1990-1999
    Huracanes espirituales
    Notas al pie de página
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    Huracanes espirituales

    “A nuestros guardianes en la torre se les conoce como apóstoles y profetas. Ellos son nuestros ojos espirituales en el cielo”.

    Un domingo por la mañana, hace más de un año, amanecimos con un hernioso día en Santo Domingo en la República Dominicana. El sol del Caribe brillaba y el cielo estaba despejado. La brisa apenas movía las hojas de los árboles; era un día cálido y tranquilo. Pero a lo lejos en el mar, más allá del alcance de nuestros sentidos ese día, el destructor se acercaba, implacable e irresistible. El Centro Meteorológico, que tenía la responsabilidad de seguir la trayectoria y de predecir la ruta del huracán Georges, estaba constantemente actualizando la información en el Internet. Esa mañana tranquila y apacible, por medio de ese sistema de ojos en el cielo, vi el camino previsto del ciclón, que apuntaba como una flecha hacia el corazón de Santo Domingo.

    En menos de 48 horas, el huracán azotó la isla con furia intensa e insensible, dejando a su paso destrucción, desolación y muerte. El poder salvaje y violento de la naturaleza era asombroso. Desde el refugio de nuestra casa vimos árboles que se doblaban por la fuerza del viento que rugía, bramaba y soplaba con furia. El poder destructor de ese viento hizo que el agua penetrara en la casa a través de las ventanas, y el río que se fomió en la calle, elevándose a casi un metro de altura, finalmente empezó a bajar cuando faltaba poco para que entrara en la casa.

    En la región donde vivíamos, la mayoría de los árboles fueron desarraigados o quebrados por los vientos huracanados; por toda la ciudad había árboles, ramas, postes y cables derribados. Las calles quedaron bloqueadas; el tránsito era difícil, y no hubo energía eléctrica durante más de una semana. Aunque la destrucción fue extensa, hubiera sido mucho peor a no ser por las advertencias de las personas que predicen el tiempo y aconsejan a la gente para que esté preparada. Casi todos los que se prepararon debidamente soportaron el huracán y salieron relativamente ilesos. Estoy agradecido por esas personas que se dedican a vigilar y a seguir el trayecto de esas tormentas. Sus oportunas advertencias salvan vidas y protegen a las personas. Los que no hacen caso de las advertencias pagan el precio por desoír a los guardianes cuya tarea es la de vigilar, advertir y salvar.

    Aunque el daño, la destrucción y la muerte que resultan de este espectacular fenómeno de fuerza física son inmensos, hay aún más desolación causada en la vida de la gente por huracanes espirituales. Estas fuerzas furiosas a veces causan daño mucho más devastador que los ciclones físicos porque destruyen nuestras almas y nos privan de nuestra perspectiva y promesa eternas. Cuando la tormenta física ha pasado, podemos empezar a poner nuestras vidas y nuestros hogares en orden; pero algunos huracanes espirituales nos arrastran al caos, y caemos encadenados por influencias potentes y perniciosas cuyas consecuencias apenas percibimos en el momento. Al igual que esos agitados ciclones físicos, los huracanes espirituales pueden pasar casi inadvertidos hasta que casi están encima de nosotros, pero también pueden atacar con furia intensa e insensible.

    Nos colocamos en el camino de estos huracanes espirituales cuando participamos en cosas como la ira, el alcohol y el abuso; la lujuria y el libertinaje; la promiscuidad y la pornografía; las drogas, el orgullo, la codicia, la violencia, la envidia y la mentira; la lista es larga. Hay ocasiones en que la vida aparen-teniente sigue como antes, y en ese período latente no hay indicio de la terrible retribución que vendrá; pero entonces nos encontramos a merced de la furia satánica de esos huracanes que saquean nuestra vida, trayendo angustia, agonía, depresión, desolación y desesperación. Demasiadas veces también traen tristeza, pesar, sufrimiento y aflicción a nuestros seres queridos. Una vez pasada la tormenta, es con frecuencia más difícil restaurar un alma destrozada que reconstruir una ciudad asolada. Se agitan remolinos de malevolencia, malicia e iniquidad en la sociedad de hoy, y no dejarán ilesos a los que se crucen en su camino.

    Pero también tenemos a nuestros guardianes que vigilan a estos huracanes espirituales, cuyo llama-miento es el de velar y amonestar, ayudándonos a evitar el daño, la destrucción, devastación y hasta la muerte espiritual. A nuestros guardianes en la torre se les conoce como apóstoles y profetas. Ellos son nuestros ojos espirituales en el cielo, y ellos saben, por inspiración, intuición e inteligencia pura, qué curso pueden tomar estas tormentas. Ellos continúan alzando la voz de amonestación para prevenirnos en cuanto a las consecuencias trágicas de la violación deliberada e intencional de los mandamientos de Dios. El desoír sus advertencias es ponemos en el camino de la tristeza, la miseria, y la ruina; el seguirlas es seguir a los siervos escogidos del Señor a los prados espirituales de paz y abundancia.

    Desde este púlpito nos han aconsejado acerca de los ciclones de nuestra sociedad y civilización; nos han amonestado sobre el mal en todos sus disfraces, y nos han advertido una y otra vez que volvamos a los caminos del Señor. Hay ocasiones en que no desearemos escuchar lo que tengan que decir; hay veces en que no creeremos que el huracán vendrá; pero en su debido tiempo, llegará; porque los que siembran viento cosecharán el torbellino (véase Oseas 8:7). El Señor sabía esto, y quizás no haya otro momento más conmovedor en las Escrituras que cuando el Señor, al ver Jerusalén, habla con ternura, amor y aflicción: “Jerusalén, Jerusalén…. ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Lucas 13:34).

    Hay paz y tranquilidad, hay seguridad y solaz en Su evangelio. Si tan sólo escuchamos a los que tienen el llamamiento de vigilar y amonestar, si hacemos caso a las palabras del Gran Maestro, entonces nuestra casa espiritual permanecerá firme, aunque descienda la lluvia, vengan los ríos, soplen los vientos y golpeen sobre nuestra casa, porque estamos fundados sobre la roca (véase Mateo 7:24-25).

    El Señor ha dicho: “Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días” (D. y C. 1:4). También dijo: “…sea por mi propia voz, o la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38).

    Testifico que hay un Dios en los cielos, el Creador del cielo y de la tierra y todo lo que en ellos hay. Testifico que Él tiene un plan para nosotros, Sus hijos. Testifico que en cumplimiento de ese plan, Su Hijo, Jesucristo, vino a la tierra para tomar sobre Sí los pecados del mundo y hacer posible que seamos liberados de las terribles consecuencias del pecado y la maldad. Él es nuestro Salvador y Redentor, y tal como lo hizo en Jerusalén, Sus brazos están extendidos hacia nosotros. Él será nuestro escudo y protector y tendremos paz en medio de la tormenta, y refugio del viento enfurecido.

    Que siempre escuchemos a los que tienen el llamamiento de vigilar, amonestar, ver y salvar. Que caminemos en las vías del Señor y seamos preservados en los prados de paz, en el nombre de Jesucristo. Amén.