Mercy Thompson y la revelación sobre el matrimonio
    Notas al pie de página

    Mercy Thompson y la revelación sobre el matrimonio

    D. y C. 132

    Mercy Fielding Thompson

    Robert Thompson estaba en la flor de la vida cuando falleció inesperadamente en el otoño de 1841, víctima de las fiebres palúdicas que afligieron a tantos Santos de los Últimos Días en los pantanos infestados de mosquitos a orillas del río Misisipi. Thompson, secretario personal de José Smith y coeditor del periódico de la Iglesia, Times and Seasons, parecía tener un futuro brillante. Un día estaba sano, y diez días más tarde falleció con tan sólo treinta años de edad, dejando solas a su esposa y una hija de tres años.

    No era difícil querer a Thompson. Sus amigos le recordaban como un “esposo cariñoso, un padre tierno y un amigo fiel y leal”1. Su esposa, Mercy, admiraba el valor que mostró al final de su vida. “Sobrellevó sus padecimientos con extraordinaria paciencia; ni una palabra de queja salió de sus labios”. Él pasó sus últimos momentos, dijo Mercy, testificando “que no había ido en pos de fábulas astutamente inventadas; y que había sido alzado del muladar para sentarse con los príncipes”2.

    La muerte prematura de un miembro de la familia ha sido un acontecimiento muy común a lo largo de la historia de la humanidad. Con frecuencia era una mujer cuya muerte durante el parto dejaba pequeños hijos sin la tierna caricia de la mano de su madre. No fue sino hasta el siglo XX, que la mayoría de las familias en los países industrializados dejaron de temer perder un bebé o un hijo pequeño por causa de accidente o enfermedad. Desde el principio de los tiempos, la muerte ha acechado como recordatorio, tanto de la fragilidad de la vida como de nuestro anhelo porqué ésta continúe.

    Sobre esta cultura de la muerte, José Smith recibió una profecía, la cual prometía que nuestras más preciadas relaciones pueden continuar en la vida venidera. Madres y padres, esposas y esposos, padres e hijos pueden estar juntos de nuevo; parentesco y amistades que perduran por las eternidades. Las importantes condiciones de estas promesas se encuentran en esta revelación, conocida en la actualidad como Doctrina y Convenios 132.

    Cielo y tierra

    Durante dos mil años, en la historia de la cristiandad han prevalecido dos ideas principales3. La visión más común es la de ángeles solteros y solitarios adorando y alabando a Dios en perfecta unión. Esta visión establece una marcada diferencia entre este mundo y el venidero, y favorece la función del intelecto en la vida después de la muerte. El enfoque es la contemplación de Dios y Su grandeza, no las relaciones humanas. Los vínculos terrenales son temporales y, por lo tanto, están destinados a finalizar cuando llega la muerte4.

    La otra idea principal hace hincapié en la presencia de amigos y familiares en la vida venidera. La adoración a Dios continúa, pero la asociación de los seres queridos se convierte en una parte esencial de la felicidad eterna. Los mundos material y eterno se superponen, y la vida cotidiana llega a ser parte de la santa obra de Dios. La popularidad de la idea de un cielo social aumentó durante el siglo XIX. La novelista estadounidense Elizabeth Stuart Phelps recogió el enorme atractivo de esta idea para una generación que había perdido prematuramente a familiares durante la Guerra Civil en los Estados Unidos. Phelps pregunta en su novela, The Gates Ajar: “¿Habría Él de permitir que dos almas crecieran juntas aquí, y que el separarse un solo día fuera doloroso, para luego arrancarlos al uno del otro por toda la eternidad?”5.

    La revelación de José Smith sobre el matrimonio, registrada en julio de 1843, no trataba de modelar la vida después de la muerte conforme al sentimentalismo victoriano, como lo hizo Phelps. La revelación confirmó que las relaciones humanas persistirán, pero si se cumple con ciertas condiciones. Todos los compromisos sociales están destinados a acabar cuando llega la muerte, a menos que se realicen con la mira puesta en la eternidad y sean efectuados por alguien que posea la autoridad del sacerdocio para sellar en la tierra como en el cielo. Los matrimonios que perduran después de la muerte, dice la sección 132, se efectúan “por el tiempo y por toda la eternidad” y son “[sellados] por el Santo Espíritu de la promesa… a quien he nombrado sobre la tierra para tener este poder”. Aquellos que no entran en tales convenios antes de la resurrección de los muertos, llegan a ser “ángeles en el cielo”, nombrados para permanecer “separada y solitariamente”6.

    Mercy y Robert

    Mercy Rachel Fielding nació en 1807 en el seno de una devota familia metodista que cultivaba una tierra arrendada en un pequeño pueblo rural a noventa y seis kilómetros al norte de Londres. A los veinticuatro años de edad ella emigró a York (actualmente Toronto), Canadá, junto a su hermano mayor, Joseph. Pronto se unió a ellos su hermana Mary y los tres hermanos Fielding comenzaron a asistir a las reuniones de un grupo de investigadores metodistas que creían que todas las iglesias que conocían se habían descarriado. Cuando el misionero Parley P. Pratt llegó a York, en la primavera de 1836, los hermanos Fielding hallaron la respuesta a su dilema. Mercy, Mary y Joseph se bautizaron en un riachuelo de la zona, y la primavera siguiente se trasladaron a la sede de la Iglesia en Kirtland, Ohio7.

    En Canadá, Mercy conoció a Robert Blashel Thompson, cuyos pasos habían seguido un rumbo similar al de ella en muchos sentidos. Nació en 1811 en Yorkshire, Inglaterra, y siendo joven se había unido a un grupo de disidentes llamado la Sociedad Metodista Primitiva, que buscaba el regreso de los dones espirituales. Se mudó a Canadá en 1834, escuchó el mensaje de Parley P. Pratt y fue bautizado el mismo mes que los Fielding. Robert Thompson y Mercy Fielding eran almas gemelas y, poco después de su llegada a Kirtland, se casaron en junio de 18378.

    Después del matrimonio, Mary, la hermana de Mercy, comenzó a hospedarse con unos familiares de José y Hyrum Smith, y así llegó a conocer mejor a estos hermanos, a los que rápidamente llegó a querer. Su corazón se llenó de compasión hacia Hyrum cuando su esposa, Jerusha, murió en el otoño de 1837 después de un difícil parto que dejó sin madre a sus cinco hijos, todos ellos menores de diez años. José preguntó al Señor acerca de lo que Hyrum debía hacer, y la respuesta fue que debía casarse inmediatamente con Mary Fielding. Confiando en la inspiración de José, Mary se casó con Hyrum en la víspera de la Navidad de 18379.

    A partir de entonces, la vida de Mercy y Robert quedó entrelazada a la de Mary y Hyrum. Hyrum guió a la familia Thompson durante el recorrido de mil seiscientos kilómetros entre Ohio y Misuri, donde los santos se reubicaron en 1838. Más tarde, cuando Hyrum y José fueron encarcelados en la cárcel de Liberty, Mercy y Mary visitaron a los prisioneros en una fría noche de febrero, llevando consigo al pequeño Joseph F., el hijo recién nacido de Hyrum y futuro profeta. Dado que la propia Mercy había dado a luz recientemente, ella amamantó a Joseph F. en aquella ocasión, cuando Mary se encontraba demasiado enferma para hacerlo. Mercy y Robert acogieron a Mary y a los hijos de Hyrum durante la encarcelación de éste y, en Nauvoo, las dos familias construyeron sus casas la una junto a la otra10.

    Las familias Smith y Thompson se unieron más aún tras la muerte de Robert. Una noche, en la primavera de 1843, Mercy se quedó a dormir en casa de Mary para hacerle compañía mientras Hyrum se encontraba lejos de Nauvoo por negocios. Mercy soñó que se hallaba en un jardín junto a Robert y escuchó que alguien repetía sus votos matrimoniales, aunque no pudo discernir de quién era la voz. Al estar familiarizada con las diversas formas en que Dios se comunicaba, Mercy comprendió que el sueño era un mensaje de Dios. “Me desperté en la mañana profundamente impresionada por aquel sueño que no podía interpretar”11.

    Más tarde esa noche, Hyrum regresó a casa y les contó que había tenido “un sueño extraordinario” mientras estaba lejos de casa. Había visto a su difunta esposa, Jerusha, y dos de sus hijos que habían muerto prematuramente12. Hyrum no comprendía el significado de su sueño más de lo que Mercy comprendía el suyo, pero la coincidencia de los sueños era sorprendente. En cuanto llegó a su hogar, Hyrum encontró un mensaje de su hermano José, que le pedía que fuera a su casa. “Para su asombro”, explicó Mercy, Hyrum descubrió que José había recibido una revelación que declaraba que “los matrimonios concertados para esta vida sólo duraban hasta la muerte de los cónyuges y no tenían validez más allá sino hasta que se concertaba un nuevo convenio por toda la eternidad”13. Esta revelación se registró posteriormente y pasó a formar parte de las Escrituras como Doctrina y Convenios 13214.

    Robert Thompson y Jerusha Smith habían fallecido. ¿Cómo podría concertarse un nuevo convenio matrimonial cuando sólo quedaba vivo uno de los cónyuges? La respuesta de José Smith fue que una persona viva podía obrar como representante de la persona muerta. Desde el otoño de 1840, los santos habían efectuado bautismos vicarios por antepasados que habían fallecido antes de escuchar el Evangelio restaurado y, ahora, ese mismo principio había de aplicarse al matrimonio. Marido y mujer podían ser “sellados”, unidos en el cielo tal y como habían sido unidos en la tierra15. El matrimonio que una vez acabó por el tiempo—“hasta que la muerte los separe”—se podría efectuar de nuevo “por tiempo y por toda la eternidad”, sellado por la autoridad del sacerdocio. De este modo, el matrimonio podía prolongarse en las eternidades16.

    Esta idea entusiasmó a Mercy; sin duda, si se le diera la oportunidad, ella elegiría pasar la eternidad con Robert. Lo extrañaba y quería estar cerca de él. Él era el tipo de hombre que la inspiraba a llegar a ser la persona que más deseaba ser: una discípula del Señor Jesucristo. “En mansedumbre, humildad e integridad no era fácil superarlo, ni aun asemejarse a él”, dijo de Robert17.

    Un lunes por la mañana, a finales de mayo de 1843, Mercy Thompson y su hermana Mary, junto a Hyrum y José Smith, se reunieron en una sala en el segundo piso de la casa de José. José casó a Mercy y Robert por tiempo y eternidad, con Hyrum como representante de Robert18. Después de la ceremonia, José casó a Hyrum y Mary por tiempo y eternidad. El gozo de Mercy no tenía límites. “Algunos pueden pensar que yo podría envidiar a la reina Victoria en toda su gloria”, dijo. “No mientras mi nombre aparezca en esta dispensación junto al de las primeras mujeres selladas a un esposo fallecido por medio de la revelación divina”19.

    El matrimonio plural

    El sellamiento de Mercy Thompson a su difunto esposo brindó profundo consuelo en medio de la soledad y la incertidumbre, pero esas promesas eran para el futuro, para un momento indeterminado en que los Thompson se encontrarían de nuevo. Hasta entonces, Mercy tenía que seguir adelante con su vida y tenía un niño al que cuidar. ¿Quién proveería? En la situación y la época de Mercy, había poco trabajo para las mujeres. Tras la muerte de Robert, ella hizo lo que las viudas habían hecho durante siglos: acoger huéspedes. “Con diligencia y la bendición del Señor”, recordó, “cubríamos nuestras necesidades”20.

    No obstante, “era una vida solitaria” y “estar privada de la compañía de un esposo como aquel me hacía sentir tan profundamente apenada que mi salud se deterioró en gran manera”. En las creencias de los Santos de los Últimos Días, la tierra está llena de comunicación celestial; los ángeles dan consuelo a los afligidos en sus cargas. Durante ese verano, un ángel visitó a José Smith. Era Robert Thompson, su antiguo secretario. Él “se apareció [a José] varias veces y le dijo que no deseaba que yo viviera una vida tan solitaria”, contó Mercy. El ángel propuso una solución impactante: debía “sellarme a él [Hyrum] por esta vida”, recordó Mercy21. En otras palabras, Robert Thompson le pidió que Hyrum se casara con Mercy en matrimonio plural “por esta vida”. Mientras, Mercy y Robert seguirían sellados en las eternidades.

    Aproximadamente en la época de la aparición de Robert Thompson, José Smith comenzó a escribir la sección 132, revelación que dictó a su secretario, William Clayton, en la pequeña oficina que había al fondo de la tienda de ladrillos rojos de José22. José Smith conocía algunos fragmentos de la revelación desde hacía mucho tiempo, probablemente desde 1831, cuando trabajaba en la revisión inspirada del Antiguo Testamento23. ¿Por qué—había preguntado José a Dios en oración—justificó Él a Abraham, Isaac, Jacob y otros que “tuvieron muchas esposas y concubinas”? La respuesta no fue evidente de manera inmediata ya que José, por su propia educación y cultura, rechazaba el matrimonio plural. La revelación respondía sencilla y directamente: Dios había “mandado” el matrimonio plural, y debido a que los patriarcas bíblicos “no hicieron sino lo que se les mandó, han entrado en su exaltación”24.

    La sección 132 daba así respuesta a una cuestión largamente debatida en la cultura occidental. Por un lado estaban aquellos que sostenían que Dios aprobó el matrimonio plural entre los antiguos. San Agustín pensaba que el matrimonio plural del Antiguo Testamento era un “sacramento” que simbolizaba el día en que las iglesias de toda nación se someterían a Cristo25. Martín Lutero estaba de acuerdo: Abraham fue un hombre casto cuyo matrimonio con Agar dio cumplimiento a las sagradas promesas que Dios había hecho al patriarca26. Lutero suponía que Dios podría aprobar el matrimonio plural en los tiempos modernos bajo determinadas circunstancias. “Ya no se da como mandamiento”, observó, “pero tampoco se prohíbe”27.

    Por otro lado, en el debate estaban aquellos que sostenían que los patriarcas del Antiguo Testamento se habían descarriado al practicar el matrimonio plural. Juan Calvino, coetáneo de Lutero del siglo XVI, creía que el matrimonio plural pervertía el “orden de la creación” establecido con el matrimonio monógamo de Adán y Eva en el Jardín de Edén28. Calvino tuvo una profunda influencia en las primeras actitudes religiosas de los estadounidenses. No todos los estadounidenses estaban de acuerdo en que los patriarcas bíblicos hubieran errado, pero los coetáneos de José Smith siguieron casi unánimemente a Calvino en la creencia de que el matrimonio plural en los tiempos modernos estaba mal bajo cualquier circunstancia29.

    La sección 132 puso en perspectiva este debate, aprobando los actos de los patriarcas en la misma voz de Dios. El matrimonio plural, decía la revelación, había ayudado a cumplir la promesa que Dios había hecho a Abraham de que su posteridad “[continuaría] tan [innumerable] como las estrellas”30. Sin embargo, la revelación iba mucho más allá de la mera justificación de los patriarcas. Como posteridad de Abraham, a los Santos de los Últimos Días se les mandó practicar el matrimonio plural por un tiempo. “Ve, pues, y haz las obras de Abraham”31.

    José Smith había sido reacio a entrar en el matrimonio plural al principio, al comprender plenamente la persecución que acarrearía a la Iglesia. La monogamia era la única forma de matrimonio legalmente aceptada en los Estados Unidos, y la oposición de cierto iba a ser feroz. El mismo José tenía que estar convencido de la conveniencia del matrimonio plural. Un ángel se le apareció en tres ocasiones instándolo a proseguir como se le había indicado32. Finalmente él contrajo matrimonio plural y enseñó este principio a otros seguidores en Nauvoo, en 1841. El escribir la revelación le permitió divulgar con más facilidad el mensaje de este nuevo mandamiento, que se presentó con cautela y de manera gradual.33

    Mercy y Hyrum

    El matrimonio eterno tuvo en Mercy Thompson un impacto mucho más favorable que el matrimonio plural. Por su educación y su naturaleza, ella se resistía a contraer matrimonio con un hombre que ya estaba casado. La idea de vivir en la misma casa con su hermana y su mejor amiga, Mary, no aliviaron en absoluto su inquietud. José le pidió a Mary que hablara del tema con Mercy, pensando que así ella lo recibiría mejor, pero la decisión de enviar una emisaria no surtió efecto. “La primera vez que me hablaron sobre el asunto”, contó Mercy, “éste removió los fundamentos mismos de mis tradiciones y me resistía a ello con cada inclinación natural de mi corazón”34.

    Hyrum habló con ella a continuación. Él comprendía los sentimientos de Mercy, ya que él mismo se había opuesto una vez al matrimonio plural. José había tratado de ponderar los sentimientos de su hermano, reteniendo esta delicada y controvertida enseñanza hasta que Hyrum estuvo preparado para aceptarla. Hyrum se convirtió finalmente a este principio cuando se dio cuenta de que se había casado con dos mujeres en la tierra de las que no podría soportar estar separado en la eternidad. El mismo día que se selló a Mary por el tiempo y la eternidad, Mary obró como representante mientras él se sellaba a Jerusha, quedando así Hyrum sellado a ambas esposas por la eternidad35.

    A Mercy no se le pedía que se convirtiera en la esposa de Hyrum Smith por la eternidad. El mensaje de Robert Thompson era que Hyrum debía casarse con Mercy por tiempo; o, en palabras de Mercy, hasta el momento en que Hyrum “me entregaría en la mañana del día de la resurrección a mi esposo, Robert Blashel Thompson”36. El matrimonio con Hyrum era como los matrimonios de levirato del Antiguo Testamento, en los que al hombre se le mandaba casarse con la esposa de su hermano fallecido37. Esta combinación de práctica patriarcal y aparición angélica tenía sentido para los restauracionistas bíblicos como Hyrum Smith. Éste dijo a Mercy que, cuando se enteró de cuál era la voluntad de Robert Thompson, “el Santo Espíritu reposó sobre él [Hyrum], desde la coronilla de su cabeza hasta las plantas de sus pies”38.

    Las mujeres Santos de los Últimos Días que se convirtieron al principio del matrimonio plural en Nauvoo, a menudo referían experiencias espirituales que habían confirmado su decisión. Vieron una luz, sintieron paz o, en un caso, vieron un ángel. Mercy Thompson no dejó ningún registro de experiencias como ésas. Más adelante dijo que creyó en este principio “porque podía leerlo por mí misma en la Biblia y ver que ésa era la práctica en aquellos días, y que el Señor lo aprobaba y lo permitía39.

    Pero la lógica bíblica por sí sola no era suficiente para Mercy; el mismo José habló finalmente con ella y fue el testimonio de él lo que la convenció. Robert Thompson se le apareció más de una vez, según explicó, la última vez “con tal poder que lo hizo temblar”. Al principio, José no deseaba actuar conforme a esa solicitud; sólo después de orar al Señor y saber que debía “hacer conforme mi siervo ha requerido”, habló con Hyrum acerca de la visión40.

    Mercy Thompson creía en los dones espirituales, por lo que podía confiar en que su difunto esposo se había comunicado41 y, después de varios años observando de cerca a José Smith, ella creyó que él era “demasiado sabio para errar y demasiado bueno para ser cruel”42. La petición de casarse con Hyrum, concluyó ella, era “la voz del Señor hablando por medio del profeta José Smith”43.

    José Smith se tomó muy en serio las objeciones de las mujeres como Mercy Thompson. Nadie, mujer u hombre, encontró el matrimonio plural fácil de aceptar al principio44. José no obligó a las mujeres a aceptar el matrimonio plural por la fuerza de su propio mandato, como tampoco obligó a los hombres45. Se alentó a las mujeres y a los hombres a reflexionar y orar para tomar su propia decisión. Mercy pidió una copia del manuscrito de la revelación, escrita sobre folios, y la tuvo en su casa por cuatro o cinco años, estudiando sus contenidos en su mente46. Sólo dio su consentimiento después de mucha oración y meditación. El 11 de agosto de 1843, José Smith casó a Hyrum y Mercy en casa de Mary y Hyrum, en la esquina de las calles Water y Bain de Nauvoo. Por recomendación de José, Hyrum construyó una habitación adicional en la casa, y Mercy se instaló en ella.

    Tiempo y eternidad

    Durante su breve vida juntos, los proyectos de Hyrum se convirtieron en los proyectos de Mercy y viceversa. Mercy ayudaba a escribir las palabras inspiradas que emanaban de boca de Hyrum cuando bendecía a los miembros de la Iglesia en su función como patriarca de la Iglesia. El gran proyecto que ocupó toda mente y todo corazón fue el Templo de Nauvoo. En algún momento, después de buscar al Señor con fervor para saber qué podría hacer ella para acelerar la construcción del templo, Mercy escuchó estas palabras en su mente: “Trata de que las hermanas aporten un centavo cada semana para la compra de cristales y clavos”. Ella dijo que Hyrum se sintió “muy complacido” con la revelación e hizo todo lo que pudo para llevarlo a cabo, instando al público en general a contribuir tal como Mercy había solicitado47. Con la ayuda de Hyrum, ella y Mary recaudaron más de mil dólares estadounidenses para la causa, lo cual no era una suma pequeña en aquellos días48.

    Mercy y Hyrum habían estado casados sólo diez meses cuando una bala de la chusma segó la vida de Hyrum en Carthage. Mercy había perdido otro esposo en la flor de la vida. Ella lamentó mucho la pérdida de Hyrum, a quien describió como “un marido cariñoso, padre amoroso, amigo fiel y bondadoso benefactor”49; pero su relación con Mary siempre fue una fuente de fortaleza. Mercy y su hija, Mary Jane, que entonces tenía seis años, se quedaron para ocuparse de la casa junto con Mary y los dos hijos de ésta con Hyrum, así como con los cinco hijos de Hyrum y Jerusha, para los que Mary era como una madre.

    En 1846, Mercy y Mary, junto con su hermano Joseph, emprendieron un nuevo viaje juntos. Se unieron a miles de sus compañeros de fatigas en el recorrido de mil cuatrocientas millas (2.250 kilómetros) hacia una nueva Sión que estaba más allá de los límites de los Estados Unidos en aquel momento. Llegaron al Valle del Lago Salado al año siguiente. Mary murió de neumonía en 1852 y Mercy vivió las siguientes cuatro décadas en Salt Lake City, fiel hasta el fin, sirviendo en la Iglesia dondequiera que podía hacerlo y cuidando como una madre a los hijos que Mary y Hyrum habían dejado atrás.

    El vínculo entre Mercy y Hyrum siempre fue una fuente de profunda gratitud, pero ella vivió con la mira puesta en su reencuentro con Robert, su “amado” esposo y la elección de su juventud. Hasta el momento de su muerte, en 1893, conservó el nombre de Mercy R. Thompson, el cual había adoptado al contraer matrimonio con Robert. Doctrina y Convenios 132 le había prometido que, si eran fieles, un día Robert y ella “heredarían tronos, reinos, principados y potestades” y disfrutarían de una “continuación de las simientes por siempre jamás”50. Ella creía en estas promesas y vivió para poder, algún día, hacerlas realidad.