Se obró sobre él para buscar revelación
    Notas al pie de página

    Se obró sobre él para buscar revelación

    D. y C. 108

    vista del templo de Kirtland, 1907

    “En casa todo el día, disfruté con mi familia del día de Navidad, al ser la única vez que he tenido este privilegio de forma tan satisfactoria desde hacía mucho tiempo”, refleja la entrada del diario de José Smith del 25 de diciembre de 18351. Al día siguiente, un sábado, José se sentó con varios compañeros y “habían comenzado a estudiar el idioma hebreo” cuando llamaron a la puerta. Al abrir encontró a su amigo Lyman Sherman. “Se ha obrado sobre mí para que te dé a conocer mis sentimientos y deseos”, dijo a José el hermano Sherman, “y se me ha prometido que recibiré una revelación en la que se me hará saber cuál es mi deber”2. El resultado de esta solicitud fue la revelación que actualmente se encuentra en Doctrina y Convenios 108, una declaración breve, pero poderosa, de convicción espiritual personal que, además, coloca a Lyman Sherman en el centro de eventos muy importantes.

    “Repose tu alma”

    Ese día invernal de 1835, Lyman Sherman tenía treinta y un años y se acercaba el cuarto aniversario de su bautismo. A principios de otoño de 1831, dos de los hermanos de su esposa, Delcena, que se habían marchado de casa a trabajar, escribieron a la familia para comunicar que se habían bautizado en la nueva iglesia “mormonita”. “Esa noticia nos sobrevino casi como un horror y una desgracia”, recordaba Benjamin, hermano de Delcena. Poco después de que llegara la primera carta, los ausentes hermanos Johnson enviaron un paquete que contenía un ejemplar del Libro de Mormón y una “exhaustiva explicación” de sus nuevas creencias. Tras recibir este material, Benjamin escribió: “Mi madre, mi hermano Seth, mi hermana Nancy y Lyman R. Sherman, junto con varios vecinos, todos ellos devotos a la religión, se reunían en secreto para leer el Libro de Mormón y la carta que lo acompañaba, o tal vez para condenar el engaño en el que habían caído mis hermanos”.

    De este escepticismo inicial, a medida que “iban leyendo, pasaron a maravillarse ante la simplicidad y la pureza de lo que leían, y del espíritu que lo acompañaba, que daba testimonio de su veracidad”3. Lyman y Delcena Sherman y varios miembros de la familia Johnson se bautizaron en enero de 1832. Varios miembros de la familia Sherman también se convirtieron4. Los Sherman se mudaron a Kirtland a mediados de 1833 y allí conocieron a José Smith y a muchos de los santos. Su hijo Albey tenía casi la misma edad que Joseph Smith III y los niños se hicieron amigos5.

    Pero aunque Sherman amaba a los santos y tenía una fe inmutable en el Evangelio restaurado, aparentemente tenía dudas sobre la calidad de su discipulado personal. La revelación nos da una idea del proceso que Sherman expresó como que “se había obrado sobre él” para que buscara al Profeta. El Señor dijo que Lyman había “obedecido mi voz al venir aquí”, lo que confirmaba que había sentido las impresiones del Espíritu para que buscara esa oportunidad. El consejo del Señor, “no resistas más mi voz”, sugiere que Sherman había sentido esas impresiones varias veces, pero había tenido dudas a la hora de actuar al respecto, mientras experimentaba una búsqueda espiritual profunda y conmovedora para averiguar cuál era su situación ante Dios. Como respuesta a esa pregunta, la revelación le aseguraba que sus pecados habían sido perdonados y, bondadosamente, se le decía lo siguiente: “Repose… tu alma en cuanto a tu condición espiritual”6 (véase D. y C. 108:1–2).

    “Serás recordado”

    La revelación también respondió a la petición de Sherman de que el Señor “le hiciera saber su deber”. Él ya era un líder en la organización del emergente sacerdocio de la Iglesia. Anteriormente, en 1835, había participado en una reunión “de las personas que viajaron a Sion” el verano anterior con el Campo de Sion. Durante esa reunión, José Smith anunció que “era la voluntad de Dios” que los que habían ido a Sion “fueran ordenados al ministerio y salieran a podar la viña por última vez”; y se llamó a los primeros doce apóstoles de esta dispensación7. Dos semanas más tarde, se organizó el Primer Quórum de los Setenta “para ir a toda la tierra, a cualquier lugar al que los Doce Apóstoles los llamaran”8. Lyman Sherman fue ordenado a servir como uno de los siete presidentes de los Setenta (véase D. y C. 107:93–94). En su bendición de ordenación, Sherman recibió la siguiente promesa: “Tu fe no desfallecerá y serás librado de grandes aflicciones… Eres un instrumento escogido del Señor”9.

    Pero antes de dirigirse “a toda la tierra”, los Setenta, incluido Lyman Sherman, debían ser los principales participantes de los acontecimientos que rodearon la dedicación del templo en la primavera de 1836. La revelación dirigida a Lyman Sherman contenía un consejo: “Espera con paciencia hasta que se convoque la asamblea solemne de mis siervos; entonces serás recordado con los primeros de mis élderes y recibirás el derecho, por medio de la ordenación, con el resto de mis élderes que he escogido” (véase D. y C. 108:4). Esas promesas se cumplieron cuando Sherman participó en las diversas reuniones y ordenanzas que precedieron a la asamblea solemne durante la dedicación del Templo de Kirtland, así como a la efusión espiritual y a la “investidura de poder” que se concedió a los santos en esa ocasión.

    “Fortalece a tus hermanos”

    El servicio que Lyman Sherman prestó a los santos en Kirtland demuestra que se tomó muy en serio el consejo que se le dio en la revelación: “…fortalece a tus hermanos”. Wilford Woodruff, que entonces era un joven Setenta que no había asistido a la dedicación del Templo de Kirtland y la efusión espiritual que allí se produjo, observó el liderazgo espiritual de Sherman. En una notable reunión sacramental que tuvo lugar en el templo, Woodruff escribió: “El élder Sherman cantó con el don de lenguas y proclamó cosas grandes y maravillosas, revestido del poder y del espíritu de Dios”10. Durante el invierno de 1836 a 1837, los Setentas se reunieron todos los martes por la tarde en la sala oeste del ático del templo11. En una de esas ocasiones, Sherman ordenó a una docena de hombres al Tercer Quórum de los Setenta 12. Un punto culminante de esa época fue la segunda asamblea solemne que tuvo lugar durante la primera semana de abril para conmemorar la dedicación del templo y conferir ordenanzas a quienes no habían estado presentes el año anterior.

    Cuando la discordia interna y la oposición externa unieron sus fuerzas contra la Iglesia, Lyman Sherman y su familia se mantuvieron fieles a José Smith y ayudaron a los santos durante las épocas difíciles. Sherman fue llamado a formar parte del Sumo Consejo de Kirtland en octubre de 183713. Se mudó a Far West, Misuri, donde fue llamado, en el otoño de 1838, a integrar el Sumo Consejo de Far West14. Para ese momento, José Smith y otros líderes de la Iglesia estaban presos, y los santos en medio de una huida desesperada de los populachos en Misuri. Según Benjamin Johnson, Sherman viajó a visitar al Profeta en la cárcel y, como resultado de ese viaje, “se resfrió” y se puso muy enfermo15. Mientras tanto, el 16 de enero de 1839, la Primera Presidencia escribió a Brigham Young y a Heber C. Kimball, los Apóstoles de mayor antigüedad, para designar a Lyman Sherman para que ocupara una de las vacantes del Quórum de los Doce Apóstoles16. Kimball escribió que él y Young visitaron a José Smith en la cárcel de Liberty el 8 de febrero de 1839. Dijo que, cuando se marcharon de Far West, “Lyman Sherman se encontraba algo indispuesto. Murió unos días después de nuestro regreso. No le comunicamos su nombramiento”17.

    Fue un final tranquilo y repentino para el ministerio terrenal de un hombre fiel. La muerte de Sherman conllevó dificultades para su esposa Delcena y sus seis hijos pequeños, que se trasladaron, prácticamente en la indigencia, primero a Illinois y posteriormente a Utah18. Al igual que muchos de los primeros santos, Lyman Sherman dedicó su vida a la causa del establecimiento de Sion y siguió voluntariamente al profeta José Smith, a pesar de la pobreza, la oposición y la incertidumbre. “Era un hombre de gran integridad, un predicador poderoso”, recordaba su cuñado19. Vivió y murió completamente comprometido con el cumplimiento del mandato que le dio el Señor: “Fortalece a tus hermanos en todas tus conversaciones, en todas tus oraciones, en todas tus exhortaciones y en todos tus hechos” (véase D. y C. 108: 7).