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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE: EL AVANCE DE LA IGLESIA EN EL NUEVO SIGLO
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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

EL AVANCE DE LA IGLESIA EN EL NUEVO SIGLO

Con la entrada del nuevo siglo, comenzó una nueva era para la Iglesia1; muchos de los problemas del siglo anterior quedaron atrás y por fin se podía prestar atención a las oportunidades que ofrecía el futuro. El presidente Joseph F. Smith dirigió la Iglesia durante la mayor parte de las dos primeras décadas del siglo veinte, y su administración hizo que la Iglesia avanzara al mismo tiempo que bendecía la vida de los miembros por todo el mundo.

EL PROGRESO EN UNA ERA DE PROSPERIDAD

El presidente Smith continuó como su predecesor haciendo destacar la importancia del diezmo, y los miembros fieles respondieron de tal manera que la Iglesia pudo pagar todas sus deudas para fines de 1906. En la conferencia general de abril de 1907, el Presidente anunció agradecido: “Actualmente, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no debe ni un dólar que no pueda pagar de inmediato. Por fin, estamos en una situación que nos permite pagar lo que adquiramos; no tenemos por qué pedir más dinero prestado, y no tendremos que hacerlo en el futuro tampoco si los Santos de los Últimos Días continúan viviendo los preceptos de su religión y obedeciendo la ley del diezmo”2. La obediencia a dicha ley permitió a la Iglesia adquirir sitios históricos, establecer centros de visitantes y emprender otras labores que hasta ese momento no habían sido posibles debido a la carga de deudas.

Particularmente, el programa de construcción de la Iglesia recibió los beneficios de esta era de prosperidad. En Salt Lake City se construyeron edificios nuevos, entre ellos muchos centros de reuniones y otros edificios importantes. En 1905 abrió sus puertas el Hospital de los Santos de los Últimos Días, el primero de una cadena de hospitales administrados por la Iglesia y construidos en el siglo veinte.

A fin de financiar su programa religioso, la Iglesia continuó haciendo ciertas inversiones; por ejemplo, mantuvo o adquirió participación en negocios como el del periódico Deseret News, la compañía Beneficial Life Insurance y la “Institución mercantil cooperativa de Sión” (ZCMI); una de las inversiones mayores fue la del nuevo Hotel Utah, que se inauguró en 1911, al este de la Manzana del Templo. El presidente Smith defendió la posición de la Iglesia en esta empresa comercial citando Doctrina y Convenios 124:22–24 y 60, y explicando que el hotel tendría una función similar a la que el Señor le había asignado al Mesón de Nauvoo: el Hotel Utah iba a ser un lugar donde “el viajero fatigado” pudiera “contempl[ar] la gloria de Sión”3. En 1919, la librería que operaba la Unión Deseret de la Escuela Dominical y una que pertenecía al Deseret News se combinaron y formaron la compañía Deseret Book.

Por otra parte, era indispensable que la Iglesia contara con espacio para oficinas. Durante muchos años, las Autoridades Generales, las organizaciones auxiliares y otras dependencias de la Iglesia habían trabajado en oficinas dispersadas por el centro de Salt Lake City. En 1910, se dedicó el nuevo “edificio del obispo”, que se hallaba detrás del Hotel Utah, frente al Templo de Salt Lake; en él estaban las oficinas del Obispado Presidente y las de casi todas las organizaciones auxiliares; siete años después se inauguró el Edificio de Administración de la Iglesia, en el Nº 47 Este de la calle South Temple; el edificio de cinco pisos, hecho de granito y con hermosos detalles de mármol y de madera, simbolizaba la fortaleza y la estabilidad de la Iglesia y proveía el lugar apropiado para las oficinas de las Autoridades Generales; en los tres pisos superiores, se acomodaron la oficina del historiador y la Sociedad Genealógica de la Iglesia, que tenían gran necesidad de contar con más espacio.

LA EXPANSIÓN DEL SACERDOCIO Y DE LAS ORGANIZACIONES AUXILIARES

En los primeros años del siglo veinte se llevó a cabo una gran expansión y reforma en los programas del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares; en éstas, especialmente, se vieron los efectos mayores de los nuevos cambios. Aunque las modificaciones variaban de una organización a otra, generalmente incluían un mejoramiento de la enseñanza en los grupos por edad, y mayor énfasis en el estudio de las Escrituras en lugar del estudio basado en materiales seculares.

Durante el siglo diecinueve, la Sociedad de Socorro había organizado programas de costura u otros proyectos de trabajo con el objeto de ayudar a los necesitados. En 1902, la sociedad comenzó por todo el mundo las “clases para las madres”; al principio, las organizaciones locales proveían sus propios materiales de estudio; pero en 1914, la mesa directiva general publicó lecciones uniformes para esas clases semanales. Al poco tiempo, se estableció un programa por el cual la primera semana se estudiaba teología, y las siguientes administración del hogar, literatura y relaciones sociales, respectivamente.

David O. McKay, que era entonces un joven ex misionero, graduado de un colegio universitario y educador de profesión, tuvo profundo efecto en la evolución de la Escuela Dominical a principios del siglo veinte. Se le llamó para integrar la superintendencia de la Escuela Dominical de la Estaca Weber, de Ogden, y se le encargó que prestara atención al tipo de enseñanza que se impartía en las clases; después de un período de observación, introdujo ciertos detalles para mejorar los métodos de enseñanza, tales como definir el objetivo de la lección, bosquejar los materiales, emplear ayudas visuales y sugerir la aplicación práctica de la lección a la vida diaria del alumno. Se creó también un curso para cada grupo por edad, que se utilizó en toda la estaca. En 1906 se llamó a David O. McKay para integrar el Quórum de los Doce Apóstoles y, al mismo tiempo, como miembro de la superintendencia general de la Escuela Dominical, cargo en el cual le fue posible fomentar mejoramientos similares por toda la Iglesia. Hasta entonces, ésta había sido una organización para niños y jovencitos, pero en 1906 se inició por primera vez en la Escuela Dominical una clase para mayores que se impartió en todas partes, la “clase para los padres”4.

En el siglo diecinueve, las reuniones de las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo para Hombres Jóvenes y para Mujeres Jóvenes habían incluido también a los adultos; jóvenes y mayores escuchaban juntos discursos sobre teología, ciencia, historia y literatura. Pero en 1903 se comenzó la práctica de llevar a cabo en toda la Iglesia reuniones separadas para grupos de jóvenes y de adultos. En 1911, la organización de Hombres Jóvenes adoptó un programa de Scouts, que ponía de relieve las virtudes esenciales y la destreza física; en 1913, la Iglesia se afilió oficialmente al programa de los Boy Scouts de los Estados Unidos y bajó a doce años la edad mínima para entrar a la AMMHJ; con el tiempo, llegó a ser una de las mayores promotoras del movimiento Scout en el mundo. En 1915, las jovencitas empezaron a participar en el programa de Abejeras, para grupos de doce años. Más adelante se formaron grupos de otras edades con el fin de atender mejor a los intereses de la juventud de la Iglesia. Al empezar a mudarse a las ciudades cada vez más Santos de los Últimos Días, los líderes comenzaron a hacer mayor hincapié en los valores tradicionales de modestia, castidad y casamiento en el templo. En 1916, la Primera Presidencia organizó el Comité de Asesoría Social, una de cuyas responsabilidades era disuadir a los jóvenes de los bailes incorrectos, de fumar y de vestirse con ropa provocativa; en los barrios, estos comités se encargaban de auspiciar actividades recreativas sanas. La Asociación de Mejoramiento Mutuo amplió también sus programas sociales y de recreo. Los líderes de la Iglesia destacaron la importancia de que los barrios se esforzaran por evitar problemas como la delincuencia juvenil y la inmoralidad. En 1920, hubo en la Universidad Brigham Young cursos de verano para capacitar a los líderes de estaca en programas de desarrollo del maestro, en dirección social y recreativa, en servicio caritativo y en asistencia a los necesitados5.

La Asociación Primaria también mejoró sus programas de enseñanza y de actividades para los niños; se dio nombre y emblema a las diferentes clases para aumentar el interés de los alumnos: se denominó a la de los varones ”Verederos” y a la de las niñas ”Hogareñas”. Igual que las otras organizaciones auxiliares, la Primaria se esforzó por tener mayor alcance socialmente y, en 1922, abrió su propio hospital pediátrico. Louie B. Felt, Presidenta de la Asociación, y May Anderson, una de sus consejeras, habían observado a muchos niños discapacitados y sintieron la impresión de que su organización debía hacer algo por ellos. Antes de empezar a trabajar en el proyecto, estudiaron los métodos más modernos que se empleaban en los hospitales de niños del este de los Estados Unidos. El resultado de sus esfuerzos fue el Hospital de Niños de la Primaria, que continúa en la actualidad ofreciendo atención médica a los niños.

Durante este período de rápida expansión de las organizaciones auxiliares, el presidente Joseph F. Smith contemplaba con expectativa el momento en que los quórumes del sacerdocio ocuparan un lugar prominente en la Iglesia. En la conferencia general de abril de 1906, dijo lo siguiente:

“Esperamos ver el día… en que todo consejo del sacerdocio en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días entienda su deber, asuma su propia responsabilidad, magnifique su llamamiento… Cuando llegue ese día, no habrá tanta necesidad de la obra que hoy están efectuando las organizaciones auxiliares, porque los quórumes ordinarios del sacerdocio la efectuarán. El Señor lo designó y comprendió desde el principio, y ha proporcionado en la Iglesia los medios para hacer frente a toda necesidad y satisfacerla por medio de las organizaciones ordinarias del sacerdocio”6.

A fines del siglo diecinueve, la mayoría de los quórumes del sacerdocio se reunían sólo una vez por mes, y no todos los de un barrio se reunían al mismo tiempo; con esas reuniones infrecuentes e irregulares, la eficacia de la labor de los quórumes había disminuido. La importancia de la actividad del sacerdocio y de incrementarla comenzó entre los setenta, bajo la dirección del Primer Consejo de los Setenta. En 1907, el presidente Joseph F. Smith recalcó a los setenta la responsabilidad que tenían de prepararse para el servicio misional. Les dijo que no debían depender de las organizaciones auxiliares ni de las escuelas de la Iglesia para aprender el Evangelio, sino que debían hacer de sus quórumes “escuelas de ciencia e instrucción, en las cuales puedan habilitarse para toda obra y deber que les sea requerido”7. Como resultado de esto, el élder B. H. Roberts escribió un manual de lecciones titulado The Seventy’s Course in Theology (“Curso de teología para los setenta”), el cual fue muy efectivo para despertar en toda la Iglesia el entusiasmo por el estudio del Evangelio.

La Primera Presidencia nombró un Comité General del Sacerdocio, que al poco tiempo pasó a presidir el entonces élder David O. McKay. Siguiendo las recomendaciones de dicho comité, en 1909 se empezaron a llevar a cabo reuniones semanales del sacerdocio en todos los barrios; al principio, se realizaban los lunes de noche, pero poco a poco comenzaron a cambiarse para el domingo de mañana, que resultó ser el horario preferido de la mayoría.

El Comité General del Sacerdocio ideó también un sistema de ordenaciones a los oficios del Sacerdocio Aarónico según la edad, recomendando que se ordenara a los jóvenes de diácono a los doce años, de maestro a los quince, de presbítero a los dieciocho y de élder a los veintiuno. Esto permitió al comité planear mejor los cursos de estudio progresivo para cada quórum. El concepto de establecer una edad determinada para cada ordenación de los jóvenes dignos ha continuado, aunque de cuando en cuando se ha modificado la edad para la ordenación.

Debido a todas esas modificaciones de reuniones y programas de la Iglesia, se hizo indispensable contar con instrucciones y materiales de lecciones impresos. A diferencia de muchas publicaciones del siglo diecinueve, de cuyo costo se habían encargado las mismas personas que las promovían, las de principios del siglo veinte fueron publicadas principalmente por las organizaciones auxiliares de la Iglesia. En 1897, la Asociación de Mejoramiento Mutuo de Hombres Jóvenes sacó su propia publicación, la revista Improvement Era [”Era de mejoramiento”]. Al principio, al decírsele que no había capital para tal empresa, el élder B. H. Roberts había iniciado una campaña para juntar fondos; él fue después el primer editor de la revista y el entonces élder Heber J. Grant, del Consejo de los Doce, fue el gerente administrativo. La revista tuvo en los santos una fuerte influencia para el bien, y dio la oportunidad a escritores y poetas de publicar en ella sus obras; en 1929, se combinó con la Young Woman’s Journal [revista de las Mujeres Jóvenes] y se convirtió en la revista principal de la Iglesia para los adultos.

En 1900, la Escuela Dominical compró a la familia Cannon la revista Juvenile Instructor [”El instructor juvenil”], que pasó a ser la publicación oficial de esta organización. La Asociación Primaria, a su vez, empezó a publicar la revista Children’s Friend [“El amigo de los niños”] en 1902. Desde principios de 1910, la Utah Genealogical and Historical Magazine [“Revista genealógica e histórica de Utah”] contenía artículos sobre la investigación genealógica, líneas familiares e historia local. En 1914, la Sociedad de Socorro estableció su propia publicación, una revista llamada Relief Society Bulletin [“Boletín de la Sociedad de Socorro”], cuyo nombre cambió en 1915 a Relief Society Magazine [“Revista de la Sociedad de Socorro”]. Editada por Susa Young Gates, una de las hijas de Brigham Young, publicaba artículos de interés particular para las mujeres de la Iglesia, sobre temas de actualidad, genealogía, normas del hogar, jardinería, literatura, arte y arquitectura8.

Mientras se desarrollaban estos programas y publicaciones, al mismo tiempo la Primera Presidencia hacía destacar continuamente la función esencial de la familia en la enseñanza del Evangelio. En 1903, el presidente Smith hizo hincapié en el hecho de que los programas de la Iglesia debían ser “el suplemento a nuestras enseñanzas e instrucciones [del hogar]… No se extraviaría un niño de cada cien”, prometió, “si el ambiente, el ejemplo e instrucción del hogar concordasen con la verdad en el Evangelio de Cristo…”.

En 1909, la Estaca Granite, de Salt Lake City, inauguró un programa semanal de noches de hogar para las familias9, y el presidente Joseph F. Smith afirmó que la decisión de la presidencia de la estaca había sido inspirada. Debido al éxito que tuvo el programa en esa estaca, en 1915 la Primera Presidencia recomendó que se pusiera en práctica uno similar en toda la Iglesia:

“Aconsejamos y exhortamos a comenzar a tener una ‘Noche de hogar’ por toda la Iglesia, en la cual los padres junten a los hijos a su alrededor en el hogar y les enseñen la palabra del Señor. De esa manera, quizás se den cuenta mejor de cuáles son las necesidades y las exigencias de su familia…

“Si los santos obedecen este consejo, les prometemos grandes bendiciones como resultado. El amor en el hogar y la obediencia a los padres aumentarán; la fe se desarrollará en el corazón de los niños de Israel, y ellos adquirirán el poder de combatir las influencias malignas y las tentaciones que los acosen”10.

SE ACLARAN PUNTOS DE LA DOCTRINA DEL EVANGELIO

La primera parte del siglo veinte fue un período de acalorado debate entre los fundamentalistas y los liberales o modernistas religiosos. Hubo muchas personas que demostraron interés en saber qué pensaban los mormones sobre las controversias teológicas de la época. Los Santos de los Últimos Días tuvieron la buena fortuna de contar con la dirección del presidente Joseph F. Smith, un erudito con inusitada capacidad e inspiración para exponer los principios del Evangelio. El presidente Smith y sus consejeros en la Primera Presidencia publicaron varios tratados doctrinales aclarando las creencias de la Iglesia en cuanto a los temas religiosos de actualidad.

Algunos miembros de la Iglesia no comprendían bien las funciones de Dios el Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo y Miguel o Adán y la relación que tenían entre sí. La explicación que dio la Primera Presidencia en 1916, titulada El Padre y el Hijo, decía lo siguiente: “El término ‘Padre’, tal como se aplica a la Deidad, surge en las Sagradas Escrituras con diferentes significados que resultan muy claros”: Dios es el padre literal de nuestro espíritu; Jesucristo es el padre o Creador de esta tierra, y, como Salvador, es también el padre de aquellos que nazcan de nuevo debido a su obediencia al Evangelio. Se le puede llamar padre a Jesucristo, puesto que Él representa a Elohim aquí en la tierra “en poder y autoridad”; sin embargo, “Jesucristo no es el padre de los espíritus que han tomado cuerpo, ni de los que lo tomarán, en esta tierra, puesto que Él es uno de ellos”11.

El presidente Smith aclaró también otra duda que se relacionaba con la Trinidad: Aun cuando los términos “Espíritu Santo” y “Espíritu del Señor” se emplean a veces indistintamente, explicó que “el Espíritu Santo es un personaje de la Trinidad”, mientras que la luz de Cristo o el Espíritu del Señor es el “Espíritu de Dios que procede al mundo por medio de Cristo, es el que ilumina a todo hombre que viene al mundo, que contiende con los hijos de los hombres, y continuará contendiendo con ellos, hasta llevarlos al conocimiento de la verdad y la posesión de la mayor luz y testimonio del Espíritu Santo”12. Los miembros de la Iglesia pueden consultar el libro de Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, que es una compilación de sus discursos y escritos y que contiene definiciones y enseñanzas claras sobre los conceptos del Evangelio.

Durante esos años hubo también un grupo de eruditos Santos de los Últimos Días cuyas contribuciones llevaron a una mayor comprensión del Evangelio. Uno de ellos fue James E. Talmage, que había sido profesor de ciencias en la Academia Brigham Young y después rector de la Universidad de Utah.

Ya desde 1891 se había tratado en la Primera Presidencia la conveniencia de publicar una obra de teología que pudiera emplearse en las escuelas de la Iglesia y en las clases de religión en general. Los líderes de la Iglesia le pidieron al hermano Talmage que escribiera esa obra. Antes de hacerlo, él se preparó para presentar una serie de conferencias sobre los Artículos de Fe; hubo tantos asistentes a la primera, y tantos otros que no pudieron entrar por falta de espacio, que se decidió continuarlas en el Salón de Asambleas de la Manzana del Templo; la asistencia allí llegó a casi mil trescientas personas. Las conferencias se publicaron primero en el Juvenile Instructor. A continuación, un comité de revisión, compuesto de dos miembros del Consejo de los Doce, más Karl G. Maeser y otros, revisó el manuscrito y sugirió algunos cambios; después, en 1899, el material se publicó en forma de libro bajo la dirección de la Primera Presidencia. Artículos de Fe, de James E. Talmage, ha pasado desde entonces por más de cincuenta ediciones en inglés y se ha traducido a muchos otros idiomas. Esta obra, que los miembros de la Iglesia todavía utilizan, fue la primera aprobada oficialmente para el estudio de la teología de la Restauración.

Después del llamamiento del élder Talmage al Consejo de los Doce, en 1911, publicó otras dos obras importantes: La Casa del Señor, que apareció en 1912, y Jesús el Cristo, publicada en 1915. La primera fue resultado de circunstancias especiales: una persona que no era miembro de la Iglesia, empleando tácticas indecorosas, consiguió fotografías del interior del Templo de Salt Lake e intentó venderlas a la Iglesia por cuarenta mil dólares; si no le daban el dinero, amenazaba ofrecerlas a revistas del Este que estarían interesadas en publicarlas con la intención de desacreditar a la Iglesia. En lugar de someterse a ese intento de chantaje, el presidente Joseph F. Smith aceptó la sugerencia del élder Talmage de que se escribiera un libro hablando en general de lo que tiene lugar en los templos de los Santos de los Últimos Días, ilustrado con fotografías interiores del Templo de Salt Lake. Esta obra, escrita por el mismo élder Talmage, no sólo desbarató la tentativa de chantaje sino que también se convirtió en un valioso recurso de aprendizaje para los miembros de la Iglesia.

Más adelante, la Primera Presidencia le pidió a James E. Talmage que reuniera una serie de conferencias que él había dado diez años atrás sobre la vida del Salvador y las pusiera en un libro que los miembros de la Iglesia pudieran utilizar. El élder Talmage se dedicó con diligencia a trabajar en el manuscrito, pero tenía que hacer tiempo para escribir en medio de todas sus otras obligaciones; se le eximió de muchas de las asignaciones que tenía para conferencias de estaca, y escribió la mayor parte del libro en el Templo de Salt Lake; casi nunca regresaba a su casa antes de la medianoche, y así completó la maravillosa obra Jesús el Cristo en sólo siete meses.

El 19 de abril de 1915, el élder Talmage escribió en su diario: “Terminé de escribir el manuscrito del libro ‘Jesús el Cristo’, al cual he dedicado todo momento libre que he tenido desde que me senté a preparar su composición, el 14 de septiembre pasado. Si no hubiera tenido el privilegio de trabajar en el templo, la obra estaría todavía muy lejos de terminarse; pero he sentido la inspiración de ese lugar y he podido apreciar el retiro y la tranquilidad que hay en él. Espero ponerme sin demoras a trabajar en la revisión”13.

En dieciocho sesiones que se llevaron a cabo durante un período de dos meses, el élder Talmage leyó a la Primera Presidencia y al Quórum de los Doce Apóstoles los capítulos que había escrito para que le hicieran sugerencias y aprobaran su labor. El libro sigue atrayendo a innumerables lectores y es un monumento a la erudición e inspiración del élder Talmage.

LA IGLESIA Y LA CIENCIA

Desde hacía muchos años, había ido aumentando en el mundo un interés particular en los descubrimientos y las teorías que surgían en la ciencia moderna. A principios del siglo veinte, el desarrollo técnico avanzaba rápidamente y los inventos importantes, como el automóvil a gasolina y el vuelo en aeroplano de los hermanos Wright, iban efectuando cambios de largo alcance en la vida cotidiana; por otra parte, estimulaban aún más el interés de la gente en la ciencia. Esa curiosidad, a su vez, fue influyendo para que las personas procuraran comprender la naturaleza del universo y la sociedad por medio del intelecto humano más bien que de la teología.

Los eruditos empezaron a estudiar la Biblia con ojo crítico durante esa nueva era de la ciencia y a cuestionar el significado de las Escrituras así como su autenticidad; las Escrituras de los Santos de los Últimos Días también cayeron bajo esa crítica. En 1912, el reverendo F. S. Spalding, Obispo de la Iglesia Episcopal de Utah, publicó un folleto titulado Joseph Smith , Jr., as a Translator (“José Smith, hijo, como traductor”), en el que se comparaban las interpretaciones de ocho egiptólogos con las explicaciones de José Smith con respecto a los facsímiles del libro de Abraham en la Perla de Gran Precio. Aun cuando la mayoría de los miembros de la Iglesia aceptaban la veracidad de las Escrituras por fe, la Iglesia consideró importante responder a esas críticas, y de febrero a septiembre de 1913 hubo una serie de artículos que aparecieron casi todos los meses en la revista Improvement Era ofreciendo posibles respuestas.

Los debates más acalorados y más prolongados de fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte quizás hayan sido los que trataban de la creación de la tierra y de las teorías de la evolución de los organismos. En medio de estas controversias, la Primera Presidencia le pidió al élder Orson F. Whitney, del Quórum de los Doce Apóstoles, que preparara una declaración en la que se aclarara la posición oficial de la Iglesia concerniente al origen del hombre. La explicación del élder Whitney fue aprobada y firmada por la Primera Presidencia y por el Quórum de los Doce Apóstoles y se publicó en 1909 como declaración oficial de la Iglesia. En ella se explicaba:

“Todos los hombres y las mujeres son una similitud del Padre y de la Madre universales, y son literalmente hijos de la Deidad…

“Como espíritu, el hombre fue engendrado por Padres Celestiales y nació de ellos, y se crió hasta la madurez en las mansiones eternas del Padre antes de venir a la tierra en un cuerpo temporal para pasar por una experiencia en la vida mortal…

“Hay quienes afirman que Adán no fue el primer hombre que hubo en la tierra y que el ser humano primitivo fue una evolución de especies menores de la creación animal. No obstante, esas son teorías de los hombres. La palabra del Señor declara que Adán fue el ‘primer hombre de todos los hombres’ (Moisés 1:34) y, por lo tanto, es nuestro deber ineludible considerarlo el progenitor original de nuestra raza… El hombre comenzó su vida como ser humano, a imagen de nuestro Padre Celestial”14.

El presidente Joseph F. Smith tenía la preocupación de que las discusiones sobre la teoría de la evolución dejaran a la juventud de la Iglesia “en un estado de inquietud mental. No tienen suficiente edad ni conocimiento para discernir ni para poner límites a una teoría que nosotros consideramos más bien una falacia… Al llegar a la conclusión de que es mejor no discutir sobre la evolución en nuestras escuelas de la Iglesia, hemos tomado la posición que es más correcta y no pretendemos decir cuánto de la teoría de la evolución es verdad ni cuánto es falso. La Iglesia en sí no tiene ninguna filosofía en cuanto al método empleado por el Señor en Su creación del mundo… Dios nos ha revelado una manera sencilla y eficaz de servirle”15.

LOS SANTOS EN OTRAS TIERRAS

A principios de la década de 1890, los líderes de la Iglesia empezaron a exhortar a los santos a quedarse en su tierra natal y edificar allí la Iglesia; en consecuencia, se expandieron y aumentaron las misiones y ramas fuera de los Estados Unidos. Ese progreso se reflejó en el hecho de que Joseph F. Smith fue el primer Presidente de la Iglesia que visitó Europa. En 1906, durante una gira de unos dos meses, estuvo de visita en las misiones de los Países Bajos, Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra; su presencia fue muy efectiva para fortalecer a la Iglesia en esas tierras; hubo también sucesos inspiradores que reforzaron la fe de los santos. Por medio del presidente Joseph F. Smith, el Señor le restauró la vista a un fiel niño de once años en Rotterdam, Holanda, que le había dicho a su madre que él creía que “el Profeta tiene más poder que cualquier misionero en la tierra. Y si me llevas contigo a la reunión y él me mira a los ojos, yo sé que sanaré”16.

Durante su visita a Europa, el presidente Smith hizo una declaración profética importante. En una conferencia que tuvo lugar en Berna, Suiza, extendió las manos y dijo: “Llegará el día en que estas tierras tendrán muchos templos donde ustedes puedan ir a redimir a sus muertos”17. Y agregó que los “templos de Dios… se levantarán en diversos países del mundo”18. El primer templo de los Santos de los Últimos Días que hubo en Europa se dedicó casi medio siglo más tarde, en un suburbio de la misma ciudad donde el Presidente había hecho esa profecía.

El presidente Smith comprendía la importancia de que hubiera templos para bendecir a los miembros de la Iglesia que no vivían en Utah: “Ellos deben tener los mismos privilegios que nosotros, lo mismo que nosotros disfrutamos, pero no están a su alcance. Son pobres y no les es posible reunir los fondos para venir a recibir la investidura y ser sellados por esta vida y por la eternidad, y hacerlo por ellos mismos y por sus muertos”19. El primero de esos templos se construyó en Cardston, Alberta, Canadá; el presidente Joseph F. Smith dedicó el sitio para el templo en 1913, y en 1915 dedicó el sitio para un templo en Laie, Hawai, donde él había sido misionero hacía muchos años. Ambos templos se dedicaron después de su muerte.

Los sucesos que tenían lugar en México, en esa misma época, iban a tener un gran efecto sobre el futuro de la Iglesia en ese país, así como en regiones limítrofes de los Estados Unidos. En 1901, las condiciones parecían favorables para reabrir la Misión de México. Las colonias de Santos de los Últimos Días en Chihuahua prosperaban, y había jóvenes, que hablaban perfectamente el español y estaban familiarizados con la cultura mexicana, disponibles para cumplir misiones proselitistas. En los diez años siguientes aumentó a veinte el número de misioneros y se llamó a miembros locales de ambos sexos con el fin de capacitarlos para el liderazgo. Rey L. Pratt, llamado como presidente de la misión en 1907, fue para ellos una fuente de fortaleza y presidió la misión durante casi veinticinco años. Hubo muchos conversos que se bautizaron en la Iglesia, de manera que para 1911 el número de miembros había sobrepasado el millar.

Lamentablemente, en esa época también surgieron revoluciones y contrarrevoluciones por todo el país, y se hizo cada vez más difícil llevar a cabo la obra misional; estas condiciones se complicaron con un sentimiento nacionalista y antagonista a los Estados Unidos que se extendió rápidamente, y en agosto de 1913 fue necesario sacar de allí otra vez a los misioneros.

Los santos mexicanos quedaron, en gran parte, librados a su propia suerte. Por ejemplo, en San Marcos, a unos ochenta kilómetros al noroeste de la ciudad de México, Rafael Monroy, que era converso de poco tiempo, recibió la responsabilidad de ser presidente de la rama. Pero en 1915, apenas dos años después de haberse retirado los misioneros, las brutales fuerzas del conflicto revolucionario y del prejuicio religioso dieron como resultado la ejecución del presidente Monroy y de su primo, Vicente Morales; ambos fueron ejecutados por una acusación de ser miembros de un grupo revolucionario contrario y por no querer negar su testimonio del Evangelio.

Las mismas fuerzas que interrumpieron la obra misional causaron problemas en 1912 a los habitantes de las colonias del norte de México. Cuando los rebeldes confiscaron algunas armas que los santos tenían, los líderes mormones ordenaron que el 26 de julio se evacuaran las colonias; las mujeres y los niños, con unos pocos hombres como escolta, viajaron cerca de trescientos kilómetros hasta El Paso, estado de Texas, en un tren atiborrado; la mayoría de los hombres los siguieron pocos días más tarde en una caravana de carromatos tirados por caballos, que tenía más de un kilómetro y medio de longitud. A fines de ese mes, el número de santos refugiados en El Paso sobrepasaba los mil trescientos; muchos habían dejado atrás hermosas casas y granjas, y se veían obligados a vivir en un aserradero abandonado, con apenas un techo que los cubría y ásperos tablones de madera como piso. Otro grupo de refugiados se hallaba en el piso superior de un edificio viejo, con un techo de hierro acanalado, que se volvía insoportablemente caliente bajo los ardientes rayos del sol del verano. Algunos observadores admitieron haber derramado lágrimas al ver las condiciones en que vivían los santos. En febrero de 1913, algunos de los miembros regresaron a México, a pesar de que la revolución se prolongó varios años más; otros permanecieron para siempre en los Estados Unidos.

Los colonos mormones, sin embargo, recibieron muchas veces la protección divina. Un grupo de rebeldes sacó de su casa al obispo Anson Call, de Colonia Dublán, con la acusación falsa de haber pasado cierta información que había causado la muerte a uno de los compañeros revolucionarios; dos días después de ser apresado, se encontró frente a un pelotón de fusilamiento con los rifles listos para disparar. A último momento, el jefe del pelotón detuvo la ejecución después de habérsele prometido pagarle a cambio doscientos pesos. El obispo Call, escoltado por sus aprehensores, pudo conseguir el dinero con los santos de Colonia Juárez. Con este suceso se cumplió una promesa que le había hecho el élder Anthony Ivins, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Podrán quitarte todo lo que poseas y hacerte pasar cualquier prueba que el enemigo de la rectitud pueda imaginar, pero no tendrán poder para quitarte la vida”20.

Más adelante, las escuelas superiores de los colonos y sus métodos agrícolas avanzados atrajeron una atención favorable sobre la Iglesia en México. Por otra parte, cuando el gobierno mexicano empezó a hacer cumplir ciertas leyes que prohibían a los clérigos extranjeros prestar servicio religioso en el país, la mayoría de los misioneros Santos de los Últimos Días, casi todos los presidentes de misión y los líderes del sistema de enseñanza en las escuelas de la Iglesia provenían de las familias de esos colonos que se habían hecho ciudadanos mexicanos. De esa manera, las colonias mormonas proveyeron el elemento que hizo crecer a la Iglesia por todo México y, finalmente, extenderse en el resto de la América Latina.

Las dificultades que surgieron en México también llevaron a la Iglesia a expandirse en el sudoeste de los Estados Unidos; muchas de las familias exiliadas contribuyeron con nueva vitalidad y liderazgo a las congregaciones de Santos de los Últimos Días en Arizona, Nuevo México y Texas. En 1915, la Primera Presidencia asignó a Rey L. Pratt la responsabilidad de dirigir la labor proselitista entre la gente de habla hispana de los Estados Unidos; esta obra se convirtió más adelante en un productivo campo misional.

LOS SANTOS Y LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

En 1914 estalló en Europa la Primera Guerra Mundial; los santos de ese continente respondieron patrióticamente al llamado de sus respectivos países. En Inglaterra, un periódico local publicó la noticia de que los miembros de la Rama Pudsey tenían “un antecedente de patriotismo difícil de superar, pues todo hombre en edad del servicio militar se ha enrolado en las filas, con excepción de los que trabajan en el gobierno o con municiones. Se diga lo que se diga de los así llamados ‘mormones’, tenemos que admitir que, ciertamente, ‘los de Pudsey son muy patriotas’ “21. También en Alemania los Santos de los Últimos Días pelearon por su tierra natal; aproximadamente setenta y cinco de esos soldados dieron la vida en el conflicto bélico.

Los Estados Unidos no entraron en la guerra hasta tres años más tarde, cuando Woodrow Wilson, Presidente del país, afirmó que la guerra tenía el objeto de preservar la democracia, la libertad y la paz; puesto que ese propósito coincidía con conceptos que la Iglesia ya hacía mucho había expresado, los miembros no consideraron que existiera ningún impedimento religioso y respondieron prestamente al llamado a las armas.

Por ser Utah el lugar donde habitaban más Santos de los Últimos Días, la forma en que el estado respondió a la guerra reflejaba la manera de pensar de los miembros en general. Se alistaron en el ejército 24.382 hombres, muchos más de la cuota que le correspondía al estado. Seis de los hijos del presidente Joseph F. Smith prestaron servicio militar. La Cruz Roja pidió a Utah $350.000 dólares de ayuda, y recibió $520.000; cuando el gobierno empezó a vender “bonos de libertad”, se asignó a Utah la cantidad de $6.500.000 dólares, pero la gente compró bonos por valor de $9.400.000; como institución, la Iglesia misma participó oficialmente comprando bonos por $850.000 dólares. Además, las organizaciones auxiliares también los adquirieron con sus propios fondos, por un total de casi $600.000 dólares; y las hermanas de la Sociedad de Socorro participaban activamente en la Cruz Roja.

Cada estado acostumbraba juntar una unidad militar de voluntarios, y Utah contribuyó con el Regimiento 145º de Artillería de Campaña. La mayoría de los integrantes del regimiento de aproximadamente mil quinientos oficiales y soldados eran miembros de la Iglesia; el capellán de ese grupo era el élder B. H. Roberts, del Primer Consejo de los Setenta. Seiscientos soldados de este “Batallón Mormón” moderno fueron a cumplir su deber en ultramar.

La Iglesia estaba particularmente preparada para ayudar a proveer alimentos a los hambrientos habitantes de la devastada Europa. Durante muchos años la Sociedad de Socorro había almacenado trigo como prevención para casos de emergencia, y vendió más de doscientas mil medidas [más de siete millones de litros] del grano al gobierno de los Estados Unidos, colocando el dinero en un fondo especial para futuros fines caritativos. La buena voluntad con que la Iglesia y sus miembros respondieron a las emergencias de la guerra fue una fuerte evidencia de la lealtad y el patriotismo de los santos. La prensa estadounidense elogió sus acciones, reduciendo así cualquier mala impresión que hubiera podido quedar de la época en que las revistas contrarias hicieron su campaña en contra de los mormones.

Los miembros se habían reunido para la conferencia general de abril de 1917 cuando los Estados Unidos entraron oficialmente en la guerra. La actitud de la Iglesia hacia el conflicto bélico quedó claramente expresada en el discurso de apertura del presidente Smith, en el que recordó a los santos que el espíritu del Evangelio debe prevalecer aun en tiempos de conflicto. Dijo que incluso en la guerra la gente debía mantener “el espíritu de humanidad, amor y pacificación” y aconsejó a los futuros soldados que se acordaran de que eran “ministros de la vida y no de la muerte; que cuando vayan, partan con la intención de defender la libertad del ser humano y no con el propósito de aniquilar al enemigo”22.

LA VISIÓN DE LA REDENCIÓN DE LOS MUERTOS

El 23 de enero de 1918 falleció Hyrum M. Smith, miembro del Quórum de los Doce Apóstoles e hijo mayor del presidente Joseph F. Smith; su muerte fue un gran golpe para el padre, que sufría él mismo de mala salud. “En medio de su dolor, exclamó: ‘¡Mi alma está destrozada! Tengo roto el corazón, que vacila en sus latidos. ¡Ah, mi bondadoso hijo, mi gozo, mi esperanza…! Era ciertamente un príncipe entre los hombres. Jamás en su vida me causó un disgusto ni me dio motivo para dudar de él. Lo amaba con todo mi corazón. Él me ha conmovido hasta el alma con la elocuencia de su palabra, como ningún otro hombre lo ha logrado; quizás haya sido por ser mi hijo y por estar lleno del Espíritu Santo. Y ahora, ¿qué voy a hacer? ¡Ah! ¿qué voy a hacer? ¡Mi alma está destrozada, mi corazón roto! ¡Oh, Dios mío, ayúdame!’ ”23.

Ocho meses después, el presidente Smith recibió una gloriosa revelación con respecto a las labores de los justos en el mundo de los espíritus. El 3 de octubre de 1918, mientras estaba reflexionando sobre la expiación de Jesucristo, abrió la Biblia y leyó lo que dice en 1 Pedro 3:18–20 y 4:6 sobre el Salvador yendo a predicar “a los espíritus encarcelados”. Se hallaba meditando sobre esos versículos cuando el Espíritu del Señor descansó sobre él y vio en una visión “las huestes de los muertos” que se encontraban reunidos en el mundo de los espíritus; vio al Salvador que iba entre ellos y predicaba el Evangelio a los justos. Se le mostró que el Señor había comisionado a otros para que continuaran esa labor de predicación y que “los fieles élderes de esta dispensación” también irían a predicar a los muertos después de salir de la vida terrenal. De ese modo, todos los muertos pueden ser redimidos.

El presidente Smith presentó a la Primera Presidencia y al Consejo de los Doce esta “Visión de la redención de los muertos” y ellos la aceptaron unánimemente como una revelación. En 1976, se agregó oficialmente esa revelación al canon de la Iglesia y poco después se designó como la sección 138 de Doctrina y Convenios.

En las dos primeras décadas del siglo veinte, la Iglesia avanzó en varios aspectos importantes. Empezó un período de prosperidad que la habilitó para edificar capillas y templos que mucho se necesitaban y que permitió al Profeta viajar y bendecir a los santos de tierras lejanas. Las clases del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, las explicaciones doctrinales de la Primera Presidencia y la significativa revelación que recibió el presidente Smith en 1918 fueron todos elementos que contribuyeron a expandir la comprensión de los miembros con respecto a ciertos principios del Evangelio. Entretanto, la Iglesia enfrentó con su característico vigor los desafíos y dificultades que le presentaban las teorías científicas radicales, las revoluciones de México y los horrores de una guerra mundial.

NOTAS

  1. Este capítulo se escribió para el Sistema Educativo de la Iglesia; también se publicó en la obra de Richard O. Cowan, The Church in the Twentieth Century. Salt Lake City: Bookcraft, 1985, págs. 50–62, 70–79.

  2. En “Conference Report”, abril de 1907, pág. 7.

  3. En “Conference Report”, octubre de 1911, págs. 129–130.

  4. Véase de James B. Allen y Glen M. Leonard, The Story of the Latter-day Saints. Salt Lake City: Deseret Book Co., 1976, pág. 461.

  5. Véase de Thomas G. Alexander, “Between Revivalism and the Social Gospel: The Latter-day Saint Social Advisory Committee, 1916–1922“, Brigham Young University Studies, invierno de 1983, págs. 24–37.

  6. Véase Doctrina del Evangelio, pág. 154; véase también “Conference Report”, abril de 1906, pág. 3.

  7. Doctrina del Evangelio, pág. 178; véase también “Conference Report”, abril de 1907, págs. 5–6.

  8. Véase de Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 461, 478–480.

  9. Doctrina del Evangelio, pág. 296; véase también, de Joseph F. Smith, “Worship in the Home”, Improvement Era, diciembre de 1903, pág. 138.

  10. Citado en Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, comp. por James R. Clark; Salt Lake City: Bookcraft, 1965–1975, 4:338–339.

  11. Citado en Messages of the First Presidency…, comp. por James R. Clark, 5:26, 32, 34.

  12. Doctrina del Evangelio, pág. 65.

  13. James E. Talmage Journals (copia mecanografiada), 19 de abril de 1915, Archivos de la Universidad Brigham Young, Provo, pág. 19.

  14. “The Origin of Man”, Improvement Era, nov. de 1909, págs. 78, 80; Clark, Messages of the First Presidency…, 4:203, 205.

  15. “Philosophy and the Church Schools”, Juvenile Instructor, abril de 1911, pág. 209.

  16. Véase Life of Joseph F. Smith, comp. por Joseph Fielding Smith, 2ª ed.; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1969, pág. 397.

  17. Serge F. Ballif, en “Conference Report”, octubre de 1920, pág. 90.

  18. “Das Evangelium des Tuns” (“El Evangelio de acción”), Der Stern, 1º noviembre de 1906, pág. 332; traducido del alemán al inglés.

  19. En “Conference Report”, octubre de 1915, pág. 8

  20. Citado por Thomas Cottam Romney, en The Mormon Colonies in Mexico; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1938, pág. 227.

  21. En “Messages from the Missions”, Improvement Era, febrero de 1916, pág. 369.

  22. En “Conference Report”, abril de 1917, pág. 3.

  23. Smith, Life of Joseph F. Smith, pág. 474.

Church Administration Building

El Edificio de Administración de la Iglesia, sede de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días desde 1917

Courtesy of Utah State Historical Society

Historia

Fecha

 

Acontecimientos importantes

1902

La Primaria publica la revista Children’s Friend.

1902

Comienzan las “clases para madres” en la Sociedad de Socorro.

1905

Se abre el Hospital LDS en Salt Lake City.

1906

La Escuela Dominical organiza clases para adultos.

1906

Joseph F. Smith es el primer Presidente de la Iglesia que visita Europa.

1909

La Primera Presidencia emite una declaración sobre el origen del hombre.

1911

Se adopta el programa de los Boy Scouts.

1914

Empieza en Europa la Primera Guerra Mundial.

1915

La Sociedad de Socorro comienza a publicar su revista.

1915

Se publica el libro Jesús el Cristo.

1915

La Primera Presidencia exhorta a los miembros a tener regularmente la noche de hogar.

1916

Se da a conocer la explicación doctrinal sobre el Padre y el Hijo.

1918

El presidente Joseph F. Smith recibe la Visión de la redención de los muertos.

Bishop’s Building

La construcción del “edificio del obispo” (abajo), en 1910, y del Hotel Utah (a la derecha), en 1911, fue una indicación del crecimiento, la prosperidad y la estabilidad que había logrado la Iglesia a principios del siglo veinte.

Hotel Utah
Louie B. Felt

Louie B. Felt (1850–1928), primera Presidenta General de la Asociación Primaria, cargo al que fue llamada en 1880 y ocupó durante cuarenta y siete años. En enero de 1902, ella dio comienzo a la publicación de la revista Children’s Friend; en 1911 estableció un fondo para un hospital, y en 1922 supervisó la construcción de un hospital para niños.

old Primary Children’s Hospital

Durante treinta años, el Hospital de Niños de la Primaria funcionó en esta casa de la calle North Temple, en el centro de Salt Lake City, renovada por la Iglesia para ese fin.

Susa Young Gates

Susa Young Gates (1856–1933), una de las hijas de Brigham Young, era una mujer de gran educación. Asistió primero a la escuela privada de su padre y luego a la Universidad de Deseret, a la Universidad Brigham Young y a la Universidad de Harvard.

De 1899 a 1911 fue miembro de la mesa directiva general de la AMMMJ, y de 1911 a 1922 de la Sociedad de Socorro.

Brigham Young le aconsejó que fortaleciera a la juventud con sus escritos, y durante toda su vida ella escribió para las publicaciones locales. Fundó la revista Young Woman’s Journal, y más adelante, desde 1914 hasta 1922, fue editora de la revista de la Sociedad de Socorro. Dos años antes de morir publicó el libro The Life Story of Brigham Young [Historia de la vida de Brigham Young].

La hermana Gates fue también miembro del directorio de la Unversidad Brigham Young durante cuarenta años, y participó activamente en los movimientos en pro de la mujer, tanto los locales como los nacionales. Tuvo trece hijos: diez varones y tres mujeres.

James E. Talmage

James E. Talmage (1862–1933) nació en Inglaterra y emigró a los Estados Unidos con su familia en mayo de 1876; el 14 de junio de ese año llegaron a Salt Lake City. En un año el hermano Talmage terminó un curso de cuatro años en la Universidad Lehigh de Belén, Pensilvania, y pasó a estudios superiores en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Maryland.

Después de su regreso a Utah, fue profesor de química y de geología en la Academia Brigham Young de Provo desde 1884 hasta 1888. Más adelante, de 1894 a 1897, fue rector de la Universidad de Utah.

En 1911, cuando Charles W. Penrose fue llamado como consejero en la Primera Presidencia, el hermano Talmage recibió el llamamiento para llenar la vacante que quedaba en el Quórum de los Doce Apóstoles. Era un hombre que tenía un conocimiento profundo del inglés y se destacó como orador y como escritor.

Rafael Monroy

Rafael Monroy era presidente de la Rama de San Marcos (México) cuando fue ejecutado por rehusarse a negar su fe.

Anson B. Owen Call

Anson B. Owen Call (1863–1958) nació en Bountiful, Utah, y en 1890 se mudó a México. Durante veintinueve años prestó servicio como obispo del Barrio Dublán, Estaca Juárez.

Rey L. Pratt

Rey L. Pratt (1878–1931) se trasladó a México con su familia en 1887. En 1906 fue llamado a una misión, y a fines de 1907 recibió el llamamiento de presidente de la Misión Mexicana, cargo que ocupó hasta 1931, aunque tuvo que salir del país en 1913 y no retornó sino hasta 1921. En 1925 se le llamó como miembro del Primer Consejo de los Setenta.