Jesucristo
Capitulo 10: En el Desierto de Judea

Capitulo 10

En el Desierto de Judea

La voz que clama en el desierto

EN una época que ha sido señalada definitivamente como el año quince del reinado de Tiberio César, emperador de Roma, la extraña predicación de un hombre, hasta entonces desconocido, agitó grandemente al pueblo de Judea. Era de linaje sacerdotal, pero no se había instruído en las escuelas; y sin autorización de los rabinos o licencia de los príncipes de los sacerdotes, proclamaba ser uno enviado de Dios con un mensaje para Israel. No se presentó en las sinagogas ni dentro de los patios del templo, donde enseñaban los escribas y los doctores de la ley, sino alzó la voz en el desierto. Las gentes de Jerusalén y de los pueblos rurales circunvecinos salían en grandes multitudes para escucharlo. Menospreció las vestiduras delicadas y los amplios mantos cómodos, y predicó en su áspera indumentaria del desierto, una túnica de pelos de camello y ceñido con una cinta de cuero. La rusticidad de su ropa era considerada significativa. Elías Tisbita, el valeroso profeta cuya morada fue el desierto, había sido conocido en su época como un “varón que tenía vestido de pelo, y ceñía sus lomos con un cinturón de cuero”;a y este vestido rústico había llegado a considerarse como rasgo distintivo de los profetas.b La comida de este extraño predicador tampoco era de lujo y comodidad, sino que se alimentaba con lo que el desierto le proporcionaba: langostas y miel silvestre.c

Este hombre era Juan, hijo de Zacarías, el cual dentro de poco iba a ser conocido como el Bautista. Había pasado muchos años en el desierto, lejos de las habitaciones de los hombres, años en que estuvo preparándose para su misión particular. Había estudiado bajo la tutela de maestros divinos; y allí en los desiertos de Judea le llegó la palabra del Señor,d en el mismo ambiente en que la habían recibido Moisése y Elías el Profetaf en la antigüedad. Entonces se oyó la “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas”.g Era la voz del heraldo, el mensajero que, como habían anunciado los profetas, iría delante del Señor para aparejarle camino.h La substancia de su mensaje fue: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Y a los que tenían fe en sus palabras y manifestaban arrepentimiento, confesando sus pecados, les administraba el bautismo por inmersión en el agua, explicando a la vez: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”i

Era imposible hacer caso omiso del hombre o de su mensaje; su predicación encerraba una promesa segura al alma arrepentida y denunciaba inexorablemente al hipócrita y al pecador empedernido. Cuando los fariseos y los saduceos vinieron a su bautismo, exponiendo la ley, el espíritu de la cual no cesaban de transgredir, y citando los profetas, a quienes deshonraban, Juan los tachó de ser generación de víboras, y les preguntó: “¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” Ningún caso hizo de su tantas veces repetida presunción de ser hijos de Abraham, y les declaró: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.”j Este menosprecio de su pretensión de merecer cierta preferencia por ser hijos de Abraham fue una reprensión severa y ofendió profundamente tanto al aristocrático saduceo como al fariseo aferrado a la ley. El judaísmo afirmaba que la posteridad de Abraham tenía un lugar seguro en el reino del Mesías esperado, y que ningún prosélito de los gentiles tenía la posibilidad de alcanzar el rango y distinción que estaba asegurado a los “hijos”. La vigorosa afirmación de Juan, de que Dios podía despertar hijos a Abraham aun de las piedras en las playas del río, significaba a quienes la oyeron, que hasta los más despreciados de la familia humana serían escogidos antes que ellos, a menos que se arrepintieran y reformaran.k Había pasado el tiempo de profesar sólo con palabras; se exigían frutos, no abundancia de hojas estériles; el hacha estaba lista, ya contra la raíz del árbol, y todo árbol que no produjese buen fruto iba a ser derribado y echado al fuego.

La gente quedó asombrada; y muchos de ellos, viéndose en su verdadera situación de desobediencia y pecado cuando Juan, en términos vigorosos denunció sus faltas, clamaron: “Entonces ¿qué haremos?”l La respuesta de Juan impugnó el formalismo ceremonial que había sido la causa de que la espiritualidad se marchitara al grado de casi no existir en el corazón del pueblo. Les exigió una caridad abnegada: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene que comer, haga lo mismo”. Los publicanos o cobradores de impuestos, a causa de cuyas injustas e ilícitas demandas el pueblo había padecido por tanto tiempo, vinieron y preguntaron: “Maestro, ¿qué haremos? El les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.” A los soldados que deseaban saber qué hacer, él respondió: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.”m

La substancia de sus preceptos fue la de una religión práctica; la única religión que puede tener valor alguno: la religión de la vida recta. Pese a su vehemencia, y no obstante sus duros reproches de las costumbres degeneradas de la época, Juan nunca agitó al pueblo contra las instituciones establecidas: nunca incitó a motines, propuso revueltas o fomentó rebeliones. No reprobó el sistema de impuestos, sino las extorsiones de los corruptos y avarientos publicanos; no denunció el ejército, sino las iniquidades de los soldados, muchos de los cuales habían aprovechado su posición para dar testimonio falso a fin de beneficiarse y enriquecerse tomando para sí las cosas por la fuerza. Predicó lo que en la dispensación actual llamamos los primeros principios fundamentales del evangelio, es decir, el “principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”,n incluso la fe, que es una creencia viva en Dios; el arrepentimiento genuino, que comprende la contrición causada por ofensas pasadas y la determinación resuelta de apartarse del pecado; el bautismo por inmersión en el agua, bajo sus manos, por ser el quien poseía la autoridad; y el bautismo más elevado de fuego o el don del Espíritu Santo, por conducto de una autoridad mayor que la que él poseía. Su predicación fue positiva, y en muchos aspectos censuró las costumbres de la época. No atrajo a la gente por medio de manifestaciones milagrosas;o y aun cuando muchos de sus oyentes se adhirieron a él con carácter de discípulos,p no estableció ninguna organización formal, ni intentó fundar ningún culto. Su proclamación de arrepentimiento fue un llamado personal, pues a cada solicitante aceptable se le administraba individualmente el rito del bautismo.

Para los judíos, que vivían en un estado de expectación, esperando el por tan largo tiempo predicho Mesías, las palabras de este extraño profeta del desierto fueron de profunda trascendencia. ¿Sería él el Cristo? Hablaba de uno que todavía estaba por venir, más poderoso que él, la correa de cuyos zapatos él no se juzgaba digno de desatar,q uno que separaría al pueblo en la misma manera que el trillador, bieldo en mano, separa la paja del trigo; y añadió que Aquél “recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará”.r

De esta manera fue como el heraldo predicho del Señor comunicó su mensaje. No procuró exaltarse a sí mismo; sin embargo, su oficio era sagrado para él y no toleró que intervinieran en sus funciones ni los sacerdotes, levitas o rabinos. No hizo acepción de personas; condenó el pecado e increpó a los pecadores sin reparar en su idumentaria, bien fueran atavíos sacerdotales, ropa del campo o túnicas reales. Más tarde, el testimonio particular de Cristo confirmó y defendió todo lo que el Bautista había dicho con respecto a su persona y su misión.s Juan fue el precurso no sólo del reino, sino del Rey; y a él vino el Rey en persona.

El bautismo de Jesús: para cumplir toda justicia

Jesús “era como de treinta años”,t cuando salió de su hogar en Galilea y vino a “Juan al Jordán para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejo”.u

Juan y Jesús eran primos segundos; y al respecto de que si había habido asociación íntima entre los dos en su juventud o al llegar a ser mayores de edad, nada nos es dicho. Sin embargo, cierto es que cuando Jesús se presentó para ser bautizado, Juan reconoció en El a un hombre sin pecado que no tenía necesidad de arrepentimiento; y en vista de que el Bautista había sido comisionado para bautizar a fin de que hubiera remisión de pecados, no vio ninguna necesidad de administrar la ordenanza a Jesús. Aquel que había oído las confesiones de multitudes ahora reverentemente confesaba a Uno que reconocía ser más justo que él. En vista de lo que aconteció posteriormente, parece que Juan no sabía que Jesús era el Cristo, el “más poderoso que yo” que él esperaba, y cuyo precursor sabía que era. Al expresar Juan su convicción de que Jesús no necesitaba la purificación bautismal, nuestro Señor, consciente de su propia impecabilidad, no negó la calificación del Bautista, pero a la vez reiteró su solicitud de ser bautizado, con esta explicación significativa: “Así conviene que cumplamos toda justicia.” Si a Juan le fue posible entender el significado más profundo de esta declaración, debe haber descubierto en ella la verdad de que el bautismo de agua no sólo es el medio instituido para obtener la remisión de los pecados, sino también una ordenanza indispensable, establecida en justicia y exigida a todo el género humano como condición esencial para ser miembro del reino de Dios.v

Así fue como Jesucristo humildemente obedeció la voluntad del Padre y recibió de Juan el bautismo por inmersión en el agua. Lo que aconteció en seguida testifica que su bautismo fue aceptado como un acto de sumisión agradable y necesario: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”x Entonces Juan conoció a su Redentor.

Refiriéndose al descenso del Espíritu Santo sobre Jesús al tiempo de bautizarse, los cuatro evangelistas hablan como si hubiera sido acompañado de una manifestación visible “como paloma”; y esta señal se le había indicado a Juan como el medio predeterminado por el cual le sería revelado el Mesías. A esta señal, previamente especificada, se añadió entonces el testimonio supremo del Padre concerniente a la divinidad literal de su Hijo Jesús. Según Mateo, la afirmación del Padre se da en tercera persona: “Este es mi Hijo amado”; mientras que Marcos, así como Lucas, lo expresan en forma más directa: “Tú eres mi Hijo amado.” Esta variación, pequeña y esencialmente sin importancia, aun cuando se refiere a un asunto de tanta gravedad, nos proporciona evidencia de que los escritores actuaron independientemente y desacredita toda suposición o sospecha de que los autores se confabularon entre sí.

Los acontecimientos que acompañaron la emergencia de Jesús del sepulcro bautismal demuestran la individualidad distinta de los tres Personajes de la Trinidad. En esa ocasión solemne Jesús el Hijo se encontraba allí en la carne; la presencia del Espíritu Santo se manifestó por medio de la señal acompañante de la paloma, y la voz del Padre Eterno se oyó desde los cielos. Si no tuviéramos ninguna otra evidencia de la personalidad separada de cada uno de los miembros de la Santa Trinidad, este acontecimiento sería conclusivo; pero hay otros pasajes de las Escrituras que confirman esta gran verdad.y

Las tentaciones de Cristo

Al poco tiempo de su bautismo, como lo declara S. Marcos, Jesús se sintió impelido por las impresiones del Espíritu a retirarse de los hombres y las distracciones de la vida comunal, y apartarse al desierto a fin de poder estar libre para comunicarse con su Dios. Tan potente era la influencia de esta fuerza, que fue impulsado, como lo declara el evangelista, a una reclusión solitaria en la cual permaneció durante cuarenta días “con las fieras” del desierto. En tres de los Evangelios se describe este notable episodio de la vida de nuestro Señor, aunque no con la misma amplitud.z Juan calla sobre el asunto.

Jesús mismo debe haber relatado las circunstancias consiguientes a esta época de destierro y pruebas, pues no hubo ningún otro testigo humano. Las narraciones escritas se refieren principalmente a los acontecimientos que señalan la conclusión del período de cuarenta días, pero cuando lo consideramos en su totalidad, se establece sin ninguna duda que fue un tiempo de ayuno y oración. Cristo gradualmente se fue enterando de que El era el escogido y preordinado Me-sías. Como lo manifiestan sus palabras dirigidas a su madre en la ocasión de la memorable entrevista con los doctores en el patio del templo, sabía, cuando apenas era un jovencito de doce años, que en cierto sentido particular y personal, El era el Hijo de Dios; y sin embargo, es evidente que la comprensión del propósito completo de su misión terrenal sólo se desarrolló en El al grado en que, paso por paso, aumentaba en sabiduría. La declaración confirmante del Padre, junto con el compañerismo continuo del Espíritu Santo, revelaron a su alma el glorioso hecho de su divinidad. Tenía mucho en qué pensar, mucho que solamente por medio de la oración podía obtener. Durante el período de esta soledad no comió, antes prefirió ayunar, a fin de que su cuerpo físico quedara más completamente sujeto a su espíritu divino.

Hallándose Jesús hambriento y físicamente débil, el tentador se presentó con la insidiosa sugestión de que empleara sus facultades extraordinarias para proveerse de alimento. Satanás había elegido el momento más propicio para sus fines inicuos. ¿Qué no hará el ser mortal, qué no han hecho los hombres para aplacar los tormentos del hambre? Esaú vendió su primogenitura por una comida. Los hombres han combatido como bestias salvajes por los alimentos. Las mujeres han llegado al extremo de matar y devorar a sus propios hijos, más bien que soportar los dolores del hambre. Satanás sabía todo esto cuando se presentó delante del Cristo en el momento de su extrema necesidad física, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan.” Durante las largas semanas de su reclusión, nuestro Señor se había sustentado con esa exaltación de espíritu que naturalmente habría estado presente en una concentración tan completa de la mente como la que indudablemente resultó de su extensa meditación y comunión con los cielos. En esta devoción tan profunda del espíritu, los apetitos corporales fueron dominados y reemplazados; pero era inevitable que la carne reaccionara.

No obstante el hambre que sentía Jesús, había en las palabras de Satanás una tentación mayor aún que la que estaba incorporada en la insinuación de que dispusiese alimentos para su cuerpo hambriento: la tentación de refutar ese elemento de desconfianza comprendido en el “Si” del tentador. El Padre Eterno había proclamado a Jesús como su Hijo; el diablo buscaba la manera de que el Hijo dudase de este parentesco divino. ¿Por qué no poner a prueba el interés del Padre por su Hijo en este momento de grave necesidad? ¿Era propio que el Hijo de Dios padeciese hambre? ¿Se había el Padre olvidado tan pronto, al grado de permitir que su Hijo Amado sufriera en esa forma? ¿No era razonable que Jesús, débil a causa de su larga abstinencia, se proveyese a sí mismo, y con más particularidad en vista de que estaba facultado para ello, y sólo bastaba una palabra, si la voz que se oyó al tiempo de su bautismo realmente había sido la del Padre Eterno? Si eres en realidad el Hijo de Dios, manifiesta tu poder y al mismo tiempo satisface tu hambre—tal fue la substancia de esta sugerencia diabólica. De haber cedido, Jesús habría expresado plena duda en la proclamación del Padre.

Además, el poder superior que Jesús poseía no le había sido dado para su satisfacción personal, sino para servir a otros. Habría de conocer todas las angustias del estado carnal; otro hombre que hubiese tenido tanta hambre como El no habría podido proveerse de lo necesario mediante un milagro; y aunque pudiera ser alimentado con la ayuda de un prodigio, el abastecimiento milagroso tendría que ser dado, no proveído por la persona misma. Era una consecuencia necesaria de las dos naturalezas de nuestro Señor—en las que estaban comprendidos los atributos de Dios y del hombre—que El soportase y padeciese como cualquier ser mortal, poseyendo, mientras tanto, la facultad para invocar el poder de su propia divinidad, con el cual podrían satisfacerse o vencerse todas sus necesidades corporales. Su respuesta al tentador fue sublime y positivamente terminante: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.a La palabra que había salido de la boca de Dios, y la cual Satanás quería que dudase, había declarado que Jesús era el Hijo Amado con quien el Padre estaba complacido. El diablo fue derrotado, y Cristo salió triunfante.

Comprendiendo que había fracasado rotundamente en sus esfuerzos de inducir a Jesús a que usara sus facultades inherentes para su satisfacción personal, y a que dependiera de sí mismo más bien que confiar en la providencia del Padre, Satanás fue de un extremo a otro y tentó al Señor a que deliberadamente se entregara a la protección del Padre.b Jesús se hallaba en lo alto del templo, en uno de los pináculos o almenas que dominaban los extensos patios, cuando el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra.” De nuevo se manifiesta el elemento de la duda.c Si Jesús de hecho era el Hijo de Dios, ¿no podía confiar en que su Padre lo salvara, y mayormente cuando estaba escritod que los ángeles lo guardarían y sostendrían? En su respuesta al tentador en el desierto, Cristo había incorporado un pasaje de las Escrituras, subrayándolo con la impresionante fórmula que solían usar los maestros de las Sagradas Escrituras, “Escrito está.” En su segundo esfuerzo, el diablo buscó apoyo en las Escrituras para su asechanza, y empleó una expresión similar, “porque escrito está”. Nuestro Señor refutó y contestó el pasaje citado por el diablo con este otro, diciendo: “Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.”e

Aparte de la incitación a que pecara, irreflexivamente poniéndose en peligro, a fin de que el amor del Padre se manifestara en un rescate milagroso—o demostrar que dudaba de su categoría de Hijo Amado negándose a poner a prueba en tal forma la intervención del Padre—acuciaba el lado humano de la naturaleza de Cristo, el pensamiento de la fama que indudablemente vendría a El como resultado de echarse abajo desde aquella gran altura de las almenas del templo y descender sin ningún daño. No podemos resistir la opinión, aun cuando no encontramos justificación para decir que tal idea haya cruzado aun momentáneamente por los pensamientos del Salvador, que de haber obrado de acuerdo con la tentación de Satanás—con la condición, por supuesto, de que el resultado fuese tal como él lo indicaba—se habría asegurado la aceptación pública de Jesús como ser superior a todos los mortales. Habría sido verdaderamente una señal y prodigio, la fama de lo cual se habría extendido como fuego en hierba seca; y todos los judíos se habrían encendido de entusiasmo e interés en el Cristo.

La patente sofistería de Satanás, manifestada en la cita del pasaje de las Escrituras, no mereció una respuesta categórica; su doctrina era indigna de lógica o argumento; su aplicación errada de la palabra escrita fue impugnada por un pasaje pertinente de las Escrituras. A las palabras del Salmista se contrapuso la orden terminante del profeta del Exodo, en la que éste mandó a Israel no provocar ni tentar al Señor a que obrara milagros entre entre ellos. Satanás provocó a Jesús a que tentara al Padre. Constituye tan blasfema intervención en las prerrogativas de Dios poner límite o fijar ocasiones o lugares en que ha de manifestar su poder divino, como querer usurpar ese poder. Solamente Dios debe determinar cuándo y en qué forma se han de realizar sus maravillas. El propósito de Satanás se frustró una vez más y Cristo de nuevo fue el vencedor.

En la tercera tentación, el diablo se refrenó de seguir incitando a Jesús a que pusiera a prueba su propio poder o el del Padre. Derrotado por completo en dos ocasiones, el tentador abandonó ese plan de ataque y manifestando plenamente sus intenciones, hizo una proposición definitiva. Desde la cumbre de una montaña alta Jesús miró la tierra con todas sus riquezas de las ciudades y del campo, viñas y huertas, hatos y rebaños; y en visión vio los reinos del mundo y contempló la riqueza, el lujo, la gloria terrenal de todo ello. Entonces Satanás le dijo: “Todo esto te daré, si postrado me adorares.” Así está escrito en Mateo. La versión más amplia, del evangelio según S. Lucas, es la siguiente: “A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.”f No se hace menester ocuparnos en conjeturar si Satanás hubiera podido cumplir esta promesa, en caso que Cristo lo hubiese reverenciado; ciertos estamos de que Cristo pudo haber extendido la mano y recogido para sí las riquezas y glorias del mundo, si El hubiera querido, malogrando con ello su misión mesiánica. Satanás bien lo sabía. Muchos hombres se han vendido al diablo por un reino y por mucho menos, sí, aun por unos míseros centavos.

La insolencia de su proposición era en sí diabólica. Cristo, el Creador de los cielos y de la tierra, encarnado como se hallaba entonces, tal vez no se acordaba de su estado preexistente ni de la parte que había desempeñado en el gran concilio de los Dioses;g mientras que Satanás, en su estado de espíritu incorpóreo—el desheredado, rebelde y rechazado hijo que ahora quería tentar al Ser por medio de quien fue creado el mundo, prometiéndole parte de lo que era completamente suyo—probablemente tenía, y de hecho aún puede tener el recuerdo de aquellos acontecimientos primordiales. En aquel lejano pasado que antedata la creación de la tierra Satanás, en ese tiempo Lucifer, el hijo de la mañana, había sido rechazado y el Hijo Primogénito escogido. Ahora que el Elegido se hallaba sujeto a las aflicciones consiguientes al estado carnal, Satanás quiso frustrar los propósitos divinos sujetando a su voluntad al Hijo de Dios. Aquel que había sido vencido por Miguel y sus huestes y echado fuera como rebelde vencido, quería que Jehová encarnado lo adorara. “Entonces Jesús le dijo: Vete Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.”h

No debe suponerse que la victoriosa emergencia de Jesús de las tenebrosas nubes de estas tres tentaciones particulares, lo eximió de ataques adicionales por parte de Satanás, o que posteriormente lo protegió de pruebas adicionales de su fe, confianza y resistencia. Lucas concluye su narración de las tentaciones, después del ayuno de cuarenta días, en esta forma: “Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo.”i Esta derrota del diablo y sus asechanzas, esta victoria lograda sobre los deseos de la carne, sobre las dudas inquietantes de la mente, sobre la insinuación de buscar la fama y las riquezas materiales, fueron éxitos importantes pero no conclusivos, en esta lucha entre Jesús, el Dios encarnado, y Satanás, el ángel caído de luz. Cristo expresamente afirmó que padeció tentaciones durante el período en que se asoció con sus apóstoles.j Al proseguir este estudio veremos que sus tentaciones continuaron aun hasta su agonía en el Getsemaní. No nos es concedido al resto de nosotros, ni le fue concedido a Jesús, hacer frente al enemigo, combatirlo y vencerlo en un solo encuentro, de una vez por todas. La contienda entre el espíritu inmortal y la carne, entre la progenie de Dios, por una parte, y el mundo y el diablo por otra, dura toda la vida.

Pocos son los acontecimientos de la historia evangélica de Jesús de Nazaret que han provocado más discusiones, teorías fantásticas y especulaciones inútiles que las tentaciones. Propiamente podemos pasar por alto todas estas conjeturas. Para el que cree en las Santas Escrituras, la narración de las tentaciones es suficientemente explícita para que tenga que dudar o impugnar los hechos esenciales; al incrédulo no impresionarán ni el Cristo ni su triunfo. ¿Qué nos beneficia especular si Satanás le apareció a Jesús en forma visible, o sólo estuvo presente como espíritu invisible; si le habló en voz audible o despertó en la mente de su víctima propuesta los pensamientos que más tarde se expresaron por escrito; si las tres tentaciones sucedieron una tras otra, o si hubo intervalo entre ellas? Con todo acierto podemos rechazar toda teoría de mitos o parábolas en la narración bíblica y aceptar la historia tal como se halla; y con igual seguridad podemos afirmar que las tentaciones fueron reales, y que las pruebas experimentadas por nuestro Señor constituyeron una probación verdadera y trascendental. Creer lo contrario indica que uno considera las Escrituras como ficción únicamente.

Un asunto que merece nuestra atención en este respecto es el de la pecabilidad o impecabilidad de Cristo, o sea la cuestión de que si había en El la capacidad para pecar. De no haber habido posibilidad de que cediera a las tentaciones de Satanás, éstas no habrían constituido una prueba verdadera, ni habría habido una victoria genuina en los resultados. Nuestro Señor era sin pecado, pero era pecable; es decir tenía la capacidad, la habilidad para pecar, si hubiese deseado. Sin la facultad para pecar, habría sido privado de su libre albedrío; y fue con objeto de salvaguardar el albedrío del hombre por lo que se ofreció a sí mismo, antes que el mundo fuese, como el sacrificio redentor. Con decir que no podía pecar porque era la incorporación de la rectitud, no le es negado su albedrío de escoger entre lo bueno y lo malo. El hombre realmente verídico no puede mentir culpablemente; sin embargo, esta seguridad de que no hablará una falsedad no viene por causa de una compulsión externa, sino es una restricción interna nacida en él como consecuencia de la asociación que ha cultivado con el espíritu de la verdad. El hombre verdaderamente honrado ni toma ni codicia las cosas de su prójimo; por cierto, se puede decir que no puede robar; sin embargo, tiene la capacidad para hurtar si lo desea. Su honradez es una armadura contra la tentación; pero la cota de malla, el yelmo, el peto y las canilleras son apenas una protección externa; tal vez el hombre interior sea vulnerable, si se le puede alcanzar.

Pero, ¿qué objeto tiene seguir considerando razonamientos forzados que no conducen sino a una conclusión, cuando las propias palabras de nuestro Señor y otros pasajes de las Escrituras confirman el hecho? Poco antes de su traición, mientras amonestaba a los Doce a ser humildes, les dijo: “Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas.”k Aun cuando aquí no hallamos referencia directa a las tentaciones que siguieron inmediatamente después de su bautismo, la indicación es clara en el sentido de que había soportado tentaciones, y por implicación, que éstas habían continuado durante el período de su ministerio. El autor de la Epístola a los Hebreos expresamente enseñó que Cristo era pecable, puesto que fué “tentado en todo”, igual que el resto del género humano. Consideremos esta lúcida declaración: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”l Y también: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia.”m

Notas al Capitulo 10

  1. El vestido de pelos de camello.—Por boca del profeta Zacarías (13:4) se predijo el tiempo en que los que afirmaran ser profetas nunca más se vestirían de “manto velloso para mentir”. En lo que respecta al vestido de pelos de camello que llevaba puesto Juan el Bautista, la Versión de Oxford y otras notas marginales consideran que la expresión “un vestido velloso” es más literal que el texto bíblico. Deems, autor de Light of the Nations, dice en la Nota de la página 74: “El vestido de pelos de camellos no era la piel del camello con pelo, la cual sería demasiado pesada para llevar puesta; era, más bien, una ropa tejida del pelo del camello, como a la que se refiere Josefo.”

  2. Langostas y miel silvestre.—En la ley dada a Israel en el desierto, se declaró que los insectos del género de la langosta eran limpios y podían usarse como alimento. “Pero esto comeréis de todo insecto alado que anda sobre cuatro patas, que tuviere piernas además de sus patas para saltar con ellas sobre la tierra; estos comeréis de ellos: la langosta según su especie, el langostín según su especie, el argol según su especie, y el hagab según su especie.” (Lev. 11:21, 22) En la actualidad muchos pueblos orientales emplean la langosta como alimento, aunque generalmente se limita a la clase pobre. Dice Farrar, en su obra, Life of Christ (Nota, página 97), sobre el pasaje que se refiere a la langosta como parte de la comida del Bautista mientras vivía apartado en el desierto: “La suposición de que se refiere a las vainas o cápsulas del algarrobo es errada. Hay mercados en la ciudad de Medina que se dedican casi exclusivamente a la venta de la langosta como alimento; se cuecen en agua hirviente con bastante sal, se ponen a secar al sol y se comen con mantequilla o manteca, pero sólo entre la gente más pobre.” Geikie, autor de Life and Words of Christ (tomo 1. págs. 354, 355), comenta lo siguiente respecto de la vida del Bautista: “Toda su comida fue las langostas que saltaban y volaban en los montes, y la miel de abejas silvestres que encontraba acá y allá en las hendiduras de las peñas; y su única bebida el agua que se recogía en los huecos de las rocas. En muchas partes del cercano Oriente la langosta es la comida principal de la gente. ‘Todos los beduinos de Arabia y los habitantes de los pueblos de Nedj y Hedjaz suelen comerlas—dice Burckhardt—y he visto mercados de langostas en Medina y Tayf, donde se venden por medida. En Egipto y Nubia únicamente los mendigos más pobres las comen. Los árabes las preparan arrojándolas vivas en agua hirviente, a la cual se ha agregado una buena cantidad de sal, sacándolas después de unos minutos y luego secándolas al sol. Entonces les arrancan la cabeza, los pies y las alas, les quitan toda la sal y las secan completamente. Algunas veces las comen hervidas en mantequilla o manteca, o con pan sin levadura, mezcladas con mantequilla.’ En Palestina las comen únicamente los árabes que viven en las fronteras más lejanas, y en otras partes las miran con asco y repugnancia, y solamente la gente más pobre las usa. Sin embargo, Tristam dice que son ‘muy sabrosas’. Según él: ‘Descubrí que son muy buenas cuando se comen como las preparan los árabes, cocidas con mantequilla. Tienen un gusto a camarón aunque con un sabor menos fuerte.’ En los desiertos de Judea abundan varias especies en todo tiempo, y lanzan el vuelo con un ruido semejante al de un tambor, extendiendo sus alas de colores brillantes: escarlata, rojo, azul, amarillo, blanco, verde o castaño según la especie. Entraban en la categoría de animales ‘limpios’ según la Ley de Moisés, de modo que Juan podía comerlas sin ofender.”

    En lo que respecta a la miel silvestre que también servía de alimento a Juan, el autor que acabamos de citar dice en el mismo párrafo: “Las abejas silvestres que hay en Palestina son mucho más numerosas que las que se guardan en colmenas, y la mayor parte de la miel que se vende en los distritos del Sur se recoge de los enjambres silvestres. Por cierto, pocos son los países que mejor se adaptan a la cría de las abejas. El clima seco y la flora tan variada, aunque de poca altura, integrada principalmente por tomillos aromáticos, menta o hierbabuena y otras plantas similares, les son muy favorables; mientras que los rincones secos de las rocas que hay por todas partes les proporcionan abrigo y protección para sus panales. Las abejas son mucho más numerosas en el desierto de Judea que en cualquier otro sitio de Palestina y aun hasta el día de hoy la miel es parte de la comida diaria de los beduinos, los cuales la extraen de los panales y la conservan en cueros.”

  3. La inferioridad de Juan respecto del Ser poderoso a quien proclamaba.—“Viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado” (Lucas 3:16), o “cuyo calzado yo no soy digno de llevar” (Mateo 3:11). Así fue como el Bautista declaró su inferioridad respecto del Ser más poderoso que habría de sucederlo y reemplazarlo; y sería difícil imaginar una ilustración más eficaz. Desatar la correa del zapato o de las sandalias, o llevar el calzado de otra persona “era una tarea servil que indicaba mucha inferioridad por parte de la persona que la efectuaba”. (Dictionary of the Bible, por Smith) Uno de los pasajes del Talmud requiere que un discípulo haga por su maestro todo cuanto un siervo tenga que hacer por su amo, con excepción de desatar la correa de sus sandalias. Algunos maestros insistían en que el discípulo manifestara su humildad al extremo de llevar los zapatos de su maestro. Impresiona la humildad del Bautista, en vista del interés general que despertó su predicación.

  4. A todos es exigido el bautismo.—A todas las personas que llegan a la edad de responsabilidad es exigido el bautismo. No se exime a nadie. Jesucristo, que vivió como varón sin pecado en medio de un mundo pecaminoso, se bautizó “para cumplir con toda justicia”. Seis siglos antes que esto aconteciera, mientras profetizaba al pueblo del continente occidental, Nefi predijo el bautismo del Salvador, y con ello mostró la necesidad del bautismo como requisito universal: “Y si el Cordero de Dios, que es santo, tiene necesidad de ser bautizado en el agua para cumplir con toda justicia, ¿cuánto mayor, entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo pecadores, de ser bautizados en el agua? … ¿Acaso no sabéis que era santo? Mas no obstante su santidad, él muestra a los hijos de los hombres que, según la carne, se humilla ante el Padre, testificándole que le sería obediente en la observancia de sus mandamientos.” (2 Nefi 31:5, 7). —Véase Artículos de Fe, cap. 6, pgs. 142-149.

  5. El orden en que se presentaron las tentaciones.—Unicamente dos de los escritores evangélicos detallan las tentaciones que Cristo tuvo que resistir inmediatamente después de su bautismo. Marcos solamente menciona el hecho de que Jesús fue tentado. Mateo y Lucas ponen en primer lugar la tentación de que Jesús se alimentase a sí mismo, proveyéndose milagrosamente de pan; el orden de las siguientes pruebas no es el mismo en las dos narraciones. El orden que hemos seguido en el texto es el del Evangelio según S. Mateo.

  6. El “Si” del diablo.—Notemos el escarnio con que más tarde se empleó este si diabólico, mientras el Cristo colgaba de la cruz. Los príncipes de los judíos, burlándose de Jesús crucificado en su agonía, decían: “Salvese a sí mismo, si éste es el Cristo.” Y uno de los soldados al leer la inscripción sobre Jesús, injurió al Dios moribundo, diciendo: “Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.” Así también, el malhechor impenitente a su lado, gritaba: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.” (Lucas 23:35-39). ¡Cuán literalmente repitieron los escarnecedores y vituperadores las palabras exactas de su padre el diablo (véase Juan 8:44). Véase además la página 693 de esta obra.