Historia de la Iglesia
14 Es difícil estar separados
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“Es difícil estar separados”, capítulo 14 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2019

Capítulo 14: “Es difícil estar separados”

Capítulo 14

Es difícil estar separados

A fines de marzo de 1855, Ann Eliza Secrist llevaba nueve meses sin saber nada de su esposo. Hubo correspondencia que resultó destruida durante el conflicto reciente con Walkara y el cierre de las rutas postales durante el invierno explicaba sin duda parte del largo silencio. Ella deseaba escribirle, pero no sabía adónde enviar las cartas. Lo último que había sabido es que Jacob estaba predicando el Evangelio en Suiza, pero una carta reciente de Daniel Tyler, un líder de la misión en ese país, indicaba que desconocía dónde estaba sirviendo Jacob1.

Hacía más de un año que Jacob había escrito que pronto regresaría a Utah. En seis meses se cumplirían los tres años de su llamamiento misional, por lo que Ann Eliza esperaba que él volviera a casa para esa fecha. Ya habían regresado otros misioneros que habían partido del territorio con él y los niños comenzaban a preguntar por qué su padre no había vuelto a casa también2.

Muchas cosas habían acontecido en la familia recientemente. Cuando surgieron los conflictos entre los colonos y los utes, Ann Eliza decidió que no regresaría a la granja, sino que se quedaría en Salt Lake City, donde estarían más seguros. Por un tiempo había alquilado parte de la casa en la ciudad a una nueva familia de inmigrantes escoceses que acababan de llegar. También había criado dos cerdos gordos que proporcionaron la mayor parte del sustento de la familia durante el invierno. Los niños asistían a la escuela, estaban mejorando la lectura y aprendiendo el Evangelio. Todo el tiempo que Jacob llevaba ausente, ella había manejado los recursos familiares con mucha prudencia y había procurado mantenerse libre de deudas3.

El 25 de marzo de 1855, tres santos suizos visitaron a Ann Eliza y a los niños. Uno de ellos era Serge Louis Ballif, uno de los primeros conversos a la Iglesia en Suiza, y había sido uno de los líderes en la Misión Suiza cuando llegó Jacob. Antes de que Serge y su familia emigraran a Sion, Jacob le había entregado el relato escrito de su misión, junto con regalos para Ann Eliza y los niños.

Al final de su relato misional, Jacob había escrito algunas reflexiones sobre su servicio. “Hasta ahora he hecho poco, y el tiempo dirá cuánto bien llegaré a hacer en Suiza”, escribió. “He visto a unos pocos regocijarse mucho por mis enseñanzas y confío en que veré el día en este país en que los santos se regocijen con mis enseñanzas, que son muy sencillas”4.

A Louisa y Mary Elizabeth, Jacob les enviaba unas tijeras, pidiendo a las niñas que las conservaran lustrosas. A Moroni le envió una cajita llena de soldados de juguete y unas canicas para que las compartiera con Nephi, su hermano de dos años. Además, prometía llevarles a los varones unas espadas de Europa5.

Luego de leer las experiencias de Jacob, Ann Eliza le escribió a la dirección de la oficina de la misión en Liverpool, Inglaterra. No le escribió mucho al no estar segura de si recibiría la carta antes de que él regresara a casa. Como de costumbre, compartió con él noticias de los niños y la granja.

“En todo esto, he hecho lo mejor que pude desde que partiste”, le escribió. “Pedirle a Dios que te bendiga y preserve continuamente es el deseo sincero de tu querida esposa”6.


El 5 de mayo de 1855 era una helada mañana de primavera en el valle del Lago Salado, cuando George Q. Cannon se despertó. Había regresado de Hawái a finales del mes de noviembre7. Doce días después de su regreso, pidió prestado un traje, el cual no le quedaba bien del todo, y se casó con Elizabeth Hoagland en la casa de los padres de ella. Era algo que ambos habían estado aguardando desde antes de que George partiera para su primera misión8.

Ahora, cinco meses después de la boda, la pareja había sido invitada a asistir a la dedicación de la Casa de Investiduras, una nueva edificación que se hallaba en la manzana del templo y en la que los santos podrían recibir sagradas ordenanzas mientras el templo se hallaba en construcción.

Después de la dedicación, Elizabeth recibiría su investidura, y ella y George se sellarían. La pareja partiría posteriormente hacia San Francisco, adonde se había llamado a George a una misión para publicar la traducción del Libro de Mormón al hawaiano.

George y Elizabeth llegaron a la Casa de Investiduras justo antes de las 8 de la mañana. Era una edificación sencilla y sin ornamentos, de gruesas paredes de adobe, con cuatro chimeneas y cimientos de piedra arenisca. En su interior, la casa estaba dividida en varias habitaciones para las ordenanzas de la investidura y el sellamiento.

Brigham Young convocó el servicio dedicatorio en el piso superior y Heber Kimball ofreció la oración dedicatoria. Al concluir la oración, Brigham declaró limpia la estructura y que era la Casa del Señor9. Heber, Eliza Snow y otros procedieron a administrar la investidura a cinco hombres y tres mujeres, entre ellas, Elizabeth. Luego, Heber selló a George y a Elizabeth por el tiempo y la eternidad.

Ese mismo día, y de acuerdo con lo planeado, el matrimonio se despidió de sus familias. George anticipaba que a Elizabeth, que era maestra de escuela y nunca se había separado de su familia, le resultaría difícil partir, mas ella mantuvo la compostura. El padre de Elizabeth, Abraham Hoagland, quien era obispo en Salt Lake City, bendijo a la pareja y los alentó a hacer lo correcto. “Cuida de Elizabeth y trátala con amabilidad”, le dijo a George10.

El matrimonio se dirigió hacia el sur siguiendo la misma ruta que George había tomado en 1849 para ir a California. El 19 de mayo llegaron a Cedar City al mismo tiempo que la Primera Presidencia, quienes venían a inspeccionar la incipiente industria del hierro en esa localidad. George quedó impresionado con el progreso de los santos allí. Además de establecer herrerías, habían edificado casas cómodas, un centro de reuniones y un muro protector alrededor del poblado11.

Al día siguiente, Brigham organizó una estaca y llamó a un hombre llamado Isaac Haight para presidirla12.

Más tarde, en casa de los Haight, George y Elizabeth conversaron con Brigham Young y Jedediah Grant, quien había sido llamado a la Primera Presidencia tras la muerte de Willard Richards en 1854. Brigham y Jedediah bendijeron a George para que escribiese y publicase con sabiduría e inspiración, y para que hablase sin temor. También bendijeron a Elizabeth para que llevara a cabo una buena labor junto a George y para que algún día pudiera volver a reunirse con sus seres queridos en el valle.

Luego, Brigham alentó a George a desarrollar sus talentos para escribir tanto como le fuera posible. “¡Haga ruido!”, agregó Jedediah. “Demuéstreles a todos que usted es un Cannon”13 [Cannon en inglés significa “cañón”].


Aproximadamente al tiempo que los Cannon partían hacia California, Martha Ann Smith, de trece años, recibió una carta de su hermano mayor, Joseph F. Smith, desde Hawái. “Me encuentro bien y con salud”, escribió animado, “y he crecido considerablemente desde la última vez que me viste”.

Joseph no aclaraba si se refería a un crecimiento físico o espiritual. Parecía estar más interesado en darle consejos a su hermana menor que en contarle sobre su nueva vida como misionero en el Pacífico.

“Podría darte muchos consejos, Marty, que te serán útiles mientras vivas sobre la tierra”, le declaró con solemnidad. La alentó a escuchar a sus hermanos mayores y a no pelearse con sus hermanas. “Sé sobria y devota en tus oraciones”, le aconsejó, “y crecerás siguiendo los pasos de tu madre”14.

Martha Ann valoraba el consejo de su hermano. Apenas tenía once años cuando falleció su madre, pero conservaba unos recuerdos muy vivos de ella. Solo en raras ocasiones había visto sonreír a su madre, que era viuda. De hecho, Martha Ann y sus hermanos consideraban todo un logro las ocasiones en que la habían hecho reír. Sin embargo, Mary había sido una madre amorosa y Martha Ann se sentía muy vacía sin ella.

Martha Ann tenía muchos menos recuerdos de su padre, Hyrum Smith. Apenas tenía tres años cuando él murió, pero aún recordaba la ocasión en que su madre le había hecho unos pantalones. Él se los probó y entonces caminó con presunción por la estancia con las manos en los bolsillos. También recordaba que él era amoroso, amable y cariñoso con sus hijos15.

Poco después de su llegada al valle del Lago Salado, la familia Smith se había establecido junto a un arroyo, cerca de un cañón al sureste de la ciudad, donde trabajaron juntos para tener una granja. Pocos años después, ella y sus vecinos fueron organizados como el Barrio Sugar House bajo el liderazgo del obispo Abraham Smoot, uno de los primeros conversos de Wilford Woodruff. El barrio llevaba ese nombre debido a una industria que había en la zona, operada por el obispo Smoot, que producía melaza a partir de remolachas y que era propiedad de la Iglesia16.

A medida que surgían nuevas pruebas, Martha Ann y sus hermanos se apoyaban mutuamente. El suave invierno de 1854–1855 había generado unas condiciones muy secas en el territorio de Utah, el cual dependía de la escorrentía producida por las abundantes nevadas en las montañas para poder recuperar el caudal de sus arroyos y ríos. La sequía afectó a la familia de Martha Ann como a todas las demás. Hubo pocas lluvias y la tierra del valle se fue resecando conforme pasaban las semanas, por lo que los santos perdieron los cultivos que habían sembrado a principios de ese año. Las acequias de irrigación comenzaron a secarse y resquebrajarse17.

La situación se tornó aún más difícil cuando llegaron grandes grupos de saltamontes a los asentamientos y devoraron los escasos cultivos, arruinando las perspectivas de obtener una buena cosecha. Los santos en Sugar House y otros asentamientos intentaron sembrar nuevamente, pero la sequía lo hacía difícil y seguían llegando los saltamontes18.

A los Smith parecía sobrevenirles una prueba tras otra, nadie sabía cómo afectaría a los santos la sequía y la plaga. Siendo la hija menor de la familia, Martha Ann no tenía el mismo tipo de responsabilidades que sus hermanos mayores19, pero se esperaba que todos los santos trabajaran juntos para superar las adversidades y establecer Sion. ¿Qué podía hacer ella?

Joseph le dio más consejos en la carta siguiente: “Ten paciencia y longanimidad”, le escribió. “Sé una mormona de principio a fin y serás bendecida”20.


A mil seiscientos kilómetros al este, en un pequeño asentamiento llamado Mormon Grove, el converso danés Nicolai Dorius partió en una caravana de carromatos a través de las praderas hacia el valle del Lago Salado junto con unos cuatrocientos santos provenientes de Dinamarca, Noruega, Nueva Escocia e Inglaterra21. Los líderes de la compañía anticipaban que el viaje duraría cuatro meses, lo que significaba que Nicolai esperaba reunirse con su hija, Augusta, que ahora tenía diecisiete años, a principios de septiembre22.

Hacía seis meses que Nicolai había partido de Copenhague junto con sus tres hijas menores: Caroline, Rebekke y Nicolena. Sus hijos, Johan y Carl, aún servían como misioneros en Noruega, por lo que no pudo despedirse de ellos personalmente23.

Los emigrantes como Nicolai estaban ansiosos por ir a Sion a causa de su fe en el evangelio restaurado de Jesucristo, pero también porque deseaban escapar de la iniquidad que había en el mundo y hallar una vida mejor para ellos y sus familias en la tierra prometida. Inspirados por las entusiastas descripciones de Utah que hacían los misioneros estadounidenses, muchos de ellos se imaginaban el valle de Lago Salado como un Jardín de Edén y hacían todos los sacrificios para poder llegar allí24.

Les había tomado unas seis semanas cruzar el océano. Peter Hansen, el primer misionero enviado a Dinamarca, se encargó de la compañía a bordo de la embarcación. Él y sus dos consejeros organizaron a los santos en siete distritos y llamaron a élderes para mantener el orden y la limpieza en cada unidad. Cuando el barco atracó en Nueva Orleans, el capitán de la nave elogió su buen comportamiento.

“En el futuro”, dijo, “si puedo elegir, solo voy a transportar a Santos de los Últimos Días”25.

En Nueva Orleans, Nicolai y sus hijas abordaron un barco a vapor y viajaron con su compañía por el helado río Misisipi. La tragedia los visitó cuando Nicolena, de seis años de edad, enfermó y falleció poco después de haber partido de Nueva Orleans. Hubo más muertes en los días siguientes; para cuando Nicolai llegó a Mormon Grove, Caroline, de catorce años, también había fallecido, quedando solo él y Rebekke, de once años, para reunirse con Augusta cuando llegaran a Utah26.

En Mormon Grove, los santos emigrantes consiguieron trabajos temporales que les permitieron ganar dinero para adquirir bueyes, carromatos y suministros para hacer el viaje al oeste27. Nuevamente fueron organizados en compañías. Nicolai, Rebekke y otros santos de Dinamarca y Noruega fueron asignados a una compañía dirigida por Jacob Secrist28. Luego de haber estado alejado de su esposa y sus cuatro hijos por casi tres años, Jacob estaba ansioso por reunirse con ellos en Utah. Como no hablaba danés, que era el idioma más hablado en la compañía, dependía de que Peter Hansen tradujera para él29.

La compañía partió de Mormon Grove el 13 de junio de 1855. Durante el viaje al oeste, Jacob se impacientó a menudo con los emigrantes escandinavos. La mayoría de ellos nunca había conducido una yunta de bueyes y a veces se necesitaban cuatro hombres para mantener a dos bueyes avanzando en línea recta30; pero lo más preocupante era el estado de salud de los integrantes de la compañía. En las compañías de los santos que emigraban se presentaban pocas muertes, si acaso había alguna31, pero ya en el primer día un hombre de la compañía de Secrist falleció de cólera y en las primeras dos semanas hubo ocho muertes más32.

Los élderes del campamento ayunaron y dieron bendiciones de salud y consuelo a los enfermos, pero el cólera siguió reclamando vidas. Hacia fines de junio, el propio Jacob enfermó tan gravemente que no pudo seguir el paso de la caravana. Los otros líderes de la compañía enviaron un carromato a buscarlo, y cuando se reunió con el campamento, los élderes le dieron una bendición. Sin embargo, su salud continuó empeorando y falleció la tarde del 2 de julio. Los emigrantes deseaban llevarle sus restos a su esposa e hijos en el valle, pero dado que no había cómo preservar el cuerpo, lo enterraron junto al camino33.

Nicolai, Rebekke y el resto de la compañía continuaron avanzando todo el mes de agosto y las primeras semanas de septiembre. No hubo más brotes de cólera entre ellos. El 6 de septiembre ascendieron el último paso de montaña y acamparon junto a un arroyo, a poca distancia de su destino final.

A la mañana siguiente, los emigrantes se asearon y se vistieron con ropa limpia en preparación para su llegada al valle del Lago Salado. Peter Hansen dijo que debían asearse una vez que llegaran a la ciudad, puesto que aún les quedaba una polvorosa senda por delante, pero los emigrantes decidieron arriesgarse a mancharse de polvo.

Viajaron los últimos kilómetros llenos de esperanza, ansiosos por ver el lugar del cual habían oído hablar tanto. Mas cuando entraron al valle, no encontraron un Jardín de Edén; lo que hallaron fue una cuenca asolada por la sequía, cubierta de plantas de artemisa, lechos salinos blanquecinos y saltamontes hasta donde alcanzaba la vista34.


La noticia de la muerte de Jacob Secrist apareció en Deseret News el 8 de agosto, cerca de un mes antes de que su compañía llegara al valle. Además de su fallecimiento, también se informaba de la muerte de otros dos misioneros, Albert Gregory y Andrew Lamoreaux, que habían fallecido igualmente cuando regresaban a Utah. “Estos hermanos venían de camino a casa con corazones que latían de júbilo”, informaba el artículo del periódico. “Pero surgieron los decretos de la omnisciente Providencia y ellos, cual buenos soldados, se inclinaron mansamente con la armadura puesta, y ahora reposan de sus labores y sus obras los seguirán”35.

Fue por estos días que Ann Eliza recibió la última carta de Jacob, la cual tenía fecha del 21 de mayo y provenía de San Luis. “Me siento con buena salud y a punto de iniciar el viaje remontando el río Misuri”, decía en una parte de la misiva. “Que el Dios de Israel los bendiga con las bendiciones de Su Espíritu, con salud, fe y una larga vida”36.

Posteriormente a la llegada de su compañía a principios de septiembre, dos hombres le entregaron a Ann Eliza los efectos personales de Jacob y un caballo. Tal como lo había prometido, Jacob había traído una espada para cada hijo varón y materiales para hacerles trajes lindos; para las niñas traía vestidos y telas. En su carromato estaban también sus cartas y otros papeles, junto con un suministro de provisiones para su familia para un año37.

Tal como había planeado unos años antes, Ann Eliza se mudó con sus hijos a la granja ubicada al norte de Salt Lake City. Guardó y preservó las cartas que ella y Jacob se habían escrito. En una de ellas, escrita durante el primer año de la misión de Jacob, Ann Eliza reflexionaba sobre el sacrificio que habían sido llamados a hacer:

“Parece difícil estar separados de aquellos a quienes más amamos en la tierra”, había escrito, “pero cuando contemplo la razón por la que son enviados, que es ayudar a que el reino de Dios avance, no tengo motivos para quejarme ni murmurar”.

“Ni necesito hacerlo”, escribió, “sabiendo que mi exaltación será mayor en ese mundo, donde no hay tristeza ni llanto, donde serán enjugadas todas las lágrimas de nuestros ojos”38.


Era el tiempo de la Conferencia General de octubre de 1855 y Brigham Young era consciente de que los santos del territorio de Utah estaban en dificultades. Los saltamontes habían asolado buena parte de las huertas y los campos, y la sequía había destruido lo que los insectos no habían tocado. Corrían nubes de polvo a través de los valles y se producían incendios forestales en los cañones secos que devoraban el forraje para el ganado. Al no poder alimentar las yuntas de bueyes que transportaban las piedras hasta el terreno del templo, se detuvo la construcción de la Casa del Señor.

Brigham y sus consejeros creían que tanto la sequía como la plaga eran un “leve castigo” del Señor. “Den oído a los susurros del Espíritu y no tienten al Señor a disciplinarnos con una vara más pesada”, enseñaron a los santos ese otoño, “para que podamos escapar más plenamente de estos juicios del más Alto Rey del cielo”39.

Aunque a Brigham le preocupaba más el efecto de la devastación sobre el recogimiento. Mientras las misiones a la India, China y Siam habían generado pocas conversiones, las de Europa y Sudáfrica habían producido ramas de santos que ahora deseaban venir a congregarse en Sion. Emigrar era oneroso y la mayoría de los nuevos conversos eran pobres y necesitaban préstamos del Fondo Perpetuo para la Emigración40.

Desafortunadamente, la sequía había arruinado la economía de Utah, que dependía casi por entero del éxito de las cosechas. Despojados de sus medios de vida, muchos santos no podían pagar diezmos ni devolver sus préstamos al fondo. Rápidamente, la Iglesia acumuló una cuantiosa deuda al pedir prestado dinero para financiar las extensas caravanas de carromatos que vendrían hacia el oeste ese año41.

En una epístola enviada a los santos en octubre de 1855, la Primera Presidencia le recordaba a los miembros de la Iglesia que las donaciones al fondo para la emigración servían para traer a sus hermanos santos a un lugar donde podrían disfrutar de la laboriosidad y un trabajo honrado. “La verdadera caridad”, declaró la Primera Presidencia, “no consiste solo en alimentar al hambriento y vestir al desnudo, sino en ponerlos en una situación donde puedan producir su subsistencia con su propio trabajo”42.

Brigham y sus consejeros instaron a los santos a donar lo que pudieran al Fondo Perpetuo para la Emigración. Conscientes de que la mayoría de ellos no podrían aportar mucho, propusieron además una manera más asequible de llevar a cabo el recogimiento. En lugar de venir a Sion con costosas yuntas de bueyes y carromatos, los futuros emigrantes podrían venir con carros de mano.

Atravesar las planicies tirando de carros de mano, explicó la Primera Presidencia, sería más rápido y más barato que viajar en carromato. Cada carro de mano constaría de una caja de madera apoyada sobre un eje y dos ruedas de carromato. Como los carros de mano serían más pequeños que los carromatos, los emigrantes no podrían transportar tantos suministros ni provisiones consigo; pero los carromatos enviados desde el valle podrían encontrarse con los carros de mano en puntos intermedios para brindarles asistencia según fuese necesario.

“Que se congreguen en Sion todos los santos que puedan y vengan mientras la vía esté abierta ante ellos”, declaró la Primera Presidencia. “Vengan a pie, con carros de mano o carretillas; ciñan sus lomos y vengan andando, que nada se lo impedirá ni nada los detendrá”43.

Brigham compartió este plan inmediatamente con el apóstol Franklin Richards, el presidente de la Misión Europea. “Quiero ver que se pruebe debidamente”, le escribió. “Una vez que se haya probado, verá que llegará a ser el modo favorito de cruzar las planicies”44.