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PREFACIO


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EN LOS ÚLTIMOS DÍAS “…el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido”. Este reino, como lo vio Daniel, era como una piedra que “del monte fue cortada… no con mano”, la cual rodaría y ganaría ímpetu hasta llenar toda la tierra (Daniel 2:44–45; véase también D. y C. 65:2).

El élder Mark E. Petersen, del Quórum de los Doce Apóstoles, testificó que “la Iglesia a la cual pertenecemos es esa piedra que ha sido cortada del monte, no con mano, y nuestro destino es impulsarla para que siga adelante” (Conference Report, oct. de 1960, pág. 82).

Desde la época de Adán los profetas han esperado con ansias que llegara el tiempo de “reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10), todo lo que es necesario para la Segunda Venida y para el reino milenario.

El momento predicho por todos los santos profetas llegó en la primavera de 1820 cuando Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo se le aparecieron a José Smith. Con esa visión gloriosa comenzaron a cumplirse las palabras proféticas de Isaías, que testificaban que el Señor haría una obra maravillosa y un prodigio entre los hijos de los hombres (véase Isaías 29:14).

José Smith, llamado por Dios, estableció los cimientos sobre los cuales sus sucesores han edificado. Por inspiración de los cielos, este Profeta tradujo el Libro de Mormón, recibió el Santo Sacerdocio y organizó la Iglesia de Jesucristo una vez más entre los mortales. Por medio de él se restauraron las llaves del sacerdocio.

“Y además, ¿qué oímos…?

“…¡Y la voz de Miguel el arcángel; la voz de Gabriel, de Rafael y de diversos ángeles, desde Miguel o Adán, hasta el tiempo actual, todos ellos declarando su dispensación, sus derechos, sus llaves, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio; dando línea sobre línea, precepto tras precepto; un poco aquí, y otro poco allí; consolándonos con la promesa de lo que ha de venir en lo futuro, confirmando nuestra esperanza!” (D. y C. 128:20–21.)

Con la restauración de estas llaves, ahora era posible el recogimiento de Israel después de su larga dispersión, ahora se podrían administrar todas las ordenanzas salvadoras del Evangelio tanto para los vivos como por los muertos.

Uno de los primeros mandamientos que se dio a la Iglesia fue: “…Sión debe aumentar en belleza y santidad; sus fronteras se han de ensanchar; deben fortalecerse sus estacas; sí, de cierto os digo, Sión se ha de levantar y vestirse con sus ropas hermosas” (D. y C. 82:14).

Desde esos días, la Iglesia ha sobrevivido al exilio de cuatro estados en los Estados Unidos, al acoso y a la persecución continua de sus líderes y miembros, a la orden de exterminación que dio un gobernador, al asesinato del Profeta, al despojo de los derechos civiles y a la pobreza de los santos. Esto es lo que la Iglesia soportó y sobrevivió durante el primer siglo de su historia; sin embargo, por medio de esa adversidad, persecución y pobreza la Iglesia se fortaleció y maduró.

En la época en que Joseph F. Smith, hijo de Hyrum, el hermano del profeta José Smith, llegó a ser Presidente de la Iglesia, pudo decir con propiedad: “Hemos pasado por las etapas de la infancia… y en verdad estamos llegando a la madurez en lo que se refiere a nuestra experiencia en el Evangelio” (Conference Report, abril de 1909, pág. 2).

La obra misional tuvo una gran cosecha de conversos en todo el mundo; las semillas de las misiones que se plantaron en otros países se convirtieron en estacas. Las fronteras de Sión se extendieron. Cuando Joseph Fielding Smith, hijo del presidente Joseph F. Smith, fue sostenido como Presidente de la Iglesia, declaró: “Estamos llegando a la madurez, no sólo como Iglesia sino también como pueblo. Hemos logrado la magnitud y la fortaleza que nos permiten cumplir con la comisión que Dios nos dio por medio del profeta José Smith, de llevar las buenas nuevas de la restauración a toda nación y a todo pueblo” (Conferencia de Área de Manchester, Inglaterra, 1971, pág. 5).

Dos años después, el sucesor del presidente Smith, el presidente Harold B. Lee, dijo:

“Hoy somos testigos de la demostración de que la mano del Señor está en medio de sus santos, los miembros de la Iglesia. Nunca en esta dispensación, y tal vez jamás en ningún otro tiempo, ha habido tal sentimiento de urgencia entre los miembros de la Iglesia, como ahora. Sus fronteras se están extendiendo, sus estacas se están fortaleciendo…

“Ya no podrá pensarse en esta Iglesia como en la ‘Iglesia de Utah’, o como una ‘Iglesia norteamericana’, pues sus miembros están en la actualidad distribuidos sobre la tierra” (Véase Liahona, octubre de 1973, pág. 35).

“…del monte fue cortada una piedra, no con mano” por la intervención de Dios (véase Daniel 2:45); ésta es la metáfora de que se vale el Señor para describir la expansión del Evangelio por todo el mundo. Esta piedra sigue rodando y, sin lugar a dudas, llenará la tierra. Entonces el reino del Señor prevalecerá para siempre, y Él gobernará al mundo y reinará entre los de la casa de Israel, que lo han amado y han guardado Sus mandamientos.