Jesucristo
Capitulo 13: Honrado por Extranjeros, Rechazado por Los Suyos

Capitulo 13

Honrado por Extranjeros, Rechazado por Los Suyos

Jesus y la samaritana

EL camino más directo, para ir de Judea a Galilea, pasaba por Samaria; pero muchos judíos, particularmente los galileos, preferían tomar una ruta indirecta, aunque más larga, más bien que atravesar el país de un pueblo tan aborrecido para ellos como lo eran los samaritanos. Hacía siglos que el rencor entre judíos y samaritanos se había estado desarrollando, y en la época del ministerio terrenal de nuestro Señor se había convertido en un odio sumamente intenso.a Los habitantes de Samaria eran una raza mixta en quienes cursaba la sangre de Israel con la de los asirios y otras naciones; y una de las causas de la animosidad que existía entre ellos y sus vecinos, tanto hacia el norte como el sur, era que los samaritanos pretendían ser reconocidos como israelitas. Se jactaban de que Jacob era su padre, mas los judíos lo negaban. Tenían una versión del Pentateuco que reverenciaban como ley, pero rechazaban todos los escritores proféticos de lo que hoy es el Antiguo Testamento, porque consideraban que en ese tomo no se les trataba con suficiente respeto.

Para el judío ortodoxo de aquellos tiempos, un samaritano era más impuro o inmundo que un gentil o cualquiera otra nacionalidad. Es interesante notar las restricciones extremas y aun absurdas que entonces se hallaban en vigor, a fin de reglamentar las relaciones inevitables entre los dos pueblos. El testimonio de un samaritano era inaceptable ante un tribunal judío. Hubo un tiempo en que, de acuerdo con la autoridad rabínica, el judío que comiera alimentos preparados por un samaritano cometía una ofensa tan grave como comer carne de cerdo. Aunque se admitía que el producto de la tierra que crecía en Samaria no era inmundo, en vista de que brotaba directamente del suelo, podía tornarse impuro si era tocado por manos samaritanas. De manera que era permitido comprar uvas y granos de los samaritanos, pero no el vino o harina fabricados de estos artículos por obreros samaritanos. En una ocasión se dirigió a Cristo el epíteto “samaritano” con el palpable objeto de insultarlo. “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?”b El concepto samaritano concerniente a la misión del Mesías esperado se hallaba mejor fundado que el de los judíos, pues hacían más hincapié en el reino espiritual que el Mesías habría de restablecer, y había menos exclusivismo en su juicio hacia aquellos a quienes debían extenderse las bendiciones mesiánicas.

En su viaje hacia Galilea, Jesús siguió la ruta más directa que atravesaba Samaria, e indudablemente su elección fue orientada por algún propósito, pues leemos que “era menester” que pasara por allí.c El camino conducía o se aproximaba al pueblo llamado Sicar,d “junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José”.e Allí se encontraba la fuente o pozo de Jacob, altamente estimado no sólo por su valor intrínseco como fuente inagotable de agua, sino también por la relación que guardaba con la vida del gran patriarca. Jesús, cansado del camino y fatigado, se detuvo en el pozo para descansar mientras sus discípulos fueron a la ciudad a comprar alimentos. Salió una mujer a llenar su cántaro, y Jesús le dijo: “Dame de beber.” Según las reglas de la hospitalidad oriental que entonces prevalecían, cuando se pedía agua, era una solicitud que, de ser posible concederla, jamás debía negarse; sin embargo, la mujer vaciló, pues le causó sorpresa que un judío le pidiera un favor a un samaritano, por grande que fuera la necesidad. Expresó su sorpresa con la pregunta: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.” Aparentemente olvidando su sed en su deseo de enseñar, Jesús le contestó, diciendo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.” La mujer le recordó que no tenía balde ni cuerda con qué sacar el agua del pozo tan profundo y, deseando saber mejor a qué se estaba refiriendo, preguntó: “¿Eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?”

Jesús percibió en las palabras de la mujer un espíritu semejante a aquel con que el erudito Nicodemo recibió sus enseñanzas: tanto el uno como el otro habían pasado por alto la lección espiritual que deseaba comunicar. Le explicó que el agua del pozo representaba un beneficio provisional y el que bebiera de él volvería a tener sed. Entonces añadió: “Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” El interés de la mujer se intensificó vivamente, bien por curiosidad, bien como emoción de honda inquietud, y a su vez, ella se tornó en solicitante. Dirigiéndose a él con un título de respeto, dijo: “Señor, dame esta agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.” No podía ver otra cosa aparte de la ventaja material consiguiente a un agua que calmaría la sed para siempre. El resultado de la bebida en que estaba pensando sería relevarla de una necesidad corporal y ahorrarle el trabajo de ir a sacar agua del pozo.

Jesús cambió abruptamente el tema de la conversación indicándole que fuera y llamara a su esposo, y luego volviera. Cuando le contestó que no tenía marido, Jesús le reveló su facultad sobrehumana para discernir, diciéndole que había hablado con verdad, en vista de que había tenido cinco maridos, mientras aquel con quien entonces vivía no era su esposo. Seguramente ningún ser ordinario podía haberle declarado en tal forma la desagradable historia de su vida. Impulsivamente le confesó su convicción, diciendo: “Señor, me parece que tú eres profeta.” Buscando la manera de cambiar de tema, y señalando hacia el monte Gerizim, sobre el cual había erigido un templo samaritano el sacrílego sacerdote Manasés, declaró, sin ninguna relación con lo que se había dicho antes: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.” Jesús le respondió con un significado más profundo aún, informándole que estaba próxima la hora cuando ni aquel monte ni Jerusalén serían el sitio de preferencia para adorar, y claramente reprendió su presunción de que la creencia tradicional de los samaritanos era tan aceptable como la de judíos, porque le dijo: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.” A pesar de los cambios y corrupciones que se habían introducido en la religión judía, era mejor que la de su pueblo; porque los judíos aceptaban a los profetas, y el Mesías había venido por el linaje de Judá. Pero, como se lo explicó Jesús, el sitio donde se adora es de menor importancia que el espíritu del adorador. “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”

Incapacitada o indispuesta para entender el significado de Cristo, la mujer quiso terminar la entrevista con una afirmación que para ella probablemente no tenía importancia alguna: “Sé que ha de venir el Mesías llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.” Profundo fue el asombro que sintió cuando Jesús le contestó con una afirmación que le inspiró temor: “Yo soy, el que habla contigo.” Las palabras fueron inequívocas, la aseveración tal, que no requería aclaración. La mujer debía considerarlo de allí en adelante como un impostor o como el Mesías. Dejó su cántaro en el pozo, y yendo con toda prisa al pueblo, contó lo que le había sucedido diciendo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”

Cuando estaba para terminar la conversación entre Jesús y la mujer, los discípulos volvieron con las provisiones que habían ido a comprar. Se maravillaron de encontrarlo hablando con una mujer, y samaritana por cierto; sin embargo, ninguno de ellos le pidió una explicación. Su porte debe haberlos impresionado con la seriedad y solemnidad de la ocasión. Cuando lo invitaron a comer, les dijo: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.” Para los discípulos estas palabras no tenían ningún significado aparte del sentido literal, y se preguntaron el uno al otro si quizás alguien le habría traído de comer durante su ausencia; mas El aclaró el asunto, agregando: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.”

Apareció un grupo de samaritanos que venía de la ciudad. Fijando la vista en ellos y en los sembrados que había alrededor, Jesús continuó: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.” El mensaje de sus palabras parece ser que aun cuando faltaban algunos meses para que el trigo y la cebada estuviesen listos para la hoz, la cosecha de almas, representada por la multitud que se aproximaba, estaba ya dispuesta; y que los discípulos podían segar de lo que El había sembrado, lo cual sería para ellos una ventaja inestimable en vista de que recibirían el pago de su jornal mientras recogían el fruto de un trabajo que no había sido de ellos.

Muchos de los samaritanos creyeron en Cristo, basados primero en el testimonio de la mujer, más tarde por motivo de su propia convicción; y dijeron a la mujer, por causa de quien habían salido a verlo: “Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.” Jesús graciosamente aceptó su invitación de permanecer, y estuvo con ellos dos días. No cabe la menor duda de que El no dio cabida al prejuicio nacional de los judíos contra la gente de Samaria; el alma honrada era aceptable para El, no importaba de donde viniera. Probablemente la semilla sembrada durante esta breve visita de nuestro Señor entre la gente despreciada de Samaria fue la misma de la cual los apóstoles recogieron tan rica cosecha en años posteriores.f

En Caná y Nazaret

Después de permanecer dos días entre los samaritanos, Jesús, acompañado de los discípulos que habían viajado con El desde Judea, reanudó su viaje al norte hasta Galilea, provincia de la cual se había ausentado varios meses. Comprendiendo que la gente de Nazaret, pueblo en el cual se había criado, con toda probabilidad se mostraría renuente a aceptarlo como otra cosa sino como carpintero, o como El lo expresó, “el profeta no tiene honra en su propia tierra”,g fue primero a Caná. Las gentes de esa región, y por cierto, los galileos en general, lo recibieron gustosamente; muchos de ellos habían asistido a la última Pascua y probablemente habían sido testigos personales de las maravillas que había efectuado en Judea. Mientras se hallaba en Caná lo visitó un noble, probablemente un alto funcionario de la provincia, el cual le rogó que fuese a Capernaum y sanara a su hijo que entonces yacía moribundo. Con el objeto probable de revelarle al hombre la verdadera condición de su mente, porque no dudamos que pudo leer sus pensamientos, nuestro Señor le dijo: “Si no viereis señales y prodigios no creeréis.”h Como hemos observado en situaciones anteriores—el más notable de ellos en Jerusalén, cuando el propio Jesús no se fió de los que profesaban creer en El, porque su creencia se basaba únicamente en su asombro de las cosas que hacíai—nuestro Señor no aceptaba los milagros, aunque efectuados por El mismo, como fundamento suficiente y seguro para la fe. El noble que vino a suplicarle, angustiado por la delicada situación de su hijo, en ninguna manera se ofendió por la reprensión que otro de pensamientos más quisquillosos podría haber hallado en la respuesta del Señor, antes con humildad sincera que puso de relieve su creencia de que Jesús podía sanar a su hijo, repitió y recalcó su solicitud: “Señor, desciende antes que mi hijo muera.”

Probablemente no se le había ocurrido al hombre reflexionar sobre el medio o procedimiento directos por los cuales podría evitarse la muerte o asegurarse una curación con la palabra de un hombre, pese a quien fuera; pero en su corazón creía en el poder de Cristo, y con sinceridad conmovedora suplicó a nuestro Señor que interviniera en bien de su hijo moribundo. Parecía considerar como indispensable el hecho de que el Salvador estuviese presente, y su gran temor era que el niño no viviera hasta que llegara el Maestro. “Jesús le dijo: Vé, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.”

La agradecida aceptación de la promesa del Señor, así como el contentamiento que desde luego manifestó, califican de genuina la confianza del hombre. Capernaum, donde se hallaba su hijo enfermo, distaba de allí unos treinta y dos kilómetros, y si todavía hubiese estado preocupado y dudoso probablemente habría tratado de volver a casa ese mismo día, porque fue como a la una de la tarde que Jesús pronunció las palabras que le trajeron tanto alivio; pero viajó desahogadamente, porque al día siguiente aún iba de viaje cuando lo encontraron algunos de sus siervos que habían sido enviados para alegrarlo con la grata noticia del alivio de su hijo. Preguntó a qué hora había empezado a mejorar el niño, y le fue dicho que a la séptima hora del día anterior lo había dejado la fiebre. Era la hora en que Cristo había dicho: “Tu hijo vive.” La creencia del hombre maduró rápidamente y él y toda su casa aceptaron el evangelio.j Este fué el segundo milagro efectuado por Jesús mientras estuvo en Caná, aunque en este caso el receptor de la bendición se hallaba en Capernaum.

La fama de nuestro Señor se extendió por toda la región. Durante un período, indefinido en cuanto a su duración, enseñó en las sinagogas de los pueblos y era recibido con gozo y “glorificado por todos”.k Entonces volvió a Nazaret, su hogar anterior, y según su costumbre asistió a los servicios de la sinagoga el día de reposo. Muchas veces, como niño y como hombre, se había sentado en aquella casa de oración y escuchado a los lectores designados que leían la ley y los profetas y los comentarios o tárgumesl relacionados con ellos; pero ahora, como maestro reconocido de edad legal, El podía tomar el lugar del lector. En esta ocasión, al llegar los servicios a ese punto en que se leían a la congregación algunos extractos de los libros proféticos, se puso de pie para leer. El ministro encargado le dio el rollo o libro de Isaías, el cual abrió en la parte conocida por nosotros como el capítulo 61 y leyó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.”m

Entregando el libro al ministro, se sentó. En los servicios de la sinagoga judía era permitido que el lector comentara y diera una explicación sobre lo que se había leído; pero a fin de hacerlo, debía sentarse. Cuando Jesús se hubo sentado, la gente entendió que estaba a punto de explicar el texto y “los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él”. Todas las clases sociales reconocían que aquellos pasajes se referían categóricamente al Mesías, cuya venida la nación esperaba. Las primeras palabras del comentario de nuestro Señor fueron asombrosas: no fue un análisis forzado, ni una interpretación erudita, sino una aplicación directa e inequívoca: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” Era tanta la gracia de las palabras que salían de su boca, que todos se maravillaban y decían: “¿No es éste el hijo de José?”n

Jesús entendió sus pensamientos aun cuando no oyó sus palabras, y, anticipándose a su crítica, les dijo: “Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra. Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.” Dentro de su corazón la gente ansiaba una señal, una maravilla, un milagro. Sabían que Jesús los había efectuado en Caná, y un niño había sanado en Capernaum con su palabra; también había asombrado a la gente de Jerusalén con sus obras poderosas. ¿Iba a despreciarlos a ellos, sus propios vecinos? ¿por qué no los favorecía con una manifestación halagüeña de sus facultades? El Señor continuó sus palabras, haciéndoles recordar que en la época de Elías, cuando dejó de llover por tres años y medio, y prevaleció el hambre, el profeta fue enviado solamente a una de las muchas viudas, una mujer de Sarepta de Sidón, que no era hija de Israel, sino gentil. Y además, aunque había muchos leprosos en Israel, en los días de Eliseo, solamente un leproso—y éste había sido siro, no israelita—fue limpiado por el ministerio del profeta, pues de todos ellos solamente Naamán había manifestado la fe necesaria.

Grande fue la ira de sus oyentes. ¿Se atrevía a clasificarlos entre los gentiles y leprosos? ¿Iban a ser comparados con los despreciables incrédulos, y ello por el hijo del carpintero del pueblo que se había criado en su propia comunidad? Presos de una ira diabólica, tomaron a Jesús y lo llevaron a la cumbre del cerro, en las faldas del cual se hallaba situado el pueblo, resueltos a vengar sus sentimientos ofendidos, arrojándolo desde aquellas alturas. Así fue como aun en los primeros días de su ministerio cobraron intensidad asesina las fuerzas de la oposición. Sin embargo, todavía no llegaba la hora de la muerte de nuestro Señor. La turba enfurecida no tenía el poder para dar un paso más allá de lo que les permitiera su víctima supuesta. “Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.” Si los dominó la gracia de su presencia, o fueron callados por la fuerza de sus palabras o restringidos por una intervención más prodigiosa, nada nos es dicho al respecto. Se apartó de los incrédulos nazarenos, y de allí en adelante Nazaret nunca más volvió a ser su hogar.

En Capernaum

Jesús se encaminó hacia Capernaum,o que llegó a ser para El —de todos los sitios de Galilea— lo más aproximado a una morada. Allí enseñaba, particularmente en los días de reposo, y la gente se asombraba de su doctrina, pues hablaba con autoridad y poder.p En una de estas ocasiones se hallaba en la sinagoga un hombre que era víctima de posesión y estaba sujeto a los estragos de un espíritu malo o, como lo expresa tan poderosamente el texto, “tenía un espíritu de demonio inmundo”. Es significativo el hecho de que este espíritu malo que había adquirido tanto poder sobre el hombre, al grado de dictar sus hechos y palabras, se amedrentó de nuestro Señor y exclamó a gran voz, pero en tono suplicante: “Déjanos, ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios.” Jesús increpó al espíritu inmundo, mandándole que callara y saliera del hombre. El demonio obedeció al Maestro, y después de traer sobre su víctima un paroxismo violento pero inofensivo, salió de él. Este milagro aumentó el asombro de quienes lo presenciaron, y dijeron: “¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen? Y su fama se difundía por todos los lugares de los contornos.”q

La tarde del mismo día, luego que el sol se puso, y por tanto, habiendo pasado el sábado,r la gente se agolpó alrededor de El, llevándole sus amigos y parientes que estaban afligidos, a los cuales Jesús curó de sus diversas enfermedades, ya fueran de la mente o del cuerpo. Entre los aliviados se hallaban muchos que habían sido poseídos de demonios, y éstos clamaban, constreñidos a testificar la autoridad divina del Maestro: “Tú eres el Hijo de Dios.”s

En estas ocasiones, igual que en otras, hallamos que los espíritus malos expresaban por boca de sus víctimas su conocimiento de que Jesús era el Cristo; y en todos estos casos el Señor los hizo callar con su palabra, pues no quería esa clase de testimonios para atestiguar su divinidad. Aquellos espíritus eran los que habían seguido al diablo, miembros de las huestes rebeldes y derrotadas que habían sido echadas abajo por el poder del mismo Ser cuya autoridad y poder ahora reconocían en medio de su furia endemoniada. Junto con el propio Satanás, su jefe vencido, permanecían incorpóreos, porque a todos ellos les fueron negados los privilegios del segundo estado, o sea el terrenal;t su recuerdo de los acontecimientos que habían culminado con su expulsión de los cielos era intensificado por la presencia del Cristo, aun cuando se hallaba en un cuerpo de carne.

Muchos escritores modernos han intentado explicar el fenómeno de los poseídos por demonios, y aparte de éstos hallamos que no pocos niegan la posibilidad de que un personaje de espíritu realmente domine a su víctima. Sin embargo, las Escrituras indican lo contrario en forma explícita. Nuestro Señor hizo una distinción entre esta forma de aflicción y la mera enfermedad corporal cuando dió instrucciones a los Doce: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios.”u En su narración de los sucesos que estamos considerando, el evangelista Marcos hace la misma distinción: “Le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados.”v En varios casos, cuando increpaba a los demonios, Cristo les hablaba como a individuos, completamente aparte del ser humano afligido;x y en una de tales ocasiones ordenó al demonio, diciendo: “Yo te mando, sal de él, y no entres más en él.”y

En este asunto, así como en otros, la explicación más sencilla es la verdad pertinente, pues son inestables las teorías basadas en otro fundamento aparte del de las Escrituras. Cristo inequívocamente relacionó los demonios con Satanás, y lo hizo en forma categórica cuando comentó las nuevas que le comunicaron los Setenta, a quienes autorizó y envió, los cuales, vueltos, testificaron con gozo que aun los diablos se habían sujetado a ellos en su nombre. A estos siervos fieles el Señor dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.”z Los demonios que se posesionan de los cuerpos de los hombres, dominando su libre albedrío y obligándolos a obedecer los mandatos satánicos, son los ángeles incorpóreos del diablo, cuyo triunfo consiste en afligir a los mortales y, de ser posible, impulsarlos a pecar. A fin de ganarse para sí mismos la satisfacción transitoria de ocupar un cuerpo de carne, estos demonios gustosamente entran aun en los cuerpos de animales.a

Posiblemente en el intervalo, entre la reprensión del espíritu inmundo en la sinagoga y los milagros de sanar y echar fuera demonios al atardecer del día de reposo, Jesús fue a la casa de Simón, al cual anteriormente había dado el sobrenombre de Pedro, y allí encontró a la suegra de su discípulo enferma de fiebre. Accediendo a la solicitud de fe, reprendió la enfermedad; la mujer sanó en el acto, se levantó de su cama y ofreció la hospitalidad de su hogar a Jesús y a los que lo acompañaban.b

Notas al Capitulo 13

  1. Animosidad entre los judíos y los samaritanos.—Al tratarse de los samaritanos se debe tener presente que cierta ciudad, así como el distrito o provincia en que se hallaba, eran conocidos como Samaria. Geikie ha compendiado admirablemente en su obra, Life and Words of Christ (tomo I, págs. 495, 496), los hechos principales concernientes al origen de los samaritanos y la explicación de la animosidad mutua que existía entre éstos y los judíos en el tiempo de Cristo. Omitiendo las autoridades que cita, ofrecemos el siguiente extracto: “A raíz del destierro de las Diez Tribus hasta Asiria, Samaria fue repoblada por colonos paganos de las varias provincias del imperio asirio, fugitivos de las autoridades de Judea y rezagados de una u otra de las Diez Tribus que lograron volver a casa. Los primeros colonizadores paganos, llenos de terror por el aumento de animales salvajes, especialmente leones, y atribuyéndolo a su ignorancia de la forma correcta de adorar al Dios del país, enviaron por uno de los sacerdotes exilados, y bajo sus instrucciones agregaron la adoración de Jehová a la de sus ídolos. Este episodio de su historia fue el blanco del odio y burla de los judíos quienes los ridiculizaban llamándolos ‘prosélitos de los leones’ y apodándolos ‘hijos de Cut’ por motivo de su procedencia asiria. Sin embargo, éstos finalmente se adhirieron más rígidamente a la Ley de Moisés que los propios judíos. Deseosos de ser reconocidos como israelitas, pusieron su corazón en unirse con las Dos Tribus cuando éstas volvieron del cautiverio; pero el inflexible puritanismo de Esdras y Nehemías no toleró ninguna alianza entre la sangre pura de Jerusalén y la raza mezclada del norte. La enemistad que resultó de esta afrenta fue natural, y a su vez engendró tan extremado rencor, que en los días de Cristo, los siglos de contienda y prejuicios mutuos, intensificados por el odio teológico de ambas partes, los habían convertido en enemigos implacables. Los samaritanos habían edificado un templo sobre el monte de Gerizim para competir con el de Jerusalén, pero había sido destruído por Juan Hircano, el cual también había arrasado a Samaria. Atribuían a su monte una santidad mayor que la del monte Moria; acusaban a los judíos de haber aumentado a la palabra de Dios recibiendo los ritos de los profetas, y se jactaban de aceptar únicamente el Pentateuco como inspirado; favorecían a Herodes porque los judíos lo aborrecían y le protestaban su lealtad, así como a los igualmente aborrecidos romanos; habían encendido luces falsas en las colinas para trastornar el cálculo de los judíos según las lunas nuevas, y con ello sembrar la confusión en sus fiestas; y en la infancia de Jesús aun habían profanado el templo mismo esparciendo allí huesos humanos en la época de la Pascua.

    “Tampoco entre los judíos había estado durmiendo el odío. Conocían a los samaritanos únicamente como hijos y paganos de Cut. ‘La raza que yo aborrezco no es raza’—decía el hijo de Sirac. Se afirmaba que un pueblo que en otro tiempo había adorado a cinco dioses no tenía parte alguna en Jehová. Tornaron en irrisión la pretensión de los samaritanos de que Moisés había enterrado el Tabernáculo y sus enseres en la cumbre del monte de Gerizim. Se decía que, bajo Antíoco Epífanes, habían dedicado su templo al dios griego Júpiter. No se negaba que guardaban los mandamientos de Moisés más estrictamente que los judíos, a fin de dar la apariencia de que realmente eran de Israel, pero se afirmaba que su paganismo había sido revelado al descubrirse una paloma de bronce que adoraban en la cumbre del monte de Gerizim. Habría sido suficiente el hecho de que se jactaban de su buen rey Herodes, el cual había tomado por esposa a una de las hijas de su pueblo; que en su país no le ponían reparo a que siguiera sus gustos romanos tan aborrecidos en Judea; que habían permanecido tranquilos, después de su muerte, mientras reinaba la agitación en Judea y Galilea, y que por su sosiego les había sido remitida la cuarta parte de sus impuestos y aumentada a la carga de Judea. Su amistad con los romanos era una provocación adicional. Mientras que para tener en paz a los judíos se requería la severidad más rígida, ya que éstos luchaban con todas sus fuerzas contra la introducción de cosa alguna que fuese de origen extranjero, los samaritanos gozaban de la nueva importancia que se granjearon mediante su lealtad al imperio. Siquem florecía; cerca de allí, en Cesarea, el Gobernador presidía su tribunal; se había reclutado en territorio samaritano una división de caballería, cuyos cuarteles se hallaban en Sebaste, o sea antigua Samaria. Los extranjeros romanos eran halagados para que pasaran el verano en sus umbrosos valles.

    “El odio ilimitado, producto de tantas fuentes, hallaba salida en la tradición de que Esdras, Zorobabel y Josué habían proferido un anatema especial contra la gente de Samaria. Se decía que estos ilustres personajes habían reunido a la congregación entera de Israel en el templo, y que se había empleado a trescientos sacerdotes, con trescientas trompetas y trescientos libros de la Ley, y trescientos hombres versados en la Ley, para repetir, en medio de las ceremonias más solemnes, todas las maldiciones de la Ley contra los samaritanos. Habían sido objeto de toda forma de excomunión: por el incomunicable nombre de Jehová, por las Tablas de la Ley y por las sinagogas celestiales y terrenales. El nombre mismo se había convertido en escarnio. ‘Sabemos que eres samaritano, y tienes demonio’—le dijeron a Jesús los judíos de Jerusalén. … Un huevo samaritano, tal como lo ponía la gallina, era juzgado limpio, pero no así un huevo cocido. Sin embargo, el interés y la conveniencia procuraban inventar excusas para todo trato inevitable por medio de una casuística sutil. El país de los hijos de Cut era limpio, de manera que un judío podía recoger y comer sus productos sin escrúpulo. Las aguas de Samaria eran limpias, así que un judío podía beberlas o lavarse en ellas. Sus habitaciones eran limpias, por consiguiente, podía entrar en ellas y comer o alojarse allí. Sus caminos eran limpios, de modo que el polvo no profanaba los pies de un judío. A tal grado llegaban los rabinos en sus decretos contradictorios, que, según ellos, los alimentos de los hijos de Cut eran permitidos, si no habían sido condimentados con su vino o su vinagre. Y aun su pan sin levadura podía considerarse propio para usarse en la Pascua. De manera que las opiniones variaban, pero por regla general prevalecían los sentimientos más ásperos.”

    Frankl y otros afirman que estos sentimientos hostiles han continuado hasta el día de hoy, al menos por parte de los judíos. De modo que, como lo cita Farrar (página 166 nota): “ ‘¿No es usted judío?—le preguntó Salameh Cohen, sumo sacerdote samaritano, al doctor Frankl—y viene usted aquí a nosotros, los samaritanos, que somos despreciados de los judíos?’ (Jews in the East ii, 329) Añadió que estaban dispuestos a vivir amistosamente con los judíos, pero que éstos evitaban todo trato con ellos. Poco después, mientras visitaba a los judíos sefarditas de Nablus, el doctor Frankl preguntó a uno de la secta si tenía trato alguno con los samaritanos. Las mujeres retrocedieron con una exclamación de horror y una de ellas preguntó: ‘¿Ha estado usted entre los adoradores de palomas?’ Respondí que sí. Las mujeres nuevamente retrocedieron con la misma expresión de repugnancia, y una de ellas me dijo: ‘¡Usted necesita un baño purificante!’ ” (Ibid., página 334) El canónigo Farrar añade: “Tuve el gusto de pasar un día entre los samaritanos, congregados en el monte de Gerizim para celebrar su Pascua anual, y ni en sus hábitos ni carácter aparente pude ver causa alguna para todo este horror y odio.”

  2. Sicar.—El pueblo donde vivía la mujer samaritana con quien Jesús conversó en el pozo de Jacob aparece con el nombre de Sicar en Juan 4:5; mas en ningún otro lugar de la Biblia se encuentra el nombre. Se ha procurado identificar este pueblo con Siquem, ciudad tan estimada al corazón de los judíos por motivo de su prominente relación con las vidas de los primeros patriarcas. Sin embargo, hoy generalmente se admite que Sicar era una pequeña aldea sobre el sitio de un pueblo actualmente conocido como Askar, que, según Zenós, es “una aldea con una pequeña fuente y unas antiguas tumbas labradas en la roca, como a un kilómetro al norte del pozo de Jacob”.

  3. El noble de Capernaum.—No es dado el nombre del noble cuyo hijo Jesús sanó con su palabra. Se ha intentado identificarlo como Chuza, procurador de Herodes Antipas; pero no ha habido más fundamento para ello que las tradiciones indignas de confianza. La familia del noble aceptó las enseñanzas de Cristo. “Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes” (Lucas 8:3), fue una de las mujeres agradecidas y honorables que recibieron la bendición de sanidad de nuestro Señor, y quienes contribuyeron con sus medios para el desarrollo de la obra. No debe confundirse la tradición infundada con la historia auténtica.

  4. Los tárgumes son antiguas paráfrasis judías de las Escrituras, declaradas en las sinagogas en el idioma de la gente común. En la época de Cristo el lenguaje que hablaban los judíos no era hebreo, sino un dialecto arameo. Edersheim declara que el hebreo puro era la lengua de los eruditos y de la sinagoga, y que las lecturas públicas de las Escrituras tenían que ser hechas por medio de un intérprete. “De hecho, en los tiempos más antiguos—dice—le era prohibido al Methurgeman (intérprete) leer su traducción o escribir un Tárgum, no fuese que también a la paráfrasis llegara a atribuírsele igual autoridad que al texto original.” El uso de los Tárgumes escritos quedó “sancionado autorizadamente antes del fin del segundo siglo después de Cristo. Tal es el origen de nuestros dos Tárgumes más antiguos que hoy existen: el de Onkelos (como es llamado) sobre el Pentateuco; y el otro sobre los Profetas, atribuído a Jonatán, hijo de Uzziel. Por cierto, estos nombres no representan acertadamente quiénes fueron los autores de los Tárgumes más antiguos, los cuales pueden considerarse con mayor propiedad como revisiones posteriores y autorizadas de lo que ya previamente existía en alguna forma. Pero aunque estas obras se originaron en Palestina, merece nuestro interés notar que la forma en que actualmente los tenemos, son el producto de las escuelas de Babilonia.”—Life and Times of Jesus the Messiah, por Edersheim, tomo I, páginas 10, 11.

  5. Capernaum.—“El nombre Capernaum significa, según algunas autoridades, ‘la aldea de Nahum’, y según otros, ‘la aldea de Consolación’. Al leer la historia de Jesús nos enteramos de que fue en Capernaum donde se efectuaron muchas de sus obras milagrosas y se hablaron muchas de sus palabras más impresionantes. La incredulidad de los habitantes, después de todos los sermones y obras milagrosas que efectuó entre ellos, hicieron que Jesús declarase: “Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida.” (Mateo 11:23) Esta profecía se cumplió en forma tan completa, que no quedan ni huellas de la ciudad; y el sitio que ocupó es hoy asunto de conjetura, pues ni siquiera existe una tradición eclesiástica respecto del lugar. En la actualidad se insiste en que hay dos sitios dignos de consideración, cada uno apoyado por argumentos de tanta probabilidad, que no hacen sino convertir todo el asunto en el más difícil de la topografía sagrada … Probablemente jamás llegaremos a saber los hechos exactos. Jesús la condenó al olvido, y allí es donde yace. Nos conformaremos, pues, con la información del Nuevo Testamento relacionada con la obra de Jesús

    “Sabemos que se hallaba en los límites de Zabulón y Neftalí, en las playas occidentales del mar de Galilea. (Compárese Mateo 4:13 con Juan 6:24) Estaba situada en ‘la tierra de Genezaret’ o en sus alrededores (compárese Mateo 14:34 con Juan 6:17, 20, 24), una llanura de aproximadamente cinco kilómetros de largo por un kilómetro y medio de ancho, y según lo que nos hace saber Josefo, era uno de los distritos más prósperos y poblados de Palestina. Probablemente se hallaba sobre la calzada principal que conducía de Damasco hacia el Sur por el ‘camino de la mar’. (Mateo 4:15) Fue grande la prudencia manifestada en la selección de este lugar para iniciar un gran ministerio público. Abundaba allí una población activa. Las grandes riquezas del maravilloso valle de Genezaret sostenían a la masa de habitantes que atraía. Josefo describe entusiastamente esta tierra.”—Light of the Nations, por Deems, páginas 167, 168.

  6. El conocimiento no asegura la salvación.—El apóstol de la antigüedad reprendió a sus hermanos por motivo de profesar vanamente ciertas cosas (Sant. 2:19). Afirmó en substancia: Con orgullo y satisfacción declaráis vuestra fe en Dios; os jactáis de no ser como los idólatras y los paganos porque aceptáis a un Dios; hacéis bien en profesar y consiguientemente, creer. Mas recordad que otros hacen lo mismo; aun los demonios creen; y creen tan firmemente que tiemblan cuando meditan el destino que esa creencia les revela. La confesión de los demonios, que Cristo era el Hijo de Dios, estaba basada en el conocimiento; sin embargo, la gran verdad que ellos conocían no cambió sus naturalezas inicuas. Cuán diferente la confesión del Salvador que éstos hacían, y la de Pedro, que, respondiendo a la pregunta del Maestro: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?” contestó casi en los mismos términos que los espíritus inmundos ya mencionados: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15, 16; véase también Marc. 8:29; Lucas 9:20). La fe de Pedro ya había manifestado su poder vivificante; lo había hecho abandonar mucho de lo que estimaba; lo había hecho seguir a su Señor en medio de la persecución y el sufrimiento; había dejado las cosas del mundo con sus atracciones, por la piedad sacrificadora que su fe tanto le hacía anhelar. El conocimiento que tenía de Dios como el Padre, y del Hijo como el Redentor, quizá no era mayor que el de los espíritus inmundos; pero mientras que para éstos aquel conocimiento no era sino causa adicional de condenación, para Pedro fue un medio de salvación.—Compendiado de Los Artículos de Fe, por el autor, páginas 106-108.