Jesucristo
Capitulo 14: Continua el Ministerio en Galilea

Capitulo 14

Continua el Ministerio en Galilea

Es sanado un leproso

AL día siguiente del memorable sábado que pasó en Capernaum, nuestro Señor se levantó “muy de mañana” y buscó un lugar fuera del pueblo donde pudiera estar a solas. En un lugar desierto se puso a orar, y con ello demostró que a pesar de ser el Mesías, estaba vivamente consciente de su subordinación al Padre, cuya obra El había venido a efectuar. Simón Pedro y los otros discípulos hallaron el sitio al cual se había retirado, y le informaron de las multitudes ansiosas que lo buscaban. No tardaron las gentes en rodearlo, instándole a que permaneciese con ellos. “Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado”.a A los discípulos dijo: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.”b Entonces partió, seguido de los pocos con quienes ya se había relacionado íntimamente, y ejerció su ministerio en muchos de los pueblos de Galilea, predicando en las sinagogas, sanando enfermos y echando fuera demonios.

Entre los afligidos, buscando la ayuda que sólo el Cristo podía dar, llegó un leprosoc que se arrodilló delante de El, o se postró sobre el rostro, y humildemente le profesó su fe, diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme.” La súplica subentendida en las palabras de aquel pobre hombre era patética; la confianza que expresaba, inspiradora. La duda que agitaba su mente no era “¿puede Jesús sanarme?”; sino “¿querrá sanarme?”. Con misericordia compasiva Jesús puso la mano sobre el doliente, aunque se hallaba impuro, ceremonial y físicamente, ya que la lepra es una aflicción muy repugnante; y sabemos que la enfermedad se había desarrollado extensamente en él, pues nos es dicho que estaba “lleno de lepra”. El Señor entonces dijo: “Quiero, sé limpio.” El leproso sanó en el acto. Jesús le encargó que se mostrara al sacerdote y ofreciera los presentes estipulados por la ley de Moisés para los casos como el suyo.d

Vemos por esta instrucción que Cristo no había venido para destruir la ley sino, como lo afirmó en otra ocasión, para cumplirla,e y en esa etapa de su obra aún estaba por consumarse el cumplimiento. Por otra parte, si hubiera prescindido de los requisitos legales en un asunto tan grave como el de restaurar a un leproso proscrito a la compañía de la comunidad de la cual se le había aislado, habría aumentado la oposición sacerdotal—que ya en esa época iba creciendo y amenazando a Jesús—y levantado con ello un estorbo adicional a la obra del Señor. Este hombre no habría de aplazar el cumplimiento de las instrucciones del Maestro: Jesús “le encargó rigurosamente y le despidió luego”. Además le recomendó en forma explícita que a nadie dijese la manera en que había sido sanado. Quizá hubo razones muy buenas para insistir en este silencio, además de la regla tan general de nuestro Señor, de no consentir una notoriedad inoportuna; porque si la noticia del milagro llegaba a los sacerdotes antes que se presentase el hombre, podría haber alguna objeción a aceptarlo como persona limpia mediante los ritos levíticos. Sin embargo, el hombre no pudo contener dentro de sí las buenas noticias, sino “ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes”.f

Es sanado y perdonado un paralítico

Debe tenerse presente que ninguno de los evangelistas intenta narrar una historia detallada de todos los hechos de Jesús, ni se acomodan todos al mismo orden cuando narran los acontecimientos con los cuales relacionan las grandes lecciones de las enseñanzas del Maestro. Existe mucha incertidumbre en lo que respecta al orden verdadero de lo sucedido.

“Después de algunos días” de haber sanado al leproso, Jesús volvió a Capernaum. No se especifican los detalles de lo que hizo en el intervalo, pero podemos estar seguros de que continuó su obra, pues su ocupación característica fue andar haciendo bienes.g

Era bien conocido el lugar donde moraba en Capernaum, y pronto se cundió la noticia de que se hallaba en casa.h Se reunió una multitud numerosa, a tal grado que no había lugar para dar cabida a todos; aun la entrada se llenó de gente y los que llegaron tarde no pudieron acercarse al Maestro A cuantos alcanzaban a oír su voz, Jesús predicó el evangelio. Un pequeño grupo de cuatro personas se acercó a la casa llevando una camilla o lecho, sobre el cual yacía un hombre que padecía de una especie de parálisis que privaba a la persona de su facultad de movimiento voluntario y usualmente de expresión; el hombre estaba impotente. Sus amigos, chasqueados al ver que no podían llegar a Jesús por causa de la multitud, recurrieron a un expediente singular que manifestó en forma inequívoca su fe en que el Señor podía reprender y contener las enfermedades, así como su determinación de solicitar de sus manos la bendición deseada.

De alguna manera llevaron al hombre enfermo al tejado, probablemente usando la escalinata por el exterior de la casa, o con la ayuda de una escalera, posiblemente entrando en una casa contigua, subiendo al tejado y pasando de allí al de la casa donde Jesús estaba enseñando. Quitaron parte de las tejas o ampliaron la trampa cerradiza que tenían las casas de aquella época, y con gran sorpresa de la multitud reunida, bajaron por el tejado el lecho sobre el cual se hallaba el paralítico. Jesús quedó profundamente impresionado por la fe y hechosi de aquellos que se habían afanado tanto para colocar al impotente paralítico delante de El. Indudablemente sabía de la fe implícita que moraba en el corazón del enfermo y, mirando lleno de compasión al hombre, declaró: “Hijo, tus pecados te son perdonados.”

Entre la multitud reunida había escribas, fariseos y doctores de la ley, no solamente representantes de la sinagoga local, sino algunos que habían venido de los pueblos lejanos de Galilea, y otros de Judea y aun desde Jesrusalén. La jerarquía oficial había impugnado a nuestro Señor y sus obras en ocasiones anteriores, y su presencia en aquella casa en esta oportunidad presagiaba más crítica hostil y posiblemente obstrucción. Al oír las palabras dirigidas al paralítico, se enojaron. Dentro de su corazón acusaron a Jesús de blasfemar, ofensa terrible que consiste principalmente en atribuir al poder humano o diabólico las prerrogativas de Dios, o deshonrar a Dios imputándole atributos que no alcanzan la perfección.j Estos eruditos incrédulos que incesantemente escribían y hablaban de la venida del Mesías, y sin embargo, lo rechazaron, estando allí presente, murmuraron en silencio, pensando dentro de sí: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” Entendiendo sus pensamientos secretos,k Jesús les dijo: “¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?” Entonces para recalcar y establecer en forma inexpugnable que poseía la autoridad divina, añadió: “Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” El hombre se levantó, completamente restablecido; y recogiendo el lecho sobre el cual había sido traído, salió de allí andando. El asombro de la gente se confundió con la reverencia, y muchos de ellos glorificaron a Dios, de cuyo poder habían sido testigos.

El acontecimiento anterior merece un estudio más amplio. De acuerdo con una de las narraciones, las primeras palabras del Señor al paralítico fueron: “Ten ánimo, hijo”; y a éstas añadió en seguida la afirmación de consuelo y autoridad: “Tus pecados te son perdonados.”l El hombre probablemente se hallaba dominado por el temor; tal vez sabía que su aflicción era el resultado de prácticas inicuas; y sin embargo, aun cuando quizá había pensado en la posibilidad de sólo recibir una reprensión por haber transgredido, tuvo la fe suficiente para hacerse llevar. En la situación de este hombre era palpable que existía una relación estrecha entre sus pecados anteriores y sus padecimientos presentes; y en este particular, su caso no fué el único, pues leemos que Cristo amonestó a otros que sanó, a no pecar más, no fuera que les sobreviniera alguna cosa peor.m No obstante, no hay justificación para suponer que todas las enfermedades corporales vienen como consecuencia del pecado; y contradicen tal concepto las instrucciones y reproche combinados del Señor, dirigidos a aquellos que, en el caso del que había nacido ciego, le preguntaron quién había pecado, si aquel hombre o sus padres, para que cayera sobre él tan grande aflicción; y a tal pregunta el Señor contestó que la ceguedad de aquel hombre no se debía ni a sus propios pecados ni a los de sus padres.n

En muchos casos, sin embargo, la enfermedad viene como resultado directo del pecado individual. Cualesquiera que hayan sido las ofensas pasadas cometidas por el paralítico, Cristo reconoció su arrepentimiento, así como la fe que lo acompañaba, y ejercitó su prerrogativa legítima de determinar si el hombre era digno de recibir la remisión de sus pecados y el alivio de su aflicción corporal. La respuesta interrogativa de Jesús a la crítica tácita de los escribas, fariseos y doctores de la ley, se ha interpretado de varias maneras. Les preguntó si era más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”; o: “Levántate, toma tu lecho, y anda.” ¿No es razonable la explicación de que, pronunciadas autorizadamente por El, las dos expresiones tienen un significado análogo? La circunstancia debería de haber sido demostración suficiente a cuantos oyeron, que El, el Hijo del Hombre, afirmaba poseer y efectivamente poseía el derecho y la facultad para remitir los castigos físicos y espirituales, para sanar el cuerpo de enfermedades visibles y expurgar del espíritu el no menos real malestar del pecado. Así fue como en presencia de personas de distintas clases, Jesús expresamente aseveró su divinidad, y la afirmó con una manifestación milagrosa de poder.

La acusación de blasfemia que los críticos rabínicos formularon en sus pensamientos contra el Cristo no fue para ellos meramente un concepto mental, ni quedó abrogada con las palabras posteriores del Señor. Fue por medio de testimonios sobornados que finalmente se le condenó injustamente y lo sentenciaron a muerte.o Ya en aquella casa de Capernaum la cruz arrojaba su sombra sobre el camino de su vida.

Publicanos y pecadores

De la casa, Jesús se apartó a las playas del mar, adonde lo siguieron las multitudes, y allí volvió a instruirlas. Con cluído su discurso, siguió adelante y vio a un hombre llamado Leví, uno de los publicanosp o recaudadores oficiales de impuestos, sentado en el banco de los tributos, donde se pagaban las contribuciones exigidas por la ley romana. Este hombre era conocido también como Mateo, nombre menos distintivamente judío que Leví.q Más tarde fue uno de los Doce y autor del primero de los Evangelios. A éste Jesús dijo: “Sígueme.” Mateo se levantó de su lugar y siguió al Señor. Algún tiempo después el nuevo discípulo ofreció una suntuosa fiesta en su casa en honor del Maestro, a la cual asistieron otros discípulos. A tal grado repugnaba a los judíos el poder de Roma, al cual estaban sujetos, que sentían aversión hacia todos los oficiales empleados por los romanos. Con particularidad los humillaba el sistema de tributos compulsivos, reglamento que los obligaba a ellos, el pueblo de Israel, a pagar contribuciones a una nación extranjera que en su concepto era enteramente pagana e idólatra.

Como era natural, los recaudadores de estas contribuciones eran aborrecidos; y éstos, conocidos como publicanos, probablemente se desagraviaban de este trato descortés exigiendo un cumplimiento desconsiderado de lo requerido por los impuestos y, según lo afirman los historiadores, a menudo cometiendo extorsión ilícita con la gente. Si los publicanos en general eran despreciados, podemos fácilmente entender el rencor que los judíos sentían contra uno de los de su propia nación que aceptaba un nombramiento de esa naturaleza. En esta situación nada envidiable se hallaba Mateo cuando Jesús lo llamó. Los publicanos constituían una clase social distinta, pues eran virtualmente condenados al ostracismo por la comunidad en general. A todos los que se asociaban con ellos los hacían participar del odio popular, y la designación común para esta casta degradada llegó a ser “publicanos y pecadores”. Muchos de los amigos y compañeros de Mateo fueron invitados a la fiesta, de modo que la reunión se componía principalmente de estos despreciados “publicanos y pecadores”. Fue con tal grupo de personas que se reunieron Jesús y sus discípulos.

Los escribas y fariseos no podían dejar pasar esta oportunidad para hallar faltas y expresar su crítica mordaz. No quisieron dirigirse directamente a Jesús, pero preguntaron con desdén a los discípulos: “¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?” El Maestro oyó y les contestó con punzante y espléndida ironía. Citando uno de los aforismos comunes del día, dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.” A lo cual añadió: “Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.”r. Quedó a los hipercríticos fariseos hacer su propia aplicación de aquella réplica, la cual algunos de ellos tal vez interpretaron en el sentido de que les impugnaba su autojustificación y se mofaba de sus pretensiones de superioridad. Aparte del sutil sarcasmo encerrado en las palabras del Maestro, debieron haber entendido la prudencia contenida en su respuesta y haberse beneficiado. ¿Acaso no debe estar el médico entre los enfermos? ¿Cómo puede justificarse si se aparta de los afligidos y dolientes? Su carrera consiste en combatir la enfermedad—evitándola cuando sea posible, curándola cuando se haga necesario—hasta donde se lo permita su habilidad. Si entre los convidados que se hallaban reunidos en la casa de Mateo verdaderamente estaba comprendido un número de pecadores, ¿no era ésa la ocasión propicia para que el Médico de las Almas ejerciera su ministerio? Los justos no necesitan ser llamados al arrepentimiento; pero, ¿tendrán que permanecer los pecadores en el pecado porque aquellos que profesan ser maestros espirituales no se dignan extenderles una ayuda?

Lo viejo y lo nuevo

Poco después de la fiesta ofrecida por Mateo los fariseos hallaron otra oportunidad para criticar, y para ello se valieron de algunos de los discípulos del Bautista. Juan se hallaba en la prisión, pero muchos de los que habían sido atraídos a su bautismo y profesado ser su discípulos aún sostenían sus enseñanzas y no comprendían que el Más Poderoso, de quien les había testificado, ministraba entre ellos en esa época. El Bautista había sido un observador escrupuloso de la ley; su estricto ascetismo competía con el rigor de la profesión farisaica. Sus discípulos, incapaces de progresar, hallándose ahora sin director, naturalmente se asociaron con los fariseos. Algunos de los discípulos de Juan vinieron a Jesús y lo interrogaron sobre su aparente indiferencia en el asunto del ayuno. Le propusieron una pregunta clara: “¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?”s La respuesta de nuestro Señor a los amigos del Bautista, que entonces se hallaba encarcelado, debe haberles hecho recordar las palabras de su querido director, cuando se había comparado con el amigo del Esposo y les había explicado claramente quién era el verdadero Esposo.t

“Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar. Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán.”u Si los interrogantes comprendieron el verdadero significado de esta respuesta, no pudieron sino percibir en ella una abrogación subentendida de las observancias puramente ceremoniales comprendidas en el código del reglamento rabínico y las numerosas tradiciones relacionadas con la ley. No obstante, para dar más lucidez al asunto dentro de sus pensamientos preocupados, Jesús les citó algunas ilustraciones que pueden considerarse como parabólicas. “Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo—les dijo—de otra manera el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace peor la rotura. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.”v

Así fue como nuestro Señor proclamó la novedad y plenitud de su evangelio. En ningún respecto tenía como propósito zurcir el judaísmo. No había venido para remendar ropas viejas y rotas; el paño que El traía era nuevo, y coserlo sobre lo viejo sólo resultaría en rasgar de nuevo la tela desgastada dejando una rotura peor que la primera. O, cambiando de figura, no podía ponerse el vino nuevo en odres viejos. Los odres, hechos de pieles de animales, naturalmente se deterioran con el tiempo. Así como el cuero viejo se parte con la más leve tensión, en igual manera los odres viejos se romperían con la fuerza del jugo en fermentación, y se perdería el vino nuevo. El evangelio que Cristo enseñaba era una revelación nueva: reemplazaba lo pasado y señalaba el cumplimiento de la ley. No era un simple aditamento, ni tampoco una reiteración de requisitos anteriores, antes incorporaba un convenio nuevo y sempiterno. Si se intentaba remendar el manto judaico del tradicionalismo con el nuevo paño del convenio, no se lograría otra cosa más que romper la tela. Los desgastados receptáculos de las libaciones mosaicas no podían contener el nuevo vino del evangelio. El judaísmo se vería desacreditado y el cristianismo quedaría pervertido mediante tan incongruente asociación.x

Pescadores de hombres

Es improbable que los discípulos que siguieron a Jesús durante los primeros meses de su ministerio permanecieron continuamente con El hasta la época que estamos considerando. Hallamos que algunos de los que más tarde fueron llamados al apostolado estaban siguiendo su oficio de pescadores aun mientras Jesús obraba activamente como Maestro en la propia vecindad de ellos. Un día, mientras el Señor se hallaba cerca del Lago o Mar de Galilea, la gente se agolpó alrededor de El en grandes números, deseosa de oír más de las maravillosas palabras que solía hablar.y Cerca de allí se hallaban dos barcos de pescadores a la orilla del agua; los dueños estaban cerca, lavando y remendando sus redes. Uno de los barcos era de Simón Pedro, que ya se había asociado con la obra del Maestro. Jesús subió a este barco y entonces le pidió a Simón que se apartara un poco de la tierra. Sentándose, como acostumbraban hacer los maestros de aquella época al pronunciar un discurso, el Señor habló desde aquel púlpito flotante a la multitud que se hallaba en las playas. No nos es dicho cuál fue el tema de su predicación.

Concluido el sermón, Jesús mandó a Simón que se hiciera hacia lo profundo del lago y echara sus redes. Se supone que Andrés estaba con su hermano, y posiblemente había otros ayudantes en el barco. Simón le contestó: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red.” No tardó en llenarse de peces; y fue tan grande la multitud, que la red empezó a romperse, y los pescadores hicieron señas a los del otro barco para que fueran a ayudarles. La pesca llenó ambos barcos “de tal manera que se hundían”. Esta nueva evidencia del poder del Maestro dominó a Simón Pedro y, cayendo a los pies de Jesús, exclamó: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” La respuesta de Jesús fue llena de gracia y de promesa: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres.”z

Los que llegaron en el segundo barco eran Zebedeo y sus dos hijos, Santiago y Juan, éste último el mismo que con Andrés había dejado al Bautista para seguir a Jesús cuando llegó al Jordán.a Zebedeo y sus dos hijos eran socios de Simón en el negocio de la pesca. Cuando los barcos llegaron a tierra, los dos hermanos, Simón y Andrés, junto con los dos hijos de Zebedeo, dejaron todo y acompañaron a Jesús.

El acontecimiento anterior se basa en la narración de San Lucas; las relaciones más breves y menos circunstanciales de Mateo y de Marcos omiten la pesca milagrosa y recalcan la vocación de los pescadores. A Simón y Andrés Jesús dijo: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.” Impresiona el contraste que en esta forma se hizo entre su carrera anterior y su nueva vocación. Hasta entonces habían recogido peces, cuyo destino era la muerte; de allí en adelante iban a pescar hombres para vida eterna. El llamamiento de Santiago y Juan fue igualmente definitivo; y también dejaron todo para seguir al Maestro.

Notas al Capitulo 14

  1. La lepra.—De acuerdo con la forma en que se emplea en la Biblia, este nombre se aplica a varias enfermedades, en todas las cuales, sin embargo, se observan algunos síntomas comunes, por lo menos en las primeras fases de la enfermedad. La lepra verdadera es un azote y plaga en muchos de los países orientales de la actualidad. En el Standard Bible Dictionary, Zenós ha escrito: “La lepra verdadera, como se conoce en tiempos modernos, es una afección que se distingue por la aparición de nódulos en las cejas, las mejillas, la nariz y los lóbulos de las orejas, también en las manos y los pies, donde la enfermedad ataca las articulaciones, causando que se caigan los dedos de las manos y de los pies. Si no aparecen nódulos, salen en su lugar manchas blancas en la piel (albarazo). Ambas formas se basan en una degeneración funcional de los nervios de la piel. En 1871 Hansen descubrió el bacilo que la causaba. Sin embargo, parece que una dieta defectuosa favorece la propagación del bacilo. La lepra era una de las pocas condiciones anormales del cuerpo declaradas inmundas por la ley levítica. De modo que se estipularon las providencias más minuciosas para comprobar su existencia, así como para la purificación de aquellos que sanaran de ella.”

    En la página 185 de su obra Light of the Nations, donde resume las condiciones consiguientes a la terrible enfermedad en sus períodos más avanzados, Deems escribe: “Los síntomas y efectos de esta enfermedad son muy repugnantes. Aparece una hinchazón o escama blanca y el color natural del pelo sobre esa parte se vuelve blanco; entonces se manifiesta una mancha más hundida que la piel o aparece la carne viva en la escama. Luego se extiende y ataca las partes cartilaginosas del cuerpo. Se sueltan las uñas y se caen, son consumidas las encías y la dentadura se pudre y se cae; el aliento es fétido; la nariz se pudre; pueden desaparecer dedos, manos y pies, o los ojos son carcomidos. La belleza humana se ha tornado en corrupción, y el adole-ceme siente que lo está devorando un demonio, que consumiéndolo lentamente en una larga y despiadada comida, no cesará hasta que lo destruya. Es excluido de toda asociación con sus semejantes. Si se le acercan, debe gritar: ‘¡Inmundo! ¡Inmundo!’, para que todo ser humano se aleje de su presencia. Debe abandonar esposa e hijos, e ir a vivir con otros leprosos, entre escenas desconsoladoras o en las tumbas. Es, como lo dice Trench, una espantosa parábola de muerte. Según la Ley de Moisés (Lev. 13:45; Núm. 6:9; Eze. 24:17), estaba obligado, como si estuviese endechando su propia muerte, a llevar consigo los emblemas de la muerte: los vestidos rasgados, la cabeza sin tapar y cubiertos los labios, como se acostumbraba hacer con los que se contaminaban con los muertos. Cuando las Cruzadas trajeron la lepra del Oriente, solían cubrir al leproso con una mortaja y cantar por él el oficio de los muertos. … Esta indescriptiblemente horrenda enfermedad ha sido considerada incurable en todas las edades. Los judíos creían que Jehová la infligía directamente para castigar alguna perversidad extraordinaria o un hecho pecaminoso de excesiva gravedad, y que solamente Dios podía quitarla. Cuando Naamán fue sanado, y su piel se volvió como la de un niño, declaró: ‘He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel.’ (2 Reyes 5:14, 15)”

    Trench recalca el hecho (Notes on the Miracles, páginas 165-168) de que ordinariamente la lepra no se transmite con sólo el contacto exterior, y opina que el aislamiento de los leprosos, exigido por la ley mosaica, tenía como objeto servir de lección y figura objetivas para ilustrar una impureza espiritual. Dice lo siguiente: “Me refiero a la suposición errada de que la lepra se transmitía de una persona a otra; y que los leprosos eran tan cuidadosamente apartados de sus semejantes para que no contagiaran a otros, y en igual manera que la ropa desgarrada, la barba cubierta, el pregón, ‘¡Inmundo! ¡Inmundo!’ (Lev. 13:45) servían para advertir a todos a que se retirasen, no fuera que tocando a un leproso o acercándosele demasiado, contrajeran esta enfermedad. En lo que respecta a la existencia de tal peligro, casi todos los que han estudiado de fondo el asunto concuerdan en que no podía comunicarse la enfermedad de una persona a otra por el contacto normal. El leproso podría trasmitirla a sus hijos, o la madre de los hijos de un leproso contraerla de él; pero por un contacto común no podía comunicarse de una persona a otra. Todas las amonestaciones del Antiguo Testamento, junto con las de otros libros judíos, corroboran la afirmación de que se trata de algo de más trascendencia que un mero reglamento sanitario. Por tanto, hallamos que cuando no se observaba la Ley de Moisés, no era necesaria tal exclusión: Naamán el leproso, era general de los ejércitos de Siria (2 Reyes 5:1); Giezi, cuya lepra nunca habría de apartarse de él (Ibid., 5:27), se hallaba en presencia del rey apóstota de Israel (Ibid., 8:5) … Por otra parte, ¿cómo podrían haberse librado de ella los sacerdotes levíticos—dado el caso que la enfermedad hubiese sido tan contagiosa—en vista de que estaban obligados por su oficio mismo a tocar el leproso para examinarlo minuciosamente? … La lepra no era sino una muerte viviente, una corrupción de todos los humores, un envenenamiento de las propias fuentes de la vida; una disolución paulatina del cuerpo entero, de manera que un miembro del cuerpo tras otro se pudría y desaparecía. Aarón describe acertadamente el aspecto que presentaba el leproso a los ojos de quienes lo miraban, cuando dijo, abogando por María: ‘No quede ella ahora como el que nace muerto, que al salir del vientre de su madre, tiene ya medio consumida su carne.’ (Núm. 12:12) Además, era una enfermedad que ni el arte ni la destreza del hombre podían curar; no que el leproso no pudiera sanar, pues la ley levítica suponía que habría tales casos, por raros que fueran. … El leproso, que en tal forma llevaba sobre el cuerpo las marcas exteriores y visibles del pecado del alma, era considerado en todas las cosas como pecador, como uno en quien el pecado había alcanzado su grado máximo, como uno que había muerto en transgresión y pecado. El mismo era una espantosa parábola de la muerte. Llevaba alrededor de sí los emblemas de la muerte (Lev. 13:45): los vestidos rotos, lamentándose por sí mismo como si estuviese muerto; la cabeza descubierta, como eran obligados a llevarla aquellos que se hacían inmundos tocando a los muertos (Núm. 6:9; Eze. 24:22); y la boca cubierta con rebozo (Eze. 24:17). Pero el leproso era considerado como muerto, por lo cual era excluido del campamento (Lev. 13:46; Núm. 5:2-4), así como de la ciudad (2 Reyes 7:3); y tan rigurosamente se aplicaba esta ley, que ni aun a la hermana de Moisés pudieron eximir de ella (Núm. 12:14, 15); y hasta los propios reyes, como Uzzías (2 Crón. 26:21; 2 Reyes 15:5), estaban sujetos a ella; y así, mediante esta exclusión se enseñaba a los hombres que lo que aquí acontecía como figura, se llevaría a cabo en la realidad contra todo aquel que fuese descubierto en la muerte del pecado.”

    Para las detalladas ceremonias consiguientes a la purificación de un leproso que sanaba, véase el capítulo 14 de Levítico.

  2. La blasfemia.—La esencia del grave pecado de blasfemar no consiste, como muchos suponen, únicamente en la maledicencia o tomar en vano el nombre de Dios, sino como lo expresa el doctor Kelso en Standard Bible Dictionary: “Todo uso indebido del nombre divino (Lev. 24:11), toda expresión que afrentase la Majestad de Dios (Mateo 26:64, 65) y todo pecado cometido con mano altiva—es decir, las transgresiones premeditadas de los principios fundamentales de la teocracia (Núm. 9:13; 15:30; Exo 31:14)—eran considerados como blasfemia, el castigo de la cual consistía en ser apedreado a muerte. (Lev. 24:16)” En Smith’s Bible Dictionary leemos: “El significado técnico de blasfemar es hablar mal de Dios, y en este respecto lo hallamos mencionado en el Salmo 74:18; Isa. 52:5; Rom. 2:24; etc. … . Esta fue la acusación de que los judíos se valieron para condenar a muerte a nuestro Señor y a Esteban. Cuando una persona oía la blasfemia, ponía la mano sobre la cabeza del ofensor para simbolizar su responsabilidad entera de la falta y, poniéndose de pie, rasgaba sus vestidos, que nunca más debían ser remendados.” (Véase Lev. 24:14; Mateo 26:65)

  3. “Tus pecados te son perdonados.”—Es instructivo el siguiente comentario de Edersheim (Life and Times of Jesus the Messiah, tomo i, páginas 505, 506) sobre el acontecimiento que estamos considerando: “En este perdón de los pecados (Jesús) manifestó la divinidad de su persona y autoridad, y lo comprobó con el milagro de la sanidad que ocurrió en seguida. Si hubiese invertido el orden (es decir, si Cristo primeramente hubiera sanado al hombre y después le hubiese dicho que le eran perdonados sus pecados) ciertamente habría presentado evidencia de su poder, pero no de su personalidad divina, ni de tener la autoridad para perdonar pecados; y esto, no la efectuación de milagros, fué el objeto de sus enseñanzas y misión, de lo cual los milagros eran evidencia secundaria únicamente. A esto se debe que el razonamiento interior de los escribas, revelado y conocido a Aquel que lee todos los pensamientos, resultó en algo enteramente contrario de lo que pudieron haber creído. Ciertamente ninguna razón había para el menosprecio subentendido que percibimos en las palabras que no se atrevieron a expresar, sea que las leamos: ‘Este blasfema’; o como se hallan en otro de los evangelistas: ‘¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice.’ Sin embargo, desde el punto de vista de ellos, tenían razón, porque sólo Dios puede perdonar pecados; y ese poder nunca se había dado o delegado al hombre. Pero, ¿era Jesús hombre solamente, semejante aun a los siervos más honrados de Dios? Hombre, ciertamente, pero además ‘el Hijo del Hombre’ … Parecía fácil decir: ‘Tus pecados te son perdonados’. Mas para Aquel que tenía la autoridad para hacerlo en la tierra, no le era ni más fácil ni más difícil decir: ‘Levántate, toma tu lecho, y anda.’ Sin embargo, esta segunda palabra ciertamente comprobó la primera y le dio realidad indisputable a los ojos de todos los hombres. De manera que esta forma de pensar de los escribas—que en cuanto a su aplicación a Cristo era ‘mala’, porque le imputaban el pecado de blasfemar—fue lo que dio oportunidad para ofrecer evidencia verdadera de lo que habrían impugnado y negado. En ninguna otra manera pudiera haberse logrado el objeto, así de los milagros como de este milagro especial, sino por ‘los malos pensamientos’ de estos escribas, los cuales, milagrosamente revelados, expresaron la duda de mayor profundidad posible y pusieron de relieve la más importante de todas las preguntas concernientes al Cristo. Así que una vez más fue la ira del hombre que lo ensalzó.”

  4. Publicano.—“Palabra que originalmente significaba un contratista de obras o abastecimientos públicos o cultivador de tierras públicas, pero que más tarde se aplicó a los romanos que compraban del Gobierno el derecho de recaudar contribuciones en determinados territorios. Estos compradores, siempre nobles (los senadores quedaban excluidos por motivo de su posición), llegaron a ser capitalistas y formaron fuertes sociedades anónimas, cuyos socios recibían un porcentaje del capital invertido. Los capitalistas provinciales no podían comprar los impuestos, que se vendían en Roma al mejor postor; y éste para rehacerse, subarrendaba su territorio (por un precio mucho mayor del que había pagado al Gobierno) a los publicanos locales, los cuales a su vez tenían que percibir utilidades por lo que habían comprado; y como ellos mismos tasaban las propiedades y recaudaban los impuestos, tenían abundantes oportunidades para oprimir a la gente, la cual los odiaba por esta razón, así como porque la propia contribución era señal de su dominación por extranjeros.”—Standard Bible Dictionary, artículo por J. R. Sterrett.

  5. Pescadores de hombres.—“Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”—dijo Jesús a los que subsiguientemente llegaron a ser sus apóstoles. (Mateo 4:19) La versión de S. Marcos es casi la misma (1:17), mientras que en S. Lucas (5:10) leemos: “Desde ahora serás pescador de hombres.” La traducción correcta, con la que los comentaristas virtualmente concuerdan, es la siguiente: “Desde ahora pescarás hombres vivos.” Esta interpretación pone de relieve el contraste, expresado en el texto, entre el hecho de coger peces para matarlos y ganar hombres para salvarlos. En relación con esto consideremos la profecía del Señor dada por Jeremías (16:16), que a fin de recoger a Israel esparcido, “he aquí que yo envío muchos pescadores, dice Jehová, y los pescarán”, etc.