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CAPÍTULO UNO: EL PRELUDIO DE LA RESTAURACIÓN
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CAPÍTULO UNO

EL PRELUDIO DE LA RESTAURACIÓN

LA RESTAURACIÓN del Evangelio de Jesucristo y el establecimiento de Sión son los dos acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad que preceden a la segunda venida de Jesucristo. “El establecimiento de Sión es un asunto que ha interesado al pueblo de Dios en todas las épocas”, escribió el profeta José Smith. “Es un tema sobre el cual han meditado con deleite los profetas, sacerdotes y reyes; han esperado con júbilo que llegara la época en que vivimos”1. La Restauración de estos Últimos Días es el último acto de la obra que Dios ha planeado para sus hijos antes del Milenio. Esta es la “dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Efesios 1:10) en la cual se restaurarían todas las cosas como el Señor prometió por medio “de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21).

El Evangelio, en realidad, es más antiguo que la tierra misma. Los principios que lo componen son eternos y se dieron a conocer a los hijos de Dios en los concilios de los cielos. El plan del Padre estaba centrado en Jesucristo, el que fue elegido para ser el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). En dichos concilios nuestro Padre Celestial explicó que la tierra iba a ser el lugar donde Sus hijos serían probados y dijo: “…y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25). Por lo tanto, el Padre otorgó a sus hijos el eterno derecho del libre albedrío para que pudieran escoger entre el bien y el mal; Lucifer se rebeló contra su Padre y contra el plan de Él; fue expulsado de los cielos y llegó a ser conocido como Satanás, o “el diablo, el padre de todas las mentiras” y el que en la tierra engañaría al hombre y lo llevaría “cautivo según la voluntad de él” a todos los que no quisieran escuchar la voz de Dios (véase Moisés 4:4).

Por otra parte, Dios ha levantado profetas para que enseñaran a Sus hijos los principios y ordenanzas del Evangelio de Jesucristo que los ayudarían a alcanzar la salvación. Desde el comienzo han existido conflictos entre el Reino de Dios y el reino de Satanás. La Iglesia de Jesucristo, la organización terrenal del Señor, se estableció en la tierra en distintas épocas con el fin de reunir a los hijos de Dios que eran obedientes y escogidos para formar una sociedad que haría convenios con Dios y capacitarlos para luchar contra el mal. La Iglesia verdadera contiene los principios y las ordenanzas del Evangelio de Jesucristo necesarios para alcanzar la vida eterna.

Un período en el que el Señor revela las doctrinas y ordenanzas del Evangelio y Su sacerdocio se llama dispensación. Por ejemplo, existieron las dispensaciones de Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y la de los nefitas. Estas dispensaciones dieron a los fieles y obedientes la oportunidad de vencer la maldad del mundo y prepararse para la vida eterna por medio de su obediencia a los principios y a las ordenanzas del Evangelio de Jesucristo.

Cada vez que la Iglesia verdadera florecía en la tierra ocurría también una apostasía, o sea, el abandono de la verdad. Por ende, en la historia del mundo este florecimiento y apostasía fueron cíclicos, pues cada vez que el pueblo del Señor caía en la apostasía, se volvía necesario restaurar el Evangelio. La Restauración que tratamos en este texto es simplemente la última de una serie de restauraciones que han ocurrido a través de los tiempos.

LA IGLESIA DEL NUEVO TESTAMENTO

Cuando el Señor Jesucristo nació y efectuó Su ministerio entre los israelitas, restauró el Evangelio y el Sacerdocio Mayor. Organizó una Iglesia fundada en Apóstoles y Profetas (véase Efesios 2:20) para que continuaran realizando Su obra una vez que Él se marchara. Nuestro Salvador pasó gran parte de Su ministerio enseñando personalmente a Sus Apóstoles a la vez que les dio la autoridad y las llaves para seguir efectuando la obra después de Su muerte. Escogió a Pedro, a Santiago y a Juan para que presidieran al grupo de Doce Apóstoles. Cuando ascendió a los cielos, encargó a los Apóstoles que llevaran el mensaje de salvación a todo el mundo.

La Iglesia contaba con pocos miembros cuando los Apóstoles se hicieron cargo del liderazgo de ella. Poco más de una semana después de la ascensión de nuestro Salvador, el Espíritu Santo se manifestó en abundancia el día de Pentecostés mientras los Apóstoles enseñaban el Evangelio y testificaban sobre la realidad de la resurrección del Señor. En esa ocasión, tres mil personas se bautizaron en la Iglesia. Los Apóstoles continuaron su ministerio con poder y autoridad convirtiendo así a miles más. Hasta entonces, se habían limitado a predicar el Evangelio a la casa de Israel; sin embargo, un día en que Pedro estaba orando en el techo de una casa de Jope tuvo una visión en la que aprendió que Dios no hace acepción de personas, que no se debe considerar impuro a ningún grupo de personas y que el Evangelio debe predicarse a los gentiles al igual que a los judíos (véase Hechos 10:9–48).

La conversión de Saulo de Tarso, un tiempo después, tuvo un gran significado para el crecimiento de la Iglesia. Saulo había perseguido a los primeros creyentes, pero un día vio al Salvador en una luz brillante mientras iba camino a Damasco. “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9:5), proclamó el Señor resucitado al confuso fariseo. Y Saulo, el agente del Sanedrín, se convirtió en Pablo, el defensor de la fe, un instrumento en manos del Señor y escogido por Él (véase Hechos 9:15) para proclamar el nombre de Cristo ante gentiles y reyes. Durante los próximos treinta años este intrépido Apóstol, junto con muchos otros discípulos devotos que lo acompañaron, esparció el mensaje del Evangelio y estableció unidades de la Iglesia por casi todo el Imperio Romano. A medida que la Iglesia seguía creciendo y las unidades proliferaban, los Apóstoles llamaban y otorgaban la autoridad indicada a los élderes, obispos, diáconos, presbíteros, maestros y evangelistas (patriarcas).

LA GRAN APOSTASÍA

Mientras los Apóstoles y otros misioneros se dedicaban con valentía a establecer el reino del Señor en la tierra, ya brotaban las semillas de la apostasía entre los miembros de la Iglesia. Pedro escribió que ya existían entre ellos falsos maestros que “introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (2 Pedro 2:1); también predijo que muchos seguirán sus disoluciones (desenfreno) (ver. 2). Pablo, a su vez, testificó que de las congregaciones de creyentes: “se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (véase Hechos 20:30).

No obstante, la apostasía interna y la falta de fe no eran las únicas dificultades que tuvieron que vencer los primeros misioneros. Aunque generalmente los romanos daban a sus súbditos libertad cultural y religiosa, hubo períodos en los que los cristianos sufrieron persecuciones severas, lo que les dificultaba rendir el culto apropiado y proclamar las “buenas nuevas” del Evangelio. Durante esas persecuciones, como es natural, los que más sufrieron el encarcelamiento y la muerte fueron los líderes de la Iglesia. La primera persecución romana de magnitud ocurrió durante el reinado de Nerón, quien culpó a los cristianos del incendio de Roma en el año 64 de nuestra era. La tradición indica que el apóstol Pedro fue crucificado cabeza abajo y que más adelante, entre los años 67 y 68, decapitaron al apóstol Pablo por orden del emperador.

Al principio, los Doce conservaron el oficio de Apóstol. Por ejemplo, Matías que no era uno de los primeros Doce, fue llamado a ser Apóstol. No obstante, por medio del espíritu de profecía, con el tiempo los líderes de la Iglesia se dieron cuenta de que era inevitable e incluso inminente que ocurriera una apostasía. Después que mataron a los Apóstoles cesó la revelación para guiar la Iglesia del Señor, como también la autoridad para dirigirla.

En los años que siguieron a la muerte de todos los Apóstoles se hizo evidente la predicha desaparición de la Iglesia de Cristo. Los principios del Evangelio se corrompieron al mezclarse con la filosofía pagana del momento; se perdió la influencia del Espíritu Santo y gradualmente desaparecieron los dones espirituales; hubo cambios en la organización y el gobierno de la Iglesia y se modificaron las ordenanzas esenciales del Evangelio.

De acuerdo con el presidente Joseph Fielding Smith las consecuencias de la Apostasía fueron desoladoras: “Satanás con toda su ira expulsó la Iglesia al ‘desierto’, o sea, fuera de la tierra; se quitó a los hombres el poder del sacerdocio, y cuando la Iglesia, con su autoridad y dones, desapareció de la tierra, la serpiente continuó la guerra contra todos lo que tenían fe y buscaban el testimonio de Jesús y deseaban adorar a Dios de acuerdo con los dictados de su conciencia. Tuvo tanto éxito que su dominio se extendió sobre todo el mundo conocido”2.

LA NOCHE PROLONGADA Y OSCURA

El cambio que ocurrió en la Iglesia al pasar de la verdad al error fue gradual. La Apostasía, apresurada por la muerte de los Apóstoles a finales del siglo uno, gradualmente se intensificó durante los años siguientes. Cuando llegó el siglo cuatro, quedaban pocas trazas reconocibles de la Iglesia de Jesucristo y la “noche prolongada y oscura” era ya una realidad. Una vez que los Apóstoles hubieron desaparecido, los oficiales locales de las unidades de la iglesia paulatinamente tomaron sobre sí más autoridad. Los obispos adoptaron sus propias normas y doctrina y las aplicaron dentro de su jurisdicción, proclamándose sucesores autorizados de los Apóstoles. Poco a poco, algunos de los obispos, que regían en ciudades importantes como Roma, Alejandría, Jerusalén y Antioquía tomaron supremacía sobre toda la región circunvecina. Los líderes de la iglesia, cada uno por su cuenta, desarrollaron una gran diversidad de prácticas y de dogmas ya que se guiaban por la lógica y la retórica en vez de dejarse guiar por la revelación. “Al hacerse concesiones entre la verdad y el error y al amalgamar el Evangelio de Jesucristo con las filosofías de los hombres, se produjo una nueva religión, la cual llegó a ser una combinación atrayente de la cristiandad del Nuevo Testamento, de las tradiciones judías, de la filosofía griega, del paganismo grecorromano y de las religiones esotéricas”3.

A medida que la iglesia cristiana creció y se esparció, el gobierno romano cambió su táctica de tolerar a los cristianos la mayoría de las veces, y pasó a perseguirlos. Esto se debió parcialmente a que el cristianismo formó un grupo separado del judaísmo, grupo éste que tenía ciertos privilegios ante la ley romana. A los cristianos se les consideraba antisociales ya que rehusaban tener cargos gubernamentales, servir en el ejército, valerse de los tribunales civiles o participar en festivales públicos. Se les llamaba ateos porque los dioses romanos y un emperador que se consideraba dios no tenían cabida en el monoteísmo cristiano. Por esa razón, y tal vez por otras, antes del reinado de Diocleciano (284–305), los romanos atacaban a la Iglesia de cuando en cuando. Pero este emperador se dedicó a exterminar cualquier religión que no fuera pagana considerándola antirromana; durante su reinado se destruyeron iglesias, se quemaron las Escrituras y se obligó a los cristianos a ofrecer sacrificios a sus ídolos o sufrir torturas. En un edicto del año 306 se ordenó que la persecución se llevara a cabo en todo el Imperio Romano.

Tal vez fuera inevitable que el Imperio tuviera que abolir sus propias leyes anticristianas, ya que la iglesia continuó creciendo y el Imperio empezó a debilitarse, por lo cual se requería la unidad y no los conflictos internos. El emperador Constantino, llevaba como símbolo la cruz al derrotar a su oponente Magencio sobre el Puente Milvio, en el año 312. Al año siguiente, proclamó el famoso Edicto de Milán que otorgaba a sus súbditos el derecho de practicar la religión que desearan, revocando así las medidas con las que habían tratado de suprimir el cristianismo.

Constantino mismo no se bautizó sino hasta estar en su lecho de muerte, pero al aceptar el cristianismo y respaldarlo colocó a la iglesia en sociedad con el Imperio compartiendo las mismas metas de éste. Se piensa que la gran necesidad que tenía el Imperio Romano de fortalecer su unidad es lo que motivó el interés de Constantino en las disputas teológicas de la iglesia. Para resolver la discrepancia que existía acerca de la naturaleza de la Trinidad fue fundamental la participación de Constantino en el concilio de Nicea, el primero de los grandes concilios ecuménicos, que se realizó en esa ciudad al sur, no lejos de la capital, en el año 325. El credo que surgió de la deliberación de dicho concilio y que fue aprobado por el Emperador es una muestra de los resultados de la apostasía, cuando las argumentaciones y los decretos suplantan a la revelación. En los siglos siguientes, a medida que se resolvieron conflictos similares, surgió una poderosa alianza entre la iglesia y el estado, por lo que las doctrinas y las prácticas de la iglesia recibieron cada vez más la influencia del gobierno.

En la época en que ocurrió la invasión de los bárbaros en Europa Occidental, en el siglo quinto, muchas de las tribus bárbaras ya habían sido evangelizadas por misioneros cristianos; por lo que los invasores se adaptaron fácilmente a la cultura romana y al catolicismo. El saqueo de Roma en el año 410, sin embargo, dio muestras claras de que el Imperio no era invulnerable. Las invasiones en masa de los vándalos, de los godos y de los hunos, que cruzaron los límites occidentales del Imperio desbarataron la unidad que había en él y dieron origen a varias de las naciones europeas. Los líderes gubernamentales de las regiones ejercieron cada vez más influencia sobre la iglesia, mientras que Roma fue perdiendo el poder que poseía. Durante los próximos siglos, en varios de los incipientes países europeos las iglesias pasaron a estar bajo el control de los señores feudales. La cultura, la educación y la moral en general retrocedieron y comenzó lo que la historia denomina las Edades Bárbaras (edad del oscurantismo, la primera parte de la Edad media).

EL RENACIMIENTO Y LA REFORMA

Durante el siglo catorce, los europeos empezaron a demostrar un nuevo interés en las civilizaciones clásicas romana y griega, y como resultado, florecieron la literatura, la ciencia y el arte. Este período se conoce como el Renacimiento. El hombre, con renovada confianza en sí mismo, comenzó a explorar nuevas maneras de aprovechar el medio que le rodeaba. Los artistas abandonaron el misticismo para emplear nuevas técnicas en la escultura, la literatura y otras artes. Fue la era del naturalismo, en la que la ciencia y el arte se aplicaban para glorificar el cuerpo humano y para erigir suntuosas catedrales.

El hombre se sacudió de encima las cadenas de la tradición; la pólvora revolucionó las guerras; la brújula del marinero abrió nuevos horizontes para viajar y explorar; el comercio llegó a los extremos del Oriente; y se descubrió el hemisferio occidental. En el siglo quince se perfeccionó el sistema de imprenta por medio de caracteres movibles, lo que dio gran resurgimiento a las artes gráficas, lo que afectó en forma directa la creación de universidades y la diseminación de toda clase de información.

El Renacimiento también fue una época de cambios en el aspecto espiritual ya que el hombre, en la búsqueda del clasicismo pasado, encontró los escritos de los primeros líderes de la Iglesia y las Escrituras en hebreo y en griego. Los eruditos del Renacimiento pusieron estas obras en manos del pueblo. La sencillez de la Iglesia primitiva, que contrastaba con la complejidad de los rituales del cristianismo medieval, llevó a muchos a descubrir otra vez la fe original. Estas personas fundaron órdenes religiosas como las de los franciscanos y los dominicos, o se unieron a ellas, o iniciaron sectas heréticas como las de los albigenses y de los valdenses. En cierto aspecto, el Renacimiento preparó el ambiente para que se efectuara la reforma protestante que hizo trizas la unidad del cristianismo de una vez por todas.

El más famoso de los reformadores fue Martín Lutero, nacido en Eisleben, Sajonia, el 10 de noviembre de 1483. A los dieciocho años, su padre, Hans Lutero, lo mandó a estudiar a Erfurt, con miras de que hiciera carrera en el campo de las leyes. En 1505 abandonó los estudios, para entrar en el monasterio de los agustinos. En 1508 lo mandaron a Wittenberg, para seguir los estudios de teología y dar cátedras sobre la filosofía de Aristóteles. Desde joven lo atormentaba la discrepancia que existía entre la doctrina y las enseñanzas de las Escrituras y la práctica del catolicismo. Durante un viaje a Roma en 1510, se sintió abrumado por la corrupción del clero y la apatía religiosa de la gente, lo que lo desilusionó y le hizo perder la veneración que sentía por el papado y le dio razones para desafiar la autoridad de éste. Sus estudios intensivos de la Biblia lo llevaron a adoptar la posición doctrinal que más adelante caracterizó el movimiento de la reforma: que el hombre es justificado por la fe (véase Romanos 3:28) y no por sus buenas obras.

Lo que más provocó en Lutero la oposición directa a la Iglesia Católica Romana fue la venta de indulgencias ofrecidas por el papa León X con el fin de pagar los gastos en que había incurrido Alberto de Mainz para obtener el cargo de arzobispo y para seguir la edificación de la Basílica de San Pedro. Cuando una persona compraba una indulgencia, la iglesia le garantizaba la remisión de los pecados y la liberación de un castigo en el purgatorio; también aseguraba el perdón de todos los pecados de un muerto cuando se compraba a su nombre. El 31 de octubre de 1517, Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg un documento, conocido como “las noventa y cinco tesis”, que desafiaba a la iglesia a un debate sobre la eficacia de las indulgencias y las prácticas sacramentales de la religión Católica.

Lutero escribió las tesis con el propósito de provocar una polémica entre los eruditos religiosos, pero la gente común pronto vio en él a un héroe. El se defendió de los prelados y de los eruditos y consiguió presentarse ante la Dieta (asamblea política) de Worms en 1521. Para ese entonces su movimiento había pasado del campo religioso al político e hizo peligrar la unidad del Santo Imperio Romano.

Cuando la iglesia le ordenó que renunciara a su causa, declaró con valentía: “A menos que se me contradiga por medio de las Escrituras y con argumentos claros —porque no creo en el papa ni en los concilios, ya que éstos se han equivocado muchas veces y se han contradicho unos a otros— estoy convencido de lo que creo debido a los pasajes de las Escrituras que he citado, y mi conciencia está comprometida a la palabra de Dios. No puedo y no quiero retractarme de nada, puesto que ir en contra de la propia conciencia es una práctica dudosa y peligrosa”4.

La resistencia de Lutero hizo que la iglesia lo excomulgara y lo exilara del Imperio. Algunos príncipes alemanes que simpatizaban con sus ideas y que deseaban más autonomía política frente a Roma lo protegieron, lo que le permitió empezar una traducción de la Biblia al alemán. Esta traducción tuvo gran importancia en toda Europa porque fue la primera a un idioma común que no se había basado en la Vulgata traducida por San Jerónimo.

Gradualmente, se introdujeron en muchos de los estados alemanes nuevas prácticas religiosas e innovaciones doctrinales que Lutero había impuesto. Cuando se hizo evidente que la Iglesia Católica no aceptaría la reforma, los seguidores de Lutero fundaron la Iglesia Luterana. Esta nueva iglesia fue adoptada completamente por muchos de los estados norteños y centrales de Alemania, pero nunca tuvo éxito en Bavaria ni en los estados del Este. Sin embargo, se esparció hacia el Norte, hasta Escandinavia y de allí pasó a Islandia. Aunque no se puede decir que Lutero haya establecido la libertad religiosa en Europa, la fuerza de este movimiento por lo menos logró que en el núcleo social de esos países se aceptara más de una religión.

A pesar de que Lutero fue el más famoso de los reformadores, no fue el primero. En el siglo catorce, un siglo y medio antes, Juan Wiclef, de Inglaterra, desenmascaró la corrupción y los abusos perpetrados por la Iglesia Católica y acusó al Papa de anticristiano. Wiclef tradujo las Escrituras al inglés y las hizo circular entre el pueblo. La iglesia lo condenó sin miramientos, pero la mayoría de sus compatriotas aceptaron sus enseñanzas; por lo tanto, cuando Lutero y otros reformadores europeos comenzaron su obra, muchos ingleses estuvieron de acuerdo con su causa.

En Inglaterra la Reforma tomó un curso diferente que en otros países. El rey Enrique VIII, que no gustaba de Lutero, insistía en que el Papa no tenía la autoridad para negarle el divorcio de su mujer. Como resultado de la disputa que hubo entre él y el Papa, éste excomulgó al rey en 1533. El rey a su vez rechazó la autoridad papal y fundó la Iglesia Anglicana.

Los reformadores principales de Suiza fueron Ulrico Zwinglio y Juan Calvino. El primero convenció a los ciudadanos de Zurich de que la Biblia era la única fuente de verdad religiosa, por lo cual rechazaba la vida de monasterio, el celibato, la misa y otras costumbres católicas.

Juan Calvino tuvo incluso más influencia. Trató de fundar una ciudad santa en Ginebra, tomando como patrón las ciudades bíblicas. Gradualmente el calvinismo predominó en muchas partes de Suiza y de allí se extendió a Francia, Inglaterra, Escocia, Holanda e incluso, con menos impulso a Alemania. John Knox, uno de los primeros conversos al calvinismo, ayudó a perfeccionar y a expandir sus enseñanzas.

Los peregrinos y los puritanos, dos grupos calvinistas bastante estrictos, emigraron al Nuevo Mundo y ejercieron muchísima influencia sobre la base social y religiosa de los Estados Unidos. Por ejemplo, las creencias básicas del calvinismo, bastante extendidas en las colonias, eran que Dios ejercía supremacía absoluta, que Él escogía por medio de Su gracia a los que se salvarían, que a los miembros de la iglesia que fueran salvos Dios los guiaría para redimir a otros y que la iglesia debía ser una luz que brillara para influir sobre los asuntos de este mundo.

La obra de todos esos reformadores se llevó a cabo con el fin de preparar a los habitantes de la tierra para la restauración del Evangelio. El presidente Joseph Fielding Smith escribió:

“En preparación para esta restauración el Señor levantó a hombres nobles, tales como Lutero, Calvino, Knox y otros a los que llamamos reformadores, y les dio poder para romper las ataduras que sujetaban a los hombres y les negaban el sagrado derecho de adorar a Dios de acuerdo con los dictados de su conciencia…

“Los Santos de los Últimos Días rinden honor a estos grandes y valientes reformadores, los cuales deshicieron los grilletes que sujetaban al mundo religioso. El Señor fue su Protector en esta misión, la cual estuvo llena de peligros. En aquel día, sin embargo, no había llegado el tiempo para la restauración de la plenitud del Evangelio. La obra de los reformadores fue de gran importancia, pero fue una obra preparatoria…”5.

EL DESCUBRIMIENTO Y LA COLONIZACIÓN DE LAS AMÉRICAS

Otro aspecto importante de la preparación para la restauración del Evangelio fue el descubrimiento y la colonización de las Américas, que había sido reservada y era una tierra escogida desde la que se predicaría el Evangelio a todas las naciones de la tierra en los últimos días. Moroni, un Profeta americano de la antigüedad, escribió: “He aquí, ésta es una tierra escogida, y cualquier nación que la posea se verá libre de la esclavitud, y del cautiverio, y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo, el cual ha sido manifestado por las cosas que hemos escrito” (Éter 2:12).

Nefi, otro profeta de la antigüedad, vio la llegada de Cristóbal Colón en una visión más de dos mil años antes de que éste hubiera nacido. “Y miré, y vi entre los gentiles a un hombre que estaba separado de la posteridad de mis hermanos por las muchas aguas; y vi que el Espíritu de Dios descendió y obró sobre él; y el hombre partió sobre las muchas aguas, sí, hasta donde estaban los descendientes de mis hermanos que se encontraban en la tierra prometida” (1 Nefi 13:12). Colón mismo confirmó en sus escritos que sintió la guía de Dios en sus aventuras de marino y en sus esfuerzos por establecer la religión entre los indios6.

Nefi continúa con su profecía: “Y aconteció que vi al Espíritu de Dios que obraba sobre otros gentiles, y salieron de su cautividad, cruzando las muchas aguas” (1 Nefi 13:13). Mucha gente que colonizó la tierra prometida fue guiada hacia allí por la mano de Dios (véase 2 Nefi 1:6).

Nefi vio muchos otros acontecimientos en las Américas. Vio que los lamanitas serían esparcidos por toda la tierra por los gentiles y que éstos se humillarían ante Dios y el Señor los acompañaría; vio que los gentiles que se habían establecido en las Américas estarían en guerra con las “madres patrias de los gentiles” y serían librados por la mano de Dios (véase 1 Nefi 13:14–19).

El presidente Joseph Fielding Smith dijo: “El descubrimiento [de América] fue uno de los factores más importantes para cumplir con los objetivos del Todopoderoso en cuanto a la restauración del Evangelio en su plenitud para la salvación de los hombres en los últimos días”7.

LA LIBERTAD DE RELIGIÓN EN LOS ESTADOS UNIDOS

Aunque muchos historiadores actuales insisten en que la mayoría de los colonizadores emigraron a las Américas por razones económicas, muchos de ellos también buscaban libertad religiosa. Entre éstos se encontraban los puritanos, los que establecieron una fuerte comunidad religiosa en Nueva Inglaterra. Ellos creían que tenían la única religión verdadera y, por lo tanto, no toleraban ninguna otra religión8. Esta intolerancia tenía que superarse antes de que pudiera restaurarse la Iglesia de Cristo.

Algunos disidentes de los puritanos, el más importante de ellos llamado Roger Williams, argumentaban que debía haber una distinción clara entre la iglesia y el Estado, y que no se debía imponer a los ciudadanos ninguna religión en particular; también enseñaba que todas las iglesias se habían apartado de la que tenía la verdadera sucesión apostólica. En 1635 exiliaron a Williams de Massachusetts, y al cabo de pocos años, él y otros con ideas similares obtuvieron autorización legal para establecer una colonia en Rhode Island, en la que se permitió la tolerancia total de cualquier religión.

Una osada mujer llamada Anne Hutchinson, que fue a Massachusetts en 1634, estaba en desacuerdo con los líderes locales sobre dos temas teológicos: la función de las buenas obras para obtener la salvación y el hecho de si una persona puede o no recibir inspiración del Espíritu Santo. La señora Hutchinson también fue expulsada de Massachusetts, y buscó refugio en Rhode Island en 1638. A pesar de la dedicación de Roger Williams, Anne Hutchinson y otros, la tolerancia religiosa no se logró en Nueva Inglaterra sino hasta un siglo y medio después.

Mientras tanto, varios grupos motivados por la fe religiosa establecieron poblaciones en todas las demás colonias de lo que hoy es los Estados Unidos, las que contribuyeron de una forma u otra al ambiente religioso de toda la nación. Los católicos romanos que se establecieron en Maryland pasaron la primera ley de la historia americana que promulgaba la tolerancia religiosa. Los cuáqueros de Pensilvania también estaban de acuerdo con la tolerancia religiosa y la separación de la iglesia y el Estado. Los colonos pertenecían a tantas sectas religiosas que era imposible que una de ellas predominara. Esa pluralidad de cultos fue una de las mayores razones por las que hubo libertades religiosas, característica muy particular.

Sin embargo, aunque existían muchas iglesias, la mayoría de los colonos no estaban afiliados a ninguna en particular. Alrededor de 1739, comenzó un movimiento religioso conocido en la historia de los Estados Unidos como el Gran Despertar, que continuó desarrollándose durante los veinte años siguientes. Esta primera renovación religiosa constituyó un ferviente ímpetu de restaurar la devoción de la gente y se esparció por toda la extensión de las trece colonias. Los ministros religiosos y los predicadores ambulantes hacían reuniones en diversos lugares como casas particulares, establos y hasta en medio del campo. El Gran Despertar dio comienzo a una devoción religiosa que el pueblo no había sentido por muchos años, y logró que tanto los ministros como la gente del pueblo participaran más en los asuntos de las religiones organizadas; también despertó en los colonos el deseo de unirse en un gobierno democrático9.

A pesar del fervor, la libertad religiosa no se hizo realidad en las colonias hasta que la revolución para independizarse de Inglaterra favoreció esta condición. Los colonos, al tener que unirse para luchar contra los británicos, descubrieron que las diferencias religiosas no tenían importancia en la causa de la independencia y que, después de todo, estaban de acuerdo en las creencias básicas de la fe10. Además, Tomás Jefferson se oponía tenazmente a que las religiones ejercieran presión excesiva o inapropiada sobre el gobierno. La Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, escrita por él, establece que las personas son capaces de escoger solas (sin ayuda de la religión) las instituciones políticas correctas.

Con la nueva libertad que siguió a la guerra revolucionaria, varios estados trataron de proteger los derechos humanos básicos, incluso la libertad de religión. Virginia fue uno de los primeros estados que en 1785 adoptó la ley propuesta por Jefferson sobre este derecho, la que garantizaba que no se podía forzar a nadie a afiliarse a ninguna iglesia y que no se podría discriminar en contra de una persona por su preferencia religiosa11.

Después de mantener algunos años una confederación de estados que no dio resultado, los Estados Unidos crearon una nueva constitución en 1787, la que fue adoptada en 1789. Este documento, establecido “por mano de hombres sabios” que el Señor levantó para ese propósito (véase D. y C. 101:80), incorporaba tanto el impulso democrático de libertad como la necesidad fundamental de que exista el orden. La primera enmienda a dicha constitución garantizó la libertad religiosa.

El profeta José Smith dijo que “la Constitución de los Estados Unidos es un glorioso estandarte: está fundada en la sabiduría de Dios. Es una bandera celestial; es como la fresca sombra para todos aquellos que tienen el privilegio de saborear la dulzura de la libertad, y como las aguas refrescantes de una peña grande en terreno árido y desolado”12. Una de las razones de esto es que “bajo el amparo de la Constitución, el Señor pudo restaurar el Evangelio y restablecer Su Iglesia… Tanto la Constitución como la Restauración formaban parte de un todo y cumplían con los objetivos de Dios para los Últimos Días”13.

Al mismo tiempo que ocurrió la Revolución y el establecimiento de la Constitución hubo un Segundo Despertar religioso que trajo como resultado la reorientación de la filosofía cristiana. Varias religiones nuevas se fortalecieron y trataron de imponer sus creencias, entre ellas los unitarios, los universalistas, los metodistas, los bautistas y los discípulos de Cristo. En la nueva nación surgieron muchas otras creencias incluso la idea de que debía ocurrir una restauración del cristianismo del Nuevo Testamento. A los que esperaban esa restauración se les llamaba buscadores y muchos de ellos estaban preparados para la Restauración divina y fueron los primeros conversos de la Iglesia14.

Durante este Segundo Gran Despertar surgió un nuevo interés en la religión; los predicadores ambulantes hacían reuniones entusiastas en las que se observaba gran fervor entre los colonos de las regiones recién pobladas de los Estados Unidos, cuya colonización se extendía cada vez más. Los colonos de las granjas y pueblecitos circunvecinos se juntaban para asistir a estas reuniones; los ministros tenían por lo general mucha elocuencia y daban un ambiente festivo a las juntas religiosas a la vez que trataban de conseguir conversos para su fe15.

También, el Segundo Gran Despertar influenció de tal modo que se formaron asociaciones voluntarias para promover la obra misional, la educación, las reformas morales y para llevar a cabo esfuerzos humanitarios; el fervor religioso llegó a un nivel emocional muy alto, lo que favoreció el crecimiento de las religiones más populares, especialmente la metodista y la bautista16. Este Despertar religioso duró por lo menos cuarenta años y estaba en su apogeo en la época en que José Smith tuvo la primera visión.

La restauración del Evangelio y de la Iglesia verdadera del Señor no hubiera podido realizarse en medio de la intolerancia religiosa que existía en Europa y en los primeros días de las colonias; sólo podía lograrse donde hubiera libertad de religión, donde se revaluara la filosofía cristiana y donde se llevara a cabo el movimiento de renovación espiritual que tuvo lugar en los Estados Unidos de principios del siglo diecinueve. Es evidente la mano del Señor en la dirección de los acontecimientos que hicieron que la Restauración ocurriera en ese preciso momento.

De acuerdo con un historiador, había un momento determinado en el que la Restauración debía llevarse a cabo:

“La época en que ocurrió, 1830, fue providencial. Apareció precisamente en el mejor momento de la historia de los Estados Unidos; si hubiera sido mucho antes o mucho después, la Iglesia no hubiera echado raíces. Quizás no se hubiera publicado el Libro de Mormón en el siglo dieciocho, puesto que en el mundo todavía prevalecía la transmisión oral de las creencias populares, aun antes de la gran revolución democrática, base del tumulto religioso que ocurrió a principios de la república. En el siglo dieciocho, el mormonismo tal vez hubiera sido sofocado y considerado por la clase aristocrática y educada otra de las tantas supersticiones del pueblo común. Por otra parte, si hubiera emergido más adelante, después de la consolidación del gobierno y la proliferación de la ciencia a mediados del siglo diecinueve, quizás hubiera tenido el problema de tener que probar la legitimidad de sus escritos y revelaciones”17.

Dios sabe el fin desde el comienzo y Él es el Autor del grandioso plan de la historia de la humanidad. Él dirigió todos los acontecimientos históricos a fin de que Estados Unidos fuera el suelo fértil para la semilla del Evangelio restaurado que José Smith, el Vidente escogido, plantó y cultivó.

NOTAS

  1. History of the Church, 4:609.

  2. Joseph Fielding Smith, The Progress of Man; Salt Lake City: Deseret News Press, 1952, pág. 166.

  3. Milton V. Backman, Jr., American Religions and the Rise of Mormonism; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1965, pág. 6.

  4. Henry Eyster Jacobs, Martin Luther: The Hero of the Reformation, 1483–1546; New York: G. P. Putnam’s Sons, Knickerbocker Press, 1973, pág. 192.

  5. Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, compilación de Bruce R. McConkie, 3 tomos; 1:168–169.

  6. Véase de Samuel Eliot Morison, Admiral of the Ocean Sea: A Life of Christopher Columbus; Boston: Little, Brown, and Co., 1942, págs. 44–45, 279, 328.

  7. Joseph Fielding Smith, The Progress of Man, pág. 258.

  8. Véase de Edwin Scott Gaustad, A Religious History of America; New York: Harper and Row, 1966, págs. 47–55; Sydney E. Ahlstrom, “The Holy Commonwealths of New England”, A Religious History of the American People; New Haven, Conn.: Yale University Press, 1972, págs. 135–150.

  9. Véase de Alan Heimert, “The Great Awakening as Watershed”, citado por John M. Mulder y John F. Wilson, editores, en Religion in American History: Interpretive Essays; Englewood Cliffs, N.J.: Prentice- Hall, 1978, págs. 127–144.

  10. Véase de Sidney E. Mead, “American Protestantism during the Revolutionary Epoch”, en Mulder y Wilson, editores, Religion in American History, págs. 162–176.

  11. Los tres párrafos anteriores se han tomado de la obra de James B. Allen y Glen M. Leonard The Story of the Latter-day Saints; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1976, págs. 10–11.

  12. José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, compilación de Joseph Fielding Smith, pág. 174.

  13. Mark E. Petersen, The Great Prologue; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1975, pág. 75.

  14. Véase de Backman, American Religions and the Rise of Mormonism, págs. 186–248.

  15. Véase de Martin E. Marty, Pilgrims in Their Own Land: 500 Years of Religion in America; Boston: Little, Brown, and Co., 1984, pág. 168.

  16. Véase de Ahlstrom, A Religious History of the American People, págs. 415–428.

  17. Gordon S. Wood, “Evangelical America and Early Mormonism”, New York History, octubre de 1980, pág. 381.

Second Coming

La Segunda Venida por Harry Anderson

Historia

Fecha

 

Acontecimientos importantes

34–100

Los Apóstoles guían la Iglesia del Nuevo Testamento.

60–70

Asesinan a Pedro y a Pablo.

325

El concilio ecuménico de Nicea.

1300–1500

El Renacimiento en Europa.

1438

Gutenberg inventa la imprenta con caracteres móviles (tipografía).

1492

Colón hace el primer viaje a las Américas.

1517

Lutero se rebela en contra de la Iglesia Católica.

1620

Los peregrinos ingleses llegan a Plymouth.

1740–1760

Primer gran despertar religioso.

1775–1783

Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.

1789

Establecimiento de la Constitución de los Estados Unidos.

1790–1830

El segundo despertar religioso.

Christ sending forth the Twelve

Cuando nuestro Salvador ascendió a los cielos, encargó a Sus discípulos: “… y me seréis testigos… hasta lo último de la tierra” (véase Hechos 1:8).

map of the world in Roman times

La propagación del cristianismo primitivo. Para fines del siglo uno de nuestra era, los Apóstoles habían predicado el Evangelio, hacia el norte, en Siria y en Asia Menor; hacia el oeste, en Macedonia, Grecia, Italia y las islas del Mediterráneo; además, en la región del noreste de África y en Egipto. Un siglo después existían comunidades cristianas en Galia (Francia), Alemania y la Península Ibérica (España), como también en el noroeste de África.

El cristianismo durante el primer siglo después de Cristo.

El cristianismo durante el segundo siglo después de Cristo.

Frontera del Imperio Romano.

Océano Atlántico

León

Asturica Augusta

Caesaraugusta

Hispania

Emerita Augusta

Corduba

Hispalis

Colonia

Maguncia

Galia

Lyon

Viena

Río Rin

Ostia

Roma

Antium

Puteoli

Pompeya

Sicilia

Siracusa

Cirta

Lambése

Madaura

Cartago

Hadrumeta

Germania

Solona

Mar Adriático

Mar Mediterráneo

Dacia

Río Danubio

Macedonia

Debeltum

Anfípolis

Tesalónica

Filipos

Bizancio

Berea

Atenas

Corinto

Esparta

Gortina

Cirene

Samarita

Mar Negro

Ionopolis

Troas

Pérgamo

Tiátira

Sardis

Éfeso

Mileto

Cnoso

Creta

Laodicea

Colosas

Myra

Chipre

Pafos

Salamina

Naucratis

Alejandría

Menfis

Egipto

Río Nilo

Sinope

Amastris

Nicomedia

Ancyra

Antioquía de Pisida

Iconio

Listra

Derbe

Tarso

Apamea

Antioquía

Trípolis

Damasco

Sidón

Tiro

Jerusalén

Mar Rojo

Amisos

Caesarea Mazaca

Malatya

Samosata

Edesa

Nisibis

Dura-Europos

Desierto de Arabia

Asia Menor

Beit Zabde

Mesopotamia

Río Éufrates

Mar Caspio

Partia

Río Tigris

Golfo Pérsico

Crucifixion of Peter

La crucifixión de Pedro

Constantine on a horse

Constantino el Grande en la batalla del puente Milvio, en Roma. En el año 312 de nuestra era, Constantino se convirtió en el dueño indiscutible de Roma y del Imperio Occidental. Un año después, el cristinianismo gozaba de tolerancia gracias a su edicto de Milán.

Sus victorias en el 324 d. J.C. lo llevaron al control del Imperio Oriental y, al año siguiente, en el Concilio de Nicea, se convino en la unificación religiosa de todo el imperio. En el año 330 d. J.C. trasladó la capital a Constantinopla, para así salir de Roma, ciudad que era el centro del paganismo y para facilitar el hecho de que el cristianismo fuera la religión del estado.

La obra Constantino, de Juan Lorenzo Bernini, representa el momento dramático de la conversión de Constantino, cuando clama haber visto en una visión una cruz en llamas en el cielo del mediodía con la inscripción: “Conquista con ésta”; en la actualidad la obra se halla en el Vaticano.

Martin Luther

Martín Lutero (1483–1546) era un monje agustino que puso en tela de juicio las doctrinas y la estructura de la Iglesia Católica Romana. Tradujo la Biblia al alemán y desafió las tradiciones de la iglesia romana. Fue excomulgado y fue el líder de la reforma alemana.

Cortesía de la Biblioteca del Congreso.

Thomas Jefferson

Tomás Jefferson (1743–1826) deseaba que se le recordara por tres cosas que había realizado en su ilustre y larga vida: como autor de la Declaración de la Independencia, como fundador de la Universidad de Virginia y como autor de las leyes de libertad religiosa que se adoptaron en el estado de Virginia, E.U.A., en 1785.

Cortesía de la Biblioteca del Congreso.

painting of signing the Constitution

Los integrantes de la convención constitucional firmaron la Constitución de los Estados Unidos el 17 de septiembre de 1787, y se instituyó el nuevo gobierno en 1789.

Escena del cuadro La firma de la Constitución de los Estados Unidos, por Howard Chandler Christy. Cortesía del arquitecto del Capitolio.