1990-1999
    Servir al Señor
    Notas al pie de página
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    Servir al Señor

    “No podemos elegir servir a Dios y al mundo al mismo tiempo”.

    Cuando la vida de Josué llegaba a su fin, reunió a las tribus de Israel y les recordó la misericordia y las bendiciones que el Señor había conferido sobre ellos.

    Debido al tipo de vida que vivían, Josué los amonestó y les dijo:

    “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.

    “Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis;… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”1.

    Hoy en día se nos amonesta de la misma manera por medio de apóstoles y profetas. Debemos temer al Señor, servir al Señor, dejar a un lado los dioses mundanos y elegir a quién serviremos.

    El temer al Señor significa ser reverente, y amarlo y guardar Sus mandamientos.

    Mostramos que servimos al Señor por la forma en que vivimos los mandamientos que recibimos de Él, por el trabajo que llevamos a cabo para establecer el Reino de Dios sobre la tierra y por la forma en que actuamos ante nuestros semejantes.

    El hacer a un lado los dioses mundanos significa eliminar de nuestra mente los pensamientos impuros, deshacerse de todos los sentimientos de odio y maldad de nuestro corazón y liberar nuestras vidas de cualquier cosa que impida que el Espíritu Santo esté siempre con nosotros.

    Para algunos, el dejar a un lado los dioses mundanos significará librarse de algún pequeño hábito. Para otros, puede ser el liberarse de pecados serios que estén cometiendo. Para otros, incluso puede significar el olvidar hechos tristes que sucedieron en una época temprana en la vida. Cualesquiera sea la situación, en cada uno de nosotros se encuentra el poder de cambiar, el poder de transformar los sentimientos negativos de nuestro corazón. El Señor Jesucristo nos dará ese poder y nos ayudará. Todo lo que nos pide es que tengamos fe en Él, que sigamos Su ejemplo y que obedezcamos Sus mandamientos.

    Cuando amamos a Dios, lo servimos con sinceridad y renunciamos a las cosas de este mundo, nos convertimos en verdaderos seguidores de Cristo.

    Muchas veces durante nuestra vida nos detenemos y reflexionamos, como sucedió con el pueblo de Israel. ¿Valía la pena servir al Señor? Jesús dijo:

    “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina”2.

    El servir a Cristo no es en sí una forma de escapar de la dura realidad de la vida.

    Como dice la Biblia: “Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio…”3.

    La lluvia, las inundaciones y los vientos no sólo sacuden la casa que había sido construida sobre la arena, sino también a la otra, la que había sido construida sobre la roca.

    Tanto el que sirve al Señor como el que lo desdeña vive en un mundo reglamentado por las mismas leyes de la naturaleza.

    Muchas son las cosas que sobrevienen tanto al santo como al pecador: enfermedades, muerte, catástrofes, accidentes, etc.

    Ni la prosperidad ni la pobreza indican si la persona está viviendo una vida cristiana.

    El sufrimiento físico no es evidencia de maldad ni es castigo por el pecado.

    ¿Cuales son, entonces, las recompensas del servir al Señor?

    El Evangelio de Jesucristo no promete que viviremos libres de las tribulaciones; pero sí fortalece nuestro espíritu para que podamos aceptar la adversidad y enfrentarla cuando llegue.

    La casa fundada sobre la roca no cae con los grandes vientos ni con la lluvia.

    La persona cuya vida está fundada en el Evangelio del Señor Jesucristo es capaz de:

    • Enfrentar la adversidad con esperanza;

    • Resistir las ofensas y perdonar; y

    • Enfrentar la muerte con serenidad.

    La persona que decide seguir al Señor y guarda Sus mandamientos:

    • En sus debilidades, sabe dónde está la fuente de su fortaleza;

    • En su fortaleza, permanece humilde;

    • En su pobreza, sabe cuáles son sus riquezas;

    • En su prosperidad, recuerda a sus hermanos con amor.

    Una persona que puede vivir de esta forma, sin temor ni odio, mas con amor, es una persona feliz.

    Los frutos que se obtienen de servir al Señor son, en esencia, espirituales.

    Jesús enseñó que cada árbol da fruto de acuerdo con su especie. “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos”4.

    Jesús prometió la vida eterna a Sus seguidores. “De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna”5.

    En esta vida edificamos nuestra morada eterna.

    ¿Estamos edificando sobre la roca que es el Evangelio de Jesucristo o estamos edificando sobre la arena cuyo fundamento es la falsedad del mundo?

    En todo momento debemos elegir a quién serviremos, porque hemos sido puestos sobre esta tierra para ser probados6.

    No podemos elegir servir a Dios y al mundo al mismo tiempo7.

    Si deseamos seguir al Señor, debemos guardar Sus mandamientos y seguir a nuestro profeta y sus enseñanzas:

    “Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quien sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”8.

    Doy mi testimonio de que yo sé que estos principios son verdaderos. Mi familia y yo hemos sido muy bendecidos al seguir el consejo de los apóstoles y profetas y al elegir servir al Señor. Hoy día nos guía un profeta de Dios. En el nombre de Jesucristo. Amén.