Historia de la Iglesia
40 Lo correcto
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“Lo correcto”, capítulo 40 de Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, tomo II, Ninguna mano impía, 1846–1893, 2020

Capítulo 40: “Lo correcto”

Capítulo 40

Lo correcto

Saints V2 illustration - Salt Lake Tabernacle Windows

B. H. Roberts, uno de los siete presidentes del Primer Consejo de los Setenta, se despertó en la mañana del 26 de septiembre de 1890 esperando encontrarse cerca de su hogar1.

El tren en el que viajaba hacia el norte debía llegar a Salt Lake City a las diez de la mañana, pero en lugar de viajar continuamente durante la noche, se había detenido en algún lugar en medio del matorral desértico del centro de Utah. Un tren que se dirigía hacia el sur se había descarrilado a unos pocos kilómetros de distancia y los rieles se habían desprendido. B. H. y sus compañeros de viaje, cuatro miembros del Cuórum de los Doce, estaban varados.

Con poco más que hacer, aparte de esperar, B. H. y el apóstol John W. Taylor decidieron dar un paseo hasta la escena del accidente. A su llegada, pudieron ver que solamente se habían volcado los vagones de carga del tren descarrilado. Los vagones de pasajeros estaban intactos, por lo que B. H. y John W. comenzaron a conversar con los viajeros varados.

Dentro de un vagón de pasajeros, John W. le hizo un gesto a B. H. y le tendió un periódico. B. H. tomó el periódico y leyó los titulares con asombro. El presidente Woodruff había publicado una declaración oficial en la que manifestaba que tenía la intención de obedecer las leyes del país y no permitir nuevos matrimonios plurales2.

Por un momento, B. H. sintió que un destello de luz recorría su cuerpo. Las palabras “eso está bien” entraron en su mente y le hablaron directamente al alma. Una sensación de paz y comprensión permaneció con él unos momentos, pero luego, mientras reflexionaba sobre el asunto, su mente analítica comenzó a dar vueltas y sus pensamientos se colmaron de preguntas3.

Pensó en el tiempo que había pasado en prisión por el matrimonio plural y los sacrificios que sus esposas habían hecho debido a ello. ¿Dónde quedaba todo lo que los santos habían soportado por honrar y defender la práctica? ¿Y qué de los muchos discursos que se habían pronunciado en su defensa a lo largo de las décadas? B. H. creía que Dios sostendría a los santos a través de cualquier dificultad que se les presentara debido a la práctica. ¿Estaban ahora tomando la salida cobarde?4.

Los otros Apóstoles que viajaban con ellos se unieron a B. H. y John W. Abraham Cannon, hijo de George Q. Cannon, no pareció sorprendido por la noticia. Francis Lyman también se mostró sereno y explicó que el presidente Woodruff ya había estado desalentando nuevos matrimonios plurales en los Estados Unidos. En su opinión, el Manifiesto solo hacía pública la posición de la Iglesia sobre el tema. Sin embargo, B. H. pudo ver que el apóstol John Henry Smith estaba inquieto, al igual que él y John W. Taylor.

Después de hablar con los pasajeros que se dirigían al sur, B. H. y los Apóstoles caminaron una corta distancia hacia el norte del lugar del accidente y tomaron un nuevo tren que se dirigía a Salt Lake City. Mientras el tren retumbaba por la vía, el tema del Manifiesto dominó la conversación. B. H. sintió que su angustia aumentaba y finalmente se retiró de la compañía de los Apóstoles.

Mientras B. H. permanecía solo en su asiento, sus pensamientos se turbaron. Por cada razón que sus compañeros podían expresar para dar su apoyo al Manifiesto, él podía encontrar diez más de por qué los santos deberían haberse aferrado al principio del matrimonio plural, incluso si ello hubiera provocado la aniquilación de la Iglesia5.


Unos días después, el 30 de septiembre, Heber Grant trató el asunto del Manifiesto con otros miembros del Cuórum de los Doce en una reunión en la Casa Gardo. El haber publicado esa declaración era lo correcto para la Iglesia, creía Heber, aunque no estaba seguro de si eso pondría fin a los juicios contra los santos6.

La declaración afirmaba claramente que la Iglesia ya no estaba “enseñando la poligamia o matrimonio plural, ni permitiendo a persona alguna su práctica”, pero dejaba poco claros algunos asuntos tanto para los santos como para el Gobierno7.

En conversaciones, Heber oyó a varios Apóstoles decir que el Manifiesto era una medida temporaria, que suspendía el matrimonio plural hasta que los santos pudieran practicarlo de manera legal. Lorenzo Snow, el Presidente del Cuórum, creía que era un paso necesario para ganarse la buena voluntad de otras personas. “El Manifiesto hará volver los corazones de muchas personas sinceras con un sentimiento de amistad y respeto hacia nosotros”, dijo él. “Puedo ver claramente lo bueno del Manifiesto y estoy agradecido por ello”8.

“Estoy convencido de que Dios estaba con el presidente Woodruff cuando él estaba preparando el Manifiesto para su publicación”, agregó Franklin Richards. “Cuando se leyó el Manifiesto, sentí que era lo correcto y que había sido dado en el momento adecuado”9.

El Manifiesto aún perturbaba a John W. Taylor, quien había sido llamado al Cuórum de los Doce poco después de Heber. Después de la muerte de su padre, el presidente John Taylor, John W. había encontrado una supuesta revelación sobre el matrimonio entre los documentos del profeta. La revelación, fechada el 27 de septiembre de 1886, parecía sugerirle a John W. que el mandamiento de practicar el matrimonio plural nunca sería revocado10.

Aunque la revelación nunca se había presentado al Cuórum de los Doce ni los santos la habían aceptado como Escritura, John W. creía que era la palabra de Dios a su padre. Sin embargo, él sabía que la revelación era continua y no cesaba, abordando nuevas situaciones y problemas a medida que iban surgiendo, y John W. tenía fe en que Dios también le había hablado a Wilford. “Sé que el Señor le ha dado este Manifiesto al presidente Woodruff”, dijo, “y Él puede quitarlo cuando llegue el momento o puede darlo otra vez”11.

Más Apóstoles compartieron sus sentimientos sobre el Manifiesto al día siguiente. Al igual que John W. Taylor, John Henry Smith todavía estaba luchando por aceptarlo. “Estoy dispuesto a sostener al Presidente en la publicación del Manifiesto, aunque estoy un poco confundido en cuanto a la sabiduría de haberlo promulgado”, dijo. “Es mi temor que el Manifiesto nos haga, como pueblo, más daño que bien”12.

Anthon Lund, el único monógamo del Cuórum, no estaba de acuerdo. “Siento que el Manifiesto dará como resultado algo bueno”, dijo él. “Doy mi aprobación a lo que se ha hecho”13.

Heber también le dijo al Cuórum que estaba contento con la declaración. “No hay la más mínima razón por la cual dicho documento no deba ser publicado”, dijo. “El presidente Woodruff simplemente le dijo al mundo lo que hemos estado haciendo”14.

Al día siguiente, los Apóstoles se reunieron con la Primera Presidencia y cada hombre sostuvo el Manifiesto como la voluntad de Dios. Después de eso, algunos Apóstoles expresaron preocupación de que los críticos de la Iglesia no estuvieran satisfechos con el documento y continuaran llevando a juicio a los hombres que no se separaran o se divorciaran de sus esposas plurales.

“No se sabe qué tendremos que hacer en el futuro”, dijo Wilford, “pero en este momento siento que debemos ser fieles a nuestras esposas”.

Para Heber, la posibilidad de verse obligado a abandonar a sus esposas plurales, Augusta y Emily, era impensable. “Confieso que sería una gran prueba para mí”, escribió ese día en su diario. “Siento que no podría respaldar tal cosa”15.


El 6 de octubre, George Q. Cannon llegó al tabernáculo para el tercer día de la conferencia general de otoño de la Iglesia. Poco después de que comenzara la reunión, se puso de pie y presentó a Orson Whitney, el obispo del Barrio 18 de Salt Lake City, a quien se le había pedido que leyera el Manifiesto a los miles de santos presentes16.

Mientras George escuchaba la declaración, no estaba seguro de qué diría si Wilford lo llamara a hablar. Más temprano, Wilford había sugerido que George podría hablar, pero este no deseaba ser el primero en dirigirse a los santos sobre el tema del Manifiesto. En todos sus años de hablar en público, nunca le habían pedido que hiciera algo tan difícil17.

El día anterior, George había pronunciado un discurso sobre la Primera Presidencia y la revelación, preparando a los santos para esta reunión. “La Presidencia de la Iglesia tiene que caminar al igual que ustedes caminan”, había dicho George. “Ellos tienen que dar pasos, tal como ustedes los dan; y tienen que depender de las revelaciones de Dios conforme las van recibiendo. Ellos no pueden ver el fin desde el principio, como lo ve el Señor”.

“Todo lo que podemos hacer”, había continuado, “es procurar conocer la mente y la voluntad de Dios, y cuando la recibimos, aunque pueda entrar en contradicción con cada sentimiento que habíamos albergado previamente, no tenemos otra opción que dar el paso que nos señala Dios y confiar en Él”18.

Cuando Orson terminó de leer el Manifiesto, Lorenzo Snow se lo presentó a los santos para su voto de sostenimiento. Las manos se alzaron por todo el auditorio, algunas con determinación, otras más a regañadientes. Otras manos no se levantaron en absoluto. No parecía haber ninguna oposición directa, aunque los ojos de muchos santos estaban húmedos por las lágrimas19.

Luego, Wilford se volvió hacia George y lo invitó a hablar. George se acercó al púlpito con una oración en el corazón, pero su mente estaba en blanco. Sin embargo, cuando comenzó a hablar el temor lo abandonó y las palabras e ideas llegaron libremente. Abrió las Escrituras en Doctrina y Convenios 124:49, el pasaje al que Wilford había hecho alusión cuando George lo escuchó por primera vez explicar la nueva posición de la Iglesia en cuanto al matrimonio plural20.

“De cierto, de cierto os digo, que cuando doy un mandamiento a cualquiera de los hijos de los hombres de hacer una obra en mi nombre, y estos, con todas sus fuerzas y con todo lo que tienen, procuran hacer dicha obra, sin que cese su diligencia, y sus enemigos vienen sobre ellos y les impiden la ejecución de ella, he aquí, me conviene no exigirla más a esos hijos de los hombres, sino aceptar sus ofrendas”21.

Después de leer el pasaje en voz alta, George le dijo a la congregación que los santos habían hecho todo lo posible por obedecer el mandamiento de Dios. Ahora, el Señor les había dado una nueva dirección por medio de Su profeta. “Cuando Dios da a conocer Su disposición y voluntad”, dijo, “espero que todos los Santos de los Últimos Días y yo nos inclinemos con sumisión ante ella”.

Sabiendo que algunos santos dudaban de los orígenes divinos del Manifiesto y cuestionaban por qué el profeta no lo había publicado antes para evitar el sufrimiento y la persecución de los últimos años, él les aconsejó que procuraran obtener un testimonio del Manifiesto por ellos mismos.

“Vayan a sus aposentos secretos”, les instó. “Pídanle a Dios y suplíquenle, en el nombre de Jesús, que les dé un testimonio como el que Él nos ha dado y les prometo que no saldrán vacíos ni insatisfechos”22.

Cuando George terminó de hablar, Wilford se acercó al púlpito. “El Señor está preparando un pueblo para recibir Su reino y Su Iglesia, y para edificar Su obra”, dijo. “Esa, hermanos y hermanas, es nuestra labor”.

“El Señor jamás permitirá que los desvíe yo ni ningún otro hombre que funcione como Presidente de esta Iglesia”, continuó, tranquilizando a los santos que cuestionaban el origen divino del Manifiesto. “No es parte del programa. No está en la mente de Dios. Si yo intentara tal cosa, el Señor me quitaría de mi lugar”.

Wilford luego bendijo a los santos y regresó a su asiento en el estrado23.


Muchas personas de la congregación abandonaron el tabernáculo ese día agradecidas por el Manifiesto y con la esperanza de que este redujera la persecución contra la Iglesia. Habían sentido fuerza espiritual y paz en la reunión. Otros santos, sin embargo, se sintieron inquietos, en conflicto o incluso traicionados.

A pesar de sus importantes desafíos, algunos de los cuales eran profundamente dolorosos, el matrimonio plural había bendecido la vida de muchos santos. Durante dos generaciones, la práctica había puesto el matrimonio a disposición de prácticamente todos los que lo deseaban. Les permitió a muchos santos criar grandes familias de niños fieles que se convirtieron en padres, miembros de la Iglesia, líderes y misioneros dedicados. También dio lugar a muchos matrimonios entre culturas, uniendo a la variada población inmigrante de la Iglesia.

Además de esto, había unido a los santos en una lucha en común contra la persecución y los había ayudado a forjar una identidad como un pueblo del convenio y singular de Dios24. Más de dos mil santos habían sido acusados de poligamia, cohabitación ilegal u otra conducta asociada con el matrimonio plural. Unos 930 de ellos habían ido a prisión por sus convicciones. Belle Harris, una sobrina nieta de Martin Harris que se negó a testificar contra su esposo, había sido enviada a prisión mientras amamantaba a su bebé. Para muchos santos, tales agravios eran sacrificios que habían estado dispuestos a hacer como seguidores de Cristo.

B. H. Roberts pensaba que escuchar el Manifiesto leído desde el púlpito había sido uno de los momentos más difíciles de su vida. Aunque no deseaba oponerse abiertamente a la declaración, su certeza previa de que era correcta no había regresado y no pudo levantar la mano para apoyarla25.

Zina Young, la Presidenta General de la Sociedad de Socorro, sostuvo el Manifiesto, pero su corazón fue puesto a prueba. “Confiamos en Dios y aceptamos con sumisión”, escribió esa noche en su diario26.

Joseph Dean, que había regresado de su misión a Samoa un mes antes, también estaba en el tabernáculo ese día. Él pensaba que el Manifiesto era una acción dolorosa, pero necesaria. “Muchos de los santos parecían aturdidos y confundidos y apenas sabían cómo votar”, escribió en su diario. “Muchas de las hermanas lloraban en silencio y parecían sentirse peor que los hermanos”27.

La mañana siguiente amaneció fría y húmeda. Mientras la lluvia golpeaba los tejados, algunos santos se preguntaban de qué manera afectaría el Manifiesto sus vidas diarias. La declaración no brindaba instrucciones específicas sobre cómo debían proceder los santos que ya participaban en matrimonios plurales. Algunas esposas plurales temían que pudieran ser abandonadas. Otros se mostraban optimistas, esperando que el Manifiesto pudiera apaciguar al Gobierno y poner fin al miedo y a la incertidumbre de la vida en la clandestinidad. Muchos simplemente decidieron permanecer ocultos hasta que los líderes de la Iglesia explicaran con más detalle la mejor manera de adaptar el Manifiesto a las circunstancias individuales28.

Cuando la noticia llegó a Cardston, Canadá, Zina Presendia y sus vecinos quedaron pasmados, pero pronto se dieron cuenta de que el Manifiesto era precisamente lo que la Iglesia necesitaba. “Creemos que nuestra verdadera posición es conocida y apreciada ahora, de una manera que no podía serlo antes de la publicación del Manifiesto”, escribió en una carta dirigida a Woman’s Exponent. “Los santos aquí, en su conjunto, sienten que nuestros líderes están llevando a cabo la obra de Cristo hacia la victoria y que son uno con los santos en la tierra de Sion”29.

Mas tarde, en Young Woman’s Journal, Susa Gates advirtió a las mujeres jóvenes que no hablaran a la ligera sobre el Manifiesto. Les recordó que el matrimonio plural había abierto oportunidades para tener matrimonios en el convenio y familias para las mujeres que de otra manera no los habrían disfrutado. Ahora esas oportunidades no estarían disponibles.

“Ustedes, como mujeres jóvenes de Sion, tienen tanto interés en este asunto como sus padres y madres. Asegúrense de que ni una palabra de regocijo necio e insensato atraviese sus labios por lo que se ha hecho”, aconsejó. “Si hablan de ello en cualquier medida, que sea con el espíritu más solemne y sagrado”20.

En Manassa, cuando Emily Grant se enteró del Manifiesto, estaba taciturna. Sin embargo, sus sentimientos sombríos dieron paso al gozo cuando sintió el testimonio de que la declaración era correcta. “Me pareció ver el primer rayo de luz que jamás había visto para nosotros en nuestras dificultades”, le escribió a su esposo31.


Para esta época, Lorena y Bent Larsen decidieron regresar a Utah después de meses de luchar por ganarse la vida en Colorado. Las tierras de cultivo de Sanford no habían estado produciendo bien y para Bent fue casi imposible obtener otro trabajo. Ahora planeaba vivir con su primera esposa, Julia, y demás parientes en Monroe, Utah, mientras que Lorena y sus hijos vivirían con la familia del hermano de ella, a unos ciento sesenta kilómetros de distancia32.

Luego de viajar varios días a través de cañones rocosos, el poblado desértico de Moab, Utah, de belleza austera, ofreció a los Larson un lugar agradable para descansar.

Durante una parada anterior, Bent y Lorena se enteraron de que los líderes de la Iglesia habían hecho pública una declaración sobre el matrimonio plural, pero no habían oído nada más al respecto. No obstante, en Moab se encontraron con personas que habían ido a la conferencia en Salt Lake City. Mientras Lorena permanecía en la tienda de campaña de la familia, Ben fue a averiguar lo que pudo en cuanto al Manifiesto.

Cuando Bent regresó, le dijo a Lorena que la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce habían anunciado que la Iglesia había dejado de celebrar matrimonios plurales y tenía la intención de someterse a las leyes de la nación.

Lorena no podía creer lo que estaba oyendo. Ella había aceptado el matrimonio plural porque creía que era la voluntad de Dios para ella y los santos. Los sacrificios que había hecho para practicar el principio le habían traído angustia y pruebas, pero también la habían desafiado a vivir en un plano superior, superar sus debilidades y amar a su prójimo. ¿Por qué Dios ahora les pediría a los santos que le dieran la espalda a la práctica?

Lorena buscó consuelo en Bent pero, en lugar de ofrecerle palabras tranquilizadoras, él se volvió y salió de la tienda. “¡Claro que sí!”, pensó ella. “Es fácil para ti. Puedes ir a casa con tu otra familia y ser feliz con ella, mientras que yo debo ser como Agar, enviada lejos”33.

Las tinieblas inundaron la mente de Lorena. “Si el Señor y las autoridades de la Iglesia se han echado atrás en cuanto a ese principio”, pensó, “no hay nada de valor en ninguna parte del Evangelio”34. Ella había creído que el matrimonio plural era una doctrina tan fija e inamovible como Dios mismo. Si ese no era el caso, ¿por qué debería tener fe en alguna otra cosa?

Luego, Lorena pensó en su familia. ¿Qué significaba el Manifiesto para ella y sus hijos? ¿Y qué significaba para las otras mujeres y niños en la misma situación? ¿Podrían seguir contando con sus esposos y padres para recibir amor y sustento? ¿O serían abandonados a la deriva simplemente por haber tratado de servir al Señor y guardar Sus mandamientos?

Lorena se derrumbó sobre su lecho. La oscuridad a su alrededor se volvió impenetrable y deseó que la tierra se abriera y se la tragara a ella y a sus hijos. Entonces, de repente, sintió una poderosa presencia en la tienda. “Esto no es más irrazonable que la petición que el Señor le hizo a Abraham cuando le mandó que le ofreciera a su hijo Isaac”, le dijo una voz a Lorena. “Cuando el Señor vea que estás dispuesta a obedecer en todas las cosas, la prueba será eliminada”.

Una luz brillante envolvió el alma de Lorena y sintió paz y felicidad. Entendió que todo estaría bien.

Poco tiempo después, Bent regresó a la tienda. Lorena le contó sobre la presencia que había eliminado su angustia. “Sabía que yo no podía decir ni una palabra para consolarte”, le confesó Bent, “así que fui hasta una parcela de sauces y le pedí al Señor que enviara un consolador”35.