1990-1999
    Los profetas y los grillos cebolleros espirituales
    Notas al pie de página
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    Los profetas y los grillos cebolleros espirituales

    “En el Israel moderno, servir al Señor significa seguir cuidadosamente a los profetas”.

    Deseo expresarles mi amor. Dirijo mis palabas a los miembros de la Iglesia dedicados y llenos de testimonio de todas las naciones de la tierra. El solo hecho de que en esta hermosa mañana del sábado estén aquí o viendo esta conferencia en alguna sala ensombrecida en medio del día, manifiesta su discipulado. Ustedes se toman en serio lo que creen y lo exteriorizan.

    Una amonestación que a mí me ha dado fuerza es la poderosa declaración del profeta Josué: “Escogeos hoy a quien sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).

    Las palabras de Josué tienen muchísima importancia, pero aun así, la forma en que mostramos nuestra decisión de servir al Señor cambia con cada generación. Cuando Josué habló hace 3.500 años, sus palabras significaban dejar atrás los falsos dioses, ir a la guerra contra los cananeos y prestar suma atención a las palabras del Profeta. Casi podemos oír las quejas de los escépticos cuando Josué anunció los planes de batalla para tomar la ciudad de Jericó. En primer lugar dijo que iban a rodear la ciudad en silencio durante cada uno de los seis días, y en el séptimo circundarían la ciudad en siete ocasiones. A continuación, los sacerdotes harían sonar las trompetas y al mismo tiempo el pueblo emitiría un gran grito. Entonces, les aseguró Josué, los muros de la ciudad caerán. Y cuando los muros cayeron, los escépticos se callaron (Véase Josué, capítulo 6).

    Hay una cosa en nuestra época que no ha cambiado desde que habló Josué: Los que escogen servir al Señor siempre escuchan al profeta con atención. En el Israel moderno, servir al Señor significa seguir cuidado-sámente a los profetas.

    Los desafíos a los que nosotros y nuestras familias hacemos frente como discípulos de Cristo son un tanto diferentes a los que tenían los israelitas de Josué. Permítanme ilustrarlo con una experiencia. Nuestra familia vivió durante muchos años en el estado de Florida. Debido a la alta concentración de arena que hay en este estado, el césped es de un tipo de hoja ancha al que llamamos San Agustín. Un enemigo monumental del césped de Florida es un pequeño insecto marrón llamado grillo cebollero.

    Una tarde mientras mi vecino y yo estábamos frente a la casa, nos fijamos en un bichito pequeño que cruzaba la acera. “Será mejor que fumigues el césped”, me advirtió mi vecino. “Ése es un grillo cebollero”. No hacía demasiadas semanas que lo había fumigado, y no pensaba que tuviera ni el tiempo ni el dinero para volverlo a hacer tan pronto.

    A la mañana siguiente examiné el césped, el cual estaba frondoso y de un verde muy bonito. Observé si podía ver alguno de esos pequeños insectos, pero no pude ver ninguno. Recuerdo que pensé: “Bueno, quizás aquel pequeño grillo cebollero pasó por mi jardín en camino al de mis vecinos”.

    Observé el césped por más de una semana buscando señales de invasores, pero no había ninguna apreciable; y me felicité por no haber hecho caso del consejo de mi vecino.

    La anécdota, sin embargo, tiene un final triste. Al salir de casa una mañana, unos diez días después de la conversación con mi vecino, vi, con horror, como si hubiese ocurrido durante la noche, que el césped estaba cubierto de manchas color marrón. Fui entonces a toda prisa a comprar insecticida y lo apliqué de inmediato, pero era demasiado tarde. El césped se había arruinado y para restaurarlo a su estado anterior fue necesario plantar más césped, largas horas de trabajo y un gran gasto.

    La advertencia de mi vecino había sido fundamental con respecto al césped. Él vio lo que yo no veía; sabía algo que yo no sabía: que esa clase de grillos viven bajo tierra y se movilizan sólo de noche, por lo que mis inspecciones diurnas no sirvieron de nada. Él también sabía que esos insectos no se comen las briznas del césped, sino que se alimentan de las raíces de éste. Y sabía que esas pequeñas criaturas de dos centímetros y medio de largo comerían muchas raíces antes de que yo viese el efecto de ello a flor de tierra. Pagué un precio muy alto por mi petulante independencia.

    Vivimos en una época magnífica donde las bendiciones de las que gozamos son suntuosas y exuberantes. Con fe en el Salvador y obediencia a los mandamientos podemos llenar nuestra vida de satisfacción y regocijo.

    Pero en estos tiempos de tanta belleza, las dificultades que hallamos al escoger servir al Señor son más sutiles que las de épocas anteriores, aunque sin duda son igual de frecuentes en el ámbito espiritual. Hay grillos espirituales que horadan por debajo de nuestros muros de protección e invaden nuestras delicadas raíces. Muchos de esos “insectos” de maldad parecen pequeños y, a veces, son casi invisibles. Si no los combatimos, harán daño e intentarán destruir lo que es más valioso para nosotros.

    Las advertencias de los profetas y apóstoles siempre los llevan a hablar del hogar y de la familia. Permítanme citar la voz de amonestación de los profetas. El 11 de febrero de este año, la Primera Presidencia, con el apoyo del Quórum de los Doce Apóstoles, envió a todos los miembros de la Iglesia una carta de consejo con respecto a nuestras familias. Quisiera leerles parte de esa carta:

    “Aconsejamos a los padres y a los hijos que den una prioridad predominante a la oración familiar, a la noche de hogar para la familia, al estudio y a la instrucción del Evangelio y a las actividades familiares sanas. Sin importar cuán apropiadas puedan ser otras exigencias o actividades, no se les debe permitir que desplacen los deberes divinamente asignados que sólo los padres y las familias pueden llevar a cabo en forma adecuada” (“Carta de la Primera Presidencia”, Liahona, diciembre de 1999, pág. 1).

    ¿Cómo reaccionamos ante ese profético consejo? ¿Cuál ha sido mi reacción y la reacción de ustedes a esa carta que la Primera Presidencia nos envió hace casi ocho meses?

    En calidad de padre de adolescentes en un mundo tan ajetreado, doy constancia de que es necesario prestar a estos asuntos nuestra más cuidadosa atención a fin de que den resultado de fomia eficaz en nuestra familia. Acabamos de escuchar el bello relato del élder Featherstone en cuanto a la oración familiar. Con todas las influencias adversas que rodean a nuestros hijos, ¿podemos imaginarnos el verlos irse por la mañana sin arrodillarse y pedir con humildad la protección del Señor? ¿O terminar el día sin arrodillarse juntos y reconocer nuestra responsabilidad ante Él y nuestro agradecimiento por Sus bendiciones? Hemianos y hermanas, es preciso que llevemos a cabo la oración familiar.

    Por cierto hay ocasiones en las que el intentar reunir a la familia para leer las Escrituras no podría catalogarse como una experiencia espiritual digna de ser anotada en nuestro diario. Pero no debemos desistir. Hay ocasiones especiales en las que el espíritu de un hijo o una hija se encuentra preparado para recibir en su corazón, como un fuego, el poder espiritual de estos dos grandiosos poderes de las Escrituras. Al rendir honor a nuestro Padre Celestial en nuestros hogares, Él rendirá honor a nuestros esfuerzos.

    Todos sabemos en cuanto a la lucha que es necesario librar para retener la noche de hogar para la familia. Hay ladrones entre nosotros quienes nos robarían nuestras noches de los lunes. Pero las promesas que el Señor hizo a las familias que llevan a cabo la noche de hogar para la familia, emitidas por la Primera Presidencia hace 84 años, y reiteradas por nuestros profetas actuales, jamás han sido revocadas y están a nuestra disposición.

    “Si los santos obedecen este consejo, les prometemos que resultarán grandes bendiciones. En el hogar aumentarán el amor y la obediencia a los padres, la fe nacerá en el corazón de los jóvenes de Israel, y obtendrán poder para combatir las influencias malignas y las tentaciones que los acosan” (en James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, 1965-1975, 4:339).

    ¿Quiénes de los que me escuchan estarían dispuestos a conceder estas promesas a aquellos que nos privarían de nuestros lunes por la noche? Ninguno de nosotros.

    Para ustedes y para mí, los discípulos de Cristo, se deben fortalecer estos momentos de edificar la fe en la vida de nuestros hijos. Habrá ocasiones en las que como padres nos sentiremos deficientes. Eso me sucede a mí; pero debemos empezar de nuevo. Al ver nuestros esfuerzos verdaderos, el Señor abrirá las bendiciones del cielo si nos esforzamos por dar a nuestras familias la más alta prioridad. Mis hemianos y hermanas, hay grillos espirituales que están ocupados con nuestras raíces, y debemos ocuparnos aún más de nuestra mayordomía para con nuestras familias.

    Al participar en esta conferencia, prestemos atención a nuestro querido presidente Hinckley, a sus consejeros y a los Apóstoles que nos dirijan la palabra.

    No sigamos el modelo que mostré con los grillos cebolleros de Florida; nunca pasemos por alto las advertencias; nunca seamos petulantes en nuestra independencia. Aprendamos y escuchemos siempre con fe y humildad, estando prestos para arrepentimos cuando sea necesario.

    Éste es el Reino de Dios en la tierra. Ustedes y yo somos discípulos del Señor Jesucristo. Él es el Hijo de Dios. Él vive. Él dirige esta obra. El presidente Hinckley es Su profeta, y junto a él hay otras catorce personas que poseen las llaves apostólicas. Ellos son atalayas en la torre, mensajeros de la voz de amonestación, Profetas, Videntes y Reveladores.

    “Escogeos hoy a quien sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).

    “Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos” (Josué 24:24).

    Es mi súplica que estas palabras puedan estar inscritas en nuestros corazones. En el nombre de Jesucristo. Amén.