Jesucristo
Capitulo 41: Manifestaciones Personales de Dios el Padre Eterno y Su Hijo Jesucristo en Tiempos Modernos

Capitulo 41

Manifestaciones Personales de Dios el Padre Eterno y Su Hijo Jesucristo en Tiempos Modernos

Una dispensación nueva

EN el año de nuestro Señor 1820 vivía en Mánchester, Condado de Ontario, Estado de Nueva York, un respetable ciudadano llamado José Smith. Su familia se componía de su esposa y nueve hijos. El tercer varón y cuarto hijo de la familia era José Smith, hijo, que en la época de referencia, había entrado en los quince años de edad. En el año ya citado surgió en Nueva York y los estados circunvecinos una ola de intensa agitación sobre asuntos religiosos, y los ministros de las numerosas sectas rivales se esforzaron con celo extraordinario para ganar conversos a sus congregaciones respectivas. Esta vehemente excitación surtió un profundo efecto en el joven José, y se sintió particularmente perplejo y turbado por el espíritu de confusión y contención que se manifestaba en todo aquello. En vista de que nuestro tema presente se relaciona con él en forma particular, y considerando la trascendental importancia de su testimonio al mundo, citamos en seguida su propio relato de lo que aconteció.

“Durante el segundo año de nuestra residencia en Mánchester, surgió en la región donde vivíamos una agitación extraordinaria sobre el tema de la religión. Empezó entre los metodistas, pero pronto se generalizó entre todas las sectas de la comarca. En verdad, pareció conmover toda la región, y grandes multitudes se unían a los diferentes partidos religiosos, ocasionando no poca agitación y división entre la gente; pues unos gritaban: ‘¡He aquí!’ y otros: ‘¡He allí’ Unos contendían a favor de la fe metodista, otros a favor de la presbiteriana y otros a favor de la bautista.

“Porque a pesar del gran amor expresado por los conversos de estas varias creencias al tiempo de su conversión, y del gran celo manifestado por los clérigos respectivos que activamente suscitaban y propagaban este cuadro singular de sentimientos religiosos—a fin de lograr convertir a todos, como se complacían en decir, pese a la secta que fuere—sin embargo, cuando los convertidos empezaron a dividirse, yéndose unos con este partido y otros con aquél, se vió que los supuestos buenos sentimientos, tanto de los sacerdotes como de los prosélitos, eran más bien fingidos que verdaderos; porque siguió una escena de grande confusión y malos sentimientos—sacerdote contendiendo con sacerdote y prosélito con prosélito—de modo que toda esa buena voluntad del uno para con el otro, si alguna vez la abrigaron, ahora se perdió completamente en una lucha de palabras y contienda de opiniones.

“Para entonces yo había entrado en los quince años. La familia de mi padre se convirtió a la fe presbiteriana; y cuatro de ellos ingresaron a esa iglesia, a saber, mi madre Lucy, mis hermanos Hyrum y Samuel Hárrison, y mi hermana Sofronia.

“Durante esta época de tanta agitación, invadieron mi mente una seria reflexión y grande inquietud; pero no obstante la intensidad de mis sentimientos, que a menudo eran punzantes, me conservé apartado de todos estos grupos, aunque concurría a sus respectivas juntas cada vez que la ocasión me lo permitía. Con el transcurso del tiempo llegué a favorecer un tanto la secta metodista, y sentí cierto deseo de unirme a ella; pero era tanta la confusión y contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tendría razón y quién no.

“Tan grande e incesante eran el clamor y alboroto, que a veces mi mente se agitaba en extremo.

“Los presbiterianos estaban decididamente en contra de los bautistas y los metodistas, y se valían de toda la fuerza del razonamiento o la sofistería para demostrar los errores de éstos, o cuando menos, hacer creer a la gente que estaban en error. Por otra parte, los bautistas y metodistas, a su vez, se afanaban con el mismo celo para establecer sus propias doctrinas y refutar las demás.

“En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos partidos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos partidos de religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y sin reproche, y le será dada.

“Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión el mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y menos que pudiera obtener mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas interpretaban los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruía toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia.

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o, de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, pedir a Dios. Al fin tomé la determinación de pedir a Dios, habiendo decidido que si El daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar, yo podría intentarlo.

“Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba. Fue una mañana hermosa y despejada, en los primeros días de la primavera de 1820. Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente.

“Después de apartarme al lugar que previamente había designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios los deseos de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que completamente me dominó, y fue tan asombrosa su influencia que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar. Una espesa niebla se formó alrededor de mí, y por untiempo me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

“Mas esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que me había inmovilizado, y en el momento preciso en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción—no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que ejercía esta fuerza tan asombrosa que en ningún otro ser había sentido yo jamás—precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes de un brillo y gloria indescriptibles, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!

“Había sido mi objeto recurrir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber con quien unirme. Por tanto, luego que me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera, y a cuál debería unirme.

“Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido; que ‘con sus labios me honran, pero su corazón está lejos de mí; enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella’.

“De nuevo me mandó que no me afiliara con ninguna de ellas; y muchas otras cosas me dijo que no puedo escribir en esta ocasión. Cuando otra vez volví en mí, me encontré de espaldas mirando hacia el cielo.

“A los pocos días de haber visto esta visión, me encontré, por casualidad, en compañía de uno de los ministros metodistas, uno muy activo en la previamente mencionada agitación religiosa, y hablando con él de asuntos religiosos, aproveché la oportunidad para relatarle la visión que había visto. Su conducta me sorprendió grandemente; no sólo trató mi narración livianamente, sino con mucho desprecio, diciendo que todo aquello era del diablo; que no había tales cosas como visiones y revelaciones en esos días; que todo eso había cesado con los apóstoles y que no volvería a haber más.

“Sin embargo, no tardé en descubrir que mi relato había despertado mucho prejuicio en contra de mí entre los profesores de religión, y fue la causa de una fuerte persecución, cada vez mayor; y aunque no era yo sino un muchacho desconocido de entre catorce y quince años, y tal mi posición en la vida que no era un joven de importancia alguna en el mundo, sin embargo, los hombres en altas posiciones se fijaban en mí lo suficiente para agitar el sentimiento público en mi contra y provocar una amarga persecución; y esto fue general entre todas las sectas: todas se unieron para perseguirme.

“En aquel tiempo me fue motivo de seria reflexión, y frecuentemente lo ha sido desde entonces: cuán extraño que un muchacho desconocido de poco más de catorce años, y además, uno que estaba bajo la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario, fuese considerado persona de importancia suficiente para llamar la atención de los grandes personajes de las sectas más populares del día; y a tal grado que suscitaba en ellos un espíritu de la más rencorosa persecución y vilipendio. Pero extraño o no, así aconteció; y a menudo fue motivo de mucha tristeza para mí.

“Sin embargo, no por esto dejaba de ser un hecho el que yo hubiera visto una visión. Se me ha ocurrido desde entonces que me sentía igual que Pablo, cuando presentó su defensa ante el rey Agripa y refirió la visión en la que vio una luz y oyó una voz. Mas con todo, fueron pocos los que lo creyeron; unos dijeron que estaba mintiendo, otros, que estaba loco; y se burlaron de él y lo vituperaron. Pero nada de esto destruyó la realidad de su visión. Había visto una visión, y él lo sabía, y toda la persecución debajo del cielo no iba a cambiar ese hecho; y aunque lo persiguieran hasta la muerte, aún así, sabía, y sabría hasta su último aliento, que había visto una luz y oído una voz que le habló; y el mundo entero no iba a poder hacerlo pensar o creer lo contrario.

“Así era conmigo. Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, me censuraban y decían toda clase de falsedades en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios? ¿o por qué quiere el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía y comprendía que Dios lo sabía; y no podia negarlo, ni osaría intentarlo; por lo menos, entendía que al hacerlo ofendería a Dios y caería bajo condenación.

“Mi mente ya estaba satisfecha en lo que concernía al mundo sectario: que mi deber era no unirme con ninguno de ellos, sino permanecer como estaba hasta que se me dieran más instrucciones. Había descubierto que el testimonio de Santiago es cierto: que si el hombre carece de sabiduría puede pedirla a Dios y obtenerla sin reproche.”a

De esta manera se inició la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.b Se disiparon las tinieblas de la larga noche de apostasía; la gloria de los cielos una vez más iluminó el mundo; fue deshecho el silencio de los siglos; una vez más se oyó sobre la tierra la voz de Dios. En la primavera del año 1820 vivía un ser mortal, un joven sin cumplir aún los quince años de edad, que sabía, como saber que estaba vivo, que era tan falso—en relación con el Padre, así como con el Hijo—el entonces corriente concepto humano de que Dios era una esencia incorpórea, algo que no tenía forma definitiva ni substancia tangible, como incomprensibles los credos que expresaban tal concepto. El joven José ahora sabía que tanto el Eterno Padre, como el Hijo glorificado, Jesucristo, eran Varones perfectos en cuanto a forma y estatura; y que el hombre fue creado en la carne a imagen física de ellos.c Sabía además que el Padre y el Hijo eran Personajes individuales, el uno distinto del otro, verdad plenamente atestiguada por el Señor Jesús durante su existencia en la carne, pero echada en el olvido, cuando no enterrada por las sofisterías de la incredulidad humana. El joven Smith se enteró de que la unidad de Dios consiste en una unidad perfecta en cuanto a propósitos, planes y hechos, tal como lo declaran las Escrituras, y no esa unión imposible de personas que las muchas generaciones de falsos maestros trataron de inculcar. Esta gloriosa teofanía confirmó el hecho de una apostasía universal, con su inescapable consecuencia de que la Iglesia de Cristo no existía en ninguna parte de la tierra. Eficazmente disipó el engaño de que había cesado para siempre la revelación directa de los cielos, y comprobó en forma afirmativa la realidad de la comunicación personal entre Dios y el ser mortal.

Por la cuarta vez, desde el nacimiento del Salvador en la carne, la voz del Padre dio fe de la autoridad del Hijo en los asuntos relacionados con la tierra y el hombre.d En esta revelación de los días postreros en que el Padre se manifestó a Sí mismo, El, como en previas ocasiones, no hizo más que afirmar el hecho de la identidad del Hijo y mandar que se le obedeciera.

“Un mensajero enviado de la presencia de Dios”e

Tras la gloriosa aparición del Padre y del Hijo a José Smith, siguió un período de tres años y medio durante el cual, en lo que concernía a manifestaciones adicionales, se dejó solo al joven revelador. El intervalo le fue un tiempo de probación. Se vio sujeto a las mofas de los jóvenes de su propia edad y a la persecución agresiva de hombres mayores, de los cuales, con justificado tono de reprensión, dice que “debían haber sido mis amigos y haberme tratado con bondad; y si me creían en error, procurado de una manera propia y cariñosa sacarme del engaño”.f Continuó su trabajo acostumbrado de labrar la tierra al lado de su padre y hermanos, de quienes recibió bondad, consideración y aliento; y a pesar de los vituperios, maltratos y denuncias de la comunidad en general, el joven permaneció firme y fiel a su solemne declaración de que había visto y oído al Padre Eterno así como a Jesús el Cristo, y que había recibido instrucciones de no unirse a ninguna de las sectas o iglesias contendientes, porque todas estaban fundamentalmente en error.

La noche del 21 de septiembre de 1823, mientras oraba fervientemente a Dios en la soledad de su alcoba, José notó que el cuarto empezaba a iluminarse hasta que la luz alcanzó un fulgor mucho más brillante que el de un mediodía despejado. Dentro del cuarto se apareció un personaje glorioso, de pie en el aire, a corta distancia del piso. No sólo el cuerpo del visitante, sino el manto suelto que llevaba puesto era de una blancura exquisita. Llamando a José por su nombre, le dijo que era Moroni, “un mensajero enviado de la presencia de Dios”, e informó al joven que el Señor tenía una obra para él y que se hablaría bien o mal de su nombre entre todas las naciones, familias y pueblos. El ángel le habló acerca de unos anales, grabados sobre planchas de oro, que contenían la historia de los antiguos habitantes del continente americano, así como la plenitud del evangelio eterno cual el Salvador lo había comunicado a estos pueblos antiguos; y además, que con las planchas se hallaba un peto y el Urim y Tumim, preparados por intervención divina para ayudar en la traducción del libro. Le fue mostrado a José en una visión el sitio donde se hallaban depositadas las planchas y las otras cosas sagradas, y fue tan clara la manifestación, que fácilmente reconoció el lugar al visitarlo al día siguiente.

El ángel repitió varios pasajes del Antiguo Testamento y uno del Nuevo, algunos textualmente y otros con pequeñas variaciones de la versión bíblica. La narración de José con respecto a las Escrituras expuestas por Moroni es la siguiente:

“Primero citó parte del tercer capítulo de Malaquías, y también el cuarto o último capítulo de la misma profecía, aunque variando un poco de la manera en que se halla en nuestras Biblias. En lugar de decir el primer versículo como se encuentra en nuestros libros, lo hizo de esta manera:

“Porque he aquí, viene el día que arderá como un horno, y todos los soberbios, sí, todos los que obran inicuamente, arderán como rastrojo, porque los que vienen los quemarán, dice el Señor de los Ejércitos, de modo que no les dejará ni raíz ni rama.

“Entonces citó el quinto versículo en esta forma: He aquí yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.

“También expresó el siguiente versículo de otro modo: Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería consumida totalmente en su venida.

“Aparte de éstos repitió el capítulo 11 de Isaías, diciendo que estaba para cumplirse; y también los versículos veintidós y veintitrés del tercer capítulo del libro de Los Hechos, tal como se hallan en nuestro Nuevo Testamento. Declaró que ese profeta era Cristo, pero que aún no había llegado el tiempo en que habría de ser desarraigada toda alma que no oyere su voz, sino que pronto llegaría.

“Citó, además, desde el versículo 28 hasta el último del segundo capítulo de Joel, e indicó que todavía no se cumplía, pero que se realizaría en breve. Y también declaró que pronto entraría la plenitud de los gentiles.”g

El mensajero partió, y la luz desapareció con él. Dos veces más durante la misma noche, sin embargo, volvió el ángel, y en cada ocasión repitió lo que había dicho en su primera visita, y agregó palabras de instrucción y precaución. Al día siguiente Moroni nuevamente le apareció al joven, y le mandó que informara a su padre acerca de las visitas y mandamientos que había recibido. El padre de José le aconsejó que obedeciera las instrucciones del ángel y testificó que eran de Dios. El joven entonces fue al sitio indicado por el ángel—la falda de una colina llamada Cumora en las planchas—e inmediatamente reconoció el lugar que le fue manifestado en la visión. Con la ayuda de una palanca levantó una piedra grande que resultó ser la tapa de una caja de piedra, dentro de la cual se hallaban las planchas y otros artículos especificados por Moroni. El ángel apareció en el sitio y le prohibió a José sacar el contenido de la caja en esa oportunidad. El joven volvió a colocar la pesada tapa de piedra en su lugar y se alejó.

Cuatro años después, el ángel Moroni puso en manos de José las planchas, el Urim y Tumim y el peto. Este Moroni, que ahora venía como ser resucitado, fue el último sobreviviente de la nación nefita. Completó la historia de su pueblo y poco antes de su muerte la ocultó en el Cerro de Cumora, de donde, por conducto suyo fue tomada y entregada al profeta y vidente moderno, José Smith, el 22 de septiembre de 1827. Esta historia, o más bien, parte de la misma, hoy está al alcance de todos; se ha traducido con la ayuda de interposición divina, y en la actualidad se publica en muchos idiomas con el título El Libro de Mormón.h

Juan el Bautista confiere el Sacerdocio Aarónico

El 15 de mayo de 1829 José Smith, junto con su escribiente, Oliverio Cowdery, que le estaba ayudando en la obra de traducir la historia nefita, se retiraron a un paraje aislado para orar. Tenían como objeto especial preguntar al Señor concerniente a la ordenanza del bautismo para la remisión de pecados, del cual hallaron que se hablaba en las planchas. Jose escribió sobre ello:

“Mientras en esto nos hallábamos, orando e implorando al Señor, descendió un mensajero del cielo en una nube de luz, y habiendo puesto sus manos sobre nosotros, nos ordenó, diciendo:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en justiciai

El visitante angélico declaró que se llamaba Juan, el mismo que es conocido como Juan el Bautista en el Nuevo Testamento; y que había efectuado la ordenación de los dos jóvenes bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan, poseedores de las llaves del Sacerdocio Mayor o de Melquisedec. Explicó que el Sacerdocio Aarónico “no tenía el poder de imponer las manos para comunicar el don del Espíritu Santo”;j pero anunció que más tarde se conferiría el Sacerdocio Mayor, en el cual estaba comprendido este poder. De acuerdo con su mandato expreso, José bautizó a Oliverio por inmersión en el agua, y éste a su vez bautizó a José.

Pedro, Santiago y Juan confieren el Sacerdocio de Melquisedec

Poco después de recibir esta ordenación del Sacerdocio Menor o Aarónico, los principales apóstoles de la antigüedad, Pedro, Santiago y Juan, visitaron a José Smith y Oliverio Cowdery, y les confirieron el Sacerdocio de Melquisedec y la ordenación del Santo Apostolado. En una revelación posterior el Señor Jesús particularmente afirmó que las ordenaciones respectivas se efectuaron de acuerdo con su voluntad y mandamiento:

“Y he enviado a este Juan para conferiros, mis siervos, José Smith, hijo, y Oliverio Cowdery, el primer sacerdocio que habéis recibido, para que fueseis llamados y ordenados como lo fue Aarón … Y también con Pedro, Santiago y Juan, los cuales os mandé, por quienes os ordené y confirmé apóstoles y testigos especiales de mi nombre para que llevéis las llaves de vuestro ministerio y de las mismas cosas que les revelé a ellos, a quienes he dado las llaves de mi reino y una dispensación del evangelio para los últimos tiempos, y para el cumplimiento de los tiempos, cuando juntaré en una todas las cosas, tanto las que están en los cielos como en la tierra.”k

Establecimiento de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días

El día 6 de abril de 1830 se organizó formalmente la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días en Fayette, Condado de Séneca, Estado de Nueva York, de acuerdo con la ley del país sobre el establecimiento de organizaciones religiosas. Las personas que participaron activamente en la organización sólo fueron seis, el mínimo prescrito por la ley para estos actos; pero estuvieron presentes muchos otros, algunos de los cuales ya habían recibido la ordenanza del bautismo para la remisión de pecados. Previamente, en una revelación dada a José Smith, el Señor había designado el día en que había de efectuarse la organización, y también había dado a conocer su sistema de gobierno para la Iglesia, con instrucciones detalladas sobre las condiciones requeridas para los que quisieran ingresar como miembros; sobre la naturaleza indispensable del bautismo por inmersión y la manera precisa en que habría de administrarse la ordenanza iniciadora; el modo de confirmar miembros de la Iglesia a los creyentes bautizados; los deberes de los élderes, presbíteros, maestros y diáconos de la Iglesia; la manera exacta de proceder en la administración del sacramento de la Cena del Señor; el orden de la disciplina de la Iglesia y el método de hacer el traslado de los miembros de una rama a otra.l Se invitó a los conversos bautizados, presentes en la organización, a que expresaran su aceptación o repudiación de José Smith y Oliverio Cowdery en calidad de élderes de la Iglesia; y tras el voto unánime afirmativo, se efectuó la ordenación de estos dos hombres con el puesto de primero y segundo élder, respectivamente, en la nueva organización.m

Mientras se hacía la traducción del Libro de Mormón, con particularidad durante los dos años que transcurrieron precisamente antes de la organización de la Iglesia, se recibieron varias revelaciones por conducto de José el profeta y vidente, relacionadas con la obra de la traducción y la labor preparatoria necesaria para efectuar el establecimiento de la Iglesia como institución entre los hombres. El Autor de estas varias revelaciones definitivamente manifestó ser Jesucristo, Dios, Hijo de Dios, el Redentor, la Luz y la Vida del Mundo, Alfa y Omega, Cristo el Señor, el Señor y Salvador.n Desde 1829 se había indicado el nombramiento de los Doce Apóstoles y se comisionó la búsqueda de los Doce que se presentarían ante el mundo en calidad de testigos especiales del Cristo. Subsiguientemente se confirió a éstos la ordenación del Santo Apostolado, y en numerosas revelaciones de fechas posteriores se aprobó el consejo o quórum de los Doce y se comunicaron instrucciones concernientes a sus altos deberes.o

De esta manera se ha restablecido sobre la tierra la Iglesia de Jesucristo, con todos los poderes y autoridad correspodientes al Santo Sacerdocio que el Señor Jesús entregó a sus apóstoles en el período de su ministerio personal. Fue absolutamente necesaria la inauguración de una nueva dispensación del evangelio, así como una restauración del sacerdocio, en vista de que por motivo de la apostasía de la Iglesia primitiva no había sobre la tierra quien tuviera la potestad para hablar o administrar en el nombre de Dios o su Cristo. En su visión de los postreros días Juan el Teólogo vio que un ángel volvería a traer “el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”.p

Esta embajada angélica no habría sido más que una manifestación innecesaria y vana, y consiguientemente una imposibilidad, si el evangelio eterno hubiese permanecido en la tierra con sus poderes del sacerdocio perpetuados por sucesión. Las promesas contenidas en las Escrituras, referentes a una restauración en los últimos días por comunicación directa de los cielos, es prueba conclusiva de la realidad de la apostasía universal. Moroni le apareció a José Smith con carácter de “un mensajero enviado de la presencia de Dios”, y le entregó una historia que contenía “la plenitud del evangelio eterno”, cual se comunicó al pueblo del Señor en tiempos antiguos; y la distribución mundial del Libro de Mormón y otras publicaciones que contienen la palabra revelada en tiempos modernos, junto con el ministerio de miles que obran con la autoridad del santo sacerdocio, unidamente proclaman en alta voz a toda nación: “Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado.”

Otras comunicaciones de los cielos al hombre

Tras la organización de la Iglesia, previamente descrita, hubo frecuente comunicación directa entre el Señor Jesucristo y su profeta José, a medida que lo exigían las necesidades de la Iglesia. Se comunicaron numerosas revelaciones que hoy están al alcance de todo el que las quiera leer.q Se concedió una maravillosa manifestación al Profeta y a Sidney Rigdon, su compañero en la presidencia de la Iglesia, parte de la cual transcribimos en seguida:

“Nosotros, José Smith, hijo, y Sidney Rigdon, hallándonos en el espíritu, el día dieciséis de febrero del año mil ochocientos treinta y dos, por el poder del Espíritu fueron abiertos nuestros ojos e iluminados nuestros entendimientos, al grado de poder ver y comprender las cosas de Dios, las mismas que existieron desde el principio, antes que el mundo fuese. Cosas que el Padre decretó por medio de su Unigénito Hijo que fue en el seno del Padre aun desde el principio, y de quien damos testimonio; y el testimonio que damos es la plenitud del evangelio de Jesucristo, el cual es el Hijo, a quien vimos y con quien conversamos en la visión celestial. Porque mientras hacíamos la traducción que el Señor nos había designado, llegamos al versículo veintinueve del quinto capítulo de Juan, que nos fue revelado de este modo: Hablando de la resurrección de los muertos, concerniente a los que oirán la voz del Hijo del Hombre y se levantarán: los que hubieren hecho bien, en la resurrección de los justos; y los que hubieren hecho mal, en la resurrección de los injustos. Y a causa de esto nos maravillamos, porque nos fue revelado por el Espíritu. Y mientras meditábamos estas cosas, el Señor tocó los ojos de nuestro entendimiento, y fueron abiertos; y la gloria del Señor brilló alrededor. Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud; y vimos a los santos ángeles y a aquellos que son santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, a quienes adoran para siempre jamás. Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre: que por él, y mediante él y de él los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios.”r

De esta visión siguió información adicional, visible así como audible; y el Señor manifestó a sus siervos y proclamó en alta voz el destino de los inicuos y los rasgos característicos de los varios grados de gloria que se han dispuesto para las almas de los hombres en la otra vida. Se revelaron las distintas condiciones de honor y exaltación graduadas, correspondientes a los reinos telestial, terrestre y celestial, y la nueva luz de la sencillez y literalidad iluminó las antiguas Escrituras relacionadas con el tema.s

Antes que pasaran tres años y medio de su organización, la Iglesia inició la construcción del primer templo de la época moderna en Kirtland, Estado de Ohio. Se emprendió la obra para cumplir una revelación en la que el Señor exigió esta obra a su pueblo. El número de los miembros de la Iglesia era pequeño; y la gente, además de ser pobre, pasaba por una época de oposición resuelta y persecución implacable.t

Aparición personal del Señor Jesucristo en el Templo de Kirtland

Debe entenderse que para los Santos de los Ultimos Días un templo es más que una capilla, iglesia, tabernáculo, o catedral; no es un sitio para asambleas comunes, ni aun para adoración ordinaria, sino distintiva y esencialmente una Casa del Señor, un edificio consagrado para las ordenanzas del Santo Sacerdocio. El macizo y regio edificio del Templo de Kirtland aún existe; pero ya no pertenece al pueblo que lo edificó tras innumerables sacrificios de tiempo, recursos y esfuerzos durante algunos años de abnegación y padecimientos. Las piedras angulares se colocaron el 23 de julio de 1833, y la construcción terminada se dedicó el 27 de marzo de 1836. El servicio dedicatorio se convirtió en una ocasión para siempre memorable, debido a un derramamiento del Espíritu del Señor semejante al día de Pentecostés, acompañado de la presencia visible de ángeles. En la tarde del mismo día se reunieron los varios quórumes del sacerdocio en el edificio, y se presenció una manifestación mayor aún de divino poder y gloria. El día siguiente, domingo 3 de abril de 1836, después de un servicio de adoración solemne, en el cual se administró la Cena del Señor, el profeta José y su consejero, Oliverio Cowdery, se apartaron para orar detrás de los velos que cubrían la plataforma y púlpitos reservados para las autoridades presidentes del Sacerdocio de Melquisedec. Dan este testimonio solemne de la aparición del Señor Jesucristo en ese sitio y ocasión:

“El velo desapareció de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos. Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había una obra pavimentada de oro puro del color del ámbar. Sus ojos eran como una llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol, y su voz era como el sonido de muchas aguas, sí, la voz de Jehová que decía: Soy el principio y el fin; soy el que vive, el que fué muerto; soy vuestro abogado con el Padre. He aquí, vuestros pecados os son perdonados; os halláis limpios delante de mí; por tanto, alzad la cabeza y regocijaos. Regocíjense los corazones de vuestros hermanos, así como los corazones de todos los de mi pueblo que con su fuerza han construido esta casa en mi nombre. Porque he aquí, he aceptado esta casa, y mi nombre estará aquí; y me manifestaré a mi pueblo en misericordia en esta casa. Sí, me revelaré a mis siervos y les hablaré por mi propia voz, si mi pueblo guarda mis mandamientos y no profana esta santa casa. Sí, los corazones de miles y decenas de miles se regocijarán en gran manera a causa de las bendiciones que han de derramarse y la investidura que mis siervos han recibido en esta casa. La fama de esta casa se extenderá hasta los países extranjeros; y éste es el principio de las bendiciones que se derramarán sobre la cabeza de los de mi pueblo. Así sea. Amén.”u

Después que el Salvador se retiró, visitaron a los dos profetas terrenales otros seres glorificados, cada uno de los cuales había ministrado sobre la tierra con carácter de siervo especialmente comisionado de Jehová, y ahora venía para conferir la autoridad de su nombramiento particular a José y Oliverio, y de este modo unir en la Iglesia restaurada de Cristo todos los poderes y autoridades de dispensaciones antiguas, lo cual señala la última y mayor dispensación de la historia. Leamos su testimonio:

“Concluida esta visión, los cielos de nuevo nos fueron abiertos, y se nos manifestó Moisés, y nos entregó las llaves de la congregación de Israel de las cuatro partes de la tierra, y de la conducción de las diez tribus del país del norte. Después de esto, apareció Elías y entregó la dispensacion del evangelio de Abraham, diciendo que en nosotros y en nuestra simiente todas las generaciones después de nosotros serían bendecidas. Terminada ésta, otra visión grande y gloriosa se desplegó ante nosotros; porque Elías el profeta, que fue llevado al cielo sin gustar la muerte, vino ante nosotros, y dijo: He aquí ha llegado el tiempo preciso anunciado por boca de Malaquías—el cual testificó que él (Elías) sería enviado antes que llegara el día grande y terrible del Señor, para convertir el corazón de los padres a los hijos, y de los hijos a los padres, para que el mundo entero no fuera herido con una maldición—Por tanto se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación; y por esto podréis saber que el día grande y terrible del Señor está cerca, sí, a las puertas.”v

Gloriosamente ha efectuado el Señor un cumplimiento de las promesas anunciadas por boca de sus santos profetas en edades pasadas. Se ha restaurado el evangelio con todas sus bendiciones y privilegios anteriores; conferido de nuevo el Santo Sacerdocio con la autoridad para obrar en el nombre de Dios; restablecido la Iglesia que lleva su nombre y está fundada sobre la roca de la revelación divina; y proclamado el mensaje de salvación a todas las naciones, familias, lenguas y pueblos. A pesar de la persecución, así de las turbas como la que ha sido sancionada judicialmente, no obstante los ataques, expulsiones y asesinatos, la Iglesia se ha desarrollado con maravillosa rapidez y fuerza desde el día de su organización. José y su hermano Hyrum, profeta y patriarca de la Iglesia, respectivamente, fueron cruelmente asesinados y murieron como mártires de la verdad en Carthage, Estado de Illinois, el 27 de julio de 1844. Sin embargo, el Señor levantó a otros para que los sucedieran; y el mundo aprendió en parte, y aún llegará a saber sin ninguna duda, que la Iglesia milagrosamente establecida en estos postreros días no es la Iglesia de José Smith ni de ningún otro hombre, sino verdadera y literalmente la Iglesia de Jesucristo. El Señor ha continuado revelando su voluntad por medio de profetas, videntes y reveladores que El sucesivamente ha escogido y nombrado para guiar a su pueblo; y la voz de revelación divina se escucha en la Iglesia hoy día. De acuerdo con lo estipulado en su revelado plan y constitución, la Iglesia es bendecida mediante el ministerio de profetas, apóstoles, sumos sacerdotes, patriarcas, setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos.x Nuevamente se disfrutan en gran abundancia los dones y bendiciones espirituales de lo pasado.y Por conducto del sacerdocio restaurado se han dado al mundo nuevas Escrituras que se refieren principalmente a deberes y actividades actuales relacionados con los fines de Dios, las cuales, sin embargo, iluminan y aclaran con sencillez las Escrituras antiguas; y además, en lo futuro han de conocerse otras Escrituras. Los miembros de la Iglesia unidamente proclaman: “Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.”z

El recogimiento predicho de Israel, de su larga dispersión, se está llevando a cabo de acuerdo con la comisión que el Señor ha dado por conducto de Moisés. El “monte de la casa de Jehová” ya se ha establecido como cabeza de montes “y correrán a él todas las naciones”; y mientras tanto los élderes de la Iglesia van entre los pueblos de la tierra proclamando: “Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.”a

Dentro de templos sagrados los vivos están obrando en forma vicaria en bien de los muertos; el corazón de los hijos vivientes se vuelve con tierno interés hacia sus antepasados fallecidos, mientras que las huestes de espíritus desincorporados oran a fin de que su posteridad, todavía en la carne, logre el éxito en la obra de su salvación.b El evangelio salvador se ofrece gratuitamente a todos, porque así lo ha mandado su Autor. Utilizando todas las vías de comunicación, y mediante el ministerio personal de millares de hombres investidos con el Santo Sacerdocio, enviados por la Iglesia, este evangelio del reino se predica hoy en todo el mundo. Cuando se haya cumplido este testimonio entre todas las naciones “entonces vendrá el fin”, y las naciones de la tierra “verán al Hijo del Hombre que viene en las nubes del cielo, con poder y grande gloria”.c

Notas al Capitulo 41

  1. La Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.—“Lo que conviene saber es qué significa el cumplimiento de los tiempos, o su extensión y autoridad. Significa que la dispensación del cumplimiento de los tiempos se compone de todas las dispensaciones que jamás se han dado desde que empezó el mundo, hasta esta época. Primeramente se dió una dispensación a Adán. Es bien sabido que Dios le habló por su propia voz en el jardín y le comunicó la promesa del Mesías. Y también a Noé se dio una dispensación, pues Jesús dijo: ‘Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre;’ y así como los justos se salvaron en esa época y los inicuos fueron destruidos, así acontecerá en la actualidad. Y desde Noé hasta Abraham, y desde Abraham hasta Moisés, y desde Moisés hasta Elías, y desde Elías hasta Juan el Bautista, y de allí a Jesucristo, y de Jesucristo a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, todos los cuales recibieron una dispensación por revelación de Dios para efectuar el gran plan de restitución, del cual hablaron todos los santos profetas desde el principio del mundo, y el objeto del cual es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, en la cual se cumplirán todas las cosas que se han hablado desde que se formó la tierra”—Véase Millennial Star, tomo 16, pág. 220.

  2. Las limitaciones del Sacerdocio Aarónico.—Después de conferir el Sacerdocio Menor o Aarónico a José Smith y a Oliverio Cowdery, el ángel ministrante, que en su estado carnal fue conocido como Juan el Bautista, explicó que la autoridad por él comunicada no comprendía el poder para imponer las manos y conferir el Espíritu Santo, pues era una de las funciones del Sacerdocio Mayor o de Melquisedec. Consideremos el caso de Felipe (no Felipe el apóstol), cuya ordenación lo facultaba para bautizar, pero se necesitó una autoridad mayor que la suya para conferir el Espíritu Santo; y por consiguiente, los apóstoles Pedro y Juan descendieron a Samaria para ejercer su ministerio entre los conversos que Felipe bautizó (Hech. 8:5, 12-17). Véase Doc. y Con. 20:41, 46.

  3. El sacerdocio y sus oficios.—Es importante saber que aun cuando Pedro, Santiago y Juan confirieron el Santo Apostolado a José Smith y Oliverio Cowdery—y consiguientemente, la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec—fue necesario ordenarlos élderes en la Iglesia. Cuando recibieron el Sacerdocio de Melquisedec de los tres apóstoles antiguos, no estaba organizada la Iglesia de Jesucristo, y por tanto, no había necesidad de oficiales en la misma, tales como élderes, presbíteros, maestros o diáconos. En cuanto fue establecida, se eligieron oficiales, a quienes se ordenó con el correspondiente grado de sacerdocio. Además, se observó el principio de común acuerdo en el manejo de los asuntos de la Iglesia en este primer paso, cuando los miembros votaron para apoyar a los hombres nombrados a posiciones oficiales, y ha continuado como regla de la Iglesia hasta el día de hoy. También es pertinente indicar que al conferir el Sacerdocio Aarónico a José y a Oliverio, Juan el Bautista no los ordenó con el oficio de presbítero, maestro o diácono. En el Sacerdocio Aarónico están comprendidos estos tres oficios, así como los de élder, setenta, sumo sacerdote, etc. en el de Melquisedec. Léase Doc. y Con. 20:38-67; Artículos de Fe, capítulo 11.

  4. Templos modernos.—La graciosa promesa del Señor, hecha en el Templo de Kirtland—de aparecer a sus siervos en ocasiones futuras y hablarles por su propia voz, con la condición de que el pueblo guardara sus mandamientos y no profanara su santa casa—por ningún motivo quedó abrogada ni perdida cuando los Santos de los Ultimos Días se vieron obligados por la fuerza a abandonar el Templo de Kirtland. El pueblo se vio compelido a huir ante la furia de la persecución de las chusmas, pero en breve emprendieron la erección de otro santuario más espléndido en Nauvoo, Estado de Illinois, del cual también fueron desalojados por las turbas tumultuosas. La Iglesia ha edificado cuatro grandes templos en los valles de Utah, cada uno más espléndido que el anterior; y en estas casas santas continúan sin interrupción las sagradas ordenanzas correspondientes a la salvación y exaltación de los vivos así como de los muertos. Los templos de la dispensación actual, según el orden de su terminación, y designados de acuerdo con el lugar donde están situados, son los siguientes: Kirtland, Estado de Ohio; Nauvoo, Estado de Illinois; Saint George, Logan, Manti, y Salt Lake City, Estado de Utah; Cardston, Canadá; Laie, Hawaii; Mesa, Estado de Arizona; Idaho Falls, Estado de Idaho; Los Angeles, Estado de California; Zollikofen, Suiza; Tuhikaramea, cerca de Hamilton, Nueva Zelandia; New Chapel, Inglaterra; Oakland, Estado de California. Véase The House of the Lord, págs. 63-232.

  5. Congruencia de la afirmación de la Iglesia respecto de su autoridad.—Son notables las pruebas del orden y sistema, en lo que respecta a la restauración de la autoridad para oficiar en las funciones particulares del sacerdocio, y sirven para comprobar la validez perpetua, aun más allá de la tumba, de las ordenaciones autorizadas que se hacen en la tierra. Juan el Bautista, especialmente comisionado según el orden del Sacerdocio Aarónico en la época de Cristo, trajo las llaves de ese orden del sacerdocio, en el cual está comprendida la autoridad de bautizar para la remisión de pecados. Los apóstoles de la antigüedad, Pedro, Santiago y Juan, restauraron el apostolado, en el cual reposan todas las facultades correspondientes al Sacerdocio de Melquisedec. Además, como ya se ha visto, Moisés confirió la autoridad para efectuar la obra del recogimiento; y Elías el Profeta, que, por no haber gustado la muerte, guardaba una relación especial con los vivos, así como con los muertos, entregó la autoridad del ministerio vicario en bien de los que ya habían fallecido. A estos nombramientos de autoridad celestial se debe agregar la de Elías, el cual apareció a José Smith y a Oliverio Cowdery, y les “entregó la dispensación del evangelio de Abraham”. Es evidente, pues, que las afirmaciones de la Iglesia con respecto a su autoridad son completas y concuerdan con la fuente de los poderes que declara tener, y los medios por los cuales éstos nuevamente se han comunicado a la tierra. Las Escrituras y revelaciones, antiguas así como modernas, apoyan, como ley inalterable, el principio de que nadie puede delegar a otro una autoridad que el dador no posee.

  6. Cesó la administración del Sacerdocio de Melquisedec en tiempos antiguos.—Los patriarcas, desde Adán hasta Moisés, tuvieron el Sacerdocio Mayor o de Melquisedec. Aarón fue ordenado con el oficio de sacerdote, y con él, sus hijos; pero queda abundantemente manifestado que Moisés tuvo una autoridad superior (Núm. 12:1-8). Después de la muerte de Aarón, su hijo Eleazar ofició con la autoridad del Sacerdocio Menor, y aún Josué se sujetó a su consejo y autoridad. (Núm. 27:18-23) Desde el ministerio de Moisés hasta el de Jesucristo, solamente el Sacerdocio Menor obró en la tierra, salvo en los casos de autoridad del orden mayor, especialmente delegada, como se manifiesta en los ministerios de ciertos profetas escogidos, por ejemplo, Isaías, Jeremías, Ezequiel y otros. Es evidente que estos profetas, videntes y reveladores fueron comisionados individual y especialmente; pero parece que no tuvieron la autoridad para llamar y ordenar sucesores, porque en su época no existía el Sacerdocio Mayor en una condición organizada, con sus quórumes debidamente instituidos. Sin embargo, no fue así con el Sacerdocio Aarónico y Levítico. Las revelaciones de los postreros días aclaran este asunto en forma particular. Véase Doc. y Con. 84:23-28; léase toda la sección; también The House of the Lord, págs. 235-238.