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CAPÍTULO VEINTINUEVE: LA GUERRA DE UTAH
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CAPÍTULO VEINTINUEVE

LA GUERRA DE UTAH

Los Santos de los Últimos Días se consideraban ciudadanos leales de los Estados Unidos y se indignaron sobremanera cuando se enteraron de que un gran ejército estaba en camino a Utah para “aplastar la rebelión mormona”. Con la memoria todavía fresca de las persecuciones anteriores, los colonos volvieron a sentir el temor de que los echaran una vez más de sus hogares; por consiguiente, al saber eso, los santos dedicaron unos meses a prepararse para defenderse, ya que ni los líderes ni los miembros estaban dispuestos a volver a sufrir la opresión.

En el núcleo del conflicto con el gobierno federal había dos problemas principales: la práctica de la pluralidad de esposas y el control de la Iglesia sobre el gobierno territorial. Cuando en 1856 Utah volvió a solicitar la categoría de estado y chocó contra una tremenda oposición, el “problema de los mormones” pasó a formar parte de la política nacional.

El partido Republicano fue fundado en 1854 como grupo político que estaba decididamente en contra de la esclavitud y presentó su primer candidato presidencial en 1856. Parte de su plataforma política consistía en instar al Congreso a prohibir en los territorios lo que consideraba los dos vestigios del barbarismo: la poligamia y la esclavitud. Los demócratas, tratando de no dar la impresión de que favorecían la poligamia por su apoyo a la esclavitud, denunciaron la práctica de los mormones con tanta vehemencia como los republicanos. Durante su campaña presidencial, el candidato demócrata James Buchanan, que ocupó después la presidencia, prometió que si salía electo haría reemplazar a Brigham Young como gobernador de Utah.

Más o menos por la misma época surgieron en Utah conflictos entre los miembros de la Iglesia y algunos funcionarios territoriales descontentos que se tomaron la atribución de tratar de cambiar el estilo de vida de los Santos de los Últimos Días. El agrimensor general, tres agentes de asuntos indígenas, dos jueces del tribunal supremo y el ex director de la oficina postal de los Estados Unidos enviaron cartas a la capital envenenando aún más a los políticos del este con respecto a la Iglesia. El peor daño lo causó el juez adjunto William W. Drummond que, recién llegado a Utah en 1854, entró de inmediato en problemas con los miembros. Atacó el asunto de la jurisdicción de los tribunales locales, que los habitantes consideraban como el medio de defensa legal más importante en los ataques de sus enemigos; por otra parte, era un hombre sin principios morales que se llevó consigo una prostituta de Wahington como concubina, e incluso a veces la hizo sentar junto a sí en el tribunal, mientras él se dedicaba a amonestar a los santos por su “falta de moralidad”. Más adelante se supo que había abandonado a la esposa y los hijos en el Este1.

Una vez, Levi Abrahams, que era un judío converso a la Iglesia, hizo un comentario sobre el carácter del juez; aunque era la verdad, éste mandó a su guardaespaldas a la casa del hermano Abrahams, en Fillmore, para darle una paliza. Más tarde, tanto el juez como su empleado fueron arrestados por asalto con el intento de cometer asesinato. Apenas quedó libre bajo fianza, Drummond huyó a California y de allí a Nueva Orleans, donde hizo pública una carta de renuncia que había escrito al presidente Buchanan; en ella acusaba a los mormones de haber destruido los registros del tribunal supremo territorial, de que sus líderes no respetaban a los funcionarios federales, de que había una banda secreta en Utah que no reconocía otra ley que la palabra de Brigham Young, que habían sido los mormones y no los indios los que habían masacrado a la partida de John W. Gunnison en 1854 y que Utah se hallaba en estado de rebelión2.

Lamentablemente, se dio crédito a las acusaciones del juez, que tuvieron la mayor influencia en el concepto que se formó de la Iglesia el gobierno de Buchanan. Poco después de recibir la carta, el Presidente, sin haber investigado la situación de Utah ni haber comunicado sus intenciones al gobernador Young, nombró a Alfred Cumming, del estado de Georgia, para ser gobernador, y mandó una fuerza militar de dos mil quinientos hombres para escoltarlo hasta Salt Lake City. Las órdenes militares del 18 de mayo de 1857 provinieron del Ministro de Guerra, John B. Floyd, que era enemigo acérrimo de los mormones y que favorecía el empleo de una fuerza militar para controlarlos. No obstante, Lewis Cass, que era el Secretario de Estado, aconsejó al señor Cumming que defendiera la ley pero que no interviniera en el estilo de vida de los mormones3.

Durante todo el verano de 1857 hubo muchos políticos de ambos partidos principales que atacaron verbalmente a los Santos de los Últimos Días y sus supuestos errores; entre ellos el senador Stephen A. Douglas, que estaba esforzándose por ganarse las simpatías de la gente de su estado de Illinois, donde todavía existía el odio hacia los mormones. Los miembros de la Iglesia recibieron la noticia de sus acusaciones como una gran ofensa, pues hasta el momento lo habían considerado un amigo. Recordaron entonces la profecía que le había hecho José Smith al senador en 1843 y la publicaron en el Deseret News. El Profeta había declarado que un día el senador Douglas iba a aspirar a la presidencia de los Estados Unidos, pero que si llegaba a decir una palabra en contra de los Santos de los Últimos Días, iba a “sentir el peso de la mano del Todopoderoso”4. El senador Douglas fue candidato del partido Demócrata a la presidencia en 1860, pero fue derrotado por Abraham Lincoln.

LA REACCIÓN DE LA IGLESIA

El 1º de julio de 1857, los empleados de la compañía de Brigham Young para el reparto de la correspondencia, llamada “Compañía Y. X.”, llegaron a la oficina federal de correos de Independence, Misuri, a recoger el correo5. En el camino les había llamado la atención ver varias caravanas de suministros que se dirigían al Oeste por la ruta principal. En Independence se enteraron de que el gobierno había cancelado el contrato que tenía con la “Compañía Y. X.” y, al mismo tiempo, había mandado a Utah un numeroso ejército federal. Los suministros que habían visto en las caravanas eran para las tropas. Abraham Smoot, alcalde de Salt Lake City y líder de este grupo de miembros fieles, y sus leales compañeros Porter Rockwell y Judson Stoddard, salieron a toda prisa en dirección a Salt Lake City para llevar la noticia; llegaron el 23 de julio y el 24 encontraron a Brigham Young y muchos de los miembros reunidos en el Cañón Big Cottonwood, celebrando los primeros diez años de permanencia en la Gran Cuenca. No queriendo echar a perder la alegría de la ocasión, Brigham Young esperó hasta el atardecer para anunciar los planes del gobierno federal.

Después de meditar sobre la mejor forma de enfrentar esa invasión, los líderes de la Iglesia publicaron una proclamación a los ciudadanos de Utah, escrita en un lenguaje fuerte y directo:

“Nos invade una fuerza hostil, que evidentemente nos ataca con la intención de derrotarnos y destruirnos…

“…El gobierno no se ha dignado a enviar un comité de investigación o algún otro grupo de personas que se encargue de averiguar la verdad, como se acostumbra en estos casos…

“La situación a la que se nos ha forzado nos obliga a recurrir a la gran ley primordial de la autopreservación y disponernos a salir en defensa de nosotros mismos y de nuestros derechos, garantizados por el genio mismo de nuestras instituciones y en los cuales se basa el gobierno. El deber hacia nosotros mismos y hacia nuestras familias nos exige que no nos sometamos mansamente a la expulsión y la muerte sin un intento de defendernos y preservarnos; el deber hacia nuestro país, nuestra santa religión, nuestro Dios y hacia la libertad demanda que no nos quedemos pasivos y silenciosos”6.

La proclamación indicaba tres decisiones: prohibir a las fuerzas armadas que entraran en el territorio de Utah, fueran cuales fueran sus intenciones; tener a todas las fuerzas militares de Utah preparadas para rechazar cualquier invasión; y declarar la ley marcial en todo el territorio7.

A continuación, Brigham Young reunió las tropas territoriales y dio órdenes de que no se vendieran granos ni otras provisiones a los inmigrantes y especuladores de tierras que estuvieran en tránsito. Mandó construir fortificaciones y apartó grupos de hombres cuyo objeto sería molestar al ejército que se acercaba y a las caravanas de suministros militares; también envió una expedición a buscar otra localidad apropiada para establecerse en caso de que los santos tuvieran que abandonar otra vez el lugar donde estaban; al mismo tiempo, se llamó a los misioneros y a los colonos que se hallaban en regiones distantes para que regresaran de inmediato con el fin de ayudar en la defensa. Además, se condujo a todas las compañías que estaban todavía de viaje por las planicies para que llegaran a salvo al valle, y se cancelaron todos los planes de emigración para la temporada siguiente.

El gobernador Young comisionó a Samuel W. Richards para llevar una carta al presidente Buchanan informándole que no se permitiría a su ejército entrar en Utah hasta que se hicieran arreglos satisfactorios por medio de una comisión de paz; también le dio otra carta para el buen amigo de los santos Thomas L. Kane, en la que le pedía que interviniera con el gobierno en favor de la Iglesia. El élder Richards fue además a Nueva York, donde fue entrevistado por el periódico New York Times, que publicó el punto de vista de los miembros de la Iglesia “sin prejuicios”8.

El 7 de septiembre llegó a Salt Lake City el capitán Stewart Van Vliet, del servicio de intendencia, con el fin de hacer arreglos para adquirir para el ejército que se acercaba alimentos para los hombres y forraje para los animales. Él intentó asegurar a los líderes de la Iglesia que el ejército venía con intenciones pacíficas; ese era el primer contacto oficial que habían tenido los miembros con los militares o con el gobierno desde que habían surgido los nuevos problemas. Lo trataron con amabilidad y habló con los líderes de la Iglesia e inspeccionó los preparativos que habían hecho para defenderse; después, asistió a una reunión pública en el viejo tabernáculo, donde escuchó a varias personas que relataron las persecuciones sufridas en Misuri e Illinois. Los discursantes insistieron en que todos estaban dispuestos a quemar sus casas, destruir las cosechas y defenderse de las tropas antes de permitir que éstas entraran en el valle. Los santos prometieron total apoyo a la decisión que había tomado Brigham Young de resistir9.

El capitán Van Vliet se convenció de que los mormones no se habían levantado en una rebelión contra el gobierno de los Estados Unidos, sino que se sentían justificados en defenderse de cualquier invasión militar que consideraran injusta. Al serle imposible hacer arreglos para la llegada de las tropas, regresó a donde estaba el ejército y de allí partió para la ciudad de Washington, donde se volvió partidario entusiasta de una reconciliación pacífica; iba acompañado del delegado de Utah ante el Congreso, John M. Bernhisel, que llevaba más cartas para Thomas L. Kane.

Entretanto, Brigham Young siguió poniendo en práctica sus planes. A mediados de septiembre de 1857, declaró la ley marcial y prohibió la entrada de las fuerzas armadas en el territorio; además, dio órdenes a la Legión de Nauvoo de prepararse para la invasión. En casi todas las comunidades de Utah se aceleraron los preparativos para la defensa. Los obispos de las poblaciones también recibieron instrucciones de prepararse para prender fuego a todo si surgía un conflicto bélico.

LA MASACRE DE MOUNTAIN MEADOWS

La misma semana en que el capitán Van Vliet llegó a Salt Lake City, a unos quinientos kilómetros hacia el sur tuvo lugar un trágico acontecimiento que se puede comprender mejor si se considera el ambiente belicoso que cundía por todo el territorio debido a la aproximación de las tropas federales. Tan pronto como se supo que llegaba un ejército, George A. Smith, que era responsable de las colonias del sur, se dirigió allá para organizar y preparar a las tropas y poner a la región en estado de alerta10.

Más o menos por esos días, la caravana de Francher iba atravesando la parte central de Utah; era una compañía de emigrantes compuesta de varias familias procedentes de Arkansas y de un grupo de hombres que se habían dado el nombre de “Gatos salvajes” de Misuri; iban hacia California por la ruta del sur debido a que ya estaba muy avanzada la estación11. Por estar Utah bajo la ley marcial, a la caravana no le fue posible comprar cereales y otros suministros; no obstante, algunos de los viajeros robaron a los granjeros locales. Entre ellos hubo quienes se jactaban de haber tomado parte en la masacre de Haun’s Mill, en el asesinato de José Smith y en otros actos de persecución de los mormones. A la vez, entre los colonos hubo algunos que relacionaron al grupo de Arkansas con el reciente asesinato brutal del élder Parley P. Pratt, ocurrido en ese estado; y otros miembros pensaron que la caravana era una partida de exploración o reconocimiento que iba delante del ejército12.

Los problemas que había con los indios en el sur de Utah también complicaron la situación; los miembros se habían esforzado por cultivar buenas relaciones con los indios, pero todavía existía el peligro. Los indígenas llamaban “mericats” a cualquier estadounidense que pasara por Utah, y desconfiaban por completo de ellos; por otra parte, llamaban “mormonee” a los miembros de la Iglesia, con quienes generalmente simpatizaban. Sin embargo, todavía existía la posibilidad de que se volvieran en contra de los colonos mormones13.

El martes 7 de septiembre una banda de indios atacó a la caravana de Francher, que había acampado a menos de sesenta kilómetros de Cedar City. Los emigrantes estaban bien armados y los atacantes se vieron obligados a batirse en retirada.

Los habitantes de Cedar City, mientras tanto, se habían reunido para decidir qué hacer con respecto a la caravana, y algunos de los de genio más violento opinaron que debía aniquilarse a los emigrantes, por temor de que se unieran a una tropa de California para pelear contra los santos, como habían amenazado públicamente hacer. Pero al fin se resolvió despachar a un mensajero, James Haslam, para pedir consejo a Brigham Young. Casi sin dormir ni descansar en el camino, el hermano Haslam llegó a Salt Lake City en sólo tres días y emprendió el regreso con una carta del presidente Young en la que exhortaba a los miembros a dejar que los emigrantes siguieran en paz su camino. Cuando partía de Salt Lake City, Brigham Young le dijo: “Vuelva a toda velocidad, sin reparar en los caballos. Los emigrantes no deben ser estorbados, aunque todo el condado tenga que intervenir para evitarlo. Deben seguir libremente y sin que se les moleste”14. El hermano Haslam se apresuró a regresar a Cedar City, pero llegó el domingo 13 de septiembre, dos días demasiado tarde.

A John D. Lee, a quien Brigham Young había nombrado “granjero a cargo de los indios” en ausencia de Jacob Hamblin, el agente a cargo de los asuntos indígenas, se le había enviado a tranquilizar a los indios; llegó al campamento poco después de haber tenido lugar la pelea entre los indios y los emigrantes, y los encontró en un estado de enardecimiento por lo ocurrido, hallándose él mismo en una situación peligrosa por ser el único hombre blanco que había allí. Al fin, después de convencerlos de que obtendrían la revancha, los indios lo dejaron ir.

Esa misma noche, más tarde, llegaron al campamento más indios acompañados de unos cuantos hombres blancos de Cedar City. Durante la noche se urdió un plan diabólico, destinado en parte a aplacar a los indígenas iracundos. Al día siguiente, la mañana del 11 de septiembre, los blancos fueron a prometer protección a los emigrantes a condición de que rindieran las armas. A continuación, los hombres de la milicia del condado de Iron, siguiendo órdenes de sus comandantes locales, mataron a todos los hombres mientras los indios mataban a las mujeres y a los niños mayores, un total de aproximadamente ciento veinte personas. Sólo salvaron la vida de dieciocho niños pequeñitos, que más tarde, con intervención del gobierno, fueron devueltos a familiares que vivían en el Este15.

Al terminar la masacre, enterraron a los muertos en tumbas de poca profundidad y se intercambiaron la promesa de echar la culpa de todo a los indios. Más de dos semanas después, mandaron a John D. Lee a Salt Lake City con el fin de informar a Brigham Young sobre el suceso, y Lee acusó a los indios de lo ocurrido, tal como habían acordado. Pero cuando Brigham Young se enteró de que algunos miembros de la tropa del condado de Iron habían tenido plena participación en el asunto, le ofreció al gobernador Alfred Cumming su apoyo total en una investigación; sin embargo, nada llegó a investigarse, porque los mormones habían recibido un perdón completo de todo crimen del que se les hubiera acusado en la guerra de Utah16.

Los rumores y las acusaciones continuaron circulando durante las dos décadas siguientes, y al fin el caso fue llevado ante un tribunal de justicia en la década de 1870. John D. Lee, que había sido uno de los principales participantes, pero que por cierto no era el único oficial responsable del crimen, fue el único Santo de los Últimos Días al que llevaron a juicio. Se le hicieron dos tribunales; en el primero, no hubo acuerdo en el jurado. En el segundo, en septiembre de 1876, fue condenado y un año después un grupo de oficiales federales lo llevaron a Mountain Meadows, donde lo ejecutaron17.

SE EVITA LA GUERRA

Cuando ocurrió la tragedia de Mountain Meadows, el ejército de los Estados Unidos se acercaba a la zona que se llama South Pass, que está en lo que ahora es el estado de Wyoming18; iba bajo el mando provisional del teniente coronel Edmund B. Alexander. Dos soldados de la milicia de Utah, haciéndose pasar por emigrantes que iban a California, se mezclaron con las tropas y escucharon las amenazas proferidas en contra de los mormones, que no representaban las instrucciones oficiales que había recibido el ejército pero que causaron a los líderes de la Iglesia temor de que surgiera una confrontación. Los mormones que estaban en misión de reconocimiento observaron los movimientos de las tropas durante toda la marcha.

Después que el gobernador Young declaró la ley marcial en septiembre, el general Daniel H. Wells de la Legión de Nauvoo mandó a unos mil cien hombres al Cañón Echo, que estaba al este de la ciudad y era un desfiladero de las montañas de la ruta hacia Salt Lake City; los soldados construyeron muros y cavaron trincheras desde los cuales pudieran disparar; también aflojaron enormes rocas que fueran fáciles de aflojar y dejar caer sobre las tropas, y prepararon zanjas y embalses que se pudieran abrir para inundar el camino del enemigo.

Se envió al este de Utah (que es ahora el oeste de Wyoming) a un grupo de cuarenta y cuatro hombres, que formaban parte de la Legión de Nauvoo, bajo la dirección del mayor Lot Smith, con el fin de molestar al ejército que se acercaba. Entre otras órdenes, llevaban instrucciones de que “al ubicar a las tropas e indagar su ruta, deben proceder a molestarlas de toda forma posible. Deben emplear todo esfuerzo por hacer que sus animales salgan de estampida y prender fuego a las carretas. Deben quemar todo el campo, por delante y a los flancos. Deben impedirles dormir de noche cayéndoles encima de sorpresa… No deben quitar la vida a nadie, pero sí destruir sus caravanas de carretas y dispersar sus animales en toda oportunidad posible”19.

La noche del 4 de octubre, el mayor Smith y otros veinte hombres se echaron encima de una caravana que iba a la cabeza llevando carga del ejército. A los carreteros les pareció que sus atacantes eran una tropa numerosa y, gracias a esa impresión, no hubo dificultad en hacerles abandonar las carretas cuando se les dio órdenes de que lo hicieran. Uno de los mormones, James Terry, escribió en su diario: “Nunca he visto un montón de hombres tan asustados como aquellos hasta que se enteraron de que no los íbamos a lastimar. Entonces empezaron a reírse y a decir que se alegraban de que fuéramos a quemar las carretas, así no tenían que seguir azuzando a los bueyes. Se permitió a los hombres que sacaran de las carretas la ropa y armas de su propiedad, y después éstas se quemaron”20.

A la mañana siguiente, Lot Smith y sus hombres se toparon con otra caravana, cargada con suministros, que iba en dirección al valle. Una vez que desarmaron a los carreteros, el hermano Smith cabalgó un poco más adelante, hasta donde estaba el capitán tratando de encerrar al ganado, y le mandó que entregara sus pistolas. El capitán le respondió: “ ‘Ningún hombre me las ha sacado todavía, y si usted cree que puede hacerlo sin matarme primero, inténtelo’. Todo ese tiempo íbamos cabalgando hacia las carretas, con las narices casi pegándose una con la otra, como dos perros; sus ojos despedían llamas; los míos, no podía vérmelos. Le dije que admiraba a un hombre valiente, pero que no me gustaba derramar sangre. ‘Usted insiste en que lo mate, lo cual no me llevaría más de un minuto, pero no quiero hacerlo’. En ese momento habíamos llegado a las carretas y, viendo que sus hombres estaban bajo guardia, se rindió, diciéndome: ‘Veo que estoy en desventaja, con mis hombres desarmados’. Le contesté que yo no necesitaba ventaja alguna y le pregunté qué haría si les devolvíamos las armas. ‘¡Pelear con ustedes!’, dijo. ‘Entonces’, le respondí, ‘también nosotros sabemos pelear. ¡Tomen sus armas!’ Pero sus hombres exclamaron: ‘¡Ni pensarlo! Vinimos a conducir carretas y azuzar bueyes, no a pelear’. ‘Bueno, Simpson’, le dije, ‘¿qué opina de eso?’ ‘¡Malditos!’, masculló violentamente rechinando los dientes. ‘Si esto hubiera pasado antes y se hubieran negado a pelear, ¡yo mismo habría matado a cada uno de ellos!’ ”21.

En ese y otros encuentros que le siguieron, los soldados mormones quemaron un total de setenta y cuatro carretas que contenían los suministros necesarios para equipar al ejército durante tres meses. También capturaron mil cuatrocientas cabezas de ganado, de las dos mil que llevaba la expedición. La milicia del mayor Smith colaboró también en la quema de los dos puestos intermedios principales de los mormones: Fort Bridger y Fort Supply, que las fuerzas del gobierno tenían la intención de ocupar.

Esas tácticas dieron tanto resultado para retrasar al ejército que cuando el coronel Albert Sidney Johnson (que al poco tiempo ascendió a General), que era el oficial al mando, a principios de noviembre llegó por fin a donde estaban las tropas, ya era evidente que la estación estaba demasiado avanzada para llegar a Salt Lake City. Las tropas tuvieron que andar quince días trabajosamente, enfrentando tormentas y temperaturas extremas, para recorrer los cincuenta y seis kilómetros de distancia hasta Fort Bridger, el cual encontraron quemado. Dos mil quinientos soldados, aproximadamente, cientos de funcionarios civiles (incluso el gobernador Cumming y su esposa), fletadores y otras personas que los seguían tuvieron que pasar un riguroso invierno en el oeste de Wyoming, en una población formada por tiendas de campaña y refugios improvisados, a la que llamaron Camp Scott, y en una comunidad recientemente creada “ ‘Eckelsville’, llamada así en honor del nuevo juez del territorio”22. Mientras esto sucedía, en el Este la prensa había empezado a publicar opiniones que indicaban un cambio de idea con respecto a la situación, y tanto el presidente James Buchanan en la ciudad de Washington, como el presidente Brigham Young en Utah habían comenzado a sopesar las opciones para el nuevo año, 185823.

SE ESTABLECE LA PAZ

A principios del invierno, tres hombres de influencia —el capitán Stewart Van Vliet, el delegado de Utah ante el congreso John M. Bernhisel, y el coronel Thomas L. Kane— fueron a ver al presidente Buchanan en Washington24 y lo instaron a mandar una comisión investigadora a Utah. Como no deseaba hacer eso todavía, el Presidente dio al coronel Kane, en forma no oficial, la asignación de ir a Salt Lake City para tratar de negociar una solución pacífica25. El coronel partió en un vapor que salió de Nueva York en enero de 1858, viajando a California vía Panamá y costeando él mismo los gastos del viaje; hizo la travesía de incógnito, utilizando el nombre “Dr. Osborne”, para evitar que alguien se enterara de sus intenciones.

El coronel Kane llegó el 25 de febrero a Salt Lake City, donde se le recibió muy cordialmente. Una vez allí, por un tiempo mantuvo en secreto su identidad, excepto con las autoridades principales de la Iglesia, con el fin de averiguar si los santos seguían siendo amables con los extraños en 1858 como lo habían sido con él hacía diez años en Winter Quarters. Brigham Young y otros líderes de la Iglesia estaban seguros de que Dios lo había enviado. Después de haber tenido varias reuniones con ellos, el coronel los convenció de que permitieran que el nuevo gobernador, Alfred Cumming, entrara al Territorio de Utah sin inconvenientes. No obstante, Brigham Young insistió en que el ejército no lo acompañara.

A principios de marzo, acompañado por una escolta de soldados mormones, el capitán Kane, que estaba en mal estado de salud, viajó hasta Camp Scott en medio de un frío terrible. Al acercarse al campamento, despidió a la pequeña tropa y continuó solo su camino. Cuando iba llegando, uno de los guardias le disparó y estuvo a punto de herirlo; él continuó y valientemente se identificó; después de mucho discutir, consiguió que le permitieran ver al gobernador Cumming, a quien persuadió de que el pueblo de Utah lo reconocería como el nuevo gobernador del territorio y de que los mormones no se hallaban en estado de rebelión contra el gobierno. Por otra parte, le explicó que no permitirían la entrada ni la permanencia del ejército en el Valle del Lago Salado.

En abril, el coronel Kane y el gobernador Cumming salieron de Camp Scott sin escolta militar. Cuando el señor Cumming llegó a Salt Lake City, se dio cuenta de que el coronel tenía razón, pues la gente lo trató con dignidad y respeto; Brigham Young le hizo entrega del sello y los registros territoriales y, después de varias reuniones surgió una buena atmósfera de cordialidad. Durante los tres años siguientes, el gobernador desempeñó sus funciones con tacto y diplomacia y se conquistó el respeto y la confianza de la gente. El coronel Thomas L. Kane, a su vez, se ganó la gratitud imperecedera de los Santos de los Últimos Días por sus esfuerzos en las negociaciones.

Antes de que el coronel y el gobernador llegaran a Salt Lake City, los líderes de la Iglesia se habían reunido en un “consejo de guerra” y habían resuelto que los miembros que se encontraban en el norte de Utah abandonaran sus hogares y se mudaran al valle para evitar el conflicto que pensaban surgiría cuando el ejército de los Estados Unidos llegara. Brigham Young afirmó lo siguiente: “Antes que ver a mis esposas e hijas violadas y manchadas y las semillas de la corrupción sembradas en el corazón de mis hijos por la brutal soldadesca, dejaría mi casa convertida en cenizas, mis jardines y huertos devastados, y subsistiría de raíces y de hierbas, vagando por estas montañas por el resto de mi vida terrenal”26.

Para esa “mudanza”, se dividió a la Iglesia en tres grupos: (1) Los miembros que ya vivían en el sur de Utah no se moverían, pero debían mandar al norte carromatos, yuntas de animales y carreteros para ayudar en la mudanza. (2) Los miembros jóvenes y vigorosos que vivían en el norte se quedarían para regar campos y huertos, proteger las propiedades y, si era necesario, prender fuego a las casas, que ya estaban llenas de paja. Y (3), unos treinta y cinco mil santos que vivían al norte del Valle de Utah debían mudarse. Se asignó a cada barrio una porción de tierra en alguno de los cuatro condados que estaban al sur del condado de Salt Lake. Las provisiones se trasladarían primero, y luego las familias.

La mudanza se llevó a cabo en un orden militar estricto, con los barrios organizados en grupos de diez, cincuenta y cien, cada uno con un capitán. Las familias debían transportar los muebles que quisieran llevar, además de los alimentos y la ropa. Una jovencita escribió esto: “Empacamos todo lo que teníamos en el único carromato de mi padre y quedamos a la espera de la orden de partida. De noche nos acostábamos sin saber cuándo recibiríamos la noticia del ejército que pensábamos que venía a destruirnos…

“…Una mañana, papá nos dijo que al atardecer saldríamos con una compañía grande…

“Al mediodía, papá desparramó hojas secas y paja por todos los cuartos, y le oí decir: ‘No te preocupes, hijita. Esta casa que nos ha dado refugio jamás los refugiará a ellos’ ”27.

Una jovencita que vivía en Centerville, Utah, llamada Hulda Cordelia Thurston, comentó lo siguiente con respecto a la difícil mudanza: “En la primavera de 1858 nos mudamos, cuando tuvo lugar el gran éxodo mormón. Fuimos hacia el sur hasta llegar a Spanish Fork, y en las tierras bajas encontramos buen alimento para los animales y una abundancia de pescado en el río. En aquella época, toda la gente que vivía al norte del Valle de Utah se mudó hacia el sur, dejando atrás sus casas y llevándose muebles, implementos de granja, de hecho, todas sus posesiones, sin saber adónde iban ni cuál sería su destino…

“Nunca olvidaré las penurias y la pobreza de la gente durante ese éxodo. He visto a hombres con pantalones hechos de alfombras viejas y con los pies envueltos en arpillera o en trapos. Las hermanas cosían trozos de tela y se hacían mocasines; muchas mujeres y niños andaban descalzos. Una hermana vecina, que tenía siete hijos, le dijo a mi mamá que, aparte de la ropa que llevaban puesta, el resto de la ropa de toda la familia podía ponerse en un atado hecho con un pañuelo grande. El sábado al atardecer hacía que los niños se metieran en la cama temprano para poder reparar, lavar y planchar la ropa para el domingo. Casi toda la gente era muy pobre, pues habíamos tenido varios años de malas cosechas debido a la plaga de langostas”28. Al llegar a destino, las familias tenían que vivir en las cajas de los carromatos, cubiertas con toldos gruesos, en tiendas de campaña, en cuevas excavadas en la colina o en chozas provisionales hechas de tablones de madera.

El departamento de obras públicas se llevó o enterró los registros y los bienes de la Iglesia. Un grupo de hombres se encargó de esconder toda la piedra que ya se había cortado para construir el Templo de Salt Lake; luego cubrieron los cimientos con tierra, haciendo que el terreno pareciera recién arado a fin de que no dañaran lo que se había hecho. Otro grupo empacó en recipientes todo el grano del diezmo y transportó un volumen de setecientos mil litros a algunos graneros especialmente construidos en Provo. Las máquinas y otras piezas de equipo se transportaron en caravanas de carretas y se guardaron en depósitos y galpones construidos rápidamente para ese propósito.

El traslado hacia el sur llevó casi dos meses y concluyó a mediados de mayo; durante las dos primeras semanas, diariamente pasaron por Salt Lake City unos seiscientos carromatos; se calcula que treinta mil miembros de la Iglesia abandonaron sus casas en Salt Lake y las colonias del norte29. El gobernador Cumming y su esposa les rogaron que no lo hicieran, pero los santos optaron por obedecer la voz de su Profeta. El éxodo de una cantidad tan numerosa de personas hizo que la gente, tanto en el país como en el extranjero, prestara más atención a la Iglesia. El periódico London Times comentó: “Hemos oído que se han embarcado en una jornada de más de ochocientos kilómetros a través de un desierto desconocido”. Y el New York Times afirmó: “Tenemos la certeza de que sería imprudente tratar el mormonismo como una molestia que debe ser combatida por una cuadrilla armada”30.

Ese movimiento fue desfavorable para el gobierno de los Estados Unidos ante la opinión pública, que lo consideró en persecución de una gente inocente; por otra parte, demostró la habilidad de dirigente que Brigham Young poseía.

Felizmente, las negociaciones entre el gobierno y la Iglesia mantuvieron alejado al ejército. En los primeros meses de 1858, el presidente Buchanan decidió mandar a Utah una comisión de paz; a principios de junio llegaron a Salt Lake City dos comisionados, Ben McCulloch y Lazarus W. Powell, como portadores de una oferta de amnistía para los santos, siempre que éstos estuvieran dispuestos a reafirmar su lealtad al gobierno federal. Los líderes de la Iglesia se indignaron ante esa proposición puesto que los miembros jamás habían sido desleales. Sin embargo, después de varias sesiones de negociación, se convencieron de que estaba bien aceptar la amnistía, por las molestias que el grupo de la Legión de Nauvoo había causado al ejército tratando de mantenerlo alejado del valle. Uno de los acuerdos a que llegaron los líderes y la comisión de paz fue que permitirían que las tropas entraran pacíficamente en la capital, y que luego procedieran a establecer un puesto militar federal en las afueras, por lo menos a una distancia de sesenta y cinco kilómetros de Salt Lake City y de Provo.

El 26 de junio de 1858, el ejército entró en la ciudad, que estaba silenciosa y casi desierta. Mientras marchaban, iban cantando una canción favorita de los soldados, vulgar y grosera, de la que se dice que tenía mil estrofas, la mayoría de ellas imposibles de publicar por su obscenidad31. Fue necesario dar a la banda la orden de detenerse y tocar en honor del Gobernador Cumming, lo cual hicieron con cierta desgana pues estaban convencidos de que simpatizaba con la causa de los Santos de los Últimos Días. En la ciudad, sólo quedaban unos pocos miembros que habían permanecido con el fin de incendiarla si el ejército no cumplía el compromiso de respetar las propiedades. Los que se habían quedado en la ciudad presenciaron el gesto del teniente coronel Philip St. George Cook cuando se quitó el sombrero y se lo puso contra el pecho como señal de respeto hacia los soldados a quienes había comandado en la larga marcha del Batallón Mormón. A los pocos días, el general Johnston condujo sus tropas hasta el Valle de Cedar, al oeste del lago Utah, donde estableció el Campamento Floyd, nombrado así por el que era entonces Ministro de Guerra. El 1º de julio, Brigham Young autorizó el regreso de los empobrecidos santos a sus hogares.

LA OCUPACIÓN DEL EJÉRCITO

Durante todo el tiempo que el ejército permaneció en el territorio existía tensión entre los soldados y los miembros de la Iglesia, pero felizmente no surgieron problemas graves que no pudieran resolverse, debido, en gran parte, a la prudencia del general Johnston que, aunque no sentía particular aprecio por los mormones, reconocía la importancia de mantener el orden en sus tropas.

El ejército tuvo, en realidad, una mala influencia en la gente de Utah por el hecho de introducir diversos vicios entre sus habitantes. Muchas veces había peleas en las calles de Salt Lake City y los pueblos vecinos, que surgían entre los jugadores, los carreteros y otros que se habían juntado con el campamento militar; también se establecieron bares y casas de prostitución en Utah, y, durante un tiempo, a la calle “Main” de Salt Lake City se llamó “Calle del Whisky”. De ese modo se vio dañado el sistema social que los santos habían creado y que prevalecía hasta ese entonces. El Valley Tan, periódico decididamente antimormón, empezó a publicarse en noviembre de 1858 y continuó imprimiéndose durante dieciséis meses; en él, se acusaba de asesinos y traidores a los habitantes del territorio de Utah. El periódico circulaba principalmente en Camp Floyd. Era obvio que había llegado a su fin el aislamiento en que habían vivido los santos con respecto a la supuesta “civilización” de otras partes. La presencia de las tropas era un símbolo del creciente número de gentiles que iría a vivir entre ellos32.

Junto con el ejército, llegaron a Utah tres jueces nuevos de los Estados Unidos, que trataron por todos los medios de poner obstáculos al estilo de vida de los Santos de los Últimos Días; uno de ellos, John Cradlebaugh, contando con el consentimiento del general Johnston, se llevó un batallón de mil soldados a Provo para ayudarle en los tribunales; esto provocó extremada agitación entre la gente del pueblo, a tal punto que habría podido fácilmente llegar a una confrontación. Gracias a los esfuerzos del gobernador Cumming y de otras personas de influencia, el gobierno de Washington ordenó que las tropas regresaran a Camp Floyd, con lo cual se puso fin a esa crisis33.

A pesar de esos inconvenientes, la permanencia del ejército en Utah llegó a ser de gran beneficio económico para los miembros. Una pequeña comunidad llamada Fairfield, establecida en 1855 por John Carson y muy próxima a Camp Floyd, creció hasta tener una población de siete mil habitantes; muchos de los lugareños encontraron buen mercado para sus productos. Cuando las tropas abandonaron por fin el fuerte, en el verano de 1861, hubo una venta de artículos sobrantes que tenían un valor de aproximadamente cuatro millones de dólares y se vendieron por una fracción de su precio real. El gobierno llevó a cabo una venta de sobrantes de guerra que dio un refuerzo económico a la prosperidad de Utah. El 27 de julio de 1861, el coronel Cooke presentó de regalo a Brigham Young el asta de la bandera del campamento militar; el presidente Young la hizo colocar en una colina junto a la “Casa del León”, y durante muchos años flameó en ella la bandera de los Estados Unidos34. Además, hubo unos cuantos soldados que se interesaron en la religión de los Santos de los Últimos Días y terminaron bautizándose en la Iglesia.

De 1859 a 1861, poco a poco y discretamente se empezó otra vez a enviar misioneros para llevar las buenas nuevas a los habitantes de la tierra y animar a los santos a congregarse en Sión. Una vez más fueron los élderes a predicar en los Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña y Europa occidental; en 1859 empezó de nuevo la emigración, tanto con carromatos como con carros de mano, y se intensificó en 1860. Nuevamente el presidente Young comenzó otro período de expansión geográfica en el territorio; no hizo intentos por restablecer las colonias más alejadas, como San Bernardino y Fort Lemhi, sino que, en cambio, fue extendiendo gradualmente los límites de las colonias agrícolas en los valles de las montañas. En 1859 se fundaron treinta colonias nuevas, y en 1860 otras dieciséis; ese movimiento continuó durante toda esa década. La mayoría de las comunidades recién fundadas estaban en los valles de Cache y Bear Lake, de la parte norte de Utah y sur de Idaho, así como en los valles de Wasatch, Sevier y Sanpete.

NOTAS

  1. Los tres párrafos anteriores se tomaron de la obra de James B. Allen y Glen M. Leonard, The Story of the Latter-day Saints. Salt Lake City: Deseret Book Co., 1976, págs. 296–298; Eugene E. Campbell, “Governmental Beginnings”, citado por Richard D. Poll y otros ed. en Utah’s History, 2a ed. Logan, Utah: Utah State University Press, 1989, pág. 165.

  2. B. H. Roberts, A Comprehensive History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, Century One, 6 tomos; Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1930, 4:202–203.

  3. Campbell, “Governmental Beginnings”, pág. 166.

  4. “History of Joseph Smith”, Deseret News, 24 de septiembre de 1856, pág. 225.

  5. Sección tomada de la obra de Leonard J. Arrington, Brigham Young: American Moses. Nueva York: Alfred A. Knopf, 1985, págs. 250–251, 253–255; Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 300–303; Campbell, “Governmental Beginnings”, págs. 166–167.

  6. Citado en “Citizens of Utah”, Pioneer and Democrat, 1º de enero de 1858, pág. 2.

  7. Véase “Citizens of Utah”, pág. 2.

  8. Citado por Roberts, en A Comprehensive History of the Church, 4:242.

  9. Tomado de la obra de Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 301–302.

  10. Los dos párrafos anteriores se tomaron de la obra de Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 303–304.

  11. Campbell, “Governmental Beginnings”, pág. 170.

  12. Tomado de la obra de Arrington, Brigham Young: American Moses, págs. 257–258.

  13. Tomado de la obra de Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, pág. 304.

  14. Citado por Roberts, en Comprehensive History of the Church…, 4:150.

  15. Tomado de la obra de Campbell, “Governmental Beginnings”, pág. 171.

  16. Tomado de la obra de Arrington, Brigham Young: American Moses, pág. 260.

  17. Citado por Roberts, en Comprehensive History of the Church…, 5:605–607.

  18. Sección tomada de la obra de Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 301, 306–307.

  19. Citado por Arrington, en Brigham Young: American Moses; pág. 255.

  20. James Parshall Terry, “Utah War Incidents”, en Voices from the Past: Diaries, Journals, and Autobiographies, Campus Education Week Program; Provo: Brigham Young University Press, 1980, pág. 66.

  21. Citado por Roberts, en Comprehensive History of the Church…, 4:284.

  22. Roberts, Comprehensive History of the Church…, 4:314.

  23. Campbell, “Governmental Beginnings”, pág. 168.

  24. Sección tomada de la obra de Arrington, Brigham Young: American Moses, págs. 261–267, 272, 274–275; Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 307–309.

  25. Campbell, “Governmental Beginnings”, pág. 168.

  26. Carta de Brigham Young al élder W. I. Appleby, fechada el 6 de enero de 1858, en Brigham Young Letterpress copybooks, mecanografiado, Departamento Histórico de la Iglesia SUD, Salt Lake City.

  27. Citado por E. Cecil McGavin, en U. S. Soldiers Invade Utah; Boston: Meador Publishing Co., 1937, pág. 216.

  28. Hulda Cordelia Thurston Smith, “Sketch of the life of Jefferson Thurston”, julio de 1921, mecanografiado; Daughters of the Utah Pioneers Museum, Salt Lake City, págs. 17–18.

  29. Véase, de Hubert Howe Bancroft, History of Utah; Salt Lake City: Bookcraft, 1964, pág. 535.

  30. Citado por Bancroft, en History of Utah, pág. 536.

  31. Véase, de James M. Merrill, Spurs to Glory: The Story of the United States Cavalry; Chicago: Rand McNally and Co., 1966, pág. 102.

  32. Tomado de la obra de Allen y Leonard, The Story of the Latter-day Saints, págs. 309–310; Roberts, Comprehensive History of The Church…, 4:521–522.

  33. Tomado de la obra de Arrington, Brigham Young: American Moses, págs. 276, 278.

  34. Véase, de Roberts, Comprehensive History of the Church…, 4:540–541.

Historia

Fecha

 

Acontecimientos importantes

24 de julio de 1857

Brigham Young y los santos se enteran de que un ejército de los EE.UU. está en camino a Utah.

7 de septiembre de 1857

El capitán Stewart Van Vliet llega a Salt Lake City con la intención de comprar provisiones para el ejército.

11 de septiembre de 1857

Ocurre la masacre de Mountain Meadows, cerca de Cedar City.

15 de septiembre de 1857

El gobernador Brigham Young declara la ley marcial en Utah.

Octubre de 1857

Lot Smith y otros atacan las carretas con los suministros para el ejército.

Invierno de 1857 a 1858

El ejército de Johnston acampa en Camp Scott.

Febrero a abril, 1858

El coronel Thomas L. Kane interviene con éxito en las negociaciones entre los líderes de la Iglesia y el gobernador Alfred Cumming.

Marzo a mayo, 1858

Los colonos del norte de Utah inician su “éxodo” al sur.

Junio de 1858

Una comisión de paz ofrece la “amnistía” a la Iglesia.

26 de Junio de 1858

El ejército de Johnston pasa por Salt Lake City.

Alfred Cumming

Alfred Cumming (1802–1873) fue gobernador del territorio de Utah desde 1858 hasta 1861. Antes de ese nombramiento, había desempeñado el cargo de alcalde de Augusta, Georgia, en 1836.

Cortesía de la Sociedad Histórica del estado de Utah.

George A. Smith

George A. Smith (1817–1875) tomó parte en el Campo de Sión, fue misionero, Apóstol, consejero en la Primera Presidencia de la Iglesia, historiador de la Iglesia y miembro de la legislatura de Utah. Era primo del profeta José Smith.

James Holt Haslam

James Holt Haslam (1825–1913) nació en Bolton, Inglaterra, y llegó a Utah en 1851, estableciéndose en Cedar City; más adelante se mudó a Wellsville, en el norte del estado, donde vivió por el resto de sus días.

Lot Smith

Lot Smith (1830–1892) fue soldado del Batallón Mormón cuando sólo tenía dieciséis años. En 1869 se le llamó a cumplir una misión en Inglaterra. Más tarde fue presidente de la Estaca Little Colorado durante diez años.

Albert Sidney Johnston

Albert Sidney Johnston (1803–1862) era del estado de Kentucky. Se graduó de la academia militar West Point en 1826, y peleó en la guerra “Black Hawk” y después con el ejército de la República de Texas. Durante la Guerra Civil, fue general del ejército confederado y murió en la Batalla de Shiloh.

Courtesy of Utah State Historical Society

Valley Tan newspaper

Membrete del periódico Valley Tan.