Jesucristo
Capitulo 1: Introduccion

Jesus el Cristo

Capitulo 1

Introduccion

LA historia hace constar que al iniciarse, o cuando estaba para empezar lo que ha llegado a conocerse como la era cristiana, nació en Belén de Judea el Varón Jesús, a quien se puso por sobrenombre el Cristo.a Han sido atestiguados tan extensamente los datos principales relacionados con su nacimiento, vida y muerte, que han llegado a considerarse razonablemente incontrovertibles; son hechos históricos, y el mundo civilizado generalmente los acepta como esencialmente auténticos. Es verdad que, en cuanto a detalles circunstanciales, existen diversidades de inferencias basadas sobre discrepancias supuestas en los anales de lo pasado; pero estas diferencias son netamente de importancia menor, porque ninguna de ellas, de por sí, ni todas en conjunto, provocan la más leve duda racional en lo que concierne al carácter histórico de la existencia del Varón conocido en la literatura como Jesús de Nazaret.

Con respecto a quién fue, y lo que fue, existen disenciones muy graves que dividen las opiniones de los hombres; y esta divergencia de conceptos y creencias es más notable en esos asuntos considerados como de importancia mayor. Los testimonios solemnes de millones que han muerto, así como de millones que viven, unidamente lo proclaman divino, el Hijo del Dios viviente, el Redentor y Salvador de la raza humana, el Juez Eterno de las almas de los hombres, el Escogido y Ungido del Padre, en una palabra, el Cristo. Hay otros que niegan su divinidad, pero al mismo tiempo ensalzan las cualidades sobresalientes de su naturaleza humana inimitable y sin paralelo.

Para el estudiante de historia, este Hombre entre los hombres ocupa el primer, principal y único lugar como personalidad dirigente en el progreso del mundo. Nunca jamás ha producido el género humano un director de igual categoría. Considerado únicamente como personaje histórico, es singular. Juzgado por las normas de estimación humana, Jesús de Nazaret supera a todos los hombres por razón de la excelencia de su carácter personal, la sencillez, belleza y valor genuino de sus preceptos y la influencia de su ejemplo y doctrina en el progreso de la raza humana. A estas características distintivas de grandeza extraordinaria, el alma devota cristiana añade un atributo que sobrepuja en gran manera la suma de todos los demás, a saber, su origen divino y la realidad eterna de su dignidad como Señor y Dios.

Tanto el cristiano como el incrédulo reconocen su supremacía como Hombre, y respetan el significado trascendental de su nacimiento. Cristo nació en el meridiano de los tiempos;b y su vida en la tierra señaló, a la misma vez, la culminación de lo pasado y la inauguración de una era señalada por la esperanza, esfuerzos y realizaciones humanos. Su advenimiento ocasionó un sistema nuevo en la manera de contar los años; y por consentimiento común, los siglos que antecedieron su nacimiento han sido contados hacia atrás desde ese memorable acontecimiento, y han sido designados correspondientemente. El nacimiento y caída de dinastías, el origen y disolución de naciones, todos los ciclos de la historia referentes a la guerra y la paz, la prosperidad y la adversidad, la salud y la pestilencia, épocas de abundancia y de hambre, las terribles consecuencias de los terremotos y tempestades, los triunfos de las invenciones y descubrimientos, las épocas en que la piedad del hombre se ha desarrollado y los largos períodos de su decadencia en la incredulidad—en una palabra, todos los acontecimientos que constituyen la historia, se hallan catalogados en todo el mundo cristiano según determinado año antes o después del nacimiento de Jesucristo.

Su vida terrenal está comprendida en un período de treinta y tres años; y de éstos pasó únicamente tres como Maestro reconocido, consagrado en forma directa a las actividades del ministerio público. Fue muerto cruelmente antes de llegar a lo que hoy consideramos la edad en que el hombre está en su pleno vigor. Como individuo, pocos fueron los que lo conocieron personalmente; y su fama como personaje mundial no se generalizó sino hasta después de su muerte.

Nos ha sido preservada una breve narración de algunas de sus palabras y obras; y esta relación, aunque fragmentaria e incompleta, es justamente considerada como el tesoro más grande del mundo. La historia más antigua y amplia de su existencia terrenal está comprendida dentro del conjunto de Escrituras conocidas como el Nuevo Testamento; de hecho, bien poco dicen de El los cronistas seglares de su época. Mas no obstante las escasas y breves referencias que hacen a El los escritores no religiosos del período inmediatamente posterior al de su ministerio, se puede hallar suficiente evidencia para corroborar la historia sagrada, en lo que respecta a la realidad y período de la existencia terrenal de Cristo.

Ni se ha escrito, ni puede escribirse una biografía adecuada de Jesús, como Niño y como Hombre, por la sencilla razón de que no hay abundancia de informes. Sin embargo, jamás ha habido un hombre de quien más se haya dicho y cantado, nadie a quien se haya dedicado una proporción mayor de la literatura del mundo. Cristianos, mahometanos y judíos, escépticos e incrédulos, los poetas, filósofos, estadistas, científicos e historiadores más eminentes del mundo—todos lo ensalzan. Aun el pecador maldiciente, con el vil sacrilegio de su blasfemia, expresa la supremacía divina de Aquel cuyo nombre toma en vano.

El propósito de este tratado es el de considerar la vida y misión de Jesús como el Cristo. En esta empresa nos guiaremos por la luz de las Escrituras, antiguas así como modernas; y guiados de esta manera, descubriremos, aun en la primera parte de nuestro estudio, que la palabra de Dios, cual ha sido revelada en los postreros días, tiene la eficacia para iluminar y aclarar las Santas Escrituras de los tiempos antiguos, y esto lo veremos en muchos asuntos de la mayor importancia.c

Más bien que dar principio a nuestro estudio con el nacimiento terrenal del Santo Niño de Belén, consideraremos la parte que desempeñó el Primogénito Hijo de Dios en los concilios primordiales del cielo, en la época en que fue escogido y ordenado para ser el Salvador de la raza de seres humanos aún por nacer, el Redentor de un mundo que entonces se encontraba en el estado formativo de su desarrollo. Lo estudiaremos como el Creador del mundo, como la Palabra de Potencia, por medio de quien se llevaron a cabo los propósitos del Padre Eterno en la preparación de la tierra para que fuese la morada de las huestes de sus hijos espirituales durante el tiempo señalado de su probación terrenal. Jesucristo fue y es Jehová, el Dios de Adán y de Noé, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de Israel, el Dios por cuyo mandato los profetas de todas las edades han hablado, el Dios de todas las naciones que aún tendrá que reinar sobre la tierra como Rey de reyes y Señor de señores.

Su nacimiento maravilloso, aun cuando natural, su vida inmaculada en la carne y su muerte voluntaria como sacrificio consagrado por los pecados del género humano, ocuparán nuestra reverente atención; y en igual manera, su obra redentora en el mundo de los espíritus desincorporados; su resurrección literal de la muerte corporal a la inmortalidad; sus varias apariciones a los hombres y la continuación de su ministerio como el Señor resucitado en ambos continentes; el restablecimiento de su Iglesia mediante su presencia personal y la del Padre Eterno en los postreros días; y su venida a su templo en la dispensación actual. Todos estos detalles del ministerio del Cristo se encuentran ahora en lo pasado. Nuestro curso propuesto de investigación nos llevará hasta los acontecimientos todavía futuros, concerniente a los cuales testifica la palabra de la revelación divina. Consideraremos las situaciones consiguientes a la venida del Señor por segunda vez, con poder y gloria, para inaugurar el dominio del Reino de los Cielos sobre la tierra, e iniciar el decretado Milenio de paz y justicia. Y lo seguiremos aún más allá del conflicto que se verificará después del Milenio entre los poderes del cielo y las fuerzas del infierno, hasta la consumación de su victoria sobre Satanás, la muerte y el pecado, cuando presentará al Padre la tierra glorificada con sus huestes santificadas, sin mancha y celestializadas.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días afirma poseer la autoridad divina para emplear el sagrado nombre de Jesucristo como parte esencial de su título distintivo. En vista de esta importante afirmación, conviene preguntar o investigar qué mensaje particular o especial, referente al Redentor y Salvador de la raza humana, tiene la Iglesia para el mundo, y en qué se funda para justificar su afirmación solemne, o para defender su nombre y título exclusivos. Al proceder con nuestro estudio, hallaremos que entre las enseñanzas particulares de la Iglesia concernientes al Cristo se destacan las siguientes:

(1) La unidad y continuidad de su misión en todas las edades, en la cual por fuerza está comprendida la realidad de su preexistencia y preordinación. (2) El hecho de su Divinidad antes de su existencia terrenal. (3) La realidad de su nacimiento en la carne como hijo de un Padre divino y una madre terrenal. (4) La realidad de su muerte y resurrección física, de lo cual resultará que el poder de la muerte será destruído al fin. (5) El carácter literal de la expiación que El efectuó, incluso el requisito absoluto de la obediencia individual a las leyes y ordenanzas de su evangelio, como el medio por el cual se puede lograr la salvación. (6) La restauración de su sacerdocio y el restablecimiento de su Iglesia en la edad presente, que en realidad es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. (7) La certeza de que El volverá a la tierra en un futuro no muy lejano, con poder y gran gloria, para reinar en persona y presencia corporal como Señor y como Rey.