Capitulo 32: Instrucciones Adicionales a Los Apostoles
    Notas al pie de página

    Capitulo 32

    Instrucciones Adicionales a Los Apostoles

    Profecías referentes a la destrucción de Jerusalén y el futuro advenimiento del Señora

    REGRESANDO por la última vez de Jerusalén al querido hogar en Betania, Jesús descansó en un sitio conveniente del Monte de los Olivos, desde el cual se podía ver la gran ciudad y el magnífico templo en todo su esplendor, iluminados por los rayos del sol descendente a la caída de la tarde ese memorable día de abril. Mientras se hallaba sentado, absorto en sus meditaciones, se acercaron Pedro, Santiago, Juan y Andrés, de los Doce, y ciertamente a éstos—y con toda probabilidad incluyó a los demás apóstoles—dio instrucciones en las cuales incorporó otras profecías concernientes al futuro destino de Jerusalén, Israel y el mundo en general. Su fatídica declaración, que no quedaría una piedra sobre otra de los edificios del templo, había infundido en los apóstoles asombro y temor, de modo que vinieron a El en lo particular para pedirle una explicación. “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas—le preguntaron—y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo?” La naturaleza de la pregunta indica que entendían el hecho de que la destrucción a la cual el Señor se había referido era cosa aparte, y que antecedería las señales que habrían de anunciar su glorioso advenimiento y el todavía más lejano principio de la consumación, comúnmente llamada entonces y ahora “el fin del mundo”. Por la forma en que se hizo la pregunta se sobrentiende la suposición de que los acontecimientos se verificarían en rápida sucesión.

    La pregunta, “¿cuándo serán estas cosas?”, se refirió particularmente a la especificación de un tiempo determinado. La respuesta no precisó fechas sino acontecimientos; y la esencia del discurso subsiguiente fue una advertencia de que se cuidaran del error, a la vez que una amonestación de vigilar en todo momento. La primera y sumamente importante observación fue: “Mirad que nadie os engañe”; porque dentro del término de la vida de la mayor parte de aquellos apóstoles se levantarían blasfemos impostores afirmando ser el Mesías. El regreso de Cristo a la tierra en calidad de Señor y Juez sería en un futuro mucho más lejano de lo que se imaginaba cualquiera de los Doce. Antes de ese acontecimiento glorioso, se verían muchas cosas asombrosas y espantosas, las primeras de las cuales serían guerras y rumores de guerras ocasionadas por las naciones y los reinos que se levantarían los unos contra los otros; y esto sería acompañado de terribles hambres, pestes y terremotos en muchos lugares; sin embargo, todas estas cosas apenas serían el principio de la congoja o angustia que seguiría.

    Se dijo a los apóstoles que no se admiraran de ser perseguidos, no sólo por personas irresponsables, sino por parte de los oficiales que en esos momentos estaban resueltos a quitarle la vida al propio Señor. Estos los azotarían en las sinagogas, los entregarían a tribunales hostiles, los denunciarían, delante de magistrados y reyes, y aun matarían a algunos de ellos, y todo por causa de su testimonio del Cristo. Tal como les fue prometido antes, una vez más se les aseguró que cuando se hallaran ante concilios, magistrados o reyes, les serían dadas las palabras que necesitarían en la hora de su juicio, motivo por lo cual se les aconsejó que no pensaran de antemano en lo que habrían de decir, o en la forma de encarar los problemas que los confrontaran, “porque no sois vosotros los que habláis—les dijo el Maestro—sino el Espíritu Santo”.b Aun cuando se vieran despreciados y aborrecidos de los hombres, y aunque padecieran ignominias, tormentos y muerte, sin embargo, se les prometió que, en lo concerniente a su bienestar eterno, serían protegidos a tal grado que, en comparación, no perderían ni un cabello de la cabeza. Con ánimo consolador, el Señor les recomendó que con su paciencia ganaran sus almas.c En medio de todas sus pruebas, y aun la persecución más enconada, tenían la obligación de perseverar en su ministerio, porque el divino plan disponía y requería que el evangelio del reino se predicara entre todas las naciones. La propaganda revolucionaria de muchos falsos profetas complicaría e impugnaría sus labores, y las diferencias en los credos dividirían familias y engendrarían tanto rencor, que los hermanos se traicionarían los unos a los otros, y los hijos se levantarían contra sus padres, acusándolos de herejías y entregándolos para ser muertos. Aun entre los que profesaran ser discípulos de Cristo, muchos se ofenderían y abundaría la mala voluntad; se resfriaría el amor por el evangelio, reinaría la iniquidad entre los hombres y sólo aquellos que perseveraran hasta el fin de sus vidas se salvarían.

    De esta profecía circunstancial de condiciones entonces inminentes, el Señor pasó a otros acontecimientos que directamente precederían la destrucción de Jerusalén y el quebrantamiento total de la nación judía. “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel—dijo el Señor, según el Evangelio de S. Mateo, y leemos virtualmente la misma cosa en el de Marcos, o “cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos”, como lo ha escrito S. Lucas—sabed entonces que su destrucción ha llegado.” No había manera de interpretar equívocamente esta señal particular. El profeta Daniel había previsto la desolación y abominaciones consiguientes, y entre ellas, la forzada abrogación de los ritos del templo y la profanación de los altares de Israel bajo los pies de conquistadores paganos.d

    El sitio de Jerusalén y el movimiento de ejércitos anunciarían el cumplimiento de la visión profética de Daniel. En esa ocasión todos los que desaran escapar tendrían que salir aceleradamente; los de Judea deberían refugiarse en las montañas; el que se hallara sobre la azotea, no tendría tiempo de recoger sus bienes, antes debería descender por la escalera exterior y huir; al que se encontrara en el campo le sería mejor huir sin volver a su casa ni aun por su ropa. Terrible en verdad sería ese día para las mujeres cuyos movimientos se vieran restringidos por hallarse encinta o con la responsabilidad de cuidar de sus niños de pecho. Bueno les sería orar que no se vieran obligados a huir en invierno o en día de reposo, no fuera que las restricciones del día santo sobre los viajes, o las puertas cerradas de la ciudad les estorbaran la oportunidad de escapar.

    El horror de las tribulaciones de la época que entonces se anunciaba sería inaudito, y los espantosos detalles no tendrían paralelo en la historia de Israel; pero Dios en su misericordia había decretado que se acortaría ese terrible período por amor de los creyentes elegidos, de lo contrario no quedaría en Israel carne con vida. Multitudes caerían por la espada; innumerables grupos serían llevados cautivos y esparcidos entre todas las naciones; y Jerusalén, orgullo y vanagloria de Israel degenerado, iba a ser “hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. La historia hace constar que la profecía del Señor se cumplió hasta el último terrible detalle.e

    Después de pasar esos días terribles, y durante un período de tiempo no especificado, Satanás engañará al mundo por medio de doctrinas falsas, esparcidas por hombres perversos disfrazados de ministros de Dios, los cuales clamarán: “Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está.” Se previno a los Doce para que se cuidaran de todos éstos, y se les dijo que por su conducto y el de otros maestros que ellos habrían de llamar y ordenar, sería amonestado el mundo. Los profetas engañadores, emisarios del diablo, obrarían activamente, unos sonsacando a la gente a los desiertos, impulsándola a llevar una vida ermitaña de ascetismo pernicioso; otros insistiendo en que se podría hallar a Cristo en las cámaras secretas de la reclusión monástica; y algunos manifestando señales y maravillas por el poder de Satañas, “de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos”; pero en cuanto a todos estos designios del príncipe del mal, el Señor amonestó a los suyos: “No lo creáis”; y agregó: “Mas vosotros mirad; os lo he dicho todo antes.”f

    En el día del advenimiento del Señor en gloria y venganza, ningún hombre tendrá razón para dudar. No habrá oportunidad para que las sectas contendientes presenten sus afirmaciones contradictorias, “porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre”.g Se representó el recogimiento de Israel en los postreros días mediante la congregación de las águilas en el sitio donde el cuerpo de la Iglesia se ha de establecer.h

    Está claro el orden cronológico de los acontecimientos predichos—y hasta este punto considerados—en este maravilloso discurso sobre las cosas venideras. Primero se iniciaría un período de rencorosa persecución contra los apóstoles y la Iglesia que tendrían a su cargo; luego habría de seguir la destrucción de Jerusalén, con todos los horrores de una guerra sin cuartel; y a su vez la sucedería un largo período de superchería sacerdotal y apostasía con una enconada disensión sectaria y cruel persecución de los justos. La breve referencia a los fenómenos universales de sitio indeterminado, que serán la señal de su advenimiento, constituye una demostra-ción parentética de las falsas afirmaciones respecto de donde podría encontrarse a Cristo. Más tarde el Señor se refirió particular e inequívocamente a las circunstancias de su entonces futuro, y aún esperado, advenimiento. Tras la época de credos inventados por los hombres y el ministerio desautorizado que iba a señalar la gran apostasía, se manifestarán acontecimientos prodigiosos mediante las fuerzas de la naturaleza, y finalmente aparecerá la señal del Hijo del Hombre, una de cuyas características será la consumación del recogimiento de los elegidos, de todas partes de la tierra, a los lugares señalados.

    El principal deber que Jesús impuso a los apóstoles en todas sus futuras escenas de aflicción, padecimientos y confusión, fue la vigilancia. Habían de orar, vigilar y trabajar diligentemente y con una fe inflexible. Ilustró la lección con una regia analogía que, dentro de una clasificación algo extensa, puede llamarse parábola. Llamándoles la atención a la higuera y otros árboles que crecían en las laderas bañadas de sol del Monte de los Olivos, el Maestro dijo: “Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.” Refiriéndose a la higuera en particular, el Señor declaró: “Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.” Esta señal de acontecimientos cercanos podía aplicarse igualmente a las condiciones precursoras que habrían de anunciar la caída de Jerusalén y la terminación de la autonomía judía, así como a los acontecimientos que inmediatamente precederán el segundo advenimiento del Señor.

    La siguiente declaración, según el orden de los escritos evangélicos, fue: “De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.” Podemos entender que estas palabras se aplican a la generación en que se han de realizar los portentosos acontecimientos previamente descritos. En lo concerniente a las predicciones relacionadas con la destrucción de Jerusalén, todas se cumplieron literalmente dentro del período de la vida natural de varios de los apóstoles y multitudes de sus contemporáneos; las profecías del Señor que corresponden a la anunciación de su segunda venida se cumplirán dentro del período de la generación de algunos que presencien la inauguración de su cumplimiento. El Señor hizo hincapié en la certeza de su verificación afirmando solemnemente: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”i

    Toda especulación concerniente al tiempo de la aparición del Señor, bien sea que se funde en la suposición, deducción o cálculo de fechas, quedó contrarrestada con esta aseveración de Cristo: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.”j Que su advenimiento con poder y gloria será repentino e inesperado, en lo que respecta al mundo negligente y pecaminoso, pero que vendrá después de las señales que los vigilantes y devotos podrán leer y entender, quedó claramente establecido mediante una comparación con las condiciones sociales que prevalecían en la época de Noé, cuando la gente, a pesar de las profecías y amonestaciones, continuó sus festejos y diversiones, casándose y dándose en casamiento, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, “y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre”.

    En las últimas etapas del recogimiento de los elegidos, los vínculos del compañerismo desaparecerán en un momento; de dos hombres que estén trabajando en el campo, o de dos mujeres que desempeñen sus faenas domésticas, una al lado de la otra, la persona fiel será tomada y la pecadora será dejada. “Velad, pues—fue la solemne amonestación—porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.” Explicando esta advertencia, el Señor se dignó comparar el carácter repentino y secreto de su venida con las actividades del ladrón que se introduce de noche, e indicó que el dueño de la casa velaría si tuviera conocimiento preciso de la hora en que el ladrón iba a hacer su visita preconcertada; pero si le sobreviene la incertidumbre, puede descuidarse y el ladrón entrará y despojará la casa.

    Comparando una vez más a los apóstoles con los mayordomos debidamente nombrados de una casa,k el Señor habló como si El fuera el padre de familia, y dijo: “Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.” Pero si el mayordomo se vuelve negligente a causa de la larga ausencia de su amo, y se pone a festejar y dar rienda suelta a sus gustos, o se vuelve autocrático o injusto hacia sus consiervos, su señor llegará en la hora en que menos lo espere y consignará a ese mal siervo a un lugar entre los hipócritas, donde derramará amargas lágrimas de remordimiento y crujirá los dientes con impotente desesperación.l

    La necesidad de la vigilancia y diligencia ilustrada por medio de parábolas

    Para impresionar más indeleblemente en los apóstoles—y en el mundo, por conducto del ministerio subsiguiente de éstos—la necesidad absoluta de una vigilancia incesante y una diligencia resuelta en los preparativos para la venida del Señor en juicio, Jesús pintó por medio de parábolas la condición en que probablemente se hallará el género humano en los postreros tiempos. El primero de estos cuadros ilustrativos es la Parábola de las Diez Vírgenes. La única narración conocida es la que hallamos en S. Mateo,m y dice así:

    “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”

    La historia está basada en las costumbres matrimoniales del Oriente, con las cuales estaban familiarizados los atentos oyentes del Señor. Era común, y todavía lo es en esas tierras, particularmente con relación a la fiesta de bodas entre las clases ricas, que el esposo, acompañado de sus amigos, saliera en procesión a la casa de la desposada y más tarde la condujera a su nuevo hogar en medio de un numeroso séquito compuesto de padrinos, madrinas, parientes y amigos. Al proceder la compañía nupcial al son de alegres melodías, se le podían incorporar pequeños grupos que se habían reunido para esperar en sitios convenientes a lo largo del camino, y particularmente cerca de la casa, de donde salían compañías organizadas para recibir a la procesión que se aproximaba. Las bodas solían efectuarse en las tardes y en las noches, y el uso forzoso de antorchas y lámparas no sólo iluminaba la escena, sino que también le impartía belleza adicional.

    Las diez vírgenes de la parábola esperaban para dar la bienvenida y unirse a la compañía nupcial, la hora de cuya venida no se sabía. Cada una de ellas había fijado su lámpara al extremo de una varilla a fin de poder sostenerla en alto durante la marcha festiva; pero de las diez vírgenes, cinco de ellas prudentemente habían llevado consigo aceite adicional, mientras que las otras cinco, probablemente creyendo que no sería mucha la dilación, o suponiendo que podrían pedir prestado un poco de aceite a las otras, o quizá olvidando negligentemente el asunto, no llevaban más aceite sino el que habían puesto en sus lámparas al salir. El esposo se demoró; el sueño venció a las doncellas que esperaban y se quedaron dormidas. A la medianoche los precursores del grupo nupcial ruidosamente proclamaron la llegada del novio, y repentinamente anunciaron: “Salid a recibidle.” Las diez doncellas, afanosamente activas después de ahuyentárseles el sueño, se pusieron a arreglar sus lámparas; las prudentes pudieron usar el aceite que llevaban en sus vasijas, pero las descuidadas, lamentando su situación, descubrieron que sus lámparas se hallaban vacías y no tenían aceite para volverlas a llenar. Recurrieron a sus hermanas más prudentes, pidiéndoles un poco de su aceite, pero éstas se lo negaron; porque en una emergencia como ésta, compartir lo que les quedaba las dejaría incapacitadas a ellas también, en vista de que apenas tenían suficiente aceite para sus propias lámparas. En lugar de aceite, lo único que pudieron dar a sus hermanas desafortunadas fue el consejo de ir al comerciante más cercano y comprar para sí mismas. Mientras las vírgenes insensatas andaban buscando aceite, la compañía nupcial entró en la casa donde estaba preparada la fiesta, y se cerró la puerta. Pasado algún tiempo, las doncellas insensatas, habiendo llegado demasiado tarde para participar en la procesión, llamaron desde afuera suplicando que se les dejara entrar; pero el esposo les negó su solicitud y las desconoció, en vista de que no habían formado parte del séquito suyo o de su desposada.

    El Esposo es el Señor Jesús; la fiesta de bodas simboliza su venida en gloria para recibir a su Iglesia sobre la tierra a Sí mismo, en calidad de desposada.n Las virgenes representan a los que profesan creer en Cristo, y por ende, confiadamente esperan verse incluidos entre los bienaventurados participantes de la fiesta. La lámpara encendida que llevaba cada una de las doncellas es la manifestación exterior de la creencia y prácticas cristianas; y en la reserva de aceite de las prudentes, podemos ver la fuerza y abundancia espirituales que sólo la diligencia y la devoción en el servicio de Dios pueden asegurarnos. La falta de suficiente aceite, por parte de las vírgenes insensatas, es semejante a la escasez de tierra en el campo pedregoso, en el cual la semilla brota rápidamente pero no tarda en secarse.o

    La llegada del Esposo fue repentina; y no se puede culpar a las vírgenes de la sorpresa que les causó oir el súbito anuncio, pero las cinco doncellas insensatas sufrieron los resultados naturales de su falta de preparación. No debe considerarse como falta de caridad el que las virgenes prudentes se hayan negado a compartir su aceite en el momento crítico; las circunstancias simbolizan el hecho de que en el día del juicio toda alma tendrá que responder por sí misma; no habrá manera de acreditar o abonar la justicia de uno en la cuenta de otro; la doctrina de la supererogación es completamente falsa.p El pronunciamiento condenatorio del Esposo, “No os conozco”, fue como declarar que aquellas suplicantes pero descuidadas personas, indispuestas y sin preparación, no lo conocían a El.q

    La aplicación de la parábola y su caudal de espléndidas imágenes se encuentran magistralmente sintetizados en esta impresionante amonestación del Señor: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.” El cumplimiento de las profecías comprendidas en esta preciosa parábola todavía se halla en lo futuro, pero está cerca. En 1831 el Señor Jesucristo reveló de nuevo las señales que indicarán la inminencia de su glorioso advenimiento. Hablando por boca de su profeta José Smith, manifestó lo siguiente: “Y en aquel día, cuando venga en mi gloria, se cumplirá la parábola que hablé acerca de las diez vírgenes. Porque aquellos que son sensatos y han recibido la verdad, y han tomado al Espíritu Santo por guía, y no han sido engañados, de cierto os digo, éstos no serán talados ni echados al fuego, sino que aguantarán el día. Y les será dada la tierra por heredad; y se multiplicarán y serán fuertes, y sus hijos crecerán sin pecado hasta salvarse. Porque el Señor estará en medio de ellos, y su gloria estará sobre ellos, y él será su rey y su legislador.”r

    Continuando sus solemnes discursos a los apóstoles, al caer las sombras de la tarde sobre el Monte de los Olivos, el Señor les comunicó la última de sus parábolas que se hallan en los Evangelios. Lleva por nombre la Parábola de los Talentos.s

    “Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dió cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos. Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.”

    Aun a golpe de vista se destacan algunas de las semejanzas que guarda esta parábola con la de las minas;t y por medio de la comparación y el estudio se descubren las diferencias significativas. La parábola anterior fue dirigida a una multitud mixta en el curso del último viaje de nuestro Señor, de Jericó a Jerusalén; la segunda, en lo particular, al grupo más íntimo de sus discípulos, en las últimas horas del día final de su ministerio público. Conviene estudiar las dos juntas. En la historia de las minas se entregó la misma cantidad de capital a cada uno de los siervos, y quedaron manifestadas las diversas habilidades de los hombres para utilizar y aplicar, con sus correspondientes resultados de recompensa o castigo; en la de los talentos confiados, los siervos recibieron diferentes cantidades, se dio “a cada uno conforme a su capacidad” y se recompensó equitativamente la misma diligencia, aunque manifestada en un caso por una utilidad grande, y en el otro por un aumento pequeño, pero proporcionado. En ambas se condena y se castiga la deslealtad y la negligencia.

    En la parábola que ahora estamos considerando se representa al señor en el acto de entregar los bienes a sus propios criados, o mejor dicho sus siervos; ellos, así como lo que les iba a ser confiado, eran propiedad de él. Los siervos no tenían ninguno de los derechos del dueño, ni título permanente de propiedad al tesoro entregado a su cargo; todo cuanto tenían, su tiempo y oportunidad para emplear sus talentos, y aun ellos mismos, pertenecían a su señor. No podemos sino comprender, aun en la primera parte de la historia, que el Señor de los siervos era Jesús; por consiguiente, los siervos eran los discípulos, y más particularmente los apóstoles, los cuales, aun cuando poseían la misma autoridad, recibida mediante la ordenación del Santo Sacerdocio—como se indica particularmente en la primera parábola de las minas—eran hombres de distintas habilidades, diversas personalidades y generalmente desiguales en naturaleza y en las obras que les sería necesario efectuar en su ministerio. El Señor estaba a punto de partir; no volvería sino hasta “después de mucho tiempo”. El significado de esta circunstancia concuerda con lo que se expresó en la Parábola de las Diez Vírgenes sobre la demora del Esposo.

    Cuando llegó el día de hacer cuentas, los siervos que habían negociado bien, uno con sus cinco talentos, el otro con sus dos, gozosos le dieron su informe, conscientes de que por lo menos se habían esforzado lo mejor que pudieron. El siervo inútil prologó su informe con un pretexto quejoso en el cual le imputó una injusticia al Maestro. Los siervos honrados, diligentes y fieles vieron y reverenciaron en su Señor la perfección de las buenas cualidades que ellos poseían en grado menor; el sirviente perezoso e incapaz, adoleciendo de visión imperfecta, declaró ver sus propios defectos impíos en el Maestro. En este particular, así como en los otros aspectos relacionados con los hechos y tendencias humanas, la historia es psicológicamente verdadera; existe en el hombre esa peculiar propensión a conceptuar que en los atributos de Dios deben estar incorporados, en un grado más extenso, los rasgos predominantes de su propia naturaleza.

    Hubo el mismo encomio para el siervo que recibió cinco talentos, como para aquel a quien sólo se confiaron dos talentos, y por lo que leemos, igual recompensa. Los talentos conferidos a cada uno eran un don de su Señor, el cual sabía perfectamente bien si ese siervo era capaz de utilizar con mayor provecho uno, dos o cinco. No debemos llegar a la conclusión de que la buena obra en un grado relativamente pequeño es menos necesaria o aceptable que un servicio similar de mayor trascendencia. Muchos que han logrado el éxito en los negocios con un capital pequeño, habrían fracasado en la administración de cantidades más fuertes; igual cosa sucede en lo que respecta a las realizaciones espirituales, pues “hay diversidad de dones, pero el espíritu es el mismo.”u Al hombre dotado de muchos talentos le fue requerido un usufructo mayor; del que sólo recibió un talento se esperaba relativamente poco, y sin embargo, aun en lo poco fracasó.v Por lo menos pudo haber llevado el dinero a un banco, por medio del cual habría circulado para beneficiar a la comunidad, ganando réditos mientras tanto. Asimismo, en cuanto a la aplicación, el hombre que posee cualquier don bueno, como la habilidad musical, elocuencia, destreza para trabajar con las manos o cosas semejantes, debe emplear ese don hasta donde pueda, a fin de que él y otros se beneficien por ello; pero en caso de que por su demasiada negligencia no quiera ejercitar sus facultades para prestar servicio independiente, por lo menos puede infundir aliento en otros, ayudándoles a que se esfuercen provechosamente.

    ¿Quién puede dudar, tomando en consideración el espíritu de las enseñanzas del Señor, que el negligente habría sido encomiado tan cordialmente y recompensado en una forma tan extensa como sus compañeros mejor dotados y más fieles, si hubiera podido informar que había logrado doblar su talento? Es notable que el Señor no se dignó refutar la acusación de injusticia que le imputó el siervo negligente; el espíritu de la respuesta fue el mismo que se expresó en la parábola anterior: “Mal siervo, por tu propia boca te juzgo.”x El hombre indigno quiso eximirse, valiéndose del despreciable pero demasiado común pretexto de culpar intencionalmente a otra persona, que en este caso era su Señor. No se nos confieren los talentos para ocultarlos en la tierra, y entonces desenterrarlos y devolverlos desaprovechados, oliendo a tierra, y deslustrados por la corrosión del desuso. El talento desaprovechado justamente le fue quitado al que lo había menospreciado, y entregado a aquel que aun cuando ya poseía mucho, utilizaría el don adicional para su propio provecho, para beneficiar a sus semejantes y para la gloria de su Señor.

    El juicio inevitabley

    El Señor había pronunciado su última parábola. Con palabras claras, aunque adornadas con la belleza de sus comparaciones eficaces, El inculcó en sus atentos discípulos la certeza del juicio con el cual será visitado el mundo en el día de su aparición. Entonces será separado el trigo de la cizaña,z y las ovejas apartadas de las cabras. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.” A los que se encuentren a su diestra el Rey extenderá su encomio y bendición, otorgándoles un rico galardón por sus buenas obras, confirmadas por el hambriento que habían alimentado, el sediento al cual habían dado de beber, el forastero que habían hospedado, el desnudo que habían vestido, el enfermo que habían socorrido, el encarcelado que habían visitado y animado; y estas misericordias les serán contadas como si las hubiesen hecho a su Señor en persona. La bendita compañía, sobrecogida por la abundante generosidad del Rey, y de la cual ellos se considerarán indignos, no podrán negar los méritos que les serán atribuidos: “Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”

    A los que en medio de una espantosa expectación se encuentren a la izquierda, el Rey les detallará sus numerosos defectos, entre otros, que no le habían proporcionado alimento o bebida, alojamiento ni ropa, a pesar de sus necesidades; tampoco lo habían visitado aunque estuvo enfermo, ni atendido a sus necesidades hallándose preso. Con la desesperación de su angustia éstos preguntarán dónde y cuándo tuvieron la oportunidad de consolarlo, y El les responderá: “De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.” Los justos serán recibidos con esta bienvenida: “Venid, benditos de mi Padre”; los inicuos recibirán esta terrible condena: “Apartaos de mí, malditos.” La vida eterna constituye la recompensa de valor inestimable; el castigo sin fin, la condenación insondable.a

    Considerando como un solo discurso las dos parábolas y enseñanzas que las acompañaron, hallamos en él esa unidad de tema y particularidad de detalle que al mismo tiempo comunica al conjunto una belleza y valor que sobrepuja la suma de estas cualidades manifestadas en sus distintas partes. En la historia de las vírgenes se ejemplifican la vigilancia en la causa del Señor y el peligro de la falta de preparación; los rasgos principales de la de los talentos son la obra diligente y los resultados calamitosos de la desidia. Estos dos aspectos del servicio son de importancia recíproca y complementaria; tan necesario es saber esperar en ciertas ocasiones como trabajar en otras. Claramente queda manifestado que habrá un período muy extenso entre la partida del Señor y su vuelta en gloria, como se ve en el caso del Esposo que se tardó y en la ausencia del Maestro que se ausentó, “yéndose lejos”. El sublime resumen de este discurso sin paralelo es la certeza absoluta de que el Cristo vendrá a ejecutar su juicio sobre la tierra, mediante el cual toda alma recibirá de acuerdo con lo que merezca.

    Otra predicción precisa de la muerte del Señor

    Tras las instrucciones impartidas a los apóstoles mientras descansaba en el Monte de los Olivos, y probablemente al dirigir sus pasos hacia Betania esa tarde, Jesús les recordó a los Doce el espantoso destino que lo esperaba, y detalló el tiempo de su traición y la manera de su muerte. “Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua—les dijo—y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.”b

    Notas al Capitulo 32

    1. Rápido cumplimiento de las profecías del Señor.—En lo concerniente al cumplimiento literal de las profecías del Señor referentes a la época que seguiría inmediatamente después de su ascensión hasta la destrucción de Jerusalén, se hace necesario referir al estudiante a las Escrituras y a otras historias. Aquí sólo se intentará presentar un breve resumen de los acontecimientos más notables.

      Sobre el asunto de las guerras y rumores de guerras, véase Antiquities of the Jews, por Josefo, xvii, capítulo 9, y Wars of the Jews, por el mismo autor, ii, capítulo 10. La segunda cita se refiere al decreto de Calígula, de que su estatua se erigiera en el templo y fuera debidamente reverenciada. Los judíos protestaron tan vigorosamente, que les fue declarada la guerra, pero se evitó con la muerte del emperador. Refiriéndose a la muerte de Calígula, Josefo escribe que “sucedió en la mejor oportunidad para nuestra nación particular, la cual habría perecido por completo si no hubiese fallecido tan repentinamente”. Los emperadores Claudio y Nerón, respectivamente, amenazaron a los judíos con una guerra.

      Nación se levantó contra nación, como por ejemplo, en el asalto de los griegos y sirios sobre los judíos, en el cual murieron 50.000 judíos en Seleucia sobre el Tigris, y 20.000 en Cesarea, 13.000 en Escitópolis y 2.500 en Ascalón. El hambre y la peste consiguiente prevalecieron durante el reinado de Claudio (años 41-54), calamidad particular predicha por inspiración, por conducto de Agabo. (Hechos 11:28) El hambre fue muy severa en Palestina. (Antiquities, de Josefo, xx, capítulo 2) Entre la muerte de Cristo y la destrucción de Jerusalén ocurrieron terremotos con frecuencia alarmante y de severidad extraordinaria, particularmente en Siria, Macedonia, Campania y Acaya. Véase los Anales de Tácito, libros xii y xiv; y para la relación de los violentos movimientos sísmicos ocurridos en Roma, véase Vidas de los Césares por Suetonio. Josefo (Wars, iv, capítulo 4) habla de un terremoto particularmente severo que azotó parte de Judea, junto con el cual hubo “asombrosas conmociones y bramidos de la tierra, indicación manifiesta de que alguna destrucción iba a sobrevenir a los hombres”. La profecía de “terror y grandes señales del cielo” que hallamos en S. Lucas, se cumplió con los fenomenales acontecimientos descritos por Josefo. (Wars of the Jews, Prefacio)

      En su comentario sobre los pasajes del capítulo 24 de Mateo, el doctor Adam Clark dice lo siguiente acerca de la persecución que vino sobre los apóstoles y otros, así como de su comparecencia ante reyes: “No necesitamos ir más allá de los Hechos de los Apóstoles para ver el cumplimiento de estas cosas. Unos, como Pedro y Juan, fueron llevados ante concilios (Hech. 4:5); otros, ante gobernadores y reyes, como Pablo delante de Galión (Hech. 18:12); delante de Félix (cap. 24); delante de Festo y Agripa (cap. 25). Algunos fueron bendecidos con palabras y sabiduría que sus adversarios no pudieron resistir; así fué con Esteban (6:10), y con Pablo, que hizo estremecer al propio Félix (24:25). Varios de ellos fueron encarcelados, por ejemplo, Pedro y Juan (4:3); otros recibieron azotes, como Pablo y Silas (16:23); otros fueron muertos, como Esteban (7:59) y Santiago, hermano de Juan (12:2) Pero si vamos más allá del libro de los Hechos de los Apóstoles a las sangrientas persecuciones bajo Nerón, hallaremos que estas profecías se cumplieron más ampliamente aún. En estas murieron innumerables cristianos, además de los dos grandes defensores de la fe, Pedro y Pablo. Fue, como lo afirma Tertuliano, una guerra contra el nombre mismo de Cristo, porque sólo con el hecho de ser llamado cristiano, un individuo era considerado culpable de un crimen de bastante gravedad, por llevar ese nombre, para ser conde-nado a muerte. Así se cumplieron fielmente las palabras de nuestro Salvador, de que serían aborrecidos de todas las gentes por causa de su nombre.”

      Hubo entre los falsos profetas, y otros que aparentaban ser ministros debidamente acreditados de Cristo, individuos como Simón el mago, que llevó a muchos tras sí (Hech. 8:9, 13, 18-24; véase también The Great Apostasy, por el autor, 7:1, 2); Menandro, Dositeo, Teudas y los falsos apóstoles a que se refiere Pablo (2 Cor. 11:13) y otros, tales como Himeneo y Fileto (2 Tim. 2:17, 18). El Commentary de Dummelow aplica a esta circunstancia la crónica de Josefo concerniente a “un cuerpo de hombres perversos que, fingiendo obrar bajo inspiración divina, engañaron y embaucaron a la gente, convinciendo a las multitudes a que actuaran como locos, y sonsacándolas al desierto con el pretexto de que allí Dios les enseñaría las señales del triunfo”. Compárese con 2 Pedro 2:1; 1 Juan 2:18; 4:1. La apostasía mundial, que resultó de la corrupción dentro de la Iglesia y de la persecución externa, atestigua que el amor de muchos efectivamente se enfrió antes, así como después, de la destrucción de Jerusalén. (Véase The Great Apostasy, caps. 3-9)

      La predicación del evangelio del reino “en todo el mundo” fue una característica tan verdaderamente esencial del período apostólico, como lo es de la dispensación actual o postrera. Se ha escrito que una de las maravillas de la historia fue la rápida difusión del evangelio y el crecimiento fenomenal de la Iglesia bajo la dirección de los apóstoles antiguos. (The Great Apostasy, 1:21, y la cita de Eusebio) Unos treinta años después de la ascensión de Cristo, el apóstol Pablo afirmó que el evangelio ya había sido llevado a toda nación y predicado “en toda la creación que está debajo del cielo”. (Col. 1:23; compárese con el versículo 6)

      La “abominación desoladora” que el Señor citó de la profecía de Daniel se cumplió totalmente durante el sitio puesto a Jerusalén por el ejército romano (Compárese con Lucas 21:20, 21). Para los judíos las insignias e imágenes de los romanos era una abominación repugnante. Josefo (Wars vi, capítulo 6) declara que se colocaron las insignias romanas dentro del templo y que los soldados ofrecieron sacrificios ante ellas.

      Los miembros de la Iglesia obedecieron en forma tan general la amonestación de que todos los de Jerusalén y Judea huyeran a las montañas cuando los ejércitos comenzaran a rodear la ciudad, que según los primeros cronistas de la Iglesia, no pereció un solo cristiano en el terrible sitio (Véase Historia Eclesiástica de Eusebio, libro iii capítulo 5). El primer sitio bajo Galión se supendió repentinamente, y entonces, antes que los ejércitos de Vespaciano llegaran a los muros, todos los judíos que creyeron en la amonestación que Cristo dio a los apóstoles—y que éstos a su vez llevaron al pueblo—huyeron al otro lado del Jordán y se reunieron principalmente en Pela. (Compárese con Wars of the Jews, por Josefo, ii, cap. 19)

      Para una relación de los horrores sin precedente del sitio, cuyo punto culminante fue la total destrucción de Jerusalén y el templo, véase Wars of the Jews, por Josefo, vi, caps. 3 y 4. Dicho historiador calcula que el número de los muertos sólo en Jerusalén ascendió a 1.100.000, y en otras ciudades y sitios rurales la tercera parte de ese número. Para mayores detalles consúltese Wars of the Jews, por Josefo, ii, caps. 18-20; iii, caps. 2, 7, 8, 9; iv, caps. 1, 2, 7, 8, 9; vii, caps. 6, 9, 11. Se llevaron cautivos a muchas decenas de millares, y más tarde fueron vendidos como esclavos, despedazados por los animales salvajes, o muertos en los combates de gladiadores en los circos para divertir a los espectadores romanos.

      Durante el sitio se construyó un muro alrededor de toda la ciudad, con lo que se cumplió la palabra del Señor (Lucas 19:43): “Tus enemigos te rodearán con vallado.” En septiembre del año 70 la ciudad cayó en manos de los romanos, y tan completa fue su destrucción, que aun el sitio que ocupaba fué arado. Jerusalén ha sido “hollada por los gentiles”, y desde ese día ha estado bajo el dominio de las naciones gentiles; y así continuará “hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. (Lucas 21:24)

    2. En los desiertos y cámaras secretas.—Será más fácil entender el capítulo 24 de S. Mateo, y los pasajes correspondientes en S. Marcos capítulo 13 y S. Lucas capítulo 21, si tenemos presente que el Señor habla en ellos de dos acontecimientos distintos, cada uno de los cuales representa la consumación de largos siglos de preparación, y que el primero es un prototipo del segundo. Muchas de las profecías particulares se aplican no sólo a la época anterior o correspondiente a la destrucción de Jerusalén, sino también a los hechos de los siglos subsiguientes hasta la segunda venida de Cristo. Estos dos significados pueden aplicarse al pasaje en Mateo 24:26. Josefo relata acerca de unos hombres que condujeron a otros al desierto, asegurándoles, con inspiración fingida, que allí encontrarían a Dios; y el mismo cronista menciona un profeta falso que llevó a muchos a las cámaras secretas del templo durante el asalto romano, prometiéndoles que allí el Señor los libraría. Hombres, mujeres y niños siguieron a este caudillo fanático y fueron sorprendidos por el holocausto de la destrucción, de modo que 6.000 de ellos perecieron en las llamas. (Wars, de Josefo, vi cap. 5)

      Concerniente a la aplicación de los preceptos del Señor a épocas y condiciones posteriores, el autor ha escrito en otra parte (The Great Apostasy, 7:22-25): “Una de las herejías que desde los primeros días se originó y más rápidamente se esparció en la Iglesia fue la doctrina del antagonismo entre el cuerpo y el espíritu, en la cual aquél era considerado una carga y anatema. Por lo dicho, lo anterior se reconocerá como una da las perversiones derivadas de la mezcla del gnosticismo y el cristianismo. El resultado de este injerto de doctrinas paganas fue un abundante desarrollo de prácticas eremíticas, mediante las cuales los hombres trataron de debilitar, atormentar y subyugar sus cuerpos, a fin de que sus espíritus o ‘almas’ gozaran de mayor libertad. Muchos de los que adoptaron este concepto contranatural de la existencia humana se recluyeron en la soledad del desierto, y allí pasaban su tiempo en actos de severa abnegación y de frenético autosuplicio. Otros se encerraban a sí mismos, en calidad de prisioneros voluntarios, buscando la gloria en las privaciones y penitencias que ellos se imponían. Fue este concepto innatural de la vida lo que hizo surgir las varias órdenes de reclusos, ermitaños y monjes. ¿No os parece que el Salvador estaba pensando en estas prácticas cuando, al amonestar a los discípulos de las falsas afirmaciones de santidad o piedad que caracterizarían los tiempos que pronto iban a venir, les dijo: ‘Así, que si os dijeren: Mirad [Cristo] está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis’?”

    3. No se conoce el tiempo del advenimiento de Cristo.—A pesar de los muchos y contradictorios comentarios sobre el particular, nos parece clara y sin ambigüedad la palabra del Señor de que ningún hombre sabrá el tiempo de su venida en gloria y que ni los ángeles “ni el Hijo” lo sabían, sino sólo el Padre. Repetidas veces Jesús afirmó que su misión consistía en cumplir la voluntad del Padre, y es evidente que de cuando en cuando le era revelada la voluntad divina. Mientras estuvo en la carne nunca dijo que era omnisciente; aprendía lo que deseaba saber por medio de la comunicación con el Padre. Cristo no procuró indagar lo que el Padre no había indicado que estaba dispuesto a revelar, en este caso, el día y la hora del regreso señalado del Hijo a la tierra como Ser glorificado y resucitado. No hay razón para no creer que Jesús carecía de información sobre este particular cuando pronunció a los apóstoles el discurso de que estamos hablando, pues así lo dijo. En la última conversación entre Cristo y los apóstoles, momentos antes de su ascensión (Hech. 1:6, 7), le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad.” Ni tampoco se ha revelado a hombre alguno desde ese día la fecha de la consumación mesiánica. Pero en la actualidad la higuera rápidamente se está cubriendo de hojas, y el que tenga ojos para ver y corazón para entender sabrá que el verano del propósito del Señor está cerca.

    4. La falsa doctrina de la supererogación.—Una de las perniciosas falsedades promulgada como dogma autorizado por la iglesia apostata, durante el largo período de tinieblas espirituales que sobrevinieron a la conclusión del ministerio apostólico, fue la atrocidad conocida como la doctrina de la supererogación. Como lo declara Mosheim (Ecclesiastical History, Siglo xii, parte ii, cap. 3:4), en el siglo trece se formuló la siguiente doctrina: “Que efectivamente existía un inmenso caudal de méritos, compuesto de los actos piadosos y hechos virtuosos que los santos habían efectuado en mayor cantidad de lo que era necesario para su propia salvación y, por tanto, podían utilizarse para beneficio de otros; que el guardián de este precioso tesoro era el pontífice romano, por lo que consecuentemente estaba facultado para asignar, a quienes él considerase propio, una porción de esta inagotable fuente de mérito, acomodada a sus culpas respectivas, y suficiente para librarlos del castigo de sus crímenes.” Refiriéndose a la falsedad de esta doctrina, el autor ha escrito (The Great Apostasy 9:15) en esta forma: “Esta doctrina de supererogación es tan irrazonable como falsa y contraria a las Escrituras. La responsabilidad individual del hombre por sus hechos es una cosa tan segura y real como lo es su libre albedrío para obrar por sí mismo. Se salvará por los méritos y sacrificios expiatorios de nuestro Redentor y Señor; y su derecho a esta salvación proveída dependerá completamente de su obediencia a los principios y ordenzas del evangelio que Jesucristo ha establecido. Se ha dispuesto la remisión de los pecados y la salvación final del alma humana, pero estos dones de Dios no se compran con dinero. Compárese la terrible falsedad de la supererogación y la práctica blasfema de fingir remitir los pecados de un hombre, a causa de los méritos de otros, con la declaración del único Salvador del género humano: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.” Si podemos deducir conclusiones doctrinales de las parábolas de nuestro Señor, la de las Diez Vírgenes presenta una refutación de la sugerencia satánica, de que la justicia de un hombre puede neutralizar los pecados de otro. No conocemos más supererogación que la del Señor Jesucristo, por cuyos méritos la salvación se pone al alcance de todos los hombres.

    5. “Esta generación.”—El vocablo “generación” que connota un período de tiempo, tiene varios significados, entre ellos “casta, familia, género o especie”. El significado de la palabra no se limita al conjunto de todos los vivientes coetáneos. Fausett dice en su Bible Cyclopedia, Critical and Expository: “En Mateo 24:34 leemos ‘que no pasará esta generación (es decir, la raza judía, cuya generación en los días de Cristo nos sirve de ejemplo: compárense las palabras de Cristo a “esta generación” en Mateo 23:35, 36, donde se verá que “generación” significa a veces toda la raza judía) hasta que todo esto acontezca.’ Es, pues, una profecía de que los judíos todavía serán una nación constituida cuando El venga otra vez.”