Jesucristo
Capitulo 23: La Transfiguracion

Capitulo 23

La Transfiguracion

LOS Evangelios pasan por alto la semana subsiguiente a los acontecimientos que acabamos de referir. Podemos suponer, sin peligro de equivocarnos, que se dedicó el tiempo, en parte por lo menos a instruir a los Doce con respecto al inminente cumplimiento de la misión del Salvador sobre la tierra, cuyas circunstancias espantosas los apóstoles difícilmente creían posibles de llevarse a efecto. Pasada la semana,a Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan,b y con ellos ascendió a una alta montaña, donde podrían estar razonablemente seguros de no hallar interrupción humana.c Allí los tres apóstoles presenciaron una manifestación celestial que no tiene paralelo en la historia. Se conoce en los anales bíblicos como la Transfiguración de Cristo.d

Una de las razones porque el Señor se apartó fue para orar, y esta transcendental investidura de gloria vino sobre El mientras oraba. Los apóstoles se habían quedado dormidos, pero el refulgente resplandor de la escena los despertó, y contemplaron con temor reverente a su Señor glorificado. “La apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.” Aunque eran de materia terrenal, “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos”; “y resplandeció su rostro como el sol”. Así fue como Jesús se transfiguró delante de los tres testigos privilegiados.

Lo acompañaban y conversaban con el Señor otros dos personajes, también en un estado de esplendor glorioso. Los apóstoles se enteraron, por medios que no nos son revelados, probablemente a través de la conversación que estaban sosteniendo, que estas dos personas eran Moisés y Elías el Profeta; y el tema de su conferencia con Cristo se refería a “su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén”. Cuando estaban para apartarse los profetas visitantes, “Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías, no sabiendo lo que decía”. Indudablemente Pedro y sus compañeros estaban turbados, “espantados” en extremo; y quizá a esto se deba la sugerencia de hacer tres enramadas. Pedro “no sabía lo que hablaba”; sin embargo, aunque sus palabras parecen ser confusas y obscuras, se aclaran un poco si recordamos que en la fiesta anual de los Tabernáculos, se acostumbraba erigir un pequeña enramada para cada adorador individual, dentro de la cual podía apartarse y entregarse a su devoción. El objeto de la proposición de Pedro parece haber sido la de demorar la partida de los visitantes.

La sublime y pavorosa solemnidad de la ocasión no había llegado aún a su punto culminante. Mientras Pedro hablaba, “una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”. Era Elohim,e el Padre Eterno, que hablaba; y al escuchar esa voz de Majestad suprema, los apóstoles “se postraron sobre sus rostros”. Jesús llegó y los tocó, diciendo: “Levantaos, y no temáis”. Cuando alzaron los ojos, vieron que nuevamente estaban a solas con El.

La impresión que la anterior manifestación causó en los tres apóstoles habría de ser inolvidable; pero les fue mandado expresamente que a nadie hablaran de ello sino hasta después que el Salvador hubiese resucitado de los muertos. Estaban confundidos por el significado de lo que el Señor había dicho acerca de su próxima resurreción de los muertos. Habían escuchado llenos de tristeza, y ahora, contra su voluntad, estaban llegando a comprender la terrible certeza de que su querido Maestro tendría que “padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto”.f Esto les había sido declarado previamente sin ambigüedad, con palabras que no podían prestarse a ninguna interpretación figurada; y con igual claridad se les dijo que Jesús se levantaría de nuevo; pero de este acontecimiento sólo tenían una comprensión nebulosa. La reiteración actual de estas enseñanzas no parece haber dado a los tres un entendimiento más claro de la resurrección de su Señor de entre los muertos, que el que habían tenido antes. Parece que ningún concepto definitivo tenían de lo que significaba la resurrección, pues leemos: “Y guardaron la palabra entre sí, discutiendo qué sería aquello de resucitar de los muertos.”g

El carácter definitivo del mandato del Señor de que a nadie dijeran lo que había acontecido en el monte sino hasta después que resucitara de los muertos, les impidió que lo comunicaran aun a sus compañeros entre los Doce. Posteriormente, después que el Señor hubo ascendido a su gloria, Pedro testificó osadamente a la Iglesia concerniente al maravilloso suceso: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.”h Y Juan, confesando reverentemente delante del mundo la divinidad del Verbo, el Hijo de Dios hecho carne a fin de venir a vivir entre los hombres, solemnemente afirmó: “Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.”i

El propósito divino manifestado en la Transfiguración puede ser tan incomprensible para la mente humana como lo es formarse un concepto completo de su esplendor consiguiente cuando se describe verbalmente. Sin embargo, se destacan ciertos aspectos de los resultados logrados. La manifestación fortaleció y alentó a Jesús. La expectativa de los acontecimientos que inmediatamente lo esperaban, por fuerza debe haber sido deprimente y desalentadora en extremo. Al recorrer fielmente el camino de la obra de su vida, había llegado a la orilla del valle de las sombras de la muerte, y era preciso vigorizar la parte humana de su naturaleza. Así como al finalizar los angustiosos momentos del ayuno de cuarenta días y la tentación personal de Satanás,j lo ministraron ángeles enviados de lo alto, y en la hora agonizante de su sudor de sangre, nuevamente iba a ser fortalecido por el ministerio de ángeles,k también ahora, en este período crítico y decisivo, el principio del fin, acudieron visitantes del mundo invisible para consolarlo y animarlo. Los evangelistas del Nuevo Testamento no informan toda la conversación que se llevó a cabo en la entrevista de Jesús con Moisés y Elías el Profeta.

La voz de su Padre, cuyo Primogénito El era en el mundo de los espíritus, así como su Unigénito en la carne, fue una confirmación suprema; sin embargo, la voz se dirigió a los tres apóstoles más bien que a Jesús, que, en la ocasión de su bautismo, ya había recibido la aceptación y testimonio del Padre. La versión más completa de lo que el Padre declaró a Pedro, Santiago y Juan es la que hallamos en S. Mateo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” Aparte de la proclamación de la naturaleza divina de su Hijo, las palabras del Padre también fueron categóricas y portentosas. Moisés, promulgador de la ley, y Elías, representante de los profetas—entre quienes especialmente descollaba por la distinción de no haber gustado la muertel—habían ministrado a Jesús y lo habían obedecido. Con el mandamiento, “a él oíd”, se atestiguó el cumplimiento de la ley y la preeminencia del Mesías sobre los profetas. Se había establecido una dispensación nueva, la del evangelio, respecto de la cual la ley y los profetas sólo habían sido una preparación. Los apóstoles ya no habían de guiarse por Moisés ni Elías el Profeta, sino por El, su Señor, Jesús el Cristo.

Los tres apóstoles escogidos, “el Hombre de Piedra, y los Hijos del Trueno” habían visto al Señor en gloria; y se maravillaron de que tal cosa pudiera acontecer en esa época, en vista de que según ellos interpretaban las Escrituras, se había predicho que Elías el Profeta antecedería el advenimiento triunfante del Mesías. Mientras descendían de la montaña, preguntaron al Maestro;m “¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?” Jesús confirmó la profecía de que Elías vendría primero, es decir, antes del advenimiento glorioso del Señor en que estaban pensando. “Mas os digo—añadió—que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.”

Antes del nacimiento del Bautista, el ángel Gabriel le anunció a Zacarías que su hijo Juan obraría “con el espíritu y el poder de Elias” en calidad del precursor del Cristo,n y en su memorable tributo a la fidelidad y grandeza del Bautista, Jesús había afirmado que Juan era ese Elías particular. El contexto indica que las palabras de Jesús, en la ocasión de referencia “y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir”,o por lo general no serían aceptadas inteligiblemente.

No fue posible que Jesús haya dado a entender que Juan y Elías el Profeta eran la misma persona; ni el pueblo pudo haber tomado sus palabras en ese sentido, porque los judíos repudiaban la falsa doctrina de la transmigración o reencarnación de los espíritus.p La aparente dificultad deja de existir si se toma en cuenta que en las Escrituras no se intenta distinguir entre Elías Tisbitaq y cualquier otra persona llamada Elías. La declaración de Gabriel, de que Juan, que aún no nacía en ese tiempo, tendría “el espíritu y el poder de Elías, indica que el nombre “Elías” es el título de un oficio. Todo restaurador, precursor o enviado de Dios a preparar el camino para acontecimientos mayores en el plan del evangelio, es un Elías. De hecho, el apelativo “Elías” es al mismo tiempo un nombre personal y un título.

En la dispensación actual, tanto el antiguo Elías, que perteneció a la época de Abraham—mediante el espíritu de cuyo oficio muchos han ministrado en distintas épocas—así como Elías el Profeta, han aparecido en persona y conferido su autoridad particular y separada a los portadores del santo sacerdocio en los últimos días, y las llaves que ellos ejercieron mientras estuvieron en la tierra existen actualmente en la Iglesia restaurada de Jesucristo. La autoridad de Elías es menor que la de Elías el Profeta, pues la primera es una de las funciones del orden aarónico o menor del sacerdocio, mientras que la segunda pertenece al sacerdocio mayor o de Melquisedec. La profecía de Malaquías, de que antes del “día de Jehová, grande y terrible”, Elías el Profeta vendría a la tierra para “volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres”,r no se llevó a efecto en la misión de Juan el Bautista ni en la de ningún otro “Elías”;s su cumplimiento total se verificó el día 3 de abril de 1836, cuando Elías el Profeta se apareció en el Templo de Kirtland, Estado de Ohío, y confirió a José Smith y a Oliverio Cowdery las llaves de la autoridad que hasta ese momento él había tenido. El “día de Jehová, grande y terrible”, no vino en el meridiano de los tiempos; ese temible, aun cuando bendito período de consumación todavía no ha llegado, pero está cerca, casi a nuestras puertas.t

Notas al Capitulo 23

  1. El intervalo entre el tiempo de la confesión de Pedro y el de la Transfiguración.—Tanto el evangelista Mateo (17:1) como Marcos (9:2) afirman que la Transfiguración aconteció “seis días después” de la ocasión en que Pedro confesó que Jesús era el Cristo; mientras que S. Lucas (9:28) menciona un intervalo de “como ocho días”. Es probable que en el período de seis días se quiso excluir el día en que los acontecimientos anteriores sucedieron, así como aquel en que Jesús y los tres apóstoles ascendieron el monte, mientras que en el “como ocho días después” de S. Lucas están comprendidos estos dos días. No hay ningún fundamento para sostener que existe una discrepancia.

  2. Pedro, Santiago y Juan, elegidos de entre los Doce para ser los únicos testigos terrenales de la transfiguración de Cristo, habían sido escogidos en igual manera para presenciar otra manifestación especial, la resurrección de la hija de Jairo (Marc. 5:37; Lucas 8:51); y en una fecha posterior los mismos tres fueron los únicos testigos de la agonía nocturna de nuestro Señor en el Getsemaní. (Mateo 26:37; Marc. 14:33)

  3. El sitio de la Transfiguración.—Los escritores de los Evangelios no han nombrado o indicado, en tal forma que pudiera admitirse como identificación positiva, el monte sobre el cual se llevó a cabo la Transfiguración. Desde hace mucho tiempo la tradición ha sostenido que el sitio donde ocurrió fue el monte Tabor en Galilea; y en el sexto siglo se edificaron tres iglesias sobre su cumbre, posiblemente para conmemorar el deseo de Pedro de levantar tres enramadas, una para Jesús, una para Moisés y otra para Elías. Más tarde se construyó un monasterio en ese sitio. Hoy, sin embargo, los investigadores rechazan el sitio del monte Tabor, y generalmente se cree que fue el monte Hermón. Hermón se encuentra cerca del límite norte de Palestina, poco más allá de Cesarea de Filipo, donde se sabe que Jesús estuvo una semana antes de la Transfiguración. Marcos (9:30) claramente nos dice que después de descender del monte, Jesús y los apóstoles pasaron por Galilea. El peso de la evidencia favorece el monte Hermón como el monte de la Transfiguración, aunque nada se sabe en cuanto al asunto que pudiera calificarse de preciso o seguro

  4. Referencia a la próxima “partida” del Señor.—De los tres evangelistas sinópticos, únicamente Lucas menciona siquiera el tema de la conversación entre Moisés, Elías y el Señor durante la Transfiguración. Según el pasaje, los visitantes que aparecieron rodeados de gloria “hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén”, (Lucas 9:31) Es significativo el hecho de que la exaltada conversación fue sobre la partida que el Señor iba a cumplir, no la muerte que habría de padecer. El vocablo griego, que en español se ha traducido por “partida”, aparece en muchos de los manuscritos de los evangelios, y la palabra que aparece en otras versiones antiguas significa “gloria”. En igual manera el original griego de “cumplir”, en el relato de la Transfiguración, connota la feliz consumación de una empresa determinada, y no precisamente el hecho de morir. Tanto la narración del suceso, como el espíritu del narrador, indican que Moisés y Elías conversaron con su Señor acerca del glorioso cumplimiento de su misión en la carne—consumación aceptada en la ley (personificada por Moisés) y los profetas (representados por Elías)—acontecimiento de importancia suprema, ya que determinaba el cumplimiento, así de la ley como de los profetas, y la gloriosa inauguración de un orden nuevo y mayor como parte del plan divino. La partida que el Salvador habría de cumplir en breve consistía en entregar voluntariamente su vida para realizar un propósito, exaltado y preordinado a la vez, no una muerte mediante la cual moriría pasivamente por motivo de circunstancias que El no podía gobernar. (Véanse las páginas 441 y 696 de esta obra)

  5. Elías.—“Como claramente se ve en algunas de las revelaciones recibidas por José Smith (Doc. y Con. 27: 6, 9; 110: 12, 13) son dos los personajes, y dos los oficios que estos nombres representan. El Profeta hizo una distinción muy clara entre el espíritu y el oficio de los dos, y retuvo para uno el nombre de Elijah, que es la forma hebrea de la palabra, mientras que el otro señaló con el equivalente griego, Elías. En español, sin embargo no hay sino una forma para ambos; y se ha intentado hacer una distinción llamando Elías el Profeta al que José Smith designa como Elijah y simplemente Elías, al otro. —“Artículos de Fe”, por James E. Talmage, página 504.

  6. “El espíritu y el poder de Elías.”—Las Escrituras, así las antiguas como las de los postreros días, testifican que Juan el Bautista, en calidad de restaurador, precursor o uno enviado a preparar el camino para una obra mayor que la suya, efectivamente cumplió la misión de un “Elías”. Por conducto de él se predicó y se administró el bautismo de agua para la remisión de pecados, e hizo posible el bautismo mayor o sea el del Espíritu. Fiel a su misión, vino en la dispensación postrera y restauró, por ordenación, el Sacerdocio de Aarón, que tiene la autoridad para bautizar. De manera que preparó el camino para la obra vicaria de bautizar por los muertos, y Elías el Profeta restauró la autoridad para efectuarla. (Véase la página 157 de esta obra) Esta ordenanza es preeminentemente el medio por el cual los hijos y los padres serán unidos con un vínculo eterno.

    El 10 de marzo 1844 el profeta José Smith dio la siguiente explicación del poder de Elías, comparándolo con la autoridad mayor: “El espíritu de Elías es primero, Elías el Profeta segundo, y el Mesías al último. Elías es un precursor para preparar el camino, y entonces viene el espíritu y poder de Elías el Profeta con las llaves del poder, para edificar el templo hasta su coronamiento, fijar los sellos del Sacerdocio de Melquisedec sobre la casa de Israel y disponer todas las cosas; entonces vendrá el Mesías a su templo, que será el fin de todo.

    “El Mesías es mayor que el espíritu y poder de Elías el Profeta, porque El hizo el mundo, y fue para Moisés aquella roca espiritual en el desierto. Elías el Profeta ha de venir y preparar el camino y edificar el reino antes de la venida del gran día del Señor, aunque el espíritu del Elías precursor podrá iniciarlo.”—Documentary History of the Church, tomo 6, página 254.