Jesucristo
Capitulo 3: La Necesidad de un Redentor

Capitulo 3

La Necesidad de un Redentor

HEMOS mostrado anteriormente que todos los humanos existieron como entidades espirituales en el mundo primitivo, y que esta tierra fue creada con objeto de poner al alcance de ellos las oportunidades del estado terrenal. Mientras eran todavía espíritus les fue otorgada la facultad del libre albedrío o la libertad para escoger; y el plan divino dispuso que naciesen libres en la carne, herederos del derecho inalienable de la libertad para escoger y obrar por sí mismos en la tierra. Es incuestionablemente esencial para el progreso eterno de los hijos de Dios que sean sometidos a la influencia del bien así como del mal, y además, sean puestos a prueba y examinados “para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”.a El libre albedrío es un elemento indispensable de tal prueba.

El Padre Eterno entendía bien las naturalezas distintas y capacidades diversas de su progenie espiritual; y su precognición infinita le manifestó claramente, aun desde el principio, que en la escuela de la vida algunos de sus hijos lograrían el éxito y otros fracasarían; unos serían fieles, otros falsos; unos escogerían lo bueno, otros lo malo; unos buscarían el camino de la vida, mientras que otros preferirían seguir el camino de la destrucción. Previó, además, que la muerte entraría en el mundo y que sería de breve duración individual la posesión que sus hijos tuvieran de sus cuerpos. Vio que se desobedecerían sus mandamientos y se violaría su ley; y que los hombres, excluidos de su presencia y dejados a sí mismos, degenerarían en lugar de elevarse, fracasarían en lugar de avanzar, y los cielos los perderían. Fue necesario que se proveyese un medio de redención, con la ayuda del cual el hombre errante pudiera hacer una reparación y, cumpliendo con la ley establecida, lograr la salvación y finalmente la exaltación en los mundos eternos. Habría de ser vencido el poder de la muerte a fin de que, aun cuando los hombres por fuerza tuviesen que morir, sus espíritus vivirían de nuevo, revestidos de cuerpos inmortales, de los cuales la muerte no volvería a triunfar.

No permitamos que la ignorancia y la irreflexión nos hagan cometer el error de suponer que la precognición del Padre, respecto de lo que en determinadas condiciones habría de ser, estableció que así tendría que ser. No fue su intención que se perdieran las almas de los del género humano; al contrario, fue y es su obra y gloria “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”.b Sin embargo, El vio la maldad en que irremediablemente habrían de caer sus hijos; y con infinito amor y misericordia dispuso los medios para evitar las temibles consecuencias, con la condición de que el transgresor debiera emplearlos.c La oferta del Hijo Primogénito, de establecer el evangelio de salvación por medio de su propio ministerio entre los hombres y de sacrificarse a sí mismo, mediante el afán, la humillación y el padecimiento, aun hasta la muerte, fue aceptado, y llegó a ser el plan preordinado para redimir al hombre de la muerte, proveerle por último la salvación de los efectos del pecado y poner a su alcance la exaltación por medio de sus obras justas.

De acuerdo con el plan adoptado en el concilio de los Dioses, se creó al hombre como espíritu incorpóreo, y su envoltura de carne fue integrada por los elementos de la tierra.d Se le dieron mandamientos y leyes y quedó libre para obedecer o desobedecer, con la justa e inevitable condición de que disfrutaría o padecería los resultados naturales de su elección.e Adán, el primer hombre colocado sobre la tierra de conformidad con el plan establecido,f y Eva, dada a él como compañera, e indispensable para él en la misión señalada de poblar la tierra, desobedecieron el mandamiento directo de Dios y de este modo efectuaron la “caída del hombre”, inaugurando con ello el estado carnal, del cual la muerte es un elemento esencial.g No se propone considerar aquí detalladamente la doctrina de la caída; para nuestro propósito basta establecer la realidad del trascendental acontecimiento y sus portentosas consecuencias.h La mujer fue engañada y, violando directamente el consejo y mandamiento, participó del alimento que les había sido prohibido, y como consecuencia, su cuerpo sufrió una degeneración y quedó sujeto a la muerte. Adán comprendió la disparidad que había surgido entre él y su compañera, y con cierto grado de entendimiento siguió el mismo curso, y de esta manera participó con ella de esa degeneración corporal. Consideremos en esto las palabras del apóstol Pablo: “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.”i

El hombre y la mujer ahora se habían tornado mortales. Por haber participado del alimento que no convenía a su naturaleza y condición, y respecto del cual fueron amonestados categóricamente, padecieron el resultado inevitable de desobedecer la ley y los mandamientos divinos, y quedaron sujetos a los achaques físicos y flaquezas corporales que el género humano ha recibido como herencia natural.j Sus cuerpos, que antes de la caída habían sido perfectos en cuanto a forma y funciones, ahora se vieron expuestos, con el tiempo, a la disolución o la muerte. El tentador por excelencia, a causa de cuyas sofisterías, insinuaciones e infames mentiras Eva fue engañada, no era otro sino Satanás o Lucifer, el rebelde y caído “hijo de la mañana”, cuya proposición—que significaría la destrucción de la libertad del hombre—fue rechazada en el concilio celestial, y él y todos sus ángeles “arrojados a la tierra” en su estado de espíritus incorpóreos, que nunca jamás poseerán sus propios cuerpos.k Como represalia diabólica— por haber sido rechazado en el concilio, derrotado por Miguel y las huestes celestiales y expulsado ignominiosamente de los cielos—Satanás proyectó destruir los cuerpos dentro de los cuales nacerían los espíritus fieles, o sea aquellos que guardaron su primer estado; y el engaño de Eva no fue sino uno de los primeros pasos de esa maquinación infernal.

La muerte ha llegado a ser la herencia universal; puede arrebatar a sus víctimas en su infancia o juventud, en el período de la flor de la vida, o puede postergar su demanda hasta que las nieves de la vejez se hayan acumulado sobre la venerable cabellera; puede venir como resultado de un accidente o enfermedad, o bien violentamente o, como solemos decir, por causas naturales; pero tiene que venir, como Satanás bien lo sabe; y este conocimiento constituye su triunfo actual, aunque pasajero. Sin embargo, los propósitos de Dios, como siempre han sido y siempre lo serán, son infinitamente superiores a las intrigas más sagaces de hombres y demonios; y aun antes de ser creado el primer hombre en la carne, se había proveído lo necesario para contrarrestar la conspiración satánica de convertir la muerte en inevitable, perpetua y suprema. Para vencer la muerte y proveer el medio de rescate del poder de Satanás, se dispuso la expiación que había de llevar a cabo Jesús el Cristo.

En vista de que el castigo consiguiente a la caída vino sobre la raza humana por causa de un acto individual, sería manifiestamente injusto y consiguientemente imposible, como parte del propósito divino, hacer que todos los hombres padecieran los resultados sin proveérseles un rescate.1 Además, si por la transgresión de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y la muerte vino sobre todos, concordaría con la razón que un solo hombre efectuase la expiación requerida.m “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron … Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.”n Tal fue lo que enseñó el apóstol Pablo, y además: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”o

Manifiestamente, en lo que concernía al Salvador, la expiación habría de ser un sacrificio vicario, voluntario e inspirado por el amor, universal en su aplicación al género humano, al grado que éstos aceptasen el medio de rescate que de esta manera se ponía a su alcance. Para tal misión, solamente uno en quien no hubiese pecado podía reunir las cualidades necesarias. Aun las víctimas que los israelitas antiguos ofrecían sobre el altar—propiciación provisional por las ofensas del pueblo bajo la ley mosaica—tenían que estar limpias y libres de manchas o defectos; de no ser así, eran inaceptables y constituía un sacrilegio el intentar ofrecerlas.p Jesucristo fue el único Ser que se acomodaba a los requisitos del gran sacrificio:

1.—Como el único Varón sin pecado;

2.—Como el Unigénito del Padre y, consiguientemente, el único Ser nacido en la tierra plenamente dotado de los atributos de Dios así como del hombre;

3.—Como el que había sido designado en los cielos y preordinado para este servicio.

¿Qué otro hombre ha sido sin pecado y, por tanto, completamente libre del dominio de Satanás, y a quien la muerte, la paga del pecado, no viniera naturalmente? Si Jesucristo hubiera muerto igual que otros hombres—como resultado del poder que Satanás puede lograr sobre ellos por motivo de sus pecados—su muerte no habría sido sino una experiencia individual, sin ninguna facultad para expiar en lo mínimo ninguna culpa u ofensa más que las suyas. La impecabilidad absoluta de Cristo lo calificó, su humildad y buena disposición lo hicieron aceptable al Padre como el sacrificio expiatorio mediante el cual podría efectuarse la propiciación por los pecados de todo ser.

¿Qué otro hombre ha vivido con el poder para resistir la muerte; y a quien ésta no podía dominar sino por la propia voluntad de él? Sin embargo, Jesucristo no pudo ser muerto hasta que su “hora hubo llegado”, y ésta habría de ser el momento en que El voluntariamente entregara su vida y permitiera su propia defunción por un acto de su voluntad. Siendo hijo de una madre terrenal, heredó la capacidad para morir; y engendrado por un Padre inmortal, recibió como herencia el poder para resistir la muerte indefinidamente. Literalmente entregó su vida, pues así lo hace constar su propia afirmación: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar.”q Y también: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.”r Unicamente tal Ser podría triunfar de la muerte; y en nadie más que en Jesucristo se cumplió esta condición indispensable de un Redentor del mundo.

¿Ha habido otro hombre que haya venido a la tierra con un nombramiento semejante, investido con la autoridad de tal preordinación? Jesucristo no asumió su misión expiatoria por su propia cuenta. Es verdad que se ofreció a sí mismo en los cielos; también es cierto que fue aceptado, y que en el debido tiempo descendió a la tierra para cumplir con las condiciones de esa aceptación; mas no obstante, fue elegido por uno mayor que EL La esencia de su confesión de autoridad siempre dio a entender que obraba bajo la dirección del Padre, como lo atestiguan estas palabras: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.”s “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.”t “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió, la del Padre.”u

Mediante la expiación efectuada por Jesucristo—servicio redentor realizado en forma vicaria en bien de los del género humano, todos los cuales se habían alejado de Dios como consecuencia del efecto del pecado, así el heredado como el cometido individualmente—se abre la puerta a una reconciliación por medio de la cual el hombre nuevamente puede tener comunicación con Dios y hacerse digno de morar otra vez y para siempre en la presencia de su Padre Eterno. El efecto de la expiación puede convenientemente considerarse bajo dos aspectos:

1. La redención universal de la raza humana, de la muerte causada por la caída de nuestros primeros padres; y

2. La salvación, mediante la cual se proveen los medios para libertarse de las consecuencias del pecado individual.

En la resurrección del Cristo crucificado se manifestó la victoria sobre la muerte. Fue el primero en pasar de la muerte a la inmortalidad y, por consiguiente, justamente es conocido como las “primicias de los que durmieron”.v La amplia evidencia que hay en las Escrituras muestra que la resurrección de los muertos, por El inaugurada, ha de extenderse a todo aquel que haya o habrá vivido. Después de la resurrección de nuestro Señor, otros que habían dormido en la tumba se levantaron, y muchos los vieron, no como apariciones espirituales, sino como espíritus resucitados, revestidos de cuerpos inmortales: “Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.”x

Desígnase como “santos” a aquellos que fueron los primeros en resucitar y levantarse; y otros pasajes de las Escrituras confirman el hecho de que únicamente los justos saldrán en las primeras épocas de la resurrección que aún está por consumarse; pero la palabra revelada irrefutablemente establece el hecho de que todos los muertos, a su vez, van a reasumir cuerpos de carne y huesos. La afirmación directa del Salvador debiera ser terminante: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. … No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.”y

Los apóstoles de la antigüedadz enseñaron la doctrina de la resurrección universal, e igual cosa hicieron los profetas nefitas;a y las revelaciones consiguientes a la dispensación actual confirman el mismo asunto.b Aun los paganos que no han conocido a Dios saldrán de sus sepulcros; y por motivo de que habrán vivido y muerto sin conocer la ley salvadora, se ha dispuesto un medio de darles a conocer el plan de salvación. “Y entonces serán redimidas las naciones paganas, y los que no conocieron ninguna ley tendrán parte en la primera resurrección.”c

Jacob, profeta nefita, enseñó la universalidad de la resurrección y explicó la necesidad absoluta de un Redentor, sin el cual se habrían frustrado los fines de Dios con respecto a la creación del hombre. Sus palabras constituyen un resumen conciso y vigoroso de la verdad revelada que se relaciona directamente con nuestro tema presente:

“Porque como la muerte ha pasado a todo hombre para cumplir el misericordioso designio del Gran Creador, también es necesario que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor. Por tanto, deberá ser una expiación infinita, porque si no fuera infinita, esta corrupción no podría vestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que cayó sobre el hombre habría durado eternamente. Y siendo así, esta carne tendría que pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás. ¡Oh la sabiduría de Dios! ¡Su misericordia y gracia! Porque he aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus quedarían sujetos a aquel ángel que cayó de la presencia del Dios eterno, y se convirtió en diablo, para no levantarse más. Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, separados de la presencia de nuestro Dios para quedar con el padre de las mentiras, en miseria como él; sí, semejantes a aquel ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se hace aparecer como un ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinatos y a toda especie de obras secretas de tinieblas. ¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que nos prepara el camino para que escapemos de las garras de ese terrible monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu. Y a causa del plan de redención de nuestro Dios, el Santo de Israel, esta muerte de que he hablado, que es la temporal, entregará sus muertos; y esta muerte es la tumba. Y la muerte de que he hablado, que es la muerte espiritual entregará sus muertos; y esta muerte espiritual es el infierno. De modo que la muerte y el infierno han de entregar sus muertos: el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus cuerpos cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados el uno al otro; y se hará por el poder de la resurrección del Santo de Israel. ¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios! Porque por otro lado, el paraíso de Dios ha de entregar los espíritus de los justos, y la tumba los cuerpos de los justos; y los espíritus y los cuerpos serán restaurados de nuevo unos a otros, y todos los hombres se tornarán incorruptibles e inmortales; y serán almas vivientes, con un conocimiento perfecto parecido al que tenemos en la carne, salvo que nuestro conocimiento será perfecto.”d

Las Escrituras testifican terminantemente que por aplicarse la expiación a la transgresión individual, el pecador puede obtener la absolución, si cumple con las leyes y ordenanzas comprendidas en el evangelio de Jesucristo. En vista de que el perdón de los pecados no puede recibirse de ninguna otra manera—pues no hay ni en el cielo ni en la tierra ningún otro nombre sino el de Jesucristo en el cual puede venir la salvación a los hijos de los hombrese—toda alma necesita la intercesión del Salvador, porque todos han pecado. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”—dijo Pablo en la antigüedadf—y Juan el Apóstol añadió su testimonio en estos términos: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”g

¿Quién puede impugnar la justicia de Dios, que niega la salvación a todo aquel que no quiere cumplir con las condiciones prescritas, las cuales declaran que no se puede obtener de ninguna otra manera? Cristo es “autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”,h y Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo.”i

He aquí, pues, la necesidad de un Redentor; porque sin El el género humano permanecería para siempre en un estado caído y quedaría inevitablemente perdido en lo que respecta a la esperanza de progreso eterno.j Se ha dispuesto la probación terrenal como oportunidad para adelantar; pero son tan grandes las dificultades y los peligros, tan fuerte la influencia de la maldad en el mundo, y tan débil el hombre para resistirla, que sin la ayuda de un poder superior al humano, ningún alma podría volver a Dios, del cual vino. La necesidad de un Redentor estriba en la incapacidad del hombre de elevarse de lo físico a lo espiritual, del reino más bajo al más alto.

Para este concepto, no nos faltan analogías en el mundo natural. Reconocemos una distinción fundamental entre la materia viviente y la inanimada, entre lo orgánico y lo inorgánico, entre el mineral muerto por una parte y la planta o animal viviente por la otra. Dentro de las limitaciones de su orden, el mineral muerto se desarrolla por la acreción de la substancia y puede alcanzar una condición de estructura y forma relativamente perfectas, como la que se ve en el cristal. Pero la substancia mineral, aunque obran favorablemente sobre ella las fuerzas de la naturaleza—la luz, el calor, la electricidad, energía y otras—nunca puede llegar a ser un organismo viviente; ni tampoco pueden los elementos muertos entrar en los tejidos de la planta, como parte esencial de la misma, mediante alguna combinación química separada de la vida. Sin embargo, la planta, que es de un orden mayor, envía sus pequeñas raíces a la tierra, extiende sus hojas hacia la atmósfera y por medio de estos órganos absorbe las disoluciones de la tierra e inspira los gases del aire, y de esta materia inerte elabora los tejidos de su maravillosa estructura. Ninguna partícula mineral, ninguna substancia química muerta jamás ha llegado a ser elemento constituyente de un tejido orgánico sino por la intervención de la vida.

Tal vez, con algún provecho, podríamos extender la analogía un paso más. La planta es incapaz de elevar su propio tejido al nivel animal. Aun cuando, según el orden aceptado de la naturaleza, “el reino animal” debe depender del “reino vegetal” para subsistir, la substancia de la planta llega a ser parte del organismo animal únicamente al grado que éste desciende de su nivel más alto, y por medio de su propia acción incorpora el compuesto vegetal a sí mismo. A su vez, la materia animal jamás puede llegar a ser, ni transitoriamente, parte del cuerpo humano, sino al grado que el hombre viviente lo asimila y, por el procedimiento vital de su propia existencia, momentáneamente eleva a un nivel más elevado de su propia existencia la substancia del animal que le sirvió de alimento. Desde luego, se admite que la comparación que aquí se presenta es defectuosa, si se lleva más allá de los límites razonables de la aplicación; porque la elevación de la materia mineral al nivel de la planta, el tejido vegetal al nivel del animal y la elevación de cualquiera de éstos al nivel humano, no es sino un cambio provisional; y con la disolución de los tejidos mayores, la materia que los compone cae de nuevo al nivel de lo inanimado y lo muerto. Sin embargo, como ilustración, quizá la analogía no carezca completamente de valor.

Por tanto, a fin de que el hombre pueda avanzar de su actual estado caído y relativamente degenerado a la condición más elevada de la vida espiritual, debe intervenir una fuerza mayor que la suya. Mediante la operación de las leyes que existen en un reino más alto, se puede ayudar y elevar al hombre; él, de sí mismo y sin ayuda, no puede salvarse por sus propios esfuerzos.k Es incuestionablemente esencial un Redentor y Salvador del género humano para la realización del plan del Padre Eterno de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”;l y ese Redentor y Salvador es Jesús el Cristo, aparte del cual no hay ni puede haber otro.

Notas Al Capitulo 3

  1. La precognición de Dios no es una causa determinante.—“Con respecto a la precognición de Dios, no se vaya a decir que la omnisciencia divina es en sí misma la causa determinante mediante la cual los acontecimientos inevitablemente se llevan a cabo. Un padre terrenal que conoce las debilidades y flaquezas de sus hijos tristemente puede predecir, por razón de ese conocimiento, las calamidades y sufrimientos que esperan a su hijo errante. Puede prever en el destino futuro de ese hijo la pérdida de bendiciones que pudo haber ganado: la pérdida de posición, del respeto de sí mismo, la reputación y el honor. Aun pueden aparecer en las visiones lastimosas del alma de ese padre cariñoso las sombras tenebrosas de una celda en la penitenciaría o la noche interminable de la sepultura de un borracho. Sin embargo, convencido por la experiencia sobre la imposibilidad de efectuar la reforma de su hijo, prevé los lamentables acontecimientos de lo futuro, y este conocimiento no le produce más que aflicción y angustia. ¿Se podrá decir que la previsión del padre es la causa de la vida pecaminosa del hijo? Este ya ha alcanzado la madurez; es el amo de su propio destino; es su propio agente. El padre está incapacitado para gobernarlo por la fuerza o dirigirlo por órdenes arbitrarias; y, aun cuando gustosamente haría cualquier esfuerzo o sacrificio para salvar a su hijo de su destino inminente, teme por lo que parece ser una certeza terrible. Mas ciertamente, ese padre considerado, devoto y amoroso en ningún sentido contribuye a la rebeldía del hijo por causa de su conocimiento. Razonar en sentido contrario equivaldría a decir que un padre descuidado, que ningún interés tiene en estudiar la naturaleza y carácter de su hijo, que disimula las tendencias pecaminosas y yace en completa indiferencia en lo que concierne al futuro probable de ese hijo, está beneficiándolo por motivo de su mismo descuido, porque su falta de previsión no puede obrar como causa contribuyente a la delincuencia del joven.

    “Nuestro Padre Celestial posee un conocimiento completo de la naturaleza y disposición de cada uno de sus hijos, conocimiento logrado tras amplísima observación y experiencia en las eternidades pasadas de nuestra niñez primordial; y al compararse con ese conocimiento, viene a ser infinitamente pequeño el que nuestros padres terrenales obtienen mediante su experiencia con sus propios hijos. Por motivo de ese conocimiento superior, Dios lee el destino del niño y del joven, del hombre individualmente y de los hombres colectivamente como comunidades y naciones; sabe lo que cada cual hará en determinadas condiciones, y conoce el fin desde el principio. Su precognición se basa en la inteligencia y la razón. El prevé lo futuro como un estado que natural y seguramente ha de llevarse a cabo; no como una situación que tiene que ser porque El arbitrariamente ha dispuesto que así sea.”—The Great Apostasy, por el autor, págs. 19, 20.

  2. El hombre es libre de escoger por sí mismo.—“El Padre de nuestras almas ha conferido a sus hijos el derecho divino del libre albedrío; no los gobierna ni los gobernará por la fuerza arbitraria; a nadie impele hacia el pecado; a nadie obliga a ser justo. Le ha concedido al hombre la libertad para obrar por sí mismo; y esta independencia viene acompañada del hecho de una responsabilidad estricta y la certeza de un ajuste individual de cuentas. En el juicio con que seremos juzgados, se tomarán en cuenta todas las condiciones y circunstancias de nuestra vida. Las tendencias inherentes que se han heredado, el efecto del ambiente, ya sea conducente al bien o al mal, las enseñanzas sanas de la juventud o la falta de la buena instrucción—éstos y todos los demás elementos contribuyentes serán considerados en el fallo de un veredicto justo, en lo que toca a la culpabilidad o inocencia del alma. No obstante, la prudencia divina manifiesta claramente cuál será el resultado cuando determinadas condiciones obran en la naturaleza y disposición conocidas de los hombres, mientras que todo individuo se halla libre para escoger el bien o el mal dentro de los límites de las muchas condiciones existentes y operativas.”— The Great Apostasy, pág. 21; véase también Artículos de Fe, págs. 57 y 58.

  3. La caída fue una degeneración física.—Una revelación moderna dada a la Iglesia en el año 1833 (Doc. y Con. Sección 89), prescribe las reglas para una vida sana, particularmente en lo que concierne al uso de estimulantes, narcóticos y alimentos que no son propios para el cuerpo. En lo que respecta a las causas físicas que ocasionaron la caída, y la relación estrecha que existe entre esas causas y las violaciones actuales de la Palabra de Sabiduría, comprendida en la revelación a la que acabamos de referirnos, estas palabras son pertinentes:

    “Esta (la Palabra de Sabiduría), como otras revelaciones que se han dado en la dispensación actual, no es enteramente nueva. Es tan antigua como la raza humana. El principio de la Palabra de Sabiduría se reveló a Adán. Le fueron dados a conocer todos los elementos esenciales de la Palabra de Sabiduría en su estado inmortal, antes que él diera a su cuerpo las cosas que lo convirtieron en substancia terrenal. Fue amonestado sobre esta práctica en forma precisa. Se le dijo que no tratara a su cuerpo como objeto de tormento. No le fue dicho que lo considerara como el faquir hindú ha llegado a tomarlo, ni que lo estimara como cosa que ha de ser condenada por completo. Pero sí le fue dicho que no diera a ese cuerpo ciertas cosas que había alrededor de él. Le fue advertido que si lo hacía, su cuerpo perdería el poder que entonces tenía de vivir para siempre, y quedaría sujeto a la muerte. Le fue indicado, como os ha sido indicado a vosotros, que hay mucha fruta buena que podemos cortar, comer y saborear. Creemos en disfrutar de alimentos buenos. Creemos que Dios nos ha dado todas las cosas buenas. Creemos en disfrutar todo lo posible de nuestros alimentos, y, por tanto, debemos evitar la glotonería, así como el ser extremosos en todos nuestros hábitos de comer; y como le fue dicho a Adán, en igual forma nos es dicho a nosotros: No toques estas cosas, porque el día en que lo hagas será acortada tu vida y morirás.

    “Aquí deseo decir que en esto consistió la caída: en comer cosas que no convenían, en dar al cuerpo substancias que lo convirtieron en cosa terrena; y voy a aprovechar esta ocasión para proclamar contra las interpretaciones falsas de las Escrituras, adoptadas por ciertas personas, y muy de moda en la actualidad, en las cuales se hace referencia de un modo sigiloso y misterioso, a que la caída del hombre consistió en cierta ofensa contra las leyes de la castidad y la virtud. Tal doctrina es una abominación. ¿Qué derecho tenemos de tergiversar las Escrituras de su sentido y significado correctos? ¿Qué derecho tenemos de suponer que Dios no dió a entender precisamente lo que dijo? La caída fue un procedimiento natural que vino como resultado de que nuestros primeros padres dieran a sus cuerpos substancias derivadas de alimentos impropios, violando el mandamiento de Dios concerniente a lo que debían de comer. Refrenémonos de andar diciendo en voz baja que la caída se debió a que la madre de la raza humana perdió su castidad y virtud. No es verdad; la raza humana no es nacida de fornicación. Los cuerpos que hemos recibido nos son dados de la manera que Dios dispuso. Nunca se diga que el patriarca de la raza humana, que se asoció con los dioses antes de venir aquí a la tierra, y su igualmente real compañera, fueron culpables de una ofensa tan vil. La adopción de esa creencia ha causado que muchos disculpen su propia violación y desviación de la senda de la castidad y del camino de la virtud, diciendo que es el pecado de la raza y que es tan antiguo como Adán. Adán no lo introdujo. Eva no lo cometió. Fue introducido por el diablo, y lo hizo a fin de sembrar la semilla de la muerte prematura en los cuerpos de los hombres y mujeres, para que la raza humana se degenerara tal como ha sucedido cuando se han transgredido las leyes de la virtud y de la castidad.

    “Nuestros primeros padres fueron puros y nobles, y cuando pasemos al otro lado del velo quizá conoceremos algo de su estado elevado, más de lo que sabemos ahora. Pero sepamos de una vez por todas que fueron puros; fueron nobles. Es cierto que desobedecieron las leyes de Dios, comiendo las cosas que les fue mandado no comer; pero, ¿quién de vosotros puede levantarse y condenar?”—De un sermón por el autor en la 83a. Conferencia Semestral de la Iglesia, 6 de octubre de 1913.

  4. Cristo efectuó la redención de la caída.—“De modo que el Salvador es el amo de la situación: la deuda queda pagada, la redención hecha, el convenio cumplido, la justicia satisfecha, la voluntad de Dios obedecida y todo poder ahora es dado al Hijo de Dios: el poder de la resurrección, de la redención, de la salvación, la facultad para establecer leyes con objeto de llevar a cabo y cumplir este propósito. De ahí, que la vida y la inmortalidad son manifestadas, se introduce el evangelio y El llega a ser el autor de la vida eterna y la exaltación. El es el Redentor, el Resucitador, el Salvador del hombre y del mundo; y El ha dispuesto que la ley del evangelio sea el medio que debe obedecerse en este mundo y en el venidero, así como El obedeció la voluntad y la ley de su Padre; y por consiguiente, ‘el que creyere será salvo, y el que no creyere será condenado’. Antes de la fundación del mundo se formuló, concertó y aceptó el plan, el arreglo, el acuerdo, el convenio; fue simbolizado por los sacrificios, y se llevó a cabo y se consumó sobre la cruz. De modo que por ser el mediador entre Dios y el hombre, le corresponde el derecho de ser el magistrado supremo y director de la tierra y de los cielos, de los vivos y de los muertos, en lo pasado, lo presente y lo futuro, en todo lo que respecta al hombre y su asociación con esta tierra o con los cielos, por esta vida o por la eternidad, el Capitán de nuestra salvación, el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, el Señor y Otorgador de la vida.”—Mediation and Atonement, por John Taylor, pág. 171.

  5. La redención de los efectos de la caída.—“El mormonismo acepta la doctrina de la caída y la narración de la transgresión en el Edén, según se halla en el Libro de Génesis; pero afirma que ninguno sino Adán responde o responderá por esta desobediencia; que la raza humana en general queda completamente absuelta de la responsabilidad de ese ‘pecado original’, y que cada cual responderá únicamente por sus propias transgresiones; que Dios había previsto la caída; que la hizo tornar para fines benéficos mediante los cuales se establecieron las condiciones necesarias para inaugurar el estado terrenal; que se proveyó un Redentor antes que el mundo fuese; que la salvación general, en lo que toca a la redención de los efectos de la caída, viene a todos sin que la busquen; pero que cada cual debe lograr para sí mismo la salvación individual o el rescate del efecto de sus pecados personales por la fe y las buenas obras mediante la redención efectuada por Jesucristo.”—Story and Philosophy of Mormonism por el autor, pág. 111.