Historia de la Iglesia
31 Los fragmentos rotos de la vida
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“Los fragmentos rotos de la vida”, capítulo 31 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2020

Capítulo 31: “Los fragmentos rotos de la vida”

Capítulo 31

Los fragmentos rotos de la vida

Saints V2 illustration - A Prisoner for Conscience sake, polygamy

Era un frío día de enero de 1879 cuando Ovando Hollister tomó asiento en la oficina de John Taylor. Ovando era recolector de impuestos en el Territorio de Utah y escribía esporádicamente artículos para un periódico del este de Estados Unidos. Luego del dictamen de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso de George Reynolds, el periódico deseaba que Ovando averiguara lo que pensaba John, como el Apóstol de mayor antigüedad, en cuanto a la decisión.

Por lo general, John no concedía entrevistas a los periodistas, pero como quien la solicitaba era representante del Gobierno, él se sintió obligado a dar a conocer sus opiniones sobre la libertad religiosa y el dictamen de la Corte Suprema. “Una creencia religiosa no significa nada a menos que se nos permita ponerla en práctica”, le dijo a Ovando. La decisión de la Corte era injusta, le explicó, porque restringía el derecho de los santos de practicar sus creencias. “No creo que la Corte Suprema de los Estados Unidos ni el Congreso de Estados Unidos tengan derecho de interferir en mis ideas religiosas”, dijo.

Ovando le preguntó si valía la pena continuar con la práctica del matrimonio plural si esto suponía enfrentar la constante oposición del Gobierno.

“Con todo respeto diría que nosotros no somos el bando que genera el antagonismo”, dijo John. Él pensaba que la constitución de Estados Unidos protegía el derecho de los santos de practicar el matrimonio plural. Al aprobar una ley inconstitucional, razonó John, el Congreso había creado la tensión que pudiese haber entre la Iglesia y la nación. “Ahora esto se ha convertido en un dilema de si hemos de obedecer a Dios o al hombre”, dijo él.

“¿No podrían ustedes renunciar a la poligamia considerando que no hay perspectivas de cambio en la opinión y la ley del país que le son contrarias?”, preguntó Ovando. Él no creía que la Iglesia pudiera sobrevivir mucho tiempo si continuaba resistiéndose a la ley antipoligamia.

“Eso lo dejamos en las manos de Dios”, dijo John. “Él se encarga de cuidar de Sus santos”1.


Esa primavera, Susie Young comenzaba cada día de clases en la Academia Brigham Young a las 8:30 de la mañana. Los alumnos se reunían en un edificio de ladrillos de dos pisos ubicado en la calle Center Street, en Provo. Asistían desde niños pequeños hasta jóvenes de entre veinte y treinta años. La mayoría no estaban acostumbrados a una escuela diaria y a comenzar en horario, pero el director, Karl Maeser, insistía en la puntualidad2.

A Susie le encantaba estar en la academia. Uno de sus compañeros de curso era James Talmage, quien había llegado recientemente desde Inglaterra y era apasionado por la ciencia. Joseph Tanner, otro de sus compañeros, trabajaba en la hilandería de lana en Provo y había convencido al director Maeser para iniciar clases por la noche para los que trabajaban en fábricas3. El presidente de la hilandería, Abraham Smoot, dirigía el consejo de administración de la academia. Su hija, Anna Christina, daba clases a los niños más pequeños durante unas horas al día, además de cursar sus propios estudios. El hermano menor de ella, Reed, también asistía y se formaba en la carrera de negocios4.

El director Maeser nutría el amor de los alumnos por el Evangelio y el aprendizaje. Brigham Young le había pedido que se utilizaran la Biblia, el Libro de Mormón y Doctrina y Convenios como libros de texto oficiales en la escuela. Los alumnos tenían cursos sobre los principios del Evangelio además de los temas de estudio habituales. Los miércoles por la tarde, el director Maeser convocaba a los alumnos a un devocional. Después de ofrecer una oración, ellos daban testimonio y compartían lo que estaban aprendiendo en clase5.

Tal como había hecho unos años antes, cuando enseñaba en casa de la familia Young, el director Maeser instaba a Susie a que desarrollara su potencial. La animaba a escribir y le recordaba que debía procurar un nivel de excelencia en su labor. Él le pidió que se encargara de llevar las minutas oficiales de los devocionales.

Ya que en Utah había pocos educadores formados, el director Maeser solía reclutar maestros de entre sus alumnos mayores. Un día, mientras caminaba a casa junto con Susie y su madre, Lucy, él se detuvo de repente en medio del camino.

“¿Entiende la señorita Susie lo suficiente de música como para poder dar lecciones?”, preguntó.

“Sí, desde luego”, contestó Lucy. “Ella ha dado lecciones desde que tenía catorce años”.

“Debo pensar al respecto”, dijo el director.

Pocos días después, Susie comenzaba a organizar el departamento de música de la academia bajo la dirección del director Maeser. Como la academia no contaba con un piano, Susie compró uno que ella y sus alumnos pudieran utilizar. Cuando tuvo un salón para las clases, James Talmage la ayudó a programar las horas de enseñanza, los tiempos de ensayo para los conciertos y las lecciones individuales para sus alumnos. Ahora, ella pasaba la mayor parte de su tiempo como maestra de música6.

Aun cuando Susie disfrutaba mucho en la academia, seguía costándole aceptar su divorcio. Su hijo, Bailey, estaba con ella en Provo, pero su exmarido había enviado a su hija, Leah, a vivir con la familia de él en Bear Lake, a unos 240 km al norte. Susie estaba preocupada de haber arruinado su vida y se preguntaba si habría truncado sus oportunidades de ser feliz.

Sin embargo, recientemente había comenzado un intercambio epistolar con Jacob Gates, un amigo de St. George que estaba sirviendo una misión en Hawái. Al principio, sus cartas eran meramente amistosas, pero ella y Jacob habían comenzado a confiarse más cosas. Susie le compartió sus remordimientos en cuanto a su primer matrimonio, su felicidad en la academia y sus anhelos de hacer más con su vida que enseñar clases de música.

“No, Jake, no quiero ser maestra de escuela por el resto de mi vida”, le dijo en una carta. “Aspiro a llegar a ser escritora algún día, cuando haya aprendido lo suficiente”.

Al concluir el período de clases, Susie planeó ir a Hawái con Zina Young para visitar las Sociedades de Socorro. Zina era una de las viudas de su padre, a quien ella llamaba su “otra madre”. Susie esperaba poder ver a Jacob durante su estadía allí. Aunque temía haber perdido toda oportunidad en la vida, todavía tenía fe en que el cielo la tenía en cuenta.

“Dios es bueno”, escribió Susie a Jacob, “y Él me ayudará a recoger los fragmentos rotos de mi vida y a recomponerlos para que sean de utilidad”7.


Luego de un viaje en tren de cuatro días, George Reynolds llegó a la prisión estatal de Nebraska, a más de 1400 km al este de Salt Lake City, para cumplir su condena de dos años por bigamia. Allí, los guardias le confiscaron sus posesiones, incluso su ropa y los gárments del templo. Luego de bañarse, le cortaron bien corto el cabello y le afeitaron la barba.

Le asignaron una celda, le dieron una tosca camisa, un par de zapatos, una gorra y un uniforme de prisionero de rayas azules y blancas. Tres veces al día, Reynolds y los demás prisioneros debían marchar en silencio hasta la mesa de la comida, allí él recogía los alimentos y volvía luego a la celda para comer en soledad. Luego de unos pocos días, los oficiales de la prisión le devolvieron sus gárments, por lo que él se alegró de que respetaran sus creencias religiosas, al menos en ese respecto.

Durante diez horas cada día y seis días de la semana, Reynolds trabajaba como tenedor de libros en una tienda de tejido de la prisión. Los domingos, asistía a un breve servicio religioso que realizaban para los prisioneros. Cada dos semanas, el reglamento de la prisión le permitía escribir a sus dos esposas, Mary Ann y Amelia. Él les pidió que le escribieran tan a menudo como pudieran, pero que recordaran que sus cartas serían abiertas y leídas antes de que se las dieran a él8.

Después de un mes, Reynolds fue trasladado a la prisión territorial de Utah, traslado por el que George Q. Cannon había abogado en Washington, D. C.9.

En Ogden, mientras Reynolds cambiaba de líneas y abordaba el tren hacia Salt Lake City, los de su familia pudieron darle un abrazo. Sus hijos más pequeños no lo reconocían sin barba.

“Pueden estar seguros de que hay muchos lugares peores en el mundo que estar preso por lo que uno cree”, escribiría Reynolds más tarde a su familia. “No pueden arrebatarme la paz que reina en mi corazón”10.


Ese verano, en los estados sureños de Estados Unidos, Rudger Clawson, de veintidós años, y su compañero misional, Joseph Standing, se encontraban predicando en una zona rural del estado de Georgia. Rudger, quien había sido secretario en la oficina de Brigham Young, era un misionero relativamente nuevo. Por su parte, Joseph, de veinticuatro años, ya había servido una misión y ahora presidía las ramas de la Iglesia en esa área11.

La región en la que trabajaban había sido devastada por la guerra civil de Estados Unidos y muchas de las personas del lugar desconfiaban de los forasteros. A raíz de la decisión de la corte en el caso de George Reynolds, la región se había vuelto más hostil hacia los Santos de los Últimos Días. Los predicadores y los periódicos esparcían rumores acerca de los élderes, y los populachos irrumpían en las viviendas de las personas donde se sospechaba que albergaban a los misioneros “mormones”.

Joseph tenía mucho miedo de que una turba lo atrapara, sabiendo que, muchas veces, amarraban a sus víctimas a un tronco y los azotaban. Él le dijo a Rudger que prefería morir en lugar de que lo azotaran12.

La mañana del 21 de julio de 1879, Rudger y Joseph vieron a una docena de hombres que venían por el camino hacia ellos. Tres de los hombres iban a caballo, los demás a pie. Todos llevaban una pistola o un garrote. Los élderes se detuvieron y los hombres los miraron en silencio. Súbitamente, los hombres tiraron sus sombreros y se abalanzaron sobre los misioneros. “Ustedes son nuestros prisioneros”, gritó uno de los hombres.

“Si tienen una orden de arresto, nos gustaría verla”, dijo Joseph. Su voz era alta y clara, pero su rostro estaba pálido.

“Los Estados Unidos de América están contra ustedes”, dijo uno de los hombres. “No hay leyes en Georgia para los mormones”.

Con pistolas en mano, los del populacho llevaron a los misioneros y se internaron en los bosques de las cercanías. Joseph intentó hablar con sus líderes. “No tenemos intención de quedarnos en esta parte del estado”, les dijo. “Nosotros predicamos lo que entendemos que es la verdad y dejamos que la gente lo acepte o no”.

Sus palabras no surtieron ningún efecto. Poco después, los del populacho se dividieron y algunos de los hombres llevaron a Rudger y Joseph a un lugar junto a un manantial de agua clara.

“Quiero que entiendan que soy el capitán de esta banda”, dijo un hombre mayor. “Si alguna vez los volvemos a ver por esta parte del país, los ahorcaremos como a perros”.

Durante unos veinte minutos, los misioneros escucharon a los hombres acusarles de haber venido a Georgia para llevarse a sus esposas e hijas hacia Utah. En el sur, muchos de los rumores sobre los misioneros se basaban en ideas extremadamente incorrectas en cuanto al matrimonio plural; por ello, algunos hombres se sentían moralmente obligados a proteger a las mujeres de sus familias valiéndose de cualquier medio necesario.

La charla acabó cuando los tres jinetes llegaron al manantial. “Sígannos”, dijo un hombre con un rifle.

Joseph se puso de pie de un salto. ¿Iban a azotarle? Uno de los hombres había dejado una pistola sobre el tronco de un árbol y Joseph la tomó.

“Ríndanse”, gritó a los de la turba.

Un hombre que se hallaba a la izquierda de Joseph se puso de pie y le disparó a la cara. Joseph se mantuvo en pie un instante, luego se tambaleó y se desplomó a tierra; una nube de humo y polvo lo envolvía.

El líder de los hombres señaló con el dedo a Rudger. “Disparen a ese hombre”, gritó. Rudger miró a su alrededor. Todos los hombres que tenían un arma la estaban apuntando a su cabeza.

“Disparen”, dijo Rudger, cruzando sus brazos. Tenía los ojos abiertos, pero el mundo parecía oscurecerse.

“No disparen”, dijo el líder, cambiando de opinión. Los otros hombres bajaron las armas y Rudger se inclinó junto a su compañero. Joseph yacía de espalda. En su frente se apreciaba una enorme herida de bala.

“¿No es terrible que él mismo se haya disparado?”, dijo uno de la turba.

Rudger sabía que lo ocurrido era un asesinato, no un suicidio, pero no se atrevió a contradecirlo. “Sí, es terrible”, replicó. “Debemos buscar ayuda”. Ninguno de la turba se movió y Rudger se exasperó. “Vayan ustedes o envíenme a mí”, les insistió.

“Ve tú a buscar ayuda”, le dijo uno de los hombres13.


El domingo, 3 de agosto, John Taylor observó los rostros solemnes de diez mil personas desde el púlpito del tabernáculo en Salt Lake City. En el estrado detrás de él habían colocado telas negras y arreglos florales. Los hombres del sacerdocio se sentaron juntos por cuórum, mientras que otros santos ocuparon el resto de los asientos del patio y la galería. Cerca del estrado, a plena vista ante la congregación, se hallaba el féretro de Joseph Standing decorado con flores14.

Después que la turba liberó a Rudger Clawson, este obtuvo ayuda de un amigo que vivía cerca y envió un telegrama a Salt Lake City para informar del asesinato. Luego, volvió con un forense a la escena del crimen para recuperar el cuerpo de su compañero, el cual durante su ausencia había sido desfigurado con más heridas de bala. Diez días después, Rudger trajo el cuerpo en una pesada caja metálica por tren hasta Utah. Las noticias del asesinato se habían esparcido rápidamente por todo el territorio15.

John compartía el enojo y la tristeza de los santos. Sin embargo, él pensaba que debían sentirse tanto orgullosos como tristes. Joseph había muerto en rectitud en la causa de Sion. Su asesinato no impediría el avance de la obra de Dios16. Los santos continuarían edificando templos, enviando misioneros a todas partes del mundo y expandiendo las fronteras de Sion.

Bajo el liderazgo de Brigham Young, los santos habían establecido cientos de asentamientos en el oeste de Estados Unidos, trascendiendo las fronteras de Utah hacia Nevada, Wyoming, Idaho y Nuevo México. En el último año de su vida, Brigham envió a doscientos colonizadores para asentarse junto a las márgenes del río Little Colorado, al noreste de Arizona.

Más recientemente, al llamado de John Taylor, setenta conversos de los estados sureños de Estados Unidos se unieron a unos santos provenientes de Escandinavia para establecer un asentamiento llamado Manassa, en el estado vecino de Colorado. Al sureste de Utah, una gran compañía de santos estaba atravesando los cañones profundos de la región para establecerse en las riberas del río San Juan17.

John sabía que los principios de verdad continuarían llenando el mundo a pesar de las manos impías que trataban de derribarlos. “Los hombres podrán reclamar nuestras propiedades; podrán reclamar nuestra sangre, tal como lo han hecho otros en el pasado”, declaró, “pero en el nombre del Dios de Israel, Sion avanzará y prosperará”18.


El viento soplaba a través de los campos de taro (malanga) mientras Zina y Susie Young iban en un carruaje por las montañas altas que dividen la isla de Oahu. Zina y Susie se dirigían desde Honolulú hasta Laie, el lugar de recogimiento de los santos hawaianos. La vía descendía muy abruptamente por las laderas del otro lado de la montaña, por lo que se había instalado una barra de hierro a lo largo de uno de los lados del carruaje para evitar que se cayeran los pasajeros e incluso fue necesaria la ayuda de dos hombres que tiraban de una soga fuerte para mantener al carruaje estabilizado mientras descendía hacia el gran valle verde19.

Ahora, la Iglesia se hallaba bien establecida en el archipiélago de Hawái, donde prácticamente uno de cada doce hawaianos era Santo de los Últimos Días20. Cuando Zina y Susie llegaron a Laie, los santos las saludaron con una pancarta, música y bailes. Hicieron sentar a sus visitantes para una comida de bienvenida y cantaron una canción que habían escrito especialmente para la ocasión.

Como Zina se instaló para una estadía de dos meses, se reunió con santos que eran como ella, pioneros de cabello canoso. Entre ellos estaba la presidenta de la Sociedad de Socorro, Mary Kapo, quien era cuñada de Jonathan Napela, el fiel misionero y líder hawaiano. A principios del verano, Napela había fallecido en Molokai, firme en su testimonio y justo dos semanas antes que su esposa, Kitty21.

Zina disfrutó mucho del tiempo que pasó con los santos de Hawái. Ella y Susie se reunieron a menudo con la Sociedad de Socorro y las mujeres jóvenes. En su primera reunión, las hermanas hawaianas trajeron un melón, una bolsa pequeña con patatas dulces, un pepino, un repollo, un pescado y algunos huevos. “Pensé que se trataba de una donación para los pobres”, escribió Zina en su diario, “pero era en señal de amistad hacia nosotras”22.

Una noche, algunos santos se congregaron en una casa para escuchar a Jacob Gates, el amigo de Susie que era misionero. Él tocó “Oh mi Padre” en un órgano que Zina había comprado para los santos en Laie. Mientras escuchaba cantar a los hawaianos, Zina recordó a su amiga Eliza Snow, quien había escrito ese himno en Nauvoo hacía tantos años. El himno enseñaba acerca de los Padres Celestiales y otras verdades que Zina aprendió por primera vez del profeta José Smith. Ahora, se estaba cantando el himno en una parte del mundo enteramente diferente23.

Tres días más tarde, Susie y Jacob ascendieron juntos por el cañón. Hacía dos semanas, Susie le había escrito a Jacob una breve carta de amor, habiéndose ausentado él de Laie para atender la obra misional.

“En estos momentos me hallo arriba en las colinas, pensando en ti”, escribió ella. “¿Estas deseando, al igual que yo, que hoy no hubiera obra que realizar y pudiéramos hablar sobre el futuro y expresar de mil formas lo que está en nuestra mente?”24.

Mientras Susie y Jacob se cortejaban, Zina planeó conmemorar con los santos hawaianos el segundo aniversario de la muerte de Brigham Young. El 29 de agosto, los miembros de la Iglesia de todo Laie recordaron la ocasión con ella y Susie. Los niños y las niñas decoraron el centro de reuniones, en tanto que las hermanas de la Sociedad de Socorro compraron carne para el festejo y otros santos cavaron un hoyo para cocinar la carne.

Zina agradeció los esfuerzos. Ellos no solo estaban honrando a su difunto esposo, pensó, sino también los principios que él se había esforzado por establecer entre los santos.

El domingo siguiente, Zina ayudó a organizar una nueva Sociedad de Socorro con treinta miembros. Ella y Susie partieron al día siguiente. Mientras se alejaban de las islas, Zina le preguntó a Susie si no estaba feliz de volver a casa. Susie tenía sentimientos opuestos. Estaba ansiosa de ver nuevamente a sus hijos, pero también anhelaba estar con el hombre con quien ahora esperaba casarse.

“Desearía introducirme en un sobre de carta y que me enviaran a ti”, escribió a Jacob durante la travesía. “Ahora no puedo verte, y todo lo que puedo hacer es sentarme y soñar y soñar, pensando en la felicidad vivida y en el futuro bendito”25.


Melitón Trejo vivía en el sur de Arizona cuando recibió un llamamiento del presidente Taylor para servir una misión en Ciudad de México. Habían pasado más de tres años desde que Melitón se había despedido de los primeros misioneros enviados a México. Mientras iban de camino, los misioneros distribuyeron centenares de ejemplares de la traducción que Melitón hizo de algunos pasajes del Libro de Mormón. Pronto, los líderes comenzaron a recibir cartas de lectores de Trozos selectos en las que pedían más misioneros.

Melitón había demostrado con su trabajo de traducción que estaba preparado y ahora se alistó para acompañar a James Stewart y a Moses Thatcher, quien recientemente había sido llamado como Apóstol, en un viaje a la capital de México.

Los tres misioneros se encontraron en Nueva Orleans, donde abordaron un barco de vapor hacia Veracruz. Desde allí, viajaron por tren hasta Ciudad de México26. Al día siguiente de su llegada, vino a verlos al hotel Plotino Rhodakanaty, quien lideraba un grupo de unos veinte creyentes en Ciudad de México. Plotino, quien era oriundo de Grecia, les dio una afectuosa bienvenida. Sus cartas al presidente Taylor habían sido decisivas para persuadir a los Apóstoles de enviar misioneros a la ciudad27. Mientras Plotino aguardaba su llegada, él y otros conversos sin bautizar habían comenzado a publicar un periódico acerca del Evangelio restaurado llamado La voz del desierto28.

Más tarde, esa misma semana, los misioneros fueron a un olivar tranquilo a las afueras de la ciudad y Moses bautizó a Plotino y a su amigo, Silviano Arteaga, en un estanque de aguas cálidas provenientes de un manantial. “Toda la naturaleza a nuestro alrededor nos sonreía y pienso que arriba de nosotros, los ángeles se regocijaban”, escribió Moses en su diario29.

En pocos días, Melitón había bautizado a seis personas más. Los misioneros organizaron una rama y comenzaron a hacer reuniones en la casa de Plotino; enseñaron el Evangelio y bendijeron a los enfermos. Moses llamó a Plotino para servir como presidente de rama, con Silviano y José Ybarola, otro converso reciente, como sus consejeros.

Luego de una cuidadosa planificación y oración, los misioneros decidieron traducir el folleto de Parley Pratt Voice of Warning [Una voz de amonestación] y otros folletos de la Iglesia. A veces, el unirse a la Iglesia tenía un costo, como Plotino descubrió cuando lo despidieron de su trabajo de maestro de escuela por rehusarse a negar su nueva fe. Mas la pequeña rama iba creciendo y tanto los misioneros como los conversos sentían por igual que estaban participando en algo trascendental.

Melitón, James y Plotino finalizaron la traducción de Voice of Warning [Una voz de amonestación] el 8 de enero de 1880. Pocos días después, Moses escribió al presidente Taylor para informarle del progreso de la misión.

“Debemos aprovechar toda ocasión para adquirir conocimientos útiles y al mismo tiempo debemos hacer cuanto podamos por extender el conocimiento de las verdades del Evangelio”, le aseguraba él a John. “Y creemos que el Señor nos ha ayudado y continuará haciéndolo”30.