Jesucristo
Capitulo 21: La Mision Apostolica y Acontecimientos Relacionados

Capitulo 21

La Mision Apostolica y Acontecimientos Relacionados

Jesús vuelve a Nazareta

RECORDAREMOS que en los primeros días del ministerio público de Jesús, el pueblo de Nazaret lo había rechazado y, echándolo de su sinagoga, intentado matarlo.b Parece que después de los acontecimientos referidos en nuestro último capítulo, El volvió al pueblo de su juventud y de nuevo levantó la voz en la sinagoga, misericordiosamente dando al pueblo otra oportunidad para aprender y aceptar la verdad. Igual que en la ocasión anterior, los nazarenos manifiestamente expresaron una vez más su asombro por las palabras que decía y las muchas obras milagrosas que efectuaba. No obstante, nuevamente lo rechazaron porque no venía en la manera en que ellos esperaban que se presentara el Mesías, y se negaron a aceptarlo sino como “el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón”, todos los cuales, igual que sus hermanas, eran gente común. Viendo que “se escandalizaban de él”,c Jesús les recordó un proverbio que entonces estaba de moda entre el pueblo: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa.” La densidad de su incredulidad lo hizo maravillarse;d y por motivo de su falta de fe no pudo efectuar ninguna obra grande aparte de sanar a un pequeño número de creyentes excepcionales, sobre quienes puso las manos. Saliendo de Nazaret, emprendió su tercera gira por los pueblos y aldeas galileos, predicando y enseñando por el camino.e

Los Doce son comisionados y enviadosf

Fue también por esos días que Jesús inició una notable expansión del ministerio del reino, enviando a los Doce a misiones designadas. Desde el momento de su ordenación, los apóstoles habían estado con su Señor, aprendiendo de El por medio de sus discursos públicos y exposiciones privadas y ganando inestimable experiencia y preparación por medio de ese privilegiado y bendito compañerismo. El propósito de su ordenación quedó especificado en estos términos: “Para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar”.g Durante muchos meses habían sido alumnos bajo la vigilante orientación del Maestro; y ahora se les llamaba a emprender los deberes de su vocación en calidad de predicadores del evangelio y testigos individuales del Cristo. Como preparativo final, se les comisionó categórica y solemnemente.h Algunas de las instrucciones que fueron dadas en esta ocasión se refieren en forma particular a su primera misión, de la cual oportunamente volvieron e informaron, mientras que las demás instrucciones y amonestaciones habrían de estar en vigor durante todo su ministerio, aun después de la ascensión del Señor.

Se les mandó limitar su ministerio, por lo pronto, “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, y no hacer propaganda entre los gentiles,i ni aun en las ciudades samaritanas. Se trataba de una restricción provisional, impuesta con sabiduría y prudencia; más tarde, como veremos, se les dijo que evangelizaran a todas las naciones, y que el mundo entero sería su campo.j El tema de sus discursos debía ser aquel que habían oído al Maestro predicar: “El reino de los cielos se ha acercado.” Habrían de ejercer la autoridad del santo sacerdocio que les había sido conferido por ordenación; constituiría parte categórica de su misión sanar enfermos, limpiar leprosos, resucitar muertos y echar fuera demonios, según se presentase la ocasión; y les fue mandado que dieran de gracia, tal como habían recibido de gracia. No debían proveerse comodidades personales o necesidades corporales; era menester probar al pueblo para ver si estaba dispuesto a recibir y ayudar a los que vinieran en nombre del Señor; y los propios apóstoles debían aprender a depender de un Proveedor más digno de confianza que el hombre; por tanto, no debían llevar consigno dinero, ropa adicional u otras cosas que fueran simplemente para su mayor conveniencia. Habían de buscar alojamiento en los varios pueblos adonde llegaran, y dejar su bendición sobre cada familia digna que los recibiera. En caso de ser rechazados por una familia o casa, o un pueblo entero, habían de sacudir el polvo de sus pies al partir, como testimonio contra el pueblo,k y se decretó que en el día del juicio le iría peor a ese sitio denunciado, que a las impías ciudades de Sodoma y Gomorra, sobre las cuales había descendido fuego del cielo.

Se aconsejó a los apóstoles a que usaran la paciencia, que no ofendieran innecesariamente, sino que fuesen prudentes como serpientes y sencillos como palomas, porque eran enviados como ovejas en medio de lobos. No debían confiar irreflexivamente en el poder del hombre, porque los perseguirían hombres perversos y los entregarían a los concilios y tribunales, y los azotarían en las sinagogas. Además, debían estar preparados para cuando los llevaran ante gobernadores y reyes, y en esta situación extremada debían depender de la inspiración divina con respecto a lo que habían de decir, más bien que de su propia sabiduría, preparación y reflexión, “porque no sois vosotros los que habláis—les dijo el Maestro—sino el espíritu de vuestro Padre que obra en vosotros”.l

No habían de confiar ni aun en los vínculos del parentesco para ser protegidos, porque las familias serían divididas por causa de la verdad, y el hermano se levantaría contra el hermano, los hijos contra los padres y la contienda resultante sería fatal. Les fue dicho a estos siervos de Cristo que serían aborrecidos de todos los hombres, pero se les aseguró que sus padecimientos habrían de ser por causa del nombre de su Señor. Debían salir de las ciudades que los persiguieran y viajar a otras; y el Señor los seguiría, aun antes que pudieran acabar de recorrer todas las ciudades de Israel. Se les aconsejó la humildad, y que siempre recordaran que eran sirvientes y que no esperaran escapar, cuando el Maestro mismo tenía que padecer. No obstante, no debían temer predicar el evangelio con claridad, porque sus perseguidores no podrían hacer más que matar el cuerpo, padecimiento de poca importancia comparado con el de la destrucción del alma en el infierno.

Les fue inculcada la certeza del solícito cuidado del Padre mediante la sencilla observación de que si se vendían dos pajarillos por un cuarto, y sin embargo, ni un pajarillo era sacrificado sin que lo supiera el Padre, ellos, que valían más que muchos pajarillos, no serían olvidados. Les fue amonestado solemnemente que quienes sin reserva confesaran al Cristo delante de los hombres, El los reconocería ante la presencia del Padre; mientras que aquellos que lo negaran delante de los hombres serían negados en el cielo. Y nuevamente les fue dicho que el evangelio ocasionaría contiendas que resultarían en las divisiones entre familias; porque la doctrina que el Señor había enseñado sería como una espada que cortaría y separaría. Los deberes de su ministerio especial habrían de sobrepujar el amor por sus parientes; habían de estar dispuestos a dejar padre, madre, hijo o hija, o hacer cualquier sacrificio, porque el Señor declaró que “el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”.

El significado de esta figura debe haber sido solemnemente impresionante y espantoso a la vez; porque la cruz era el símbolo de la ignominia, padecimiento extremado y muerte. Sin embargo, si llegaban a morir por causa de El, hallarían la vida eterna; y quienes no estuviesen dispuestos a morir en el servicio del Señor, perderían la vida en un sentido literal y terrible al mismo tiempo. Nunca debían de olvidar en nombre de quién eran enviados; y se les consoló con la certeza de que quienquiera que los recibiese sería recompensado tal como si hubiese recibido al Cristo y a su Padre; y aun cuando no les ofrecieran más que un vaso de agua fría, el donador de ninguna manera perdería su recompensa.

Comisionados e instruidos en la forma descrita, los Doce testigos especiales del Cristo emprendieron su misión, viajando de dos en dos,m mientras Jesús continuó su ministerio personal.

Vuelven los Doce

Carecemos de información precisa sobre la duración de la primera misión de los Apóstoles, así como de la extensión de sus viajes. Hubo muchos acontecimientos importantes en las obras individuales de Jesús que señalaron el período de su ausencia. Probablemente fue durante este tiempo que nuestro Señor visitó a Jerusalén, ocasión que Juan relaciona con una de las fiestas de los judíos que deja sin nombrar.n Como previamente hemos visto, los discípulos del Bautista visitaron a Jesús mientras sus apóstoles se hallaban ausentes,o y los Doce volvieron más o menos al tiempo de la infame ejecución de Juan el Bautista en la cárcel.p

Las faenas misionales de los apóstoles grandemente ayudaron a la propagación de la nueva doctrina del reino, y por todo el país se proclamaron el nombre y las obras de Jesús. En esa época los moradores de Galilea se hallaban en un estado de desconformidad, amenazando sublevarse manifiestamente contra el gobierno, y el asesinato del Bautista había agravado su inquietud. Herodes Antipas, que había expedido la orden fatal, temblaba en su palacio. Lleno de un temor causado por una convicción interior de culpabilidad, había oído acerca de las obras maravillosas que Jesús efectuaba, y en su terror afirmaba que Cristo no podía ser otro sino Juan el Bautista levantado de la tumba. Sus lisonjeros cortesanos intentaron calmar sus temores, diciendo que Jesús era Elías o alguno de los otros profetas cuyo advenimiento se había predicho; pero Herodes, herido por su conciencia, decía: “Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos.” El rey deseaba ver a Jesús, quizá impulsado por la fascinación del temor, o con la vaga esperanza de que viendo al renombrado Profeta de Nazaret se disiparía su terror supersticioso de que Juan, su vícitma, había revivido.

Efectuada su gira misional, los apóstoles volvieron al Maestro y le informaron sobre lo que enseñaron e hicieron en su ministerio autorizado. Habían predicado el evangelio del arrepentimiento en todas las ciudades, pueblos y aldeas que visitaron; habían ungido con aceite a un gran número de enfermos, y las sanidades consiguientes habían dado fe del poder de su sacerdocio; aun los espíritus inmundos y los demonios se les habían sujetado.q Hallaron a Jesús rodeado de grandes multitudes y tuvieron poca oportunidad de hablar privadamente con El, “porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer”. Los apóstoles deben haber aceptado gozosos la invitación del Señor: “Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco.” Buscando un retiro donde pudieran estar a solas, Jesús y los Doce se alejaron de la multitud “y se fueron solos en una barca”, en la cual cruzaron las aguas hasta un sitio rural contiguo a la ciudad de Betsaida.r Sin embargo, su partida no pasó completamente inadvertida, y multitudes ansiosas anduvieron a pie, a lo largo de la playa, por el extremo norte del lago, a fin de unirse al grupo en cuanto llegara. Según la narración de Juan, podemos suponer que antes de la llegada de las multitudes, Jesús y sus compañeros habían ascendido a un monte cerca de la playa, donde pudieron descansar brevemente. Al reunirse la gente en las faldas del cerro, nuestro Señor los vio como ovejas sin pastor y, cediendo al deseo de ellos, así como a sus propias emociones de compasión divina, les enseñó muchas cosas, sanó a sus afligidos y consoló sus corazones con ternura amorosa.

Alimentación de los cinco mil en el desiertos

Tan atenta estaba la gente escuchando las palabras del Señor, y tan interesados en el alivio milagroso producido por su ministerio sanador, que permanecieron en el desierto sin darse cuenta del vuelo de las horas, hasta que se aproximó la noche. Era la época de la primavera, cerca del tiempo de la fiesta anual de la Pascua, la temporada del césped y las flores.t Comprendiendo que la gente tenía hambre, Jesús preguntó a Felipe, uno de los Doce: “¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?” El objeto de la pregunta fue poner a prueba la fe de su apóstol, porque el Señor ya había determinado lo que se debía hacer. La respuesta de Felipe muestra que la pregunta lo sorprendió, e indica que para él era una empresa imposible: “Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco”—contestó. Andrés informó que estaba presente un muchacho que tenía, cinco panes de cebada y dos pececillos, “mas ¿qué es esto—preguntó—para tantos?”

Tal es la narración de Juan. Los otros escritores declaran que los apóstoles le recordaron a Jesús que la hora era avanzada, y le instaron a que dejara ir a la gente para que pudiera proveerse de alimento y hospedaje en los pueblos circunvecinos. Parece ser lo más probable que la conversación entre Jesús y Felipe ocurrió durante la primera parte de la tarde,u y que al pasar las horas los Doce se preocuparon y le aconsejaron que despidiera a la multitud. La respuesta del Maestro a sus apóstoles fue: “No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer.” Con asombro inconfundible contestaron: “No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces”, respuesta en la cual nuevamente se sobrentiende la exclamación desesperada de Andrés: ¿Qué es esto para tantos?

Jesús mandó, y la gente se sentó en grupos sobre la hierba, de ciento en ciento, de cincuenta en cincuenta, y se vió que la multitud ascendía a cinco mil hombres, además de las mujeres y niños. Tomando los panes y los peces, nuestro Señor levantó los ojos al cielo y pronunció una bendición sobre los alimentos; entonces, dividiendo las provisiones, dio a los apóstoles individualmente, los cuales, a su vez, repartieron a la multitud. La substancia de los peces y del pan aumentó al tocarlos el Maestro; y allí en el desierto la multitud comió hasta que todos se saciaron. Entonces Jesús dijo a los discípulos: “Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. Recogieron, pues, y se llenaron doce cestas de pedazos.”

En cuanto al propio milagro, el conocimiento humano carece de capacidad para explicarlo. Aunque efectuado en tan grande escala, no es ni más ni menos inexplicable que cualquiera de las otras obras milagrosas del Señor. Fue la manifestación de un poder creador mediante el cual se organizaron y multiplicaron los elementos materiales para satisfacer una necesidad actual y urgente. Los pedazos que sobraron excedieron el volumen y peso de la pequeña provisión original. El mandato de nuestro Señor, de recoger los pedazos, fue una impresionante lección objetiva sobre el pecado de desperdiciar; y tal vez El dispuso ese sobrante para poder presentar la lección. La comida fue sencilla, pero a la vez nutritiva, sana y saciable. El pan de cebada y el pescado constituían el alimento acostumbrado de las clases más pobres de la región. La conversión del agua en vino en Caná fue una transmutación cualitativa; la alimentación de la multitud representó un aumento cuantitativo. ¿Quién puede decir que éste o aquel milagro de provisión fue el más admirable?

“Yo soy; no temáis”v

La multitud, habiéndose alimentado y saciado, ahora consideró el milagro. En Jesús, por medio de quien se había efectuado tan grande obra, reconocieron a Uno que poseía facultades sobrehumanas. “Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo”—comentaron, refiriéndose al Profeta cuya venida Moisés había predicho, diciendo que sería semejante a él. Así como Israel fue alimentado milagrosamente en los días de Moisés, en igual manera este nuevo Profeta había proveído pan en el desierto. En su entusiasmo, el pueblo se propuso proclamarlo rey y obligarlo por la fuerza a ser su director. Tal era el concepto equívoco que se habían formado de aquella supremacía mesiánica. Jesús instruyó a sus discípulos que partieran en la barca mientras El permanecía para despedir a la multitud que comenzaba a agitarse. Los discípulos no querían dejar atrás a su Maestro, pero El los constriñó, y lo obedicieron. Su insistencia en que los Doce se apartaran de El y de la multitud puede haber nacido de su deseo de proteger a los discípulos escogidos de la posibilidad de contagiarse con el designio materialista e injusto de la multitud que intentaba hacerlo rey. Valiéndose de medios que no se detallan, logró que la gente se dispersara; y al caer la noche encontró la soledad y el reposo que había ido a buscar. Ascendió al monte, buscó un lugar aislado y allí permaneció orando la mayor parte de la noche.

El viaje de regreso en la barca resultó un acontecimiento inolvidable para los discípulos. Se desató un fuerte viento contrario que, desde luego, imposibilitó el uso de las velas; y aunque trabajaron empeñosamente con los remos, virtualmente perdieron todo el dominio de la nave y se vieron inmovilizados en medio del mar.x Aunque habían trabajado toda la noche, sólo habían avanzado unos seis kilómetros; si se volvían y navegaban con el viento resultaría un naufragio desastroso, así que su única esperanza consistía en sostener la nave contra el viento a la viva fuerza. Desde su retiro solitario Jesús se había enterado de su difícil situación, y a la cuarta vigilia de la noche,y es decir entre las tres y las seis de la mañana, fue a ayudarles, andando sobre las aguas encrespadas por la tormenta como si estuviera pisando tierra firme. Cuando los viajeros lo distinguieron, al acercarse a la barca en la tenue luz de la madrugada, fueron vencidos por temores supersticiosos y dieron voces de terror, creyendo que estaban viendo un fantasma. “Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!”

Reanimado por estas palabras consoladoras, Pedro, impetuoso e impulsivo como de costumbre, exclamó: “Señor, siz eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.” Habiéndoselo concedido Jesús, Pedro descendió de la barca y se dirigió hacia su Maestro; pero al sentir la fuerza del viento y las olas agitadas que lo rodeaban, flaqueó su confianza y comenzó a hundirse. A pesar de ser un buen nadador,a lo venció el temor, y clamó: “¡Señor, sálvame!” Jesús lo trabó de la mano, diciendo: “¡Hombre de poca fe! ¿por qué dudaste?”

De la notable aventura de Pedro nos enteramos de que el poder por medio del cual Cristo pudo andar sobre las olas podía operar en otros, con la condición de que su fe fuera constante. Fue debido a la propia solicitud de Pedro que se le permitió intentar aquel acto. Si Jesús se lo hubiese prohibido, la fe del hombre podría haberse desanimado; sus esfuerzos, aunque fracasaron en parte, fueron una manifestación de la eficacia de la fe en el Señor, lección que ninguna enseñanza verbal podría haberle inculcado. Jesús y Pedro entraron en la barca e inmediatamente cesó el viento, y la nave en breve llegó a la playa. El asombro de los apóstoles ante esta nueva manifestación del dominio del Señor sobre las fuerzas de la naturaleza se habría expresado más bien por medio de la veneración que por el temor, si hubieran recordado los milagros anteriores que habían presenciado; pero se habían olvidado aun del milagro de los panes, y se endurecieron sus corazones.b Maravillados del poder de Aquel para quien el mar encrespado era como un piso firme, los apóstoles se inclinaron delante del Señor en actitud de adoración reverente, confesando: “Verdaderamente eres Hijo de Dios.”c

Aparte de la maravillosa circunstancia de su ocurrencia literal, el milagro abunda en simbolismo y significado. El hombre no puede declarar por medio de qué ley o principio se suspendió el efecto de la gravedad, a tal grado que un cuerpo humano pudo sostenerse sobre la superficie líquida. El fenómeno es una demostración concreta de la gran verdad de que la fe es un principio de poder mediante el cual se pueden modificar y gobernar las fuerzas naturales.d Cada vida humana adulta pasa por trances parecidos a la lucha contra los vientos contrarios y mares amenazantes que sostuvieron los viajeros azotados por la tempestad; a menudo la noche de angustias y peligros está sumamente avanzada para cuando llega el socorro; y además, con demasiada frecuencia se confunde la ayuda salvadora con un terror más grande. Pero tal como fue con Pedro y sus compañeros atemorizados en medio de las aguas agitadas, así también, a todos los que se esfuerzan con fe, llega la voz del Salvador, diciendo: “Yo soy, no temáis.”

En la tierra de Genesaret

El viaje nocturno, en el curso del cual Jesús anduvo hasta la barca y sus ocupantes espantados mientras éstos se hallaban “en medio del mar”, llegó a su fin en un sitio dentro del distrito conocido como el país o la tierra de Genesaret, en la cual, como generalmente se creía, estaba comprendida la rica y fértil región contigua a Tiberias y Magdala. Mucho se ha escrito sobre las bellezas naturales que distinguen esta región.e Rápidamente se cundió la noticia de la presencia de nuestro Señor allí, y de “toda aquella tierra alrededor” vino a El la gente, llevándole sus afligidos y enfermos para que recibieran su bendición por medio de su palabra o contacto. En los pueblos por donde pasaba ponían a los enfermos en las calles a fin de que cayera sobre ellos la bendición de su paso; y muchos “le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos”f Magnánimamente comunicó su virtud sanadora a todos los que solicitaron con fe y confianza. De este modo, acompañado de los Doce, se dirigió hacia el norte, rumbo a Capernaum, iluminando el camino con la plenitud de sus misericordias.

En busca de panes y pecesg

Grande fue la sorpresa de la multitud—que el día anterior había comido de la abundancia del Señor en la orilla opuesta del lago, y luego se había dispersado durante la noche, después de malograrse su esfuerzo de obligarlo a aceptar la dignidad de un reino terrenal—cuando llegó la mañana y descubrieron que había partido. Habían visto a los discípulos hacerse a la mar en la única barca disponible, mientras Jesús había permanecido en la playa; y sabían que la tempestad nocturna había impedido que otras naves llegaran a la orilla. Sin embargo, su búsqueda esa mañana resultó inútil, y determinaron que debió haber rodeado el extremo del lago. Al avanzar el día llegaron unas barcas que se dirigían a la costa occidental, y habiéndolas llamado y logrado pasaje, se dirigieron hacia Capernaum.

Al llegar allí ninguna dificultad tuvieron para encontrar a Jesús, porque su presencia se había dado a conocer en todo el pueblo. Se acercaron a El, probablemente mientras se hallaba en la sinagoga, porque allí enseñó El ese día, y algunos de los más audaces del grupo le preguntaron abrupta y casi bruscamente: “Rabí, ¿cuándo llegaste acá?” Jesús no se dignó contestar aquella interrogación impertinente; el pueblo no había tomado parte en el milagro de la noche anterior, y no le fueron comunicados los hechos del Señor. Con solemne reproche Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.” Estaban interesados en los panes y los peces; y convenía no dejar ir a Uno que podía proveerles alimentos como El lo había hecho.

El Maestro agregó amonestaciones e instrucciones a su reprensión: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.” No pudieron menos que entender este contraste entre el alimento material y el espiritual, y algunos de ellos preguntaron qué debían hacer para servir a Dios como Jesús lo había indicado. La respuesta fue: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.” Nadie podía dudar que Jesús se estaba refiriendo a Sí mismo; inmediatamente exigieron evidencia adicional de su comisión divina; querían ver señales mayores. Ya había pasado casi un día desde el milagro de los panes y los peces, y su efecto, como evidencia de sus atributos mesiánicos, estaba desapareciendo. Moisés había alimentado a sus padres en el desierto con maná—le declararon—y desde luego consideraban un abastecimiento, diario y continuo, mayor que una sola comida de pan y peces, pese al agradecimiento que sentían por habérsela dado cuando tenían hambre. Por otra parte, el maná era alimento del cielo,h mientras que el pan que El había dado era de la tierra, y por cierto, pan común de cebada. Tendría que mostrarles señales mayores y alimentarlos espléndidamente, antes de poder aceptarlo como Aquel que al principio habían creído que era, y ahora se declaraba ser.

Cristo, el pan de vidai

“Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.” Se equivocaban en suponer que Moisés les había dado el maná; y al fin y al cabo, el maná había sido como cualquiera otra comida, porque los que lo comían volvían a tener hambre; pero ahora el Padre les ofrecía pan del cielo que les aseguraría la vida.

Igual que la mujer samaritana junto al pozo, al oír que el Señor hablaba de agua que la satisfaría para siempre, cuando solicitó impulsivamente, pensando sólo en la comodidad física: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla”,j en igual manera esta gente, deseosa de obtener esa comida tan satisfaciente de que Jesús hablaba, le imploraron: “Señor, danos siempre este pan.” Quizá la solicitud no fue enteramente inopinada; pues tal vez pudo haber en el corazón de algunos de ellos un deseo genuino, por lo menos, de ese alimento espiritual. Jesús contestó su pedido con una explicación: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” Les recordó que a pesar de haberlo visto a El, no creían sus palabras; y les aseguró que aquellos que realmente lo aceptaran, harían lo que el Padre había mandado. Entonces, sin metáforas o simbolismos, afirmó: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” Y la voluntad del Padre era que todo aquel que aceptara al Hijo tuviera vida eterna.

Se hallaban presentes en la sinagoga algunos de los oficiales—fariseos, escribas, rabinos—y éstos, a quienes las Escrituras llaman colectivamente los judíos, criticaron a Jesús y murmuraron de El porque había dicho: “Yo soy el pan que descendió del cielo.” Declararon que no podía hacer más que cualquier otro hombre; lo conocían únicamente como el hijo de José y, que supieran, había nacido de padres terrenales comunes; y sin embargo, tenía la osadía de declarar que había descendido del cielo.

Parece que Jesús dirigió el resto de su discurso principalmente a este grupo, más bien que a la confusa multitud que se había reunido en torno de El. Les aconsejó que dejaran de murmurar, pues era palpable que no podían comprender su significado y, consiguientemente, no creerían en El a menos que fuesen “enseñados por Dios”, como habían escrito los profetas.k Nadie podía ir a El, refiriéndose a la aceptación de su evangelio salvador, a menos que el Padre lo condujera al Hijo; y sólo aquellos que fueran dóciles, bien dispuestos y estuviesen preparados, podrían ser llevados a El.l Sin embargo, la creencia en el Hijo de Dios es una condición indispensable de la salvación, pues así lo indicó Jesús en su afirmación: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.”

Entonces, reanudando el simbolismo del pan, reiteró: “Yo soy el pan de vida.” Para mayor aclaración, les explicó que aun cuando sus padres verdaderamente habían comido maná en el desierto, sin embargo, habían muerto; mientras que el pan de vida de que El hablaba aseguraría la vida eterna a todos los que lo comieran. Ese pan, les afirmó, era su carne. Los judíos nuevamente protestaron esta solemne afirmación, contendiendo entre sí, y algunos preguntaron en tono burlón: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Recalcando la doctrina, Jesús continuó, diciendo: “De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.”

No había justificación para que los judíos fingieran entender que nuestro Señor se estaba refiriendo al hecho de efectivamente comer y beber su carne y sangre físicos. Ellos entendieron mucho más fácilmente estas declaraciones impugnadas, que nosotros al leerlas por la primera vez; porque la representación de la ley y de la verdad en general como pan, y su aceptación como el hecho de comer y beber, eran figuras de dicción que los rabinos de la época usaban diariamente.m

Su inhabilidad de comprender el simbolismo de la doctrina de Cristo fue un acto de voluntad, no la consecuencia natural de la ignorancia inocente. Comer la carne y beber la sangre de Cristo significó y significa creer en El y aceptarlo como el Hijo literal de Dios y Salvador del mundo, y obedecer sus mandamientos. Sólo por este medio el Espíritu de Dios puede llegar a ser parte integrante de la entidad individual del hombre, así como los tejidos de su cuerpo asimilan la substancia de los alimentos que come.

No es suficiente aceptar los preceptos de Cristo, como solemos adoptar las doctrinas de científicos, filósofos y sabios, pese a la grandeza de la prudencia de estos hombres distinguidos; porque tal aceptación se lleva a cabo mediante un asentimiento mental o ejercicio intencional de la voluntad, y sólo se relaciona con la doctrina independientemente del autor. Las enseñanzas de Jesús perduran por causa de su valor intrínseco; y muchos hombres respetan sus aforismos, proverbios, parábolas y sus profundamente filosóficos preceptos, pero lo rechazan como Hijo de Dios, el Unigénito en la carne, el Dios hecho Hombre, en quien se unieron los atributos de Dios y de la humanidad, el escogido y preordinado Redentor del género humano, por medio de quien solamente puede lograrse la salvación. Sin embargo, la figura que empleó Jesús—de comer su carne y beber su sangre para representar una aceptación sin reserva y absoluta de El como Salvador de los hombres—es de importancia superlativa; porque por ese medio se afirman la divinidad de su Persona y el hecho de su Divinidad preexistente y eterna. El sacramento de la cena del Señor, que el Salvador estableció la noche de su traición, perpetúa el simbolismo de comer su carne y beber su sangre, tomando el pan y el vino en memoria de El.n En la aceptación de Jesús como el Cristo está comprendida la obediencia a las leyes y ordenanzas de su evangelio; porque profesar a Uno y rechazar lo otro no es sino acusarnos a nosotros mismos de incongruencia, falta de sinceridad e hipocresía.

La prueba decisiva—muchos se apartano

La verdad respecto de sí mismo, declarada por el Señor en este discurso suyo, el último que pronunció en la sinagoga de Capernaum, resultó ser una prueba de fe, a raíz de la cual muchos se apartaron. No sólo se resintieron los judíos críticos de la jerarquía oficial, cuya hostilidad se manifestaba patentemente, sino también aquellos que habían profesado alguna creencia en El. Al oír estas cosas, “muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oir?” Enterado de su disconformidad, Jesús les preguntó: “¿Esto os ofende?” Y luego añadió: “¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” En estas palabras se indica definitivamente su ascención que habría de efectuarse después de su muerte y resurrección. El significado espiritual de sus enseñanzas quedó establecido inequívocamente con la explicación de que únicamente por medio del Espíritu podrían comprender. “Por eso os he dicho—concluyó—que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.”

Muchos lo abandonaron y desde ese día no anduvieron más en pos de El. Fue una ocasión crítica que surtió el efecto de una selección y separación. Se estaba cumpliendo el portentoso pronunciamiento del Bautista-profeta: “Viene uno más poderoso que yo … Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.”p Se estaba agitando el aventador y separando mucha de la paja.

Parece que ni aun los Doce pudieron comprender el significado más profundo de estas últimas enseñanzas; pero aunque confusos, ninguno desertó a su Maestro. Sin embargo, la agitación mental de algunos de ellos causó que Jesús les preguntara: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” Hablando por sí mismo y sus hermanos, Pedro contestó con sentimiento y convicción: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.q El espíritu del Santo Apostolado se manifestó en esta confesión. Aunque no podían entender por completo la doctrina, sabían que Jesús era el Cristo y le permanecieron fieles mientras otros se apartaron para internarse en las tenebrosas profundidades de la apostasía.

Aun cuando Pedro habló por el cuerpo apostólico como grupo, uno de ellos se rebeló en silencio. El traidor Iscariote, que se encontraba en peor situación que un apóstata declarado, se hallaba presente. El Señor conocía el corazón de este hombre, y dijo: “¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” A lo que el cronista agrega: “Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce.”

Notas al Capitulo 21

  1. Jesús en Nazaret.—En vista de que ninguno de los evangelios contiene dos narraciones del ministerio de nuestro Señor en Nazaret, y ya que los relatos separados que aparecen en los evangelios sinópticos son tan semejantes unos y otros en ciertos detalles, algunos comentaristas afirman que nuestro Señor predicó a los de su pueblo de Nazaret y fué rechazado por ellos sólo una vez. La narración de S. Lucas (4:14-30) se refiere a la ocasión inmediatamente después que Jesús volvió por primera vez a Galilea, tras su bautismo y tentaciones, y precisamente antes del llamado provisional de los pescadores-discípulos, que más tarde fueron contados entre los apóstoles. Mateo (13: 53-58) y Marcos (6:1-6) fijan la visita de Jesús a Nazaret en una fecha posterior a la ocasión en que enseñó por parábolas la primera vez, y los acontecimientos que inmediatamente siguieron. Tenemos buena razón para aceptar la crónica de S. Lucas como la relación de una visita previa, y las de Mateo y Marcos como la de un acontecimiento posterior.

  2. Los gentiles.—Por regla general los judíos solían llamar gentiles a todos los demás pueblos, y aunque la misma palabra hebrea se ha traducido en el Antiguo Testamento algunas veces como “gentes” (Salmo 2:1; Isa. 11:10; etc.), en otras como “naciones” (Gén 10:5, 20, 31, 32; Neh. 5:8; etc), el elemento esencial de esta designación viene a ser el de extranjeros. En Dictionary of the Bible de Smith, leemos: “Llegó a adquirir [el nombre de gentiles] un significado etnográfico y desagradable a la vez, en vista de que otras naciones eran idólatras, incultas, hostiles, etc.; y sin embargo, los judíos podían usarlo en un sentido puramente técnico y geográfico, acepción que entonces usalmente se traducía por ‘naciones.’ “ El doctor Edward E. Nourse, en un artículo publicado en the Standard Bible Dictionary, dice: “En la época del Nuevo Testamento, los judíos dividían al género humano en tres categorías: (1) Judíos; (2) griegos (helenos, entre los cuales estaban comprendidos los romanos, de modo que se refería a los pueblos civilizados del Imperio Romano, con frecuencia llamados “gentiles” en la versión bíblica); (3) bárbaros (gente sin ninguna cultura, Hech. 28:4; Rom. 1:14; 1 Cor. 14:11). Las instrucciones que Jesús dio a los Doce: “Por camino de gentiles no vayáis”, tuvo por objeto restringirlos para que en esa época no procurasen conversos entre los romanos y griegos, sino que limitaran su ministerio al pueblo de Israel.

  3. Sacudir el polvo de los pies.—La ceremonia de sacudir el polvo de los pies como testimonio contra otro, representaba para los judíos el cese de la confraternidad y una renunciación a toda responsabilidad por las consecuencias que pudieran sobrevenir. Como se cita en el texto, llegó a ser, por instrucciones del Señor a sus apóstoles, una ordenanza de acusación y testimonio. En la dispensación actual, el Señor igualmente ha instruído a sus siervos autorizados a que testifiquen de esta manera contra aquellos que intencional y maliciosamente se opongan a la verdad cuando se les presente autorizadamente. (Véase Doc. y Con. 24:15; 60:15; 75:20; 84:92; 99:4. Es tan grave y seria la responsabilidad de testificar ante el Señor mediante este símbolo acusador, que se debe emplear únicamente en condiciones extraordinarias y extremadas, de acuerdo con lo que dicte el Espíritu del Señor.

  4. Las dos Betsaidas.—Muchos eruditos bíblicos sostienen que la Betsaida en la región desierta, cerca de la cual Jesús y los Doce buscaron reposo y aislamiento, era un pueblo de tal nombre situado en Perea, del lado oriental del Jordán, y conocido más particularmente como Betsaida Julia, para distinguirla de la otra Betsaida en Galilea, que se hallaba cerca de Capernaum. Felipe el Tetrarca había ampliado y elevado a la categoría de ciudad la aldea perea de Betsaida, dándole el nombre de Julia, en honor de la hija del emperador regente que así se llamaba. Las narraciones evangélicas de la jornada que llevó a Jesús y sus compañeros hasta este sitio, así como el viaje de regreso, concuerdan con la suposición de que el pueblo contiguo al “lugar desierto” a que se hace referencia era Betsaida Julia en Perea, más bien que Betsaida de Galilea.

  5. La primera y segunda noches.—S. Mateo se refiere dos veces a la noche del día en que fueron alimentados los cinco mil. La primera fue: “Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos”, para pedirle que despidiera a la multitud; y más tarde, tras la comida milagrosa, habiéndose ido sus discípulos en la barca y la multitud a su casa, Jesús “subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo”. (Mateo 14:15, 23; compárese con Marc. 6: 35, 47) Trench nos dice en su Notes on the Miracles (Página 217): “S. Mateo, y con él S. Marcos, le dan dos noches a este día: Una que había comenzado antes de hacer los preparativos para dar de comer a la multitud (versículo 15), y la otra después que los discípulos hubieron entrado en la barca y emprendido el viaje (versículo 23). Este modo de hablar era muy común entre los judíos, pues su primer noche correspondería a nuestra tarde … la segunda vendría a ser el crepúsculo, aproximadamente desde las seis de la tarde hasta el crepúsculo, del cual sigue la obscuridad completa.” Lo siguiente aparece en el artículo “Cronología” tomado del Dictionary of the Bible, de Smith: “Entre las dos noches (llamadas las dos tardes en Exodo 12:6 y Núm. 9:3) existe una división natural entre el atardecer, cuando el sol se acerca al horizonte, y el anochecer, cuando la luz ha desaparecido totalmente; y de ello resultarían las dos noches o tardes, si el día civil comenzara al ponerse el sol.”

  6. Las vigilias de la noche.—Durante la mayor parte de la época del Antiguo Testamento, el pueblo de Israel dividía la noche en tres vigilias de cuatro horas cada una, períodos que correspondían al turno individual de un centinela. Sin embargo, antes de comenzar la era cristiana, los judíos habían adoptado el sistema romano de cuatro vigilias nocturnas de tres horas cada una. Estaban designadas por orden numérico, por ejemplo, la cuarta vigilia mencionada en el texto (Véase Mateo 14:25), aunque también las llamaban noche, medianoche, el canto del gallo y la mañana. (Véase Marc. 13:35). La cuarta vigilia comprendía el último de los períodos de tres horas entre la puesta y la salida del sol—o sea entre las seis de la tarde y las seis de la mañana—y consiguientemente, duraba desde las tres hasta las seis de la mañana.

  7. La orilla del vestido.—La fe de aquellos que creían que podían ser sanados si tan sólo tocaban la orilla de la ropa del Señor fue semejante a la de la mujer que sanó de su larga aflicción cuando tocó sus vestidos. (Véase Mateo 9:21; Marc. 5:27, 28; Lucas 8:44) Los judíos atribuían importancia particular a la orilla o franja de sus prendas exteriores por motivo del mandamiento dado a Israel en días antiguos (Núm. 15: 38, 39), de poner un cordón azul sobre las franjas de los bordes de sus vestidos para recordarles sus obligaciones como el pueblo del convenio. El deseo de tocar la orilla del manto de Cristo pudo haberse relacionado con este concepto de santidad atribuído a la franja o borde.

  8. Tradiciones sobre el maná.—Justificadamente se consideraba la suministración del maná, consiguiente al éxodo y al largo viaje del desierto, como un suceso de maravilla trascendental. (Exodo 16:14-36; Núm. 11: 7-9; Deut. 8: 3, 16; Jos. 5:12; Sal. 78: 24, 25) Sin embargo, muchas tradiciones, algunas de ellas perniciosamente erróneas, surgieron en torno al acontecimiento y se transmitieron de generación en generación con aditamentos inventados. En la época de Cristo los rabinos enseñaban que el maná, del cual habían comido sus padres, fue literalmente el manjar de los ángeles enviado del cielo; y que tenía diversos gustos y sabores para satisfacer todas las edades, condiciones o deseos: para una persona tenía el gusto de miel; para otra, el de pan, etc.; mas para los gentiles, tenía un sabor amargo. Además, se decía que cuando el Mesías viniera a Israel, le proporcionaría un abastecimiento constante de maná. Estos conceptos errados explican en parte por qué aquellos que habían comido el pan de cebada y los peces, exigían una señal que sobrepujara la provisión de maná de los días antiguos, como evidencia de que Jesús era el Mesías.

  9. La fe es un don de Dios.—“A pesar de estar al alcance de todos los que diligentemente se esfuerzan para obtenerla, la fe, no obstante, es un don divino, y únicamente de Dios se puede obtener. (Mateo 16:17; Juan 6: 44, 65; Efe. 2: 8; 1 Cor. 12:9; Rom. 12: 3; Moroni 10:11) Como corresponde a tan preciosa perla, solamente se da a aquellos que por su sinceridad, demuestran que la merecen, y en quienes hay indicaciones de que se someterán a sus dictados. Aunque la fe es conocida como el primer principio del evangelio de Cristo, aunque de hecho es el fundamento de la vida religiosa, sin embargo, la fe misma es precedida de una sinceridad de disposición y humildad del alma, por medio de las cuales la palabra de Dios puede efectuar una impresión en el corazón. (Rom. 10:17) Ninguna compulsión se emplea para llevar a los hombres al conocimiento de Dios; sin embargo, en cuanto abrimos nuestros corazones a las influencias de la justicia, nos será dado del Padre la fe que conduce a la vida eterna.”—Artículos de Fe, por el autor, páginas 117, 118.

  10. El simbolismo espiritual del acto de comer.—“Los oyentes de Cristo estaban familiarizados con el concepto de comer, empleado como metáfora de la recepción de un beneficio espiritual, y lo entendían tan fácilmente como nosotros las expresiones ‘devorar un libro’ o ‘empaparse en cierta materia’. Los rabinos explicaban las palabras de Isaías 3:1, ‘todo sustento de pan’, en el sentido de que se refería a sus propias enseñanzas, y dispusieron por regla que, cada vez que en el Eclesiastés se aludiera a la comida o la bebida, debía entenderse que se estaba refiriendo al estudio de la ley y la práctica de las buenas obras. Tenían entre ellos la expresión: ‘En la época del Mesías, El dará de comer a los israelitas.’ No había cosa más común en las escuelas y sinagogas que el uso metafórico de comer y beber. Hillel decía: ‘No es muy probable que el Mesías venga a Israel, porque ya lo han comido—es decir, afanosamente recibieron sus palabras—en los días de Ezequías,’ En las sinagogas era corriente el convencionalismo de que los justos ‘comerían el Shekinah’. Era particularidad de los judíos recibir sus instrucciones en este lenguaje metafórico. Sus rabinos nunca les hablaban con palabras claras, y expresamente nos es dicho que Jesús contemporizó con el uso popular, porque “sin parábolas no les hablaba” (Marcos 4:34).—Life and Words of Christ, por Geikie, tomo 1, página 184.

  11. La naturaleza decisiva del discurso.—Comentando el efecto del discurso de nuestro Señor (Juan 6:26-71), Edersheim (tomo 2, página 36) dice: “De modo que aquí llegamos a la separación de los dos caminos; y precisamente porque era el momento decisivo, fue por lo que Cristo con tanta lucidez declaró las verdades más importantes respecto de sí mismo, contraponiéndolas a los conceptos que la multitud tenía acerca del Mesías. El resultado fue una segunda y más grave defección. Al oír esto muchos de sus discípulos se apartaron y no anduvieron más con El. Más aún, la prueba inquisidora llegó hasta el corazón de los Doce. ¿También ellos se apartarían? Sin embargo, hubo algo que los mantuvo firmes: la experiencia de lo pasado. Esta era la base de su presente fe y homenaje. No podían volver a su pasado anterior; tendrían que permanecer con El. De modo que Pedro lo dijo en nombre de todos: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.’ Sí, y como resultado de lo que habían aprendido, añadió: ‘Nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente.’ Así también sucede con muchos de nosotros, cuando nuestros pensamientos han soportado duras pruebas, y cuando nuestro fundamento, gravemente impugnado, quizá haya encontrado su primer reposo en la segura e inexpugnable experiencia espiritual de lo pasado. ¿Adónde podemos ir para obtener las palabras de vida eterna, sino a Cristo? Si El nos desampara, desaparece toda esperanza de lo eterno. Sin embargo, El tiene las palabras de vida eterna, y las creímos al oírlas por primera vez; más aún, sabemos que El es el Santo de Dios. Y esto comunica todo lo que la fe necesita para seguir aprendiendo. El manifestará lo demás cuando sea transfigurado ante nuestros ojos. Pero Cristo sabía que uno de estos Doce era un diablo, semejante al ángel que había caído de las alturas más excelsas hasta el abismo más profundo. La apostasía de Judas ya había comenzado en su corazón, y cuanto mayor había sido su expectación y desilusión populares, tanto mayor su reacción y enemistad consiguientes. El momento decisivo había pasado, y la manecilla del indicador señalaba hacia la hora de la muerte del Señor.”