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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE: EL DESTINO DE LA IGLESIA
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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE

EL DESTINO DE LA IGLESIA

Cuando el profeta José Smith y Oliver Cowdery estaban trabajando en la traducción del Libro de Mormón, en una revelación que les dio, el Señor se refirió a Su reino restaurado llamándolo tiernamente “rebañito” (D. y C. 6:34), y a continuación les dijo que no temieran, pues “la tierra y el infierno” combinados no prevalecerían sobre Su Iglesia. En consecuencia, desde el principio mismo de la Iglesia el conocimiento profético de su futuro éxito ha proporcionado esperanza, aliento y optimismo a los Santos de los Últimos Días. El Señor y Sus profetas han utilizado muchas veces la metáfora de “la piedra cortada del monte, no con mano, [que] ha de rodar, hasta que llene toda la tierra” (D. y C. 65:2) para describir el destino de la Iglesia.

LA PEQUEÑA PIEDRA

A pedido de John C. Wentworth, editor y propietario del periódico Chicago Democrat, el profeta José Smith escribió una breve historia de los Santos de los Últimos Días. El artículo se publicó en el periódico Times and Seasons el 1º de marzo de 1842, y esto dio al Profeta la oportunidad de repasar la historia de su vida y la de los primeros tiempos de la Iglesia, y de profetizar sobre el destino que tendría el evangelio restaurado. Entre otras cosas, escribió lo siguiente:

“La persecución no ha detenido el progreso de la verdad, sino que sólo ha añadido combustible a la llama… orgullosos de la causa a la cual nos hemos aferrado… los élderes de la Iglesia han marchado adelante y sembrado el Evangelio en casi cada uno de los estados de la Unión; ha penetrado en nuestras ciudades, ha sido predicado en pequeños pueblos y villas, y ha hecho que miles de nuestros… ciudadanos obedezcan sus mandatos divinos… Se ha difundido también en Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales… en todo lugar hay ahora grandes números de personas uniéndose a la Iglesia.

“…Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse, y la calumnia podrá difamar, mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado en todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios, y el gran Jehová diga que la obra está concluida”1.

Después del martirio del profeta José Smith y de la expulsión de los santos de Nauvoo, la Iglesia se trasladó al Valle del Lago Salado dirigida por Brigham Young. En octubre de 1847, al mismo tiempo que el presidente Young regresaba a Winter Quarters, los santos en el Valle del Lago Salado se reunieron para una conferencia. Ese pequeño grupo contrastaba con los miles de miembros de la Iglesia que todavía quedaban en Winter Quarters y en Gran Bretaña.

Nueve años más tarde, John Young, hermano de Brigham Young, comentó lo siguiente sobre esa reunión: “Me fui caminando hasta donde llevaban a cabo la conferencia y los encontré junto a un pajar. Estaban don John Smith y un pequeño grupo de hombres, que tal vez hayan estado resguardados bajo una tienda, y realizaban la conferencia semi anual de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”2.

El élder Orson Pratt proporcionó una base de las Escrituras para el hecho de encontrarse en un lugar tan remoto3 citando la profecía de Isaías de que “la casa de Jehová… [se establecería] como cabeza de los montes” (véase Isaías 2:2).

En una carta dirigida al élder Orson Hyde, que presidía a los santos de Kanesville, el presidente Brigham Young describió su manera de pensar con respecto a la Iglesia y al destino que le esperaba: “No sentimos temor. Estamos en las manos de nuestro Padre Celestial, el mismo Dios de Abraham y de José, que nos guió a esta tierra, que alimentó con codornices a los santos en las llanuras, que dio a la gente fuerzas para trabajar sin un bocado de pan, que envió a las gaviotas del océano como salvadoras para preservar el trigo para el pan de Su pueblo y que defendió a los santos de la ira de sus enemigos, liberándolos… Vivimos en esa Luz, somos guiados por Su sabiduría y protegidos por Su fortaleza”4.

Más de un siglo después, en la conferencia general de abril de 1976, el presidente Spencer W. Kimball expresó el testimonio de que sabía que la Iglesia era la pequeña piedra cortada del monte, no con manos, que había de llenar toda la tierra, y que se prometía la vida eterna a los que la aceptaran y vivieran de acuerdo con sus preceptos5. En la conferencia de abril de 1979, habló de los templos que llenarían los Estados Unidos “y otras tierras”, de un aumento considerable en el número de misiones y de misioneros y de una gran manifestación de espiritualidad. También se refirió a que todo estaba listo para que los Santos de los Últimos Días lograran cosas que hubieran parecido imposibles en el pasado6. En la conferencia general de octubre del mismo año, el presidente Kimball habló de los problemas que enfrentamos, diciendo: “Hay todavía grandes cometidos, oportunidades gigantescas delante de nosotros. Acepto con gusto esta emocionante perspectiva, y con humildad quiero decirle al Señor: ‘¡Dame este monte! ¡Dame estos cometidos!’”, comparando éstos con los que Caleb y Josué enfrentaron al entrar en la tierra prometida7.

LA IGLESIA CONTINÚA AVANZANDO

El presidente Joseph F. Smith dijo: “No ha sido por la sabiduría del ser humano que este pueblo ha sido dirigido en su curso hasta el presente, sino por la sabiduría de Aquel que está por encima del hombre, cuyo conocimiento es mayor que el del hombre y cuyo poder supera al humano… Quizás la mano del Señor no esté visible para todos; habrá muchos que no puedan discernir el efecto de la voluntad de Dios en el progreso y el desarrollo de esta grandiosa obra de los últimos días; pero están aquellos que en cada hora yen cada momento de la existencia de la Iglesia, desde sus principios hasta ahora, ven la mano soberana y todopoderosa de Aquel que mandó a Su Hijo Unigénito a la tierra para fuera el Sacrificio por los pecados del mundo”8.

El élder G. Homer Durham [de los Setenta] dijo en la conferencia general de abril de 1982: “…a nuestras espaldas hay una gran historia de la Iglesia, pero adelante yacen mayores obstáculos que vencer y una historia más grande que ha de hacer cada uno de los miembros y unidades del Reino. La historia del futuro se hace día tras día, en alguna forma, en Corea, en las Filipinas, a lo largo de la Cordillera de los Andes y en cada una de las estacas de Sión”9.

El élder Neal A. Maxwell hizo este comentario: “Como sabemos por las profecías, la Iglesia será mucho más grande en los últimos días de lo que es ahora (D. y C. 105:31). Sin embargo, ‘sus dominios sobre la faz de la tierra’ serán relativamente pequeños, y sus miembros estarán ‘dispersados sobre toda la superficie de la tierra’… (1 Nefi 14:12, 14)”10. Tal como la levadura en el pan, la Iglesia tendrá gran influencia en los acontecimientos mundiales.

El presidente Ezra Taft Benson dijo a los miembros de la Iglesia que todavía queda mucho por hacer antes de que ésta pueda descansar; que habrá que ablandar el corazón de los gobernantes para que el Evangelio se proclame en sus naciones; que habrá que vencer las ideologías falsas y predicar el mensaje de gozo y salvación de la Iglesia a todos los habitantes de la tierra11.

El testimonio del profeta José Smith de que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que Su antiguo Evangelio se ha restaurado y que la Iglesia de Jesucristo está otra vez a disposición de todo el género humano —el mismo testimonio que él expresó al principio a sus vecinos en el estado de Nueva York— se escucha ahora por todo el mundo en muchos y variados idiomas.

El presidente Gordon B. Hinckley también expresó los siguientes pensamientos: “Hermanos y hermanas, ¿se dan cuenta de lo que poseemos? ¿Reconocen el lugar que ocupamos en el gran drama de la historia humana? Lo que ocurre ahora es el punto central de todo lo que ha ocurrido antes. Esta es la época de restitución. Estos son los días de restauración. Este es el tiempo en que los hombres de la tierra vienen al monte de la casa del Señor para buscar y aprender Sus vías y para andar en Sus senderos. Esta es la suma total de todos los siglos de tiempo desde el nacimiento de Cristo hasta este día actual y maravilloso…

“Han pasado los siglos. La obra de los últimos días del Todopoderoso, de la que hablaron los antiguos, de la que profetizaron apóstoles y profetas, ha llegado. Está aquí. Por alguna razón que desconocemos, pero en la sabiduría de Dios, hemos tenido el privilegio de venir a la tierra en esta gloriosa época. Ha habido un gran florecimiento de la ciencia; se ha abierto una gran oportunidad para el aprendizaje; esta es la época más sobresaliente en el esfuerzo y los logros humanos. Y más importante aún, es la época en que Dios ha hablado de nuevo, en que ha aparecido Su Amado Hijo, en que el sacerdocio divino ha sido restaurado, en que tenemos en nuestras manos otro testamento del Hijo de Dios. ¡Qué época tan gloriosa y maravillosa!…

“Tomando en consideración lo que tenemos y lo que sabemos, debemos ser mejores personas de lo que somos; debemos ser más semejantes a Cristo, perdonar más, y ser de más ayuda y consideración para aquellos que nos rodean.

“Nos encontramos en el cenit de los tiempos, sobrecogidos por un grandioso y solemne sentimiento del pasado. Esta es la dispensación final y última hacia la cual han señalado todas las anteriores. Doy testimonio de la realidad y la veracidad de estas cosas. Ruego que cada uno de nosotros sienta la formidable maravilla de todo ello…

“Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia, y que después que la hayamos recibido, nos bendiga con el deseo de mantenernos erguidos y de caminar con determinación, de manera digna de los santos del Altísimo, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén”12.

NOTAS

  1. History of the Church, 4:450.

  2. En Journal of Discourses, 6:232.

  3. Véase de Breck England, The Life and Thought of Orson Pratt; Salt Lake City: University of Utah Press, 1985, pág. 134.

  4. Carta de Brigham Young a Orson Hyde, 28 de julio de 1850, Departamento Histórico de la Iglesia, Salt Lake City.

  5. Véase “…un reino que no será jamás destruido…”, Liahona, agosto de 1976, pág. 5.

  6. “Fortalezcamos nuestros hogares en contra del mal”, Liahona, agosto de 1979, pág. 4; “Continuemos avanzando y elevándonos”, íbid. págs. 118–123.

  7. “Dame, pues, ahora este monte”, Liahona, enero de 1980, pág. 125.

  8. En “Conference Report”, abril de 1904, pág. 2.

  9. “La historia futura de la Iglesia”, Liahona, julio de 1982, pág. 133.

  10. Neal A. Maxwell, Meek and Lowly; Salt Lake City: Deseret Book Co., 1987, págs. 62–63.

  11. Véase “Nuestra responsabilidad de compartir el Evangelio”, Liahona, julio de 1985, pág. 6.

  12. Véase “En el cenit de los tiempos”, Liahona, enero del 2000, págs. 89–90.