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CAPÍTULO TRECE: LA GLORIOSA ÉPOCA DE KIRTLAND, 1834–1836
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CAPÍTULO TRECE

LA GLORIOSA ÉPOCA DE KIRTLAND, 1834–1836

En agosto de 1834, José Smith y casi todos sus compañeros del Campo de Sión ya habían regresado a sus hogares. Después de su intento de ayudar a los santos de Misuri, los miembros de Ohio volvieron a concentrarse en edificar el Reino de Dios en su propia región. Los dos años siguientes fueron de relativa paz para ellos; en ese período ocurrieron una cantidad de sucesos significativos y de efecto a largo plazo en la organización de la Iglesia, la doctrina, las Escrituras y la obra del templo.

LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA SE EXPANDE

El 5 de diciembre de 1834 el profeta José Smith ordenó a Oliver Cowdery como Presidente Auxiliar de la Iglesia1. Él había estado con el Profeta cuando se restauraron el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec; al organizarse la Iglesia de Jesucristo en 1830, el hermano Cowdery, como “segundo élder” de la Iglesia era el que seguía en autoridad a José Smith (véase José Smith–Historia 1:68–73; D. y C. 110)2. De ahí que cada vez que se restauraron la autoridad o las llaves del sacerdocio, Oliver Cowdery estaba con José Smith. “…Era necesario que conforme a la ley de los testigos José Smith tuviera un compañero para poseer esas llaves”3. Oliver Cowdery no sólo debía ayudar al Profeta a presidir la Iglesia, sino que también debía estar junto a él como segundo testigo de la Restauración. En 1838 perdió su oficio de Presidente Auxiliar por la apostasía y la subsiguiente excomunión; pero en 1841 el Señor llamó a Hyrum Smith para ocupar ese cargo (véase D. y C. 124:94–96). El Presidente y el Presidente Auxiliar, o sea, el primero y el segundo testigos, iban a sellar su testimonio con su sangre en la cárcel de Carthage.

Uno de los sucesos más importantes de la restauración de la Iglesia del Salvador fue la formación del Consejo de los Doce Apóstoles; los miembros esperaban este acontecimiento desde antes de la organización de la Iglesia. Probablemente ya en 1829, José Smith y Oliver Cowdery habían recibido la autoridad del apostolado (véase D. y C. 20:2–3). Ese mismo año, una revelación instruyó a Oliver Cowdery y David Whitmer que buscaran a los Doce que habrían de ser “llamados para ir por todo el mundo a predicar mi evangelio a toda criatura” (D. y C. 18:28); más tarde, también se llamó a Martin Harris para ayudar a elegirlos; de acuerdo con esto, los Tres Testigos del Libro de Mormón, bajo la dirección de la Primera Presidencia y con su consentimiento, iban a elegir a los Doce Apóstoles que servirían como testigos especiales del Salvador en esta dispensación. El profeta José Smith invitó a los participantes del Campo de Sión y a otras personas a una conferencia especial que se llevó a cabo el sábado 14 de febrero de 1835. Las actas indican lo que tuvo lugar en la reunión4:

“[El Profeta] hizo una descripción de algunas de las situaciones en que nos encontramos cuando hicimos la jornada a Sión, de nuestras pruebas y sufrimientos, y dijo que Dios no había infligido todo eso sobre nosotros sin una razón, y que Él no lo había olvidado; que era la voluntad de Dios que aquellos que habían ido a Sión con la determinación de dar su vida, si fuera necesario, fueran ordenados al ministerio y salieran a podar la viña por última vez, o sea, para la venida del Señor, que estaba cerca…

“Que aun los más insignificantes y débiles de nosotros serían fuertes y poderosos; y [dijo:] lograréis grandes cosas a partir de este momento; y empezaréis a percibir las impresiones del Espíritu de Dios; y la obra de Dios comenzará a abrirse camino desde ahora, y seréis investidos con poder de lo alto”. Después del discurso del Profeta, se levantó la sesión durante una hora. Al volver a reunirse, los Tres Testigos oraron y recibieron una bendición de la Primera Presidencia; a continuación, procedieron a elegir a los Doce Apóstoles5. Por haber sido llamados todos al mismo tiempo, la antigüedad de los Apóstoles en el quórum se estableció de acuerdo con la edad.

LOS PRIMEROS DOCE APÓSTOLES DE ESTA DISPENSACIÓN

Una semana después de haber sido elegidos, los Apóstoles recibieron de Oliver Cowdery una encomienda apostólica similar a la que el Salvador les dio a los Apóstoles del Nuevo Testamento (véase Mateo 10; 28:19–20; Hechos 1:8). También les advirtió lo siguiente:

“Tendréis que combatir toda clase de prejuicios en todas las naciones.

“Luego, les leyó la revelación [D. y C. 18]…

“…Por lo tanto, os amonesto a cultivar gran humildad; porque conozco el orgullo del corazón humano. Estad atentos, no sea que los lisonjeros del mundo os vuelvan engreídos; estad atentos, no sea que los objetos mundanos cautiven vuestros afectos. Haced que vuestro ministerio sea lo primero…

“…Es necesario que recibáis vosotros mismos un testimonio de los cielos para que podáis testificar de la verdad…

“…Vuestra ordenación no será plena ni completa hasta que Dios haya puesto Su mano sobre vosotros…

“…Llevaréis este mensaje a los que se consideran sabios, y ellos quizás os persigan, quizás procuren quitaros la vida. El adversario siempre ha tratado de quitarles la vida a los siervos de Dios; por lo tanto, debéis estar preparados en todo momento para sacrificar vuestra vida, si Dios lo exige para hacer avanzar y edificar Su causa…

“Después, los tomó de la mano, uno por uno, y les preguntó: ‘¿Con íntegro propósito de corazón tomas parte en este ministerio, para proclamar el Evangelio con toda diligencia, con éstos tus hermanos, conforme a la naturaleza y el propósito de este cometido que has recibido?’ Cada uno de ellos respondió afirmativamente”6.

Dos semanas más tarde, también en una conferencia especial, el Profeta organizó otro quórum esencial del sacerdocio con los hermanos que habían participado en el Campo de Sión: el Quórum de los Setenta (véase D. y C. 107:93). A fin de organizar mejor sus funciones particulares de ser “ministros viajantes” con la responsabilidad de predicar el Evangelio por todo el mundo, se designó a siete presidentes para presidir el quórum, lo cual se hizo de acuerdo con una visión que tuvo el Profeta sobre la organización de la Iglesia7. Joseph Young, Hazen Aldrich, Levi Hancock, Leonard Rich, Zebedee Coltrin, Lyman Sherman y Sylvester Smith fueron los primeros presidentes del quórum.

Un mes después, el Señor reveló más instrucciones concernientes al sacerdocio y el gobierno de la Iglesia. Los Doce, que estaban haciendo preparativos para partir a cumplir misiones, tenían la sensación de no haber aceptado por completo las enormes responsabilidades de su llamamiento, y, con una actitud de arrepentimiento, le rogaron a José Smith que orara al Señor pidiéndole más guía. La respuesta del Señor fue dar instrucciones a los Doce y a los Setenta con respecto a sus responsabilidades. Los Doce debían ser “testigos especiales del nombre de Cristo” y prestar servicio bajo la dirección de la Primera Presidencia para “edificar la iglesia y regular todos los asuntos de ella en todas las naciones” (D. y C. 107:23, 33). Los Setenta prestarían servicio bajo la dirección de los Doce y tendrían los mismos objetivos. Junto con la Primera Presidencia, estos quórumes constituían los consejos presidentes de la Iglesia. La revelación describía también los deberes de los que iban a presidir los quórumes del sacerdocio, y concluía con esta admonición:

“Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado.

“El que sea perezoso no será considerado digno de permanecer…” (D. y C. 107:99–100). Además, siguiendo las instrucciones que se recibieron en esta revelación, en 1835 se organizaron en Kirtland los primeros quórumes del Sacerdocio Aarónico, que se componían de hombres maduros; en esa época no se había establecido todavía ninguna edad para el avance de los hombres dignos de un oficio a otro del sacerdocio8.

De acuerdo con las instrucciones que aparecen en Doctrina y Convenios 107, los “sumos consejos residentes” asumieron una función cuya importancia aumentó a mediados de la década de 1830, particularmente en lo que se refiere a los tribunales de la Iglesia. Los hermanos tenían algunas dudas en cuanto a las responsabilidades y la jurisdicción de los sumos consejos y de los Doce, a los que se mencionaba como el “Sumo Consejo Presidente Viajante” (D. y C. 107:33). El Profeta les explicó que la autoridad de los sumos consejos residentes estaba limitada a las estacas, mientras que los Doce tenían jurisdicción en otras partes donde estuviera la Iglesia9. Esto hizo que se preguntaran qué intervención debían tener los Doce en los asuntos locales; José Smith les aseguró que, puesto que ellos seguían en autoridad a la Primera Presidencia, no estaban sujetos a ningún otro grupo. Más adelante, Brigham Young se refería a aquellos meses de discusiones y análisis como una época de prueba en la que los Doce tuvieron que demostrar su disposición a “ ‘ser siervos de todos por el nombre de Cristo…’ De acuerdo con el presidente Young, esto era necesario porque sólo ‘los verdaderos siervos’ pueden recibir el poder”10.

LOS ESFUERZOS POR DAR A CONOCER EL EVANGELIO

En el verano de 1834, con la formación del Campo de Sión, se interrumpió por un tiempo la obra proselitista organizada; ésta volvió a comenzar en el otoño y los líderes de la Iglesia empezaron a llamar cada vez más hombres para cumplir misiones; algunos trabajaban unas cuantas semanas en las comunidades vecinas; otros tenían asignaciones más prolongadas para predicar el Evangelio en lugares distantes. Muchos de los misioneros cumplieron más de una misión, partiendo de su casa a veces en las circunstancias más inconvenientes para ellos o su familia. William W. Phelps escribió en 1835: “Los élderes están constantemente yendo y viniendo”11.

Los esfuerzos de los misioneros se veían reforzados por los de los entusiastas conversos que estaban ansiosos por compartir con familiares y amigos su tesoro recién descubierto. Caroline Crosby, una nueva conversa, exclamó: “Cuántas veces, al escuchar la voz del Profeta, he sentido este deseo: ¡Ah, si mis amigos, mis padres y mis hermanos pudieran oír las cosas que yo he oído, y su corazón se regocijara con ellas, como el mío!”12.

Muchos líderes de la Iglesia cumplieron también servicio misional; el profeta José Smith mismo fue a Michigan en 1834 y 1835. Pero tal vez la tentativa más importante haya sido la misión de cinco meses que cumplió en los estados del este, en 1835, el Consejo de los Doce Apóstoles en pleno; desde mayo hasta septiembre de ese año recorrieron cientos de kilómetros a través de los estados de Nueva York, Nueva Inglaterra y de Canadá. Además de la obra misional y de la labor de ordenar y fortalecer a las congregaciones locales, tenían la asignación de reunir fondos para la construcción del templo, para la compra de tierras en Sión y para los trabajos de imprenta de la Iglesia; viajando sin bolsa ni alforja, enfrentaron los problemas característicos de su situación: persecución, rechazo, fatiga y hambre. Sin embargo, en una de las reuniones grandes que tuvieron, contaron ciento cuarenta y cuatro carruajes y calcularon una asistencia de entre dos y tres mil personas.

Esa misión se destaca en la Iglesia porque fue la única vez en su historia que todos los doce miembros del Quórum emprendieron juntos una misión. Cuando volvieron a Kirtland, Heber C. Kimball dijo que habían sentido el poder de Dios y habían podido sanar a los enfermos y echar fuera demonios. Durante el mismo período, el Quórum de los Setenta también cumplió misiones, principalmente en los estados del este13.

A mediados de la década de 1830, hubo muchos líderes de la Iglesia que cumplieron varias misiones. La que hizo en Canadá el élder Parley P. Pratt es un ejemplo que se destaca: en abril de 1836, su compañero de apostolado Heber C. Kimball lo bendijo y profetizó que iría a Toronto, y le dijo: “…allí encontrarás gente preparada para recibir la plenitud del Evangelio. Ellos te acogerán y… será predicado en esa región y todos sus alrededores… De las cosas que se hagan en esta misión, la plenitud del Evangelio será llevada a Inglaterra y causará una gran obra en esa tierra”14. Mientras el hermano Pratt se hallaba en Hamilton, camino a Toronto, un extraño le entregó una carta de presentación para John Taylor, predicador metodista que vivía en Toronto y que estaba afiliado a un grupo religioso que opinaba que entre las iglesias existentes no había ninguna que practicara el cristianismo del Nuevo Testamento; durante dos años este grupo se había reunido varias veces por semana con “el propósito de buscar la verdad excluyendo a toda secta religiosa”. Cuando el élder Pratt llegó a Toronto, los Taylor lo recibieron con amabilidad pero no demostraron mucho interés en su mensaje15.

Al no poder conseguir ningún lugar para sus prédicas, el hermano Pratt se desanimó y se dispuso a abandonar Toronto; pero antes de irse pasó por la casa de los Taylor para recoger algo de su equipaje y despedirse de ellos. Mientras se encontraba allí, Leonora Taylor comentó el problema del élder Pratt con su amiga Isabella Walton, que estaba de visita, agregando que lamentaba verlo irse, pues “puede tratarse de un hombre de Dios”. La señora Walton le dijo que había sido inspirada por el Espíritu para ir a visitarlos esa mañana, pues estaba dispuesta a ofrecer al élder Pratt alojamiento en su casa y permitirle que predicara allí. Él aceptó, y al fin lo invitaron a asistir a una reunión del grupo de John Taylor, en la cual éste leyó en el Nuevo Testamento el relato de Felipe, cuando predicó en Samaria. “ ‘Y bien’, dijo, ‘¿dónde está nuestro Felipe? ¿Dónde el recibir la palabra con gozo y ser bautizados, habiendo creído? ¿Dónde están nuestro Pedro y nuestro Juan? ¿dónde nuestros Apóstoles? ¿Dónde está el Espíritu Santo para nosotros, por la imposición de las manos?…’ ”16. Cuando se le invitó a dirigir la palabra al grupo, el élder Pratt dijo que él poseía las respuestas a esas preguntas que había hecho John Taylor.

Durante tres semanas, John Taylor asistió a las reuniones del hermano Pratt, tomando notas de sus discursos y comparándolas cuidadosamente con las Escrituras; poco a poco, se fue convenciendo de que el Evangelio de Jesucristo se había restaurado, y el 9 de mayo de 1836, él y su esposa, Leonora, se bautizaron. Poco después, fue ordenado élder y se convirtió en un entusiasta misionero. La obra se extendió tan rápidamente que mandaron a Orson Hyde desde Kirtland para ayudar al élder Pratt, al mismo tiempo que Orson Pratt y Freeman Nickerson, que ya estaban en Canadá, se reunían con Parley P. Pratt en Toronto. Cuando los misioneros salieron de aquella ciudad, John Taylor fue apartado para presidir las congregaciones que los élderes habían organizado.

La familia Fielding, que también tuvo gran importancia en la historia de la Iglesia, formó parte de la cosecha de conversos de Canadá. Más adelante, Mary Fielding se casó con Hyrum Smith; su hijo, Joseph F. Smith, fue el sexto Presidente de la Iglesia, y uno de sus nietos, Joseph Fielding Smith, fue el décimo Presidente; su hermano Joseph, un año después de haberse bautizado, fue con los primeros misioneros a Gran Bretaña, donde tuvo una función importante en el establecimiento de la Iglesia.

Otros misioneros también tuvieron experiencias espirituales especiales. Por ejemplo, Wilford Woodruff fue a Misuri en 1834, cuando tenía veintisiete años; hacia fines de ese año, lo ordenaron presbítero y lo mandaron a Arkansas y Tennessee como uno de los primeros misioneros que fue a predicar en esas regiones. Muchos años después, testificaba con frecuencia que “en toda su vida nunca había gozado tanto del Espíritu y el poder de Dios que cuando era presbítero y trabajaba en la obra misional en los estados del sur”17.

Poco a poco, fueron formándose congregaciones por todo el noreste y el medio oeste de los Estados Unidos y en Canadá; más tarde, el Evangelio se extendió a los estados de West Virginia, Kentucky y Tennessee. Al principio se dio el nombre de iglesias a los grupos locales, pero en 1835 se empezaron a denominar ramas, como un símbolo de la forma en que los miembros de una localidad extendían las buenas nuevas a sus amigos, los que a su vez formaban una nueva congregación que era como una “rama” del grupo original. Varias ramas se reunían periódicamente para tener conferencias; en 1835, los Doce las agruparon en distritos, a los que daban el nombre de conferencias, cada uno de ellos con límites definidos como los de las estacas de nuestros días18.

SUCESOS RELACIONADOS CON LAS ESCRITURAS

En una tumba19 que estaba en la ribera oeste del río Nilo, frente al lugar donde se hallaba la antigua ciudad de Tebas, que ahora es Luxor, un explorador piamontés (del noroeste de Italia) que hablaba francés, de nombre Antonio Lebolo, descubrió varias momias junto a las cuales se encontraban también algunos rollos de papiro. En 1830, después de la muerte de Lebolo, las momias y los papiros se enviaron a los Estados Unidos, donde en 1833 tomó posesión de ellos un hombre que se llamaba Michael H. Chandler y que decía ser sobrino del explorador. En 1835, Chandler los exhibió en varias ciudades del este del país.

A fines de junio, cuando visitó Kirtland, los santos demostraron gran interés en las momias y los papiros. Chandler había oído decir que José Smith afirmaba poder traducir registros antiguos y le preguntó si podría traducirlos. Orson Pratt relató lo siguiente: “El Profeta los tomó y se retiró a su aposento, donde le preguntó al Señor con respecto a los rollos. El Señor le dijo que contenían registros sagrados” y le dio por revelación la traducción de algunos caracteres20. Chandler había presentado unos cuantos caracteres de los registros a unos eruditos para enterarse de su contenido. Después de recibir la traducción del Profeta, le entregó un testimonio firmado certificando que lo que él había traducido correspondía “hasta en los más mínimos detalles” con la traducción de los expertos21.

Debido al gran interés que sentían por el contenido de éstos, los santos compraron las momias y los rollos por la suma de dos mil cuatrocientos dólares. Inmediatamente, José Smith empezó a trabajar en la traducción de los rollos y se encontró con que contenían los escritos de Abraham y los de José, el que fue vendido a Egipto. “Ciertamente podemos decir que el Señor ha comenzado a revelar la abundancia de la paz y la verdad”, comentó22. Durante todo el tiempo que permaneció en Kirtland trabajó con gran interés en la traducción de los antiguos escritos; no obstante, el fruto de sus labores, que fue el Libro de Abraham, no se publicó hasta 1842, después de haber trabajado un poco más en la traducción, mientras estaba en Nauvoo. En febrero de 1843, el Profeta prometió entregar más traducciones del libro, pero su ocupada vida le impidió terminar el trabajo antes de que lo asesinaran.

En 1835 se publicó otro libro canónico de la Iglesia. Con las persecuciones sufridas en Misuri en 1833, se había interrumpido el trabajo de impresión del Libro de los Mandamientos. Después, comenzaron a preparar en Ohio la publicación de una compilación ampliada de las revelaciones. En septiembre de 1834 se dio a la Primera Presidencia el encargo de seleccionar las revelaciones que se iban a publicar, y el Profeta las revisó para corregir errores de imprenta y agregar lo que se había recibido desde 1833. El verano siguiente (mediados de 1835) el comité dio fin a la tarea, y el 17 de agosto de ese año se convocó una asamblea solemne para votar sobre la publicación del nuevo libro de Escrituras titulado Doctrina y Convenios.

El título se refería a las dos divisiones principales que formaban el contenido del libro: la primera parte, designada “doctrina”, contenía siete discursos sobre la fe (“Lectures on faith”) que se habían pronunciado en la Escuela de los Élderes el invierno anterior; la segunda parte, titulada “Convenios y mandamientos”, estaba formada por ciento dos secciones, treinta y siete más de las que contenía el Libro de Mandamientos23. En el prefacio del libro se destacaban las diferencias entre los discursos teológicos y las revelaciones del Señor24. Debido a esas diferencias, en 1921 se tomó la decisión de publicar las revelaciones sin los discursos, a fin de evitar que el lector confundiera éstos con la revelación del Señor.

LA VIDA COTIDIANA EN KIRTLAND

A mediados de la década de 1830, Kirtland se fue convirtiendo en una comunidad de Santos de los Últimos Días; aunque la cantidad de personas que no eran miembros de la Iglesia se mantenía constante entre mil doscientos y mil trescientos; de 1834 a 1837 el número de miembros casi se triplicó aumentando de menos de quinientos a casi mil quinientos; de ahí que la Iglesia y sus actividades hayan ido ejerciendo cada vez más influencia en la vida de la comunidad, provocando así tensiones entre los dos grupos de creencias religiosas tan diferentes25.

Para la mayoría de los santos, el llamamiento de los Doce Apóstoles y la publicación de Doctrina y Convenios fueron acontecimientos importantes que provocaron en ellos sentimientos de gratitud y gozo; pero su vida cotidiana consistía en trabajar en las granjas o en el pueblo para ganarse el sustento. A pesar de las largas horas de labores fatigosas, encontraban también tiempo para dedicar al recreo, a la educación y a adorar al Señor.

El tiempo de recreación era limitado, pero los santos hallaban momentos para disfrutar de la caza, la pesca, la natación y la equitación; las diversiones favoritas de invierno eran patinar y andar en trineo. Las relaciones familiares eran particularmente importantes para ellos, y, después de un laborioso día, padres e hijos disfrutaban muchas veces de una velada juntos en la que cantaban, jugaban, estudiaban y trataban temas de interés común. Casi no tenían días festivos, y si había alguno, por lo general pasaba inadvertido. Los diarios personales de esa época raramente mencionan una actividad especial de día festivo, ni siquiera el día de Navidad. Auna joven miembro de la Iglesia, durante una visita que hizo a Nueva York, le llamó la atención enterarse de que Papá Noel [Santa Claus, San Nicolás] dejaba regalos y golosinas a otros niños26.

Los santos consideraban esencial la educación, que se administraba, en su mayor parte, en el hogar; era común tener maestros particulares, como Eliza R. Snow, que vivía con la familia de José Smith y era maestra de los hijos del Profeta. De vez en cuando, había maestros que ofrecían clases particulares en la casa o en un edificio de la comunidad.

Después de haber intentado establecer la Escuela de los Profetas en 1833, la Escuela de los Élderes se reunió los dos inviernos siguientes, en la época en que los hombres no estaban tan ocupados atendiendo las granjas ni haciendo la obra misional. La clase se realizaba en un cuarto de aproximadamente 9 por 13 metros, que había en la planta baja del edificio de la imprenta, al oeste del templo, y tenía el objeto de preparar a los hombres que estaban por salir de misioneros o cumplir algún otro llamamiento de la Iglesia. El curso de estudios constaba de gramática del inglés, redacción, filosofía, gobierno, literatura, geografía e historia, tanto antigua como moderna; pero la teología era la materia principal.

A consecuencia de la escuela, se estableció una clase del idioma hebreo, que se llevó a cabo desde enero hasta abril de 1836, dirigida por un joven profesor de hebreo llamado Joshua Seixas. Lo contrataron por una buena suma de dinero para que enseñara hebreo a cuarenta alumnos durante siete semanas; como la gente demostró un interés mayor de lo que se esperaba, hubo que organizar otras dos clases. Después que Seixas se fue, continuó el interés de aprender hebreo; uno de los estudiosos era William W. Phelps, que muchas veces mostraba a sus amigos traducciones que había hecho de la Biblia en hebreo. El profeta José Smith demostraba particular entusiasmo en estudiar ese idioma: “Mi alma se deleita en leer la palabra del Señor en el [idioma] original”, afirmaba27.

Entre los que asistieron a la clase de hebreo estaba Lorenzo Snow, un joven de la comunidad vecina de Mantua, Ohio, que no era miembro de la Iglesia. Un día en que se dirigía al colegio universitario de Oberlin, Ohio, conoció al élder David W. Patten y, en la conversación, tocaron el tema de la religión; la sinceridad y el testimonio del élder Patten hicieron en el joven tal impresión, que cuando su hermana Eliza, que era conversa reciente, lo instó a asistir a la clase de hebreo, él aceptó de buena gana; mientras asistía, conoció a José Smith y a otros líderes, y en junio de 1836 se bautizó.

El adorar al Señor en el día de reposo era fundamental para los Santos de los Últimos Días; muchos de ellos juntaban la leña y hacían otras tareas el sábado a fin de poder dedicar el domingo a los asuntos espirituales. Se reunían en casas particulares y después en las escuelas para los servicios religiosos, pero cuando la temperatura era agradable, se reunían al aire libre. Esas reuniones dominicales eran sencillas; la de la mañana comenzaba con un himno y una oración, después de lo cual había uno o dos discursos; la de la tarde era similar, pero generalmente se repartía en ella la Santa Cena. De vez en cuando, en el transcurso de estos servicios se llevaban a cabo confirmaciones y casamientos.

El primer jueves del mes era día de ayuno y se tenía una reunión, que podía durar hasta seis horas, en la que los santos cantaban, oraban, expresaban su testimonio describiendo manifestaciones divinas que hubieran recibido y se exhortaban unos a otros a vivir de acuerdo con el Evangelio. Eliza R. Snow recordaba con afecto esas reuniones, de las cuales decía: “…sagradas e interesantes hasta el punto de no poder describirlas con palabras. Muchas, muchas de ellas eran como días de Pentecostés, con el Espíritu de Dios derramándose en abundancia, manifestando los dones del Evangelio y el poder de sanar, de profetizar, de hablar en lenguas, de interpretar lenguas, etc.”28. En los días de semana, por la noche, también había reuniones de quórumes del sacerdocio, servicios de predicación, prácticas de coro o reuniones en las cuales se daban bendiciones patriarcales.

La música siempre ha sido una parte importante en los servicios religiosos de los santos. En julio de 1830, una revelación dirigida a Emma Smith le mandaba compilar un libro de himnos para la Iglesia; éste se publicó finalmente en 1835; era de tamaño pequeño y contenía la letra de noventa himnos, treinta y cuatro de los cuales habían sido escritos por miembros de la Iglesia y daban testimonio de la Restauración; los demás se habían tomado de los himnarios que otras religiones utilizaban en ese tiempo. En el libro no había música impresa, y los santos cantaban los himnos con la música de las canciones que entonces eran populares; muchas veces, las ramas y los coros empleaban diferentes melodías para los mismos himnos. Varios de los que fueron seleccionados por Emma Smith, con la ayuda de William W. Phelps, todavía aparecen en nuestro himnario.

LA CONSTRUCCIÓN DE LA CASA DEL SEÑOR

Durante unos tres años, los santos de Kirtland dedicaron su tiempo y energías a la construcción del primer templo de esta dispensación. El proyecto comenzó en diciembre de 1832, cuando el Señor les mandó establecer “una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119). Cinco meses más tarde, el Señor reprendió a los de la Iglesia por la demora y los amonestó a proceder con la construcción del templo (véase D. y C. 95); a partir de ese momento, los santos se dedicaron fielmente a la tarea.

Una vez, el Profeta preguntó a un grupo de sumos sacerdotes cómo pensaban que debía construirse el templo; algunos opinaban que debía ser de troncos, otros decían que era necesario construir una armazón de madera. “‘Hermanos’, dijo él, ‘¿debemos construir con troncos una casa a nuestro Dios? No, yo tengo un plan mejor, tengo el plano de la casa del Señor que Él mismo dio, y pronto veréis, al contemplarlo, la diferencia entre lo que nosotros proponemos y lo que Él piensa’ ”29. Truman O. Angell, que fue uno de los supervisores de la construcción, testificó que la promesa que el Señor había hecho de mostrarle al Profeta el plano y diseño del edificio se había cumplido literalmente; y dijo que cuando la Primera Presidencia se había arrodillado para orar, “el edificio apareció ante la vista”. Más adelante, al dar un discurso en el templo ya terminado, Frederick G. Williams afirmó que el vestíbulo en el que se encontraban reunidos coincidía hasta en los más mínimos detalles con la visión que habían tenido30.

El exterior del edificio tenía el aspecto de una capilla típica de Nueva Inglaterra, pero su interior era totalmente diferente. El Señor había explicado que el templo debía tener dos salas grandes, una encima de la otra, de 19,50 m por 16,50 m cada una. Cada uno de los púlpitos del templo debía tener cuatro compartimientos o niveles. La sala de abajo se debía utilizar como capilla para orar, predicar y repartir la Santa Cena; la de arriba se usaría con el fin de impartir enseñanzas (véase D. y C. 95:8, 13–17).

La construcción del templo comenzó el 6 de junio de 1833; de acuerdo con la admonición que habían recibido del Señor, se comisionó a un comité para reunir los materiales para la obra. A poco más de tres kilómetros del terreno había una cantera de piedra de la que en seguida se extrajo una carga que llenó una carreta. Hyrum Smith y Reynolds Cahoon empezaron a cavar la zanja para los cimientos. Pero los miembros eran tan pobres que, según uno de ellos comentaba, “no poseían entre todos un rastrillo y apenas contaban con algún arado”31. No obstante, “abundaban entre ellos la unidad, la armonía y la caridad para fortalecerlos” a fin de cumplir el mandamiento de construir el templo32. El 23 de julio de 1833 se colocaron las piedras angulares “según el orden del Santo Sacerdocio”33.

Casi todos los hombres que se hallaban en buen estado de salud y no estaban cumpliendo una misión trabajaban en la construcción del templo; José Smith era el capataz de la cantera. Los sábados, los hombres llevaban carretas y transportaban al terreno la piedra necesaria para mantener trabajando a los albañiles durante la semana siguiente. Con la dirección de Emma Smith, las hermanas “hacían medias, pantalones y chaquetas” para los trabajadores. Heber C. Kimball comentaba: “Nuestras esposas se pasaban todo el tiempo tejiendo, hilando y cosiendo… estaban tan ocupadas como nosotros”34.

La construcción del templo no estuvo exenta de dificultades; los populachos amenazaban destruirlo, y los obreros que trabajaban de día construyéndolo montaban guardia por la noche para protegerlo. Según contaba Heber C. Kimball, noche tras noche durante varias semanas, “no podíamos quitarnos la ropa y nos vimos obligados a acostarnos con las armas en la mano”35. Por la situación económica desastrosa en que se hallaba la Iglesia en esa época, se solicitó a los santos de los Estados Unidos y Canadá que hicieran contribuciones, y muchos las hicieron a costa de grandes sacrificios. Una de las primeras donaciones provino de la hermana Vienna Jaques, que donó gran parte de sus bienes materiales; John Tanner prestó dinero para comprar el terreno del templo y luego vendió su granja de Nueva York, de cerca de novecientas hectáreas, a fin de donar tres mil dólares para comprar materiales; y así continuó haciendo donaciones hasta haber dado casi todo lo que poseía.

En el verano de 1834, la obra se interrumpió debido a la organización del Campo de Sión, pues quedaron muy pocos obreros disponibles y los fondos se utilizaron para ayudar a los santos de Misuri en sus difíciles circunstancias. Después del regreso de los hombres, la obra empezó a progresar más rápidamente. Al llegar el otoño, José Smith escribió lo siguiente: “Se hicieron grandes esfuerzos por apresurar la obra de la Casa del Señor; y, a pesar de haber empezado casi sin medios, al seguir adelante, se nos abrió el camino, y los santos se regocijaron”37. En ese otoño, las paredes tenían una altura de poco más de un metro, pero la altura aumentó rápidamente durante el invierno [fin de año]. En noviembre de 1835, se empezó el trabajo de revocar el exterior. Artemus Millet, el arquitecto del templo, dirigió el trabajo de agregar a la mezcla cristal y loza triturados para que las paredes tuvieran brillo. El interior se terminó en febrero de 1836, bajo la dirección de Brigham Young; las hermanas confeccionaron las cortinas y alfombras para el templo.

UNA TEMPORADA COMO DE PENTECOSTÉS

Además de los enormes sacrificios personales que hicieron, los santos gastaron entre cuarenta y sesenta mil dólares en la construcción del templo; pero, precisamente por haber estado dispuestos a sacrificarse, el Señor derramó sobre ellos grandes bendiciones. Desde el 21 de enero hasta el 1º de mayo de 1836 “probablemente haya habido más Santos de los Últimos Días que tuvieran visiones y presenciaran diversas manifestaciones espirituales extraordinarias que en cualquier otra época de la historia de la Iglesia”36. Los miembros vieron mensajeros celestiales en por lo menos diez reuniones, y en cinco de ellas hubo varias personas que testificaron haber visto al Salvador. Muchos tuvieron visiones, algunos profetizaron y otros hablaron en lenguas.

Una de las reuniones más importantes que hubo en el Templo de Kirtland fue la del jueves 21 de enero de 1836. El Profeta escribió esto sobre lo que ocurrió al anochecer:

“…a la luz de las velas me reuní en el templo con la presidencia, en la sala de clases del oeste, con el fin de realizar la ordenanza de ungirnos con aceite santo…

“Le pusimos las manos sobre la cabeza a nuestro anciano padre Smith e invocamos las bendiciones del cielo… Los cielos nos fueron abiertos, y vi el reino celestial de Dios y su gloria… vi el refulgente trono de Dios… Vi las hermosas calles de ese reino, las cuales parecían estar pavimentadas de oro”. Antes de que la visión desapareciera, José Smith vio también profetas en el reino celestial (véase D. y C. 137:1, 3–5). Después vio a los Doce Apóstoles que acababan de ser nombrados, “juntos, de pie, en un círculo, muy cansados, con la ropa andrajosa y los pies hinchados… y Jesús en medio de ellos, pero ellos no lo vieron…

“Muchos de mis hermanos que habían recibido conmigo la ordenanza [del lavamiento y la unción] también vieron gloriosas visiones. Los ángeles los ministraron, y a mí también, y el poder del Altísimo descansó sobre nosotros. Todo el edificio estaba lleno de la gloria de Dios, y exclamamos Hosanna a Dios y al Cordero…

“…Algunos vieron la faz del Salvador… porque todos estuvimos en comunión con la hueste celestial”38.

José Smith vio a su hermano Alvin en el reino celestial, lo cual le asombró, porque Alvin había muerto antes de que se restaurara el Evangelio. Junto con la visión, el Señor reveló también este principio de la misericordia: “…Todos los que han muerto sin el conocimiento de este Evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hubiese permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios” (D. y C. 137:7). Además, el Profeta se enteró de que todos los niños que mueran antes de la edad de responsabilidad “se salvan en el reino de los cielos” (vers. 10).

Algunas de las experiencias más memorables que ocurrieron en el templo tuvieron lugar el día de su dedicación, el 27 de marzo de 1836. Cientos de Santos de los Últimos Días fueron a Kirtland con la expectativa de las grandes bendiciones que el Señor había prometido conferirles. La mañana de la dedicación, desde muy temprano, cientos de personas se congregaron en las afueras del templo con la esperanza de asistir al servicio dedicatorio. A las ocho se abrieron las puertas y la Primera Presidencia ayudó a acomodar a la congregación de casi mil asistentes; pero hubo que dejar a muchos afuera. Después que los líderes de la Iglesia tomaron asiento en los estrados y bancos que había en ambos extremos de la sala, y que todos los lugares disponibles se hubieron ocupado, se cerraron las puertas; afuera quedó una multitud de cientos de otras personas, incluso muchas que habían hecho grandes sacrificios por la construcción del templo y habían recorrido largas distancias para asistir a la dedicación. Comprendiendo la desilusión de esos miembros, el Profeta dio instrucciones de que se llevara a cabo otra reunión para ellos en la escuela cercana; el servicio de la dedicación se repitió el jueves siguiente para que ellos lo disfrutaran.

Después que el coro cantó un himno, el presidente Sidney Rigdon habló durante dos horas y media explicando que el templo era un edificio exclusivo entre todos los demás del mundo, porque se había construido de acuerdo con la revelación divina. Hubo un breve intervalo, y luego se realizó el sostenimiento de oficiales de la Iglesia. El punto culminante del día fue la oración dedicatoria, que el Profeta había recibido ya por revelación. En ella expresó gratitud a Dios por Sus bendiciones y suplicó al Señor que aceptara el templo que se había construido “en medio de gran tribulación… a fin de que el Hijo del Hombre tenga un lugar para manifestarse a su pueblo” (D. y C. 109:5). Rogó que se cumplieran las bendiciones prometidas al principio, cuando el Señor les había mandado construir el templo (véase D. y C. 88:117–121), y oró para que fueran bendecidos los líderes de la Iglesia, los miembros y los dirigentes de las naciones y que se cumpliera el prometido recogimiento de los restos esparcidos de Israel (véase D. y C. 109:60–67). Esa oración fue el modelo para las oraciones dedicatorias de los otros templos.

Después de la oración, el coro cantó “El Espíritu de Dios”, que había sido escrito por William W. Phelps especialmente para la dedicación; luego, se bendijo la Santa Cena y se repartió a la congregación. José Smith y otras personas testificaron haber visto mensajeros celestiales en el servicio religioso. La reunión de siete horas llegó a su fin con la congregación que se puso de pie para la aclamación sagrada del “grito de hosanna: “¡Hosanna, hosanna, hosanna a Dios y al Cordero! ¡Amén, amén y amén!”, repetido tres veces. Eliza R. Snow comentó que la aclamación “tuvo tal potencia que parecía suficiente para levantar el techo del edificio”39.

Esa noche, más de cuatrocientos poseedores del sacerdocio se reunieron en el templo. Mientras George A. Smith hablaba, “se oyó un ruido, como un viento fuerte que soplaba, el cual llenó el templo, y toda la congregación se levantó simultáneamente, impelida por un poder invisible; muchos empezaron a hablar en lenguas y a profetizar; otros vieron visiones gloriosas; y yo vi el templo lleno de ángeles”40. “David Whitmer testificó que había visto a tres ángeles por el pasillo sur del templo”41. “La gente del vecindario llegó corriendo (al escuchar un ruido extraordinario en el interior y al ver una luz brillante como una columna de fuego que descansaba sobre el templo)”. Otros vieron ángeles por encima del templo y oyeron cánticos celestiales42.

La manifestación espiritual más trascendental tuvo lugar una semana después de la dedicación. Al terminar el servicio religioso de la tarde, José Smith y Oliver Cowdery se retiraron a los púlpitos del Sacerdocio de Melquisedec, que se hallaban del lado oeste en la sala baja del templo; bajaron la partición de lona, a la que se llamaba el velo, porque deseaban orar en privado. Mientras oraban, “El velo fue retirado de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos” (D. y C. 110:1), y tuvieron varias visiones extraordinarias; apareció el Señor Jesucristo, aceptó el templo y les prometió que se manifestaría en él “si mi pueblo guarda mis mandamientos y no profana esta santa casa” (D. y C. 110:8; véanse también los vers. 2–9).

Después, apareció Moisés y restauró “las llaves del recogimiento de Israel de las cuatro partes de la tierra, y de la conducción de las diez tribus desde el país del norte” (vers. 11); a continuación, Elías “entregó la dispensación del evangelio de Abraham” (vers. 12); y finalmente, en cumplimiento de la profecía de Malaquías (véase Malaquías 4:5–6) y de la promesa de Moroni (véase D. y C. 2) de “volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres” (D. y C. 110:15), Elías el Profeta apareció ante José Smith y Oliver Cowdery testificando que “se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación” como preparación para “el día grande y terrible del Señor“ (vers. 16). A partir de ese momento, mediante las llaves selladoras restauradas por Elías el Profeta, los Santos de los Últimos Días quedaron en condiciones de realizar las ordenanzas salvadoras del sacerdocio en bien de sus parientes muertos, así como de los vivos, aunque los miembros de la Iglesia no comenzaron a llevar a cabo las ordenanzas sagradas por los muertos hasta el período de Nauvoo.

El gran día de las visiones y revelaciones tuvo lugar el domingo de Pascua, 3 de abril de 1836. ¿No era acaso el día más apropiado en la dispensación del cumplimiento de los tiempos para confirmar la realidad de la Resurrección? Ese fin de semana se celebraba también la Pascua judía. Durante muchos siglos, las familias judías han dejado una silla vacía en la fiesta de la Pascua, en espera del regreso de Elías el Profeta. Elías regresó, pero no a la celebración de la Pascua sino al Templo del Señor en Kirtland.

El período comprendido entre el otoño de 1834 [últimos meses del año] y el verano de 1836 [mediados de año] fue de progreso glorioso para la Iglesia, y parecía que iba a continuar así; sin embargo, a los santos de Kirtland les esperaban días amargos y tenebrosos provocados por las fuerzas tanto internas como externas que amenazaban el avance de la Iglesia.

NOTAS

  1. History of the Church, 2:176.

  2. Véase History of the Church, 1:39–43.

  3. Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, comp. por Bruce R. McConkie, 3 tomos, 1:201.

  4. Este párrafo fue tomado de la obra de Milton V. Backman, hijo, The Heavens Resound: A History of the Latter-day Saints in Ohio, 1830–1838. Salt Lake City: Deseret Book Co., 1983, pág. 248.

  5. En History of the Church, 2:182; véanse también las págs. 181–189.

  6. History of the Church, 2:195–196, 198.

  7. Véase History of the Church, 2:181, Nota, 201–202; Joseph Young, History of the Organization of the Seventies, Salt Lake City: Deseret News, 1878, págs. 1–2, 14.

  8. Tomado de la obra de Backman, The Heavens Resound…, págs. 254–255.

  9. Véase History of the Church, 2:220.

  10. En la obra de Ronald K. Esplin, “The Emergence of Brigham Young and the Twelve to Mormon Leadership, 1830–1841“, disertación para doctorado, Brigham Young University, 1981, pág. 170; véase también del mismo autor, “Joseph, Brigham and the Twelve: A Succession of Continuity”, Brigham Young University Studies, verano de 1981, págs. 308–309.

  11. Journal History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, junio 2 de 1835, Departamento Histórico de la Iglesia, Salt Lake City; véase también de Backman, Heavens Resound, pág. 112.

  12. Diario de Caroline Crosby, Departamento Histórico de la Iglesia, Salt Lake City; véase también Women’s Voices, por Kenneth W. Godfrey, Audrey M. Godfrey y Jill Mulvay Derr, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1982, págs. 49–50.

  13. Los dos párrafos anteriores se tomaron de la obra de Esplin, “The Emergence of Brigham Young and the Twelve to Mormon Leadership”, págs. 161–166; véase también History of the Church, 2:222–226.

  14. Citado por William E. Berrett, en La Iglesia restaurada, pág. 107.

  15. Véase de Pratt, Autobiography of Parley P. Pratt, págs. 113–119; B. H. Roberts, The Life of John Taylor, Salt Lake City: Bookcraft, 1963, págs. 31–38.

  16. Parley P. Pratt, Autobiography of Parley P. Pratt, pág. 119.

  17. Matthias F. Cowley, Wilford Woodruff, Salt Lake City: Bookcraft, 1964, pág. 62.

  18. Véase de Samuel George Ellsworth, “A History of Mormon Missions in the United States and Canada, 1830–1860“, dis. para el doctorado, Universidad de California, 1951, págs. 147–154.

  19. El resto del capítulo se ha tomado de la obra de Backman, The Heavens Resound…, págs. 130, 139–159, 214–220, 262–283.

  20. Orson Pratt, en Journal of Discourses, 20:65; véase también History of the Church, 2:235.

  21. History of the Church, 2:235.

  22. History of the Church, 2:236.

  23. Véase la edición de 1835 de “Doctrine and Convenants”, págs. 5, 75.

  24. Véase History of the Church, 2:250–251.

  25. Véase A Profile of Latter-day Saints in Kirtland, Ohio, and Members of Zion’s Camp, 1830–1839: Vital Statistics and Sources, comp. por Milton V. Backman, hijo, Provo: Brigham Young University Religious Studies Center, 1983, pág. 83.

  26. Véase de Mary Ann Stearns, “An Autobiographical Sketch of the Life of the Late Mary Ann Stearns Winters, Daughter of Mary Ann Stearns Pratt”, Departamento Histórico de la Iglesia, Salt Lake City, pág. 6.

  27. History of the Church, 2:396.

  28. Eliza R. Snow, an Immortal: Selected Writings of Eliza R. Snow, comp. por Nicholas G. Morgan, Salt Lake City: Nicholas G. Morgan Foundation, 1957, pág. 63.

  29. Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, ed. por Preston Nibley. Salt Lake City: Bookcraft, 1958, pág. 230; véase también History of the Church, 1:352.

  30. Autobiografía de Truman O. Angell, Departamento Histórico de la Iglesia, Salt Lake City; Our Pioneer Heritage, comp. por Kate B. Carter, 19 tomos, Salt Lake City: Daughters of Utah Pioneers, 1967–1976, 10:198.

  31. Benjamin F. Johnson, My Life’s Review, Independence, Misuri: Zion’s Printing and Publishing Co., 1947, pág. 16.

  32. History of the Church, 1:349.

  33. History of the Church, 1:400.

  34. Heber C. Kimball, en Journal of Discourses, 10:165.

  35. “Elder Kimball’s Journal”, Times and Seasons, ene. 15, 1845, pág. 771; History of the Church, 2:2.

  36. Véase de Karl Ricks Anderson, Joseph Smith’s Kirtland. Salt Lake City: Deseret Book Co., 1989, págs. 15–16.

  37. History of the Church, 2:167.

  38. History of the Church, 2:379–382.

  39. Morgan, Eliza R. Snow, pág. 62.

  40. History of the Church, 2:428.

  41. George A. Smith, en Journal of Discourses, 11:10.

  42. History of the Church, 2:428; Backman, Heavens Resound, pág. 300.

Historia

Fecha

Acontecimientos importantes

Agosto de 1834

Regresan los del Campo de Sión.

Noviembre de 1834

Se abre en Kirtland la Escuela de los Élderes.

5 de diciembre de 1834

Oliver Cowdery es apartado como Presidente Auxiliar de la Iglesia.

Febrero de 1835

Se llama a los miembros de los quórumes de los Doce Apóstoles y de los Setenta.

28 de marzo de 1835

Se recibe la revelación de 1835 sobre el sacerdocio (D. y C. 107).

Julio de 1835

Se le compran a Michael Chandler las momias y los rollos de papiro.

17 de agosto de 1835

Una conferencia convocada especialmente aprueba Doctrina y Convenios.

Noviembre de 1835

Comienzan el revoque del templo.

Noviembre de 1835

Se publica el himnario preparado por Emma Smith.

21 de enero de 1836

Se reciben de 1836 manifestaciones espirituales en el Templo de Kirtland, incluso la visión del Reino Celestial (D. y C. 137).

27 de marzo de 1836

Se dedica el Templo de Kirtland y se reciben grandes manifestaciones espirituales.

3 de abril de 1836

Jesucristo, Moisés, Elías y Elías el profeta aparecen para aceptar el templo y restaurar las llaves del sacerdocio.

Mayo–junio de 1836

Se bautizan dos futuros presidentes de la Iglesia: John Taylor y Lorenzo Snow.

Orden de antigüedad en el primer Quórum de los Doce

Nombre

Edad en el momento de ser llamado

Thomas B. Marsh*

35

David W. Patten

35

Brigham Young

33

Heber C. Kimball

33

Orson Hyde

30

William E. McLellin

29

Parley P. Pratt

27

Luke S. Johnson

27

William B. Smith

23

Orson Pratt

23

John F. Boynton

23

Lyman E. Johnson

23

*Thomas Marsh no cumplió los treinta y cinco años hasta el 1 de noviembre de 1835. En la época en que fueron llamados, David Patten no sabía su propia edad; pero los registros posteriores indican que él (Patten) era mayor que Marsh, pues había nacido el 14 de noviembre de 1799.

handwritten missionary certificate

El documento que certificaba que Edward Partridge e Isaac Morley eran misioneros.

John Taylor

John Taylor (1808–1887) nació en Inglaterra y emigró después a Canadá, donde se convirtió al Evangelio. Entre las muchas responsabilidades que tuvo están la de haber sido editor, misionero, Apóstol y Presidente de la Iglesia.

Mary Fielding Smith

Mary Fielding Smith (1801–1852).

elder’s certificate
elder’s certificate

El certificado de élder de Wilford Woodruff (anverso y reverso), firmado por José Smith.

1835 D. y C. title page

Portada de la edición de Doctrina y Convenios publicada en 1835.

handwritten account book

El libro diario de la tienda de Gilbert y Whitney en Kirtland, Ohio (de noviembre de 1836 a abril de 1837).

Cortesía de la Iglesia Reorganizadade Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Hebrew Grammar book title page

Portada del libro de gramática hebrea de Joshua Seixas. Antes de haber sido contratado por el Profeta para enseñar hebreo en Kirtland, Joshua Seixas había sido maestro de hebreo en el colegio universitario de Oberlin, donde Lorenzo Snow era uno de sus alumnos.

Kirtland Temple

Diseño arquitectónico del Templo de Kirtland.

Cortesía del Departamento del Interior de los Estados Unidos.

handwritten certificate

Certificado autorizando la recolección de fondos para la construcción del Templo de Kirtland.

Kirtland Temple

El Templo de Kirtland.