Jesucristo
Capitulo 15: El Señor del Sabado

Capitulo 15

El Señor del Sabado

El día de reposo fue particularmente sagrado a Israel

DESDE una época muy temprana de la historia de Israel como nación, figuró prominentemente la observancia del día de reposoa con carácter de día santo, entre las cosas que el Señor requirió a su pueblo. Por cierto, el cumplimiento de este día, en el curso del cual suspendían todos sus trabajos ordinarios, era una característica nacional por medio de la que los israelitas se distinguían de los pueblos paganos; y justificadamente, porque la santidad del día de reposo quedó convertida en señal del convenio entre el pueblo escogido y su Dios. La santidad del día de reposo quedó prefigurada en la historia de la creación, y antecedió la colocación del hombre sobre la tierra, como lo hace constar el hecho de que Dios reposó después de los seis períodos o días de la obra creadora, y bendijo el día séptimo y lo santificó.b Durante el éxodo de Israel, se apartó el séptimo día para descansar, y en él no era permitido asar, hervir ni preparar alimentos en ninguna otra forma. Era necesario recoger doble porción de maná el día sexto, mientras que en los otros días les era expresamente prohibido guardar un excedente de este pan cotidiano enviado del cielo. El Señor observaba el carácter sagrado del día santo reteniendo el maná en esa ocasión.c

El mandamiento de celebrar rigurosamente el día de reposo quedó definitiva y explícitamente expresado en el decálogo, escrito por la mano de Dios en medio de la imponente gloria del Sinaí; y por medio de frecuentes proclamaciones se le recordaba este mandato al pueblo.d Era ilícito encender fuego ese día; y leemos acerca de un hombre que fue ejecutado porque salió a recoger leña el día séptimo.e Bajo la administración de los profetas posteriores se reiteraron, con palabras de vigor inspirado, la santidad del día de reposo, las bendiciones prometidas a aquellos que santificaran el día para sí mismos y el pecado de violarlo.f Nehemías tuvo que amonestar y reprender sobre el asunto, y atribuyó la aflicción del pueblo a la pérdida de la gracia de Jehová por haber profanado el día de reposo.g Por boca de Ezequiel el Señor afirmó que la institución del día de reposo era señal del convenio entre El y el pueblo de Israel; y con fuerte severidad reprochó a los que no observaban el día.h Para la rama desgajada de la nación israelita que había colonizado el hemisferio occidental, el respeto a la santidad del día de reposo fue una exigencia no menos imperiosa.i

Sin embargo, la observancia que se exigía era todo lo contrario de la aflicción y las cargas; el día de reposo estaba consagrado al descanso y al gozo justo, y habría de ser un día de fiesta espiritual delante del Señor. No se había establecido para que fuese un día de abstinencia; todos podían comer, pero así la ama como la criada habrían de quedar libres del trabajo de preparar los alimentos; ni el amo ni hombre alguno debía arar, cavar o hacer cualquier otro trabajo; y el día de reposo semanal beneficiaba tanto al ganado como a sus dueños.

Además del día de reposo de cada semana, el Señor en su misericordia también prescribió un año sabático; cada séptimo año la tierra debía descansar, para que de esta manera aumentara su fertilidad.j Después de un transcurso de siete veces siete años, el quincuagésimo debía celebrarse como año de jubileo, durante el cual el pueblo habría de vivir del aumento acumulado en los años anteriores de abundancia, y recogijarse con liberalidad, otorgándose unos a otros la redención de las hipotecas y la servidumbre, el perdón de las deudas y el alivio en general de las cargas, todo lo cual habría de hacerse con misericordia y justicia.k Los sábados establecidos por el Señor, bien fueran días, semanas o años, habrían de ser tiempos de refrigerio, alivio, bendición, abundancia y adoración.

Los muchos que interpretan la necesidad de trabajar como parte de la maldición provocada por la caída de Adán, debían ver en el día de reposo semanal un tiempo de alivio provisional, una época en que se ven libres del trabajo, en que se les concede la bendita oportunidad de acercarse un poco más a la presencia de Aquel de quien el género humano ha quedado separado por causa del pecado; mientras que para aquellos que tienen un concepto más noble de la vida y hallan en el trabajo la felicidad así como una bendición material, este descanso periódico les trae refrigerio y produce vigor renovado para los días que siguen.

Sin embargo, desde mucho antes del advenimiento de Cristo se había menospreciado en forma muy extensa el propósito original del día de reposo, y el peso de los reglamentos rabínicos y el formalismo de las prohibiciones habían sofocado el espíritu de su observancia. En la época del ministerio del Señor eran innumerables las interpretaciones técnicas prescritas como reglas y añadidas a la ley; y la carga que en esta forma se había impuesto sobre el pueblo había llegado a ser casi insoportable. De los muchos requerimientos sanos de la ley de Moisés—que en la forma ya descrita los maestros y guías espirituales de los judíos habían convertido en gravosa carga—se destacaba en forma especial el de la observancia del día de reposo. El “seto” con el que injustificadamente pretendían amparar la ley,l estaba particularmente cubierto de púas en las secciones referentes al día de reposo judío. Aun las infracciones menudas de las reglas tradicionales se castigaban severamente, y se conservaba delante de los ojos del pueblo la amenaza suprema de la pena capital, en caso de una profanación extremada.m

Es sanado un paralítico en el día de reposo

En vista de esta situación, no es causa de sorpresa hallar que casi desde el principio de su obra pública nuestro Señor fue acusado de profanar el día de reposo. El evangelio de Juann narra uno de estos casos, junto con muchos importantes incidentes, e incluye en su relato la efectuación de un milagro impresionante en extremo. Jesús se hallaba de nuevo en Jerusalén, en la época de una de las fiestas judías.o Dentro de la ciudad, cerca del mercado de las ovejas, se hallaba un estanque de agua. Según la descripción que se ha escrito, nos es dado a entender que se trataba de un manantial natural, en cuyas aguas posiblemente abundaban sólidos o gases disueltos, tal vez ambas cosas, de modo que formaban lo que hoy llamaríamos aguas termales o minerales, pues hallamos que se atribuían a las aguas virtudes curativas, y muchos que padecían aflicciones iban allí para bañarse. El manantial era intermitente; en determinados intervalos las aguas subían con un movimiento burbujante y entonces volvían a su nivel normal. En muchas partes del mundo se conocen en la actualidad varios manantiales de esta naturaleza. Algunas personas creían que la agitación periódica de las aguas de Betesda era el resultado de una intervención sobrenatural; y se decía que “el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese”. El estanque de referencia se hallaba total o parcialmente encerrado, y se habían edificado cinco pórticos para abrigar a los que esperaban junto al manantial el movimiento intermitente de las aguas.

Un día de reposo, Jesús visitó el estanque y vio una multitud de enfermos esperando en la forma ya referida. Entre ellos estaba un hombre que por treinta y ocho años se había visto gravemente afligido. Por sus palabras sobre su condición impotente podemos juzgar que padecía de parálisis o posiblemente una forma muy desarrollada de reumatismo. Cualquiera que haya sido su aflicción, lo incapacitaba al grado de privarlo de casi toda oportunidad de entrar en el estanque en el momento preciso, porque otros menos lisiados se le adelantaban; y según las leyendas concernientes a las propiedades curativas del manantial, solamente el primero que entraba en el estanque después de la agitación de las aguas, tenía esperanzas de ser aliviado.

Jesús vio en el hombre a una persona digna de ser bendecida, y le dijo: “¿Quieres ser sano?” Fue tan sencilla la pregunta que casi parece redundante. Por supuesto el hombre deseaba ser sanado, y esperaba paciente y ansiosamente lograr la pequeña oportunidad que tenía de llegar al agua en el momento oportuno. Sin embargo, como en todas las palabras del Maestro, hubo razón para la pregunta. Se atrajo la atención del hombre y quedó fija en El; la pregunta despertó en el corazón del afligido un nuevo anhelo de la salud y fuerza de que había sido despojado desde los días de su juventud. Su respuesta lastimosa reveló sus pensamientos casi desahuciados; únicamente pensaba en las virtudes supuestas del estanque de Betesda cuando dijo: “Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.” Entonces Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda.” Inmediatamente resurgió la fuerza en aquel hombre que había sido un inválido impotente casi cuatro décadas: obedeció al Maestro y, recogiendo su pequeño colchón o estera en que había estado acostado, se fue andando.

No había caminado mucho cuando los judíos, es decir, algunos de los príncipes o gobernantes, que así los llama el evangelista Juan, lo vieron cargando su lecho; y era el día de reposo. Con el agradecimiento y sencillez honrada de su corazón contestó la apremiante reprensión de ellos, diciendo que el que lo había sanado fue quien le dijo que tomara su lecho y anduviera. El interés de los inquiridores inmediatamente pasó del hombre a Aquel que había efectuado el milagro; pero el que había sido paralítico no pudo nombrar a su Benefactor, ya que había perdido a Jesús entre la multitud antes que tuviera oportunidad de preguntarle o darle las gracias. Posiblemente impulsado por un deseo de expresar su gratitud y gozo en oración, el hombre que había sido sanado fue al templo. Allí lo encontró Jesús, y le dijo: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.”p Probablemente él mismo había traído sobre sí esa aflicción por motivo de sus propios hábitos pecaminosos. El Señor decidió que había sufrido lo suficiente en el cuerpo y puso fin a sus padecimientos físicos con la amonestación subsiguiente de no pecar más.

El hombre fue y declaró a los oficiales quién lo había sanado. Tal vez lo hizo por el deseo de honrar y glorificar al Otorgante de su beneficio; no hay justificación para atribuirle ningún fin o propósito indigno, aunque el hecho dio causa para que aumentara la persecución de su Señor. Tan intenso era el odio de la facción sacerdotal, que estos gobernantes buscaron la manera de matar a Jesús con el pretexto aparente de que había profanado el día de reposo. Bien podemos preguntarnos de qué acto podían esperar condenarlo, aun de acuerdo con la más estricta aplicación de sus reglas. No estaba proscrito el hablar en el día de reposo, y Jesús no había sino hablado para sanar. No había cargado el lecho del hombre, ni intentado efectuar la más pequeña obra física. De acuerdo con su propia interpretación de la ley, no tenían por qué impugnarlo.

La respuesta de nuestro Señor a los judíos acusadores

No obstante, los funcionarios judíos se enfrentaron a Jesús con sus acusaciones. Poco importa que la entrevista se haya efectuado dentro de los muros del templo, en la calle, en el mercado o en el tribunal. La respuesta que El dio a los cargos que se le hacían no se concretó al asunto de la observancia del día de reposo. Constituye el sermón más comprensivo de las Escrituras sobre el transcendental asunto de la relación que existe entre el Padre Eterno y su Hijo Jesucristo.

Sus primeras palabras aumentaron la ya intensa ira de los judíos. Refiriéndose a la obra que había hecho el día santo, dijo: “El Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo.” Esta afirmación ellos interpretaron como blasfemia.q “Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.” A su protesta, expresada o tácita, Jesús respondió que El, el Hijo, no obraba independientemente y, de hecho, no podía hacer cosa alguna que no concordara con la voluntad del Padre y con aquello que lo hubiera visto hacer; y que de tal modo se expresaba el amor del Padre por el Hijo, que le manifestaba sus obras.

Observemos que Jesús en ninguna manera procuró cambiar con sus explicaciones la manera en que ellos habían interpretado sus palabras; al contrario, confirmó el acierto de sus deducciones. Expresó una asociación con el Padre mediante una relación más íntima y exaltada de lo que habían conceptuado. La autoridad que le había sido dada del Padre no se limitaba a la curación de enfermedades corporales. El tenía el poder aun para dar vida a los muertos: “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.” Además, le había sido concedido el poder para juzgar a los hombres; y nadie podía honrar al Padre si no honraba al Hijo. Entonces hizo esta penetrante afirmación: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.”

El reino de Cristo no está limitado por el sepulcro; aun los muertos dependen enteramente de El para su salvación; y a los oídos espantados de sus azorados acusadores proclamó la solemne verdad de que aun entonces se hallaba cerca la hora en que los muertos habrían de oír la voz del Hijo de Dios. Reflexionemos su profunda aseveración: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” El furor asesino de los judíos se contuvo con la declaración de que no podían quitarle la vida a menos que El quisiera: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.” Sus siguientes palabras fueron igualmente portentosas: “Y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.” El, el Hijo del exaltado y glorificado Varón de Santidad, y en esa época El mismo un ser mortal,r iba a ser el juez de los hombres.

Con razón se maravillaron; jamás habían oído ni leído semejante doctrina; no procedía de los escribas o los rabinos, ni tampoco de las escuelas farisaicas o saduceas. Los reprendió por su asombro, diciendo: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.”s

Esta proclamación de la resurrección, expresada tan claramente que el más iletrado podía entender, debe haber ofendido a todo saduceo que se hallaba presente, porque éstos negaban enfáticamente la realidad de la resurrección. En las palabras anteriores se afirma indisputablemente la universalidad de una resurrección; no sólo saldrán los justos de sus tumbas con sus cuerpos de carne y huesos, sino aun aquellos que merezcan la condenación.t

Reiterando entonces su solemne aseveración sobre la unidad de la voluntad de su Padre y la suya, Cristo se refirió al asunto de los testigos de su obra. Admitió lo que era uno de los principios aceptados de la época, que no era suficiente el testimonio de un hombre sin corroboración; pero añadió: “Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero.” Les citó a Juan el Bautista y les recordó que habían enviado una delegación a él, y que Juan les había contestado dando testimonio del Mesías; y Juan había sido una luz refulgente y brillante, en cuyo ministerio iluminante muchos se habían regocijado temporalmente. Los judíos hostiles tuvieron que reconocer que de acuerdo con su interpretación más estricta de las reglas sobre la evidencia, el testimonio de Juan era válido. “Pero—continuó Jesús—yo no recibo testimonio de hombre alguno … yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí.”

Entonces con frases de condenación incondicional les dijo que no se encontraba en ellos la palabra del Padre porque se habían negado a aceptar a Aquel a quien el Padre había enviado. En forma directa y humilladora amonestó a aquellos hombres versados en la ley, esos intérpretes de los profetas, esos expositores profesionales de las Escrituras Sagradas, a que se dedicaran a leer y a estudiar. “Escudriñad las Escrituras—les dijo—porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” Continuó acusándolos de que ellos, que admitían y enseñaban que en las Escrituras se hallaba el camino de la vida eterna, se negaban a venir a El, de quien esas mismas Escrituras testificaban, aunque si venían a El podrían obtener la vida eterna. “Gloria de los hombres no recibo—añadió—mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros.” Ellos sabían que aspiraban a los honores de los hombres, que recibían honores el uno del otro, que eran nombrados rabinos y doctores de la ley, escribas y maestros, confiriéndose títulos y grados, todos de los hombres; y al mismo tiempo rechazaban a Aquel que venía en el nombre de Uno infinitamente mayor que todas sus escuelas o sociedades, pues El venía en el nombre supremo del Padre. Les fue indicada entonces la causa de su ignorancia espiritual: confiaban en los honores de los hombres y no buscaban el honor del servicio verdadero en la causa de Dios.

Se había estado refiriendo a la autoridad que le había sido otorgada para hacer juicio; ahora les explicó que no pensaran que El los iba a acusar delante del Padre; uno menor que El los acusaría, es decir, Moisés, otro de sus testigos en quien aparentaban tener tanta confianza, y al cual todos afirmaban creer. Y haciéndoles sentir el efecto completo de su vehemente impugnación, el Señor concluyó: “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?”

Tales fueron las instrucciones iluminantes, mezcladas con ferviente denunciación, que estos hombres suscitaron por medio de su fútil tentativa de declarar culpable a Jesús de profanar el día de reposo. No fue sino una de muchas maquinaciones impías con las cuales conspiraron resueltamente, intentando tildar con el estigma de profanador del día de reposo, e imponer el castigo correspondiente, a Aquel que había decretado el día de reposo, y que en verdad y efectivamente era su único Señor.

Se acusa a los discípulos de violar el día de reposo

Podemos considerar provechosamente, en relación con lo anterior, otros ejemplos de buenas obras que efectuó nuestro Señor en el día de reposo, y podemos hacerlo sin apartarnos indebidamente del orden cronólogico de los acontecimientos. Nuevamente hallamos a Jesús en Galilea, aunque si fue antes o después de su visita a Jerusalén al tiempo de la fiesta desconocida, cuando efectuó el milagro en el estanque de Betesda, poco importa. Cierto día de reposo pasaban El y sus discípulos por un sembrado,u y teniendo hambre, éstos empezaron a arrancar algunas de las espigas más maduras y, frotándolas para desgranarlas, empezaron a comer. El hecho estaba desprovisto de todo elemento de hurto, pues la ley mosaica disponía que al pasar por la viña o sembrado de otra persona, uno podía arrancar uvas o maíz para satisfacer el hambre; pero estaba prohibido usar la hoz en el campo o llevarse las uvas en un cesto.v El permiso disponía únicamente para el alivio de una necesidad momentánea.

Cuando los discípulos se valieron de este privilegio legítimo, los espiaron los fariseos, quienes inmediatamente fueron al Maestro y dijeron: “He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.” Los acusadores indudablemente estaban pensando en el decreto rabínico de que el frotar la espiga entre las manos era una forma de trillar, y soplar la paja constituía una forma de aventar; y no era lícito trillar o aventar el día de reposo. Por cierto, algunos ilustres rabinos sostenían que era pecado andar sobre el césped el día de reposo, en vista de que el césped podría estar dando semilla, y pisar las semillas sería igual que trillar el grano.

Jesús defendió a los discípulos citando un precedente de mucho mayor importancia, aplicable al caso. El ejemplo fué el de David, que con una compañía pequeña de hombres había pedido pan al sacerdote Ahimilec, porque tenían hambre e iban huyendo. El sacerdote no tenía sino el pan consagrado, los panes de la proposición que se colocaban en el santuario de cuando en cuando, y de los cuales nadie podía comer sino los sacerdotes. En vista de la situación de necesidad apremiante, el sacerdote había dado los panes de la proposición a estos hombres.x Jesús también hizo recordar a los fariseos críticos que los sacerdotes del templo solían trabajar mucho en el día de reposo degollando las víctimas para los sacrificios y atendiendo a los servicios generales del altar, y sin embargo, no eran culpados por motivo de los requerimientos más importantes de la adoración que exigían tales obras; y entonces añadió con énfasis solemne: “Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.” También citó la palabra de Dios hablada por Oseas: “Misericordia quiero, y no sacrificio”;y al mismo tiempo reprendió su ignorancia y su celo impío diciéndoles que si hubiesen entendido el significado de esa escritura, no habrían condenado a los que eran sin culpa. Era menester recordar que “el día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo”.z

A este reproche siguió la afirmación de su supremacía personal: “Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” ¿Qué otra cosa podemos colegir de está afirmación sino que El, Jesús, presente allí en la carne, era el Ser por conducto de quien se había prescrito el día de reposo, y que El había sido el que dio y escribió en piedra el decálogo, incluso el mandamiento: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” y: “El séptimo día es reposo para Jehová tu Dios”?

Un complot farisaico

En otro día de reposo, Jesús entró en una sinagoga y vio a un hombre cuya mano derecha estaba seca.a Había allí escribas y fariseos, “y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle”. Los fariseos preguntaron: “¿Es lícito sanar en el día de reposo?” Nuestro Señor impugnó su propósito malamente disfrazado con otra pregunta: “¿Es lícito en los días de reposo hacer bien?—y ampliando su interrogación—¿o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” Permanecieron callados porque la pregunta era de dos filos. Si contestaban afirmativamente, significaría justificar la curación; la respuesta negativa los habría puesto en ridículo. Propuso otra pregunta: “¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja?”

En vista de que los fariseos no pudieron o no quisieron contestar, Jesús resumió el asunto en estas palabras: “Por consiguiente, es lícito hacer bien en los días de reposo.” Mandó al hombre de la mano seca que se pusiera en pie delante de la congregación. En su mirada penetrante y comprensiva se confundían el pesar y el enojo, pero volviéndose lleno de compasión al afligido, le mandó que extendiera la mano. El hombre obedeció y he aquí, la mano “le fue restaurada sana como la otra”.

Los fariseos desconcertados se irritaron en extremo—“se llenaron de furor” dice el evangelista Lucas—y salieron de allí resueltos a conspirar nuevamente contra el Señor. Tan enconada fue su ira que se confabularon con los herodianos, partido político generalmente impopular entre los judíos.b Los gobernantes del pueblo estaban dispuestos a concertar cualquier intriga o alianza para realizar su propósito manifiesto de causar la muerte del Señor Jesús. Enterado de su impía determinación contra El, Jesús se apartó de allí. Más adelante se examinarán otras acusaciones de profanar el día de reposo presentadas por los casuistas judíos para condenar a Cristo.c

Notas al Capitulo 15

  1. Exigencias rabínicas concernientes a la observancia del día de reposo.—“Ningún aspecto del sistema judío se destacaba tanto como su extraordinaria rigidez en la observancia exterior del día de reposo como día de descanso completo. Los escribas habían formulado, basándose en el mandamiento de Moisés, una extensa lista de prohibiciones y órdenes que abarcaban toda la vida social, individual y pública, y las cuales imponían a tal extremo, que parecía una caricatura ridícula. Se prescribieron prolijos reglamentos sobre la clase de nudos que lícitamente podían atarse el día de reposo. Eran ilícitos los nudos de los arrieros de camellos y de los marineros, y era igualmente ilícito atarlos o desatarlos. El nudo que pudiera ser desatado con una mano podía soltarse. Se permitía atar un zapato o una sandalia, la taza o copa de una mujer, un odre para vino o aceite, o una olla. La jarra que se llevaba a la fuente podía atarse a la cinta del vestido, pero no con cordel. … Encender o apagar un fuego el día de reposo, constituía una grave profanación del día, y ni aun en caso de enfermedad se permitía violar las reglas rabínicas. Estaba prohibido administrar eméticos el día de reposo, reducir un hueso fracturado o volver a su lugar una dislocación, aunque algunos rabinos más liberales sostenían que todo aquello que ponía en peligro la vida invalidaba la ley del día de reposo, ‘porque los mandamientos sirvieron a Israel únicamente para que viviesen por ellos’. Si alguno quedaba sepultado bajo algún escombro el día de reposo, se podía cavar y extraerlo, si estaba vivo; pero si ya había muerto, permanecía donde estaba hasta que pasara el día de reposo.” (Life and Words of Christ, por Geike, capítulo 38)

  2. La fiesta desconocida.—No es poca la discusión que ha suscitado con respecto a la fiesta particular a que se hace referencia en Juan 5:1, al tiempo en que Jesús sanó al paralítico en el estanque de Betesda. Muchos escritores afirman que fue la Pascua, otros, que fue la fiesta de Purim o alguna otra celebración judía. La única apariencia de importancia relacionada con el asunto es la posibilidad de descubrir con ello, en caso de que pudiera comprobarse, algo acerca del orden cronológico de los hechos en este período de la vida de nuestro Señor. No se nos dice qué fiesta fue, ni tampoco el año o la época del año en que se llevó a cabo. El valor del milagro efectuado en esta ocasión, así como el discurso doctrinal que provocó, en ningún sentido dependen de la determinación de la fecha.

  3. Los panes de la proposición.—Este pan que se ponía delante de Jehová, y por tal motivo era santificado, se componía de doce piezas cocidas sin levadura. Se depositaba en el lugar santo en dos hileras de seis panes cada una. Zenós escribe en Standard Bible Dictionary: “Permanecían allí la semana entera, al fin de la cual los sacerdotes las quitaban y las comían en el lugar santo, es decir, dentro del recinto del santuario. Era considerado un sacrilegio que otras personas aparte de los sacerdotes comieran el pan de la proposición, que era santo.” Véase Exodo 25:30; Lev. 24:5-9; 1 Sam. 21:1-6.

  4. El día de reposo es por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.—Edersheim dice en Life and Times of Jesus the Messiah, tomo 1, páginas 57 y 58: “Cuando David, huyendo de delante de Saúl, ‘tuvo necesidad y sintió hambre’, y por esa razón comió el pan de la proposición y dio de él a los que lo acompañaban, aunque de acuerdo con la letra de la ley levítica únicamente los sacerdotes debían comerlo, la tradición judía justificó su conducta con arreglo a la base de que ‘el peligro que amenaza la vida reemplaza la ley del día de reposo’, y por ende, todas las leyes relacionadas con él … En verdad, la razón porque David quedó sin culpa cuando comió el pan de la proposición fue la misma que hacía lícito el trabajo de los sacerdotes el día de reposo. La ley del día de reposo no era meramente para descansar, sino descansar para adorar. El objeto que se proponía era servir al Señor. Los sacerdotes trabajaban el día de reposo porque el servicio que prestaban era el objeto del día; y a David le fue permitido comer el pan de la proposición, no [solamente] porque estaba en peligro su vida por causa del hambre, sino porque dijo que se hallaba en el servicio del Señor y necesitaba provisiones. En igual manera los discípulos que seguían al Señor estaban en su servicio; el servicio que le dedicaban a El era mayor que el del templo, porque El era mayor que el templo. Si los fariseos hubiesen creído esto, no habrían impugnado su conducta ni infringido ellos mismos, al acusarlo, la ley mayor que requería la misericordia y no el sacrificio.”