Jesucristo
Capitulo 4: La Divinidad de Cristo en la Preexistencia

Capitulo 4

La Divinidad de Cristo en la Preexistencia

NUESTRO siguiente objeto será investigar la posición y dignidad de Jesús el Cristo en el mundo preexistente, desde la época del solemne concilio efectuado en los cielos, en el cual fue designado para ser el futuro Salvador y Redentor del género humano, hasta el día en que nació en la carne.

Afirmamos que las Escrituras sostienen nuestra aseveración de que Jesucristo fue y es Dios el Creador, el Dios que se reveló a Adán, Enoc y todos los patriarcas y profetas antediluvianos hasta Noé; el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el Dios de Israel como pueblo unido y el Dios de Efraín y de Judá, después de la división de la nación hebrea; el Dios que se dio a conocer a los profetas desde Moisés hasta Malaquías; el Dios del Antiguo Testamento y el Dios de los nefitas. Afirmamos que Jesucristo fue y es Jehová, el Eterno.

Las Escrituras manifiestan que hay tres personajes en la Trinidad: (1) Dios el Padre Eterno, (2) Su Hijo Jesucristo y (3) el Espíritu Santo. Estos constituyen la Santa Trinidad, integrada por tres entidades físicamente separadas y distintas, que en unión constituyen la presidencia de los cielos.a Por lo menos dos de ellos figuran como participantes activos en la obra de la creación; y la pluralidad con que se expresa en el libro de Génesis nos sirve de ejemplo: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”; y más tarde, refiriéndose a la acción transgresora de Adán, “dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros”.b Las palabras de Moisés, reveladas de nuevo en la dispensación actual, nos dan a saber con mayor claridad acerca de los Dioses que obraron activamente en la creación de esta tierra: “Y yo, Dios, dije a mi Unigénito, que fue conmigo desde el principio: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.” Y más tarde, con respecto al estado de Adán después de la caída: “Y yo, Dios el Señor, dije a mi Unigénito: He aquí, el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros.”c En la historia de la creación, escrita por Abraham, se menciona frecuentemente a “los Dioses”.d

Como ya se ha indicado en relación con otro asunto, el Padre participó en la obra de la creación por medio del Hijo, el cual, por tal motivo, llegó a ser el Administrador, por conducto de quien la voluntad, mandamiento o palabra del Padre se llevó a efecto. De modo que con propiedad enfática el apóstol Juan otorga al Hijo, Jesucristo, el título de “el Verbo” o como lo declara el Padre, “la palabra de mi poder”.e En muchas de las Escrituras se aclara la parte que Jesucristo desempeñó en la creación, parte tan prominente que justifica que lo llamemos el Creador. Así que, el autor de la epístola a los Hebreos se refiere característicamente al Padre y al Hijo, en calidad de Seres distintos pero asociados: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.”f Más explícita todavía es la forma en que el apóstol Pablo escribe a los Colosenses, a quienes declara, con referencia a Jesús el Hijo: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades: todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”g Y aquí cabe repetir el testimonio de Juan, de que por el Verbo—que era con Dios, y que era Dios aun desde el principio—todas las cosas fueron hechas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.h A los profetas del hemisferio occidental se reveló con toda claridad que el Cristo que había de venir era en realidad Dios el Creador. Samuel, el lamanita convertido, al predicar a los nefitas incrédulos, les testificó en estos términos: “Y también para que sepáis de la venida de Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre de los cielos y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y para que sepáis acerca de las señales de su venida, a fin de que podáis creer en su nombre.”i

A estos pasajes de las Escrituras antiguas, se puede agregar con toda propiedad el testimonio personal del Señor Jesús después que se levantó como Ser resucitado. Cuando visitó a los nefitas, se proclamó a sí mismo en esta manera: “He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. Fui con el Padre desde el principio. Yo soy en el Padre, y el Padre en mí, y en mí ha glorificado el Padre su nombre.”j

A los nefitas que no podían comprender la relación entre el evangelio que les declaraba el Señor resucitado, y la ley mosaica, la cual tradicionalmente creían que estaba en vigor, y se maravillaban de su afirmación de que todas las cosas viejas habían pasado, El explicó: “He aquí, os digo que se ha cumplido la ley que se dió a Moisés. He aquí, soy yo quien di la ley, y soy el que hice convenio con mi pueblo Israel; por tanto, la ley se ha cumplido en mí, porque he venido para cumplir la ley; por tanto, ha cesado.”k

La voz de Jesucristo, el Creador de los cielos y de la tierra, nuevamente se ha oído por medio de revelaciones en la presente, o sea la última dispensación: “Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, vosotros a quienes el reino ha sido dado; escuchad y dad oído al que puso los fundamentos de la tierra, el que hizo los cielos con todas sus huestes, y por quien fueron hechas todas las cosas que viven, y se mueven, y tienen su ser.”l Y también: “He aquí, soy Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, quien ha creado los cielos y la tierra, una luz que no se puede esconder en las tinieblas.”m

En los nombres y títulos particulares que autorizadamente se aplican a Jesucristo está manifestada su divinidad. Según el criterio del hombre, no se puede atribuir mucha importancia a los nombres, pero en la nomenclatura de los Dioses, cada nombre es un título de poder o categoría. Dios es propiamente celoso de la santidad de su propio nombren y de los que son dados mediante esta autoridad. En el caso de aquellos hijos que fueron prometidos, El les prescribió sus nombres antes de nacer. Así fue con nuestro Señor Jesús, y con el Bautista (Juan), enviado para preparar el camino delante del Cristo. Por instrucciones divinas se han cambiado los nombres de ciertas personas, porque no expresaban con suficiente claridad el servicio particular al cual fueron llamadas, o las bendiciones especiales conferidas sobre ellas.o

Jesús es el nombre individual del Salvador, y escrito en esta forma, es de derivación griega; su equivalente en hebreo era Yehoshua o Yeshua, o como lo conocemos en castellano, Josué. En su forma original, era bien sabido que el nombre significaba “Ayuda de Jehová” o “Salvador”. Aunque en la actualidad es un nombre tan común como Juan o José o Manuel, sin embargo, el nombre fue prescrito divinamente, como ya se ha dicho. Por tal motivo, el ángel declaró a José, con quien estaba desposada la virgen: “Y llamarás su nombre JESUS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”p

Cristo es un título sagrado y no es una designación ordinaria o nombre común; es de origen griego y son idénticos su significado y el de su equivalente hebreo, Mesías, que quiere decir el Ungido.q Hallamos en las Escrituras otros títulos—cada uno de los cuales encierra un significado particular—tales como Emmanuel, Salvador, Redentor, Hijo Unigénito, Señor, Hijo de Dios, Hijo del Hombre y muchos otros; el hecho de importancia principal para nosotros es que estos varios títulos expresan el origen sagrado y divinidad de nuestro Señor. Como se ha visto, los nombres o títulos esenciales de Jesucristo fueron revelados antes de su nacimiento y se dieron a conocer a los profetas que lo antecedieron en el estado terrenal.r

Jehová es la forma castellanizada del vocablo hebreo, Yahveh o Jahveh, que significa El que Existe por Sí Mismo o El Eterno. El hebreo, Ehyeh, que significa Yo Soy, se relaciona por significado y derivación con el término Yahve o Jehová; y de aquí se desprende el significado de ese nombre con el cual el Señor se reveló a Moisés, cuando éste recibió la comisión de ir a Egipto para librar a los hijos de Israel del cautiverio: “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre? ¿qué les reponderé? Y respondió Dios a Moisés: Yo SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: Yo SOY me envió a vosotros.”s En el versículo siguiente el Señor declara que El es “el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob”. Estando Moisés en Egipto, el Señor de nuevo se le manifestó, y dijo: “Yo soy JEHOVA. Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre JEHOVA no me di a conocer a ellos.”t El hecho principal que connota este nombre, Yo Soy o Jehová—los dos tienen esencialmente el mismo significado—es el de existencia o duración que no tiene fin, y que, juzgado por todas las normas humanas de criterio, no pudo haber tenido principio. El nombre se relaciona con otros títulos como por ejemplo Alfa y Omega, el primero y el último, el principio y el fin.u

En aquella ocasión en que ciertos judíos, considerando su descendencia de Abraham como garantía de una predilección divina, impugnaron a Jesús con preguntas y críticas, El refutó sus palabras abusivas con la declaración: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, YO SOY”;v que es igual que si hubiese dicho, antes que Abraham, fuí yo, Jehová. Los judíos quisquillosos se ofendieron a tal grado cuando lo oyeron pronunciar ese nombre, que—debido a una interpretación errónea de una Escritura anteriorx decían que no había de mencionarse so pena de muerte—inmediatamente tomaron piedras con la intención de matarlo. Para los judíos Jehová era un nombre inefable que no había de ser pronunciado; lo reemplazaron con otro nombre, el cual aunque sagrado no les era prohibido decir, a saber, Adonai, que significa el Señor. Los términos originales Jehová y Dios que aparecen en el Antiguo Testamento, fueron Yahveh o Adonai; y como se ha mostrado por los pasajes citados, el Ser divino designado por estos nombres sagrados era Jesús el Cristo. Juan, evangelista y apóstol, identifica en forma positiva a Jesucristo con Adonai, o el Señor que habló por boca de Isaías,y y con Jehová que se expresó por conducto de Zacarías.z

El nombre Elohim ocurre frecuentemente en los textos hebreos del Antiguo Testamento, aunque no lo hallamos en las versiones castellanas. El vocablo es un sustantivo hebreo de forma plurala pero connota una pluralidad de excelencia o intensidad, más bien que esencialmente de número. Es un término expresivo de exaltación y poder supremos o absolutos. Elohim, como lo entiende y lo emplea la Iglesia restaurada de Jesucristo, es la combinación de nombre y título que corresponde al Padre Eterno, cuyo Hijo Primogénito en el espíritu es Jehová, el Unigénito en la carne, Jesucristo.

Jesús de Nazaret, que en testimonio solemne a los judíos se proclamó como Yo Soy o Jehová, que fue Dios antes que Abraham viviese sobre la tierra, es el mismo Ser que repetidamente se menciona como el Dios que hizo convenio con Abraham, Isaac y Jacob; el Dios que sacó a Israel de la esclavitud de Egipto a la libertad de la tierra prometida, el solo y único Dios, conocido por medio de revelación directa y personal entre los profetas judíos en general.

Los profetas nefitas claramente entendían que Jesucristo se identificaba con el Jehová del Antiguo Testamento, y el Señor resucitado confirmó la verdad de sus enseñanzas al manifestárseles, poco después de ascender de entre los apóstoles en Jerusalén. La narración dice: “Y ocurrió que les habló el Señor, diciendo: Levantaos y venid a mí, para que podáis meter vuestras manos en mi costado y palpar las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he muerto por los pecados del mundo.”b

Parece innecesario citar pasajes extensamente en apoyo de nuestra afirmación de que Jesucristo fue Dios antes que tomara sobre sí un cuerpo de carne. Durante ese período preexistente se manifestaba una diferencia esencial entre el Padre y el Hijo, pues Aquél ya había pasado por la experiencia de la vida terrenal, incluso la muerte y la resurrección, y era, por tanto, un Ser dotado de un cuerpo perfecto e inmortal de carne y huesos, mientras que el Hijo se hallaba todavía en un estado incorpóreo. Por medio de su muerte y resurrección subsiguientes, Jesús el Cristo es, en la actualidad, un Ser semejante al Padre en todo rasgo o característica esencial.

Considerando en forma general la evidencia de las Escrituras, se llega a la conclusión de que Dios el Padre Eterno se ha manifestado en muy pocas ocasiones a los profetas o reveladores terrenales, y en estos casos ha sido principalmente para testificar la autoridad divina de su Hijo Jesucristo. Como previamente se ha mostrado, el Hijo fue el administrador activo en la creación; y en todos los aspectos de esta obra creadora, el Padre parece haber tomado parte únicamente en calidad consultora. El Padre se reveló a Adán, Noé, Abraham y Moisés para atestiguar la divinidad del Cristo y el hecho de que el Hijo era el Salvador designado del género humano.c Al tiempo del bautismo de Jesús se oyó la voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”,d y durante la Transfiguración, el Padre dio un testimonio similar.e En una ocasión posterior, mientras Jesús oraba con el alma angustiada, sometiéndose a sí mismo a fin de que se cumplieran los fines del Padre y su nombre fuese glorificado, “vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”.f El Padre proclamó al Cristo resucitado y glorificado a los nefitas sobre el continente occidental, con estas palabras: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd.”g Desde esa ocasión no volvió a oírse la voz del Padre entre los hombres, según lo hacen constar las Escrituras, sino hasta la primavera de 1820, cuando el Padre, junto con el Hijo, visitaron a José Smith, y el Padre declaró: “¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!”h Hallamos en las Escrituras ocasiones en que el Padre Eterno se manifestó al hombre en persona o por otros medios de revelación sin el Hijo. Dios el Creador, el Jehová de Israel, el Salvador y Redentor de todas las naciones, tribus y lenguas, son la misma persona, y ésta es Jesús el Cristo.

Notas al Capitulo 4

  1. Nombres dados por Dios.—Hallamos muchos casos en las Escrituras que ilustran el significado de los nombres que Dios otorga. He aquí unos ejemplos: “Jesús”, cuyo significado es Salvador (Mateo 1:21; Lucas 1:31); “Juan”, que significa el don de Jehová, aplicado particularmente al Bautista, enviado a la tierra para preparar el camino delante de Jehová en la carne (Lucas 1:13); “Ismael”, que quiere decir Dios oirá (Gén. 16:11); “Isaac”, cuya interpretación es risa (Gén. 17:19; compárese con 18:10-15). Como ejemplos del cambio de nombre por autoridad divina para expresar bendiciones adicionales o llamamientos especiales, considérense los siguientes: “Abram”, que indicaba nobleza o exaltación y, como usualmente se interpreta, padre de elevación, fué vertido en “Abraham”, padre de multitud, con lo que se expresa la razón por la que se efectuó el cambio en esa ocasión: “Porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.” (Gén. 17:5) “Sarai,” nombre de la esposa de Abraham, de significado particular obscuro, fué reemplazado por “Sara”, que significa princesa. (Gén. 17:15) Jacob, que fue el nombre dado al hijo de Isaac, debido a cierta circunstancia relacionada con su nacimiento y cuyo significado era suplantador, fue substituido por “Israel”, que quiere decir príncipe de Dios; pues como se expresó al tiempo de hacerse el cambio: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.” (Gén. 32:28; compárese con 35:9, 10) “Simón”, cuya interpretación es oyente, era el nombre del apóstol principal de Jesucristo, mas el Señor lo cambió a “Cefas” (arameo) o “Pedro” (griego) que quiere decir piedra. (Juan 1:42; Mateo 16:18; Lucas 6:14) A Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, el Señor confirió el título de “Boanerges”, que significa hijos del trueno. (Marcos 3:17)

    El siguiente trozo es instructivo: “Nombre en las Escrituras no sólo es la designación particular de la persona, sino que con frecuencia también comprende todo lo que se sabe que pertenece a la persona de ese nombre, además de la persona misma. De modo que ‘el nombre de Dios’ o ‘el nombre de Jehová’, etc., indica su autoridad (Deut. 18: 20; Mateo 21:9, etc.), su dignidad y gloria (Isa. 48:9, etc.), su protección y gracia (Prov. 1:10, etc.) su carácter (Exo. 34:5, 14; compárese con vers. 6 y 7), sus atributos divinos en general (Mateo 6:9), etc. También se dice que el Señor pone su nombre en el lugar o sitio que El ha designado como su habitación. (Deut. 12:5; 14:24) Creer en el nombre de Cristo es recibirlo a El y tratarlo de acuerdo con la revelación que de El dan las Escrituras. (Juan 1:12; 2:23)”—Comprehensive Dictionary of the Bible, por Adam Smith, artículo “Nombre”.

  2. Jesucristo es el Dios de Israel.—“Todos los escritos inspirados, y con mayor particularidad la Biblia, evidencian que Jesucristo es el mismo Ser que llamó a Abraham de su país nativo, sacó a los hijos de la tierra de Egipto con potentes milagros y prodigios, les dio a conocer su ley al son de los truenos sobre el Monte Sinaí, los libró de sus enemigos, los castigó por su desobediencia, inspiró a sus profetas, y cuya gloria hinchió el Templo de Salomón.

    “Su lamentación por causa de Jerusalén manifiesta que, en su humanidad, no se había olvidado de su anterior posición exaltada: ‘¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos … y no quisiste!’ (Mateo 23:37) Fue este Creador del mundo, este fuerte Rey, este Director de los destinos de la familia humana, quien, en sus últimos momentos exclamó con la angustia del alma: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’” (Marc. 15:34)—Compendium of the Doctrines of the Gospel, por Franklin A. Richards y James A. Little.

  3. Los judíos no pronunciaban el nombre de “Jehová”.—Mucho antes del tiempo de Cristo, había entre los judíos ciertas escuelas que, siempre atentas a la observancia de la letra de la ley, aunque no desechando por completo el espíritu de ella, enseñaban que con tan sólo mencionar el nombre de Dios se blasfemaba, y que tal acto constituía una ofensa capital. Este concepto extremado nació de la interpretación aceptada, mas no inspirada, de Levítico 24:16: “Y el que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará; así el extranjero como el natural, si blasfemare el Nombre, que muera.” Tomamos lo siguiente de A Comprehensive Dictionary of the Bible, de Adam Smith, artículo “Jehová”: “La pronunciación verdadera de este nombre (Yehovah), con el cual Dios era conocido entre los hebreos, se ha perdido por completo, pues los propios judíos escrupulosamente evitaban toda mención del nombre y substituían en su lugar una u otra de las palabras que se acomodaban a las vocales escritas (Adonai, Señor, o Elohim, Dios) … Según la tradición judía, no se pronunciaba sino una vez al año por el sumo sacerdote el día de la expiación, al entrar en el Lugar Santísimo; pero existen algunas dudas en este respecto.”