Jesucristo
Capitulo 6: El Meridiano de los Tiempos

Capitulo 6

El Meridiano de los Tiempos

REVELOSE a Moisés, con quien el Señor habló “cara a cara, como habla cualquiera a su compañero”,a el curso de la raza humana, tanto en lo pasado como en lo futuro; y en el advenimiento del Redentor Moisés vio el suceso que sobrepujaría a todos los acontecimientos que la tierra y sus habitantes presenciarían. La maldición de Dios había caído previamente sobre los inicuos, y sobre el mundo por causa de ellos, por motivo de que no quisieron “escuchar su voz, ni creer en su Hijo Unigénito, que él declaró vendría en el Meridiano de los Tiempos, y que fue preparado desde antes de la fundación del mundo”.b En el pasaje anterior se menciona por primera vez la expresiva y profundamente significativa designación del período en que habría de aparecer el Cristo, a saber, el Meridiano de los Tiempos. Si se considera la expresión como figurativa, téngase presente que la figura es del Señor.

La palabra “meridiano”, según el uso común, da el concepto de una división principal de tiempo o espacio;c y así decimos antemeridiano (A.M.), al referirnos a las horas antes del mediodía, y postmeridiano (P.M.), a las que vienen después. En la misma manera, los años y siglos de la historia humana tienen como division el importante suceso del nacimiento de Jesucristo. Los años que precedieron ese histórico acontecimiento hoy son conocidos como el tiempo antes de J.C., mientras que cada uno de los subsiguientes se especifica como determinado año de nuestro Señor, o como se expresa en latín, Anno Domini. De manera que se ha ajustado y sistematizado la cronología del mundo para corresponder al tiempo del nacimiento del Salvador; y este método de calcular se emplea entre todas las naciones cristianas. Es instructivo reparar en el hecho de que se adoptó un sistema similar entre la rama aislada de la casa de Israel que fue traída del país de Palestina al continente occidental; porque desde el momento en que apareció la señal prometida entre la gente, indicando el nacimiento de Aquel a quien los profetas habían anunciado tan extensamente, el sistema empleado por los nefitas para contar sus años, empezando desde la salida de Lehi y su colonia de Jerusalén, fue reemplazado por los anales de la nueva era.d

La época del advenimiento del Salvador se había prefijado, y los profetas autorizados de ambos hemisferios revelaron claramente el tiempo en que había de acontecer. En la extensa historia de la nación israelita se había efectuado una sucesión de acontecimientos que tuvieron una culminación relativa en el ministerio terrenal del Mesías.

A fin de que comprendamos mejor el significado verdadero de la vida y ministerio del Señor mientras estuvo en la carne, será preciso dar alguna consideración al estado político, social y religioso de la gente entre la cual El apareció, y con quienes vivió y murió. Dicho estudio comprende por lo menos una reseña breve de la historia antecedente de la nación hebrea.

A través del linaje de Isaac y Jacob, la posteridad de Abraham llegó a ser conocida, desde una época temprana de su historia, como Israelitas o hijos de Israel, título que miraban con orgullo imperecedero y como promesa inspiradora.e Así fueron designados colectivamente durante los días tenebrosos de su esclavitud en Egipto;f durante las cuatro décadas del Exodo y su regreso a la tierra prometida,g y por todo el período de su prosperidad como nación poderosa bajo la administración de los Jueces y como monarquía unida durante los reinados sucesivos de Saúl, David y Salomón.h

Inmediatamente después de la muerte de Salomón, unos 975 años antes de J.C., según la cronología más generalmente aceptada, ocurrió un rompimiento en la nación como consecuencia de una rebelión. La tribu de Judá, parte de la tribu de Benjamín y pequeños restos de algunas de las otras tribus permanecieron fieles a la sucesión real y aceptaron por monarca a Roboam, hijo de Salomón; mientras que el resto del pueblo, al cual se suele designar como las Diez Tribus, renunciaron su fidelidad a la casa de David y nombraron rey a Jeroboam, de la descendencia de Efraín. Las Diez Tribus retuvieron el título de Reino de Israel, aunque también eran conocidas como Efraín.i Roboam y sus adherentes, por otra parte, fueron conocidos como el Reino de Judá. Los dos reinos conservaron su autonomía separada aproximadamente doscientos cincuenta años, hasta como el año 722 o 721 antes de J.C., época en que fue destruido el estado independiente del Reino de Israel, y Salmanasar y otros transportaron al pueblo cautivo hasta Asiria. Subsiguientemente desaparecieron en forma tan completa, que han llegado a ser designadas como las Tribus Perdidas. El Reino de Judá conservó su identidad como nación unos ciento treinta años más, y entonces cayó en poder de Nabucodonosor como por el año 588 antes de J.C., y bajo él se instituyó el cautiverio babilónico. Setenta años estuvo Judá desterrado y en un cautiverio virtual, como consecuencia de sus transgresiones y de acuerdo con lo profetizado por Jeremías.j Entonces del Señor enterneció el corazón de sus amos, y el decreto de Ciro el Persa, que había conquistado el reino babilónico, dio principio a su restauración. Permitióse al pueblo hebreo volver a Judea y emprender la tarea de la reconstrucción del templo de Jerusalén.k

Una compañía numerosa de los hebreos exilados se valió de esta oportunidad para regresar a las tierras de sus padres, aunque muchos decidieron permanecer en el país de su cautiverio, prefiriendo a Babilonia más bien que a Israel. “Toda la congregación unida” de los judíos que volvieron de su destierro en Babilonia “era de cuarenta y dos mil trescientos sesenta, sin contar sus siervos y siervas, los cuales eran siete mil trescientos treinta y siete”. El número relativamente pequeño de la nación emigrante también queda indicado por el total de sus animales de carga.l Aunque los repatriados se esforzaron valientemente por restablecerse con la antigua categoría de la casa de David y reconquistar en alguna medida su prestigio y gloria anteriores, los judíos nunca jamás volvieron a ser un pueblo verdaderamente independiente. Fueron víctimas sucesivamente de Grecia, Egipto y Siria; pero como en el año 164 o 163 antes de J.C. el pueblo se libró del yugo extranjero, en parte por lo menos, como resultado de la lucha patriótica encabezada por los Macabeos, el más prominente de los cuales fue Judas Macabeo.

Se restablecieron las ceremonias del templo, casi totalmente abolidas por las proscripciones de sus enemigos victoriosos,m y en el año 163 antes de J. C. hubo una segunda dedicación del sagrado edificio, y de allí en adelante se conmemoró esta ocasión gozosa en un festival anual conocido como la Fiesta de la Dedicación.n Sin embargo, durante el reinado de los Macabeos el templo cayó en una condición de ruina casi completa, debido más bien a la inhabilidad del pueblo diezmado y empobrecido de conservarlo en buen estado, que al aumento en la decadencia del celo religioso. Con la esperanza de poder lograr un grado mayor de protección nacional, los judíos concertaron una alianza desigual con los romanos, de quienes por fin llegaron a ser tributarios; y en estas condiciones se hallaba la nación judía durante el período del ministerio de nuestro Señor. Roma era virtualmente el ama del mundo en el Meridiano de los Tiempos. En la época en que nació Cristo, Augusto Césaro era Emperador de Roma, y Herodes de Idumea,p apodado el Grande, era rey tributario de Judea.

Los judíos conservaron cierta apariencia de autonomía nacional bajo el dominio romano sin que sus ceremonias religiosas sufrieran ninguna intervención seria. Eran reconocidas las órdenes establecidas del sacerdocio, y la ley romana sostenía como obligatorios los actos oficiales del concilio nacional o Sanedrín,q aunque las facultades judiciales de este cuerpo no llegaban a la imposición de la pena capital sin la aprobación del administrador imperial. La política establecida de Roma era permitir a sus pueblos tributarios y vasallos la libertad de culto, en tanto que ello no afrentara a las deidades mitológicas, tan estimadas por los romanos, ni fueran profanados sus altares.r

Desde luego, los judíos miraban con malos ojos el dominio extranjero, aunque hacía ya muchas generaciones que se encontraban en esas circunstancias, y su situación había variado entre un vasallaje nominal y la esclavitud servil. En ese tiempo eran ya en su mayoría un pueblo disperso. Todos los judíos que se hallaban en Palestina al tiempo del nacimiento de Cristo apenas constituían un resto muy pequeño de la gran nación davídica. Las Diez Tribus, que en otro tiempo se habían distinguido como el Reino de Israel, se habían perdido de la historia desde muchos siglos antes y el pueblo de Judá había sido esparcido extensamente entre las naciones.

Respecto de sus asociaciones y relaciones con otros pueblos, los judíos generalmente se esforzaban por mantener una exclusividad arrogante que trajo sobre ellos la burla de los gentiles. Bajo la ley mosaica, se le había exigido a Israel que se conservara apartado de otras naciones, así que atribuían una importancia suprema al hecho de que en virtud de ser del linaje de Abraham, eran hijos del convenio, “un pueblo santo para Jehová”, escogido por El “para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra”.s Judá había conocido los penosos resultados de asociarse con naciones paganas, y en la época que ahora estamos considerando, el judío que se permitía una asociación innecesaria con un gentil se tornaba en persona inmunda que necesitaba de una purificación ceremonial para quedar libre de contaminación. Sólo por medio de un aislamiento estricto esperaban sus príncipes asegurar la perpetuidad de la nación.

No es exageración decir que los judíos aborrecían a todos los demás pueblos y que recíprocamente eran despreciados y ultrajados de todos los otros. Manifestaban un desagrado especial hacia los samaritanos, quizá porque éstos persistían en querer establecer alguna base para pretender vínculos raciales con ellos. Los samaritanos eran pueblos entrecruzados, considerados por los judíos como una mescolanza de razas, indignos de un respeto decente. Cuando el rey de Asiria se llevó cautivas a las Diez Tribus, mandó traer pueblos extranjeros para poblar a Samaria.t Estos se casaron con los pocos israelitas que habían escapado del cautiverio, y de este modo sobrevivió en Samaria una forma modificada de la religión israelita, en la que por lo menos estaba incorporada la profesión del culto a Jehová. Para los judíos, los rituales samaritanos eran heterodoxos, y la gente depravada. En la época de Cristo era tan intensa la enemistad entre judíos y samaritanos, que para pasar de Judea a Galilea los viajeros hacían grandes y largos rodeos más bien que pasar por la provincia de Samaria que se hallaba entre las dos regiones. Los judíos no querían tener ningún trato con los samaritanos.u

Era en el regazo de la madre donde se inculcaba, y en la sinagoga y la escuela donde se ponía de relieve esa arrogante sensación de autarquía, esa obsesión por la exclusividad y la separación, rasgo tan típicamente judío de aquella época. El Talmud,v que en forma codificada es posterior al tiempo del ministerio de Cristo, prevenía a todos los judíos contra la lectura de libros de naciones extranjeras, declarando que el que ofendiera en este respecto no podía justificadamente esperar granjearse el favor de Jehová.x Josefo confirma un mandato similar, y escribe que para los judíos la erudición se concretaba a familiarizarse con la ley y adquirir la habilidad para disertar sobre ella.y Con la misma insistencia que se exigía un conocimiento completo de la ley, se desaprobaban otros estudios. En esta forma quedó rígidamente establecida la línea entre el docto y el indocto; y como consecuencia inevitable, aquellos que eran tenidos por doctos, o que se consideraban a sí mismos como tales, miraban a sus compañeros indoctos como una clase distinta e inferior.z

Mucho antes del nacimiento de Cristo, los judíos habían cesado de ser un pueblo unido, hasta en asuntos de la ley, aunque ésta constituía su esperanza principal de conservar la solidaridad nacional. Apenas tendrían unos ochenta años de haber vuelto del destierro babilónico, y no sabemos con exactitud desde cuánto tiempo antes, ya habían llegado a ser estimados como hombres investidos de autoridad, ciertos eruditos que más tarde fueron reconocidos como escribas y honrados como rabinos.a En los días de Esdras y Nehemías estos hombres que se especializaban en la ley constituían una clase titular, a la cual se tributaba deferencia y honor.

Esdras tenía el título de sacerdote escriba, “escriba versado en los mandamientos de Jehová y en sus estatutos a Israel”.b Los escribas de aquella época prestaron valioso servicio bajo Esdras, y más tarde bajo Nehemías, en la compilación de los escritos sagrados que entonces existían; y de acuerdo con la costumbre judía, aquellos que eran designados custodios y expositores de la ley llegaron a ser conocidos como miembros de la Gran Sinagoga o Gran Asamblea, sobre la cual tenemos muy poca información de fuentes canónicas. De acuerdo con lo que se ha escrito en el Talmud, la organización se componía de ciento veinte sabios eminentes. La magnitud de sus obras, según la amonestación tradicionalmente perpetuada por ellos mismos, se expresa en estos términos: Usad de prudencia en el juicio; estableced muchos eruditos y cercad la ley como con un seto. Obedecían este precepto estudiando mucho y considerando cuidadosamente todos los detalles tradicionales de la administración; multiplicando entre sí el número de escribas y rabinos; y—de acuerdo con la interpretación que algunos de ellos daban al precepto de establecer muchos eruditos—escribiendo muchos libros y tratados. Además, circundaron la ley con un seto o cerco, agregando numerosas reglas que prescribían con escrupulosa exactitud el oficialmente establecido protocolo que mejor convenía a cada ocasión.

Los escribas y rabinos fueron elevados al rango más alto en la estimación del pueblo, mayor que el de las órdenes levítica o sacerdotal; y se tenía mayor preferencia por las expociones rabínicas que por las declaraciones de los profetas, en vista de que se consideraba a éstos únicamente como mensajeros o portavoces, mientras que los eruditos vivientes constituían en sí mismos una fuente de sabiduría y autoridad. Las facultades seglares que la soberanía romana concedía a los judíos se hallaban en manos de la jerarquía, cuyos miembros podían en esta forma atribuirse a sí mismos virtualmente todos los honores oficiales y profesionales.

Como resultado natural de esta situación, casi no había distinción entre la ley civil judía y la eclesiástica, ni en cuanto al código ni su administración. Entre los elementos esenciales del rabinismo estaba comprendida la doctrina de atribuir la misma autoridad a la tradición oral rabínica, que a la palabra escrita de la ley. El prestigio sobrentendido en la aplicación del título “Rabí”, así como el engreimiento manifestado por todo el que aceptaba esta adulación, fueron cosas que en forma particular prohibió el Señor, quien se proclamó a sí mismo como el único Maestro; y en cuanto a la interpretación del título “padre” que se daba a algunos, El declaró que no había sino un Padre, el cual se hallaba en los cielos: “Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo”.c

Repetidas veces Jesús censuró a los escribas, así los que llevaban este título como a los que eran conocidos por el apelativo más honroso de Rabí, por causa de la literalidad muerta de sus enseñanzas y por faltar en ellos el espíritu de la justicia y la moralidad viril de la misma; y en estas reprensiones solía incluir a los fariseos así como a los escribas. El juicio que el Cristo pronunció sobre ellos encuentra amplia expresión en su humillante denuncia: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!”d

No se puede fijar con autoridad indisputable el origen de los fariseos, ni en lo que respecta a tiempo ni circunstancias; aunque es probable que el origen de la secta o partido esté relacionado con el regreso de los judíos de su cautividad babilónica. Los que habían asimilado el espíritu de Babilonia promulgaron ideas nuevas y conceptos adicionales del significado de la ley; y las innovaciones resultantes fueron aceptadas por unos y rechazadas por otros. El nombre “Fariseo” no aparece en el Antiguo Testamento ni en los libros apócrifos, aunque es probable que los asideos, de quienes se hace mención en los libros de los Macabeos,e fueron los fariseos originales. Por derivación, el nombre expresa el concepto de separatismo, pues el fariseo, según la estimación de los de su clase, gozaba de un puesto distintamente aparte de la gente común, y se consideraba a sí mismo tan realmente superior al vulgo, como los judíos, en comparación con otras naciones. Los fariseos y los escribas eran uno en todos los detalles esenciales de su profesión, y el rabinismo era su doctrina particular.

En el Nuevo Testamento suele mencionarse a los fariseos como contrarios de los saduceos; pero eran tales las relaciones entre los dos partidos, que resulta más fácil contrastar el uno y el otro, que considerarlos separadamente. Los saduceos surgieron durante el segundo siglo antes de Cristo en forma de una organización reaccionaria relacionada con un movimiento insurgente contra el partido de los Macabeos. Su programa consistía en oponerse a la masa cada vez mayor de doctrina tradicional, la cual en vez de cercar la ley para protegerla, la estaba sepultando. Los saduceos sostenían la santidad de la ley, según se había escrito y preservado, y al mismo tiempo rechazaban todo el conjunto de preceptos rabínicos, así los que eran transmitidos oralmente, como los que habían sido cotejados y codificados en los anales de los escribas. Los fariseos constituían el partido más popular; los saduceos descollaban como la minoría aristócrata. En la época del nacimiento de Cristo los fariseos integraban un cuerpo organizado de más de seis mil hombres, y generalmente contaban con el apoyo y esfuerzos de las mujeres judías;f por otra parte, los saduceos eran una facción tan pequeña y de poder tan limitado, que cuando se les colocaba en posiciones oficiales, generalmente seguían la política de los fariseos por cuestión de conveniencia.

Los fariseos eran los puritanos de la época, inflexibles en su exigencia de que se cumpliesen las reglas tradicionales así como la ley original de Moisés. Reparemos, al respecto, en la confesión de fe y práctica hecha por Pablo cuando se defendía delante de Agripa: “Conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión viví fariseo.“g Los saduceos se jactaban de cumplir estrictamente con la ley, conforme ellos la interpretaban, a despecho de todos los escribas o rabinos. Los saduceos defendían el templo y sus ordenanzas prescritas; los fariseos, la sinagoga y sus enseñanzas rabínicas. Sería difícil decidir cuál de los dos grupos era el más escrupuloso, si juzgamos a cada partido por la norma de su propia profesión. Lo siguiente servirá de ilustración: Los saduceos sostenían la aplicación literal y completa del castigo mosaico, “ojo por ojo, diente por diente”;h mientras que los fasiseos se apoyaban en la autoridad del fallo rabínico, a saber, que la frase era figurativa y, por tanto, se podía imponer el castigo mediante una multa de dinero o bienes.

Los fariseos y saduceos diferían en muchos asuntos de creencias y prácticas importantes, aun cuando no fundamentales; entre otros, la preexistencia de los espíritus, la realidad de un estado futuro con premios y castigos, la necesidad de la abnegación individual, la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos, cada uno de los cuales los fariseos aceptaban y los saduceos rechazaban.i El historiador Josefo afirma que la doctrina de los saduceos era que el alma y el cuerpo perecen juntamente; y que la ley era todo cuanto les interesaba observar.j Constituían “una escuela escéptica de tradicionalistas aristócratas que se adherían únicamente a la ley mosaica”.

Entre las muchas otras sectas y partidos, fundados sobre una base de diferencias religiosas o políticas, o ambas cosas, quedarían incluidos los esenios, nazareos, herodianos y galileos. Distinguíanse los esenios por su profesión de piedad exagerada; para ellos aun la rigidez de la disciplina farisea era débil e insuficiente; limitaban el número de los miembros de su orden por las exigencias severas que tenían que pasar durante un primero y segundo noviciados; les era vedado tocar siquiera alimentos preparados por extranjeros; practicaban una moderación estricta y una abnegación rígida; participaban en trabajos arduos, preferentemente la agricultura, y les era prohibido traficar como comerciantes, tomar parte en la guerra o poseer o emplear esclavos.k No se habla de los nazareos en el Nuevo Testamento, aunque en las Escrituras anteriores se hace referencia particular a ellos;l pero de otras fuentes, aparte de las Escrituras, nos enteramos de su existencia en la época de Cristo así como posterior a ella. El nazareo era una persona de cualquier sexo que se sometía a la abstinencia y sacrificio mediante un voto voluntario de prestar servicio particular a Dios; la duración del voto podía limitarse a determinado tiempo o durar toda la vida. Mientras que los esenios practicaban una hermandad ascética, los nazareos se consagraban a una disciplina solitaria.

Los herodianos constituían un partido político-religioso que favorecía los planes de los Herodes, según su creencia declarada de que solamente por intervención de esa dinastía podía mantenerse la posición del pueblo judío y asegurarse el restablecimiento de la nación. Leemos donde se menciona que los herodianos descartaron sus antipatías partidarias y se concertaron con los fariseos para declarar culpable al Señor Jesús y condenarlo a muerte.m Los galileos o gente de Galilea se distinguían de sus conciudadanos israelitas que habitaban Judea, por una sencillez mayor y devoción menos ostentosa en asuntos relacionados con la ley. Se oponían a las innovaciones y sin embargo, generalmente eran más liberales y menos fanáticos que algunos de los judíos profesamente devotos. También se distinguían como hábiles defensores en las guerras del pueblo y gozaban de buena reputación como valientes y patriotas. Se hace alusión a ellos al hablarse de ciertos acontecimientos trágicos durante la vida de nuestro Señor.n

Los judíos de la época de Cristo reconocían la autoridad del sacerdocio exteriormente y observaban en forma debida el orden determinado de servicio para los sacerdotes y levitas. Durante el reinado de David se dividió en veinticuatro suertes a los descendientes de Aarón, sacerdotes hereditarios de Israel,o y a cada suerte le era repartida, por turnos, la obra del santuario. Del cautiverio únicamente volvieron representantes de cuatro de estas suertes, pero con ellas se reconstruyeron las órdenes de acuerdo con el plan original. En los días de Herodes se efectuaban las ceremonias del templo con mucha ostentación y lujo exterior, pues era esencial que correspondieran con el esplendor del edificio, el cual sobrepujaba en magnificencia todos los santuarios anteriores.p De manera que había una demanda constante de sacerdotes y levitas para el servicio continuo, aunque los individuos se turnaban en intervalos cortos, de conformidad con el sistema establecido. En la estimación del pueblo, los sacerdotes eran inferiores a los rabinos, y la erudición del escriba era mayor que el honor que acompañaba la otorgación del sacerdocio. La religión de la época era asunto de ceremonias y formalidad, de rituales y actos exteriores. Había perdido el espíritu mismo de la adoración, y el concepto verdadero de la relación entre Israel y el Dios de Israel, no era ya sino sueño de lo pasado.

Estos eran, en breve, los rasgos principales de la condición del mundo, y particularmente en lo que concernía al pueblo judío, cuando nació Jesús el Cristo en el Meridiano de los Tiempos.

Notas al Capitulo 6

  1. El Sanedrín.—El nombre de este cuerpo, el tribunal superior o sumo consejo de los judíos, deriva del vocablo griego sunedrion, que significa “concilio”. La forma castellanizada de esta palabra es sanedrín. Según el Talmud, el origen de este cuerpo data desde la vocación de los setenta ancianos o élderes, con los que se asoció Moisés para formar un grupo de setenta y uno, en total, y administrar y gobernar a Israel. (Núm. 11:16, 17) En la época de Cristo, así como desde mucho antes, el Sanedrín se componía de setenta y un miembros, incluso el sumo sacerdote o pontífice que presidía la asamblea. Parece que en una época anterior la asamblea era conocida como el Senado, y ocasionalmente así era llamada aun después de la muerte de Cristo (Antiquities of the Jews, por Josefo, xii, 3:3; compárese con Hech. 5:21); el nombre “sanedrín” se generalizó durante el reinado de Herodes el Grande, pero no se usa en la Biblia; su equivalente en el Nuevo Testamento es “concilio” (Mateo 5:22; 10:17; 26:59; Hech. 5:21), aunque debe recordarse que el mismo nombre se aplicaba a los tribunales de menor jurisdicción que la del Sanedrín, como también a los tribunales locales. (Mateo 5:22; 10:17; 26:59; Marc. 13:9; véase también Hech. 25:12.)

    El siguiente artículo, tomado del Standard Bible Dictionary, es instructivo: “Los que reunían las cualidades necesarias para ser miembros eran por regla general del linaje sacerdotal, especialmente de la nobleza saducea. Pero desde los días de la reina Alejandra (69 a 68 antes de J. C.) en adelante, hubo también entre estos sacerdotes principales muchos fariseos, con el título de escribas y ancianos. Se habla de la asociación de estas tres clases en Mateo 27:41; Marcos 11:27; 14:43, 53; 15:1. No sabemos claramente cómo eran seleccionados estos miembros. El carácter aristócrata del grupo y la historia de su origen refutan la creencia de que se hacía por elección. Su núcleo probablemente estaba integrado por los miembros de ciertas familias antiguas, al cual, sin embargo, los príncipes seglares añadían otros de cuando en cuando. El oficial presidente era el Sumo Sacerdote, el cual al principio ejercía el oficio con mayor autoridad que cualesquiera de sus miembros, afirmando que su opinión equivalía a la del resto del grupo. Pero cuando el sumo sacerdocio fue reducido de oficio hereditario a político, otorgado por el Gobernador según su voluntad, junto con los frecuentes cambios que había en el puesto por motivo del nuevo sistema, el sumo sacerdote naturalmente perdió su prestigio. En lugar de tener en sus manos el gobierno de la nación, llegó a ser solamente uno de los muchos que compartían esta facultad; pues aquellos que habían oficiado como sumos sacerdotes—gozando aún de estimación entre los de su patria, ya que no habían perdido su posición por ninguna causa que el pensamiento religioso de la comunidad pudiese considerar válida—ejercían una influencia muy grande en las decisiones de la asamblea. El Nuevo Testamento los trata de príncipes (Mateo 26:59; 27:41 Hech. 4:5, 8; Lucas 23:13, 35; Juan 7:26), y el testimonio de Josefo corrobora esta opinión. Las funciones del Sanedrín eran religiosas y morales, además de políticas. En esta capacidad, ejercían también otras funciones administrativas así como judiciales. Como tribunal religioso, el Sanedrín ejercía una influencia potente en todo el mundo judío (Hech. 9:2); pero como tribunal de justicia, después de ser dividido el país tras la muerte de Herodes, su jurisdicción quedó limitada a Galilea. Sin embargo, en esta región su poder era absoluto, aun al grado de imponer la sentencia de muerte (Antiquities of the Jews, por Josefo, xiv, 9:3, 4; Mateo 26: 3; Hech. 4:5; 6:12; 22:30), aunque carecía de autoridad para ejecutar la sentencia sin previa aprobación y orden del representante del gobierno romano. La ley mediante la cual el Sanedrín gobernaba era la judía, naturalmente, y para ponerla en vigor, este tribunal tenía su propia policía, la cual estaba capacitada para aprehender y encarcelar a discreción (Mateo 26:47) … Aun cuando la autoridad general del Sanedrín se extendía por toda Judea, las aldeas campesinas tenían sus propios concilios locales (Mateo 5:22; 10:17; Marc. 13:9; Wars of the Jews, por Josefo, ii, 14:1), para administrar sus propios asuntos. Estos se componían de un mínimo de siete ancianos o élderes (Lucas 7:3; Antiquities of the Jews, iv, 8:14; Wars of the Jews ii, 20:5), y en algunas de las poblaciones más grandes, podían ser hasta veintitrés. No sabemos claramente cómo estaban relacionados éstos y el concilio central de Jerusalén… Existía entre ellos algún entendimiento mutuo, pues cuando los jueces del tribunal local no podían llegar a un acuerdo, parece que solían referir las causas al Sanedrín de Jerusalén. (Antiquities of the Jews, por Josefo, iv, 8:14; Misnah, Sanedrín 11:2)”

  2. La condición del mundo al tiempo del nacimiento del Salvador.—A principios de la era cristiana, los judíos, igual que la mayoría de las demás naciones, eran súbditos del imperio romano. Les era concedido un grado considerable de libertad en la conservación de sus observancias religiosas y costumbres nacionales en general, pero su situación distaba mucho de la de un pueblo libre e independiente. La época era una de paz, comparativamente, un tiempo señalado por menor número de guerras y disensiones que el Imperio había conocido durante muchos años. Estas condiciones favorecieron la misión del Cristo y la fundación de su Iglesia sobre la tierra. Los sistemas religiosos que existían al tiempo del ministerio terrenal de Cristo pueden clasificarse en forma general como judíos y paganos, aparte del sistema menor de culto de los samaritanos que esencialmente era una mezcla de los otros dos. Solamente los hijos de Israel proclamaban la existencia del Dios verdadero y viviente; sólo ellos esperaban el advenimento del Mesías, al cual equívocamente confundían con un conquistador que vendría para deshacer a los enemigos de su patria. Todas las demás naciones, lenguas y pueblos se postraban ante deidades paganas, y su adoración no era otra cosa sino los ritos sensuales de la idolatría pagana. El paganismo era una religión de formas y ceremonias, basadas en el politeísmo, o sea la creencia en la existencia de una multitud de dioses, los cuales estaban propensos a la influencia de todos los vicios y pasiones del género humano, pero a la vez se distinguían de éstos porque no estaban sujetos a la muerte. Ni la moralidad ni la virtud eran elementos esenciales de los rituales paganos; y la idea predominante de esta adoración era la de propiciar a los dioses, con la esperanza de desviar su ira y comprar su gracia. Véase The Great Apostasy, por el autor, 1:2-4, y las notas relacionadas con el capítulo citado.

  3. El Talmud.—Según la enciclopedia, esta obra era “el libro de la ley civil y religiosa judía (y las deliberaciones relacionadas en forma directa o remota con ella) no comprendida en el Pentateuco, en el cual comunmente estaban incorporadas la Misnah y la Gemara, pero a veces limitado a la primera; escrito en arameo. Existen dos colecciones importantes, el Talmud de Palestina o Talmud de Jerusalén, en el cual están comprendidas las deliberaciones de los doctores palestinos sobre la Misnah, desde el segundo siglo hasta la mitad del quinto; y el Talmud Babilónico, que contiene las deliberaciones de los doctores judíos de Babilonia, desde aproximadamente el año 190 hasta el séptimo siglo”.—New Standard Dictionary. La Misnah se compone de las primeras partes del Talmud; la Gemara constituye los escritos posteriores y es principalmente una exposición de la anterior Solamente una edición del Talmud Babilónico (editado en Viena en 1682) se componía de veinticuatro tomos.

  4. Rabinos—El título Rabí equivale a nuestra designación de Doctor Maestro o Profesor. Significa, por derivación, Maestro o mi Maestro, y de este modo connota dignidad y distinción, acompañada de cortesía en el tratamiento. El evangelio de Juan (1:38) da una explicación clara del término, y en Mateo (23:8) hallamos que se infiere el mismo significado en el modo en que se emplea. En varias ocasiones se aplicó a Jesús como señal de respeto. (Mateo 23:7, 8; 26: 25, 49; Marc. 9:5; 11:21; 14:45; Juan 1:38, 49; 3:2, 26; 4:31; 6:25; 9:2, 11:8) El título era de uso comparativamente nuevo en la época de Cristo, pues parece que se generalizó primeramente durante el reinado de Herodes el Grande, aunque por regla general eran reverenciados los maestros anteriores que no gozaron del título de Rabí, el cual, sin embargo, se les dió como concesion retroactiva, de acuerdo con la costumbre que más tarde se adoptó. Rab era un título inferior, y Rabán, superior a Rabí. Raboni expresaba el más profundo respeto, amor y honor. (Véase Juan 20:16) En la época del ministerio de nuestro Señor, los rabinos eran altamente estimados y los deleitaban las manifestaciones de precedencia y honor entre los hombres. Pertenecían casi exclusivamente al potente partido fariseo.

    Citamos lo siguiente de Life and Words of Christ, de Cunningham Geikie, tomo I, capítulo 6: “Si las figuras de mayor prominencia entre la sociedad de la época de Cristo eran los fariseos, se debía a que eran los rabinos o maestros de la Ley. En tal categoría, recibían honores superticiosos, principal motivo por el cual muchos realmente aspiraban al título o se unían con el grupo. Dábase a los rabinos la misma posición que a Moisés, los patriarcas y los profetas, y demandaban igual reverencia. Se afirmaba que Jacob y José habían sido rabinos. El Tárgum de Jonatán reemplaza con rabinos o escribas la palabra ‘profetas,’ donde ocurre. Josefo llama rabinos a los profetas de la época de Saúl. En el Tárgum de Jerusalén, todos los patriarcas son sapientísimos rabinos… . Eran más estimados entre Israel que el padre o la madre, porque los padres predominan solamente en este mundo [según lo que se enseñaba en aquel tiempo], pero el rabino es para siempre. Eran superiores a los reyes, ¿pues no está escrito: ‘Por causa de mí gobiernan los reyes?’ La casa en donde entraban recibía una bendición; comer o vivir con ellos era el colmo de la buena fortuna… . Los rabinos hacían aun más que esto para exaltar su jerarquía. La Misnah declara que es mayor crimen decir cosa alguna que los desacredite, que hablar contra las palabras de la Ley… Sin embargo, en cuanto a la práctica, la Ley merecía honor ilimitado. Todas las enseñanzas de los rabinos tenían que basarse en alguna palabra de la Ley, la cual, sin embargo, explicaban según su propia manera. El espíritu de la época, el loco fanatismo de la gente y sus propios prejuicios—todo esto tendía a hacerlos estimar, como cosas de valor, únicamente las ceremonias y las exterioridades inservibles, despreciando por completo el espíritu de los escritos sagrados. No obstante, se sostenía que no era menester confirmar la Ley, pero sí las palabras de los rabinos. Hasta el grado en que se lo permitía la autoridad romana, bajo la cual se hallaban, los judíos gustosamente dejaban toda la potestad en las manos de los rabinos. Estos o los que ellos elegían ocupaban todos los oficios y puestos, desde el mayor de los del sacerdocio hasta el más ínfimo de los de la comunidad. Eran los casuistas, los maestros, los sacerdotes, los jueces, los magistrados y los médicos de la nación… El rasgo principal y dominante de la enseñanza de los rabinos era el advenimiento seguro de un gran Liberador nacional: el Mesías o Ungido de Dios, o según la traducción del título en griego, el Cristo. En ninguna otra nación, más que entre los judíos, se arraigó tan profundamente este concepto, o manifestó tanta vitalidad… Los rabinos estaban de acuerdo en que habría de nacer en Belén, y que descendería de la tribu de Judá.”

    Los rabinos individuales reunían discípulos en torno de sí, e inevitablemente se manifestaba la rivalidad. Se establecían escuelas y academias rabínicas y cada cual fundaba su popularidad en la grandeza de algún rabino particular. Las más famosas de estas instituciones en los días de Herodes I fueron las escuelas de Hillel y su rival Sammai. Más tarde la tradición confirió a éstos el título de “Padres de la Antigüedad”. Las cosas insignificantes que causaban el desacuerdo entre los discípulos de estos dos partidos da la impresión de que la única forma en que cualquiera de ellos se hacía distinguir, era por medio de la oposición. Se dice que Hillel fue abuelo de Gamaliel, rabino y doctor de la ley, a cuyos pies recibió su primera instrucción Saulo de Tarso, posteriormente Pablo el Apóstol. (Hechos 22:3) De acuerdo con lo que la historia nos informa acerca de los conceptos, principios o creencias que enseñaban las escuelas rivales de Hillel y Sammai, parece que aquél enseñaba un grado mayor de liberalidad y tolerancia, mientras que éste hacía hincapié en una interpretación estricta y posiblemente estrecha de la ley y sus tradiciones relacionadas. Cuánto dependían las escuelas rabínicas en la autoridad de la tradición queda ilustrado por un ejemplo que hallamos escrito, en el cual ni aun el prestigio del gran Hillel le valió contra el vocerío, en una ocasión que intentó hablar sin citar un precedente; y no fue sino hasta que añadió que así habían hablado sus maestros Abtalión y Semaía, que cesó el tumulto.

  5. Los saduceos negaban la resurrección.—Como se declaró en el texto, los saduceos constituían un grupo numéricamente pequeño, comparado con los fariseos que gozaban de mayor popularidad e influencia. En los evangelios se menciona frecuentemente a los fariseos, y repetidas veces los relaciona con los escribas; mientras que de los saduceos poco se dice. En los Hechos de los Apóstoles, los saduceos aparecen frecuentemente como enemigos de la Iglesia. Esta condición indudablemente resultó de la prominencia que se daba a la resurrección de los muertos en las predicaciones apostólicas, pues los Doce continuamente dieron testimonio de la resurrección efectiva de Cristo. La doctrina de los saduceos negaba la realidad y posibilidad de una resurrección corporal, y su argumento se basaba principalmente en el hecho de que Moisés, considerado como el legislador mortal supremo de Israel, y principal portavoz de Jehová, nada había escrito sobre la vida después de la muerte. Citamos la siguiente información de Dictionary of the Bible (Diccionario de la Biblia) por Smith, en el artículo “Saduceos”, sobre el asunto: “Según el concepto de los saduceos, negar la resurrección del hombre después de la muerte no era sino conclusión lógica de su afirmación de que Moisés no había revelado la Ley Oral a los israelitas. Pues tratándose de un asunto tan grave como una segunda vida después de la tumba, ningún partido religioso de los judíos habría considerado que tenía la obligación de aceptar como artículo de fe una doctrina, cualquiera que fuese, a menos que Moisés, su gran legislador, la hubiese proclamado; y cierto es que en la ley escrita del Pentateuco falta por completo alguna declaración de Moisés sobre la resurrección de los muertos. Las palabras bien conocidas del Pentateuco, citadas por Cristo cuando disputaba con los saduceos sobre el asunto, llaman en manera interesante la atención de los cristianos a este hecho. (Exodo 3:6, 16; Marc. 12:26, 27; Mateo 22:31, 32; Lucas 20:37) No puede dudarse que en un caso como éste, Cristo habría citado a sus potentes adversarios el texto más convincente de la Ley; y sin embargo, el pasaje citado no hace más que indicar una deducción con respecto a esta importante doctrina. Es cierto que algunos pasajes de otras partes del Antiguo Testamento expresan la creencia en la resurrección (Isa. 26:19; Dan. 12:2; Job 19:26; así como en algunos de los Salmos); y a primera vista puede causarnos sorpresa que los saduceos no hayan quedado convencidos con la autoridad de estos pasajes; pero aunque los saduceos tenían por sagrados los libros en donde se hallaban estas palabras, se duda en extremo que hubiera entre los judíos quien los considerara tan sagrados como la Ley escrita. Para los judíos, Moisés fue y es una figura colosal, con una autoridad preeminentemente mayor que la de todos los profetas subsiguientes.”

  6. El Templo de Herodes.—“El propósito con que Herodes inició la gran empresa [de restaurar y ampliar el templo, de acuerdo con un plan de magnificencia sin precendente] fue para engrandecerse él mismo y la nación, más bien que el de tributar homenaje a Jehová. Los judíos miraron con recelo y desagrado su proposición de reedificar o restaurar el templo con tanta magnificencia, pues temían que si se derrumbaba el edificio antiguo, el monarca arbitrario podría cambiar de parecer y la gente quedaría sin templo. Para calmar estos temores el Rey procedió a restaurar y reconstruir el edificio antiguo, parte por parte, dirigiendo la obra de tal manera que en ningún tiempo quedó seriamente interrumpido el servicio del templo. Sin embargo, se preservó tan pequeña parte de la estructura antigua, que el Templo de Herodes debe considerarse como una creación nueva. La obra se comenzó unos dieciséis años antes del nacimiento de Cristo; y aunque la Santa Casa, propiamente dicha, quedó virtualmente terminada dentro de un año y medio—pues ejecutó esta parte de la obra un cuerpo de mil sacerdotes, habilitados especialmente para el objeto—hubo una serie de construcciones ininterrumpidas en los terrenos del templo hasta el año 63 de nuestra era. Leemos que al tiempo del ministerio de Cristo, la construcción del templo había durado 46 años, y en esa época aún no se había terminado.

    “La historia bíblica proporciona muy poca información concerniente a este edificio, el último y mayor de todos los templos antiguos. Debemos principalmente a Josefo lo que sabemos concerniente a él, aparte de un poco de testimonio corroborativo que se encuentra en el Talmud. En lo que concernía a las partes principales, la Santa Casa o Templo, propiamente dicho, era parecido a los dos edificios anteriores, aunque por fuera era mucho más lujoso e imponente que cualquiera de los otros dos; pero en cuanto a los patios y otros edificios que lo rodeaban, el Templo de Herodes descollaba en gran manera… No obstante, su hermosura y grandeza estribaba en la excelencia arquitectónica, más bien que en la santidad de su adoración o la manifestación de la Divina Presencia dentro de sus muros. Sus rituales y servicios eran principalmente composiciones de los hombres; pues si bien es cierto que se profesaba observar la Ley Mosaica, ésta había sido reemplazada y amplificada, y en muchos puntos suplantada por decretos y prescripciones sacerdotales. Los judíos profesaban considerarla santa, y con tal motivo la proclamaban como la Casa del Señor. A pesar de que estaba desprovista de los enseres divinos contenidos en los templos anteriores que Dios había aceptado, y aunque profanada por la arrogancia y usurpación sacerdotales, así como por las ambiciones egoístas del comercio y mercadería, nuestro Señor el Cristo la reconoció como la casa de su Padre. (Mateo 21:12, compárese con Marc. 11:15; Lucas 19:45) … Durante treinta años o más, después de la muerte de Cristo, los judíos continuaron la obra de ampliar y embellecer los edificios del templo. Estaba casi completo el lujoso proyecto que Herodes había concebido e ideado; el templo estaba a punto de ser terminado y, como poco después se manifestó, listo para su destrucción. El propio Salvador había predicho en forma definitiva su destino.”—Tomado de The House of the Lord, por el autor. págs. 54-61.