1990-1999
    “Sumo sacerdote de los bienes venideros”
    Notas al pie de página
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    “Sumo sacerdote de los bienes venideros”

    “Algunas bendiciones nos llegan pronto, otras llevan más tiempo, y otras no se reciben hasta llegar al cielo; pero para aquellos que aceptan el Evangelio de Jesucristo, siempre llegan”.

    En esas ocasiones en las que tenemos necesidad de recibir ayuda especial de los cielos, bien haríamos en tener presente uno de los títulos dados al Salvador en la epístola a los Hebreos. Refiriéndose al “tanto mejor ministerio” de Jesús y a la razón por la cual Él es el “mediador de un mejor pacto”, colmado de “mejores promesas”, el autor de la epístola, supuestamente el apóstol Pablo, nos dice que por medio de Su mediación y Su expiación, Cristo llegó a ser el “sumo sacerdote de los bienes venideros”1.

    Hay ciertos momentos en que todos tenemos la necesidad de saber que las cosas mejorarán. Moroni se refirió a ello en el Libro de Mormón como la “esperanza de un mundo mejor”2. Por nuestra propia salud emocional y por nuestro propio vigor espiritual todos debemos estar en condiciones de mirar hacia el futuro a cierto grado de alivio, hacia algo agradable, renovador y optimista, ya sea que se trate de una bendición que esté al alcance de la mano o aún distante. Nos basta con saber que podemos llegar allí, que no importa cuán próximo o lejano esté, existe la promesa de “bienes venideros”.

    Yo declaro que eso es precisamente lo que el Evangelio de Jesucristo nos ofrece, particularmente en momentos de necesidad. Hay felicidad. Hay felicidad. Hay realmente una luz allende la obscuridad. Es la Luz del Mundo, la Estrella Resplandeciente de la Mañana; la “luz que es infinita, que nunca se puede extinguir”3. Es el Hijo de Dios mismo. En alabanzas de amor más grandes aún que las que Romeo jamás hubiera podido proclamar, decimos: “¿qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana?”. Es el retomo de la esperanza y Jesús es el Sol4. A todo aquel que esté luchando por ver la luz y encontrar la esperanza, le digo que no se desanime, que siga tratando, que Dios le ama, que las cosas mejorarán. Cristo llega a usted en su “tanto mejor ministerio” con un futuro de “mejores promesas”. Él es su “sumo sacerdote de los bienes venideros”.

    Pienso en los misioneros que recién han sido llamados, que dejan atrás a familiares y amigos para enfrentarse a veces al rechazo y al desaliento y, al menos al principio de la misión, a algún que otro momento de añoranza del hogar y tal vez a un poco de temor.

    Pienso en los padres jóvenes que están criando fielmente a sus familias mientras estudian y en los que acaban de recibirse y tratan de vivir con escasos recursos, con la esperanza de gozar algún día de una mejor situación económica. Al mismo tiempo, pienso en otros padres que darían cualquiera de sus posesiones terrenales a cambio de que su hijo errante volviera a su hogar.

    Pienso en los padres o madres que se enfrentan a todo esto sin la ayuda de un cónyuge, como resultado de la muerte o el divorcio, la separación, el abandono o por alguna otra desgracia no esperada y por cierto tampoco anhelada en épocas mejores.

    Pienso en todos aquellos que quisieran estar casados pero no lo están, quienes desean tener hijos mas no pueden tenerlos, aquellos que tienen conocidos pero muy pocos amigos, quienes lloran la muerte de un ser querido o que ellos mismos están enfermos. Pienso en los que sufren a causa de los pecados —los propios o los de alguien más— y que tienen la necesidad de saber que hay una manera de regresar al redil y de volver a ser felices. Pienso en los desconsolados y oprimidos, que sienten que la vida les ha privado de las mejores experiencias o que quisieran no haber tenido que pasar por algunas de ellas. A todas estas personas y a muchas otras más les digo: Aférrense a su fe, a la esperanza, “…orad siempre, sed creyentes…”5. Por cierto, como escribió Pablo de Abraham: “Él creyó en esperanza contra esperanza…” y “…tampoco dudó, por incredulidad… se fortaleció en fe…” y fue “…plenamente convencido de que era… poderoso para hacer todo lo que [Dios] había prometido”6.

    Aun cuando no siempre perciban lo positivo que hay detrás de los problemas y las aflicciones, Dios sí puede percibirlo pues Él es la fuente de esa luz que ustedes buscan; los ama y conoce sus temores; escucha sus oraciones. Él es nuestro Padre Celestial y no cabe ninguna duda de que Él derrama por Sus hijos tantas lágrimas como las que ellos derraman.

    Pese a este consejo, sé que muchos de ustedes en verdad se sienten a la deriva en alta mar, en el más aterrador sentido de la expresión. Ante tales dificultades, tal vez clamen junto al poeta:

    “Obscurece. Mi rumbo he perdido.

    Las aguas han cambiado de color.

    No sé por dónde cruzar el río,

    me estremezco de tanto temor”7.

    No, no es sin reconocer las tempestades de la vida sino plenamente consciente de ellas que testifico del amor de Dios y del poder del Señor para calmar la tormenta. Tengamos siempre presente el relato bíblico que nos dice que Él también estaba sobre las agitadas aguas, que se enfrentó a los peores momentos junto a los más inexpertos, más jóvenes y más temerosos. Únicamente alguien que ha luchado contra esas alarmantes olas tiene el derecho de decirnos a nosotros-al igual que a las aguas–: “calla, enmudece”8. Sólo aquel que ha soportado la adversidad máxima podría tener la justificación para decir en esos momentos: “Sed de buen ánimo”9. Ese consejo no tiene como fin el simplemente hacernos pensar de manera positiva, aun cuando esto es algo que se necesita en el mundo. No, Cristo sabe mejor que ninguna otra persona que las pruebas de la vida pueden ser muy difíciles y que el batallar con ellas no nos hace personas débiles. Pero así como el Señor evita la retórica melosa, Él reprende seriamente la falta de fe y deplora el pesimismo. ¡Él espera que creamos!

    Los ojos de ningún otro humano fueron más penetrantes que los de Él y muchas de las cosas que vio atravesaron Su corazón. Por cierto, Sus oídos deben haber escuchado todo lamento, toda súplica y todo llanto de dolor. A un extremo que va mucho más allá de nuestra capacidad de comprensión, Él fue “varón de dolores y experimentado en quebranto”10. Por cierto que para el hombre común de las calles de Judea, la misión de Cristo debe haberle parecido un fracaso y una tragedia, un hombre bueno abrumado totalmente por las maldades que le rodeaban y las fechorías de los demás. Se le malentendió y se le mal interpretó e incluso se le odió desde el principio. No importaba lo que dijera o hiciera, Sus declaraciones eran tergiversadas, Sus hechos cuestionados y Sus motivos puestos en tela de juicio. En toda la historia del mundo, nadie ha amado con tanta pureza ni servido con tanta abnegación, ni a nadie se le ha tratado con tanta perversidad por su labor. Sin embargo, nada pudo quebrantar Su fe en el plan de Su Padre ni en las promesas de Él. Aun en los momentos más obscuros de Getsemaní y del Calvario, Él siguió confiando en el Dios en que, por un momento, temió que le hubiera abandonado.

    Puesto que los ojos de Cristo estaban indefectiblemente puestos en el futuro, pudo soportar todo cuanto se requirió de Él, sufrir como ningún otro hombre puede sufrir “sin morir”11, como dijo el rey Benjamín; ver a su alrededor los escombros de las vidas humanas y las promesas hechas al antiguo Israel convertidas en ruinas y, pese a todo, decir entonces y ahora: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”12. ¿Cómo era capaz de hacerlo? ¿Cómo podía creer en ello? Porque Él sabe que los fieles muy pronto recibirán lo que merecen; Él es un Rey; Él representa la corona; Él sabe qué es lo que se puede prometer. Él sabe que “Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia… Porque no para siempre será olvidado el menesteroso, ni la esperanza de los pobres perecerá perpetuamente”13. Él sabe que “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazónj y salva a los contritos de espíritu”. Él sabe que “Jehová redime el alma de sus siervos, y no serán condenados cuantos en él confían”14.

    Espero me disculpen por terminar de forma tan personal, que no representa las terribles cargas que muchos de ustedes llevan sobre sus hombros, sino que tiene más bien el propósito de dar ánimo. El mes pasado hizo treinta años que una pequeña familia cruzó los Estados Unidos con destino a una universidad, sin dinero, en un automóvil muy viejo. Habían cargado todo lo que poseían en este mundo en un pequeño remolque alquilado, al que sólo habían llenado hasta la mitad. Tras despedirse de sus preocupados padres, habían transitado exactamente 55 kilómetros por la carretera cuando, de debajo del capó del coche, empezó a salir un humo espeso.

    El joven padre salió de la carretera hacia un camino lateral y echó una mirada al motor, levantó él más presión que la del auto, y entonces, dejando a su confiada esposa y a sus dos inocentes niños, el menor de ellos de apenas tres meses, esperando en el vehículo, caminó unos cinco kilómetros y medio hasta la gran metrópolis de Kanarraville, en el sur de Utah, con una población que, por aquel entonces, constaba de 65 habitantes. Consiguió un poco de agua, y un hombre muy bondadoso se ofreció para llevarlo de vuelta hasta donde había dejado a su familia. Tras reparar provisoriamente el coche, condujeron lenta, muy lentamente, hasta St. George para que lo revisaran.

    Pese a que lo inspeccionaron repetidamente durante más de dos horas, no pudieron encontrarle ningún problema, así que la familia reinició su viaje. Tras haber transcurrido casi la misma cantidad de tiempo que la vez anterior, exactamente en el mismo lugar de la carretera — quizás a sólo cinco metros más o menos de donde se había llevado a cabo la avería anterior— se produjo en el auto, debajo del capó, otra explosión similar. Al parecer, estaban en juego las leyes más precisas de la física automotriz.

    Para ese entonces, sintiéndose más tonto que enojado, el desilusionado joven padre dejó una vez más a sus confiados seres queridos y emprendió la larga caminata en busca de ayuda. Esta vez, el hombre que le facilitó el agua le dijo: “Usted o el otro tipo que se parece a usted debería conseguir un nuevo radiador para el automóvil”. Por segunda vez el buen prójimo se ofreció para llevarlo de vuelta hasta el mismo lugar donde aguardaba ansiosamente su familia. El hombre no sabía si echarse a reír o a llorar ante las dificultades de esa joven familia.

    “¿Qué distancia han recorrido?”, preguntó. “Cincuenta y cinco kilómetros”, respondí. “¿Cuánto les queda de viaje?” “Cuatro mil doscientos kilómetros”, le dije. “Bueno, es posible que usted haga el viaje, y también lo hagan su esposa y los dos niños, pero ninguno de ustedes va a llegar demasiado lejos en este auto”. Sus palabras demostraron ser proféticas en todo sentido.

    Hace apenas dos semanas pasé por aquel mismo lugar de la carretera, donde una salida lleva hasta un camino vecinal, a más o menos cinco kilómetros al oeste de Kanarraville, Utah. Aquella misma hermosa y leal esposa, mi más querida amiga y el gran apoyo de mi vida a través de todos estos años, dormía plácidamente en el asiento a mi lado. Los dos niños del relato y otro pequeño hermano que se les unió más tarde ya han crecido y prestado servicio como misioneros, se han casado y crían ahora a sus propios hijos. Esta vez, el coche en el que viajábamos era modesto pero muy cómodo y seguro. De hecho, nada de ese momento ocurrido hace dos semanas, con excepción de mi querida esposa que dormía plácidamente a mi lado, y yo, tenía ni la más mínima similitud a las circunstancias angustiosas ocurridas hace tres décadas.

    Sin embargo, mentalmente, y apenas por un instante, creí ver al costado de aquel camino un viejo automóvil en cuyo interior había una buena y joven esposa y dos pequeños que trataban de no protestar ante tan lamentable situación. También imaginé ver, un poco más adelante, a un joven padre emprendiendo a pie el largo recorrido hasta Kanarraville, al parecer con los hombros un poco caídos por el peso del evidente temor de quien no tiene mucha experiencia. Como se describe en las Escrituras, sus manos parecían “caídas”15. En ese momento imaginario no pude contener mi impulso de decirle: “No te des por vencido, muchacho. No te desanimes. Sigue caminando. Sigue intentándolo. Encontrarás ayuda y felicidad más adelante, muchísima en unos treinta años y aún más allá en el futuro. Mantén la cabeza en alto; al final todo saldrá bien. Confía en Dios y cree en las cosas buenas que están por venir”.

    Testifico que Dios vive, que Él es nuestro Padre Eterno, que nos ama a cada uno con amor divino. Testifico que Jesucristo es Su Hijo Unigénito en la came y que tras haber triunfado en este mundo es heredero de la eternidad, es coheredero con Dios, y ahora está a la diestra de Su Padre. Testifico que ésta es la verdadera Iglesia de Ambos y que Ellos nos sostienen en los momentos de necesidad y siempre lo harán, aun cuando no podamos darnos cuenta de Su intervención. Algunas bendiciones nos llegan pronto, otras llevan más tiempo, y otras no se reciben hasta llegar al cielo; pero para aquellos que aceptan el Evangelio de Jesucristo, siempre llegan, se los aseguro. Agradezco a mi Padre Celestial Su bondad pasada, presente y futura y lo hago en el nombre de Su Amado Hijo y generoso Sumo Sacerdote, el Señor Jesucristo mismo. Amén.