una ráfaga de balas que pasó cerca de ella y de los demás que se dirigían atropelladamente a los árboles6.

Cerca de la herrería, David agitó el sombrero y pidió a gritos un alto el fuego. El populacho hizo caso omiso y prosiguió el avance, al tiempo que disparaba de nuevo a los santos que huían7.

Amanda corrió aferrada a sus hijas hasta una cañada, mientras los proyectiles le pasaban zumbando por el costado. Al llegar al fondo, ella y las niñas se apresuraron a cruzar por un tablón que hacía las veces de puente sobre el estanque y conducía al pie de una colina que estaba del otro lado.

Mary Stedwell, una mujer que corría junto a ella, alzó las manos en dirección al populacho e imploró clemencia; el populacho disparó otra vez y un proyectil le destrozó la mano.

Amanda le gritó a Mary que se pusiera a cubierto detrás de un árbol caído; ella y sus hijas se internaron en el bosque y se escondieron en unos arbustos del otro lado de la colina.

Oculta del populacho, Amanda abrazó a sus pequeñas y escuchó mientras los disparos resonaban por todo el poblado8.


Cuando comenzaron los disparos, Alma, el hijo de Amanda de seis años de edad, y el hermano mayor de este, Sardius, siguieron a su padre hasta la herrería, donde los santos habían guardado las pocas armas que poseían. En el interior, había decenas de hombres que trataban desesperadamente de repeler a los atacantes, valiéndose del taller como defensa. Quienes tenían armas disparaban al populacho a través de los resquicios que había en las paredes de troncos.

Aterrados, Alma y Sardius se arrastraron hasta quedar debajo del fuelle de herrero junto con otro niño. El populacho, en el exterior, rodeó el taller y se acercó a los santos. Algunos hombres corrieron a la puerta pidiendo clemencia a gritos, pero los constantes disparos del populacho los derribaron9.

Alma se mantuvo oculto debajo del fuelle conforme la balacera aumentaba y se intensificaba. Los del populacho rodearon de cerca el taller, metieron las armas en los resquicios de los muros y dispararon a los hombres a corta distancia. Uno tras otro, los santos cayeron al suelo con impactos de proyectiles en el pecho, los brazos y los muslos10. Desde debajo del fuelle, Alma oía los quejidos de dolor de los hombres.

Enseguida, el populacho acometió contra la entrada, disparando a más hombres conforme estos intentaban escapar. Tres proyectiles hirieron al muchacho que estaba junto a Alma, y cayó inerte. Un hombre divisó a Alma y le disparó de tal modo que le abrió un hoyo en la cadera11. Otro hombre descubrió a Sardius y lo arrastró al exterior; empuñó el cañón de su arma brutalmente contra la cabeza del niño de diez años y haló el gatillo, matándolo de forma instantánea12.

Uno de los del populacho volvió la cabeza para apartar la vista; “Fue una verdadera lástima matar a esos muchachitos”, dijo.

“Las liendres se convierten en piojos”, contestó otro13.


Los santos de Far West, que ignoraban la orden de exterminio del gobernador, tenían la esperanza de que Boggs enviara ayuda antes que los populachos sitiaran el pueblo. Al divisar desde la distancia que una tropa de unos doscientos cincuenta milicianos se acercaba el 30 de octubre, se llenaron de dicha. Pensaron que el gobernador al fin había enviado la milicia del estado para protegerlos14.

Al mando de las fuerzas se hallaba el general Alexander Doniphan, que había ayudado a los santos anteriormente. El general Doniphan formó las tropas en una columna, frente a las fuerzas de los santos, que estaban ubicadas cerca de los límites de Far West, y estos izaron la bandera blanca de tregua. El general aún aguardaba órdenes por escrito del gobernador, pero él y las tropas no habían venido a proteger a Far West. Se hallaban allí para poner bajo su control a los santos15.

Aunque sabía que las fuerzas de los santos superaban en número a las tropas de Misuri, George Hinkle, el Santo de los Últimos Días a cargo del regimiento del condado de Caldwell, se inquietó y mandó que sus tropas se retiraran. Mientras los hombres retrocedían, José cabalgó entre las filas, confundido ante la orden de George.

¿“Retirarnos? —exclamó—. En nombre de Dios, ¿adónde vamos a retirarnos?” Entonces mandó a los hombres que regresaran al campo y se alinearan de nuevo16.

Luego, unos mensajeros de la milicia de Misuri se acercaron a los santos con órdenes de garantizar la evacuación segura de Adam Lightner y su familia de la ciudad. Adam no era miembro de la Iglesia, pero se había casado con Mary Rollins, una mujer de veinte años de edad que, años antes y mientras siendo ella una jovencita, había rescatado las páginas del Libro de Mandamientos de una turba en Independence.

A Adam y Mary se les había emplazado a salir de Far West junto con Lydia, hermana de Adam, y el esposo de esta, John Cleminson. Al enterarse de lo que requerían los soldados, Mary acudió a Lydia y le preguntó lo que ella pensaba que debían hacer.

“Haremos lo que tú digas”, dijo Lydia.

Mary preguntó a los mensajeros si las mujeres y los niños de Far West podrían abandonar el poblado antes del ataque.

—No —respondieron.

—¿Permitirán que salga la familia de mi madre? —preguntó Mary.

—Las órdenes del gobernador fueron que nadie, salvo sus dos familias, pueden salir —le respondieron17.

—Si ese es el caso, me niego a ir —dijo Mary—. Yo moriré cuando ellos mueran, pues soy una mormona de pura cepa y no me avergüenza decirlo.

—Piense en su esposo y su hijo —replicaron los mensajeros.

—Él puede irse y llevar al niño consigo, si lo desea —dijo Mary—, pero yo permaneceré con el resto18.

Al partir los mensajeros, José cabalgó hasta ellos y dijo: “¡Vayan a decirle a ese ejército que se retire en cinco minutos o les haremos pasar un infierno!”19.

Los milicianos cabalgaron de regreso hasta sus líneas y las tropas de Misuri enseguida se retiraron hasta el campamento principal20. Más tarde, ese mismo día, llegaron más de mil ochocientos hombres al mando del general Samuel Lucas, que había sido uno de los que comandaron la expulsión de los santos del condado de Jackson cinco años antes21.

No había más de trescientos santos armados en Far West, pero tenían la determinación de defender sus familias y hogares. El Profeta reunió las fuerzas de los santos en la plaza principal de la ciudad y les dijo que se prepararan para la batalla22.

“Luchen cual ángeles”, dijo José; él creía que si la milicia de Misuri atacaba, el Señor enviaría a los santos dos ángeles por cada hombre que les faltase23.

No obstante, el Profeta no quería iniciar el combate. Aquella noche, los santos apilaron todo lo que podían hasta formar una barricada que se extendía unos tres kilómetros a lo largo de los límites este, sur y oeste de la ciudad. Mientras los hombres encajaban maderos de vallas entre cabañas de troncos y carromatos, las mujeres reunían provisiones por si ocurría el ataque.

Los vigías montaron guardia toda la noche24.


En Hawn’s Mill, Willard Smith, de once años de edad e hijo mayor de Amanda Smith, salió de detrás de un árbol grande, cerca del estanque del molino e ingresó en la herrería. Al comenzar el ataque, había tratado de permanecer con su padre y hermanos, pero no había podido abrirse camino hasta el taller; entonces se puso a cubierto detrás de una pila de leña. Cuando el populacho se dispersó y descubrió dónde estaba, Willard fue corriendo de casa en casa, esquivando los disparos, hasta que la turba abandonó el asentamiento.

En la herrería, Willard encontró el cuerpo sin vida de su padre, que se había desplomado en la entrada. Vio el cuerpo de su hermano Sardius, cuya cabeza había quedado terriblemente desfigurada por el disparo. Otros cuerpos —más de doce— yacían amontonados en el suelo, dentro del taller. Willard buscó entre ellos y halló a su hermano Alma. El muchacho estaba tendido inmóvil en la tierra, pero aún respiraba. Sus pantalones estaban cubiertos de sangre en la parte en que le habían disparado25.

Willard tomó a Alma en brazos y lo llevó fuera; entonces vio a su madre que venía hacia ellos desde el bosque. “¡Han matado a mi pequeño Alma! —gritó Amanda al verlos—.

No, mamá —dijo Willard—, pero papá y Sardius están muertos”.

Llevó a su hermano hasta donde acampaban y lo recostó con cuidado. Los de la turba habían registrado la tienda de campaña, cortado y abierto los colchones, y esparcido la paja. Amanda acomodó la paja como pudo y la cubrió con una sábana a fin de hacer una cama para Alma. Luego cortó los pantalones para ver la herida26.

La herida estaba en carne viva y era terrible; la articulación de la cadera había desaparecido por completo. Amanda no tenía idea alguna de cómo ayudarlo.

Aunque podía enviar a Willard a buscar ayuda, ¿adónde iría? A través del delgado lienzo de la tienda de campaña, oía los quejidos de los heridos y el llanto de los santos que habían perdido esposos, padres, hijos y hermanos. Cualquier persona que pudiera ayudarla se hallaba ya atendiendo a otra persona o llorando. Sabía que tendría que confiar en Dios27.

Cuando Alma recobró el conocimiento, Amanda le preguntó si creía que el Señor podía hacerle una cadera nueva. Alma dijo que sí, si ella así lo creía.

Amanda reunió a sus otros tres hijos alrededor de Alma. Entonces oró: “Oh, mi Padre Celestial, Tú ves a mi pobre muchacho herido y conoces mi inexperiencia. Padre Celestial, indícame lo que debo hacer”28.

Terminó la oración y oyó una voz que dirigiría sus acciones. Las brasas de la fogata de la familia aún humeaban afuera, entonces Amanda rápidamente mezcló cenizas con agua a fin de hacer una solución alcalina. Empapó un paño limpio con la solución y lavó la herida de Alma con suavidad, repitiendo el procedimiento una y otra vez hasta que quedó limpia.

Luego envió a Willard a recoger raíces de olmo. Cuando este regresó, Amanda molió las raíces hasta reducirlas a una pulpa y la plegó para formar una cataplasma; luego colocó la cataplasma sobre la herida de Alma y la vendó con una tela de lino.

“Ahora quédate recostado y no te muevas, y el Señor te hará otra cadera”, dijo a su hijo29.

Después de ver que estaba dormido y que los demás muchachos estaban a salvo dentro de la tienda, Amanda salió y lloró30.


A la mañana siguiente, el 31 de octubre, George Hinkle y otros líderes de la milicia de los santos se reunieron con el general Doniphan bajo los términos de la bandera blanca de tregua. Doniphan aún no había recibido órdenes del gobernador, pero sabía que estas autorizaban el exterminio de los santos. Cualquier negociación de paz, explicó, debía esperar hasta que él viera las órdenes. Además, dijo a George que el general Lucas —el antiguo enemigo de los santos— estaba ahora al mando de las fuerzas de la milicia31.

De regreso a Far West, George comunicó a José Smith lo que le habían dicho. Alrededor de ese momento, llegaron unos mensajeros de Hawn’s Mill con noticias de la masacre. Se había asesinado a diecisiete personas y había más de doce heridos32.

Ambas noticias contristaron a José. El conflicto con los habitantes de Misuri se había intensificado mucho más allá de los ataques y las escaramuzas menores. Si el populacho y las milicias rompían la línea de las barricadas, la gente de Far West podría sufrir la misma suerte que la de Hawn’s Mill33.

“Arrástrese y suplique la paz”, mandó José a George. El Profeta dijo que prefería morir o ir a la cárcel durante veinte años antes que ver a los santos masacrados34.

Más tarde, aquel mismo día, llegaron las órdenes del gobernador y George y otros líderes de la milicia hicieron arreglos para reunirse con el general Lucas en una colina, cerca de Far West. El general llegó por la tarde y leyó la orden de exterminio en voz alta. Los santos estaban estupefactos; sabían que Far West estaba rodeado por casi tres mil milicianos de Misuri deseosos de ir a la batalla, en su mayoría. Todo lo que Lucas tenía que hacer era hacer sonar la carga y sus tropas invadirían la ciudad.

Sin embargo, el general dijo que él y las tropas estaban dispuestos a mostrar algo de clemencia si los santos entregaban a sus líderes, entregaban las armas, y aceptaban vender sus tierras y abandonar el estado para siempre. Dio a George un plazo de una hora para aceptar los términos; de lo contrario, nada detendría a sus tropas y aniquilarían a los santos35.

George regresó a Far West esa tarde sin saber si José aceptaría aquellos términos. En carácter de comandante de la milicia del condado de Caldwell, George tenía la autoridad para negociar con el enemigo, no obstante, José quería que consultara con la Primera Presidencia antes de aceptar cualquier propuesta de las tropas del estado.

Al considerar que se agotaba el tiempo y la milicia de Misuri estaba en posición para atacar la ciudad, George dijo a José que el general Lucas quería hablar con él y otros líderes de la Iglesia sobre finalizar el conflicto. Ansioso por salvaguardar a los santos del peligro, José accedió a hablar bajo los términos de la bandera de tregua. Aunque no era miembro de la milicia, José deseaba hacer todo lo que pudiera para resolver el conflicto36.

Él y George salieron de Far West poco antes de la puesta de sol con Sidney Rigdon, Parley Pratt, Lyman Wight y George Robinson. A medio camino, conforme se dirigían al campamento de Misuri, vieron que el general Lucas cabalgaba a su encuentro con varios soldados y un cañón. José supuso que venían para escoltarlos a salvo hasta el campamento.

El general detuvo el caballo delante de los hombres y ordenó a sus tropas que los rodearan. George Hinkle caminó hasta el general y dijo: “Estos son los prisioneros que acordé entregar”.

El general Lucas desenvainó la espada y dijo: “Caballeros, ustedes son mis prisioneros”. Las tropas de Misuri estallaron en estridentes alaridos de guerra y rodearon a los cautivos37.

José estaba atónito; ¿qué había hecho George? La confusión del Profeta se tornó en ira y exigió hablar con Lucas, pero el general lo ignoró y se alejó a caballo.

Las tropas condujeron a José y los demás hombres al campamento de Misuri. Una multitud de soldados despiadados los recibió con insultos y amenazas. Mientras José y sus amigos pasaban frente a las formaciones, los hombres vociferaban triunfalmente y les escupían el rostro y la ropa.

El general Lucas puso a José y sus amigos bajo fuerte custodia, y los obligó a dormir en el suelo frío. Sus días de hombres libres habían acabado, ahora eran prisioneros de guerra38.