Jesucristo
Capitulo 17: El Sermon del Monte

Capitulo 17

El Sermon del Monte

NO mucho después de la ordenación de los Doce, Jesús pronunció un notable discurso que por referirse al lugar donde ocurrió, ha llegado a ser conocido como el Sermón del Monte. S. Mateo presenta una amplia relación que ocupa tres capítulos del primer evangelio; Lucas nos da un sinopsis más breve.a La variaciones circunstanciales que aparecen en las dos narraciones son de importancia menor;b es el propio sermón al cual benéficamente podemos dedicar nuestra atención. S. Lucas introduce en distintas partes de su relación muchos de los hermosos preceptos dados como parte del Sermón, escrito en forma de discurso continuo en el Evangelio según S. Mateo. En nuestro estudio presente nos guiaremos principalmente por esta narración. Unas partes de este sermón comprensivo fueron dirigidas expresamente a los discípulos que ya habían sido, o iban a ser llamados al apostolado, y como consecuencia, les sería requerido renunciar a todos sus intereses mundanos para aceptar la obra del ministerio; otras partes del discurso fueron y son de aplicación general. Jesús había ascendido a la montaña, probablemente para apartarse de las multitudes que lo rodeaban cuando se hallaba en las ciudades o sus alrededores.c Los discípulos se reunieron en torno de El, y allí se sentó y los instruyó.d

Las bienaventuranzase

Las frases iniciales abundan en bendiciones, y la primera parte del discurso se concreta a una explicación de lo que constituye el verdadero estado bendito; y además, se comunicó la lección en forma sencilla y sin ambigüedad por medio de la aplicación particular, pues se asegura que cada uno de los bienaventurados recibirá una recompensa y galardón, disfrutando de una condición completamente opuesta a aquella bajo la cual padeció. Las bendiciones que el Señor particularizó en esta ocasión se distinguen con el nombre de Bienaventuranzas en la literatura de una época posterior. Los pobres en espíritu serán ricos en calidad de herederos legítimos del reino de los cielos; los que lloran serán consolados porque verán el propósito divino en su pesar, y de nuevo se reunirán con los seres amados que fueron separados de ellos; los mansos, que prefieren ser despojados más bien que poner sus almas en peligro buscando contiendas, herederán la tierra; los que tienen hambre y sed de verdad serán alimentados abundantemente; los que manifiestan misericordia serán juzgados misericordiosamente; los de limpio corazón serán admitidos a la presencia misma de Dios; los pacificadores, aquellos que se esfuerzan por apartarse a sí mismos y a sus semejantes de las riñas, serán contados con los hijos de Dios; quienes padezcan persecución por causa de la justicia herederán las riquezas del reino eterno. Hablando directamente a los discípulos, el Señor dijo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.”f

Es evidente que las bendiciones especificadas, así como la felicidad comprendida en ellas, se realizarán en medida cabal sólo allende la sepultura; aunque el gozo que viene de saber que se está viviendo rectamente constituye, aun en este mundo, una rica recompensa. Un elemento importante de esta espléndida aclaración del estado realmente bendito es la distinción sobrentendida entre placer y felicidad.g El solo placer, cuando mucho, no es sino pasajero; la felicidad es permanente, porque viene un gozo nuevo cada vez que vuelve a la memoria. La felicidad suprema no es una realización terrenal; la prometida “plenitud de gozo” se encuentra allende la muerte y la resurrección.h Mientras el hombre exista en el estado terrenal, necesitará algunas de las cosas del mundo. Debe tener alimento, ropa y un lugar donde recogerse; y además de estas simples necesidades, justamente podrá desear las facilidades de la educación, las ventajas de la civilización progresiva y aquello que conduce al refinamiento y la cultura; y sin embargo, todas estas cosas no le son sino una ayuda para efectuar la realización, no el objeto que debe perseguir.

Las Bienaventuranzas se aplican a los deberes de la vida terrenal como preparación para una existencia mayor, futura aún. En el reino de los cielos, que dos veces se menciona en esta parte del discurso del Señor, pueden encontrarse riquezas verdaderas y felicidad inagotable. El reino de los cielos fue el texto universal de este notable sermón; las maneras de lograr el reino y las glorias de la ciudadanía eterna en él constituyen las divisiones principales del tratado.

Dignidad y responsabilidad en el ministerioi

En seguida el Maestro comenzó a instruir en forma directa y particular a aquellos sobre quienes, en calidad de sus representantes comisionados, descansaría la responsabilidad del ministerio. “Vosotros sois la sal de la tierra”—les dijo. La sal es el gran preservativo; como tal ha tenido un uso muy práctico desde tiempos muy antiguos. Bajo la ley mosaica, era indispensable agregarle sal a toda ofrenda de carne.j Mucho antes del tiempo de Cristo se había atribuido al uso de la sal el simbolismo de la fidelidad, hospitalidad y convenio.k Para ser útil, la sal debe ser pura; para tener eficacia salvadora como sal, debe ser sal verdadera y no el producto de alguna reacción química o mezcla terrenal mediante la cual se perdería su salobridad o “sabor”,l y como cosa inservible no serviría más que para ser echada fuera. Respecto a este cambio de fe, esta mezcla con las sofisterías, filosofías así llamadas y herejías de los tiempos, se amonestó en forma especial a los discípulos. Entonces, cambiando de figura, Jesús los comparó a la luz del mundo y les impuso el deber de conservar su luz delante de los hombres, tan prominentemente como la ciudad que está edificada sobre una colina para ser vista desde cualquier sitio, una ciudad que no se puede esconder. ¿De qué serviría una vela encendida si se escondiera debajo de un cesto o caja? “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres—les recomendó—para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

Para que no fueran a equivocarse sobre la relación que existía entre la ley antigua y el evangelio del reino que estaba elucidando, Jesús les aseguró que no había venido para destruir la ley ni abrogar las enseñanzas y predicciones de los profetas, sino para cumplirlos y establecer aquello para lo cual los acontecimientos de siglos pasados habían sido solamente una preparación. Se puede decir que el evangelio destruyó la ley mosaica sólo en la forma en que la semilla es destruida con el crecimiento de la planta nueva; sólo como el capullo es destruido por el desarrollo completo de la flor rica, madura y fragante; sólo como la infancia y la juventud pasan para siempre al desarrollarse la madurez de los años. Ni una jota ni una tilde de la ley iba a ser anulada. Difícilmente habría sido posible concebir una analogía mas eficaz que ésta; la jota y la tilde eran pequeñas marcas literarias del idioma hebreo, que para nuestro objeto presente podemos considerar como equivalentes al punto que va sobre la “i” o el palo o trazo con que se cruza la “t”; y una de las acepciones que tienen en español es el de cosa mínima, insignificante o escasa. No podía violarse impunemente ni aun el mas pequeño de los mandamientos; sin embargo, se amonestó a los discípulos que tuvieran cuidado de que su cumplimiento de los mandamientos no fuera a la manera de los escribas y fariseos, cuya observancia era una exterioridad ceremonial sin los elementos esenciales de la devoción genuina; porque se les aseguró que con esta conducta insincera “no entraréis en el reino de los cielos”.

El evangelio reemplaza la leym

La siguiente sección del sermón se refiere a la superioridad que tiene el evangelio de Cristo respecto de la ley de Moisés, y contrasta lo que el uno y el otro requieren en determinados casos. Mientras que la ley prohibía el homicidio y disponía un justo castigo para este crimen, Cristo enseñó que el arrebato de ira, que tal vez pudiera ocasionar la violencia o aun el asesinato, era pecado en sí mismo. La malévola aplicación de un epíteto ofensivo tal como raca n era ofensa que podía ser castigada de acuerdo con el decreto del concilio; y con llamar fatuo a otro, la persona quedaba expuesta “al infierno de fuego”. Estos nombres reprensibles eran considerados particularmente injuriosos en esa época y expresaban, por tanto, una intención rencorosa. La mano del asesino es impulsada por el odio que se anida en su corazón. La ley estipulaba un castigo para el hecho; el evangelio censuraba la mala pasión en su estado incipiente. Para recalcar este principio, el Maestro explicó que el odio no debía expiarse por medio de un sacrificio material, y que si uno llegaba al altar para hacer una ofrenda, y se acordaba de que había enemistad entre él y su hermano, primeramente debía ir a ese hermano y ser reconciliado, aunque para hacerlo fuera necesario interrumpir la ceremonia, detalle particularmente ofensivo según el criterio de los sacerdotes. Las diferencias y contiendas debían ser resueltas sin dilación.

La ley prohibía el terrible pecado de adulterio; Cristo dijo que la ofensa se engendraba con la mirada lasciva, el pensamiento sensual; y añadió que era mejor quedar ciego, que mirar con ojos malos; mejor perder la mano, que obrar iniquidad con ella. Sobre el asunto del divorcio, respecto del cual había demasiada libertad en aquel tiempo, Jesús declaró que salvo por causa de la gravísima ofensa de la infidelidad hacia el convenio matrimonial, ningún hombre podía divorciar a su mujer sin ser culpable él mismo, pues ella, al casarse de nuevo, siendo todavía esposa injustamente divorciada, cometería un pecado, y también pecaría el hombre con quien contrajera segundas nupcias.

En la antigüedad estaba prohibido perjurarse o hacer juramentos, sino cuando era necesario entrar en convenio solemne con el Señor; pero en la dispensación del evangelio, el Maestro prohibió el juramento en cualquier forma, y explicó la atrocidad de jurar en vano. Grande pecado era, y por cierto aún lo es, jurar por el cielo, que es el trono de Dios; o por la tierra, creación suya, y la cual El llama el estrado de sus pies; o por Jerusalén, considerada por aquellos que juraban como la ciudad del gran Rey; ni aun por la propia cabeza de la persona, porque es parte del cuerpo que Dios ha creado. Prescribiéronse la moderación, la firmeza y la sencillez en la forma de hablar, así como la exclusión de voces expletivas, blasfemias y juramentos.

Antiguamente se había consentido el principio de la represalia, de modo que el que sufría algún daño podía exigir o imponer un castigo de la misma naturaleza que la ofensa. Por tanto, se exigía un ojo por la pérdida de un ojo, diente por diente, vida por vida.o Cristo, al contrario, enseñó que los hombres debían padecer más bien que hacer lo malo, aun hasta el grado de someterse sin resistir en ciertas situaciones sobrentendidas. Sus enérgicas ilustraciones—de que si uno es herido en la mejilla, debe volver la otra al que lo hirió; que si un hombre despoja a otro de su túnica en un litigio, éste debe permitir que se lleve la capa también; que si uno es obligado a llevar la carga de otro por una milla, debe estar dispuesto a ir dos; que uno debe tener buena disposición para dar o prestar, según lo solicitado—no deben entenderse en el sentido de que se está recomendando una sumisión servil a demandas injustas, ni como abrogación del principio de la defensa propia. Estas instrucciones fueron principalmente para los apóstoles, quienes profesamente iban a dedicarse a la obra del reino con exclusión de todos los demás intereses. Sería mejor que en su ministerio padecieran y aguantaran penas materiales, agravios personales e imposiciones bajo las manos de opresores inicuos, que dar motivo para empañar su eficacia y estorbar la obra por medio de la resistencia y la contienda. Para éstos las Bienaventuranzas eran de aplicación particular: Bienaventurados los mansos, los pacificadores y los que son perseguidos por causa de la justicia.

En otro tiempo se había dicho: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”;p pero ahora el Señor enseñó: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” Era una doctrina nueva. Nunca jamás se había exigido a Israel que amara a sus enemigos. No había lugar en el código mosaico para la amistad hacia los enemigos; por cierto, el pueblo había llegado a considerar a los enemigos de Israel como enemigos de Dios; ¡y ahora Jesús quería que se manifestase hacia éstos la tolerancia, la misericordia y aun el amor! Complementando esta demanda con una explicación, el Señor dijo que por los medios que les indicaba, los hombres podrían llegar a ser hijos de Dios, semejantes a su Padre Celestial según el grado de su obediencia; porque el Padre es bondadoso, longánime y tolerante, y hace que su sol brille sobre los malos así como sobre los buenos, y envía la lluvia para el beneficio del justo así como del injusto.q Por otra parte, ¿de qué excelencia se precia aquel que da únicamente de acuerdo con lo que recibe, que saluda solamente a los que lo saludan con respeto, que ama sólo al grado en que es amado? Aun los publicanosr, hacían eso. A los discípulos de Cristo les era requerido mucho más. La amonestación con que se concluye esta parte del discurso constituye un resumen eficaz y comprensivo de todo lo que se había dicho previamente: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”s

Sinceridad de propósitot

En el asunto de dar limosna, el Maestro amonestó que no hubiera—condenándolas por inferencia—ostentación o manifestaciones hipócritas. Socorrer al necesitado es digno de encomio, pero dar con el propósito de granjearse la alabanza de los hombres es una vil hipocresía. En la época de Cristo, estaba de moda entre ciertas clases hacer limosnas a los mendigos, echar dinero en las arcas de las ofrendas del templo para ser vistos de los hombresu y otras manifestaciones similares de generosidad afectada; y el mismo espíritu se manifiesta en la actualidad. Hay algunos que ahora hacen sonar trompeta, quizá valiéndose de las columnas de los diarios o de otros medios de publicidad, para llamar la atención a sus dádivas, a fin de granjearse la gloria de los hombres, ya sea para lograr favores políticos, agrandar su negocio o influencia o conseguir aquello que a sus ojos vale más que lo que dieron. Con punzante lógica el Maestro declaró que éstos ya tienen su recompensa. Han recibido lo que buscaban; ¿qué otra cosa pueden exigir, o consecuentemente esperar, tales personas? “Mas cuando tú des limosna—dijo el Señor—no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público.”

Con el mismo espíritu denunció el Predicador las oraciones hipócritas: la repetición de palabras en vez de orar. Había muchos que procuraban los sitios públicos, como las sinagogas y aun las esquinas de las calles, para ser vistos y oídos de los hombres mientras oraban. Con ello lograban la publicidad que buscaban; ¿qué más podían pedir? “De cierto os digo que ya tienen su recompensa.” El que verdaderamente desea hacer oración—orar de la manera que más se aproxime al modo en que Cristo oró, orar para establecer una comunión verdadera con Dios, a quien se dirige la oración—buscará un lugar aislado, la reclusión, el retiro. Si la oportunidad se lo permite, se apartará a su aposento y cerrará la puerta para que nadie lo interrumpa; allí podrá orar verdaderamente, si existe en su alma el espíritu de la oración; y ésta fue la manera de proceder que el Señor encomió. Las súplicas locuaces, compuestas principalmente de repeticiones y redundancias como las que usaban los paganos, que pensaban complacer a sus divinidades idólatras con su parlería, fueron prohibidas.

Es bueno saber que las palabras no constituyen la oración: palabras que tal vez no expresen lo que uno quiere decir; palabras que tan frecuentemente disimulan las incongruencias, palabras que tal vez no tienen más profundidad que los órganos físicos del habla; palabras quizá pronunciadas para impresionar los oídos de los seres humanos. El mudo puede orar, y aun con la elocuencia que prevalece en el cielo. La oración se compone de los latidos del corazón y los justos anhelos del alma; de la súplica fundada en la admisión de que uno es el necesitado; de la contrición y el deseo puro. Si existe un hombre que jamás ha orado realmente, tal persona es un ser muy ajeno al orden de lo divino que hay en la naturaleza humana, un forastero entre la familia de los hijos de Dios. La oración es para la edificación del que suplica. Dios sin nuestras oraciones seguirá siendo Dios; pero nosotros, sin la oración, no podemos ser admitidos en el reino de Dios. Así instruyó Cristo: “Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.”

Para aquellos que buscaban la sabiduría a sus pies pronunció entonces una oración modelo, diciendo: “Vosotros, pues, oraréis así:

Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” Con esto reconocemos la relación que hay entre nosotros y nuestro Padre Celestial, y mientras reverenciamos su gran y santo Nombre, nos valemos del privilegio inestimable de allegarnos a El, no tanto con el concepto de su gloria infinita como Creador de todo lo que es, del Ser Supremo que está sobre toda la creación, sino con el amoroso entendimiento de que El es el Padre y nosotros somos sus hijos. Este pasaje bíblico es el más antiguo en que se halla la instrucción, el permiso o razón para tratar a Dios directamente de “Padre Nuestro”. Con ello se expresa la reconciliación que la familia humana, desviada por el pecado, puede lograr por los medios que el Hijo amado dispuso. Esta instrucción demuestra con igual claridad la hermandad entre Cristo y el género humano. Así como El oró, en igual manera oramos al mismo Padre, nosotros como hermanos y Cristo como nuestro Hermano Mayor.

Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” El reino de Dios debe ser un reino de orden, en el cual deben prevalecer la tolerancia y el respeto hacia los derechos individuales. El que verdaderamente ruega que venga este reino se afanará por acelerar su venida viviendo de acuerdo con las leyes de Dios. Este esfuerzo consistirá en mantenerse de conformidad con el orden del reino, sujetar la carne al espíritu, el egoísmo al altruismo y aprender a amar las cosas que Dios ama. Hacer que la voluntad de Dios sea suprema en la tierra, como lo es en los cielos, significa aliarnos con Dios en los asuntos de la vida. Son muchos los que profesan la creencia de que siendo Dios Omnipotente, todo lo que es, existe de acuerdo con su voluntad. Tal suposición no concuerda ni con las Escrituras ni con la razón, y es falsa.v La iniquidad no es según su voluntad; la mentira, hipocresía, el vicio, el crimen no son los dones de Dios al hombre. Por su voluntad serán abolidas estas monstruosidades que, como horrendas deformidades, se han desarrollado en la naturaleza y vida humanas, y esta bendita consumación se efectuará cuando los hombres, de su propia elección, sin ceder o abrogar su libre albedrío, cumplan con la voluntad de Dios.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.” El alimento es indispensable para la vida. En vista de que lo necesitamos, debemos pedirlo. Es cierto que el Padre conoce nuestra necesidad antes que le roguemos, pero al pedirle, lo reconocemos a El como el Dador, y la petición nos hace humildes, agradecidos, contritos y sumisos. Aunque el sol brilla y la lluvia cae sobre el bueno así como el malo, el hombre justo está agradecido por estas bendiciones. El impío recibe los beneficios como cosa natural, con un alma incapaz de sentir la gratitud. La facultad para sentir el agradecimiento es una bendición, y más agradecidos debemos estar por poseerla. Se nos enseña a orar día tras día por el alimento que necesitamos, no por una gran abundancia que se pueda almacenar para un futuro lejano. Israel recibía una ración diaria de maná mientras estuvo viajando en el desierto,x y se le hacía recordar que dependía de Aquel que lo daba. El que tiene mucho se olvida más fácilmente de esta dependencia, que aquel que está constreñido a pedir de acuerdo con las necesidades de cada día.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” El que puede orar de esta manera, con plena intención y propósito sincero, merece el perdón. En este aspecto de la súplica personal se nos enseña a esperar solamente aquello que merezcamos. Los egoístas y pecadores se regocijarían si fueran eximidos de sus deudas legítimas, pero, siendo egoístas y pecadores, exigirían hasta el último cuadrante de aquellos que les debiesen algo.y El perdón es una perla demasiado preciosa para ser arrojadaz a los pies del que no perdona, y sin la sinceridad que nace de un corazón contrito, ningún hombre puede justamente reclamar la misericordia. Si otros nos deben algo—bien sea dinero o bienes, como lo indican las palabras deudas y deudores, o por haber violado nuestros derechos, de acuerdo con el significado más extenso de transgresión—nuestra manera de tratarlos será tomada en cuenta debidamente al ser juzgadas nuestras propias ofensas.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.” La primera parte de esta petición ha sido motivo de comentarios y preguntas. No debemos entender que Dios en alguna ocasión vaya a meter a un hombre en tentación sino, quizá, sabiamente permitiéndolo, a fin de examinarlo y probarlo, y darle con ello la oportunidad de vencer y adquirir la fuerza espiritual, lo cual constituye el único adelanto verdadero en el curso eterno del progreso del hombre. El objeto principal de disponer cuerpos para los espíritus preexistentes de la raza humana y adelantarlos al estado carnal fue para “ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.”a En el plan de la vida terrenal estaba comprendida la certeza de la tentación. El significado de la súplica parece ser que seamos preservados de las tentaciones que nuestras fuerzas débiles no puedan resistir; que no seamos abandonados a la tentación sin ayuda divina, la cual puede ser una protección tan completa como lo permita el ejercicio de nuestra elección.

¡Cuán incongruente, pues, ir, como muchos van, a los lugares donde son más fuertes las tentaciones hacia las cuales mostramos más susceptibilidad; que el hombre, poseído de una pasión por las bebidas alcohólicas, ore en tal forma y entonces vaya a una cantina; que aquel cuyos deseos son sensuales exprese tal oración y entonces vaya a los sitios donde se enciende la lujuria; que el ímprobo, después de orar así, se coloque en el lugar donde sabe que se presentará la oportunidad para robar! ¿Podrán ser algo más que hipócritas estas almas que le piden a Dios que las libre de las maldades que se han buscado? La tentación llegará a nuestro camino sin que la busquemos, y la maldad se presentará aun cuando tengamos el más fuerte deseo de hacer lo bueno; pero con justa esperanza y seguridad podemos orar que seamos librados de estas cosas.

Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” Con esto reconocemos las supremacía del Ser a quien nos dirigimos al principio con el nombre de Padre. Es el Omnipotente en quien, y por medio de cuya providencia, nosotros vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.b Afirmar que se es independiente de Dios constituye a la vez un sacrilegio y blasfemia; reconocerlo es un deber filial y justa confesión de su majestad y dominio. El Padrenuestro concluye con un solemne “Amén”, como sello que se pone a este documento suplicante, atestiguando su legitimidad como la verdadera expresión del alma del solicitante, y recoge dentro de la extensión de una palabra el significado de todo lo que se ha pensado o expresado en alta voz. Así sea es el significado literal de Amén.

Del tema de la oración, el Maestro se volvió al del ayuno, y puso de relieve la verdad importante de que, para tener validez, el ayuno debe ser un asunto entre el hombre y su Dios, no entre el hombre y sus semejantes. Era cosa algo común en la época del Señor ver a hombres hacer alarde del hecho de su abstinencia para ostentar su piedad fingida.c Para aparentar la demacración y la debilidad, esta clase de hipócritas se demudaba el rostro, andaba con el cabello sin peinar y manifestaba un semblante triste. De éstos también dijo el Señor: “De cierto os digo que ya tienen su recompensa.” Se amonestó a los creyentes a que ayunaran en secreto, sin ninguna demostración exterior, y así ayunasen a Dios, el cual podía ver en secreto y aceptaría su sacrificio y oración.

Tesoros en la tierra y en los cielosd

En seguida se contrastaron la naturaleza transitoria de las riquezas del mundo y las riquezas duraderas de la eternidad. Muchos han sido y muchos son aquellos cuyos esfuerzos principales en la vida se han dedicado a la acumulación de los tesoros de la tierra, la mera posesión de los cuales implica responsabilidad, cuidado y una ansiedad inquietante. Cierta clase de riquezas corre peligro de ser destrozada por la polilla, por ejemplo, las sedas y terciopelos, los satines y pieles; algunas son destruídas por el moho y la oxidación: la plata, el cobre y el acero; y por otra parte, estas riquezas y otras con frecuencia llegan a ser botín de ladrones. Infinitamente más preciosos son los tesoros de una vida buena y las riquezas de las buenas obras, de las cuales se lleva cuenta en los cielos, donde el caudal de las obras justas está protegido de la polilla, el orín y los ladrones. Entonces se dio la penetrante lección: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

Luego se demuestra que la luz espiritual es mayor que el producto de cualquier iluminante físico. ¿Qué le aprovecha la luz más brillante al que es ciego? El ojo material es lo que percibe la luz de la vela, la lámpara o el sol; mas el ojo espiritual ve por medio de la luz espiritual. De manera que si el ojo espiritual de un hombre es bueno, es decir, puro y sin la ofuscación del pecado, estará lleno de la luz que le mostrará el camino que conduce a Dios; pero si por otra parte, el ojo de su alma fuere malo, estará como el que se halla rodeado de tinieblas. En el resumen se expresa esta advertencia solemne: “Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” Aquellos a quienes el Señor se estaba dirigiendo habían recibido la luz de Dios; el grado de creencia que ya habían profesado era prueba de ello. Si se desviaban de la gran empresa en que se habían lanzado, se perdería la luz, y las tinieblas resultantes serían más espesas que aquellas de entre las cuales habían salido.e No debería haber indecisión entre los discípulos. Ninguno de ellos podía servir a dos señores; si intentaba hacerlo, sería siervo infiel del uno o del otro. Siguió de ello otra profunda generalización: “No podéis servir a Dios y a las riquezas.”f

Les fue dicho que confiaran en que el Padre les diera lo que necesitasen, sin preocuparse por la comida, la bebida, la ropa o aun la vida misma, porque todas estas cosas les eran dadas por medios que ellos eran incapaces de sujetar. Con la prudencia de un Maestro de maestros, el Señor tocó sus corazones y sus entendimientos citándoles las lecciones de la naturaleza en un lenguaje de tan sencilla y a la vez potente elocuencia, que ampliar o condensar sólo sería empañar:

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.”

Se reprobó la debilidad de la fe, haciéndoles recordar que el Padre, pendiente aun de la hierba del campo que un día existe y al siguiente se recoge para ser quemada, no se olvidará de cuidar de los suyos. Por lo que el Maestro agregó: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

Nueva condenación de la hipocresíag

Los hombres están propensos a juzgar a sus semejantes, a censurar o alabar, sin considerar debidamente los hechos o las circunstancias. El Maestro rechazó el juicio predispuesto o sin fundamento. “No juzguéis, para que no seáis juzgados”, amonestó, porque de acuerdo con lo que uno use como fundamento para juzgar a otros, él, a su vez, será juzgado. El hombre que siempre está presto para corregir las faltas de su hermano, para sacar la paja del ojo de su prójimo a fin de que éste pueda ver las cosas como su interesado y entremetido amigo quiere que las vea, fue tildado de hipócrita. ¿Qué era la paja que estorbaba la visión de su prójimo, comparada con la viga que le cubría su propio ojo? ¿Acaso los siglos que han transcurrido desde los días de Cristo hasta nuestra propia época nos han calmado las ansias de curar la visión defectuosa de aquellos que no pueden o no quieren aceptar nuestro punto de vista y ver las cosas como nosotros las vemos?

Se amonestó a sus discípulos, algunos de los cuales pronto iban a ejercer su ministerio con la autoridad del Santo Apostolado, a no esparcir indiscreta e indistintamente las sagradas verdades y preceptos que les fueran encomendados. Sería su deber discernir los espíritus de aquellos a quienes trataran de enseñar, e instruirlos con prudencia. Las palabras del Maestro fueron punzantes: “No deis lo santo a los perros, ni echéis las perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen.”h

Promesa y reafirmacióni

Siguió la rica promesa de que sus peticiones serían oídas y contestadas. Debían pedir, y recibirían; habían de llamar a la puerta, y les sería abierto. Ciertamente el Padre Celestial no podría ser menos considerado que un padre humano; ¿y cuál de éstos, si su hijo le pidiera pan, le contestaría dándole una piedra, o una serpiente cuando lo que deseaba era un pescado? Con mayor seguridad derramaría Dios buenos dones sobre todos aquellos que le pidieran con fe según sus necesidades. “Así, que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.”

Se hizo una comparación entre el sendero recto y angosto por el cual el hombre puede andar en santidad, y el ancho y espacioso camino que lleva a la destrucción. Habían de apartarse de los falsos profetas, como los que entonces había entre el pueblo, semejantes en sus disimulos a las ovejas, pero en realidad lobos rapaces. Estos podrían ser conocidos por su obras y resultados consiguientes, así como el árbol puede ser juzgado de bueno o malo según su fruto. Los espinos no producen uvas, ni los abrojos dan higos. Así también, es tan verdaderamente imposible que un árbol bueno dé frutos malos, como que un árbol inútil y maleado produzca buenos frutos.

La religión es algo más que confesar y profesar con los labios. Jesús afirmó que en el día del juicio muchos protestarían serle fieles, diciendo: “Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” Sólo cuando se cumple la voluntad del Padre se puede recibir la gracia salvadora del Hijo. El aparentar hablar y obrar en el nombre del Señor, sin haber recibido la autoridad que sólo El puede dar, no es sino añadir el sacrilegio a la hipocresía. Aun los milagros efectuados no justificarán las pretensiones de aquellos que administran las ordenanzas del evangelio cuando carecen de la autoridad del santo sacerdocio.j

Oír y hacerk

El Sermón del Monte ha permanecido a través de los años, desde el día en que fue pronunciado, sin que haya habido otro que pueda igualársele. Jamás ningún ser mortal ha predicado desde entonces un discurso de igual naturaleza. El espíritu que se manifiesta en toda la predicación es uno de sinceridad y de obras, contrapuesto a la profesión vana y la negligencia. Con las últimas frases el Señor mostró la inutilidad de ser solamente oidores, comparada con la eficacia de la acción. El hombre que escucha y obra es hecho semejante al edificador prudente que estableció los cimientos de su casa sobre la roca; y a pesar de las lluvias, los vientos y las inundaciones, la casa se sostuvo firme. El que escucha y no obedece es comparado con el insensato que edificó su casa sobre la arena; y cuando descendió la lluvia, soplaron los vientos y vinieron los ríos, he aquí cayó, y grande fue su ruina.

Este género de doctrina asombró al pueblo. El Predicador no había citado más autoridad para sus enseñanzas singulares, que la propia. Sus palabras estaban libres de toda mención de precedentes rabínicos; el evangelio había reemplazado la ley: “Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.”

Notas al Capitulo 17

  1. La fecha y el lugar del Sermón del Monte.—S. Mateo menciona el discurso en la primera parte de su evangelio, colocándolo aun antes de la crónica de su propio llamado del asiento de los tributos—llamado que ciertamente antecedió a la ordenación de los Doce como cuerpo—y antes de su narración de muchas de las palabras y hechos del Señor que ya hemos considerado en estas páginas. El resumen parcial que S. Lucas hace del Sermón, viene en seguida de su relato de la ordenación de los apóstoles. Mateo nos dice que Jesús subió a un monte y que se sentó para hablar; la narración de Lucas indica la suposición de que Jesús y los Doce primeramente descendieron del monte a un lugar llano, donde les salió al encuentro la multitud, y que Jesús les predicó de pie. Los críticos que se aferran a la minuciosidad, frecuentemente pasando por alto asuntos de mayor trascendencia, han intentado dar mucho realce a estas variaciones aparentes. ¿No sería probable que Jesús haya hablado extensamente en el monte a los discípulos que estuvieron presentes, y de entre quienes eligió a los Doce, y después de haber concluido de instruirlos, descendió con ellos al llano donde se había reunido la multitud, a la cual repitió parte de lo que antes había dicho? La amplitud relativa de la narración de S. Mateo puede deberse al hecho de que él, como uno de los Doce, estuvo presente en la ocasión del primero y más extenso discurso.

  2. El placer en oposición a la felicidad.—“La edad actual es una de búsqueda de placeres, y los hombres están perdiendo el equilibrio mental en su carrera desenfrenada hacia las sensaciones que no hacen más que excitar y desilusionar. En estos tiempos de falsificaciones, adulteraciones y viles imitaciones, el diablo está más ocupado que en cualquier otra época de la historia humana, inventando placeres, viejos así como nuevos; éstos son los que pone en venta de la manera más atractiva, designándolos con el falso nombre de Felicidad. En esta asechanza destructora de almas nadie lo supera; ha tenido siglos de experiencia práctica, y por medio de su astucia ha monopolizado el mercado. Conoce todas las tretas y sabe la mejor manera de llamar la atención y despertar la avidez de sus clientes. Envuelve sus artificios en paquetes de brillantes colores, atados con cintas de oropel y borlas; y las multitudes se apiñan para adquirir sus gangas, empujándose y oprimiéndose unos a otros en su frenesí de comprar.

    “Sigamos a uno de los compradores que se aleja ufano con su llamativo paquete y observémoslo mientras lo abre. ¿Qué halla adentro de la envoltura dorada? Había esperado encontrar la felicidad fragante, pero desenvuelve solamente una clase inferior de placer, el mal olor del cual le produce náuseas.

    “La felicidad comprende todo lo que del placer es realmente deseable y de valor verdadero, y mucho más. La felicidad es de oro genuino; el placer, latón de color de oro que se corroe en la mano y pronto se convierte en venenoso cardenillo. La felicidad es como el diamante legítimo, que en estado bruto o pulido brilla por medio de su propio lustre inimitable; el placer, como la imitación de pasta que refleja la luz sólo cuando es tallada artificialmente. La felicidad es como el rubí. rojo como la sangre del corazón, duro y resistente; el placer, como vidrio teñido, blando, quebradizo y de belleza transitoria.

    “La felicidad es el alimento verdadero, sano, nutritivo y dulce; fortifica el cuerpo y produce la energía para obrar, física, mental y espiritualmente. El placer no es sino un estimulante engañoso que, como la bebida espiritosa, hace a uno creer que es fuerte, cuando en realidad está desfallecido; lo hace suponer que está bien, cuando de hecho padece de una enfermedad incurable.

    “La felicidad no deja un sabor amargo en la boca, no viene acompañada de una reacción deprimente; no exige el arrepentimiento, no causa pesar, no produce remordimiento. El placer con suma frecuencia hace necesario el arrepentimiento, la contrición y el sufrimiento; y, cuando se le da rienda suelta, trae la degradación y la destrucción.

    “La memoria puede evocar una y otra vez la felicidad verdadera, siempre renovando el bien original. Un momento de placer impío puede causar una herida como de lengüeta, la cual, semejante a un aguijón en la carne, es una causa siempre existente de angustia.

    “La felicidad no tiene relación con la levedad, ni es semejante a la jovialidad ligera. Se origina en las fuentes más profundas del alma, y con frecuencia viene acompañada de lágrimas. ¿Os habéis sentido alguna vez tan felices que tuvisteis que llorar? Yo sí.” (De un artículo por el autor en Improvement Era, tomo 17, número 2, páginas 172, 173.)

  3. La sal de la tierra.—Leemos en el Commentary de Dummelow, con referencia a Mateo 5:13, lo siguiente: “Como en Palestina se recoge la sal en un estado impuro, con frecuencia pasa por cambios químicos que le destruyen el sabor aunque preservan su apariencia.” El hecho de que la sal mezclada con impurezas insolubles puede ser disuelta por la humedad, dejando el residuo insoluble con un tenue sabor de sal, quizá pueda sugerir una interpretación razonable de la expresión, “si la sal se desvaneciere”. El punto de la ilustración es que la sal desvanecida ningún valor tiene como preservativo. El pasaje correspondiente del Sermón pronunciado por Jesús a los nefitas después de su resurrección dice: “De cierto, de cierto os digo que a vosotros os concedo ser la sal de la tierra; pero si la sal perdiere su sabor ¿con qué será salada la tierra? La sal desde entonces no servirá para nada sino para ser echada fuera y hollada de los hombres.” (3 Nefi 12:13)

  4. La referencia a los publicanos.—Notemos que S. Mateo, que había sido publicano, francamente hace esta referencia (5:46, 47) a su clase despreciada. S. Lucas dice “pecadores” en lugar de “publicanos” (6:32-34). Por supuesto, si las narraciones de los dos escritores se refieren a discursos distintos (Véase la Nota 1 que antecede), ambos pueden tener razón. Sin embargo, hallamos que Mateo se refiere a sí mismo como publicano en su lista de los apóstoles (10:3), y una omisión considerada de este título poco envidiable, por parte de los otros evangelistas (Marcos 3:18; Lucas 6:15).

  5. Perfección relativa.—La amonestación de nuestro Señor dada a los hombres, de ser perfectos, aun como el Padre es perfecto (Mateo 5:48), no puede lógicamente ser interpretada de otra manera sino que nos indica la posibilidad de tal realización. Es palpable, desde luego, que el hombre no puede llegar a ser perfecto en su estado carnal, en el sentido de que Dios es perfecto como Ser supremamente glorificado. Es posible, no obstante, que el hombre sea perfecto en su esfera, en forma análoga a aquella en que las inteligencias superiores son perfectas en sus esferas respectivas; mas con todo, la perfección relativa de lo más bajo es infinitamente inferior a la de lo más alto. Un alumno universitario en su primero o segundo año de estudio podrá ser perfecto; en sus calificaciones posiblemente podrá lograr un cien por ciento según la escala de su eficacia y efectuación; sin embargo, los honores de los alumnos más avanzados están fuera de su alcance, y la realización de su graduación, aunque remota, es de posibilidad segura si tan sólo continúa fiel y devotamente hasta el fin.