Jesucristo
Capitulo 18: Como Quien Tiene Autoridad

Capitulo 18

Como Quien Tiene Autoridad

LA narración que hace Mateo de la inestimable predicación que nosotros conocemos como el Sermón del Monte, concluye con una potente afirmación propia que se refiere al efecto que las palabras del Maestro surtieron en la gente: “Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.”a

Una de las más notables características del ministerio de Cristo fue su completa abstención de pretender autoridad humana alguna para sus palabras o hechos; la comisión que afirmaba tener era la del Padre, que lo había enviado. Sus discursos, ora dirigidos a multitudes, ora pronunciados en soledad relativa a unos pocos, se hallaban libres de las citas forzadas que eran el deleite de los maestros del día. Su declaración autoritativa, “Yo os digo”, reemplazó la invocación de autoridades, y sobrepujó todo conglomerado posible de mandamientos o inferencias establecidos como precedente. En este respecto sus palabras se distinguían esencialmente de los eruditos discursos de los escribas, fariseos y rabinos. En todo su ministerio se manifestaron un poder y autoridad inherentes que fueron superiores a la materia y fuerzas de la naturaleza, a los hombres, a los demonios, a la vida y la muerte. Conviene ahora a nuestro propósito considerar un número de ocasiones en que se manifestó el poder del Señor en diversas obras grandes.

Es sanado el siervo del centuriónb

Del Monte de las Bienaventuranzas Jesús regresó a Capernaum, pero si volvió luego o tomó otro camino más largo, señalándolo con nuevas obras de poder y misericordia, poco importa. En aquella época se hallaba acuartelada una guarnición romana allí en la ciudad, y el militar que la dirigía era un centurión o capitán de cien hombres. Formaba parte de la casa de este oficial un siervo muy estimado que estaba enfermo “y a punto de morir”. El centurión tenía fe en que Cristo podía sanar a su siervo, y solicitó la intercesión de los ancianos de los judíos para que le pidiesen al Maestro el beneficio que deseaba. Los ancianos solícitamente suplicaron a Jesús y recalcaron la dignidad de aquel hombre que, aun cuando gentil, amaba a la gente de Israel, y con toda generosidad les había construído una sinagoga en ese lugar. Jesús acompañó a los ancianos, pero el centurión, probablemente enterado de que se acercaba la pequeña compañía, rápidamente mandó a otros enviados para decirles que no se consideraba digno de que Jesús entrara en su casa, razón por la cual no se había atrevido a presentar su solicitud en persona.c “Pero dí la palabra—rezaba el mensaje suplicante—y mi siervo será sano.” Bien podemos contrastar el concepto del poder de Cristo que tenía este hombre, y el del noble del mismo pueblo que le había rogado a Jesús que se apresurara para ir en persona al lado de su hijo moribundo.d

Parece que el centurión había razonado de esta manera: El mismo era un hombre que tenía autoridad, aunque estaba bajo las órdenes de sus superiores. Mandaba hacer algo a sus subordinados, y era obedecido. No tenía necesidad de ver personalmente que se cumplieran sus instrucciones. Ciertamente uno que contaba con la facultad que Jesús tenía, podía mandar y ser obedecido. Por otra parte, tal vez este hombre había llegado a saber de la maravillosa restauración del hijo moribundo del noble, cosa que el Señor efectuó pronunciando la palabra eficaz mientras se hallaba a alguna distancia del lecho del paciente. No puede dudarse que la confianza y esperanza, creencia y fe del centurión eran genuinas, porque Jesús expresamente encomió sus virtudes. El enfermo sanó. Nos es dicho que Jesús se maravillóe de esta manifestación de fe por parte del centurión, y volviéndose a los que lo seguían se expresó de esta manera: “Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.” Tal vez estas palabras causaron admiración a algunos de los que escuchaban; los judíos no estaban acostumbrados a oír que se alabara en tal forma la fe de un gentil porque, según el tradicionalismo de la época, éstos, aun cuando prosélitos sinceros del judaísmo, eran considerados esencialmente inferiores aun al menos digno de los del pueblo escogido. El comentario de nuestro Señor claramente indicó que se daría la preferencia a los gentiles en el reino de Dios, si su mérito excedía el de los judíos. Buscando en la narración de S. Mateo hallamos esta enseñanza adicional, precedida de la frase acostumbrada, “Yo os digo”: “Que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.”f Veremos más adelante cómo se recalca y se amplifica en las enseñanzas del Señor esta lección de que la supremacía de Israel sólo se puede lograr por medio de una rectitud sobresaliente.

El joven de Naín es levantado de los muertos.g

Al día siguiente del milagro que acabamos de considerar, Jesús se dirigía al pequeño pueblo de Naín y, como siempre, lo acompañaba una multitud numerosa. Tocó a este día presenciar lo que según el criterio humano fue una maravilla superior a cualquiera de las que hasta entonces El había efectuado. A muchos había sanado ya: algunas veces diciendo la palabra al afligido mientras se hallaba en su presencia; en otras cuando el recipiente de su poder benéfico se encontraba lejos de El. Con su mandato eran vencidas las enfermedades corporales y expulsados los demonios; pero aunque habían sido rescatados de la tumba los enfermos que se hallaban moribundos, no hallamos ninguna ocasión anterior en que nuestro Señor haya mandado a la temible muerte que devolviese a uno que había reclamado como suyo.h Al acercarse Jesús y sus discípulos al pueblo, encontraron un numeroso séquito funerario: el hijo único de una viuda era llevado a la tumba, y según la costumbre de la época, el cuerpo iba en un féretro abierto. Nuestro Señor miró con compasión a la madre afligida que ahora quedaba privada de su esposo así como de su hijo, y sintiendo dentro de síi el dolor de su aflicción, le dijo con voz cariñosa: “No llores.” Tocó el féretro en que yacía el joven muerto, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dirigiéndose al cuerpo inerte, dijo: “Joven, a ti te digo, levántate.” Y el muerto oyó la voz de Aquel que es Señor de todo,j e inmediatamente se incorporó y empezó a hablar. Graciosamente Jesús entonces entregó el joven a su madre. Leemos, sin que nos cause mucha admiración, que cayó un temor sobre todos los presentes, y que glorificaron a Dios, testificando: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo.” Las nuevas de este milagro cundieron por todo el país, y aun llegaron a oídos de Juan el Bautista que se hallaba preso en la cárcel de Herodes. El efecto de la información comunicada a Juan sobre ésta y otras grandes obras de Cristo, ahora ocupará nuestra atención.

El mensaje de Juan el Bautista a Jesús

Aun desde antes que Jesús volviese a Galilea, después de su bautismo y los cuarenta días de reclusión en el desierto, Juan el Bautista había sido encarcelado por orden de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea.k Durante los meses subsiguientes de las actividades de nuestro Señor—predicando el evangelio, enseñando el verdadero significado del reino, reprobando el pecado, sanando a los afligidos, echando fuera a los espíritus inmundos y aun levantando los muertos a vida—su precursor Juan, intrépido y temeroso de Dios, había estado encarcelado en el calabozo de Maqueronte, uno de los castillos más fuertes de Herodes.l

El tetrarca sentía cierta estimación por Juan, a quien tenía por hombre santo, y había hecho muchas cosas por consejo directo del Bautista o por motivo de la influencia de sus instrucciones generales. Por cierto, Herodes escuchaba a Juan de buena gana, y lo había encarcelado cuando cedió con renuencia a las importunaciones de Herodías, a quien hacía pasar por esposa suya bajo el pretexto de un matrimonio ilícito. Esta había sido y aún era, según la ley, esposa de Felipe, hermano de Herodes, de quien jamás había sido divorciada legalmente; y su matrimonio fingido con Herodes Antipas constituía adulterio e incesto de acuerdo con la ley judía. El Bautista había denunciado osadamente esta impía asociación, y había dicho a Herodes: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano.” Aunque Herodes posiblemente habría pasado por alto este duro reproche, o por lo menos dejarlo sin castigar, Herodías no quiso perdonar. Era ella, no el tetrarca, quien más aborrecía a Juan. Leemos que ella “le acechaba”; y como primer paso hacia la consumación de su plan vengativo de hacer morir al Bautista, logró inducir a Herodes a que lo aprehendiera y lo encarcelara.m Además, Herodes temía que el pueblo se amotinara si daba la orden de matar a Juan.n

Durante su prolongado encarcelamiento, Juan había oído mucho acerca de la maravillosa predicación y obras de Cristo, noticias que deben haberle sido comunicadas por algunos de sus discípulos y amigos, a los cuales les era permitido visitarlo.o Se le informó con particularidad de la milagrosa resurrección del joven de Naín,p y al oírlo comisionó en el acto a dos de sus discípulos para que llevaran un mensaje interrogativo a Jesús.q Estos vinieron a Cristo y le informaron del objeto de su visita en esta forma: “Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?” Los mensajeros hallaron a Jesús ocupado en servicios benéficos, y en lugar de responderles inmediatamente con palabras, continuó sus obras, sanando en esa misma hora muchos ciegos y enfermos y poseídos de espíritus malos. Entonces, volviéndose a los dos que le habían comunicado la pregunta del Bautista, Jesús dijo: “Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.”

Los maravillosos hechos de beneficencia y misericordia sirvieron de respuesta a las palabras de los discípulos interrogantes de Juan. Al comunicársele esta contestación, el profeta encarcelado difícilmente podría dejar pasar inadvertidas las predicciones de Isaías al respecto de que precisamente por esas señas de milagros y bendiciones sería conocido el Mesías;r y la observación debe haber sido convincente y acusante a la vez, al acordarse que él mismo había citado las palabras de Isaías cuando proclamó con fervorosa y vehemente elocuencia el cumplimiento de aquellas antiguas profecías en su propia misión y en la del Más Poderoso, de quien él había dado testimonio personal.s

La última parte de la respuesta de nuestro Señor a Juan fue el punto culminante de lo que acababa de decir, así como una adicional y a la vez tierna reprensión del entendimiento defectuoso que el Bautista tenía de la misión del Mesías. “Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí”, dijo el Señor. El mal entendimiento es el preludio del tropiezo. Juzgada por las normas del concepto que en esa época se tenía de lo que el Mesías debería ser, la obra de Cristo debe haber parecido un fracaso a muchos; y aquellos que esperaban alguna manifestación repentina de su poder para conquistar a los opresores de Israel y restituir la casa de David con esplendor mundano, se pusieron impacientes y entonces se volvieron dudosos; más adelante les fue causa de tropiezo y se vieron en peligro de rebelarse abiertamente contra su Señor. Cristo ha sido causa de tropiezo a muchos, porque éstos, no concordes con sus palabras y obras, han tropezado de sí mismos.t

La situación de Juan es algo que debieran considerar con justicia todos aquellos que asumen la prerrogativa de pasar juicio sobre el propósito por el cual mandó preguntar a Cristo: “¿Eres tú el que había de venir?” Juan claramente entendía que su propia obra era de preparación; así lo había testificado, y públicamente había dado testimonio de que Jesús era Aquel para el cual debía preparar. Con la inauguración del ministerio de Cristo, la influencia de Juan había menguado, y durante muchos meses había estado encerrado en una celda, molesto por su inactividad forzada, indudablemente anhelando la libertad y las langostas y miel silvestre del desierto. Jesús crecía, mientras que la popularidad, influencia y oportunidades de Juan decaían; y él había afirmado que esta condición era inevitable.u

Abandonado en la prisión, sin embargo, quizá en su desánimo permitió que sus pensamientos dudaran si aquel Más Poderoso lo había olvidado. Sabía que si Jesús pronunciaba el mandato, la prisión de Maqueronte no podría contenerlo; no obstante, Jesús parecía haberlo abandonado a su suerte, que no solamente comprendía el encarcelamiento, sino otras indignidades y el tormento físico.v Pudo haber sido en parte el objeto de Juan llamar la atención de Cristo a su situación lastimosa; y en este respecto su mensaje fue mas bien un recordatorio que una pregunta directa basada en la duda. De hecho, tenemos buen fundamento para inferir que el objeto para el cual Juan mandó sus discípulos a interrogar a Cristo fue en parte, y quizá principalmente, para confirmar en estos discípulos una fe firme en el Cristo. La comisión que se les dio les permitió tener comunicación con el Señor, cuya supremacía no pudieron menos que reconocer. Fueron testigos personales de su potencia y autoridad.

El comentario de nuestro Señor sobre el mensaje de Juan indicó que el Bautista no tenía un entendimiento completo de lo que constituía el reino espiritual. Cuando los enviados se hubieron retirado, Jesús se dirigió a aquellos que habían escuchado la entrevista. No era su intención permitir que tuvieran en poco la importancia del servicio del Bautista.x Les hizo recordar los días de la popularidad de Juan, cuando algunos de los que estaban allí presentes, junto con otras multitudes, habían salido al desierto para escuchar la enérgica amonestación del profeta; y habían descubierto que no era una caña movida del viento, sino un roble firme e inflexible. No habían salido para ver a un hombre cubierto de ropas delicadas, porque los de vestidos finos debían buscarse en los palacios de los reyes, no en el desierto ni en el calabozo donde Juan se hallaba entonces. Habían descubierto en Juan un profeta, y de hecho, más que profeta, pues como lo afirmó el Señor: “Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.”y ¿Hay necesidad de un testimonio más fuerte de la integridad del Bautista? Otros profetas habían anunciado la venida del Mesías, pero Juan lo había visto, lo había bautizado y había sido para Jesús lo que un paje es para su señor. No obstante, desde el día de la pre-dicación de Juan hasta la época en que Cristo entonces estaba hablando, el reino de los cielos había sido rechazado con violencia, y esto a pesar de que todos los profetas, incluso la ley fundamental, habían anunciado su venida, y aunque se había profetizado ampliamente acerca de Juan así como de Cristo.

Refiriéndose a Juan, el Señor continuó: “Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oir, oiga.”z Es importante saber que la designación de Elías, que en este caso Jesús aplicó al Bautista, se trata de un título más bien que de un nombre personal, y que ninguna referencia tiene a Elías, el antiguo profeta que era conocido como el Tisbita.a Muchos de los que oyeron al Señor elogiar al Bautista se regocijaron, porque habían aceptado a Juan, pero se habían vuelto de él a Jesús como del menor al Mayor, como del sacerdote al gran Sumo Sacerdote, como del heraldo al Rey. Pero también había allí fariseos y doctores de la ley que pertenecían a esa clase que Juan había denunciado con tanta vehemencia, tildándolos de ser generación de víboras, los cuales habían rechazado el consejo de Dios negándose a prestar atención al llamado de arrepentimiento del Bautista.b

Aquí el Maestro recurrió a la analogía para dar mayor claridad a su significado. Comparó la generación incrédula y descontenta a los muchachos inconstantes que en sus juegos no pueden llegar a un acuerdo entre sí. Algunos querían representar la suntuosidad de unas bodas fingidas, y aunque tocaron flauta los demás no quisieron bailar; entonces cambiaron su juego al de una procesión fúnebre e hicieron el papel de lamentadores, pero los otros no quisieron endechar como lo exigían las reglas del juego. Siempre escrupulosos, siempre escépticos, criticones y difamadores por naturaleza, duros de oído y de corazón, no hacían más que refunfuñar. Había venido entre ellos Juan el Bautista, semejante a los profetas eremíticos de la antigüedad, estricto como un nazareo, negándose a comer con los que festejaban o beber con los que estaban en convite, por lo que habían dicho: “Demonio tiene.” Ahora venía el Hijo del Hombre,c sin austeridad o costumbres de ermitaño, comiendo y bebiendo como cualquier hombre normal, huésped en las casas de la gente, participando en las amenidades de una fiesta de bodas, asociándose con los publicanos así como con los fariseos, y nuevamente habían criticado, diciendo: “He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.” El Maestro explicó que aquella incongruencia y liviandad impía hacia asuntos tan sagrados, esa oposición tan resuelta a la verdad, ciertamente se manifestaría en su verdadero aspecto y se pondría de relieve la inutilidad de su preciado conocimiento. “Pero la sabiduría—les dijo—es justificada por sus hijos.”

De este reproche a los incrédulos, Jesús pasó al asunto de los lugares que lo habían menospreciado, y reprendió las ciudades en las que había efectuado tan grandes obras, cuyos habitantes no se habían arrepentido: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.”d

Al parecer desanimado por la incredulidad de la gente, Jesús buscó la fuerza por medio de la oración.e Con esa elocuencia del alma que sólo se encuentra en la angustiosa comunicación de Cristo con su Padre, expresó su reverente agradecimiento a Dios por haber dado un testimonio de la verdad a los humildes y sencillos, más bien que a los sabios y grandes; los hombres no podrían entenderlo, pero su Padre lo conocía por lo que verdaderamente era. Volviéndose de nuevo a la gente, una vez más la instó a que lo aceptara a El y su evangelio. En su invitación está comprendido uno de los derramamientos más hermosos de emociones espirituales conocidos por el hombre: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”f Los invitó a que dejaran la penosa faena por el servicio placentero; las cargas casi insoportables de las exigencias eclesiásticas y el formalismo tradicional, por la libertad de la adoración verdaderamente espiritual; la esclavitud por la libertad; mas no quisieron. El evangelio que les ofrecía era la incorporación de la libertad, pero no del libertinaje; requería obediencia y sumisión, pero aun cuando pudiera compararse a un yugo, ¿qué era este peso comparado con la carga bajo la cual gemían?

La muerte de Juan el Bautista

Refiriéndonos de nuevo a Juan el Bautista en la soledad de su calabozo, carecemos de información sobre la forma en que recibió y entendió la respuesta que sus mensajeros le llevaron. Su cautiverio estaba destinado a terminar en breve, pero no porque le iba a ser restaurada su libertad en la tierra. El odio de Herodías aumentó contra él, y no mucho después se le presentó la oportunidad para llevar a efecto su malévolo complot contra su vida.g El rey celebró su cumpleaños, haciendo una gran fiesta, a la cual fueron invitados sus príncipes, tribunos y principales funcionarios de Galilea. Para amenizar la ocasión, Salomé, hija de Herodías pero no de Herodes, entró y danzó en medio de la compañía. Tan deleitados quedaron Herodes y sus huéspedes, que el rey le dijo a la doncella que pidiese lo que quisiera, jurándole que se lo daría, aunque su petición fuese hasta la mitad de su reino.

Se alejó para consultar con su madre sobre lo que le debía pedir y, habiendo sido instruida, volvió con la horrenda demanda: “Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista.” El rey se quedó pasmado. Tras su asombro le sobrevinieron la tristeza y el remordimiento; sin embargo, temía la humillación que sufriría si violaba el juramento que había hecho en presencia de su corte; de manera que, mandando llamar a un verdugo, dictó en seguida la orden fatal, y Juan fue degollado sin más dilación. El guarda volvió con un plato en el que se hallaba el espantoso trofeo de la venganza de la reina corrupta. Se entregó a Salomé el sangriento obsequio y ésta lo llevó con triunfo inhumano a su madre. Algunos de los discípulos de Juan llegaron, y consiguiendo el cuerpo, lo pusieron en un sepulcro y fueron a dar las nuevas de su muerte a Jesús. Herodes quedó gravemente turbado por el asesinato que había ordenado, y más tarde, cuando supo de las maravillas que Jesús obraba, se llenó de temor y dijo: “Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.” A los que lo negaban, el rey aterrado contestó: “Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos.”h

Así llegó a su fin la vida del profeta-sacerdote, precursor directo de Jesucristo; así fue callada la voz terrenal de aquel que había proclamado con vehemencia en el desierto: “Preparad el camino del Señor.” Después de muchos siglos nuevamente se ha oído su voz, como de uno que ha sido redimido y resucitado; y de nuevo se ha sentido el contacto de sus manos en esta dispensación de restauración y cumplimiento. En mayo de 1829 les apareció un personaje resucitado a José Smith y Oliverio Cówdery, el cual les declaró que era Juan, conocido en la antigüedad como el Bautista, y poniendo sus manos sobre los dos jóvenes les confirió el Sacerdocio de Aarón, en el cual está comprendida la autoridad para predicar y administrar el evangelio de arrepentimiento y el bautismo por inmersión para la remisión de pecados.i

En el hogar de Simón el Fariseo

“Y uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.”j

A juzgar por el lugar que este suceso ocupa en la narración de S. Lucas, parece que pudo haber ocurrido el mismo día de la visita de los mensajeros de Juan. Jesús aceptó la invitación del fariseo, así como había aceptado las invitaciones de otros, incluso aun las de los publicanos y aquellos que los rabinos tachaban de pecadores. Según parece, su recibimiento en la casa de Simón se vio algo desprovisto de calor, hospitalidad y atención respetuosa. La narración indica que el anfitrión actuó con cierta condescendencia. Era la costumbre de la época tratar a un huésped distinguido con atenciones especiales: recibirlo con un beso de bienvenida, proveerle agua para lavarse el polvo de los pies, y aceite para la unción del cabello de la cabeza y de la barba. Simón había hecho caso omiso de todas estas cortesías. Jesús tomó su lugar, probablemente sobre uno de los divanes o lechos en que solían medio sentarse y medio recostarse para comer.k En esta posición, los pies de la persona quedaban fuera de la mesa. Aparte de estos hechos relacionados con las costumbres de la época, también deberá tenerse presente que no había ese derecho de propiedad privada que hoy conocemos para proteger las casas contra la intrusión. En aquellos días no era cosa fuera de lo común en Palestina que un visitante, y hasta un desconocido—usualmente hombres, sin embargo—entrasen en una casa a la hora de la comida, observaran lo que estaba sucediendo y aun se pusieran a conversar con los huéspedes, y todo esto sin que hubieran sido llamados o invitados.

Entre aquellos que llegaron a la casa de Simón mientras estaban comiendo, iba una mujer; y la presencia de una mujer, aunque no precisamente una impropiedad social, sí era un poco fuera de lo común y algo difícil de impedir en tales ocasiones. Pero esta persona era de la clase caída, una mujer que había sido impúdica, y que ahora tenía que soportar, como parte del castigo de sus pecados, el desprecio exterior y el ostracismo virtual de aquellos que se preciaban de ser moralmente superiores. Se acercó a Jesús, a espaldas de El, y se inclinó para besarle los pies, como señal de humildad por parte de ella y homenaje respetuoso para El. Pudo haber sido una de las que habían escuchado sus palabras de gracia, posiblemente dichas ese mismo día: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Cualquiera que haya sido su motivo, ciertamente llegó en un estado de arrepentimiento y profunda contrición. Al inclinarse sobre los pies de Jesús, los bañó con sus lágrimas. Aparentemente sin reparar en el lugar donde se encontraba o en los ojos que vigilaban sus movimientos con desaprobación, se deshizo las trenzas y secó los pies del Señor con su cabello. Entonces, abriendo un frasco de alabastro con perfume, se los ungió, como haría un esclavo a su amo. Sin reproches o interrupción, Jesús graciosamente permitió que la mujer continuara su humilde servicio, inspirado por la contrición y amor reverente.

Simón había estado observando todo aquello; de alguna manera se había enterado de la clase de mujer que era, y aunque no en alta voz, pensó dentro de sí: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.” Jesús entendió los pensamientos del hombre, y le habló de esta manera: “Simón, una cosa tengo que decirte”, a lo cual el fariseo respondió: “Dí, Maestro.” Jesús continuó: “Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Dí, pues, ¿cuál de ellos le amará más?” No había sino una respuesta que lógicamente correspondiera, y fue la que dio Simón, aunque al parecer con alguna vacilación o reserva. Posiblemente temía verse comprometido. “Pienso—dijo—que aquel a quien perdonó más.” Jesús lo confirmó: “Rectamente has juzgado”; y entonces añadió: “¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.”

El fariseo no pudo menos que notar aquella observación tan directa que se le hizo por haber prescindido de los ceremoniales más comunes de respeto hacia un invitado especial. La lección de la historia había hallado su aplicación en él, así como la parábola de Natán había hecho que el rey David se condenara a sí mismo con su respuesta.l “Por lo cual—siguió diciendo Jesús—te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.” Entonces se volvió a la mujer y le habló las palabras de bendito alivio: “Tus pecados te son perdonados.” Simón y los otros que estaban a la mesa murmuraron dentro de sí: “¿Quién es éste, que también perdona pecados?” Entendiendo su protesta silenciosa, Cristo se dirigió de nuevo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vé en paz.”

La última parte del relato evoca otra ocasión en que Cristo concedió la remisión de pecados, y por motivo de la oposición que se manifestó en los pensamientos de algunos oyentes—oposición no menos efectiva a pesar de no haberse expresado verbalmente—había complementado su afirmación autoritativa con otro pronunciamiento.m

No se ha escrito el nombre de esta mujer que vino a Cristo en la forma ya narrada, y cuyo arrepentimiento fue tan sincero que ganó para su alma agradecida y contrita la seguridad de la remisión de sus pecados. No hay ninguna evidencia de que ella figure en algún otro acontecimiento asentado en las Escrituras. Ciertos escritores la han representado como María de Betania, la que, poco antes de la traición de Cristo, ungió la cabeza de Jesús con perfume de nardo;n pero hallamos que esta identidad supuesta carece de todo fundamento,o y empaña con una sospecha injustificada la vida anterior de María, la devota y amorosa hermana de Lázaro. Igualmente erróneo es el esfuerzo que han hecho otros de identificar esta pecadora arrepentida y perdonada con María Magdalena, cuya vida, en lo que a las Escrituras concierne, nunca se vio manchada por el pecado de la inmoralidad. La importancia de evitar la comisión de errores respecto de la identificación de estas mujeres dicta la prudencia de añadir algunos párrafos adicionales a lo que ya se ha dicho.

En el siguiente capítulo del que contiene la relación de los acontecimientos que hemos estado considerando, S. Lucasp dice que Jesús anduvo por toda la región visitando todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio de Dios. En este viaje lo acompañaron los Doce y también “algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana mujer de Chuza, intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes”. Se hace referencia adicional a algunas de estas mujeres honorables, o a todas ellas, al hablar de la muerte, sepultura y resurrección de nuestro Señor, y se hace particular mención de María Magdalena.q Esta María, cuyo segundo nombre probablemente deriva de Magdala, su pueblo natal, había sido sanada, por intervención de Jesús, de sus aflicciones físicas así como mentales, causadas, éstas, por la presencia de espíritus malignos. Nos es dicho que Cristo había echado siete demonios de ella,r pero ni aun en tan grave aflicción hallamos justificación para afirmar que esta mujer no era virtuosa o casta.

María Magdalena llegó a ser una de las amigas más íntimas que Cristo tuvo entre las mujeres; y su devoción hacia El, en calidad de su Sanador y Aquel a quien adoraba como el Cristo, fue invariable; ella se acercó a la cruz mientras las otras mujeres se pararon lejos en los momentos de su agonía mortal; fue una de las primeras en llegar al sepulcro en la mañana de la resurrección, y el primer mortal en ver y reconocer a un Ser resucitado, su Señor, a quien amaba con todo el fervor de la adoración espiritual. Decir que esta mujer, escogida de entre las demás para ser merecedora de tan distintivos honores, fue en un tiempo una perdida, su alma cicatrizada por el fuego de una lascivia impía, es contribuir a la perpetuación de un error para el cual no hay excusa. Sin embargo, la falsa tradición que surgió de una suposición antigua e injustificada—de que esta noble mujer, tan distinguida amiga del Señor, es la misma que, con fama de pecadora, lavó y ungió los pies del Salvador en la casa de Simón el Fariseo y recibió la gracia del perdón por medio de su contrición—se ha aferrado tan tenazmente al pensamiento popular con el transcurso de los siglos, que el nombre, Magdalena, se ha convertido en designación genérica de la mujer que pierde su virtud y más tarde se arrepiente. No estamos considerando si se podría extender la misericordia de Cristo a la clase de pecadora que falsamente se le imputa a María Magdalena de haber sido; el hombre es incapaz de medir los límites o sondar las profundidades del perdón divino; y si es que María de Magdala y la pecadora arrepentida que hizo este servicio a Jesús mientras se hallaba a la mesa del Fariseo fueron la misma, la pregunta se contestaría afirmativamente, porque aquella mujer que había sido pecadora fué perdonada. Lo que estamos tratando es la narración bíblica como historia, y en ella no hay nada que justifique la verdaderamente repugnante pero común imputación de falta de castidad al alma devota de María Magdalena.

Se atribuye la autoridad de Cristo a Beelzebús

En la época del ministerio terrenal de nuestro Señor, la curación de los ciegos, sordos o mudos era considerada como una de las más importantes realizaciones de la ciencia médica o del tratamiento espiritual; y la sujeción o expulsión de demonios entraba en la categoría de lo que era imposible lograr por medio del exorcismo rabínico. Las demostraciones del poder del Señor para sanar y restaurar, aun en casos universalmente considerados como incurables, intensificaron la hostilidad de las clases sacerdotales; y éstas, representadas por el partido farisaico, idearon la completamente inconsecuente y ridícula suposición de que Jesús efectuaba sus milagros por el poder del príncipe de los demonios, con quien se había confabulado.t

Mientras el Señor hacía su segundo viaje misional por Galilea, yendo a “todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”,u se subrayó y amplió a tal grado la absurda teoría de que el propio Cristo era víctima de un demonio y obraba por el poder del diablo, que llegó a ser la explicación generalmente aceptada entre los fariseos y otros de su clase. Jesús se había retirado por un tiempo de los centros de mayor población, donde constantemente lo estaban acechando los emisarios que las clases principales enviaban de Jerusalén a Galilea; porque los fariseos estaban conspirando contra El, buscando el pretexto y la oportunidad para quitarle la vida. Pero aun en las aldeas y distritos rurales lo seguían y agobiaban grandes multitudes, cuyas aflicciones, físicas así como espirituales, El aliviaba.v

Instaba a la gente a que se refrenara de divulgar su fama, y quizá lo hacía porque en aquella etapa de su obra un rompimiento completo con la jerarquía judía habría sido un serio obstáculo; o posiblemente porque deseaba dejar a los príncipes que estaban tramando contra él, el tiempo y la oportunidad para elaborar su rencorosa enemistad y llenar hasta el borde el vaso de su iniquidad resuelta. El evangelista Mateo ve en las instrucciones del Señor contra la publicidad el cumplimiento de la profecía de Isaías respecto de que el Mesías elegido no contendería ni alzaría su voz en las calles para llamar la atención, ni usaría su gran potencia para moler aun la caña cascada o apagar el pábilo que humea; no habría de fracasar ni iba a desanimarse, sino que triunfalmente establecería un justo juicio sobre la tierra para los gentiles y también, por inferencia, para Israel.x La expresión figurada de la caña cascada y el pábilo que humea indica en forma notable la tierna solicitud con que Cristo consideraba aun las más débiles manifestaciones de fe y deseo sincero de conocer la verdad, bien fuese en un judío o gentil.

Poco después de volver del viaje misional al que acabamos de hacer referencia, los fariseos hallaron excusa para impugnarlo, cuando curó a un hombre que se hallaba bajo la influencia de un demonio, y a la vez era ciego y mudo. Esta combinación de penosos males que le abrumaban el cuerpo, la mente y el espíritu fue increpada, y el endemoniado ciego y mudo fue aliviado de su triple aflicción.y La gente, más asombrada aún por esta victoria sobre los poderes del maligno, decía: “¿Será éste aquel Hijo de David?”, o en otras palabras. ¿Puede éste ser otro sino el Cristo que tanto tiempo hemos estado esperando? El criterio popular expresado en tal forma llenó de ira a los fariseos, y contestaron al pueblo, que casi estaba listo para adorarlo: “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.” Jesús refutó la maliciosa acusación y le dio respuesta, no con ira sino con palabras de razón tranquila y lógica sana. Estableció el fundamento para su defensa declarando la verdad, en sí misma evidente, de que un reino dividido contra sí mismo no puede permanecer, antes ciertamente será deshecho. Si la suposición de ellos hubiera estado fundada en la verdad más pequeña, Satanás estaría combatiendo a Satanás por conducto de Jesús. Entonces, refiriéndose a las prácticas y exorcismos supersticiosos de la época, por cuyos medios se efectuaba lo que hoy conocemos como curaciones mentales, les preguntó: “Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces.” Y para hacer más palpable la demostración por medio del contraste, continuó: “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.” Cualquiera que fuese la proposición que aceptaran, y ciertamente una de las dos era cierta—pues el hecho de que Jesús echaba fuera demonios era conocido por todo el país y admitido en la propia acusación que ahora le hacían—los fariseos acusadores habían sido derrotados y condenados.

Sin embargo, la ilustración no paró allí, pues siguió diciendo Jesús: “Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa.” Cristo había acometido la fortaleza de Satanás, y había echado fuera a sus espíritus malvados de los cuerpos humanos que sin ningún derecho habían ocupado. ¿Cómo podría haber logrado Cristo hacer esto si primeramente no hubiera atado al “hombre fuerte”, el amo de los demonios, el propio Satanás? Y sin embargo, aquellos eruditos ignorantes osaban decir—aun confrontados por esta refutación, en sí evidente, de sus propias suposiciones—que por medio de la agencia satánica eran vencidos estos poderes de Satanás. No podía haber acuerdo, tregua o armisticio entre las fuerzas contendientes de Cristo y Satanás. Indicando a sus acusadores que ellos podían juzgarse a sí mismos, a fin de que individualmente decidieran a cuál partido pertenecían, Jesús añadió: “El que no es conmigo contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama,”

Habiendo completado la demostración y manifestado la ridiculez de la suposición de sus contrarios, Cristo les llamó la atención al grave pecado de condenar el poder y autoridad mediante los cuales era vencido Satanás. Les había demostrado, fundado en la misma proposición de ellos, que El, habiendo sujetado a Satanás, era la incorporación del Espíritu de Dios, y que por medio de El les era llevado el reino de Dios. Rechazaban al Espíritu de Dios y procuraban destruir al Cristo por medio del cual se manifestaba ese Espíritu. ¿Podía haber blasfemia mayor? Hablando como quien tiene autoridad, y con la solemne afirmación “Yo os digo”, continuó diciendo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni el venidero.”

¿Cuál de los hombres podrá expresar una amonestación más solemne y terrible contra el peligro de cometer el espantoso pecado imperdonable?z Jesús misericordiosamente aseguró que lo que se dijera contra El como Hombre, podría ser perdonado; pero hablar contra la autoridad que poseía y, particularmente atribuir ese poder y autoridad a Satanás, casi constituía una blasfemia contra el Espíritu Santo, y para ese pecado no podía haber perdón. Entonces, con palabras más vehementes que se convirtieron en cortante reproche, les dijo que fuesen consecuentes: pues si admitían que el resultado de sus obras era bueno, ¿por qué no reconocían que el poder por medio del cual se obtenían aquellos resultados, en otras palabras el propio árbol, era bueno? “O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol.” Con ardientes palabras de segura convicción continuó: “¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.” A juzgar por las verdades que El había aclarado en tal forma, era palpable que las palabras con que lo acusaban habían salido de corazones llenos de mal tesoro. Además, quedó manifestado que sus palabras no sólo eran perversas, sino imprudentes, ociosas y vanas, de modo que llevaban doble carga de pecado. Siguió otra afirmación autoritativa: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablan los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.”

Buscadores de señalesa

La lección del Maestro, aunque reforzada por sus ilustraciones y analogías, por aplicación directa y declaraciones autoritativas, cayó sobre oídos virtualmente sordos a la verdad espiritual, y no hallaron lugar en corazones que ya estaban henchidos de grandes tesoros de maldad. A la profunda sabiduría e instrucciones salvadoras de la palabra de Dios que habían escuchado, contestaron con una solicitud impertinente: “Maestro, deseamos ver de ti señal.” ¿No habían visto ya abundancia de señales? ¿No habían sido sanados en sus casas, en sus calles y en sus sinagogas los ciegos y los sordos, los mudos y los dolientes, los lisiados, los hidrópicos y los que se hallaban afligidos por todo género de enfermedades? ¿No habían sido echados fuera los demonios y sus viles imprecaciones calladas por medio de su palabra; y no habían sido levantados los muertos, y todo esto por Aquel a quien ahora importunaban exigiéndole una señal? Querían que se efectuara alguna maravilla extraordinaria para satisfacer su curiosidad, o tal vez proporcionarles otro pretexto para proceder contra El: buscaban señales para satisfacer sus concupiscencias.b Con razón dicen las Escrituras que Jesús “gimió en su espíritu” cuando le hicieron esta demanda.c A los escribas y fariseos que habían sido tan desatentos a sus palabras, El contestó: “La generaciónd mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás.”

La señal de Jonás fue que durante tres días permaneció en el vientre del pez, después de lo cual le fue restaurada su libertad; así también el Hijo del Hombre yacería en el interior de la tumba, después de lo cual se volvería a levantar. Era la única señal que les daría, e iba a ser para su condenación. Los hombres de Nínive se levantarían contra ellos y los de su generación para juzgarlos, pues aquéllos, no obstante su iniquidad, se habían arrepentido tras la predicación de Jonás; y he aquí, se hallaba entre ellos uno mayor que Jonás.e La reina del Sur o de Sabá se levantaría en juicio contra ellos, porque ella había viajado lejos para oir la sabiduría de Salomón; y he aquí, estaba delante de ellos uno mayor que Salomón.f

Entonces, reanudando el tema de los espíritus inmundos y malignos, respecto de los cuales habían propagado la acusación de que El era uno de los secuaces del diablo, les dijo que cuando un demonio es echado fuera, después de vagar por un tiempo intenta volver a la casa o cuerpo del cual había sido expelido; y hallando la casa en orden, barrida y limpia, ya que su inmunda persona había sido desahuciada, llama a otros espíritus más inicuos que él y se posesionan del hombre, y su postrer estado viene a ser peor que el primero.g Por medio de este extraño ejemplo se representa la condición de aquellos que, habiendo recibido la verdad, son libertados en esa forma de las inmundas influencias del error y del pecado, de-manera que su mente, espíritu y cuerpo se encuentran como una casa barrida, adornada y bien dispuesta; pero más tarde renuncian a lo bueno, abren sus almas a los demonios de la mentira y el engaño, y llegan a ser peores que antes. “Así también acontecerá—les declaró el Señor—a esta mala generación.”

Aunque las enseñanzas de nuestro Señor no lograron convencer, y quizá ni aun realmente impresionar, a la mayor parte de los escribas y fariseos, no faltaron oyentes que supieron estimarlas. Una mujer de la compañía alzó la voz para invocar una bendición sobre la madre que había dado a luz a tal Hijo y sobre los pechos que lo habían nutrido. La respuesta de Jesús, aun cuando no rechazó este tributo reverente que se aplicaba así a la madre como al Hijo, fue la siguiente: “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.”h

La madre y los hermanos de Cristo lo buscani

Mientras Jesús discutía con los escribas y fariseos, y varias otras personas, le fue comunicada la noticia, posiblemente al terminar o a punto de terminar las enseñanzas que acabamos de considerar, de que su madre y sus hermanos se hallaban presentes y deseaban hablar con El. Por causa del gentío no habían podido llegar a su lado. Utilizando la circunstancia para impresionar en todos el hecho de que su obra sobrepujaba las exigencias de la familia y el parentesco, e indicando con ello que no podía hablar con sus parientes en ese momento, preguntó: “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?” Contestando su propia pregunta y expresando con la respuesta el concepto más profundo que había en sus pensamientos, dijo, señalando hacia sus discípulos: “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.”

Este acontecimiento trae a la memoria la respuesta que dio a su madre cuando ella y José lo hallaron en el templo después de su larga y penosa búsqueda: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”j Precisamente en esos negocios se encontraba cuando su madre y hermanos deseaban hablar con El en medio de aquella multitud. La exigencia superior de la obra de su Padre lo impulsaba a aplazar todo asunto de menor importancia. No hay justificación para que interpretemos estas palabras como evidencia de falta de respeto, y mucho menos deslealtad filial y familiar. Lo que requería era una devoción semejante, en parte por lo menos, a la de los apóstoles que habían sido llamados para dedicar su tiempo y talento sin reserva al ministerio.k No nos es dado a conocer el propósito para el cual los parientes de Jesús deseaban verlo, y podemos inferir, por tanto, que no se trataba de otra cosa más importante que algún asunto familiar.l

Notas al Capitulo 18

  1. Las dos narraciones del milagro.—Para comentar la milagrosa curación del criado del centurión, cual se halla en el texto, hemos seguido principalmente el relato más circunstancial de S. Lucas. En la narración más breve que hace S. Mateo de la solicitud del oficial y la graciosa condescendencia del Señor, leemos que el hombre vino en persona a Jesús, mientras que el otro evangelista refiere que los élderes de la sinagoga local hicieron presente la solicitud. No existe en esto ninguna discrepancia verdadera. Era permitido entonces, como lo es en nuestra época, considerar a la persona que causa que algo sea hecho, como si ella misma lo hubiera efectuado. Propiamente se puede decir que uno notifica a otro cuando envía la comunicación por conducto de un tercero. Se dice que un hombre ha construído su casa, cuando en realidad otros fueron los que lo llevaron a cabo bajo las órdenes de él. Puede decirse correctamente que un arquitecto ha erigido un edificio, cuando en verdad sólo preparó los planos y dirigió a otros que fueron los que realmente levantaron la estructura.

  2. Jesús se maravilló.—Tanto Mateo como Lucas nos dicen que Jesús se maravilló de la fe manifestada por el centurión que solicitaba la curación de su siervo estimado. (Mateo 8:10; Lucas 7:9) Algunos han preguntado por qué Cristo, a quien consideran que fue omnisciente durante su vida terrenal, pudo haberse maravillado de cosa alguna. El significado del pasaje indica claramente que cuando llegó a su atención el hecho de la fe del centurión, lo pensó y lo meditó, probablemente como reconfortante contraste en vista de la falta de fe que generalmente encontraba. En forma similar, aunque con tristeza en lugar de gozo, se dice que se asombró de la incredulidad de la gente. (Marcos 6:6)

  3. Orden de los milagros de la restauración de los muertos.—Como se dijo y se reiteró en el texto, es incierta la cronología de los actos del ministerio de nuestro Señor en las narraciones de los evangelistas. La literatura que se ha escrito sobre el asunto abunda en controversias y demuestra que los eruditos bíblicos están muy lejos de llegar a un acuerdo. Tenemos los relatos de tres casos en que se efectuó la milagrosa restauración de un muerto a la vida por la palabra de Jesús—la resurrección del hijo de la viuda de Naín; la resurrección de la hija de Jairo; la resurrección de Lázaro—y las opiniones difieren en cuanto al orden de dos de estos sucesos. El de la resurrección de Lázaro aparece en tercer lugar, y por supuesto, esta colocación se basa en algo seguro. El doctor Richard C. Trench, en su insigne y valiosísima obra Notes on the Miracles of our Lord, definitivamente afirma que la resurrección de la hija de Jairo fue la primera de estos tres actos de restaurar la vida. El doctor John Laidlaw, en The Miracles of our Lord, lo trata primeramente entre los milagrós de esta naturaleza, aunque sin afirmar su precedencia cronológica; muchos otros escritores lo hacen aparecer como el segundo de los tres. El afán de querer disponer los tres milagros de este género en el orden indicado quizá pueda hallarse en el deseo de presentarlos en orden ascendente de su importancia aparente: La resurrección de la doncella como ejemplo de hacer volver a la vida a una que acababa de morir (“no del todo muerta” como algunos erróneamente describen su condición); la resurrección del joven de Naín, como ejemplo de la restauración de uno que llevaban ya al sepulcro, y la resurrección de Lázaro como ejemplo de volver a vida a uno que tenía ya cuatro días de estar en la tumba. No podemos consecuentemente concebir que estos ejemplos constituyeron grados comparativos de mayor o menor resistencia al poder de Cristo, pues en cada caso su palabra de autoridad fue suficiente para reunir el espíritu y el cuerpo de la persona muerta. S. Lucas, único narrador del milagro efectuado en Naín, fija el acontecimiento antes de la resurrección de la hija de Jairo y relata muchos acontecimientos entre un suceso y el otro. La gran mayoría de la evidencia favorece el orden de los tres milagros en la forma que hemos seguido: (1) La resurrección del joven de Naín; (2) la de la hija de Jairo; y (3) la de Lázaro.

  4. Tetrarca.—Este título, según la derivación de la palabra y el uso original, se aplicaba al gobernador de una cuarta parte o de una de las cuatro divisiones de una región que anteriormente había sido un solo país. Más tarde se usó para designar a cualquier príncipe o gobernante de una porción de un país dividido, sin consideración al número o extensión de estas secciones. Herodes Antipas es distintamente llamado tetrarca en Mateo 14:1; Lucas 3:1, 19; 9:7; Hech. 13:1; y designado rey en Mateo 14:9; Marc. 6:14, 22, 25, 26.

  5. Maqueronte.—Según el conocido historiador Josefo (Antiquities of the Jews, xviii, 5:2) la prisión en la cual Herodes Antipas encerró a Juan el Bautista fue la recia fortaleza de Maqueronte.

  6. Tropiezo en Cristo.—El mensaje de nuestro Señor al Bautista encarcelado, cuando éste envió su interrogación, concluye con estas palabras: “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.” De paso convendría notar que si estas palabras acaso pudieran interpretarse como reproche, la observación se hizo con toda bondad y en la manera más sencilla de entender. Como ha escrito Deems: “En lugar de decir, ‘ay de aquel que halle tropiezo en mí”, lo declara en la forma más suave, ‘Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.’ “ En nuestra versión de la Santa Biblia se usan las palabras “tropiezo”, “escandalizarse” y términos análogos en lugar de las varias y diversas expresiones que ocurren en el griego original. Llámanse ofensas las infracciones de la ley, el pecado y la maldad en general, y los que cometen tales cosas son ofensores y merecen ser castigados. En otros casos, aun las obras de justicia se interpretan como causa de escándalo para los inicuos; pero esto se debe, no a que las buenas obras sean causa de escándalo para la ley o la justicia, sino porque el que las infringe se escandaliza o tropieza por causa de ellas. El reo que no se arrepiente, sino continúa con la maldad de sus pensamientos, se escandaliza y se irrita contra la ley por medio de la cual ha sido juzgado; para él la ley es causa de escándalo, piedra de tropiezo. En forma muy significativa Jesucristo constituye la principal causa de escándalo en la historia: para todos los que rechazan su evangelio es piedra de tropiezo. En la noche de su traición, Jesús dijo a los apóstoles que todos se escandalizarían de El. (Mateo 26:31; véase también el versículo 33) El ministerio personal del Señor no sólo fue causa de escándalo o piedra de tropiezo para los fariseos y adversarios sacerdotales, sino para muchos que profesaban creer en El. (Juan 6:61; compárese con 16:1) El apóstol Pedro llama el evangelio de Jesucristo “piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes”. (1 Pedro 2:8; compárese con las palabras de Pablo en Romanos 9:33) Ciertamente, bienaventurado es aquel por quien el evangelio es bien recibido y no encuentra en él causa de tropiezo.

  7. La grandeza de la misión del Bautista.—Jesús testificó de esta manera la naturaleza exaltada de la misión de Juan el Bautista: “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.” (Mateo 11:11; compárese con Lucas 7:28) Para aclarar la primera parte de este testimonio, el profeta José Smith dijo en un sermón que pronunció el 24 de mayo de 1843: “No pudo haber sido por motivo de los milagros que Juan realizó, porque no obró ninguno; pero fue: Primero, porque le fue confiada una misión divina de preparar el camino delante de la faz del Señor. ¿Quién jamás ha recibido cargo semejante, antes o después? Nadie. Segundo, se le confió y le fue requerido efectuar la importante misión de bautizar al Hijo del Hombre. ¿Quién había tenido el honor de hacer esto? ¿Quién había tenido tan grande privilegio y gloria? ¿Quién jamás llevó al Hijo de Dios a las aguas bautismales y tuvo el privilegio de ver al Espíritu Santo descender sobre El en la señal de la paloma? Tercero, en esa época Juan era el único administrador legal que tenía las llaves del poder que había en la tierra. Los judíos habían perdido las llaves, el reino, el poder y la gloria; y Juan, hijo de Zacarías, por motivo de la santa unción y decreto del cielo, tenía las llaves del poder en ese tiempo.” (Documentary History of the Church 5:260-262.)

    La segunda parte de la afirmación de nuestro Señor, “pero el más pequeño del reino de los cielos, mayor es que él” (Juan), ha hecho surgir diversas interpretaciones y comentarios. El significado verdadero puede ser que no obstante la distinción tan grande de que gozaba Juan entre los profetas, no había aprendido, al tiempo del acontecimiento que se está considerando, el propósito completo de la misión del Mesías, cosa que ciertamente tendría que aprender antes de ser apto para entrar en el reino de los cielos; por tanto, el menor de aquellos que, por medio del conocimiento logrado y la obediencia dada, se preparaba para un lugar en el reino acerca del cual Jesús enseñaba, era mayor que Juan el Bautista en esa época. Por medio de las revelaciones de los postreros días nos es dicho que “es imposible que el hombre se salve en la ignorancia” (Doc. y Con. 131:6) y que “la gloria de Dios es la inteligencia o, en otras palabras, luz y verdad”. (Doc. y Con. 93:36) La pregunta del Bautista demostró que en ese tiempo carecía de conocimiento: su entendimiento era imperfecto y no podía comprender la verdad entera de la muerte señalada del Salvador y su resurrección subsiguiente como Redentor del mundo. Pero no debemos perder de vista el hecho de que Jesús en ninguna manera indicó que Juan permanecería inferior al menor en el reino de los cielos. Al grado que aumentara su conocimiento de las verdades esenciales del evangelio y las obedeciera, ciertamente progresaría y llegaría a ser grande en el reino de los cielos, así como fue grande entre los profetas de la tierra.

  8. Juan el Bautista era el Elías que había de venir.—En los tiempos de Cristo la gente preservaba la creencia tradicional de que el antiguo profeta Elías iba a volver en persona. Concerniente a esta tradición el Commentary de Dummelow dice, refiriéndose a Mateo 11:14: “Se suponía que su actividad particular [de Elías] consistiría en resolver preguntas ceremoniales y rituales, dudas y dificultades, y que le restauraría a Israel: (1) La vasija de oro con el maná; (2) el vaso que contenía el aceite de la unción; (3) el vaso que contenía las aguas de la purificación; (4) la vara de Aarón que retoñó y dio fruto.” Ningún apoyo había en las Escrituras para esta creencia. El ángel Gabriel declaró, en el anuncio comunicado a Zacarías, que Juan iría delante del Mesías con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17); y nuestro Señor aclaró el hecho de que Juan era el Elías predicho. “Elías” es a la vez un nombre y el título de un oficio. Por medio de la revelación dada en la dispensación actual, nos es manifestada la individualidad distinta de un Elías y el otro, cada uno de los cuales apareció en persona y entregó a profetas modernos las llaves particulares que pertenecían a sus comisiones respectivas. (Doc. y Con. 110:12, 13) Aprendemos que el oficio de Elías es el de restaurar. (Doc. y Con. 27:6, 7; 76:100; 77:9, 14) Con fecha del 10 de marzo de 1844 quedó inscrito en los anales de la Iglesia el siguiente testimonio del profeta José Smith:

    “El espíritu de Elías consiste en preparar el camino para una revelación mayor de Dios. Es el sacerdocio de Elías o el sacerdocio que fue conferido a Aarón. Y cuando Dios envía a un hombre al mundo con las llaves y el poder de Elías, a fin de preparar el camino para una obra mayor, se ha llamado la doctrina de Elías, aun desde las primeras edades del mundo.

    “La misión de Juan se concretó a predicar y bautizar; pero lo que hizo fue válido; y cuando Jesucristo hallaba a cualquiera de los discípulos de Juan, El lo bautizaba con fuego y el Espíritu Santo.

    “Hallamos que los apóstoles fueron investidos con un poder mayor que el de Juan. Su oficio correspondía más bien al espíritu y poder de Elías el Profeta que al de Elías precursor.

    “Cuando Felipe fue a Samaria, estando bajo el espíritu de Elías precursor, bautizó a hombres y mujeres. Cuando Pedro y Juan lo oyeron, descendieron y les impusieron las manos, y los recién convertidos recibieron el Espíritu Santo. Esto demuestra la distinción entre los dos poderes.

    “La ocasión en que Pablo halló a ciertos discípulos, les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo. Le dijeron que no. ¿Quién, pues, os bautizó? Somos bautizados con el bautismo de Juan. No, no fuisteis bautizados con el bautismo de Juan, o él mismo os habría bautizado. De manera que Pablo los bautizó, porque él conocía la doctrina verdadera y sabía que Juan no los había bautizado. Me extraña que los hombres que han leído el Nuevo Testamento se hallen tan lejos de estos principios.

    “Lo que deseo inculcar en vuestras mentes es la diferencia en el poder que hay en las diversas partes del sacerdocio, para que al venir alguno entre vosotros, diciendo: ‘Yo tengo el espíritu de Elías, podáis saber si es verdadero o falso; porque el hombre que viene con el espíritu y el poder de Elías no traspasa esos límites.

    “Juan no excedió sus poderes, sino que fielmente desempeñó la porción que correspondía a su oficio; y cada una de las partes del gran edificio debe disponerse correctamente y colocarse en su propio lugar; y se precisa saber quién tiene las llaves del poder y quién no las tiene, o probablemente seremos engañados.

    “La persona que ha recibido las llaves de este Elías, tiene a su cargo una obra preparatoria. …

    “Este es el Elías precursor de quien se habla en relación con los últimos días, y allí está la piedra contra la cual muchos se estrellan, pues creen que se cumplió el tiempo en la época de Juan y Cristo, y no volverá más. Pero a mí me fue revelado el espíritu de Elías, y sé que es verdadero; por consiguiente, hablo sin temor porque ciertamente sé que mi doctrina es verdadera.” (Documentary History of the Church 6:249-254)

  9. A la mesa del fariseo.—La expresión “se sentó a la mesa”, que se encuentra en Lucas 7:37 y otros lugares, es una traducción incorrecta, según las mejores fuentes, y más propiamente debía decir “se recostó” o “se reclinó”. Véase Comparative Dictionary of the Bible, por Smith, artículo “Comidas”. No cabe duda que la antigua usanza hebrea era sentarse para comer (Gén. 27:19; Jue. 19:6; 1 Sam. 16:11 20:5, 18:24; 1 Re. 13:20) pero la costumbre de reclinarse en lechos colocados alrededor de la mesa parece datar desde mucho antes de los días de Jesús. (Amós 3:12, 6:4) Era común en Palestina la costumbre romana de arreglar las mesas y sus lechos contiguos a lo largo de tres de los lados de un cuadrángulo, dejando el otro lado abierto para que pasaran los criados que servían las comidas. Las mesas y lechos dispuestos en tal forma eran lo que constituía el triclinio. Refiriéndose al ceremonial de los fariseos sobre el asunto del lavamiento prescrito para los artículos que se usaban para comer, hallamos que en Marcos 7:4 dice “lechos”. La persona recostada junto a la “mesa” tendría los pies hacia afuera. De manera que fue cosa sencilla para la mujer arrepentida acercarse a espaldas de Jesús y ungirle los pies sin molestar a los demás que se hallaban presentes.

  10. No se especifica la indentidad de la mujer.—Farrar (nota página 228) condena vehementemente el intento de identificar a la pecadora arrepentida que ungió los pies de Jesús en la casa de Simón con María de Betania: “Aquellos que identifican esta fiesta en casa de Simón el Fariseo, en Galilea, con la fiesta efectuada mucho después en la casa de Simón el Leproso, en Betania, y la unción de los pies por “una mujer de la ciudad, que era pecadora”, con la unción de la cabeza por María, hermana de Marta, adoptan principios de crítica tan descabellados y arbitrarios, que de aceptarse generalmente, despojaríamos a los evangelios de toda credibilidad y virtualmente los convertiríamos en indignos de ser estudiados como narraciones verídicas. En lo que respecta a los nombres Simón y Judas—que han sido la causa de tantas identificaciones de distintas personas y diferentes acontecimientos—eran tan comunes entre los judíos en aquella época como los apellidos Smith y Jones entre nosotros mismos. En el Nuevo Testamento se mencionan cinco o seis Judas y nueve Simones, y solamente entre los apóstoles había dos Judas y dos Simones; Josefo menciona en sus escritos alrededor de diez Judas y veinte Simones, y por tanto, debe haber habido muchos miles que en este período tenían uno de estos dos nombres. El hecho (de ungir con ungüento) concuerda en todo respecto con las costumbres del país y de la época, y no existe la menor improbabilidad de que se haya repetido en diferentes circunstancias. (Ecles. 9:8; Cant. 4:10; Amós 6:6) La costumbre prevalece aún.”

    Hay completa justificación para la vigorosa crítica del ilustre canónigo; no obstante, él también apoya la identificación comunmente aceptada de que la mujer de quien se hace mención en el relato de la fiesta de Simón el Fariseo, fue María Magdalena; aunque admite que el fundamento de esta supuesta identificación es “una tradición antigua que especialmente prevalece en la Iglesia de Occidente y es acatada en la traducción de nuestra versión inglesa” (página 233). Como se afirma en nuestro texto, hay falta completa de evidencia fidedigna de que María Magdalena estuviera manchada por el pecado del cual nuestro Señor tan generosamente perdonó a la mujer arrepentida en la casa del fariseo.

  11. El pecado imperdonable.—La naturaleza del terrible pecado contra el Espíritu Santo, sobre el cual el Señor amonestó a sus acusadores farisaicos que intentaban atribuir su poder divino a Satanás, queda explicada con mayor amplitud, y sus temibles resultados se detallan más explícitamente en la revelación moderna. Refiriéndose a estos transgresores y a su espantoso destino, el Todopoderoso ha dicho: “Son los hijos de perdición, de quienes digo que mejor hubiera sido para ellos no haber nacido; porque son vasos de enojo, condenados a padecer la ira de Dios con el diablo y sus ángeles en la eternidad; concerniente a los cuales he dicho que no hay perdón en este mundo ni el venidero. … Estos irán al suplicio sempiterno, que es suplicio sin fin, suplicio eterno, para reinar con el diablo y sus ángeles por las eternidades, en donde su gusano no muere y el fuego no se apaga, lo cual es su tormento; y ningún hombre sabe ni su fin, ni su lugar, ni su tormento; ni tampoco fue, ni es, ni será revelado al hombre, salvo a quienes participan de ello; sin embargo, yo, el Señor, lo enseño en visión a muchos, pero luego lo retiro; por consiguiente, no comprenden su fin, su anchura, su altura, su profundidad o su miseria, ni tampoco hombre alguno, sino aquellos que son ordenados para esta condenación.” (Doc. y Con. 76:3234, 44-48; véase también Heb. 6:4-6; Alma 39:6)

  12. La generación adúltera busca señales.—Los judíos no podían interpretar, sino como reproche supremo, la respuesta de nuestro Señor, “la generación mala y adúltera demanda señal”, a los que se la exigieron. (Mateo 12:39; véase también 16:4; Marc. 8:38) Todos ellos sabían que el término descriptivo, “adúltera”, que había usado se aplicaba literalmente a la extensa inmoralidad de la época. En su comentario sobre Mateo 12:39, Adán Clark dice de esta parte de nuestro tema: “Existe la más completa prueba, de sus propios escritos [de los judíos], que en el tiempo de nuestro Señor eran literalmente una raza adúltera; pues fue precisamente en aquellos días que el rabino Jachanan ben Zacchi abrogó la prueba de las aguas amargas de los celos, porque hubo tantos que fueron declarados culpables por este medio.” Para la información sobre la prueba del acusado por medio de las aguas amargas, véase Núm. 5:11-31. Aunque Jesús tildó de adúltera la generación en que vivía, no hallamos donde se diga que los príncipes judíos—que con su demanda de ver señal habían ocasionado la censura—osaron negar o tratar de impugnar el cargo que se les hizo. El pecado de adulterio era una de las ofensas capitales. (Deut. 22:22-25) Sin embargo, la severidad de la acusación aplicada por Jesús era intensificada por el hecho de que en las Escrituras más antiguas se representaba el convenio entre Jehová e Israel mediante el símbolo del vínculo conyugal (Isa. 54:5-7; Jer. 3:14; 31:32; Oseas 2:19, 20), así como las Escrituras de fecha posterior presentan a la Iglesia como la desposada, y a Cristo como el Esposo. (2 Cor. 11:2; compárese también con Apo. 21:2) Ser espiritualmente adúlteros, como los rabinos interpretaban las pronunciaciones de los profetas, significaba ser falsos al convenio mediante el cual las naciones judías pretendían distinguirse como adoradores de Jehová, así como totalmente desleales y réprobos. Al sentirse convictos de estos cargos, aquellos fariseos y escribas que buscaban señales entendieron que Jesús los consideraba peores que los paganos idólatras. Las palabras “adulterio” e “idolatría” provienen de un origen semejante, pues ambas connotan el hecho de infidelidad, y el desviarse en pos de objetos falsos de afecto o adoración.

  13. La madre y los hermanos de Jesús.—Este intento de María y algunos miembros de su familia de hablar con Jesús en la ocasión a que se ha hecho referencia en el texto, se ha interpretado por muchos escritores en el sentido de que la madre e hijos habían ido para protestar la energía y celo con que Jesús estaba desempeñando su obra. Algunos llegan aun al grado de decir que los miembros visitantes de la familia habían ido para restringirlo y contener, de ser posible, las olas de interés, crítica y ofensa populares que surgían en torno de El. La narración bíblica no proporciona ningún fundamento, ni aun para un concepto tentativo de esta naturaleza. No se indica el propósito de la visita deseada. Es un hecho, como se mostrará en las páginas subsiguientes, que algunos miembros de la familia de María no habían podido entender la gran importancia de la obra que Jesús había emprendido tan asiduamente; y nos es dicho que en una ocasión llegaron algunos “de los suyos” con el objeto de prenderlo e interrumpir sus actividades públicas por la fuerza “porque decían: Está fuera de sí” (Mar. 3:21); también aprendemos que sus hermanos no creían en El. (Juan 7:5) Sin embargo, estos hechos difícilmente justifican la suposición de que el deseo de María y sus hijos de hablar con El, en la ocasión de referencia, era para otro fin sino pacífico. Y sospechar que María, su madre, había olvidado a tal grado las maravillosas escenas de la anunciación angélica y concepción milagrosa, las manifestaciones celestiales al tiempo del nacimiento de Jesús, la sabiduría y poder más que humanos manifestados en su niñez y juventud, y que ahora juzgaba a su Hijo divino de ser un entusiasta desequilibrado al cual era necesario restringir, significa hacerse responsable de cometer una injusticia contra el carácter de una mujer a quien el ángel Gabriel declaró bienaventurada entre las mujeres y altamente favorecida del Señor.

    La declaración de que los hermanos de Jesús no creían en El en la época a que se refiere el narrador (Juan 7:5) no es prueba de que algunos o aun todos estos mismos hermanos no hayan creído en su Hermano divino en una fecha posterior. Inmediatamente después de la ascensión del Señor hallamos a la madre de Jesús y a sus hermanos adorando y suplicando con los Once y otros discípulos. (Hech. 1:14) El hecho atestiguado de la resurrección de Cristo convirtió a muchos que previamente no habían querido aceptarlo como el Hijo de Dios. El apóstol Pablo se refiere a una manifestación especial del Cristo resucitado a Jacobo o Santiago (1 Cor. 15:7), y este Jacobo a quien se hace referencia en el pasaje anterior podría ser el mismo que en otras partes es llamado “el hermano del Señor” (Gál. 1:19); compárese con Mateo 13:55 y Marc. 6:3. Parece que los “hermanos del Señor” estaban empeñados en la obra de la Iglesia en la época del ministerio activo de Pablo. (1 Cor. 9:5) Se ha discutido mucho la relación familiar exacta que existía entre nuestro Señor, y Jacobo, José, Simón, Judas y las hermanas a que se refiere Mateo 13:55, 56 y Marc. 6:3), y se han inventado varias teorías para apoyar opiniones divergentes. De modo que la hipótesis oriental o epifania sostiene, sin base más firme que la suposición, que los hermanos de Jesús eran hijos que José de Nazaret tuvo en una esposa anterior, y no eran hijos de María, la madre del Señor. La teoría del levirato supone que José de Nazaret y Cleofas (y es interesante notar que este nombre es considerado como el equivalente de Alfeo, véase la nota al pié de la página 238) eran hermanos; y que después de la muerte de Cleofas o Alfeo, José contrajo matrimonio con la viuda de su hermano de acuerdo con la ley del levirato (véase la página 577 de esta obra). La hipótesis jeronimiana se basa en la creencia de que las personas mencionadas como hermanos y hermanas de Jesús eran hijos de Cleofas (Alfeo) y María, hermana de la madre del Señor, y por tanto, venían a ser primos hermanos de Jesús. (Véase Mateo 27:56; Marc. 15:40; Juan 19:25) Queda fuera de toda duda razonable el hecho de que Jesús era considerado por aquellos que conocían a la familia de José y María, como pariente cercano de los demás hijos e hijas de la casa. Si estos otros fueron hijos de José y María, todos eran menores que Jesús porque indudablemente El fue el primogénito de su madre. La aceptación de este grado de parentesco entre Jesús y sus “hermanos” y “hermanas” que mencionan los evangelistas sinópticos constituye lo que es conocido en la literatura teológica como el concepto helvidio.