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Temas suplementarios: El Imperio Persa, el retorno de los judíos y la diáspora
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El Imperio Persa, el retorno de los judíos y la diáspora

Temas suplementarios

(J-1) Nuevos amos para la casa de Israel

Cuando el reino del norte, Israel, fue llevado cautivo por Asiria, en el año 721 a. C., Asiria gobernaba la mayor parte del mundo conocido. Sin embargo, en unas breves décadas, el imperio se había derrumbado ante el ataque violento de los babilonios. Bajo el mando de Nabucodonosor, Babilonia llegó a ser un imperio mundial, y heredó territorios y pueblos anteriormente conquistados en su mayoría por Asiria. Si estos pueblos se resistían a sus nuevos amos, Nabucodonosor respondía rápida y salvajemente. Así cayó Judá en el año 586 a. C. Aunque el Señor se valió de los imperios conquistadores para azotar y castigar a los reinos rebeldes, Israel y Judá, una vez que aquéllos cumplieron su propósito, ellos también llegaron a un pronto fin.

El vigoroso reinado de Nabucodonosor en Babilonia terminó en el año 562 a. C. El fue el último gran gobernante caldeo, y luego de su muerte el imperio decayó rápidamente. La propia iniquidad y el paganismo de los babilonios dieron como resultado la caída. Nabucodonosor fue seguido por Amil-Marduc (llamado Evil-merodac en 2 Reyes 25:27), quien reinó poco menos de dos años. Neriglisar, cuñado de Evilmerodac, gobernó solamente cuatro años. LabasiMurduc, hijo del anterior, fue depuesto nueve meses después. Nabonidus, caudillo del partido sacerdotal, gobernó durante dieciséis años, desde el 555 al 539 a. C., pero pasó la mayor parte de su tiempo en el Oasis de Teima, en Arabia. Los asuntos de estado en Babilonia quedaron entonces en manos de Belsasar, hijo de Nabonidus. Bajo el mandato de Belsasar, aun el pueblo de Babilonia se sintió disgustado por la corrupción prevaleciente en la nación.

En tanto que el poderoso ciervo del bosque está de pie y firme, sus enemigos no se atreven a atacar. Pero ante el menor gesto de debilidad o desmayo, los lobos avanzan para darle muerte. Así es con los imperios, y Babilonia tambaleaba. Las fieras estaban a la espera. Al este y al norte del Golfo Pérsico, dos naciones ascendían en poder: los medos y los persas. Uniéndose bajo la dirección de un gran gobernante, Ciro —posteriormente llamado "el Grande"—, la alianza medo-persa se volvió hacia Babilonia. Ciro iba a influir profundamente sobre la historia de la casa de Israel y del mundo. Un historiador destacó la importancia de este hombre:

"Ciro el Grande surgió en la historia en el año 559 a. C. como gobernador de la pequeña provincia de Ansán, distrito al noroeste de Elam, justamente al sur de Media y al este de los montes Zagros. Ansán estaba entonces bajo el yugo de Media. Cuando Ciro se rebeló contra su señor Astyages, el ejército medo se pasó al bando de Ciro en su totalidad, y entregó como prisionero a Astyages. Ciro aparentemente era el elegido de los medos para ser su rey. La capital del imperio, Ecbatana, con todo su tesoro, pasó a manos de Ciro prácticamente sin lucha alguna. Así, en diez años Ciro se convirtió en el señor del Imperio Medo que comprendía los siguientes territorios: la Persia moderna, el norte de Asiria, Armenia, el Asia Menor hasta el Río Halis (véase sección de mapas).

"Después de dos años dedicados a la organización del imperio, Ciro se dirigió hacia el occidente, decidido a la conquista. Después de conquistar el norte de la Mesopotamia, atacó y venció a Creso, rey de Lidia, renombrado por su enorme riqueza. El reino de éste se extendía desde el Río Halis [en Turquía] hasta el Mar Egeo [en Grecia]…

"Volviendo en el año 539 a. C., Ciro avanzó contra Babilonia, la cual le abrió sus puertas sin presentarle batalla. [De acuerdo con Daniel, Belsasar vio la escritura en la pared que anunciaba la caída de Babilonia la noche antes de que Ciro entrara en la ciudad y diera fin al imperio (véase Daniel 5).] En verdad, [Ciro] parece haber sido bien recibido por el pueblo como amigo y benefactor. De esta manera Ciro llegó a ser amo de toda el Asia occidental.

"La caída de Babilonia marcó el fin del poder mundial semita. Con el triunfo de Ciro, una nueva raza, la indo-europea, se apoderó del dominio mundial y el destino político del mundo estuvo, desde entonces, en manos de esa raza. Por lo tanto, este acontecimiento marca un momento decisivo en la historia bíblica.

"Ciro nació para ser líder entre los hombres. Introdujo una nueva norma en el trato de los pueblos conquistados. En lugar de tiranizarlos y mantenerlos en sujeción mediante la fuerza bruta, trató con consideración a sus vasallos y se los ganó como amigos. Fue particularmente considerado con las religiones de los pueblos conquistados. Las consecuencias de esta conducta serían que sus súbditos se unirían a él con una lealtad tal que haría de su reino una era de paz." (Elmer W. K. Mould, Essentials of Bible History, págs. 348-49.)

Esta revolución en la política iba a afectar profundamente la histona del mundo, particularmente la historia judía, pues cuando Ciro entró a Babilonia, los judíos todavía estaban exiliados allí.

(J-2) Ciro fue levantado por el Señor para liberar a los judíos

Babilonia cayó ante Ciro en el año 539 a. C. Poco después, tal como aparece en 2 Crónicas 36:22-23 y Esdras 1:1-11, Ciro decretó en su imperio que todo cautivo judío en Babilonia que tuviera el deseo de retornar a Jerusalén para reconstruir el templo podía hacerlo. También permitió que los utensilios de oro y plata robados por las tropas de Nabucodonosor se devolvieran.

¿Qué lo impulsó a hacer una proclama tan liberal? Aunque Ciro tal vez haya sido impulsado por la religión de sus dioses (véase Esdras 1:7), incluyendo el emergente zoroastrismo, a tener respeto por el Dios de Judá, parece que fue motivado por el Espíritu del Señor a enviar de vuelta a los judíos a su tierra natal. El antiguo historiador Josefo nos dice:

"En el primer año del reinado de Ciro, que era el septuagésimo desde el día en que nuestro pueblo fue sacado de su propia tierra y llevado a Babilonia, Dios se apenó del cautiverio y la calamidad de este pobre pueblo, de acuerdo con lo que había anunciado mediante Jeremías el profeta, antes de la destrucción de la ciudad, de que después de haber servido a Nabucodo no sor y a su posteridad, y después de haber soportado esa servidumbre durante setenta años, los restauraría a la tierra de sus padres, y que ellos edificarían su templo y gozarían de su antigua prosperidad. Estas cosas Dios les concedió, pues El inspiró a Ciro y lo llevó a escribir esto a través de toda Asia: 'Así dice Ciro el rey: Puesto que Dios Todopoderoso me ha hecho rey de la tierra habitable, creo que El es aquel Dios a quien adora la nación de los israelitas, pues en verdad anunció mi nombre mediante los profetas, y que yo le edificaría una casa en Jerusalén, en el país de Judea.'

"Esto era conocido por Ciro porque había leído el libro que Isaías dejó con sus profecías, pues este profeta dijo que Dios le había hablado en una visión secreta: 'Es mi voluntad que Ciro, a quien he señalado por rey sobre muchas grandes naciones, envíe de vuelta a mi pueblo a su propia tierra, y edifique mi templo'. Esto fue predicho por Isaías ciento cuarenta años antes que el templo fuera demolido. En conformidad, cuando Ciro leyó esto y admiró el poder divino, lo sobrecogió un intenso deseo y ambición de cumplir lo que así estaba escrito; de manera que convocó a los más eminentes judíos que estaban en Babilonia y les dijo que les daba permiso de volver a su propia tierra y reedificar la ciudad de Jerusalén, y el templo de Dios, para lo cual les ofreció su ayuda, y que escribiría a los mandatarios y gobernadores que estaban en las proximidades del país de ellos, Judea, para que contribuyeran con oro y plata para la edificación del templo, y además que dieran animales para los sacrificios." (Flavio Josefa, Antigüedades judaicas, libro 11, cap. 1, párrs. 1-2; traducción libre.)

La profecía de Isaías, mencionada por Josefa e implícita en Esdras 1:2, se encuentra en el último versículo de Isaías 44 y en el primero del capítulo 45.

Adam Clarke sugirió lo siguiente:

Elder Ezra Taft Benson

El élder Ezra Taft Benson

"Es muy probable que cuando Ciro tomó Babilonia encontrara allí a Daniel, el cual por largo tiempo había sido reconocido como uno de los más sabios ministros de estado en todo el Oriente; y es casi seguro que haya sido él quien le señalara la profecía de Isaías y le diera información adicional relativa a la voluntad divina que le fue revelada a él mismo." (The Holy Bible… with a Commentary and Critical Notes, 2:730.)

El élder Ezra Taft Benson dijo lo siguiente con respecto a las contribuciones de Ciro:

"El rey Ciro vivió más de quinientos años antes de Cristo y figuró en profecías del Antiguo Testamento, mencionadas en 2 Crónicas y en el libro de Esdras, y por los profetas Ezequiel, Isaías y Daniel. La Biblia establece cómo 'el Señor agitó el espíritu de Ciro, rey de Persia' (2 Crónicas 36:22 ). Ciro restauró ciertos derechos cívicos y sociales a los cautivos hebreos, les permitió volver a Jerusalén y los dirigió para que el templo de Jehová fuera reconstruido.

"Parley P. Pratt, al describir al profeta José Smith, dijo que éste tenía 'la intrepidez, el valor, la templanza, la perseverancia y la generosidad de un Ciro' (Autobiography of Parley Parker Pratt, Deseret Book Company, 1938, pág. 46).

"El presidente Wilford Woodruff dijo:

" 'He pensado muchas veces que algunos de esos antiguos reyes tenían, en muchos aspectos, más empeño en llevar a cabo algunos de esos principios y leyes que los actuales Santos de los Ultimos Días. Tomaré como ejemplo a Ciro… Analizando la vida de Ciro, desde su nacimiento hasta su muerte, parece como si hubiera obrado, consciente o inconscientemente, por medio de la inspiración en todos sus hechos. El comenzó con la templanza y virtud necesarias para apoyar a cualquier país o rey cristiano… Muchos de los principios seguidos por él son dignos, en muchos aspectos, de la atención de los hombres que tienen el Evangelio de Jesucristo' (Journal of Discourses, vol. 22, pág. 207).

"Dios, el Padre de todos nosotros, emplea a los hombres en la tierra, especialmente a los hombres buenos, para llevar a cabo sus propósitos. Este ha sido el caso en el pasado, lo es hoy y lo será en el futuro." (Véase en Discursos de Conferencias Generales 1970-1972, pág. 235.)

(J-3) El primer retorno de los judíos

¿Cómo reaccionaron los judíos ante el edicto de Ciro? Un escritor hizo notar que "no muchos de los exiliados demostraron estar ansiosos de volver prestamente a Palestina. Medio siglo en Babilonia había llevado a la mayoría a adoptar las costumbres y la cultura de la tierra de su forzada adopción. La mayoría se había sujetado a la nueva tierra por lazos matrimoniales y de amistad y por fuertes conexiones comerciales. Además había crecido en Babilonia una generación que no conocía Palestina, y para estos judíos, Judea había dejado de ser un lugar atractivo para vivir. La fuerza de un vínculo sentimental poderoso era necesaria para inducirlos a retornar a Palestina, y pocos la sentían. De ahí que la dificultad mayor estribaba en despertar suficiente entusiasmo como para organizar un grupo que efectuaría el primer retorno." (Mould, Essentials of Bible History, pág. 350.)

El primer grupo de exiliados llegó a Judea poco después del año 536 a. C. bajo la dirección de Zorobabel, miembro de la línea real davídica (véase 1 Crónicas 3:19), y de Josué, un sacerdote levita del linaje de Sadoc. (Sadoc era el sumo sacerdote en el tiempo de la dedicación del Templo de Salomón.) El primer retorno tuvo todas las características de una cruzada religiosa. El grupo estaba integrado por cuarenta o cincuenta mil personas. Algunos grupos más pequeños de exiliados siguieron emigrando desde Babilonia durante los siguientes cien años, pero la mayoría de los judíos no regresaron, y por siglos hubo mayor cantidad de judíos en Babilonia que en la Tierra Santa.

Un individuo llamado Sesbasar, mencionado en el libro de Esdras (véase Esdras 1:8, 11; 5:14, 16), fue designado gobernador de esta colonia en la Tierra Santa. Los eruditos contienden en cuanto a si Sesbasar era la misma persona que Zorobabel. Si era otra persona, tal como lo indica en 1 Esdras 6:18 (libro apócrifo), entonces desapareció misteriosamente dado que Zorobabel pronto ocupó el lugar principal en Jerusalén.

Cuando los judíos volvieron a Israel, encontraron que los samaritanos habitaban la tierra. Los samaritanos eran un pueblo cuyo nombre fue tomado de la ciudad de Samaria que había sido la capital del reino del norte, y cuando cayó ante Asiria en el año 721 a. C., solamente unos pocos israelitas pertenecientes a las clases más pobres quedaron en aquella tierra. Puesto que esta región era la frontera entre el territorio asirio y el territorio egipcio al sur, los asirios dejaron una fuerte defensa de tropas allí. Los hombres de estas tropas se casaron con mujeres israelitas y adoptaron algunas formas de adoración de Jehová, pero evidentemente las mezclaron con ideas paganas. Los judíos del reino del sur consideraban por ello que los samaritanos no solamente eran israelitas impuros sino también paganos.

Los judíos que retornaron desde Babilonia estaban ansiosos de reinstituir la adoración oficial de Jehová en Jerusalén. Su primera acción, por lo tanto, fue reparar el altar de los holocaustos y renovar los sacrificios de la mañana y de la tarde. Después procedieron a celebrar la fiesta de los Tabernáculos y otras festividades en la secuencia de costumbre. (Véase Esdras 3:1-6.)

Bajo la dirección de Zorobabel, los judíos repararon el altar y comenzaron la reedificación del templo. Los samaritanos pidieron permiso para participar en el proyecto, haciendo notar que habían estado ofreciendo sacrificios a Jehová desde los días de la conquista asiria (véase Esdras 4:1-2). Los judíos terminantemente rechazaron el ofrecimiento de ayuda, y los samaritanos, enojados, comenzaron una abierta oposición al proyecto (véase Esdras 4:3-6). A causa de esta interferencia y de la indiferencia que surgió por parte de los judíos (véase Hageo 1:2-6), la obra de construcción del templo fue postergada hasta el segundo año del reinado de Darío I, aproximadamente en el año 520 a. C.

(J-4) El segundo templo

La reanudación de la construcción del templo fue inspirada por dos profetas: Hageo y Zacarías (véase Esdras 5:1), cuyos breves escritos se conservan en el Antiguo Testamento. El gobernador local y los líderes de Samaria intentaron obstaculizar el proyecto. Los judíos apelaron a Darío, y finalmente lograron probar que sólo hacían lo que Ciro les había concedido hacer; así que se les permitió continuar su proyecto (véase Esdras 5-6). El templo quedó terminado en el año 515 a. C. Se conoce a este templo como el segundo templo (el de Salomón es el primero) o templo de Zorobabel. El segundo templo no se comparaba con el Templo de Salomón en su esplendor, pues el pueblo estaba empobrecido cuando levantó el edificio.

No hay ninguna mención de Zorobabel después de terminar la construcción del templo. La dirección de la comunidad quedó entonces a cargo de los sacertes. Este gobierno teocrático fue tolerado por los persas y durante un tiempo también por Alejandro el Grande.

Alexander the Great

Persia cayó ante Alejandro el Grande

(J-5) El retorno de los judíos bajo la dirección de Esdras y Nehemías

No se sabe mucho del estado de los asuntos judíos entre el tiempo transcurrido desde la finalización del templo en el año 515 a. C. y la aparición de Esdras y Nehemías en Jerusalén junto con los grupos que los acompañaron. Puede decirse con seguridad que la llegada de Nehemías a Jerusalén fue en el año 445 a. C. La fecha del ministerio de Esdras es tema de controversia. Algunos eruditos dicen que el viaje de Esdras fue anterior al de Nehemías, y otros dicen que fue posterior. Las Escrituras parecen indicar que el grupo de Esdras llegó a Jerusalén antes que el de Nehemías. Otras fuentes dicen que Esdras llegó en el año 458 a. C. (véase ed. de J. D. Douglas, The Illustrated Bible Dictionary, s. v. "Persia", pág. 1199).

En cualquier caso, hay un lapso de casi tres generaciones entre el primer retorno y el de Esdras y Nehemías. Durante este período, la cultura persa alcanzó su apogeo, tal como lo evidencian las impresionantes ruinas en Persépolis, capital del Imperio Persa. El lujo de la corte se describe en el libro de Ester.

Muy poco se sabe en cuanto a la vida de los judíos durante ese tiempo. Políticamente estaban bajo el mando de oficiales persas, pero, desde su propio punto de vista, y también en la práctica, mantenían una teocracia bajo la dirección del sumo sacerdote ungido del Señor. En vista de las reformas iniciadas teriormente por Esdras y Nehemías, es evidente que no había estricta observancia de las leyes de Moisés. Los sacerdotes contraían matrimonio con mujeres de las zonas cercanas que no eran de la casa de Israel, y la ciudad de Jerusalén fue deteriorándose.

Durante el reinado de Artajerjes I (465-424 a. C.), los oficiales judíos tenían representación reconocida en la corte persa. Esdras parece haber ocupado algún oficio importante, y fue reconocido como enviado pecial para reorganizar los servicios del templo en rusalén. Los anhelosos judíos fueron motivados por el respaldo que habían recibido de la corte persa a tal punto que excedieron los términos del encargo hecho a Esdras, y hasta reconstruyeron la muralla de la ciudad.

Nehemías era copero real en la corte persa (véase Nehemías 2:1). Puesto que el asesinato era un peligro siempre presente para los reyes de la antigüedad y se usaba el veneno con frecuencia, el copero ocupaba un puesto de mucha confianza en la corte. Su oficio consistía en confirmar que la comida y bebida del rey no estaban envenenadas. (Véase Samuel Fallows, ed., The Popular and Critical Bible Encyclopedia and Scriptural Dictionary, s. v. "cupbearer".) Nehemías tuvo éxito en valerse de su puesto para hacerse nombrar gobernador de Judá.

La energía, la habilidad, el patriotismo desinteresado y la integridad personal que caracterizaban a Nehemías dieron por resultado el surgimiento de un Judá nuevo y exuberante. La restauración de Jerusalén, que había estado en ruinas durante siglo y medio, se inició. Esdras, un sacerdote justo y dedicado, se unió a Nehemías en la obra emprendida, y juntos lograron restaurar la comunidad judía en Jerusalén. El Salmo 48 es un cántico, o poema, que celebra la restauración de Jerusalén. Muestra cómo Judá recobró la confianza. Judá desarrolló un gobierno semiautónomo y gradualmente expandió sus fronteras hasta que llegó a ser aproximadamente la mitad del tamaño del reino de Judá en época de la caída, en el año 581 a. C. Judá se mantuvo en paz durante la existencia del Imperio Persa.

Cuando Alejandro el Grande conquistó el Imperio Persa, en el año 331 a. C., los judíos simplemente transfirieron su lealtad de un monarca a otro. La tradición judía relata cómo Alejandro fue recibido por el sumo sacerdote en Jerusalén y la ocasión en la que se le leyeron las profecías de Daniel referentes a que uno de los griegos destruiría a los persas (véase Daniel 7:6; 8:3, 20-22; 11:3). Alejandro, suponiendo que esto se refería a él, se regocijó y aceptó a la nación judía sin presentar batalla.

(J-6) La diáspora

Diáspora es un vocablo griego que significa "dispersión". De acuerdo con los judíos, hay una gran diferencia entre un exilio forzado y una dispersión voluntaria. El exilio forzado generalmente aparece representado por el vocablo hebreo galut, que significa "exilio". Diáspora se usa generalmente por los judíos para referirse a su dispersión voluntaria. De acuerdo con los judíos de nuestra época, diáspora es la designación correcta para todos los judíos que todavía viven fuera de Eretz Israel (tierra de Israel).

El vocablo diáspora se refiere al esparcimiento de la casa de Israel en regiones fuera de Palestina. Los Santos de los Ultimos Días sabemos que toda la casa de Israel fue esparcida, pero, tal como muchos eruditos usan el vocablo, diáspora se aplica principalmente a la dispersión de los judíos por toda la tierra.

Mediante sus profetas, el Señor hace mucho tiempo anunció el esparcimiento o dispersión de Judá y de todo Israel. (Véase Deuteronomio 28:64; Jeremías 29:18; Ezequiel 12:15; Amós 9:9; Zacarías 10:9.)

La primera y gran dispersión de Israel comenzó con la conquista asiria del reino del norte, o reino de Israel, la cual resultó en el cautiverio de aquella nación en el año 722 a. C. (Véase Temas suplementarios, sección D.)

Aunque la primera diáspora judía significativa fue resultado del exilio en Babilonia, algunas pequeñas colonias habían ido a Egipto antes de este exilio. Uno de estos exilios es el tema de algunas de las terribles profecías de Jeremías (véase Jeremías 43-44). Los judíos mencionados por Jeremías se establecieron cerca del delta del Nilo. Repudiaron totalmente a Jehová, asegurando descaradamente que lo que había causado su miseria y desastre era precisamente el hecho de haberlo adorado. Otros grupos de judíos que fueron a Egipto poco antes de que Jerusalén fuera sitiada, y durante los sitios, fueron recibidos con hospitalidad, y prosperaron. Establecieron centros judíos en varias de las ciudades más importantes de aquel país, e incluso muchos de ellos intentaron transplantar a aquellos lugares el modelo de su vida religiosa. Tal fue el caso en Elefantina, donde descubrimientos arqueológicos revelan que una colonia judía construyó un templo semejante al de Jerusalén.

Nabucodonosor deportó a Babilonia grandes grupos de judíos entre los años 605 y 587 a. C. A pesar del edicto de Ciro, la mayoría de los exiliados prefirieron quedar en Babilonia por motivo de las condiciones económicas y agrícolas que les eran favorables. Gradualmente, desde el 400 a. C. al 200 d. C., y posteriormente también, los judíos se dispersaban por todas partes del mundo conocido y establecían colonias que perduraron.

Un eminente historiador comentó la existencia de los judíos dispersos en otras partes del Imperio Romano en la época de la era cristiana:

"Josefa describe a Siria como el país con el más alto porcentaje de habitantes judíos, lo cual probablemente se debía a la proximidad con Eretz Israel. Particularmente, había importantes centros judíos en la capital, Antioquía, así como en Damasco y en Apamea. Según Filo, numerosos judíos vivían en Siria y en Asia Menor, donde el asentamiento de judíos fue grandemente fomentado por la política de los reyes seléucidas, quienes gobernaban grandes zonas del Asia Menor. Así se sabe que Antíodo III (223-187 a. C.) estableció a 2000 familias judías de Babilonia en Frigia y en Lydia. Desde la época del Imperio Romano al final de la república y el comienzo del principado juliano-claudia no, hay clara evidencia de la existencia de judíos en la mayoría de las ciudades importantes de Asia Menor, en Adramicio, Pérgamo, Sardis, Efeso, Tralles, Mileto, laso, Halicarnaso, Laodicea, Tarso y en muchas más, así como en las regiones de Bitinia, Ponto y Capadocia… Había muchos judíos, también, en las varias islas del Mediterráneo oriental… Muchos vivían en Creta, Delos, Paros, Melas, Euboea y otras islas.

"…había judíos en todos los centros urbanos de Grecia y Macedonia… Según los Hechos de los Apóstoles, había comunidades judías en Tesalónica, en las ciudades macedonias de Filipo y Berea y en las afamadas ciudades griegas de Atenas y Corinto. Las inscripciones todavía en existencia atestiguan de colonias judías en distintos lugares en el Peloponeso (distrito de Laconia, la ciudad de Petra, Tegea), en Atenas y Tesalia. Desde Grecia los grupos judíos se esparcieron hacia el norte hasta la península Balcánica (Stobi) y llegaron a Panonia (la Europa actual)." (Encyclopedia Judaica, s. v. "Diaspora", 6:10-11.)

El pueblo disperso de Judá se menciona frecuentemente en el Nuevo Testamento. La epístola de Santiago fue dirigida a ellos (véase Santiago 1:1). Los judíos que estaban en el templo cuando interrogaron a Jesús en la fiesta de los Tabernáculos (véase Juan 7:35) hablaron de ellos. En la fiesta de Pentecostés, otras quince localidades aparte de Judea estaban representadas por peregrinos judíos (véase Hechos 2:9-11). Lucas, en el libro de los Hechos, habló de sinagogas judías en el Imperio Romano, que eran de gran utilidad para el esparcimiento del cristianismo (véase Hechos 6:9; 13:43-45; 14:1-2, 19; 16:3; 17:1, 4, 10-13; 18:2, 12, 19; 19:13-17, 33; 28:17-29).

(J-7) La religión judía en la diáspora

"En general los judíos de la Dispersión eran sinceramente leales a la religión de sus antepasados. Reconocían a Jerusalén como la Ciudad Santa, pagaban sus impuestos anuales al templo y siempre que era posible hacían peregrinaciones [a Sión] para celebrar las fiestas sacras. Sin embargo, en muchas sinagogas fuera de Judea se efectuaban servicios en griego, se estaban volviendo práctica corriente los casamientos con gente de otras razas y el rito de la circuncisión se abandonaba cada vez más. Entre las muchas ideas helenistas que ganaban terreno entre los judíos dispersos estaba la creencia popular de que los pueblos adoraban sencillamente al mismo Dios usando nombres diferentes. Este principio era condenable para los sacerdotes y eruditos de Jerusalén, pues eliminaba las diferencias entre judío y gentil." (Great People of the Bible and How They Lived, pág. 253.)

Devotos judíos visitaban Jerusalén para las grandes festividades siempre que resultaba posible (véase Hechos 2:5-11; 8:27). Pablo, criado como judío de la diáspora en Tarso, era fiel a la ley y a la nación (véase Filipenses 3:5-6). Apolos, un converso cristiano, era judío de la diáspora y vivía en Alejandría, y "era poderoso en las Escrituras" (Hechos 18:24).

¿En qué forma influyó la religión judía de la diáspora sobre sus vecinos gentiles? Un escritor describe cómo los judíos ganaban prosélitos:

"A menudo se acusa a los judíos, injustamente, de un exclusivismo rígido. De hecho, particularmente entre los de la dispersión, ellos reconocían su misión para con los gentiles, y había un sincero intento de ganar conversos. Aceptar la religión judía no era asunto que se tomara a la ligera por parte de un gentil. Debía aceptar la circuncisión y el bautismo, y estar de acuerdo con obedecer toda la ley de Moisés. Debía, de hecho, renunciar a su propia nacionalidad. Hubo un número considerable que dio este paso extremo, y es a ellos a quienes se aplica el término de 'prosélitos'.

"Muchos otros fueron atraídos por la fe monoteísta y por la moral estricta del judaísmo en contraste con el decadente politeísmo de Roma. Se inclinaban por el judaísmo y se identificaban con la fe e ideales de los judíos, pero no se comprometían totalmente; es decir, no aceptaban los convenios ni compromisos. Estos compañeros de jornada, muchos de ellos oficiales ricos e influyentes, se conocen en el Nuevo Testamento como 'los que temen a Dios', 'los devotos' o 'los piadosos' (Hechos 13:26, 43, 50; 17:4)." (David Alexander y Pat Alexander, eds., Eerdmans' Handbook to the Bible, pág. 497.) Estos prosélitos eran una rica fuente de conversos para el antiguo cristianismo, pues en la Iglesia encontraban la ley moral sin las cargas del código de Moisés.

(J-8) Vida en la diáspora

Durante los primeros siglos de la dispersión, "las ocupaciones de los judíos en los países de la diáspora heleno-romana eran variadas, y ciertamente no se limitaban a unas pocas ocupaciones especiales como era el caso en la Edad Media, sino que no había sobre ellos restricción alguna. En Judea, los judíos habían sido agricultores desde los más antiguos tiempos, y, aunque el cultivo del suelo seguía siendo una ocupación importante de los judíos en los países de la diáspora, también se daban a otras actividades. Numerosos papiros en particular aportan mucha evidencia en cuanto al papel desempeñado por los judíos en la agricultura de Egipto. Entre los agricultores judíos del Egipto tolemaico había 'granjeros reales', granjeros arrendatarios, colonos militares y obreros agrícolas. También había pastores y campesinos judíos. Otros documentos muestran que había una familia judía de alfareros en 'una villa siria' en el distrito de Fayún, y también un tejedor judío en el Alto Egipto en el segundo siglo a. C. Había oficiales judíos prominentes al servicio del gobierno ocupando puestos en la fuerza policial, en la administración de los bancos y particularmente en el cobro de impuestos.

"Una diversidad parecida caracterizaba la vida económica de los judíos en el Egipto romano. En la Alejandría romana había acaudalados judíos, banqueros con conexiones en distintos territorios, importantes mercaderes y dueños de flotas de barcos que desempeñaban un papel preponderante en la economía egipcia y en la de todo el Mediterráneo. Sin embargo, además de éstos, los artesanos judíos y los judíos pobres no eran menos destacados. Los artesanos que había en la Alejandría romana se dedicaban a variadas profesiones y aun ocupaban un lugar en la gran sinagoga, según sus ocupaciones. Entre los judíos alejandrinos, algunos eran dueños de tierras en distintos lugares en tanto que otros tenían dificultades para ganarse la vida, tal como se puede comprobar en los papiros de Abusir el Meleq. Esta situación se confirma por documentos referentes a las ciudades provinciales. Así tenemos que en el Egipto romano algunos judíos eran terratenientes, y algunos se dedicaban al cultivo del suelo, en tanto que otros se dedicaban a los rebaños; algunos se ocupaban del transporte terrestre o fluvial y en el Nilo llevaban cargas para distintas partes de Egipto, mientras que otros eran artesanos… Más o menos ése era el estado de las cosas en otros países del mundo mediterráneo…

"[Bajo la ley romana los judíos tenían el derecho] de organizarse en sus propias instituciones y de establecer un sistema autónomo de administración y justicia internas, de abstenerse de participar en lo que consideraban idolatría y de ser eximidos de deberes o tareas que pudieran significar una transgresión de los preceptos religiosos de su pueblo. El permiso para abstenerse de la idolatría también incluía el derecho de abstenerse de participar en la adoración al emperador, máxima expresión de lealtad de los pueblos del imperio, abstención que generalmente se consideraba como traición." (Encyclopedia judaica, s. v. "Diaspora", 6:11-13.)

Hoy día, de los 13 millones de judíos que se calcula que hay en el mundo, unos 2. 600. 000 viven en Israel, más de 5. 500. 000 en los Estados Unidos y 2. 300. 000 en la Unión Soviética.

(J-9) El recogimiento del Israel disperso

El Señor nunca tuvo la intención de que Israel y Judá permanecieran esparcidos. Isaías profetizó lo siguiente: "Jehová alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo… y juntará los desterrados de Israel, y reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra" (Isaías 11:11-12). El Salmo 147:2 dice: "Jehová edifica a Jerusalén; a los desterrados [diasporai en la versión griega del Antiguo Testamento] de Israel recogerá." Nefi añadió esta significativa idea a las enseñanzas concernientes a la restauración de los judíos: "Y después que [los judíos] hayan sido dispersados… de generación en generación… [serán] persuadidos a creer en Cristo, el Hijo de Dios, y la expiación" (2 Nefi 25:16). Isaías describió cómo en gran medida los judíos serían restaurados: "Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas" (Isaías 49:23).

El presidente Wilford Woodruff publicó una epístola para el mundo, el 22 de febrero de 1879 y, en parte, se dirigió a los dispersos de Judá: "Pues la plenitud de los gentiles ha venido, y el Señor ha decretado que los judíos sean recogidos de entre todas las naciones gentiles a las que han sido llevados, a su propia tierra, en cumplimiento de las palabras de Moisés, su legislador. Y ésta es la voluntad de vuestro gran Elohím, oh casa de Judá, y cuando seáis llamados a efectuar esta obra, el Dios de Israel os ayudará. Delante vuestro tenéis un gran futuro y destino y no podéis evitar cumplirlo; sois la simiente escogida, y el Dios de la casa de vuestro padre os ha mantenido como nación apartada durante mil ochocientos años, bajo la opresión de todo el mundo gentil. Tal vez no esperéis hasta que lleguéis a creer en Jesús de Nazaret, sino que cuando os encontréis con Siloh, vuestro rey, lo conoceréis. Vuestro destino está trazado; no podéis evitarlo. Cierto es que después que hayáis regresado y congregado a vuestra nación, y reconstruido vuestra Ciudad y Templo, los gentiles reunirán sus ejércitos para ir a la batalla contra vosotros, para tomaros como presa y tomaros para despojo, lo cual harán, pues las palabras de vuestros profetas deben cumplirse; pero cuando esta aflicción llegue, el Dios viviente que condujo a Moisés a través del desierto os librará, y vuestro Siloh vendrá y se pondrá en medio de vosotros y peleará vuestras batallas; y lo conoceréis, y las aflicciones de los judíos llegarán a su fin, en tanto que la destrucción de los gentiles será tan grande que le llevará a la casa de Israel, que estará congregada en Jerusalén y sus alrededores, siete meses para enterrar a los muertos de sus enemigos, y las armas de guerra alcanzarán para servir como combustible durante siete años, de forma que no habrá necesidad de ir a bosque alguno para buscar leña.

"Estas son profecías portentosas. ¿Quién puede someterse a ellas? No obstante son verdaderas y serán cumplidas, según lo dicho por Ezequiel, Zacarías, y otros profetas. Aunque los cielos y la tierra pasen, ni un punto ni una tilde quedarán sin cumplimiento." (En Matthias F. Cowley, Wilford Woodruff, págs. 509-10.)