Estudio de Doctrina y Convenios
El mensajero y el Manifiesto
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El mensajero y el Manifiesto

Declaración Oficial 1

Cannon, George Q.

Una fría mañana de otoño, el lunes 6 de octubre de 1890, siete mil Santos de los Últimos Días se sentaron en silencio en los largos bancos de madera del gran tabernáculo ovalado de la Manzana del Templo. El acontecimiento era la conferencia general semestral de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y la asamblea se había reunido para escuchar la instrucción proveniente de hombres a quienes ellos veneraban como profetas, videntes y reveladores.

En aquel entonces no se informaba de antemano a los oradores de la conferencia de cuándo ellos debían dirigirse a la congregación. El Presidente de la Iglesia hacía las asignaciones en el momento, conforme sentía la impresión. Nadie preparaba discursos con antelación. Algunos de los oradores iban a la conferencia con un breve bosquejo doblado dentro de sus ejemplares de las Escrituras, pero muchos otros iban sin notas de ningún tipo, contando con que el Espíritu Santo llenase sus mentes cuando escucharan la voz del Profeta pronunciar su nombre.

Mientras la multitud aguardaba el primer discurso de la sesión, el presidente Wilford Woodruff se giró a su derecha, miró al hombre que estaba sentado junto a él y le pidió que se levantara y se dirigiera a la audiencia. Ese hombre era el presidente George Q. Cannon, primer consejero del presidente Woodruff en la Primera Presidencia. La solicitud tomó desprevenido al presidente Cannon, quien había supuesto que el presidente Woodruff tomaría la iniciativa en aquel histórico momento. Solo unos minutos antes, Orson F. Whitney, un obispo de Salt Lake City, había leído el Manifiesto, el trascendental documento (actualmente conocido como la Declaración Oficial 1) en el que el presidente Woodruff declaraba su intención de someterse a las leyes que prohibían el matrimonio plural. El presidente Woodruff había entregado el documento a la prensa dos semanas antes, sin hacer comentario alguno. El presidente Cannon miró fijamente a una muchedumbre pensativa y expectante, con una cosa en sus mentes.

“Sentí que aquello me encogía”, escribió el presidente Cannon al referirse a la solicitud de que tomara la palabra. “Creo que nunca se me había llamado a hacer algo que me pareciera más difícil que eso”1.

Los Santos habían practicado el matrimonio plural durante medio siglo. Mujeres y hombres se habían sentido angustiados ante la decisión de adoptar un principio que era ajeno a su educación religiosa y a sus inclinaciones. Tanto a nivel personal como colectivo, habían sufrido aislamiento, acoso y encarcelación por causa de ese principio, pero también habían aceptado el matrimonio plural como un mandamiento de Dios a la Iglesia. Ellos creían que la práctica refinaba su alma y definía su peculiaridad a los ojos del mundo. ¿Qué los definiría ahora? El presidente Cannon seguramente sabía que los cambios generalizados en aquello que los definía no serían fáciles de hacer. La angustia de salir del matrimonio plural rivalizaría con el desafío de entrar en él.

Después de que el obispo Whitney leyera el documento, la conferencia votó con sus manos en alto para sostenerlo como “autorizado y obligatorio” para la Iglesia. La mayoría votó afirmativamente, pero algunos no levantaron la mano, al no estar listos para aceptar el Manifiesto como la voluntad de Dios. Desde el estrado, los líderes de la Iglesia que miraban a la audiencia vieron a esposas y esposos que lloraban, preocupados e inseguros, sin saber lo que el Manifiesto significaría para ellos de ahí en adelante2.

El presidente Cannon alzó su mano en apoyo al Manifiesto junto con la mayor parte de los de la multitud. Pero el peso de unificar a una audiencia dividida en lo que él llamó un “asunto extremadamente delicado”, parecía casi imposible de sobrellevar. El mensaje podía tomarse de mil maneras diferentes. Al levantarse y caminar hacia el púlpito, comenzaron a asaltarle muchos pensamientos. “No tenía claro nada de lo que podía decir en cuanto a este tema”, escribió sobre aquella ocasión. “Me puse en pie con la mente en blanco”3.

El Consejero

George Quayle Cannon rara vez se quedaba sin palabras. Amigable y sociable por naturaleza, las palabras siempre habían formado parte de su vida. Cuando era adolescente, en Nauvoo, fue aprendiz en el taller de imprenta del periódico de la Iglesia4. Continuó hasta fundar una de las empresas editoriales más influyentes de todo Utah, y pasó gran parte de su vida adulta escribiendo editoriales en los periódicos de la Iglesia y en revistas que él mismo publicaba5.

Consciente tanto de los dones de Cannon como de su influyente plataforma, el presidente Brigham Young lo llamó al apostolado en 1860, y posteriormente a la Primera Presidencia como consejero. El presidente Cannon prestaría servicio como consejero de cuatro presidentes de la Iglesia a lo largo de cerca de tres décadas.

George Q. Cannon fue conocido durante su vida por su potente intelecto. Sus compañeros apóstoles lo reconocían como un hombre sin par entre los líderes de la Iglesia. Solía ser el apóstol a quien se pedía que diera el discurso complicado o escribiera la carta delicada. Los medios de comunicación no mormones lo llamaban “el mormón Richelieu”, porque se le consideraba el genio que había detrás de todo el movimiento mormón6.

Pero su reputación de genio también suponía una carga para George Q. Cannon. Le molestaba que se le atribuyera la fuente de las ideas que él no había inventado, y de los movimientos que él no había iniciado. Se resistía a ser visto como el hombre detrás de la cortina. Bien sabía él que su función era la de asesor. Él no era el Presidente de la Iglesia, ni el hombre que poseía las llaves del sacerdocio que dirigían la Iglesia. Humildemente se remitía a la autoridad, aun cuando los demás no pudieran verlo.

La cruzada

La cruzada federal contra la práctica mormona del matrimonio plural fue una de las mayores pruebas en la vida de George Q. Cannon. Tras ocho años siendo el único delegado del Territorio de Utah en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Cannon fue expulsado del Congreso al considerarse que violaba la ley federal que prohibía la poligamia.

Cannon entró en el matrimonio plural con poco más de treinta años, convencido de que era una práctica que Dios deseaba que él viviera. En total, su familia llegó a constar de cinco esposas y cuarenta y tres hijos7. Él adoraba a los miembros de su familia y se lamentaba de que, entre 1885 y 1888, con frecuencia estuvo lejos de ellos, al ir de un lugar a otro —a menudo disfrazado— tratando de evitar a los agentes federales que procuraban arrestarlo por violar la ley federal del matrimonio. Velaba por los miembros de su familia lo mejor que podía, escribiendo largas cartas personales y realizando consejos familiares siempre que podía reunirlos8. Finalmente se entregó a las autoridades y pasó cinco meses en la penitenciaría de Utah, entre septiembre de 1888 y febrero de 18899.

Los oficiales gubernamentales llevaban mucho tiempo instando a los líderes de la Iglesia a que emitieran una declaración que acabara con el matrimonio plural. El presidente Cannon se resistía a tal orden. El discurso más importante de su carrera, recordaron sus compañeros más adelante, tuvo lugar en el Congreso de los Estados Unidos, donde compareció ante sus colegas y defendió el matrimonio plural sobre los principios de la conciencia religiosa10. Él tendía a defender esa práctica a pesar de toda la oposición. “Por mi parte, no he visto despejado el camino” para emitir ninguna declaración llamando al fin del matrimonio plural, reflexionaba en una época en que la persecución sacudía a la Iglesia. “El presidente Woodruff siente lo mismo. Tendremos que confiar, como siempre hemos hecho, en que el Señor nos ayude”11.

El presidente Woodruff, un hombre humilde, sencillo y modesto, con poca de la instrucción que poseía el presidente Cannon, llegó a la conclusión de que debía haber un cambio mucho antes que Cannon12. En el otoño de 1889, un presidente de estaca acudió al presidente Woodruff y le preguntó si estaba obligado a firmar una recomendación para que un hombre entrara en el matrimonio plural teniendo en cuenta que la ley prohibía la práctica. El presidente Cannon, que se hallaba en la sala, se sorprendió al oír la respuesta del presidente Woodruff. “En este momento no es adecuado que se efectúe ningún matrimonio de este tipo en el Territorio [de Utah]”, aconsejó Woodruff13.

El presidente Woodruff se explicó utilizando una analogía: Cuando los perseguidores impidieron que los Santos construyeran un templo en el condado de Jackson, el Señor aceptó la ofrenda de los Santos y suspendió el mandato original14. Él dijo que ahora sucedía lo mismo con el matrimonio plural. Tras dar esta explicación, el presidente Woodruff se giró a su consejero para conocer su opinión. El presidente Cannon, siempre cauto y prudente, no se atrevió a pronunciarse en cuanto a una nueva dirección. Hasta aquel preciso momento, la Iglesia se había opuesto concienzudamente a las leyes federales que prohibían el matrimonio plural. Era, escribió Cannon en su diario, la primera vez que escuchaba a un Presidente de la Iglesia expresarse con tanta claridad en cuanto al asunto de limitar el matrimonio plural. “No respondí”, escribió Cannon, “al no estar preparado para aceptar plenamente sus palabras”15.

El Manifiesto

En la mañana del 23 de septiembre de 1890, el presidente Cannon se presentó como siempre en la oficina de la Primera Presidencia en la Casa Gardo, una enorme casa de estilo victoriano justo al sur de la Casa de la Colmena, en Salt Lake City. “Noté que el presidente Woodruff se sentía bastante irritado en cuanto a las medidas que habían tomado nuestros enemigos para difamarnos ante el país y hacer declaraciones falsas sobre nuestras enseñanzas y nuestro modo de proceder”16. La Comisión de Utah, el pequeño grupo de oficiales designados por el gobierno federal encargados de supervisar el cumplimiento de la legislación contra la poligamia en Utah, había enviado un informe que decía que los líderes de la Iglesia continuaban enseñando la poligamia y aprobando los matrimonios plurales en Utah. Cannon sentía que la Iglesia debía emitir un desmentido. El presidente Woodruff tenía en mente algo más contundente17.

El presidente Woodruff se encontró con el secretario de la Primera Presidencia, George Gibbs, y ambos entraron en una sala contigua a la oficina de la Primera Presidencia, donde el Presidente de la Iglesia dictó sus pensamientos mientras Gibbs los anotaba. Cuando el presidente Woodruff salió de la sala, su “rostro resplandecía de gozo y se le veía mucho más contento y complacido”18. Pidió que se le leyera el escrito al presidente Cannon, y así se hizo. “Aunque había que darle la adecuada forma para su publicación”, Cannon sintió que “contenía las ideas, y era muy bueno. Le dije que yo sentía que haría bien”19.

Por solicitud del presidente Woodruff, se pidió a los miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles que no estaban de viaje por asignación que acudieran a Salt Lake de inmediato para que se les leyera el documento. Tres apóstoles, junto con George Q. Cannon y Joseph F. Smith, de la Primera Presidencia, se reunieron por la tarde para sugerir correcciones, las cuales fueron posteriormente incorporadas, y el documento se envió a los medios de comunicación para su publicación inmediata20.

En la entrada que hizo ese día en su diario, Cannon incluyó la redacción original de Woodruff junto con las correcciones que él mismo había sugerido21. Hizo esto, dijo, para evitar a las futuras generaciones toda controversia en cuanto al registro: “Con frecuencia se me ha atribuido el decir y hacer cosas que no he dicho ni hecho”. Él quería dejar constancia de que el Presidente de la Iglesia, no su consejero, había concebido el Manifiesto. “Todo el asunto ha surgido a instancias del propio presidente Woodruff”, explicó Cannon. “Él ha declarado aquello que el Señor le había hecho entender que era su deber, y él sintió con perfecta claridad en su mente que era lo correcto”22.

El discurso

De una cosa estaba seguro George Q. Cannon cuando se halló ante el púlpito del Tabernáculo para dirigirse a la congregación en la conferencia de ese día de octubre de 1890: “Sentía que todo lo que se dijera debía ser dictado por el Espíritu del Señor”23.

Cuando el presidente Cannon miró al auditorio, se dio cuenta de que su mente en blanco se llenaba repentinamente de palabras de las Escrituras. Fue el pasaje en Doctrina y Convenios 124 que el presidente Woodruff había citado en su reunión con el presidente de estaca el año anterior. Cannon comenzó su discurso leyendo a partir del versículo 49: “… cuando doy un mandamiento a cualquiera de los hijos de los hombres de hacer una obra en mi nombre, y estos, con todas sus fuerzas y con todo lo que tienen, procuran hacer dicha obra… y sus enemigos vienen sobre ellos y les impiden la ejecución de ella, he aquí, me conviene no exigirla más a esos hijos de los hombres, sino aceptar sus ofrendas”24.

George Q. Cannon pareció darse cuenta de que la confirmación llegaba al saber que el Manifiesto estaba anclado sobre un precedente de las Escrituras. El Presidente de la Iglesia se sintió inspirado a aplicar en un contexto la palabra del Señor dada en otro contexto, tal y como los profetas habían hecho desde el principio. “Es con base en esto” —Doctrina y Convenios 124:49— dijo Cannon, “que el presidente Woodruff se ha sentido justificado a la hora de emitir este Manifiesto”25.

La lengua de Cannon comenzó a fluir y, durante la hora y media que siguió, mantuvo a su audiencia absorta. “Sentí una enorme libertad y hablé con soltura, y se apartó de mí todo temor”, escribió más tarde en su diario26.

Al inicio de su discurso en el Tabernáculo, admitió que había sido un gran defensor del matrimonio plural. “En público y en privado he declarado creer en ello. Lo he defendido en todo lugar, y bajo toda circunstancia”. Esta creencia, por supuesto, radicaba en su convicción de que Dios deseaba que él practicara el matrimonio plural. “Lo consideraba un mandato obligatorio e imperativo para mí”, dijo, hablando solo en primera persona27.

No había salido de Cannon que se publicara el Manifiesto. “Por mi parte, puedo decir que se me ha pedido muchas veces que hiciera algo” para poner fin a esta práctica. “Pero en ningún momento el Espíritu pareció indicar que así debía ser. Hemos esperado a que el Señor actuara en cuanto al asunto”28.

Pero el espíritu que envolvía al Manifiesto era diferente. Cannon estaba seguro de que, ahora, el Señor había actuado. El presidente Woodruff “decidió que escribiría algo, y recibió el espíritu que lo dirigió. Había orado sobre ello y había suplicado a Dios repetidamente que le mostrara lo que tenía que hacer”. El documento tuvo todo el apoyo de Cannon. “Sé que fue lo correcto, aun cuando ha ido en contra de mis convicciones en muchos aspectos”29.

Dijo a la audiencia que había observado dos reacciones al Manifiesto entre los Santos de los Últimos Días. Una reacción venía de aquellos que “sienten pesar en lo más hondo de su corazón por causa de la necesidad de esta medida que ahora hemos tomado”. La otra reacción era de arrogante autofelicitación: “¿No te lo dije? ¿No te dije que esto acabaría así?”. Este último grupo reprendía a los líderes de la Iglesia por haber tardado tanto tiempo en convencerse. Si los líderes hubiesen actuado con mayor premura, argumentaban, los miembros de la Iglesia podrían haberse librado de años de sufrimiento y angustia30.

Cannon dijo que su propia opinión difería de la de este segundo grupo. “Creo que era necesario que diésemos testimonio ante Dios, el Padre Eterno, y ante los cielos y la tierra, de que este era en verdad un principio preciado para nosotros —más preciado, podría decirse en algunos aspectos, que nuestra propia vida—. No podríamos haber hecho esto si nos hubiésemos rendido en el momento en que aquellos de los que hablo sugirieron que debíamos rendirnos”. Nadie podría cuestionar la voluntad de los Santos de adherirse a los principios que consideraban preciados. Los “indecibles” sufrimientos de hombres, mujeres y niños les eran contados en los cielos31.

Conclusión

Cuando el presidente Cannon se sentó, el presidente Woodruff volvió a sorprender a su consejero al levantarse para dar su propio discurso. “El hermano George Q. Cannon les ha presentado nuestra postura”, dijo el presidente Woodruff, confirmando las palabras de su consejero, y haciéndolas suyas. “Digo a Israel, el Señor jamás permitirá que os desvíe yo ni ningún otro hombre que funcione como Presidente de esta Iglesia. No es parte del programa”32.

Cannon pensaba que la abundancia del Espíritu Santo en la conferencia dio pruebas de que el Manifiesto había sido aprobado por Dios. “El Espíritu del Señor se derramó fuertemente, y creo que todo santo fiel debe haber recibido un testimonio del Señor de que Él estaba detrás de esta decisión, y que se había tomado con Su aprobación”33.

“No soy capaz de explicar el porqué de nuestra decisión”, reflexionaba Cannon en la entrada de ese día en su diario. “No obstante, sé que es lo correcto. Para mí es evidente que el paso que ha dado el presidente Woodruff es correcto”. El presidente Woodruff fue el mensajero de la revelación, y la función de Cannon fue apoyar y defender las revelaciones de Dios, tal como había hecho toda su vida. “Tengo un testimonio del Señor”, dijo Cannon, “de que nuestros sacrificios en relación a esto, y nuestra determinación hasta el día de hoy de resistir todo intento de extorsión para que prometiéramos acabar con esta práctica, son aceptados por el Señor, y de que Él prácticamente nos dice: ‘Es suficiente’, y dejamos el asunto en Sus manos”34.