James Covel y los ‘afanes del mundo’
    Notas al pie de página

    James Covel y los ‘afanes del mundo’

    D. y C. 39, 40

    De todas las parábolas de Jesús, ninguna ilustra la inestabilidad del discipulado cristiano con más fuerza que la parábola del sembrador (Mateo 13). Todas las semillas del relato comienzan con un gran potencial para crecer, pero no todas se plantan en un suelo con los nutrientes suficientes como para desarrollar ese potencial. Las semillas que caen en buena tierra reciben la nutrición necesaria para desarrollar un sistema de raíces profundo y extenso, y de ese modo hacer a un lado los factores que amenazan su crecimiento. Otras semillas no son tan afortunadas. Algunas caen junto al camino: la palabra de Dios nunca se entiende realmente y el malvado las arrebata. Otras caen en pedregales y carecen de raíces adecuadas, por lo cual se marchitan bajo el sol abrasador de la tribulación. Por último, otras semillas caen entre espinos. Jesús compara la difícil situación de esas semillas con los que oyen la palabra, pero son ahogados por el engaño de las riquezas y el “afán de este mundo” (Mateo 13:22).

    En Doctrina y Convenios 39 y 40 se hace uso del lenguaje de esa parábola al contar el relato de James Covel, un ministro metodista que mostró un intenso pero fugaz interés en la Iglesia. Covel, al igual que las semillas del relato, empezó con un gran potencial. Siendo hijo de un ministro bautista y de una madre metodista en Chatham, Massachusetts, cerca de 1770, Covel se convirtió en predicador ambulante de la Iglesia Metodista Episcopal en 1791. Cubría el territorio de Litchfield, Connecticut y sus alrededores, y con el tiempo se casó y se estableció en Poughkeepsie, Nueva York1.

    Covel era conocido en los círculos metodistas como un hombre estable y digno de confianza. Para la década de 1820, se había convertido en un líder del movimiento de reforma metodista. (Los metodistas reformados se habían levantado para refutar los aspectos mundanos que veían entrar en su iglesia cuando la corriente dominante del metodismo empezó a abandonar el ejercicio de los dones espirituales.) Antes de su conversión al mormonismo, Brigham Young, Wilford Woodruff y John Taylor, entre otros, se percibían a sí mismos como metodistas reformados. En 1826, Covel fue nombrado presidente de la conferencia de Nueva York de la Sociedad Metodista, formada por un grupo de disidentes metodistas que congregaba a varias filiales pequeñas. Más tarde prestó servicio como agente de publicaciones en la ciudad de Nueva York a cargo de la literatura publicada por los reformadores del movimiento.

    Covel estaba predicando cerca de Richmond, cuarenta y cinco kilómetros al este de Fayette, Nueva York, cuando asistió a una conferencia de los Santos de los Últimos Días en Fayette, en los primeros días de enero de 1831. En aquel entonces, la Iglesia estaba saliendo de Nueva York, para seguir el llamado de establecerse en Ohio que se había recibido por medio de revelación (D. y C. 37:3).

    Covel estaba más impresionado con las enseñanzas de la Iglesia que con el llamado a trasladarse. De hecho, parecía estar listo para convertirse. Se quedó unos días, conversó con los líderes de la Iglesia e hizo convenio con Dios de obedecer el llamado a arrepentirse y bautizarse (D. y C. 40:1).

    El 5 de enero de 1831, se recibió una revelación por medio de José Smith en la que se llamaba a Covel a unirse a los santos en su traslado a Ohio. “Eres llamado para obrar en mi viña y edificar mi iglesia”, indicaba la revelación (véase D. y C. 39:13). Esas palabras hubieran consolado a cualquier predicador metodista, pero el siguiente versículo le perturbó: “…de cierto te digo que no eres llamado para ir a las tierras del Este, sino para ir a Ohio”2 (véase D. y C. 39:13). Durante cuarenta años, Covel había predicado en la parte noreste del estado de Nueva York. Ahora se le pedía que fuera en dirección opuesta y predicara en el oeste.

    La revelación del 5 de enero señaló a Covel que en tiempos pasados había “rechazado” al Señor. Al igual que la semilla que cae entre espinos, Covel dejó que “los afanes del mundo” ahogaran la semilla que el Señor había deseado plantar (D. y C. 39:9).

    Covel sabía que la mudanza hacia el oeste implicaría dar fin a las relaciones importantes y extensas que había acumulado durante su carrera. Dos de sus hijos eran predicadores metodistas y durante los años en los que había trabajado en la ciudad de Nueva York se había puesto en contacto con las voces más poderosas del movimiento. Todo el prestigio que había acumulado a lo largo de toda una vida tendrían que abandonarse. A Covel le tomó menos de cuarenta y ocho horas decidir que no se trasladaría a Ohio. La revelación que siguió dejó en claro que Covel había rechazado el llamado del Señor. En ella se indica que Covel “recibió la palabra con alegría, pero en seguida lo tentó Satanás, y el temor a la persecución y los afanes del mundo hicieron que rechazara la palabra”3 (véase D. y C. 40:2).

    Después de su fugaz interés en la Iglesia, Covel volvió a su ocupación anterior. Predicó y convirtió a personas al metodismo en la parte norte del estado de Nueva York hasta 1836, cuando regresó a la ciudad de Nueva York. Permaneció allí hasta que falleció en febrero de 1850. Para ese entonces, los santos se habían trasladado aún más hacia el oeste, más allá de las Montañas Rocosas hasta la árida Gran Cuenca.